Cory Doctorow: Bestialidad e incesto en la noósfera

Cory es una pastelería austríaca con numerosos locales en Santiago, propiedad de los Hermanos Ungar, Johnny y Andrés. De las numerosas sucursales de Cory yo solía visitar la del Mall del Centro dónde disfrutaba invariablemente de un trozo de pastel y un cortado. No hay pasteles más deliciosos a mi juicio que los de Cory, no en vano Andrés es maestro pastelero titulado en la noble y antigua pastelería Demel de Viena (lugar favorito de la emperatriz Sisi). Nunca visité tanto el Cory como el 2000, año en que Doctorow publicó su City of God, una novela que entrelaza recuerdos, acontecimientos históricos y reflexiones, proyectadas sobre una idea central: la realidad contemporánea de Dios. Continúa leyendo Cory Doctorow: Bestialidad e incesto en la noósfera

H.G. Wells y la cuarta dimensión

HG Wells y la cuarta dimensionEn septiembre de 1945, el bombardero norteamericano Enola Gay dejó caer una bomba solitaria sobre la ciudad de Hiroshima, destruyéndola completamente junto a cientos de miles de sus habitantes. El hongo atómico que de ella surgió marcó el destino de la humanidad para siempre y contribuyó en gran medida a controlar las guerras entre las naciones. De ser un deporte civilizado, la guerra pasó a ser el preámbulo del holocausto final, por lo que de ese momento en adelante las potencias lo pensaron mejor antes de iniciar sus periódicas carnicerías de las nuevas generaciones. Continúa leyendo H.G. Wells y la cuarta dimensión

Alucinaciones.TXT: Impresiones personales

¿Qué puedo decir de este libro? Todo y nada a la vez. Todo, porque conozco la mayoría de sus detalles y recovecos. Nada que sirva para dar una dimensión real. Es que la cercanía me hace pensar que lo único que escribiría es un reflejo paralelo de su verdadera dimensión.

Una antología de esta naturaleza siempre ha estado en el aire. Desde los años 1980’s que se viene hablando sobre poner en firme a los autores del instante en el género fantástico chileno. Lo intentó Andrés Rojas-Murphy en 1989, pero su enfoque, al igual que Años-Luz (2006), fue abarcar todos los períodos históricos y no ser un testimonio con relatos inéditos de lo que había en el momento. Por eso, Alucinaciones.TXT es una evolución en las antologías de género en Chile: la misión ya no es ser un historiador o arqueólogo, sino tomar una cámara fotográfica y hacer click en el aquí y ahora. Continúa leyendo Alucinaciones.TXT: Impresiones personales

Poliedro: caras, aristas y vértices

“Me ha sido dado un poliedro frente al mar”…“una compacta reunión de lejanías”
Eduardo Anguita

Poliedro, relatos chilenos de fantasía y ciencia ficción fue gestado por el ‘Grupo Poliedro’ compuesto por aquel entonces por Patricio Alfonso, Sergio Fritz, Armando Rosselot, Luis Saavedra y Soledad Véliz. Según se sabe este proyecto nació de una iniciativa de Sergio Fritz que es un abogado que de tanto leer a Lovecraft creyó que tenía talento como para imitarlo. Aparentemente Fritz convocó a Saavedra y éste al resto aunque sé que Armando Rosselot llegó ‘dateado’ por Teobaldo Mercado quien finalmente se salió del grupo para recorrer ese camino de lobo estepario que tan bien le sienta. ¿Cuál fue el criterio entonces que reunió al Grupo Poliedro? A juzgar por los cuentos no fue el love por Lovecraft que comparten Pato Alfonso y Fritz, ni tampoco el hecho de pertenecer a una misma generación. Y ya que estamos con las preguntas, ¿qué es el Grupo Poliedro? Según el mismo libro, “…es una organización sin fines de lucro con el objetivo de difundir la disciplina del género fantástico, en general, y de su literatura, en particular. Dentro del panorama del género en Chile se perfila como uno de los pocos grupos dedicados y con un proyecto en pleno desarrollo. Sus integrantes son personas activas y creativas que ven en el fantástico un vehículo de expresión pleno y potente para sus ideas y sensibilidad.” Esto fue justamente lo primero que llamó mi atención de Poliedro, el que se haya tenido que constituir una organización para editarlo, y que la declaración de principios de este grupo fuese un copy and paste de aquel viejo disclaimer del fanzine Fobos. ‘Organización sin fines de lucro’ allí, ‘publicación sin fines de lucro’ acá. El objetivo es el mismo (general y particular) y dentro del panorama en Chile ambos se perfilan (y perfilaban) como ‘únicos’. Lo que sonaba bien y hacía total justicia al fanzine Fobos, pero que copypasteado y adaptado en Poliedro parecía algo forzado.
Continúa leyendo Poliedro: caras, aristas y vértices

Un maullido para Burroughs

En estos días, los periodistas informaron sobre la muerte de William Burroughs, anunciando que desaparecía el último beatnik. Como de costumbre tenían el naipe con varios ases menos, y jugaron una carta muy desprolija. Es cierto que la profiláctica muerte se ha llevado ya a muchos de los genios beat o a los vinculados al movimiento (Kerouac, Ginsberg, el cineasta Cassavetes), pero queda tanto paño por cortar que no más el año pasado el Whitney Museum de Nueva York organizó una exposición acerca de como la cultura beat había influido en la nueva América. Entre cientos de nota­bles sobrevivientes están el poeta Ferlinghetti, Gregory Corso, y colegas negros como Leroy Jones. La obra maestra de Burroughs es El almuerzo desnudo, cuya reducción fílmica pudo ver­se el año pasado esporádicamente en Santiago. La novela fue publicada en París, el año 1959, y en Nueva York en 1962, hazaña que provocó la ruina de su edi­tor Barney Rosset, quien debió vender todos sus bienes para pagar la defensa legal del libro perseguido con el cargo de obscenidad. En verdad, el grueso del capital ya se le había ido antes pagando a los abogados de Henry Miller, su otro autor conflictivo.

El almuerzo desnudo se basa en las notas que el novelista tomó durante una fase de profunda adicción a las drogas. El narrador, en primera per­sona, se llama William Lee, y es un especie de máquina registradora de una marejada de fantasías surrealistas, nutridas de pesadillas y deshilvanadas sin la menor ambición de constituir un argumento. Con todo, una y otra vez da cuenta expresiva de su alienación e impreca al autoritarismo. La fama de este carnaval de alucinaciones le robó visibilidad a otras novelas de Burroughs, las que combinan enérgicamente imperfección con genialidad. Entre ellas, mis favoritas son Nova express, una sátira a la vida moderna a través de las aventuras de unos gángsters interplanetarios, y Los chioos salvajes, una ficción sobre revolucionarios homosexuales.

La mayor parte de la obra de Burroughs no ha sido traducida al español, ya sea por lo sórdido de su lírica procaz como por lo arduo que resulta verter su inglés espasmódico al español Con todo, la edición que existe en Anagrama de El almuerzo desnudo, aunque salerosa, retiene la feroz vitalidad del origi­nal y uno puede ver con nitidez en que sentido esta obra cumple con el itinerario beat: liberación de prejuicios y tabúes, rebelión contra la censura, oposición a la maquinaria de la industria militarista, presencia de otra espiritualidad como una corriente margi­nal de la tendencia dominante, desprecio de la sociedad comercial, y sobre todo, santificación del camino como sentido de la vida, tal cual se ve en este dialogo escrito por Kerouac:

–Tenemos que partir y no parar hasta que lleguemos.

–¿A dónde vamos, compadre? –No sé, pero tenemos que ir hacia allá.

Hay que decir que la citada novela nutre sus horrores de la imaginación drogadicta, pero no es una santificación de la droga. El autor logró salvarse e iniciar su recuperación justo cuando “ha­cia un año que no me bañaba ni me cambiaba de ropa, ni me la quitaba mas que para meterme una aguja cada hora en aquella carne fibrosa, como madera gris, de la adicción terminal.” exxDe allí que en la introducción, Burroughs embiste a los traficantes pidiendo a sus angélicos lectores que se libren de ellos y que miren bien, muy bien, el camino de la droga antes de recorrerlo y liarse con malas compañías. Culmina: “Te lo dice uno que sabe.”

Pocos llegaron a enterarse de que en el último tiempo, largo, flaco y librado de la adicción tras un tratamiento con apomorfina, el autor nacido en Saint Louis se fue a vivir a Kansas en compañía de varios gatos, pero hechizado básicamente por dos: Fletch y Ruski. Con ternura, ingeniosa observación y suave prosa de anciano, da cuenta de la vida de estos felinos que lo acompañaron hasta su final en The Cat Inside (Viking).

Traduzco uno de mis fragmentos favoritos, acerca de un arisco minino gris que codiciaba ser habitante de su casa: “Al extremo del porche estaba el gato gris y a su lado un enorme gato blanco al que no había visto antes. Entonces, el animal blanco avanzó hacia mí, y se frotó contra la mesa, lenta, cautelosa-mente. Finalmente se enroscó en mis pies, ronroneando. Claramente el gato gris me lo había mandado para que le hiciera el primer contacto.” exxQuerido maestro: permítame este últi­mo maullido con mucho cariño.

Antonio Skármeta Show Cultural, Revista Caras nº 245, 14 de septiembre de 1997.

Irrupciones en la cámara gris

Por Alfredo Hauchecorne*Cuando llegué a Nueva York a fines de los años 1970’s la actividad cultural del bajo Manhattan era casi nula debido principalmente a los drug-dealers. El barrio estaba prácticamente abandonado pero aún así contaba con uno de los centros poéticos más importantes de Nueva York, el Nuyorican Poets Café del escritor puertorriqueño Miguel Algarín.

Algarín fue uno de los precursores de un movimiento literario en el Nueva York de los 70 cuyas características principales eran, por una parte, dar voz a la gran comunidad puertorriqueña residente en los Estados Unidos y por la otra, mezclar el inglés y el español para reflejar las singularidades de una comunidad que hablaba español en su casa e inglés en la calle. Este movimiento de los llamados Nuyorican writers, compuesto sobre todo de poetas y dramaturgos, tuvo su gran momento gracias al estreno de varias obras teatrales en el Public Theater de Joseph Papp, particularmente Short Eyes, de Miguel Piñero. El éxito de esta obra de teatro fue la clave del fichaje de Piñero en Hollywood, donde lo llamaron para que escribiera el guión para uno de los episodios de Kojak. Piñero le pidió a Algarín que fuera con él porque nunca había volado (él sólo salía de Nueva York para ir a la cárcel.) El día que llegaron les dieron unos guiones para corregir que eran malísimos y en menos de media hora los dos escritores puertorriqueños se inventaron un diálogo tremendo y Telly Savalas se lo memorizó y le gustó tanto que desde ese día los pusieron en la nómina. Piñero y Algarín se quedaban despiertos noches enteras inventando capítulos para series como Kojak y Baretta; se bebían una botella de ron y lo que salía era un tiroteo tras otro, pero la acción siempre reflejaba el dilema entre la moral y la ley y las circunstancias sociales de la vida del delincuente que lo impelían a delinquir. Eran guiones que no tenían nada que ver con las típicas series de televisión, en las que por primera vez en Estados Unidos salían latinos en la pantalla y se reflejaba algo de la vida de barrio. A parte de este éxito comercial, que sirvió para abrir por primera vez las puertas de la televisión en Estados Unidos a muchos latinos, este grupo de escritores comenzó a experimentar con una literatura bilingüe y con el uso del spanglish como forma de reflejar la realidad de una población latina que se desenvolvía en un medio anglosajón.

Esta innovación literaria provocó en un principio críticas furibundas de los puristas del idioma, que no se daban cuenta que estos escritos no eran más que un fiel reflejo de una realidad neoyorquina particular. Algarín, que para entonces había obtenido un doctorado en literatura, fundó poco después de esto el Nuyorican Poets Café (Algarín sigue hasta el día de hoy presentando justas poéticas y obras multiculturales representativas del Lower East Side o Loisaida, como se hispaniza el nombre de este tradicional barrio de inmigrantes de Manhattan.) Un libro editado por él sobre la poesía en dicho centro, Aloud: Voices from the Nuyorican Poets Café, ganó el prestigioso American Book Award de 1994, nada menos que el tercero de estos premios para Algarín pero en realidad no es de Miguel Algarín de quien pretendía hablar sino de William Burroughs.

Conocí a William Burroughs gracias a Algarín quien a su vez lo había conocido por intermedio de Allen Ginzberg. Por esa época Ginzberg, Gregory Corso y Lawrence Ferlinghetti iban al Nuyorican Poets Café a leer sus creaciones y Burroughs se dejaba caer los fines de semana con los últimos capítulos de su novela que leía a los obreros puertorriqueños que venían a beberse un vaso de vino o de cerveza por 50 centavos. Estos obreros boricuas escuchaban ensimismados a ese anglosajón que no tenía vínculo alguno con la experiencia latina. Pero la profundidad con que él veía la vida y la forma en que leía con esa voz nasal inconfundible, penetraba en las mentes de esa gente que siempre celebraba sus ocurrencias. Es increíble, pero ese viejo antipático, burgués, blanco, anglosajón hacía reír a todos los boricuas a carcajadas: a trabajadores de fábrica que no tenían referencia literaria alguna. De acuerdo a Algarín el puertorriqueño era capaz de sentarse y disfrutar con la prosa difícil y ácida de Burroughs debido a la tradición de los tabaqueros de comienzos de siglo, cuyo gremio socialista estableció lectores que leían literatura y textos políticos a los trabajadores mientras liaban el tabaco. Las apariciones de Ginzberg en el Nuyorican Poets Café por otro lado eran una mezcla de literatura con placer. Los poemas de Ginzberg tenían una temática homosexual muy fuerte lo que chocaba mucho al puertorriqueño, que es muy machista. Pero era interesante porque la razón de ser del Nuyorican Poets Café era permitir la libre expresión de ideas y sentimientos, sin ningún tipo de coacción, en el Nuyorican participé de varios poetry slams en los que autores y público podían competir y juzgar la poesía y la interpretación, en un ambiente colectivo. El resultado era una cosa totalmente natural, la gente venía al café sin esperar nada y de pronto se veían envueltos en cinco horas de poesía, pero me estoy desviando del tema: mi primer encuentro con el tío Bill.

1977, a pocas semanas de conocer a Miguel Algarín, éste me encargó retratar a William Burroughs para un artículo. El lugar de reunión: El Bunker, una enorme bodega en de concreto blanco y sin ventanas el sur de Manhattan que el poeta John Giorno había convertido en un loft y al que se accedía sorteando no pocos clochards tumbados a la entrada. El mobiliario era de lo más sucinto, algunas sillas, un escritorio metálico de segunda y una vieja Underwood sobre la que Burroughs escribía todos los días de cara contra la pared. ¿Por qué vivía Bill en ese barrio sórdido?, pues porque andaba corto de dinero. Durante mucho tiempo su familia le había enviado 200 dólares por mes y lo que en Tánger era más que suficiente en Nueva York no le alcanzaba. Sus libros no se vendían muy bien y Burroughs debía hacer lecturas públicas para ganarse la vida. Así dio giras como un cantante pop por los Estados Unidos, Europa, Roma, Zurich, Berlín… Recuerdo una lectura verdaderamente magistral de sus escritos a la que tuve la oportunidad de asistir en octubre de 1981 en el Palace de París (en dicha ocasión Bill amplificó su voz cuánto quería con la ayuda de un pedal wa-wa), pero volvamos a 1977.

De William Seward Burroughs yo no sabía gran cosa en aquel entonces fuera de las superficiales; que era homosexual, que era drogadicto y que había asesinado a su esposa. Luego de la breve sesión fotográfica Algarín se enfrascó junto a un tal James Grauerholz y el biógrafo Victor Brockis en la revisión de un sinnúmero de hojas desordenadas. Me aprestaba a retirarme cuando el delgado y elegante escritor (a quien todos llamaban Bill) me invitó a tomar unas copas.

–¿Eres mexicano? –me preguntó Bill, con una voz que parecía provenir desde una vieja vitrola. Asentí para no entrar en explicaciones.–Yo diría que eres francés –aventuró.

-Mi abuelos paternos eran franceses –le dije–. ¿Usted vivió en Ciudad de México, verdad?

–Residí en ciudad de México entre 1948 y 1950 –explicó Bill–. Mis vecinos mexicanos de clase-media sospechaban que yo era un drogadicto y los niños me gritaban en la calle: “Vicioso”. Vivíamos en una casa de dos pisos detrás de Sears Roebuck. Yo estaba estudiando en la Universidad la historia y el lenguaje de los Mayas y Aztecas. Los universitarios solían reunirse en el bar El Botín, en ese bar le disparé a un ratón con una pistola calibre 22. ¿Te gustan los deportes?

–No realmente –le dije–. ¿Y a usted, le gustan?

–Nah –respondió–. A mí tampoco me agradan los deportes, aunque debo admitir que me gustan las pistolas. En México siempre andaba armado pero aquí es contra la ley, tengo, sin embargo, algunos artefactos interesantes… Bill se levantó de su silla y se encaminó hacia lo que parecía ser un baúl, lo abrió y extrajo un cuchillo y un rifle de aire comprimido que puso en mis manos, junto a un dardo de acero.

–Chris Stein me regaló esto –dijo Bill (aludiendo al guitarrista del grupo Blondie) y comenzó a asestar puñaladas al aire como si estuviera batallando contra bestias incorpóreas.

Mientras Bill ejecutaba su danza cargué el dardo en el rifle. En ese momento una cucaracha grande como un ratón asomó sus antenas del baúl abierto, se descolgó del borde y comenzó a alejarse rápidamente.

–¡Dispara! –gritó Bill levantando la espada sobre su cabeza–. ¡Dispara! Apunté al insecto, jale el gatillo y le erré como por dos metros. El escritor bajó su espada como un general derrotado y dando un par de zancadas alcanzó al bicho aplastándolo con el pie derecho.

–La idea era darle al jodido insecto, no a la muralla –musitó Bill retornando a su silla y dejando el cuchillo sobre la mesa–. Bueno, supongo que se necesita algo de práctica para darle a un objetivo en movimiento. Sobre todo a una presa tan pequeña.

–Sí, necesito practicar nunca había tenido un rifle entre mis manos –dije apoyando el arma contra el muro.

–¿Ni siquiera uno de aire comprimido? –preguntó Bill estupefacto.

–No, ni siquiera uno de estos.

–Pero debes haber jugado con armas de juguete cuando niño.

–Sí, claro, pero es distinto, con esas no puedes matar.

–Sí, es cierto, con esas no se puede matar. ¡Qué lastima!

–¿Ha matado a alguien? –pregunté casi al mismo tiempo que recordaba el absurdo incidente que lo había llevado a asesinar a su esposa en México.

–Yo también he tenido algunos disparos desacertados –respondió Bill con una especie de tristeza atérmica–. Insectos he matado muchos, fui exterminador ¿sabes?, exterminador de insectos. Debo haber eliminado unos cuantos miles de esas alimañas pero la verdad es que cualquier intento de erradicarlos de la faz de la tierra es inútil, podemos matar insectos individualmente, como las arañas; pero no podemos substraernos del continuum insectoide. ¿Crees que la forma de vida dominante en el planeta somos nosotros? Te equivocas, no somos más que unos recién llegados, ¿sabes cuanto tiempo separa a nuestros linajes?, nada menos que 600 millones de años.

–Mi abuela Geraldine tenía un insectario, coleccionaba insectos.

–Esa, mi joven amigo, es una afición que no muchos comparten.

–Las mariposas son bellas.

–Una excepción, tan solo una excepción –dijo Bill mientras observaba los reflejos en la hoja del cuchillo– a la mayoría de la gente no le agrada compartir su hábitat con cucarachas, pulgas o moscas. La forma en que los insectos se reproducen y alimentan, esas dos funciones biológicas tan cruciales para los seres vivos, son radicalmente distintas a las de nosotros. No podemos leer las expresiones de los insectos, no sabemos que piensan, ni siquiera sabemos si piensan del todo, como dice Wills los insectos son inexpresivos por naturaleza, ya que usan sus esqueletos afuera. Puedo sentir empatía por un león devorando una presa por ejemplo ya que al menos parece disfrutarlo pero cuando la mantis hembra arranca la cabeza de su cónyuge para gatillar el reflejo copulatorio lo hace con una ausencia total de amor, odio, o cualquier otra emoción con la cual pudiéramos remotamente relacionarnos. Un ebrio le toma una foto a un monstruo marino en algún lago brumoso o alguien filma a un simio escabulléndose entre los árboles y el mundo entero se maravilla de estas supuestas y prodigiosa criaturas. Yo me pregunto: ¿para que preocuparse por estos monstruos inexistentes cuando hay literalmente millones de organismos enigmáticos viviendo junto a nosotros, e incluso sobre nosotros, y hasta dentro de nuestro propio cuerpo? ¿A quien le importa el Yeti o el monstruo del lago Ness cuando tenemos criaturas que habitan en las raíces de nuestras pestañas como el Demidex Folliculurum o en nuestros intestinos como la Lombriz Solitaria?

–Cierto –murmuré–, muy cierto.

–¿Que crees que fue primero, el intestino o la lombriz solitaria? –inquirió Bill.

–No entiendo la pregunta –le contesté.

–No es una pregunta en realidad sino más bien un epigrama. Piensa esto: la interioridad significa intrusión y colonización. La identidad propia es finalmente un síntoma de la invasión parasitaria, la expresión de fuerzas que se originan desde fuera de nosotros, como el lenguaje por ejemplo. El lenguaje es un virus, el lenguaje es al cerebro lo que la lombriz solitaria es para el intestino o algo aún peor ya que es posible encontrar un espacio digestivo libre de parásitos pero nunca encontraremos un espacio mental incontaminado. Huellas de ADN alienígena se despliegan en nuestros cerebros de la misma forma que lombrices en nuestras entrañas. No sólo el lenguaje sino la totalidad de la conciencia humana es básicamente un mecanismo viral. El lenguaje es un mecanismo de reproducción cuyo propósito no es indicar o comunicar un contenido dado sino perpetuarse y replicarse a si mismo. El problema con la mayoría de las hipótesis comunicacionales es que ignoran estas funciones, presentado ingenuamente al lenguaje como un método para transmitir información. La verdad es esta: el lenguaje, como los virus o el capital, está completamente vacío y su aparente contenido es solo una parasitación de un significado contingente cuyo fin es la auto-valorización y auto-proliferación. Fuera del medio no hay otro mensaje.

–Si el lenguaje no puede entenderse entonces en función de contenido de información –argumenté– menos podrá entenderse sobre la base de su forma y estructura.

–Exacto –replicó Bill–, el lenguaje no representa al mundo: interviene el mundo, invade el mundo, se apropia del mundo. No es que el lenguaje no se refiera a nada real sino que el lenguaje mismo se ha vuelto más real que la realidad. Yo sostengo que el parasitismo y la simbiosis fueron las fuerzas conductoras de la evolución de la mente humana. El virus invasor del lenguaje y sus hospedadores evolucionaron gradualmente hacia una relación de dependencia mutua de forma tal que el otrora organismo invasor se convirtió gradualmente en parásito crónico, primero, más tarde en pareja simbiótica, y, finalmente, en una parte indispensable de la esencia del hospedador. Steinpiatz afirma que el virus de mutación biológica, denominado Virus B-23, se encuentra contenido en la palabra. Liberar este virus de la palabra podría ser más mortífero que liberar el poder del átomo porque todo odio, todo dolor, toda lujuria se encuentran contenidos en la palabra. Yo propongo la teoría de que un virus es una unidad muy pequeña de palabra e imagen y sugiero que esas unidades pueden activarse biológicamente para que actúen como tendencias comunicables del virus. Comencemos con tres magnetófonos en El jardín del Edén por ejemplo, el magnetófono 1 es Adán, el magnetófono 2 es Eva y el magnetófono 3 es Dios, que degeneró después de Hiroshima en el Feo Americano o bien; el magnetófono 1 es el mono macho en un indefenso frenesí sexual al tiempo que el virus le estrangula, el magnetófono 2 es el mono hembra arrulladora que se sienta encima de él a horcajadas y el magnetófono 3 es LA MUERTE. Hablando de magnetófonos, la reproducción en situación puede producir unos efectos muy curiosos, ¿sabes? La reproducción de las grabaciones de un accidente puede provocar otro accidente, cuando regresé a Londres en 1966 ya había descubierto esto, había acumulado una cantidad considerable de datos y desarrollado una tecnología. Estaba hospedándome en el Rushmore Hotel aquella época y llevé a cabo una serie de operaciones: grabaciones en la calle, inserto de otro material, reproducción en las calles, recuerdo que había insertado coches de bomberos y mientras que reproducía esta cinta en la calle pasaron coches de bomberos. Quien realice experimentos parecidos durante un período de tiempo descubrirá más “coincidencias” de las que permite la ley de los promedios. Uno de los casos más sorprendentes al respecto se refiere al Dr. Carl Jung y su igualmente renombrado maestro, el Dr, Sigmund Freud. En una discusión sobre parapsicología, en 1909, Freud y Jung perdieron los estribos. Precisamente entonces, oyeron un súbito sonido de explosión procedente de la biblioteca de Freud. Los dos quedaron sorprendidos, eso es un ejemplo de los llamados fenómenos catalíticos, dijo Jung. ¡Oh, vamos!, ¡eso es mierda de vaca!, exclamó Freud. Se equivoca Herr profesor, respondió Jung, y para demostrar mi punto de vista predigo que en un momento se producirá otro grave informe. Freud y Jung guardaron silencio y entonces: una segunda explosión. En 1972, el Dr. Robert Harvie, psicólogo de la Universidad de Londres leía en voz alta a un amigo este episodio cuando cayó ruidosamente una lámpara de la sala de Harvie al suelo. Y en 1973, una tal Margaret Green informó que mientras leía el mismo pasaje acerca de Freud y Jung en un tren, la ventana estalló repentinamente. Algunos científicos hablan de fuerza psiónica o bioplasma…

Se produjo un silencio ominoso, como si ambos esperáramos que estallara la botella o algo.

–¿Otro vaso de vodka? –preguntó Bill al cabo de unos minutos. La conversación se prolongó sólo un poco más ya que se me hacía tarde para una cita a cenar con mi novia francesa de aquel entonces. Antes de marcharme Bill me obsequió un pequeño y algo deteriorado libro de cubierta verde para subsanar el hecho que su escritura me fuera desconocida. Cuando me retiré del mítico Bunker, Algarín, Bockris y Grauerholz aún seguían de cabeza entre los manuscritos.El libro que Bill me había regalado era El Almuerzo Desnudo, en una edición de Grove Press de 1962. Hasta el día de hoy lo conservo.

Con respecto a la historia de este notable libro vale la pena recordar lo siguiente: Burroughs trabajó desde 1957 a 1959 en reunir los manuscritos para El Almuerzo Desnudo, lo que significó seleccionar y editar miles de páginas. Kerouac y Ginsberg ayudaron a Burroughs en Tangier en 1957 y Gysin y Sinclair Beiles de Olympia Press hicieron otro tanto en Paris en 1959. Una vez que Maurice Girodias de Olympia publicó El Almuerzo Desnudo en Francia en 1959, Grove Press comenzó los preparativos para su publicación en los Estados Unidos, concientes de los posibles problemas legales. El amante de Lady Chatterley, Aullido y Trópico de Cáncer eran objeto de censura judicial en aquel tiempo y el servicio de Aduana tenía órdenes de confiscar todas las copias del Almuerzo traídas de Francia. Luego que Grove publicara El Almuerzo Desnudo en 1962 tuvo que defender la novela contra la censura de los académicos, de la Oficina Postal de los Estados Unidos, del Departamento de Aduana, y de los gobiernos estatales y locales ante la corte de Boston, además de preparase para hacer lo mismo en Los Ángeles. El caso en Los Ángeles fue sobreseído en 1965 pero el juez de Boston determinó declarar El Almuerzo Desnudo obsceno. El caso fue apelado en la Corte Suprema de Massachussets y la decisión del juez de Boston fue revertida en 1966. El juicio de Boston marcó un precedente muy importante al ser el último gran juicio de censura de una obra literaria en los Estados Unidos. ¿Qué tal me pareció El Almuerzo Desnudo? Recuerdo que leí cinco o seis párrafos y de inmediato me di cuenta que estaba ante la obra del escritor más importante de lengua inglesa surgido tras la Segunda Guerra Mundial (ese juicio ha cambiado hasta el día de hoy y a pesar que mi propia escritura no sea muy semejante a la de Burroughs sí puedo afirmar que de no ser por él nunca me habría atrevido a escribir.) La nueva visión que presentaba El Almuerzo Desnudo era una forma experimental derivada de la pintura, la fotografía, el montaje cinematográfico y el Jazz (justamente las manifestaciones artísticas que principalmente me interesaban.) La técnica básica que Burroughs eligió emplear es la yuxtaposición, llamado collage o montage en las artes visuales. La estructura de El Almuerzo Desnudo es un montaje de “rutinas” que teóricamente pueden ser leídas en cualquier orden. Burroughs anuncia esta estructura en el “Prefacio atrofiado”cuando dice, Puedes meterte en El Almuerzo Desnudo en cualquier punto de intersección y La Palabra está dividida en unidades que juntas forman una pieza y así deben de ser tomadas, pero las piezas pueden ser consideradas en cualquier orden.

A fines de 1977 me trasladé a Francia pero seguí adquiriendo los libros de Bill y escribiéndole alguna carta de vez en cuando. No recuerdo como me enteré de su fallecimiento pero fue aquel mismo día, el 2 de abril de 1997. Habiéndosele siempre escatimado al chamán de las letras un lugar entre los ilustres maestros de la pluma el establishment literario del orbe prodigó sólo pálidos obituarios, una excepción a esto fueron las cálidas líneas que mi buen amigo Antonio Skármeta dedicó a Bill en su columna de la, algo superficial, revista Caras. Antonio me contó que estaba leyendo uno de los libros de Burroughs pocos días antes que este zarpara rumbo a las Tierras de Occidente. El libro era The Adding Machine y de acuerdo a Antonio justo se había detenido en un ensayo que llevaba por título Inmortalidad antes de conocer la noticia. Recuerdo que le comenté que a Bill le hubiera agradado la ironía.

©Alfredo Hauchecorne, 1998. Publicado originalmente en Revista del Fondo de Cultura Económica, México.

*Alfredo Hauchecorne recortó su perfil entre los escritores latinoamericanos durante fines de la década del ‘70 y principios de los ’80 con el pulso de obras de poesía como Mi otro yo tenebroso (1978), Amphisbaena (1979) y su aclamada novelas Crisálida (1982) y El sueño de la razón (1985) Estudió pintura en el Bellas Artes del D. F. Mexicano pero abandonó la carrera para dedicarse de lleno a la poesía, en 1976 se trasladó a Nueva York donde gracias a su trabajo como fotógrafo tomó contacto con artistas, poetas e intelectuales de la talla de Allen Ginzberg, William Burroughs y John Cage. A fines de 1977 Hauchecorne cambiaría Nueva York por Madrid donde publicaría el grueso de su obra y residiría hasta su regreso a Chile en 1989.

Grandes éxitos de un viejo indecente

Parece irónico que, poco antes de morir, Burroughs haya participado en el video Last night on Earth (Ultima noche en la Tierra), el reciente singlbe de U2. Pero su relación con la música siempre fue intensa. El año antepasado, Island Records lanzo Spare Ass Annie, una placa donde aparecía leyendo sus grandes éxitos, extractos de sus libros, sobre una porfiada base hip-hop que pusieron los Disposable Heroes of Hiphoprisy, el ultimo álbum de ellos antes de transformarse en Spearhead.

Hace un año Rhino –la compañía disquera de este estilo llamado spoken word (palabra hablada) volvió a la carga con la reedición de la colección Burroughs 65, simplemente titulada Call me Burroughs. Como ya es costumbre, la depravación, la decadencia, la adicción, lo subversivo y lo propiamente humano son los tópicos que Burroughs exaltaba con su monótono acento del Medio Oeste, vestido de una suerte de lógica perversa. Su estrecha relación con la cultura popular se prueba con que, a los 79 anos, haya accedido a grabar Just One Fix junto al líder de Ministry y The “Priest” they call him con Kurt Cobain; más aún tomando en cuenta que odiaba el rock ‘n roll.

En los límites de la ciudad de Lawrence, Kansas, se escondía este hombre ajeno, forastero a la vorágine del American Way y que terminó convirtiéndose en un gurú. Y ahora su figura se multiplicara por tres, quizás barriendo al mito de Jack Kerouac. Este William Burroughs es el padre de los beats, el abuelo del punk, el tipo al que qente como Allen Ginsberg o Jack Kerouac llamaban para pedirle un poco de inspiración. Y pese a todo el fenomenal avance de las comunicaciones, y por tanto la creación del monstruo del mass-media, Burroughs vivió sus últimos años siendo un alienado, una oveja neqra de las letras y el arte americano.

Volví a pensar en William Burroughs, por lo de su muerte, pero también por lo del reciente aniversario del suicidio de Kurt Cobain. El poeta guardaba un muy buen recuerdo deK urt: “un chico dulce, amable y educado”, lo describiría tiempo después. Al conocer y adentrarme más en el fenómeno Burroughs tiene mucho sentido el que Cobain haya tocado a su puerta, como quien va a pedir una taza de azúcar. Quería encontrarle significado a lo que a veces no lo tiene, saber como mantenerse vivo y lúcido a la vez, equilibrándose sobre la cuerda floja de su vida. El juicio final de Burroughs fue: Cobain no aprendió a vivir en soledad.

William Burroughs mató accidentalmente a Joan, su segunda esposa, de un disparo en un mortal juego de Guillermo Tell, pero con balas. Eso fue en México en 1953. Totalmente borracho. “He llegado a la horrenda conclusión de que nunca me hubiese convertido en un escritor sino fuese por la muerte de Joan –dijo alguna vez–, y me he dado cuenta en que grado este evento ha motivado e influenciado mi escribir… la muerte de Joan me trajo a este mundo con el espíritu maligno y me manipuló de tal forma que terminé en una lucha interna de por vida en la que no tengo otra opción que escribir.”

Lo que hizo de la vida de Burroughs algo muy extraño fue que a los 79 años de edad –vividos como un extranjero luego de sobrevivir a 20 anos de adicción a la heroína, de la muerte de su esposa. de haberse autoexiliado en Tánger, de ser homosexual en la era macho de John Wayne y de ser un escritor que se atrevió a hablar de pandillas de cerdos sicoticos– se haya convertido en lo que es ahora: un ídolo. Vimos a William en Drugstore Cowboy. En la adaptación de David Cronenberg de su novela El almuerzo desnudo, historia que escribió basándose en su propia vida. Y hace poco hasta la firma Nike ocupo su figura en spots de televisión y prensa.

Si miran con atención la carátula del inmortal Sgt Peppers lonely Hearts Club Band (The Beatles) puede que reconozcan el rostro lánguido de William Burroughs. Ese fue su primer paso a la inmortalidad. Estado en que se preservara perenne porque lo dijo John Lennon: Nadie te ama cuando estas viejo y gris/Todo el mundo te ama/cuando estas enterrado dos metros bajo tierra. Álbum: Walls and Bridges.

Alfredo Lewin Zona de contacto, número sin identificar del año 1997

Callejones oníricos

El controvertido director de cine David Cronenberg, luego de filmar Festín desnudo, un collage cinematográfico sobre la vida y la obra de William Burroughs (1914-1997) opinó: “Bill no es un contemporáneo, es como si estuviese viajando en el no-tiempo del inconsciente y sustrajera claves desde el futuro. Es un ladrón de tiempo. Es como Picasso, después de él fue muy difícil pintar como antes, con Burroughs sucede algo parecido y muchos de los escritores del siglo XXI serán influenciados por su escritura”, Burroughs no es un experimentador de lenguajes en el mismo sentido que lo podían ser Jarnes Joyce o William Faulkner. Sus innovaciones técnicas sobre la escritura no intentan crear estructuras nuevas de narración sino que están dirigidas a descubrir la trampa siniestra que se oculta para el ser humano en el lenguaje. Así lo señala en la canción que realizara junto a Laurie Anderson: “El lenguaje es un virus”. Para Burroughs hay un factor ajeno a la voluntad que manipula a los seres humanos creando el sufrimiento y reprimiendo el éxtasis a través de las palabras que se utilizan.

Tratar de entender los experimentos con la escritura de Burroughs desde el punto de vista puramente literario es un error. No solo se propuso escribir mal, sino que además los tiburones que quería pescar en las tinieblas de su inconsciente solo podían ser atrapados con una estrategia de elusión continua de las cadenas asociativas: “Como explicar con pal­abras un complot en el que las palabras son justamente su principal entramado. Entre las sinapsis del pensamiento, están ocultos esos telegramas alienígenas que constituyen el guión indeseado de nuestra conducta”, sostiene el escritor.

Inscrito en la generación beat, junto a Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Gregory Corso, entro otros, Burroughs se diferencia notablemente de los poetas y narradores que integraron el grupo por la peculiaridad de sus ideas.

Drogadicto por decisión propia, homicida de su esposa, homosexual tardío, gurú del rock idolatrado por Laurie Anderson, Patty Smith, Tom Waits, Lou Reed, David Bowie, Kurt Cobain y hasta los U2, su figura sobrepasa la de un escritor para convertirse en un verdadero investigador de los excesos y los misterios que conforman el espacio de “lo siniestro” en la vida humana. Mi educación es el libro póstumo de Burroughs. Los textos que lo integran fueron escritos desordenadamente a lo largo de muchos años sin la intención de publicarlos. Se trata precisamente de sueños, viajes oníricos, apuntes de otro mundo, reflexiones y visiones obsesivas que ya se hallan presentes en sus obras más importantes: Almuerzo desnudo, Expreso Nova, El trabajo y, sobre todo, en la trilogía Ciudad de la noche roja.

“¿Soy una mujer o un hombre? Qué hago dentro de este yo muerto? Puedo sentir el limpiaparabrisas limpiando las huellas de los sueños que se desvanecen como pisadas en la nieve o como la arena que arrastra el viento. ¿Quién se oculta tras las brumas del sueño y nos cuenta quienes somos para impedir que recordemos?”. Deslizarse por las páginas de este libro, es recorrer los callejones oníricos que nos sumergen en el territorio de una pesadilla congelada, con paisajes desoladores y miedos recurrentes; un sitio donde el tráfico secuencial de la lógica ha sido saboteado y donde estamos liberados hasta de la muerte: “He intentado varias veces matarme en los sueños, pero siempre permanezco, es imposible morir”.

Mi educación puede ser utilizada por el lector experto en Burroughs como una bitácora para recorrer todas las obsesiones y búsquedas del escritor presentes en el resto de su obra. Pero también puede ser leído como un intento audaz de un hom­bre fríamente desesperado por caminar despierto en los laberintos del sueño.

Enrique Symns Suplemento Diagonal #6 de El Metropolitano, 27 de julio de 1999

Los días finales de un viejo escritor

William Seward Burroughs falleció en la madrugada del sábado 2 de agosto de 1997, en un hospital de Kansas (EE.UU.) a causa de un ata-que cardíaco. El autor de Yonki y El Almuerzo Desnudo tenia 83 años y sus últimas palabras fueron: “Be right back (Regreso en seguida)”.

Durante dos décadas había pasado prácticamente recluido en la remota localidad de Lawrence (Kansas), dedicado a dos de sus pasiones: pintar y disparar armas de fuego en los bosques cercanos. “Ya no escribía”, o por los menos eso aseguraba. “Ya no hago literatura, ya no tengo nada que decir”, había declarado. Pero mentía. Si bien su delicada salud le impedía sentarse frente a la vieja máquina, desde hace un tiempo había tornado la costumbre de anotar en cuadernos de composi­ción que le regalaban sus amigos todo lo que se le venía a la mente.

Son precisamente esos diarios íntimos los que se recogen en Las Ultimas Palabras, un libro que a principios del 2001 será publicado en español y reúne en más de 250 páginas los momentos finales del padre de la generación beat, desde el 14 de noviembre de 1996 hasta el 1 de agosto de 1997, un día antes de que Burroughs muriera.

Sin fecha de llegada a las librerías chilenas, el libro muestra al autor de La Maquina Blanda como un hombre cansado de la vida, rodeado por los fantasmas de sus amigos muertos e indiferente a los homenajes de la juventud. De hecho, algunos sucesos en apariencia importantes como su colaboración con el grupo U2 o la apertura de una nueva exposiciónn de sus pinturas, ocupan menos espacio que una detallada descripción de un sueno que tuvo la noche anterior o los estragos que produce en su estómago la comida china o las frecuentes travesuras de sus gatos.

A la sombra de la muerte

Tal vez ese eclecticismo sea lo que reprodu­ce de mejor forma la impronta de William Burroughs. Porque si a través de Las Ultimas Palabras el lector convive con la cotidianeidad de uno de los grandes iconos del siglo XX, también asiste a algunos destellos de originalidad y rabia, a agudas reflexiones sobre autores como Joseph Conrad, Paul Verlaine, Mario Puzo y T. S. Eliot y también sobre su propia narrativa. “Lo que yo estoy escribiendo aquí es inanimado y sucio, como un montón de barro viejo sobre la nieve. Ellos han chupado mi talento, me lo han robado. ¿Por qué debo seguir aquí? El mundo hiede y yo estoy listo para partir”, escribió.

En esos momentos de furia, Burroughs llena páginas y páginas denunciando un mundo que le parece podrido, con gobernantes “que tienen el poder sólo porque saben como mentirles a los cobardes y a los débiles mentales”.

Pero de vez en cuando también aparece un Burroughs doblegado por la tristeza y la soledad. Un hombre que deja de lado la máscara del cinismo, y es traicionado por el recuerdo de su esposa –a quien asesinó accidentalmente mientras jugaba a Guillermo Tell– o de su único hijo, muerto de cirrosis. “Mi madre, mi padre, mi querida Jean, el pequeño Billy, cuanta falta me hicieron todos ellos”. Y también por la cercanía de la propia muerte. “Pareciera que a los 83 años, la parca me alcanzó finalmente. Por lo que se refiere a mí, simplemente estoy terminando una adolescencia tormentosa con una pizca más de sentido común”, escribió semanas antes de fallecer.

Su muerte fue sorpresiva. A pesar de tener un triple bypass en el corazón desde 1991, Burroughs parecía seguir en relativa buena forma física y en posesión de su peculiar lucidez mental. James Grauerholz, editor de Las Ultimas Palabras y amante del escritor, declaraba: “Extraño terriblemente a William; fue un shock, mas no una tragedia. ¿Saben por qué? Él vivió mucho e hizo mucho; él era viejo y ya estaba cansado de ser viejo; pasó su ultimo año preparándose, y al final fue recompensado con una libera­ción suave y sin dolor”.

Claudio Aguilera, Cultura y espectáculos, La Tercera, 26 de diciembre de 2000.

Simulacros

por Jorge Baradit

Jueves 25 de Mayo y salgo raudo de la pega. Voy al lanzamiento del libro AÑOS LUZ, de Marcelo Novoa, el primer acercamiento serio a la historia de la ciencia ficción chilena.

Ese día amenazaba lluvia y la enkeli, mi adoradísima esposa, se aferraba con más fuerza que otras veces a mi chaqueta de cuero, mientras cruzábamos Santiago en dirección a la Biblioteca. No era un arranque de súbito amor extra sino el riesgo real de sacarnos la cresta. Moto y suelo húmedo nunca han combinado bien.

Los adoquines mojados reflejan la luz de manera tal que obran el milagro de hacerte sentir volando a través de alguna calle parisina, transmutando nuestra sucia capital en un acuario lleno de reflejos transparentes y temperaturas templadas. Súmale los mp3 modulando la realidad dentro del casco, los 600 cm3 de la moto y tienes el espejismo que venden todas las películas: la felicidad no es más que una escena bien producida.

La lluvia, el enorme cajón neoclásico siútico y pretencioso, reflejo de un Chile de antaño ansioso y afrancesado, se ve imponente; rodeado de edificios acristalados sin gusto a nada, reflejo de un Chile que ahora quiere ser agringado. Las escalinatas, los enormes portones de pino queriendo parecer nogal, el bronce, el mármol, los corredores amplios y el olor a burocracia estatal. El simulacro de querer ser Europa en una colonia rasca a miles de kilómetros de distancia. El portero con rostro indígena. El mural de un pintor que pensaba que ser creativo significaba ser el primero en llegar a Chile con la última novedad, la escultura del artista que pensaba que nuestros próceres también se merecían algún oscuro tipo de penosa inmortalidad en ese mausoleo de la cultura que es nuestra pomposa Biblioteca Nacional.

Segundo piso, a la derecha. Sala Ercilla (Don Alonso, otro simulador descarado inventando un Chile que no existía). “Jorge, dónde estabas! Ya empezó todo”, me dice la Jovana Skármeta. Entro. Sala llena. “La raja”. Miro a la testera y veo a Marcelo, un poco tenso; a Sergio Meier, gentlemen decimonónico y perfectamente afeitado como ya pocos saben hacerlo; y a un diminuto señor de avanzada edad que se frotaba las manos con una mirada de cansado y de “por qué no estoy en mi camita viendo las noticias” tremenda. Por la cabeza se me cruza como un destello la posibilidad de que ese caballero sea…no… imposible… él se murió… al menos eso dicen todos… aunque… No, no puede ser.

La sala Ercilla es preciosa. Parece la locación perfecta para un cuento steampunk o para filmar una película que se supone transcurre en alguna biblioteca londinense. Siempre “se supone”. Las ventanas tampoco son ventanas. El simulacro de un país acostumbrado a creer que “pareciendo” la tarea está hecha.

Luis Saavedra nos hace una seña desde la primera fila y nos sentamos a pelusear con la enkeli junto al glorioso mártir, al que sólo le falta morirse para ser canonizado.

Marcelo Novoa abre tímidamente los fuegos, se le ve menos ganoso y más recatado que en Valparaíso, donde se hizo el primer lanzamiento; comenta algunos de sus pensamientos favoritos en torno al tema y le cede la palabra a Sergio Meier. Nuestro personaje steampunk saca un tono de voz acorde con su imagen decimonónica y se embarca en una historia personal que bien puede ser leída como la historia de cualquier fanático de la cf nacional, es decir, un náufrago golpeado y abandonado con un cajón de libros en una isla demasiado lejos de todo. Sergio está exultante, es la catarsis de años de encierro y la sonrisa sólo es frenada porque tiene orejas. Marcelo retoma el control de la mesa y le cede la palabra al viejito. Lo presenta como a una leyenda viviente, dice que publicó en una revista norteamericana, que Bradbury habría hecho un buen comentario sobre él, que es el padre de la Ciencia Ficción chilena profesional, dice que ese viejito es Hugo Correa. El aplauso es enorme y de pronto ocurre algo: el viejito mira al público con estupor, luego baja la vista y sonríe ante los vítores. Creo que siente que está recibiendo reconocimiento con 40 años de atraso. Su sonrisa es de enorme satisfacción. Hay una abuelita entre el público que lo mira como se mira al hijo en el día de su graduación. Es el secreto develado, la retribución de una injusticia. No sé. Un momento muy bonito.

Lo cierto es que el ancianito es un poco errático, nos habla desde los años cincuenta, nos revela recetas revenidas y hace un par de afirmaciones que hacen doler algunos estómagos. Pero la magia triunfa. Es Hugo Correa. Es chiquitito, tiene un problema articular en una rodilla que le dificulta trasladarse, es un personaje. Es Hugo Correa hablando desde el pasado. El ninguneo y la indiferencia criolla han obrado como una máquina del tiempo y sentimos lo mismo que debería sentir un estudiante de física al que se le aparece ante sus narices Einstein o Heisenberg, o lo que debe sentir un futbolista viendo entrar a Mané Garrincha con esas sonrisas que iluminan las habitaciones. Es nuestro héroe personal y no puedo evitar tomarme una foto con él al final de la velada.

Marcelo toma nuevamente la palabra y habla sobre nuestras deudas, lanza un puñado de nombres de los que sólo retengo un par… que luego también olvido. Bien, para eso elaboró este libro el bueno de Novoa, para que la memoria de nuestro género no dependa de lesos como yo.

Miro alrededor y veo algunas caras conocidas. Pancho Ortega en un rincón (se le ve cómodo en un rincón), Gabo, la naty y la sole (los “pendejos” del club) se ríen en la última fila exhibiendo su desprecio cool hacia tanta ñoñería. Marcelo López y Sergio Amira en la puerta, como directores de orquesta espiando la reacción del público. La pelada nevada de Omar Vega tan llena de fechas y nombres, símbolo de otra época donde no existían los Megabytes y la información debía ser clasificada y procesada al interior del encéfalo de unos pocos talentosos.

Marcelo nos invita a comenzar a escribir los cuentos que integrarán, quizá en cien años más, el nuevo mapa estelar de la ciencia ficción chilena y cierra un lanzamiento más emotivo que potente, pero indudablemente fundacional. Un milestone, como dicen los gringos. Nuestra propia carta de existencia.

Cuando salía del lugar no podía dejar de pensar en la sensación que me había recibido al entrar a la Biblioteca Nacional: simulacros, nada más que simulacros. Y una sonrisa se me dibujó de inmediato, porque entendí que en particular este subgénero tan vilipendiado, tan venido a menos, tan difícil de matar, es un vehículo privilegiado para dejar de intentar “parecer” otra cosa que no somos y comenzar a dibujar y previsualizar todo aquello que queremos ser de ahora en adelante.

Gracias Marcelo, sin memoria no hay futuro.

por Jorge Baradit