El sueño de Hierro

La novela de Normand Spinrad El sueño de hierro (1972) no es sólo una ucronía, sino además una ucronía dentro de una ucronía. Spinrad propone un mundo producto de la divergencia creada por un Adolf Hitler que, tras intervenir un breve periodo en actividades políticas extremistas en Alemania, emigra a Nueva York en 1919.

En la ucronía «principal» que propone la novela, Hitler se convierte en ilustrador de pulps de ciencia-ficción, iniciándose como autor de dicho género en 1935 y llegando incluso a dirigir una revista llamada Storm y a ganar un Hugo póstumo en la convención de 1955 por su novela El señor de la swastika. Esta otra ucronía, que compone el grueso del libro, es la historia de Feric Jaggar, un joven genéticamente puro quien habita una Tierra alterna cuya población ha sufrido los efectos de una guerra termonuclear que ha causado horrendas mutaciones de las cuales la más peligrosa es la representada por los malignos y telepáticos «Doms» de Zin (capaces de coaccionar y someter a los demás seres convirtiéndolos en títeres). La agenda de los Doms incluye la infiltración de la capital de los «hombres verdaderos», Heldon, y la corrupción del caudal genético de sus ciudadanos.

Feric, al igual que el propio Hitler, ha nacido fuera de la nación que terminará liderando (es hijo de exiliados políticos), y una vez cumplida la mayoría de edad, viaja a Heldon para someterse a las pruebas de pureza racial y así obtener la ciudadanía helder. Apenas Feric arriba al control fronterizo descubre que los funcionarios están bajo el sistema de dominio de un mutante de Zin que permite la entrada de todo tipo de aberraciones genéticas, y al que Feric intenta desenmascarar sin éxito.

Feric volverá más tarde sin embargo, encabezando una muchedumbre de hombres verdaderos que rescatará a los oficiales fronterizos eliminando al Dom. A partir de este punto Feric, convencido que el triunfo de Heldon, la pureza genética y la verdadera humanidad se han fundido con su destino personal, inicia una meteórica carrera política que le llevara, tras hacerse del mítico Gran Garrotte de Held, a convertirse en el Comandante Supremo de Heldon y a declararle la guerra a los mutantes. Al mando de sus ejércitos Feric llegará hasta la capital misma de Zin, destruyéndola por completo antes que un Dom sobreviviente detone el arma definitiva de los «antiguos» que en cuestión de minutos envía al aire millones de toneladas de polvo radiactivo. Las matrices de tus preciosas mujeres de sangre pura sólo producirán enanos jorobados, caras de loro, pieles azules y docenas de nueva mutaciones, quizá incluso nuestra propia especie, sentencia el anciano Dom antes de ser destrozado por el Gran Garrote de Helm (este vil ataque de los Doms no será un contratiempo para Feric por supuesto).

El señor de la swastika está escrita en el mismo tono que un panfleto propagandístico fanático. Feric Jaggar es prácticamente invencible, un übermensch cuyos enemigos están descritos con una vileza tal, que justifica todas las atrocidades contra ellos cometidas en nombre de la humanidad “verdadera.”

Al final de El sueño de hierro nos es posible conocer algunos aspectos del mundo alternativo en que El señor de la swastika fue escrita, esto gracias al comentario de un tal Horace Whipple que ridiculiza la obra de Hitler, un libro, según él, pletórico de obsesiones fálicas, fetichismo, y homosexualidad, …escrito en seis semanas por un escritor de pulps que nunca demostró talento literario, y que bien pudo haber escrito el libro mientras sufría los primeros síntomas de una paresia.

La lectura del comentario de Whipple nos muestra los alcances, más allá del mundillo literario de la ciencia ficción de la edad de oro, de una Tierra donde Hitler nunca lideró el partido nazi. En esta versión alterna de nuestro mundo la Gran Unión Soviética ha alcanzado niveles de antisemitismo tan atroces como los de la Alemania nazi (pereciendo cinco millones de judíos en la ultima década), además de dominar Eurasia, la mayor parte de África y las republicas sudamericanas, alzándose sólo Japón y Estados Unidos como últimos bastiones de la libertad, en un mundo que parece destinado a perecer bajo la marea roja. Whipple, basado en ciertos indicios que señalaban que el incipiente partido nazi de su mundo habría sido antisemita, especula que los Dominantes de Zin tal vez simbolizaran a los judíos de no ser por que evidentemente son una alegoría de la Unión Soviética, a raíz de esto Whipple se muestra desconcertado con respecto a los mutantes que infestan El señor de la swastika, no encontrando paralelo alguno para ellos con la realidad contemporánea. Esta incapacidad de extrapolación, dada por el contexto histórico de la realidad divergente de El sueño de hierro, hace que Whipple además, considere altamente inverosímil el surgimiento de un ser como el protagonista de la obra de Hitler, y más aún, la idea que una nación se arrojara a sus pies …por obra de manifestaciones multitudinarias de fetichismo publico, de orgías de estridente simbolismo fálico, y de asambleas de oratoria histérica adornadas con antorchas. Un personaje como Feric Jaggar, concluye Whipple, podría ofrecer un liderazgo férreo a una nación, pero a un alto precio, podríamos ganar el mundo, pero perderíamos nuestras almas.

© 2006, Sergio Alejandro Amira

Título: El Sueño de Hierro.
Autor: Norman Spinrad
Título original : The Iron Dream (1972)
Traducción: Aníbal Leal
Portada: Manuel Calderón
Precio: 15.95 euros
Páginas: 270
ISBN: 84-96013-25-1

El virus de la evolución: Los niños de Darwin de Greg Bear

por A. César Osses

“Cada cientos de miles de años, la evolución, normalmente lenta, da varios saltos hacia delante” es una paráfrasis de la frase con que Patrick Stewart, interpretando al Profesor X, abre la serie X-Men. Según ese triste argumento, el siguiente paso en la evolución humana nos dejará mutados en una serie de Kurts, Scotts, Hanks, Rémys, Erics, Jeans, Susans, Reeds, Johnnys, Bens u Ororos. O lo que es lo mismo, la evolución nos transformará en perfectas máquinas de ataque, dotándonos de capacidades aún mayores para combatir; claro que esta vez las armas vendrán incorporadas, y ya no tendremos que construirlas nosotros mismos.
Por suerte, según Greg Bear, la evolución del ser humano irá por otro lado. Hace un tiempo este autor escribió La Radio de Darwin, novela que trata la aparición entre nosotros de una hipotética evolución de la especie humana. En ella describe su particular forma de producirse, desde un punto de vista antropológico, como una posibilidad científica.

Lamentablemente, no fue éste el libro que cayó en mis manos; el que lo hizo fue su secuela, Los Niños de Darwin. Imagino, por lo que logro entender al leerlo, que la nueva especie aparece gracias a la activación de un retrovirus latente, que introduce en nuestro genoma la información que permitirá la llegada al mundo de los niños de la nueva especie.

La estructura del libro es lo que ha dado por llamar historia coral, aplicada en la narrativa cinematográfica con resultados diversos; a veces es forma de una historia donde al final convergen los protagonistas en un único clímax, mientras que otras, más que lograr un mosaico, la historia queda convertida en un collage disparejo e inconstante.

A veces fragmentar la historia sirve para capturar al espectador, creando un ambiente de tensión que logra mantener el interés. Otras, el collage es tan confuso y se presentan muchos personajes en situaciones tan diferentes que se requiere del lector un poder de concentración por sobre el promedio para poder seguir el desarrollo de las historias individuales, puesto que los personajes además de tener historias separadas, influyen sobre otros con sus acciones.

Sin llegar a ser tan extremo, aunque Los Niños es una suerte de historia coral con diferentes ángulos de la misma situación y sin personajes en exceso, desde mi punto de vista adolece de una notable falta de tacto para con el lector. Por razones que explicaré a continuación, opino que hace falta leer primero La Radio de Darwin para poder seguir esta narración sin distractores innecesarios.

Ciertos personajes adolecen de poca profundidad, lo que me hace sospechar que son personajes importados desde La Radio, hecho que juega en contra de la claridad del relato, ya que se ignoran sus motivaciones escaseando las descripciones de sus personalidades, quedando algunos de ellos transformado en meros personajes de telenovela venezolana.

Las referencias a situaciones anteriores, que pueden ser importantes para la historia, son constantes, dejando muchos detalles en el limbo, transformando así una novela que podría tener al lector ocupado en asimilar las ideas en un texto que deja intrigado al lector mediante el recurso de volver tácita la información faltante u omitiendo información importante.

En vez de crear y mantener el suspenso, Bear se dedica principalmente a crear y mantener espera; espera de que se presente el siguiente fragmento del episodio. El equivalente de los cortes en los episodios son los cortes que hacen los canales de televisión para insertar comerciales al transmitir películas en prime time: absolutamente irritantes y sin razón aparente.
Bear no mantiene una estructura relativamente ordenada en su novela, a pesar de que la narrativa es lineal y el universo de personajes no es sumamente extendido ni complicado. Los capítulos pocas veces abarcan un episodio: por lo general un episodio, relativamente corto y sencillo, es fraccionado en varios capítulos. Hay capítulos que duran un único párrafo, continuando con el episodio en tres o cuatro capítulos más, no permitiendo al lector profundizar demasiado en las situaciones que se van presentando.

En Los Niños, Bear no ahonda en muchos detalles de lo que debe haber tratado en extenso en La Radio, sino que describe detalladamente la reacción de la especie predominante ante la aparición de una nueva, presumiblemente la sucesora del homo sapiens sapiens sobre la Tierra. Nuestra sucesora.

La interrogante que Bear trata de aclarar en este libro es ¿cómo será la evolución del Homo Sapiens? ¿Y cómo la aceptará éste? Claramente la inspiración para esta evolución no provino de Lee o Kirby, y por suerte la especie que nos seguirá en el planeta no tendrá poderes para el combate, sino que extenderá nuestras limitadas capacidades sensoriales.

Por ejemplo, nuestro olfato es un sentido superado por los restantes cuatro, con cierta ventaja. Tal vez, como ya sugiriera Patrick Süskind desde un punto de vista diferente en El Perfume, un olfato más desarrollado podría permitirnos un mayor entendimiento de nuestro hábitat; podríamos dejar de ser parásitos y convertirnos en simbiontes de nuestro planeta.
Se ha dicho hasta el hastío que somos la especie dominante, que hemos aprendido a extender nuestras vidas más allá de lo que la naturaleza considera un límite prudente, que somos la única especie que deteriora su hábitat y que mata por deporte. Una de las frases cliché más manidas de los últimos años tiene relación con la herencia que dejaremos a nuestra descendencia: el planeta, y el estado en que lo entregaremos.

Nuestra evolución es descubierta por casualidad por un científico y confundida con una epidemia; el causante sería el virus llamado Shiver, y los afectados, los nonatos. Con el tiempo los niños del virus crecen, y también los temores de la sociedad Sapiens al contagio con Shiver. Nuestra reacción especial es contener el contagio, o la evolución, en campos de concentración.

Claro, no hay dictadura militar o Reich en este caso, sino miedo a nuestra extinción como especie ante la más avanzada de humanos shevitas. Ellos poseen nuestras capacidades entre muchas otras, especialmente relacionadas con las feromonas y las expresiones faciales y vocales. Toda esta gama extendida de posibilidades de comunicación permite a los shevitas una integración social sin equivalentes entre nosotros, relegando a la inexistencia conceptos que nos son indispensables, como la privacidad.

La sociedad shiver, que ciertamente tomará nuestro lugar en la Tierra, al momento de cerrar Los Niños promete ser más pacífica que la sapiens debido a su particular forma de relacionarse con sus pares y con el entorno, gracias al conocimiento y entendimiento casi tácitos de los otros seres vivos.

El mensaje final que puede cosecharse después de leer Los Niños de Darwin no deja de ser un mensaje esperanzador: si nuestros sucesores sobre el planeta llegaran a ser homo shiver, aún quedarían esperanzas para la viabilidad de Gaia. O bien la moraleja podría ser: para que el planeta sobreviva es necesario que nos extingamos. Ustedes elijan.

por A. César Osses

La Conjura de los portátiles

por Miguel Arenas

En esta nota confluyen dos acontecimientos: el libro Historia Abreviada de la Literatura Portátil de Enrique Vila-Matas, un escritor que me ha sorprendido a través de las obras que he leído de él; y por otro lado la enfermante necesidad de crear grupos, movimientos, escenas, etc. en las cuales se concentren todos nuestros proto-valores e intenciones estéticas. Éste es un modelo arrancado del libro de Vila-Matas que habla de los «shandys», grupo secreto, suicida y volátil en el cual se encontraban las personalidades más interesantes de la década del ‘20-‘30 (Duchamp, Scott Fitzgerald, Benjamin, Vallejo, Georgia O’Keffe, Crowley, Tzara, etc.). Como todo grupo tiene sus premisas, su mujer fatal, que desata los bajos instintos de los participantes y por ende los conflictos, y su traidor, que mediante un acto simbólico devela la existencia de la sociedad secreta y por ende causa su disolución.

Marcel Duchamp «Boîte-en-valise» 1934-41

Historia Abreviada de la Literatura Portátil nos muestra como el azar o sincronía de sucesos, ideas y personajes permiten crear movimientos estético-literario-revolucionarios a partir de la obra de Duchamp, Boîte-en-valise, en la cual este artista crea una maleta y reducciones de todas sus obras para que fuera fácil de transportar. Éste es el artefacto por excelencia de la “literatura portátil” a la que hace referencia Vila-Matas. Las premisas fundamentales de este grupo secreto se pueden enumerar así:

• Exigir un alto grado de locura de sus participantes

• Toda la obra de los participantes debía ser liviana y transportable en una maleta (portátil)

• Funcionar como una máquina soltera.

Luego existían rasgos secundarios, cito: “…espíritu innovador, sexualidad extrema, ausencia de grandes propósitos, nomadismo infatigable, tensa convivencia con la figura del doble, simpatía por la negritud, cultivar el arte de la insolencia”. Como vemos, muchos de estos elementos juegan constantemente en la constitución de diversos grupos avantgarde hasta el día de hoy (de hecho, en mi historia personal se han confabulado a favor y en contra mío más de alguna vez). Luego se relatan una serie de personajes y acontecimientos notables, que dejaré a vosotros descubrir ya que mi idea no es contar el libro o la película según sea el caso.

Georgia O’Keefe (pintora), la Femme Fatale de los «shandys»

Dentro de la mecánica de los grupos secretos está por lo general convocar solamente presencia masculina en sus inicios, para luego ceder e involucrar a las féminas de turnos. Y he aquí el primer acto que anuncia la debacle (no soy misógino, atrás feministas, ahora me explayo). La inclusión de una mujer en estos grupos, generalmente compuestos por personajes fuera de la normalidad adquiere los siguientes rasgos: una mujer que deslumbra por su inteligencia o sensibilidad, con un magnetismo digno de una descendiente de Lilith y no la parquedad de las de Eva, y varios enamorados a ultranza dentro de las filas del grupo. Ello generalmente desemboca en un suicido ya sea de facto o simbólico y enemistades varias. No me extiendo más, aún no cicatrizan mis heridas.

Aleister Crowley – El traidor y develador de la Sociedad Secreta

Por último, estas sociedades son de corto aliento pero de un impacto profundo. La esencia radica en el carácter críptico fuera de alcance para el resto de los mortales. Y aquí asoma la figura del traidor, quien hace visible lo que debiera permanecer oculto. En el caso del movimiento portátil fue el maléfico (¿mucho, no?) Aleister Crowley, satanista, mago y practicante de todo tipo de artes ocultas, quien develó la existencia de la sociedad secreta de los “Shandys” en un capítulo digno del grupo.

Me quiero detener un poco en la figura del traidor. Nosotros, como seres modernos, hemos conocido la palabra especialmente por una connotación militar y patriotera; por el contrario, yo considero la figura relevante para que el movimiento o secta, como quieran llamarlos, adquiera un valor histórico mayor. Allí se instaura la idea de mito, la mitificación del grupo. Como ejemplo basta ver Jesús y sus doce apóstoles, sociedad secreta que a partir de la figura del traidor es capaz de instaurar un mito religioso, que todos sabemos hasta donde llegó.

Bien; me he extendido demasiado. No escribí casi nada de Vila-Matas, que era mi idea primaria, un escritor que escribe literatura desde la literatura y para literatos.

por Miguel Arenas

Cyber & Porno (Notas sobre “Ygdrasil” de Jorge Baradit)

Por Álvaro Bisama

  1. Leer a Baradit como el opuesto a Hugo Correa: el autor de una space opera que tiene demasiada sangre, sudor y mierda como para ser amable o complaciente con el género.
  2. Extraído de la solapa pero insertado here and now: "Baradit escribe una cruza mutante entre José Donoso, Chris Carter y Clive Barker. O Sade mezclado con Chihuailaf. Y su novela tiene todo lo que debería tener la raquítica literatura fantástica chilena, cosas que no ha conseguido narrar casi nunca: riesgo argumental, una tragedia cósmica, fantasmas low fi, monstruos sadomasoquistas, sexo duro, delirante tecnología de avanzada, extraterrestres interdimensionales y una protagonista todo terreno dispuesta a dar y recibir dolor en singulares y retorcidas formas".
  3. Masoquismo: en cierto modo Mariana, la heroína, me recuerda a los héroes de los cómics de Frank Miller. Su relación con el dolor es trascendente, terrible e inevitable. No deja de ser un detalle accesorio. "Ygdrasil" no es una novela didáctica. Mariana mutila, mata y sangra a niveles que son escalofriantes y además, cósmicos.
  4. "Ygdrasil" como una puerta a la literatura de género fantástico que no se había abierto hace años. Lo que vemos: una fiesta en un sótano lleno de pervertidos con ganchos afilados en las manos.
  5. "Ygdrasil" como una obra desoladoramente pop: los ecos de la cultura contemporánea exhibidos como desecho, como juguetes sexuales, como las herramientas del torturador.
  6. Si "Ygdrasil" radiografía lo que se cuece en el fandom hay que alegrarse o asustarse por lo que traiga en el futuro.
  7. Baradit hace que nos despidamos de cierto realismo costumbrista del mismo modo que la Ripley lanza a algún alien al vacío. Con una patada en el culo. En llamas.
  8. El damnificado: Darío Oses, que había explorado en el cyberpunk y en la ci/fi de especulación política. "2010: Chile en llamas" y "El virus Baco" son obras menores para adolescentes hijos de hippie a los que no los dejan comer en el McDonald.
  9. Me gustaría ver lo que hace Baradit si se pone a escribir sobre Harry Potter.
  10. Baradit + Donoso: cierta cercanía cósmica. Monstruos sin lengua. Los agujeros cosidos del cuerpo. El horror.
  11. Mariana debería tener una historieta. La debería dibujar Jae Lee. O Themo Lobos.
  12. No sé por qué, pero "Ygdrasil" me recuerda a "Campo de concentración" de Thomas Disch: una trama que se vuelve cada vez más gruesa, que se convierte en otra cosa, que crece hasta desfigurarse de modo irremediable. En cierto modo, Baradit ha escrito dos novelas: en la primera, una heroína vence diversos y extraños obstáculos. En la segunda, la que más me gusta, la novela lentamente cambia el tono: pasa de ser puro cyberpunk para convertirse en otra cosa, para crear propias reglas con las que jugar y vencer y sorprender al lector.
  13. Me gustaría ver cómo funciona "Ygdrasil" en un traducción: cómo la prosa condensada de Jorge Baradit se adapta al inglés. Ese no es un tema menor. Nos criamos leyendo ci/fi traducida: eso nos dotó de acentos, tonos, velocidades. De formas de enfrentar, leyendo y escribiendo, ciertos relatos. "Ygdrasil", en un nivel más profundo tiene que ver con esa metalectura: la búsqueda de una lengua para el género, algo que en cierto modo es lo más complicado. Argentinos como Elvio Gandolfo, Borges & Bioy, Piglia, Oesterheld, el uruguayo Levrero, lo han resuelto más o menos bien. La escritura de Baradit trabaja en ese punto y se explota desde ahí. Marca un modo lector. Un sistema de escritura. Señala un método. La novela es en cierto modo la respuesta, la forma de solucionar el enigma, un modo de leer diversos referentes y apropiarse de ellos para superarlos, para inventarlos de nuevo.
  14. Ah: Ciberpunk & Porno. Nada mejor.

Por Álvaro Bisama

Crónica personal acerca del árbol de la vida

por A. César Osses

Esto ha sido un poco vertiginoso: de pronto surge este novel escritor a quien siempre vi entre los colaboradores de TauZero, desde antes que me animara a escribir una que otra cosa para el e-zine, causando revuelo y apareciendo en distintas páginas de diferentes diarios y revistas. Lo conocí hace tiempo, en una casa en Ñunoa [Santiago], en el marco de una reunión para divertirse, y no trabajar, del equipo de TauZero. En ese momento no supe bien de quién se trataba, y para ser honesto, no retuve su nombre. En realidad no retuve el nombre de nadie: era cerca de la medianoche de un viernes, y para el momento en que me fui, robándome a Rodrigo, que era quién me había llevado para allá, a las tres de la mañana, mi cerebro y sus cortezas estaban funcionando a base de fuerza de voluntad.

Desde entonces no volví a ver o saber de Baradit más allá de ver su nombre en TauZero de vez en cuando, o en el sitio web de Tau, más recientemente. Siempre lo recordaré como el muchacho (a pesar de su edad, es un muchacho; no se me malinteprete, Jorge no es tampoco un patriarca) que en el momento que me iba desde esa casa que no sabría cómo volver a ubicar, estaba diciendo algo sobre amebas a la anfitrona, una tímida y poco convencida escritora potencial. Se lo comenté después a Rodrigo y me dijo así habla él, lo que entonces me pareció raro o extravagante, y hoy, un día después de terminar de leer su novela, me parece absolutamente comprensible.

Hace poco, por comentarios de Rodrigo, supe que Baradit le había dado el palo al gato al publicar su primera novela. Los muchachos de TauZero, en especial Rodrigo están exultantes de entusiasmo por el logro de Jorge, tanto que se palpa y se me ha contagiado, en la medida en que un intercambio de mails y algunas llamadas telefónicas pueden hacerlo. Es por eso que aquí estoy, algunos días antes del lanzamiento oficial en un evento multitudinario de la primera novela de Jorge Baradit, publicada por Ediciones B en la colección Nova, escribiendo lo que se me venga a la mente en relación a la novela a la que se dedica este especial.

Cabe destacar que Jorge Baradit se ha anotado de una vez varios hitos en el terreno de la ciencia ficción chilena, que no va al caso enumerarlos, tal vez porque en esta edición especial de TauZero van a enumerarse hasta la saturación, y porque por otro lado, no creo que sea capaz de recitarlos de memoria. Para lo que interesa. En esta nota lo que importa es tratar de hacer una pequeña crónica de cómo llega la primogénita de Baradit a mis manos, y mi experiencia con ella.

Cuando Rodrigo me comentó que estaba ad portas la publicación de Ygdrasil, la primera novela de Jorge Baradit, el nombre me fue familiar. Claro, en algún comic del Hellboy de Mignola se mencionaba Yggdrasil (nótese la duplicidad de la letra g) como el árbol de la vida, elemento central en una de las aventuras de este héroe colorado y de cuernos limados. Asimilé esta noción y la deje en stand-by. Por el nombre me imaginaba una fantasía con sables, armaduras y magia (una suerte de dragonada), y aunque no estaba en los hechos muy lejos de la verdad, en la forma estaba, por decirlo amablemente, un poquillo perdido.

Cuando por el foro se da la noticia de que se publica Ygdrasil y que está disponible en la librería, yo, curioso, pregunto “¿de qué se trata?”. Me responde Rodrigo, diciéndome algo como que “es un ciberpunk chamánico esotérico, o, en una palabra, una baraditada (sic)” y dejándome igual que cuando se termina de bailar la cueca: ahí mismo. Como Ygdrasil se publicó por entregas en TauZero, parcialmente, dudo que Rodrigo no supiera lo suficiente como para hacer una descripción en forma de nanocuento de la trama de esta novela.

Ante todo le recalqué que una baraditada no me decía absolutamente nada, a diferencia de otros escritores de trayectoria, como podría ser una philipkdickada, gibsonada, asimovada, stephenkingada, jrrtolkienada, jkrowlingsada, o una vargasllosada, garcíamarquezada, lemebelada, cortazarada, bolañada. Claro, Jorge Baradit recién publica su primera novela, mientras los otros… algunos se han podido dar el gusto de publicar póstumamente, mientras que Baradit tiene sus mejores años y novelas por delante. No me cabe duda de que a futuro bastará con decir que tal o cual novela es una baraditada para tener en claro de qué trata, y saber de quién tomó la influencia el autor.

En mi caso, al aclarar el punto anterior se me recomienda amablemente revisar los archivos de TauZero para imbuirme de los significados asociados a tan sorprendente género literario. La verdad es que me dio flojera hacerlo, y en mi primera visita a una librería me vi buscando Ygdrasil por los estantes, como quien no quiere la cosa. Ya conocía la portada: un fondo café con dos Y rojas superpuestas y desfasadas en 180°. Entonces fue cuando la vi y al girar la solapa reconocí a Jorge y pude asociar nombre con rostro: Nice to meet you, nuevamente. De ahí a dirigirse a la caja con la mano en el bolsillo hubo un paso, y mi sorpresa (grata) afloró al recibir el precio. Hombre, esto está muy conveniente, pensé.

En un país donde la lectura no es fomentada mayormente y a través de un círculo vicioso los precios se vuelven prohibitivos, un libro que sin ser barato es accesible a un espectro mayor de lectores en potencia se transforma en un respiro de aire fresco, siendo a la vez un parcial disuasivo a la falsificación. Vale la pena la inversión: la calidad de la edición es coherente con los otros libros publicados por Editorial B, lo que por lo menos garantiza un elevado número de lecturas antes de terminar con las hojas en la mano o la cubierta mellada. Las páginas alcanzarán a superar la década antes de ponerse amarillas, imagino, y las letras no se borrarán a causa de la fricción.

La contraportada tiene citas de dos personas que no alcanzo a imaginar el mérito que tienen para poner sus palabras ahí, en una zona que en lo personal, cuando tiene texto entre comillas, se transforma automáticamente en el análogo de la nota de cata de los vinos: pierde interés. De todas maneras leí las genuflexiones entrecomilladas, que me produjeron el mismo efecto que el de una nota de cata: me dejaron total y absolutamente indiferente y desinformado respecto del contenido.

Después de todo tendría que leer Ygdrasil para saber de qué trataba, que en el fondo es lo que cualquier lector ávido debe hacer con un libro. Cuando abrí el libro a lo más sabía que se trataba de ciencia ficción. No sabía si era hard o no, no sabía si era una space opera o un policial ciberpunk, o si era una digresión acerca de quiénes somos y hacia dónde vamos, si una complicada metáfora acerca de la existencia de dios, con minúscula. Me lancé a la piscina sin antes probar el agua con el dedo gordo del pie izquierdo, sin comprobar los niveles tampoco.

Después de leer la novela, siento decepcionar: no he renacido, ni tampoco ha cambiado mi visión del mundo, ni soy un ser humano diferente ni tampoco he visto mis creencias tambalearse, mi líbido no sufrió ninguna variación ni he perdido más peso. Me liberé de sus hojas, lo que es diferente. Tal vez en un principio me costó entrar, y pudo ser circunstancial ya que empecé a leerla viajando en tren. Pero cuando me capturó, me dejó pensando y cuando me alejaba del libro, siempre tenía ganas de regresar. Prueba de ello es que me tomó 4 días en leerme el 90% restante de la novela, en semana laboral, pasando casi 12 horas fuera de casa, restándole tiempo al merecido sueño. Y sin llevármela al trabajo.

Se nota con bastante claridad la influencia de William Gibson en los pasajes oníricos, la claridad justa de las descripciones que obligan al lector a activar y operar bajo sobrecarga su coprocesador imaginativo. Para ser una novela de ciencia ficción no-hard, me resultó extraño no encontrar ningún Smith o James o Roberts. Suena extraño un relato de ciencia ficción entre cuyos personajes haya un ona, o que suceda en Latinoamérica y el Caribe. En la novela se mencionan invunches, lautaros, chamanes, fantasmas, mexicanos, tontos, médiums y políticos corruptos. A pesar de (o tal vez precisamente debido a) ello es que el relato entretiene. Nunca supe qué clase de carta tenía el autor bajo la manga al dar vuelta la página.

Si algo puede caracterizar Ygdrasil es el exceso. Las descripciones de muchas de las escenas rayan en la brutalidad, en el más absoluto y puro gore, el sadismo y el snuff. Es como inspirarse en “lo que pasó con la tripulación del Event Horizon en la otra dimensión” y Urutsukidoji para crear todas las sofisticadas formas de tortura y mutilación descritas. Si alguien quisiera llevar Ygdrasil al cine, el guionista encargado de la adaptación debiera prepararse sicológicamente para la tarea asesorado por profesionales, y los productores encargar un gran suministro adicional de sangre artificial, para hacer una buena adaptación, por lo menos. Y medio Fort Knox para sobornar a todos los entes calificadores del planeta, claro está.

A pesar de lo barroco y sanguinolento de las impactantes descripciones, lo excesivo de algunos pasajes, de la multitud de dobleces irreales a las leyes físicas y biológicas que las vuelven completamente desconocidas e insalubres, la novela primogénita de Baradit entretiene y captura al lector arrastrándolo en un viaje por lugares que no existen, no pueden o no deberían existir, y no se excede con evidentes citas oscuras y misteriosas referencias que terminan por desorientar y confundir, transformado un relato en un texto que busca hacer patente la inmensa erudición del autor frente a la supina ignorancia del lector.

Los abismos a los que Baradit expone inmisericordemente al lector de Ygdrasil tienen un aire familiar, un aroma a tacos, a empanadas, a mojitos, a tiple y charango, a sikus y pifilcas, a batá y kultrum. Amante de la palabra imposible, Baradit no tiene muy claro el concepto de dicho vocablo, y ahí está: ha publicado una novela de ciencia ficción latinoamericana, con una clara identidad, poseedora de una impronta que la distingue frente a otras novelas de CF que con el tiempo han ido pasando por mis manos.

011105 (addendum)

Asistí ayer al lanzamiento de Ygdrasil en la Feria Chilena del Libro, llevada a cabo en Santiago. Un hermoso día me permitió gozar con todos mis sentidos de la belleza femenina que merodeaba entre los estantes, buscando algo para leer. Objetivamente puedo decir que la Feria, a pesar de la impresionante cantidad de textos expuestos, sólo contaba con un reducido número de textos de CF, y entre ellos, el más original es Ygdrasil.

Jorge Baradit tuvo la deferencia de autografiar mis copias, después de un día propenso al síndrome de túnel carpiano dado el inmenso número de dedicatorias y firmas, todas ellas realizadas con pulcritud, dedicación, y por qué no decirlo, creo que hasta con placer. No tiene Baradit el talento de otros escritores de fama y renombre, que garrapatean asqueados algo más parecido a una receta escrita por un médico (por lo ilegible) para firmar la mayor cantidad de libros en el menor tiempo posible, sino que se daba el tiempo para producir texto manuscrito personalizado y claramente legible. Aunque Baradit haya firmado algunas copias – dicen – con su propia sangre, el resto las firmó con el corazón. (Si me permiten la licencia: de haber firmado con su sangre habría llegado a la anemia antes de la presentación.)

En la presentación habló la editora de Ediciones B, dos personas con cierto arrastre mediático, y el autor. La frase más repetida por la editora y el duo mediático-publicitario: “lanzarse a la piscina con Ygdrasil”. Concuerdo plenamente con el cliché, ya que desde el momento en que tuve el libro en mis manos la sensación fue la misma. Si para los editores, que ven el provecho comercial antes que otros méritos, fue una movida arriesgada, los lectores también corremos el mismo riesgo ya que desde las páginas acecha un texto original y malvado, listo para devorar a quien se atreva con él. A estas alturas, y después de ver en la caja de Ediciones B una cola de personas con la novela en sus manos, Ygdrasil debe estar masticando plácidamente varios lectores lo suficientemente valientes o incautos como para lanzarse a las fauces abiertas de la primogénita de Baradit.

Finalmente, lo que todos esperábamos (y por todos entiéndase todos los que alcanzamos a caber dentro de la sala destinada al efecto; algunos debieron oírla desde el pasillo): la presentación en sociedad de Ygdrasil y el speech de Baradit. Un contingente importante de bilbliófilos, frikis de la CF, admiradores de la editora de Ed. B, seguidores incondicionales de Baradit y uno que otro curioso o despistado que no tenía idea de dónde se metía guardaron respetuoso silencio mientras el autor hablaba. A ratos Hikaru, pequeño sobrino del autor, amenizaba la charla, de por sí amena, que como correspondía dejó reducidas a meras intrascendencias las intervenciones anteriores.

Baradit habló de Latinoamérica como un crisol, una cazuela sobre el fuego, con todos los ingredientes pero a medio cocer. Habló de no ser inventor de nada, declarándose culpable de magnificar con la lupa de su pluma y una “mente algo trastornada” lo que tenemos cotidianamente entre nosotros, y que por tenerlo a diario en portadas hemos dejado de verlo. Habló de la capacidad que todos tenemos de crear, de hacernos “estallar la cabeza” con ideas, de transformarnos en “úteros que parimos mundos”. (Unos asientos más allá, Rodrigo tomaba nota de las frases para el bronce grafitteando frenéticamente la pantalla de su handheld, mientras que desde atrás los flashes amateur inmortalizaban mil veces el cuarteto presidido por la estrella del momento.)

Espero (y tal vez me acompañen en el sentimiento otros ávidos lectores de CF) que, siguiendo los pasos de Baradit e Ygdrasil, las editoriales se atrevan a publicar a los escritores nacionales que ya son conocidos por un reducido grupo de lectores en el mundo (aún) under de la CF chilena e ignorados por todo el medio literario que se dedica a comercializar libros de autoayuda, de parrilla chilena (como si fuera mucha la ciencia de tirar un pedazo de carne con sal a una parrilla) y novelitas románticas con regusto dulzón a perfume de bisabuela, escritores a los que el autor se refirió como “próceres y mártires” de la CF chilena, hoy en pañales cuando hace tiempo que debe, y puede, vestir ropas de adulto.

por A. César Osses

La Membrana de la Realidad

Si mi anterior reseña de Neuromante llegaba con algo más de dos décadas de atraso, ésta llega con un poco más de cuatro. Algo inaudito para los adalides de la modernidad, incondicionales de lo último, devotos del top-notch y state of the art. Total, para eso existen los best-sellers y quienes los reseñan en las solapas en términos de two thumbs up!!! o exaltadamente la mejor novela de acción fantástica desde [inserte nombre de otro best-seller de renombre] en la contratapa. Para ser justos con la verdad, algunos sí son buenos.
exxUn servidor aprendió a leer y a escribir en la década de los ‘80, y aunque fui siempre un lector ávido, recién a comienzos de los 90 empecé a leer ciencia ficción post-Verne, después de pasar por los clásicos sudamericanos y europeos. (A propósito, se siguen publicando reseñas de Los Miserables o El Cantar del Mío Cid, y hasta ahora no he oído a nadie decir que llegan con algunos siglos de atraso).
exxPor cierto, más de alguno de los lectores de Tau calza con el perfil de haber nacido en los 80 y estar recién empezando a apreciar la ciencia ficción; por supuesto que habrá lectores de Tau que podrán ser de la generación de los 80 o 90 y ser lectores hardcore de ciencia ficción dura, así como otros quienes tengan por sinónimo de ciencia ficción a Las Crónicas de Riddick.
exxPara aquellos que lentamente se empiezan a sumergir en las profundidades de este género literario, esta reseña con cuatro décadas de atraso podrá serles de utilidad. Si alguien más, por vasto que sea el universo de libros que haya leído, queda interesado por El Hombre en el Castillo de Philip K. Dick (publicada originalmente en 1963), esta reseña habrá cumplido su cometido.
Yo nací 14 años después de que se publicara, así que algo del mundo moderno (que últimamente tiene más de moderno que de mundo) influenciará mi apreciación de El Hombre. Recuerdo que hace no tantos años fui al cine a ver The Matrix. Poco después ví El Piso 13 (o como se llame originalmente), y ya puestos, The Truman Show. Y ya había leído los primeros cuatro volúmenes de La Torre Oscura. ¿Qué tienen en común con El Hombre en el Castillo?
Todos fueron posteriores y todos comparten la idea de realidades paralelas, artificiales o no. Sin embargo, El Hombre logra poner elementos o personajes familiares en realidades que no podrían o no deberían existir, de modo que logran parecer nuevos y desconocidos.
exxPhilip K. Dick mantiene su usual estilo de pluma ágil y entretenida, con descripciones de una profundidad exacta, lo suficiente para que el lector se moje sin sumergirse en el ambiente del relato: lo justamente necesario para que el resto del trabajo lo haga la fértil imaginación del lector. Es justamente éste estilo el que le ha permitido a Dick ser uno de los autores cuyas novelas y cuentos más se han adaptado al cine, con disparejos resultados. ¿Quién recuerda Impostor?
exxEn los momentos en que escribo ésto se está llevando a cabo la reunión de los G8 (o G7 + EEUU) en Escocia, y en la madrugada de ayer se produjeron una serie de mortíferas explosiones en Londres, tanto en el Underground como en los buses de dos pisos que todos conocemos. El número de muertos causados sigue en aumento.
exxSe piensa que el autor intelectual de estos atentados sería Osama Bin Laden, enemigo número uno de EEUU y socio comercial de la familia Bush, la familia del presidente de ese país. La tesis cobra fuerza porque el modus operandi es muy parecido al de los atentados del 11-M, en Madrid, que al igual que los de Londres revindican la salida de los invasores yankees de Irak. Al igual que en Madrid y New York, quedan muchas dudas en el aire.
exxToda esta escalada de miedo al terrorismo es auspiciada gratamente por los halcones de la Casa Blanca, puesto que sirve de apoyo a los intereses transnacionales de este gobierno, malcriado y falto de contrapeso desde el colapso de la URSS el ‘89. En rigor es desde el fin de la Segunda Guerra que el autodenominado “guardián de las democracias del mundo” (siempre y cuando les sean proclives) abiertamente se empieza a portar mal. Todo porque según sus propios historiadores, ganó la Guerra. ¿Y si la hubiese perdido?
Ésta es la situación que Dick explora en El Hombre, creando una posguerra distinta a la que conocemos. Los EEUU no son sino un territorio ocupado, repartido entre las dos grandes potencias mundiales: Japón y Alemania, el nunca extinto Tercer Reich. Así fijada la situación, Dick imagina el futuro potencial de cada imperio.
exxNaturalmente, si el autor no da en el clavo, pega muy cerca. Japón busca consolidar su dominio sobre su territorio mediante el comercio y los negocios. A su vez, el Reich es una potencia aeroespacial, que empieza a preparar una expedición a Marte. Por supuesto, Von Braun nunca emigró a EEUU, y ese país es literalmente nada.
exxEn la novela, EEUU se reduce a una delgada franja pobre y subdesarrollada entre los territorios ocupados por las potencias. El lado este es alemán, mientras que el lado oeste es japonés; el centro mantiene un estilo de vida rústico y campesino, sin aviones ni tecnología posguerra: una apología del country llevada al infinito.
exxEs la Guerra Fría, pero con otro sabor. Cada territorio ocupado, ex-EEUU, absorbe la cultura del invasor. Bye bye, american way of life, la pesadilla de Roosevelt hecha realidad. En el lado este del país no se ha terminado el antisemitismo, y en el lado oeste los antiguos ocupantes son ciudadanos de segunda categoría.
exxTambién, para mi sorpresa, el cargo de Reichsführer es ocupado por otro de los personajes reales que secundaron a Hitler, y la elección o designación de su sucesor revoluciona la diplomacia mundial, al igual que revolucionaron el mundo las últimas dos elecciones en EEUU.
exxEsta novela me deja la clara impresión que Dick está influido por los acontecimientos relativamente recientes de la historia de su país, tendiendo a mostrar a los japoneses, a pesar de su milenaria cultura y amplio protocolo, como personajes ruines. En cambio los alemanes son refinados, ciertamente globales y científicamente avanzados, una extrapolación de los verdaderos EEUU de los 60.
exxBajo esta situación de realidades alternativas cabe preguntarse si no estaremos viviendo un sueño (desde Calderón de la Barca a los hermanos Wachowski) o si coexistimos con infinidad de realidades marginalmente diferentes una de otra, cada una relativamente real respecto de las otras (desde Einstein a Stephen King). ¿Cuántas veces no habremos irrumpido inesperadamente en alguna de las otras realidades y no nos percatamos, sencillamente porque no pudimos notar las diferencias?
exxUn amigo me comentó que Philip K. Dick se inspiró en el I-Ching para escribir El Hombre en el Castillo, cosa verosímil ya que al prepararse para seguir cualquier curso de acción, los personajes del relato que habitan la costa oeste de norteamérica lo consultan profusamente, interpretando detenidamente los resultados obtenidos, evidenciando el conocimiento del autor en el I-Ching.
exxEste amigo también me contó que Dick habría consultado el oráculo preguntándole ¿cuál es la verdadera realidad? Mi informante dejó la respuesta del oráculo en suspenso, y sólo nos queda el remedio de fantasear con ella.

Ficha técnica:
Título original:El Hombre en el Castillo
Autor: Philip K. Dick
Editorial:Minotauro
Año de edición:2002

© 2005, A. César Osses Cobián.

Neuromante, la lírica del silicio

por A. César Osses Cobián

Hace una pila de años, el bizarro cantante inglés punk-pop (o pop-punk, o soft-pop-punk), famosillo en los tempranos 1980, William Michael Albert Broad alias Billy Idol, sacaba varios videos que aunque trataban de ser rupturistas, a mi me recuerdan inevitablemente, sobre todo por los vestuarios, a la película Dune. En rigor eran una suerte de confusa y disparatada mezcla entre Dune y el video de Thriller, de Michael Jackson. Antes de desaparecer por un largo tiempo de las estanterías de las disqueras, Billy Idol grabó el 1993 un álbum llamado Cyberpunk. Curiosamente, contenía un track llamado Neuromancer.

Hoy Billy tiene un nuevo álbum, pero si lo menciono aquí es únicamente porque fue gracias a una reseña de ese álbum (que nunca escuché, dicho sea de paso) leída por esos años en el diario peruano El Comercio, que supe que existía una palabra que definía un género literario, y que una de las canciones llevaba por nombre el título de una de las grandes novelas de quien es conocido como el padre del cyberpunk.

Pero ¿qué es cyberpunk? preguntarán algunos. Sin considerarme un experto, puedo decir que es un subgénero de la ciencia ficción. Elementos comunes: implantes hi-tech, prótesis avanzadísimas, avances en medicina que muy bien podrían ser reales en un par de cientos de años más (si el planeta logra resistir hasta entonces).

Llegué de casualidad a Neuromante. Hace bastantes años atrás era un ávido coleccionista de cómics, y rebuscando ociosamente una tarde entre las novedades aún no expuestas de la tienda (debo observar que era cliente frecuente, de ahí la confianza) me di de narices con uno enorme, titulado Neuromante. Viñetas pintadas con pinceles y pintura; creo que era anterior a las separaciones digitales. Una belleza.

Pero me alejo del tema. El cómic se basa con bastante realismo en el primer tercio del libro de Gibson. Para hacerse una idea general de la ubicación, del ambiente, recuerden Blade Runner, de Ridley Scott. Cuentan que cuando William Gibson terminó de escribir Neuromante salió al cine, a distenderse, y para ello eligió Blade Runner. Salió aterrorizado a los quince minutos, temiendo que lo acusaran de plagio.

El protagonista central de la historia es un “cowboy”, llamado Case, que en un tiempo anterior, por querer pasarse de listo, pagó con su sistema nervioso tal atrevimiento. Este personaje sería el equivalente de comienzos de los 1980 de nuestros modernos hackers, y para navegar por el ciberespacio (que dicho sea de paso, es un término que pertenece a William Gibson) no se sienta frente a un PC sino que se conecta a nivel sensorial, por lo que la integridad del sistema nervioso es primordial.

Al quedarse sin su principal herramienta para trabajar, empieza a descender aceleradamente por la escala social, llegando a ser un matón barato. En estas condiciones es reclutado por el enigmático Armitage, por intermedio de Molly. Ella es una asesina a sueldo modificada tanto física como genéticamente, alcanzando así el extremo de la performance humana para lograr ser lo más letal posible.

A Case se le restaura quirúrgicamente el sistema nervioso y le proporcionan el equipamiento necesario para volver a entrar al ciberespacio, todo con cargo a la aparente infinitamente profunda billetera de Armitage. El plan es simple: reclutar una serie de miembros para una secreta misión, y cuya finalidad es desconocida; para ello, cada nuevo miembro reclutado será parte activa en el reclutamiento del siguiente.

En ese futuro las inteligencias artificiales son comunes, empleadas por las grandes corporaciones transnacionales para resolver asuntos estratégicos y de negocios. Existe un encargado de evitar que las inteligencias artificiales se vuelvan… bueno, “inteligentes”; es el caso de la mente detrás de todo, una IA que es lo suficientemente inteligente para percatarse de que sin ayuda no podrá evolucionar.

“¿Cuando una inteligencia es artificial?” parece ser la pregunta de fondo de esta novela. Y vaya que es complicada la respuesta; no es sencillo descubrirla leyendo entre líneas, ya que no es una novela fácil de leer. Esta novela demanda del lector una imaginación fértil, una capacidad de concentración muy ejercitada y por sobre todo, voluntad para abandonar la lectura.

Lo último no tanto por lo adictivo de la trama o por lo trepidante de la acción, sino porque resulta bastante difícil poder seguir los vericuetos de razonamiento del autor si se lee de a pocos, de unas pocas páginas cada vez. Además el texto está plagado de nombres hoy conocidos mezclados con otros, fruto de la imaginación de Gibson.

Los lectores del ámbito de la electrónica o informática podrán sonreír socarronamente al leer varios de estos nombres, ya sea por su uso en un contexto erróneo o por designar algo completamente diferente. Sin embargo… ¿quién dice que el futuro no puede llegar a ser así? Gibson construye un futuro bastante plausible, y no muy complicado de creer, ya que es completamente consistente y que no da la sensación de estar navegando en las páginas de una novela de J.K. Rowling.

He tenido la oportunidad de percatarme de la influencia de esta novela en muchos ámbitos. En anime, en el caso de Ghost in the Shell, se pueden ver varios elementos familiares una vez que ya se ha leído Neuromante. También en / de Greg Bear puede notarse cierta influencia cyberpunk gibsoniana, tanto por los implantes, como por otras piezas tecnológicas vistas por primera vez en Neuromante. Johnny Mnemonic, personaje central de la película del mismo nombre, también es mencionado, curiosamente, de pasada.

En resumidas cuentas, tras leer lo que se ha dado en considerar la piedra angular de la literatura cyberpunk, puede decirse que tanto los microchips como el ciberespacio tienen cabida dentro del lirismo de la pluma de Gibson, así como los ambientes densos y recargados de elementos familiares y extraños, yuxtapuestos sin ningún orden ni concierto en una melodiosa cacofonía.

por A. César Osses Cobián

El Gran Pez(cador)

por Marcelo López

“Dedicado a José Luis Álvarez López, abuelo de Sergio Alejandro Amira y un gran contador de historias ”

Durante mis treinta y cuatro años de supervivencia, una de las más clásicas frases clichés que me ha tocado escuchar ha sido: “La realidad siempre supera a la ficción”. Con el paso del tiempo, y algo de experiencia ganada en este complicado caminar por la vida, he ido acumulando un rechazo parido a esta premisa que todo los intelectuales no dudan en repetir en sesudas conversaciones o en extensos discursos de adoración sublime a la “bendita supremacía” de aquella limitada realidad que tanto admiran. Mis dudas sobre la veracidad de aquella cita fue creciendo a medida que ingresaba en los caminos infinitos de la Literatura, en especial de grandes escritores como Franz Kafka, James Ballard y Philip Dick, quienes deformaron a voluntad los sagrados postulados de la realidad y la reinventaron en cada una de sus obras.

En el Cómic este tratamiento sublime lo realiza de manera impecable el creador de Sandman, Neil Gaiman, una especie de Tim Burton de la Literatura gráfica, con hermosas historias de fantasía que no rehuyen a la realidad, complementándola y enriqueciéndola en cada viñeta que escribe. Pero esta modificación de los preceptos considerados reales no había tenido su gran oportunidad en las obras cinematográficas, salvo algunas honrosas excepciones, como son las obras de David Lynch y David Cronenberg, quienes siempre buscaron una relación de normalidad entre la fantasía o Psiquis y los actos de sus personajes. Sin embargo, no existía una película que concentrara todo lo que implica el inequívoco lazo entre lo real y lo fantástico, como caras de una misma moneda.

La película de Tim Burton, El Gran Pez, sintetiza, de manera sencilla y emotiva, aquella natural relación; convirtiéndola en un Manifiesto que representa toda la intencionalidad de sus anteriores películas, en especial, Edward Manos de Tijera, lo que se agradece de sobre manera, ya que no solamente se le puede considerar el gran Manifiesto de su pensamiento cinematográfico, sino que también es una excelente fábula sobre la importancia de la ficción como coadyuvante en la comprensión del mundo que nos rodea. Repito, aquí no se trata de una competencia entre realidad y ficción, sólo de una simbiosis que jamás debería ser olvidada; de lo contrario, nos encontraríamos con honrosos documentales, amputados de toda la magia e irracionalidad que le imprime la imaginación a los hechos del diario vivir. Quizás la presión de los medios y el injusto tratamiento que se le ha ido adjudicando a la fantasía ha extendido una percepción errónea de lo que significa la ficción.

Edward Bloom, el eximio contador de historias de la cinta en cuestión, se alza desde un principio como un espécimen que no se deja capturar por los anzuelos que otros le ofrecen, y a cambio, se propone adornar su azarosa vida con preciosos toques de magia que agudizan los oídos de sus receptores. En esta peligrosa elección, que comienza con el alejamiento de su pueblo natal, él decide tomar el camino más difícil, simbolizado en la elección que hace, entre el nuevo camino pavimentado y el viejo sendero que comunican a su pueblo con el resto del país. En aquella simple elección se resume el largo trayecto que deberá recorrer en su vida, dejando atrás la seguridad de su fama de “héroe pueblerino” y enfrentándose al anonimato que le deparaba su arriesgada elección. Mientras escribo estas palabras se me viene a la memoria una de las pocas, y quizás, la única conversación que logré tener con mi abuelo, allá en mi tierra natal, Antofagasta. El anciano empresario habló durante horas sobre su esforzada vida de comerciante, dándome todo lujo de detalles sobre las personalidades políticas que había conocido y del gran atractivo que ejercía en las mujeres de la época. Sus historias eran una enervante sumatoria de eventos que siempre tenían al signo peso como introducción. Una metódica descripción de hechos reales que estaban vacíos de toda humanidad. Al final intentó darme una moraleja sobre lo exitosa que había sido su vida, vanagloriándose de que sus únicas preocupaciones siempre estuvieron dirigidas a salvaguardar la estabilidad de su estrecho círculo familiar, a saber, una hija de su segundo matrimonio, la hija de esta y su segunda esposa; dejando de lado, como si nada, a seis nietos, dos hijos y a su primera mujer. “Cada uno debe rascarse con sus propias uñas”, era la premisa que había elaborado en sus cincuenta años de trabajo. Gran moraleja. Gran egoísmo. Ciertamente que mi abuelo no se parece en absoluto a Edward Bloom.

Dejemos mi vida privada y regresemos a la película. Edward no se amilana en su empeño, y aunque las cosas no siempre son como esperaba, su persistente entrega lo llevan a conocer la más variada gama de seres humanos, cuyas personalidades sobresalen a todo el ardid fantasioso que les ponía alrededor. La magia de sus descripciones representan los estados y características más relevantes de los personajes que conoce, desde el empresario-licántropo, interpretado por Danny Devito, hasta el ambicioso poeta sin inspiración que termina convertido en millonario.

Afortunadamente, la patética competencia entre realidad y ficción no es un tema en la película ya que ambas constituyen una parte esencial en la representación de la realidad vivida por Edward Bloom. Ambos elementos no podrían existir por separado, ya que permiten una perfecta asimilación de las motivaciones de cada uno de los personajes involucrados, describiendo su complejidad con simples notas de imaginación que funcionan como letales anzuelos con los cuales el protagonista logra atrapar el interés de sus amigos y en especial de su incrédulo hijo. Finalmente, Edward Bloom, El Gran Pez, se convierte en un Gran Pescador que atrapa con su candidez y logra transformar las aletargadas vidas de quienes lo rodean, aunque sea por unos minutos.

Agradezco la posibilidad de haber disfrutado esta película, que con el habitual estilo de Burton, nos lleva a contemplar la esencia misma de las historias, desprovistas de toda la parafernalia simplista que muchos otros nos muestran. Un placer, que afortunadamente, se puede repetir muchas veces con la buena Literatura, y que mucha gente opta por no conocer. Una lástima por ellos, pero una gran felicidad para nosotros, los que aún somos capaces de elegir el camino más difícil, creando hermosos anzuelos en cada historia que leemos, escribimos o dibujamos.

Quizás de eso se trata la vida, de un complejo y enmarañado reflejo de humanidad que nunca dejará de arroparse con el sentimiento verdadero y de esa dignidad entretenida que pocos pueden visualizar con el paso del tiempo. En mi incipiente camino hacia la madurez existen premisas que ya comienzan a elevarse por sobre todas las patéticas reflexiones convencionales que me ha tocado conocer, y la primera de ellas podría traducirse en una frase enseñada por un hombre que deja huella, una frase simple pero con una magnitud que abarca casi la totalidad de la existencia: “La vita comentti domani. Domanni notropo tardi”

Nota: No es fácil escribir sobre una película que vi por primera ve hace unos cincuenta años atrás, sin embargo, creo conveniente hacerlo hoy, a minutos de reunirme con mis grandes amigos de la tercera edad: Lucho, Sergio, Pablo, Jorge, Gabriel, Soledad, Marcelo, Julio, Rodrigo y otros tantos que llegarán. Que el vino nos ilumine y que las historias dibujen nuevamente la hermosa silueta de nuestras vidas.

Marcelo Francisco López González.
(Octogenario lector y porfiado escritor de Ciencia-Ficción)

La Utopía y el Descubrimiento Austral

por Pedro Diaz Bustamante

En una pequeña librería de Punta Arenas, ubicada en calle Ignacio Carrera Pinto, encontramos un libro que nos llamó la atención por su título: El Descubrimiento Austral por un Hombre Volador o El Dédalo Francés y que pertenece a la serie Curiosa Americana y está clasificada como Novela Filosófica. Restif de la Bretonne (1734-1806) es el autor de esta obra, “oscuro tipógrafo y polígrafo fecundísimo que cultivó la novela autobiográfica, la tesis filosófica, el ensayo libertino y, siguiendo la moda de su tiempo, abordó temas referentes a la moral de las costumbres”, de acuerdo a lo señalado en la introducción.

El libro se publicó póstumamente y la edición impresa en Chile (1962) cuenta con prólogo y traducción de Eugenio Pereira Salas.
La novela relata la saga de Victorino, hijo de un procurador fiscal, enamorado de Cristina, hija de su señor. Su amor transformado en verdadero martirio a causa de su diferencia de clases, hace de él un joven dado a la ensoñación, hasta que traba amistad con Jean Vezinier, un empleado doméstico, de malas costumbres, pero gran lector. Juntos construyen una maquinaria de madera que movía dos alas de seda. Lograron así sus primeros vuelos experimentales, que terminan trágicamente con la muerte de Vezinier ahogado en un pantano. Victorino destruye las alas para que el invento no pueda ser reconocido. Posteriormente se dedica a perfeccionarlo y logra su objetivo: instalado en la colina, subió a un pequeño promontorio y dando a las alas el movimiento rápido de la perdiz se elevó con facilidad.

El hombre-volador asombró a toda la región. Muchos lo creían un demonio y Victorino mantuvo en secreto su identidad. Descubrió un lugar idílico llamado el monte inaccesible, hasta allí trasladó a aquellas personas que no eran apreciadas en el condado y les otorgó diversos oficios. Con el paso del tiempo había organizado todo un pueblo, que vivía en franca prosperidad y regido por el respeto y la igualdad de oportunidades.

El amante decide culminar su plan secuestrando a Cristina, que no le era indiferente. Cometido el rapto viven en la comunidad del monte inaccesible, los jóvenes contraen matrimonio. Pronto nacen sus hijos que se desarrollan en medio de un paisaje idílico, sin embargo la población había aumentado en gran número y se hace necesario explorar a otros territorios. Victorino y sus hijos, los únicos dotados con la capacidad de volar, para sus propósitos buscan una isla o continente que esté deshabitado o al menos no hayan sido colonizados por grandes potencias.

Inician sus viajes descubriendo numerosas islas. A partir de ese momento lo que parecía una novela fútil, deja paso a un libro de aventuras, recordándonos los antiguos textos de los exploradores y adelantados que llegaron a América y que enfrentan por primera vez un mundo desconocido, que los maravilla por una fauna y flora que se ofrece exuberante a sus ojos.

En la primera isla, a la que bautizan con el nombre de Cristina, se encuentran con los hombres de la noche. Seres primitivos que podían ver en la oscuridad y poseían un lenguaje gutural semejante al ruido de los murciélagos. Los habitantes del monte inaccesible son trasladados por los hombres voladores y habitan en comunidad con los hombres nocturnos, para ello Victorino dicta leyes que los protejan.

En la segunda isla, los habitantes de la Victorica, nombre con que se bautizó a la isla grande, son de raza patagónica, gigantes de unos doce o quince pies de altura. Son pacíficos, nunca pelean entre ellos, con los cuales traban una gran amistad, de tal modo que Alejandro, hijo de Victorino, contrae matrimonio con una joven patagónica dando origen a una nueva raza. Al mismo tiempo, fortalecen los lazos de amistad y el intercambio comercial entre ambos pueblos.

En la tercera isla, Alejandro advirtió la presencia de un animal velludo, muy parecido al mono, que se aproximaba a su padre. Lanzó un grito de alerta, y gracias a las rápidas alas, se elevaron a unos veinte pies, desde donde pudieron contemplar entre los árboles un grupo de animales semejantes a los otros, que se paraban en sus patas traseras. Sólo entonces se dieron cuenta que estos animales velludos, eran una especie de ser intermediario entre el hombre y el mono. En las islas siguientes encuentran diferentes razas de hombres-animales; simiescos, oseznos, caninos, porcinos, cornúpetos (a los que en la antigua grecia llamaban Serastas), de los que tomaban una pareja, para educarlos en la isla Cristina. Aquí el autor adopta una posición crítica con respecto a las acciones realizadas por los conquistadores españoles.

Fue una suerte inmensa que los hombres-animales del Polo Austral no hayan sido descubiertos por los feroces conquistadores de México y del Perú. Sin duda alguna, contemplando la enorme talla de los patagones, los hubieran masacrado. Y aún más, si en vez de tratarlos como bestias, hubieran advertido en ellos un principio racional, entonces los hubieran quemado en la hoguera por Súcubos e Incubos, sobrevivientes de un primitivo bestialismo.

Los hombres voladores continuaron sus exploraciones descubriendo nuevas especies de hombres-animales, las que integraban a su sociedad. Sin embargo, sabían de la existencia de tierras situadas al oriente, a la altura del grado 00, de clima frígido, pero favorable al desarrollo de una raza fuerte.

Al iniciar la exploración de estas tierras, se sorprenden de la similitud geográfica con Europa, con paisajes similares a Italia, España y Gran Bretaña. Con el único contraste de las dimensiones, pues el continente austral era de tamaño reducido.

Los exploradores habían llegado a la Megapatagonia. A su arribo el pueblo acude a recibirlos para ofrecerles hospedaje y todo lo que necesitaran, gesto hecho sin ostentación sino con el corazón abierto. Los hombres voladores encuentran en los megapatagones una nación civilizada, desarrollada en los vastos conocimientos de la ciencia, del arte y la filosofia. La base de todos sus principios es el orden y la igualdad. Su ley fundamental en pocas palabras es:

1.- Sé justo con tus hermanos; es decir no exijas nada, no le hagas nada que tú no quieres que te hagan a ti mismo;
2.- Sé justo con los animales, lo mismo que tú quisieras que fueran contigo los animales superiores al hombre;
3.- Somos iguales entre iguales;
4. – Cada cual debe trabajar por el bien general, y
5.- Cada cual debe participar en el bienestar general.
Los megapatagones sostienen que los pueblos no necesitan más que estas leyes. Quienes no lo creen así, son opresores o esclavos, que estarán dispuestos a legitimar la injusticia, la desigualdad y la tiranía de algunos de sus miembros sobre la comunidad.

El Descubrimiento Austral, es un libro interesante, lleno de aristas que debemos explorar con la misma diligencia que Victorino y su grupo familiar. Finalmente nos quedamos con las reflexiones de Pedro Gamma en el Imaginario Geográfico Austral Contemporáneo (Impactos Nº 73). No sólo somos lo que pretendemos o creemos ser, sino también como nos imaginan. El Dédalo Francés, es una novela que reúne lo feérico y la utopía para permitirnos una nueva lectura en nuestra presencia patagónica.

por Jorge Diaz Bustamante
Puerto Natales, noviembre de 1995.
Publicado originalmente en Impactos #75

Carl Sagan y Michio Kaku: Escepticismo a Prueba de Balas y Optimismo Desbordante

por Rodrigo Mundaca Contreras

Uno de mis pasatiempos es recorrer las librerías. Es una actividad que conforme pasa el tiempo me gusta cada vez más. En las librerías de usados, ubicadas fuera de la vista de la mayoría, busco joyitas de ciencia ficción, preferentemente de la mítica colección Nebulae. En las librerías pomposas, ubicadas en los malls y grandes centros comerciales, busco libros de divulgación científica. Stephen Hawking, Roger Penrose, Paul Davis, Stephen Jay Gould y Carl Sagan, entre otros pocos, son los nombres a los que principalmente estoy atento.
En esta oportunidad comentaré dos libros que he encontrado en excursiones de esta naturaleza. Ambos son debidos a la pluma de científicos. Uno de ellos fue astrónomo y eminente divulgador científico. El otro, un físico teórico de renombre y también un divulgador. El uno es Carl Sagan. El otro, Michio Kaku. Sus libros: El Cerebro de Broca y Visiones, respectivamente.

Sagan, el paradigma de Escéptico

El Cerebro de Broca es un libro muy del estilo de Carl Sagan. Exuda escepticismo por donde se lo lea. Personalmente, creo que dicha actitud lejos de ser intrínsecamente diabólica (como mucha gente dogmática intenta hacer parecer), es una actitud no sólo sintomática de amplitud mental, sino de sanidad. Una persona que duda es una persona que piensa, que no acepta las cosas tal y como le son planteadas. Una persona que duda es una persona que procesa la información que le llega y que sólo después de analizar la internaliza, o la desecha. Una persona que duda es “una persona”, de otro modo es simplemente un títere.
Sagan es uno de mis divulgadores favoritos. Lamentablemente, no he tenido la oportunidad de acceder a su bibliografía completa, por una cuestión de nula disponibilidad en el comercio. Por eso, cada vez que encuentro algún libro de él, lo compro a ojos cerrados.

El Cerebro de Broca

El cerebro de Broca fue una de esas compras a ojos cerrados. Y no me he arrepentido por ello. El libro está dividido en cinco partes.
La primera de ellas es una suerte de oda a la ciencia. Hay un fragmento que personalmente me fascina mucho y que ejemplifica muy bien el trabajo de la ciencia en buscar relaciones y leyes en la naturaleza. El fragmento, extraído de las páginas 31, 32 y 33, es el siguiente:

Planteemos de momento una pregunta mucho más modesta. No nos preguntemos si podemos conocer la naturaleza del universo, la Vía Láctea, una estrella o un mundo sino si nos es dado conocer, en última instancia y de forma pormenorizada, la naturaleza de un grano de sal. Consideremos un microgramo de sal de mesa, una partícula apenas lo suficientemente grande como para que alguien con una vista muy aguda pueda detectarlo sin la ayuda de un microscopio. En este grano de sal hay alrededor de 1E+16 millones de átomos de cloro y sodio, es decir, 10.000 billones de átomos. Si deseamos conocer la estructura de este grano de sal, necesitamos determinar como mínimo las coordenadas tridimensionales de cada uno de sus átomos. (De hecho precisamos conocer muchas mas cosas, como por ejemplo la naturaleza de las fuerzas con que se interaccionan los átomos, pero para el caso nos contentaremos con cálculos de gran modestia). Pues bien, ¿la cifra indicada es mayor o menor que el número de cosas que puede llegar a conocer el cerebro humano?

¿Cual es el límite de informaciones que puede albergar el cerebro? En nuestro cerebro quizá haya un total de 1E+11 neuronas, los circuitos elementales y conexiones responsables de las actividades química y eléctrica que hacen funcionar nuestras mentes. Una neurona típica tiene como mucho un millar de pequeñas terminaciones, las dendritas, que establecen su conexión con las contiguas. Si, como parece ser, a cada una de tales conexiones le corresponde el almacenamiento de un bit de información, el numero total de cosas cognoscibles por el cerebro humano no excede de 1E+14 es decir, la cifra de los 100 billones. En otros términos, algo así como el 1% del numero de átomos que contiene una pequeña partícula de sal.

Desde tal punto de vista el universo se nos convierte en inabordable, asombrosamente inmune a todo intento humano de alcanzar su completo conocimiento. Si a este nivel no nos es dado comprender la exacta naturaleza de un grano de sal, mucho menos lo será determinar la del universo.
Pero observemos con mayor atención nuestro microgramo de sal. La sal es un cristal que, a excepción de eventuales defectos que puedan presentarse en su estructura reticular, mantiene posiciones bien predeterminadas para cada uno de los átomos de sodio y de cloro que lo integran. Si pudiésemos contraernos hasta posibilitar nuestra incursión en tal mundo cristalino, podríamos ver, fila tras fila, una ordenada formación de átomos, una estructura regularmente alternante de átomos de sodio y cloro, con lo que tendríamos especificada por completo la capa de átomos sobre la que estuviésemos colocados y todas las demás situadas por encima y por debajo de ella. Un cristal de sal absolutamente puro tendría completamente especificada la posición de cada uno de sus átomos con unos 10 bits de información.

Evidentemente, tal estado de cosas no abrumaría en lo más mínimo la capacidad de almacenar información propia del cerebro humano.
Si el universo tiene un comportamiento regulado por leyes naturales con un orden de regularidad similar al que determina la estructura de un cristal de sal común, es obvia nuestra capacidad para abordar su conocimiento. Incluso en el supuesto de que existan muchas de tales leyes, de considerable complejidad cada una de ellas, los seres humanos gozan de la necesaria capacidad para comprenderlas todas. Y en el supuesto de que los conocimientos precisos sobrepasaran la capacidad de almacenamiento de información de nuestros cerebros, quedaría la posibilidad de almacenar información adicional fuera de nuestros propios cuerpos –por ejemplo, en libros o en memorias magnéticas de computadora–, de modo que, en cierto sentido, seguiría siendo posible el conocimiento del universo.

El fragmento anterior lo considero genial. Por un momento Sagan logra que uno se abrume ante la vastedad del universo, al darnos cuenta que un simple e insignificante grano de sal puede resultar de alguna forma inaccesible para el entendimiento humano. Pero entonces hacen su aparición las leyes de la ciencia, que reúnen en poco mucho conocimiento. De esta forma, encontrando relaciones en la naturaleza, podemos emprender la tarea de tratar de comprenderlo, soslayando nuestra limitada capacidad.

En la segunda parte Sagan se refiere a la seudociencia. Señala que los timadores han existido en la humanidad desde siempre, y que su éxito se debe tanto a sus habilidades como a la credulidad de la gente. Expone varios ejemplos que lo demuestran.

La segunda parte finaliza con un muy interesante capítulo dedicado a la ciencia ficción (1). En él confiesa que de niño leía con avidez las novelas del género. Pero conforme iba adquiriendo conocimientos y un pensamiento crítico, comenzó a encontrarle errores que no estuvo dispuesto a perdonarle. Señala que a través de la ciencia ficción llegó a la ciencia, y que considera ésta …más sutil, más complicada y más aterradora que gran parte de la ciencia ficción. OK, ok, si uno se pone a pensar profundamente en esto, terminará por darle la razón a Sagan. Si lo que uno busca es maravillarse, en vez de leer ciencia ficción es mejor asomarse a la ventana y observar la naturaleza… personalmente, el observar una noche estrellada, ya sea a simple vista o a través de un telescopio, siempre-siempre-siempre logra conmoverme… Pero si lo que uno busca es literatura en donde se exploren alternativas poco comunes, entonces lo que uno necesita es ciencia ficción (o fantasía). La literatura clásica no ofrece historias en donde la trama gire en torno de problemas político-religiosos de la sociedad humana dispersa por el cosmos, por ejemplo. La ciencia ficción sí. (Ahí están la serie de Duna, la saga de Hyperion, la saga del Centro Galáctico y el ciclo de la Cultura, por mencionar a vuelo de pájaro algunos relatos con este perfil).

La tercera parte habla sobre el sistema solar. Nos relata la historia del origen de las curiosas denominaciones de los mares y cráteres lunares. Lo mismo con los volcanes y cráteres marcianos. Y finalmente, con la forma de denominar las lunas de los distintos planetas del sistema solar. Dedica un capítulo a hablar de Titán, la luna de Saturno que posee una interesante composición atmosférica, como el lugar más prometedor para albergar vida extraterrestre; también sobre el cómo se manifestaría la vida en otros planetas.

En la cuarta parte Sagan especula un poco sobre el futuro de la humanidad en el espacio. Hace un recorrido por los medios de transporte que hemos tenido como especie. Desde la rueda hasta las naves espaciales. Dedica un capítulo a Robert Goddard, el científico que desarrolló la ciencia de la cohetería norteamericana y que de alguna forma indujo, en décadas posteriores, el desarrollo y la exploración de la Luna y Marte y el resto del universo.

También se refiere a la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Para quienes no sepan, mencionar que Sagan fue uno de los impulsores del proyecto S.E.T.I. para la búsqueda de marcianitos en el espacio. Relata la naturaleza de tal búsqueda, a través de la radioastronomía (y no a través del análisis de supuestas abducciones de adolescentes en edad de merecer o de fotografías de dudosa honorabilidad). Trata de responder, mediante argumentos estadísticos, el número de civilizaciones que teóricamente deberían estar allá afuera. Finalmente, aborda la natural inquietud que muchos nos hacemos: Si el espacio es tan vasto y con tantas posibilidades de vida, ¿por qué dicha vida no se ha presentado ante nosotros?

En la última parte, mi favorita dicho sea de paso, se permite apuntar sus dardos hacia la religión. Históricamente la religión y la ciencia han sido enemigos. Esta enemistad se basa en los paradigmas que las hacen funcionar. En un caso el paradigma es la fe; en el otro, el cuestionamiento de todo. Una promueve verdades eternas; la otra continuamente se corrige a sí misma. Las religiones siempre han visto con malos ojos a la ciencia y por eso históricamente se ha vetado a aquellos que revelaban verdades científicas.

Sagan alude a las religiones. Las considera de hecho …descaradamente deshonestas… y despreciativas de la inteligencia de sus adeptos… Señala varios comportamientos de las religiones que dejan en evidencia esto. Como ejemplo señala el caso de la religión que en 1914 anunció el fin del mundo…
Finalmente, dedica un capítulo a explicar, desde el punto de vista escéptico, la clásica ECM (experiencia cercana a la muerte) que consiste en que el moribundo ve un túnel de luz a la vez que siente una gran paz con el mundo (2).
Me agrada el estilo narrativo de Sagan. Uno no se da cuenta que está recibiendo información a una tasa elevada. Sus escritos, aparte de destilar escepticismo, están impregnados de ironía. No pocas veces sus opiniones llevan implícitas un profundo sarcasmo, que más de alguna sonrisa cómplice me ha inducido.

Recomiendo la lectura de los escritos de Carl Sagan, sobretodo a aquellas personas que no estén familiarizadas con la actitud escéptica. Como dije al principio, creo que dicha actitud es síntoma de sanidad mental, y creo que todos deberíamos manifestar escepticismo en las distintas esferas de nuestras vidas. Sagan no pretende vendernos un producto, ni nos ofrece tranquilidad espiritual. Tampoco quiere nuestro dinero o que renunciemos a nuestra fe. Lo único que pretende es que la gente utilice su cerebro. Después de todo, si aquel nos fue regalado por Dios, sería de mal agradecido el no utilizarlo y estirarlo, aunque sea sólo un poco.

Con Sagan uno estira el cerebro.

Kaku, “vendedor de ungüentos milagrosos”

A Michio Kaku lo conocí por un artículo que leí hace años en Internet. En aquel texto trataba de explicar el concepto de “dimensión” haciendo diversas analogías con el mundo cotidiano. El texto me encantó y, por supuesto, me di la tarea de buscar libros de este autor. Para dejar en evidencia lo deficiente del mercado chileno, he de señalar que demoré cinco años en encontrar un libro de Michio Kaku. Durante aquellos cinco años, sin embargo, lo vi muchas veces en Discovery Channel, en diversos programas de divulgación científica. Siempre tomaba la actitud de oráculo de la ciencia, hablando de los adelantos que vendrían, de la evolución de la sociedad de acuerdo a los nuevos descubrimientos e inventos. Tantas veces lo vi en aquel rol, que llegué a caricaturizar su imagen como la de un charlatán que intenta vender a toda costa su ungüento de la eterna juventud. En todo caso, Kaku dista mucho de ser un charlatán. Es el científico co-fundador de la teoría de las supercuerdas, aquella teoría que intenta ser la teoría de la Gran Unificación de las Fuerzas Fundamentales que Einstein no pudo encontrar. Siendo ese el caso, uno necesariamente debe tomar en serio las palabras de Kaku, o al menos con un escéptico respeto.

La Visiones de Kaku

Visiones lo hallé en la más improbable de las casualidades, en una relativamente anónima librería del centro de Santiago de Chile. Leía los lomos de los libros en los estantes cuando me encontré, inesperadamente, con este libro. Recordé cuanto tiempo había estado esperando por un libro de Kaku. Pensé que oportunidades como esta no se dan todos los días. Afortunadamente mis finanzas siempre están dispuestas a estirarse un poco más cuando se trata de libros, de modo que lo adquirí sin remordimientos.

Visiones trata …del futuro sin límites de la ciencia y la tecnología, centrándose en los próximos cien años y más allá de ese período… Es un libro que se lee en forma vertiginosa. El estilo de escritura sugiere la sensación que uno está en una montaña rusa con pendientes pronunciadas, curvas cerradas y alta velocidad. Al igual que los documentales del Discovery Channel en los que aparece, el libro está impregnado con Optimismo. En una época en la que parece estar de moda el chaquetear (3) los logros de la ciencia y los avances tecnológicos, erigiéndolos como culpables de las desdichas de la sociedad moderna, el leer el texto de Kaku definitivamente sube el ánimo a las personas que, como yo, comparten su visión optimista del futuro y que creen en el rol positivo de la ciencia y la tecnología.

El libro se divide en cuatro partes. En la primera de ellas, a modo de introducción, Kaku justifica el tema que trata el libro, un intento de predicción de lo que vendrá en base a lo que actualmente se puede apreciar en la sociedad. Kaku expresa que los cambios más significativos provendrán de tres revoluciones: la informática, la biomolecular y la cuántica. De paso, señala que las personas más adecuadas para realizar predicciones sobre el futuro de la sociedad son los científicos, puesto que éstos son los “gestores” de los descubrimientos que, en definitiva, redundan en la sociedad completa. Expresa, además, su extrañeza ante el hecho que normalmente sea otro tipo de profesionales (periodistas, escritores, artistas, entre otros) las personas consultadas para realizar una extrapolación de la sociedad.
La segunda parte se centra en la revolución informática. Kaku señala que, entre la ley de Moore (aquella que señala que la capacidades de procesamiento de los procesadores que salen al mercado se duplican cada 18 meses) y la “moda” de la interconexión, puede desencadenar en que todos, absolutamente todos los artefactos de nuestro hogares tengan algún grado de inteligencia, y que se comuniquen unos con otros, con el objeto de hacer más cómoda la vida del consumidor. Y puedo esto no sólo se limite a los artefactos hogareños: se señala como ejemplo extremo la posibilidad de utilizar el calzado como lugar en donde almacenar fuentes de poder y unidades de almacenamiento para el hipotéticos nanocomputadores que llevaremos incrustados en la ropa…

Se dedica a extrapolar la evolución de Internet. Kaku vaticina que se convertirá en algo omnipresente, como un espejo mágico al que uno le podría hacer cualquier pregunta y obtener respuesta inmediata. Leyendo la descripción que Kaku hace de la Internet del futuro, se me viene a la mente la “Esfera de Datos” y la “Megaesfera”, conceptos ambos utilizados habilidosamente en la saga de Hyperion (de Dan Simmons).

La evolución de las máquinas y las comunicaciones entre las personas van a modificar las relaciones entre ellas, ello redundará en profundos cambios en la economía global, en los empleos, en la forma del ocio… Kaku vaticina cuales serán los empleos que tendrán un gran auge, y cuales están destinados a desaparecer.

El Detalle freak

Quisiera detenerme un momento para hacer un comentario paralelo relativo a un detalle que hallé. En el capítulo seis, llamado Reflexiones ¿Quedará obsoleto el ser humano?, Kaku habla, entre otras cosas, del peligro potencial de robots autoconcientes. Señala a HAL 9000, la I.A. de 2001, una odisea espacial, como ejemplo del peligro potencial para los humanos. Luego se refiere a las tres leyes de la robótica de Asimov, y aquí Kaku comete un error… un detalle freak, pero un error al fin y al cabo.

Veamos…

Las leyes de la robótica de Asimov son:

1.- Un robot no puede dañar a un ser humano ni, por su inacción, permitir que un humano sea dañado.

2.- Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos excepto cuando tales órdenes entren en conflicto con la primera ley.

3.- Un robot debe proteger su propia existencia en tanto en cuanto esa protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley.

En base al análisis de estas leyes, Kaku lanza una verborrea sobre el alcance de éstas. Señala que puede darse el caso que un robot al cumplir con las tres leyes, ponga en peligro a la humanidad. Nos regala como ejemplo un elocuente paralelo con la burocracia soviética para dejar en claro su argumento (la burocacria soviética fue muy eficiente en competir con los norteamericanos en la carrera espacial, pero puso en peligro la estabilidad económica del país). Y la verdad es que Kaku tiene razón, sin embargo olvida un detalle: la Ley Zero de la Robótica, introducida posteriormente por Asimov precisamente para evitar el problema que indica Kaku.

La Ley Zero, que precede en jerarquía a las tres leyes originales, señala:

0.- Un robot no debe herir a la humanidad, o pasivamente, permitir que la humanidad sufra daño.

El error de Kaku es el haber pasado por alto la ley Zero que, dicho sea de paso, hace su aparición en la Saga de la Fundación, más precisamente en la novela Fundación e Imperio, publicada en 1983. Tirón de orejas para nuestro oriental divulgador, que habla de robots sin haberse leído los libros de Asimov, el autor-paradigma de relatos de esta naturaleza.

Siguen las Visiones

La tercera parte está dedicada a la revolución biomolecular. Con el proyecto Genoma del Humano, la obtención del mapa de genes del ser humano y su posterior desciframiento, la humanidad obtendrá un conocimiento sobre sí misma de una magnitud nunca antes vista. Dicho conocimiento podrá utilizarse para realizar nuevos tipos de diagnóstico de enfermedades. Se podrán curar enfermedades que históricamente han presentado tenaz resistencia; se alargará la vida: ¿seremos inmortales?… En definitiva, Kaku analiza todas las alternativas que la revolución biomolecular, de mano del conocimiento del genoma humano, serán dadas a la humanidad.

La última parte se trata la revolución cuántica. Kaku se explaya sobre las nano-máquinas y motores de alto rendimiento; aumento del consumo energético, nuevos medios de transporte; expansión hacia las estrellas y evolución de la humanidad hacia el estado de civilización planetaria.

Sobre la validez de sus visiones

Al principio señalé que Michio Kaku es co-fundador de la teoría de las supercuerdas, teoría que pretende ser la Teoría del Campo Unificado, una suerte de Santo Grial de la Física Moderna.

Decir que el desarrollo de la física cuántica ha sido la responsable directa de los vertiginosos cambios de la sociedad del siglo XX. La revolución de la electrónica, que actualmente se traduce en sorprendentes gadgets estilo Star Trek, sería sólo ciencia ficción de no ser por la Teoría Cuántica. Ídem para el desarrollo médico (el procesamiento de datos médicos está ligado a los computadores, y éstos, ligados a la teoría cuántica).

Dado lo anterior, podría explicarse las palabras de Kaku cuando señala que son los científicos los autorizados a aventurar predicciones sobre el futuro, dado que ellos, de alguna forma son los responsables.

Personalmente, no estoy del todo de acuerdo con Kaku, considerando que creo conocer al “científico estándar”: una persona un tanto extraña, preocupada de realizar cálculos, viviendo en un mundo abstracto. Atento a sus proyectos de investigación, a escribir papers. Yo no he visto mucha reflexión social en los científicos. Finalmente, los científicos sólo producen las leyes de la ciencia, pero su trabajo no trasciende de allí, según mi óptica.

Por otro lado, los ingenieros son los artesanos que, tomando las leyes de la ciencia, las tuercen para determinar hasta donde es posible sacarle jugo a la naturaleza, y a partir de ahí producen los artefactos que nos maravillan. Los ingenieros laboran inmersos en la sociedad (al igual que los periodistas, los filósofos y los artistas), a diferencia del científico que de alguna forma se automargina al vivir en un estado abstracto. Siendo así las cosas, yo no hablaría de quien está autorizado o no para hacer predicciones sobre el futuro.

Yo diría que cada profesional puede realizar predicciones de acuerdo al área que domina. Un científico puede decirnos mucho sobre las teorías hipotéticas que deben llenar los vacíos teóricos actuales, pero nada puede señalarnos sobre la evolución del mercado, o de las nuevas relaciones sociales que se crean en la medida que aparecen nuevos medios de comunicación. Esto último es pasto para los economistas y los antropólogos, respectivamente.

A pesar de sus palabras, Kaku hace eco de lo que acabo de mencionar. Cuando advierte sobre lo complejo de predecir el futuro, dado lo vertiginoso de los cambios de la sociedad, señala que ha realizado un intento por soslayar aquel problema consultando la opinión de personas que están a la vanguardia en sus respectivos campos de acción. Así, la lista de entrevistados por Kaku incluye a varios premios Nobel y a eminentes profesores e investigadores de universidades e institutos de mucho prestigio (dejando fuera a artistas y filósofos). De esta forma, Kaku intenta minimizar el error en sus predicciones.

El último juez de las predicciones es el tiempo. Por mi parte pretendo que Visiones se quede en mi biblioteca durante el tiempo necesario hasta que sus visiones se transformen o en una realidad cotidiana o en una añeja e infantil predicción.

Notas:
(1) Capítulo 9. Ciencia Ficción: un punto de vista personal. Reproducido (sin permiso de la editorial y sin ánimos de lucro) en TauZero #1
(2) Capítulo 25. El universo Amniótico. Reproducido (sin permiso de la editorial y sin ánimos de lucro) en TauZero #6
(3) Chaquetear: Literalmente: tirar de la chaqueta de alguien, hacia abajo. Festinar, desmerecer.

Fichas Bibliográficas

Título: El Cerebro de Broca
Título Original: Broca’s Brain
Autor: Carl Sagan
Traducción: Doménec Bergada (cap. 1 al 7) y José Chabás (cap. 8 al 25) de la 1ª. Edición de Random House, Inc., New York, 1979.
ISBN: 968-419-420-X
© 1974, 1975, 1976, 1977, 1978, 1979 Carl Sagan
© 1981 Ediciones Grijalbo, S.A.
© 1984 Editorial Grijalbo, S.A. de C.V.

Titulo: Visiones. Cómo la Ciencia revolucionará la materia, la vida y la mente en el siglo XXI
Título Original: Visions. How Science will revolutionize
Autor: Michio Kaku
Traducción: Fabián Chueca
ISBN: 84-8306-123-6
©1997 Michio Kaku
©1998 Editorial Debate, S.A.