Delirio Adverso

por David Mateo

Pesadilla. 1. f. Ensueño angustioso y tenaz. 2. f. Opresión del corazón y dificultad de respirar durante el sueño. 3. f. Preocupación grave y continua que siente alguien a causa de alguna adversidad. 4. f. Persona o cosa enojosa o molesta.

La anciana se mecía sobre la vetusta y desgastada mecedora, observada atentamente por la niña. El crujido absorbente de la madera y el cáñamo impregnaba la atmósfera de la pequeña habitación, solapando el silencio que parecía retumbar en toda la casa.

La niña, que quizás fuera su nieta, quizás una vecina o quizás una simple visitante anónima que se había dejado caer por allí, la contemplaba con mirada curiosa. La vieja era fea y arrugada. Su rostro, entallado en profundos surcos, mostraba mil años de experiencia, una vida demasiado prolongada que había dejado huella en unos ojos perfilados por abultados sacos ojerosos. Su piel era fina como la seda, y las venas, de un color azul celeste, se transparentaban en sus brazos y en sus piernas. Se asemejaba a una reina aposentada en su trono; un trono que no dejaba de gruñir bajo el peso de un cuerpo muerto. A espaldas de la anciana había una ventana atrancada, tras el cristal llegaba atisbarse un mundo yermo y oscuro en donde la noche parecía dominar el raso firmamento.

La casa estaba en silencio, un silencio melancólico y triste. Las paredes eran funestos muros que constreñían el espacio vital, convirtiendo la atmósfera reinante en un cúmulo de aire viciado y tórrido; un ambiente dominado en gran parte por el olor a rancio que desprendía la vieja. El mobiliario era más bien escaso. El hedor a vetustez se confundía con el tufo a madera pasada, provocándole a la niña un nudo en el estómago. En el centro de la estancia había una mesa redonda y grande. En un rincón, y sobre un pequeño aparador tan decrépito como la mesa, se alzaba una televisión de principios de los años setenta, apagada y con los botones llenos de polvo. Un mueble demasiado pesado ocupaba el ala derecha del comedor. En el lado opuesto un gran sofá forrado con una envoltura de nylon y lentejuelas obstruía el paso.

La única luz que se propagaba por la estancia provenía de una extravagante lámpara con forma de araña. Era una luz mortecina que contrastaba abiertamente con los ojos melancólicos de la vieja.

La niña permanecía en silencio, agobiada por todo cuanto la rodeaba. De vez en cuando miraba hacia atrás con recelo, hacia el umbral de una puerta que dejaba paso a un estrecho y largo pasillo. Durante unos segundos la niña tuvo miedo. Veía las sombras negras y turbulentas que se arremolinaban en cada recodo, y no dejaba de preguntarse qué otras habitaciones podría albergar aquella mansión. Miró de nuevo a la anciana y se encontró con un rostro impávido, pétreo, que no transmitía emoción alguna. Incluso sus ojos parecían fuentes apagadas cuyo chorro espontáneo se había secado hacía ya muchos siglos.

Se disponía a hablarle en susurros cuando los ecos de unos pasos presurosos llegaron desde el fondo del pasillo. Pudo escuchar el fuerte clock clock clock de unos zapatos con exceso de tacón. Su primera reacción fue huir de la habitación, pues fuese lo que fuese lo que se aproximaba, le producía una sensación de agobio tan grande que el nudo que atenazaba su estómago se volvía demasiado opresivo. Sin embargo sus piernas permanecían inmóviles, negándose a obedecerle. En apenas unos segundos una figura emergió de las sombras y ocupó el hueco de la puerta. Se trataba de una mujer de unos cincuenta años, que bien podría ser la hija de la anciana y a su vez, la madre de la niña. Portaba en las manos una bandeja con un vaso de leche y una montañita de galletas. Su aspecto no podía ser más usual y menos amenazante; era la típica ama de casa vestida con un babero horroroso y pasado de moda, un delantal con flores estampadas y zapatillas de felpa de andar por casa. Su rostro era mofletudo y excesivamente maquillado de rojo, su cabello rubio caía suelto y abombado, y su semblante ofrecía una esforzada mueca de cordialidad. Llevaba gafas de cristales gruesos y un gran collar de perlas que se escondía entre los huecos de un abultado escote.

Su aspecto era corriente, incluso podría decirse que agradable, no obstante había algo en ella que a la niña le causaba un pavor espantoso. Quizás fuese aquella sonrisa malintencionada que dejaba entrever unos dientes amarillentos. Quizás aquellos morros hinchados y sobrecargados de pintalabios barato. Quizás aquellos ojos absorbentes que en cuanto enfocaron la habitación se centraron en la anciana. Fuerse como fuesre había algo sobrecogedor en la intrusa que le ponía a la niña la piel de gallina.

La mujer se adentró en la sala y la cruzó con paso presuroso. Ni tan siquiera se detuvo a mirar a la inocente mujercita que la observaba desde la puerta. Pasó frente a ella como una exhalación y no se detuvo hasta situarse frente a la mecedora de la vieja.

La anciana no reaccionó al ver aparecer a la mujer; su mirada seguía prendida en el infinito. Bien podría haber estado catatónica como un vegetal, o despojada de cualquier signo de vida. Pero la niña sabía que en aquel recipiente prehistórico había sentimientos profundos; unos sentimientos enlosados que, por una razón u otra, permanecían escondidos tras una mirada vacua.

La mujer depositó la bandeja sobre la mesa y se aproximó a la anciana. No dijo nada; tan solo se limitó a limpiarle la boca con la esquina del delantal mientras la observaba atentamente. La sensación de peligro se hizo más acuciante en el corazón de la niña. No sabía muy bien el por qué, pues las atenciones que la mujer dispensaba a la vieja no podían ser más altruistas, pero había algo en su conjunto que le producía una intensa repulsión.

Tras limpiar las babas que impregnaban la comisura de unos labios arrugados, dio media vuelta y cogió la bandeja de la mesa. Fue un movimiento brusco que provocó que el montón de galletas se desmoronara, sin embargo la mujer no prestó demasiada atención a aquél contratiempo y caminó con la fuente hasta el trono de la reina.

Clock, clock, clock, el taconeo de los zapatos volvió inundar el silencio de la habitación.

La niña, inquieta, se puso de puntillas para ver mejor, y de pronto, sin saber porqué, dio media vuelta y centró la mirada en el oscuro pasillo. Hasta ella llegaba el murmullo de un coro de voces que bailoteaba entre las sombras y parecía llenar cada rincón de la casa. Lo primero que le vino a la mente fue una escena de su pasado. Ocurrió durante la última semana de verano, cuando faltó un familiar en la vetusta casa del pueblo. Había permanecido despierta durante toda la noche, escuchando el susurro de las viejas que velaban el cuerpo del difunto. No eran más que diez cuervos negros recitando el rosario, pero aquel bureo metódico y continuo se le incrustó en el cerebro y le impidió volver a conciliar el sueño.

Aquél día la sensación era la misma. Los extraños lutosos oraban, perdidos en algún rincón de la casa. Su susurro llegaba ronroneante hasta el comedor, fluyendo entre las sombras y atrapando el corazón de la niña. Se preguntó si en algún lugar se estaría celebrando un sepelio. La casa era demasiado grande y las sombras parecían dominarlo todo; en ese caso, ¿qué pintaban la vieja y la mujer apartadas del resto del mundo?

No tuvo tiempo de divagar demasiado. Un estruendo de platos rotos hizo que se olvidara de los orantes y volviera la mirada hacia la habitación. Lo que vio provocó que su corazón se le encogiera en el pecho. La mujer había soltado la bandeja y los vidrios rotos del vaso y las galletas desmenuzadas se hundían en un gran charco de leche.

—¿Por qué has hecho eso?— quiso preguntar a la mujer. Pero algo muy dentro de ella le aconsejó que guardara silencio. Que permaneciera agazapada en las sombras y se limitara a observar sin llamar demasiado la atención. Y así lo hizo. Se arrodilló en el suelo, y rodeando sus temblorosas rodillas con los bracitos, contempló lo que pasaba en la estancia con una mueca de horror en el rostro.

La mujer había cambiado. Exteriormente seguía siendo la misma, pero algo en su interior había mutado, dejando emerger aquél lado siniestro que la niña había vislumbrado en un primer momento; un lado demasiado sádico que había ocultado tras un rostro saturado de colorete rojo.

Aquel ser extraño comenzó a caminar hacia la anciana, hundiendo los tacones en los charcos de leche y arrastrando tras de si una sombra alargada y negra. La niña quiso gritarle a la vieja que huyera, que se alejara de la mujer; pero no pudo hacerlo, sus cuerdas vocales estaban constreñidas y la vieja reina siguió sentada en su trono de cáñamo, ajena a la amenaza que suponía su cuidadora.

Las voces de los orantes se hicieron más y más fuertes, retumbando entre las cuatro paredes de la habitación. La niña quiso gritar pero no pudo. Estaba paralizada por el miedo. Antes de que quisiera darse cuenta de lo que estaba pasando, la mujer se plantó ante la vieja y levantó sus grasientos brazos en el aire. Todo aconteció en apenas unos segundos, pero la niña tuvo tiempo de ver con todo lujo de detalles como el rostro de la anciana despertaba de su letargo y se deformaba en una máscara delirante y desesperada.

Los brazos de la mujer cayeron, y sus dedos, rematados por uñas largas y puntiagudas, desgarraron el rostro de la anciana, creando surcos sanguinolentos. El cuerpo de la herida mujer se retorció en un espasmo de dolor, y la niña pudo contemplar como la reina se aferraba a los brazos de su trono en un desesperado intento de soportar el sufrimiento.

Cuando la mujer se apartó de la mecedora, sus manos estaban teñidas de rojo y espesos coágulos de sangre resbalaban por sus zarpas, goteando uno tras otro en el vacío y diluyéndose en el charco de leche que se había esparcido por el suelo.

La anciana se retorció inválida sobre la hamaca. Su cuerpo seguía sin responder, a excepción de sus manos, que continuaban aferrándose a los brazos del asiento; sin embargo su rostro mutilado, del que no dejaban de emanar chorretones de sangre, se volvía una y otra vez hacia la extraña depredadora y se retorcía en muecas tan terroríficas que incluso llegaban a causar la hilaridad.

Sin razón aparente, la mujer se enfureció aun más y de nuevo se precipitó sobre la anciana. Ésta vez no le arañó la cara, pero sí que la abofeteó con fuerza, de tal modo que el rostro de la vieja calló cayó vencido a un lado, derramando chorretones de sangre en el delantal de la matrona. Durante unos segundos el chasquido de la bofetada palpitó en la estancia con ecos tan estruendosos que la niña tuvo que taparse los oídos.

Cuando la mortaja del silencio calló cayó sobre tan nefasto escenario, la anciana irguió lentamente la cabeza y se encontró una vez más con su atacante. La mujer seguía allí en pieé, tan amenazante y peligrosa como desde elal inicio de su transformación. Ante aquella visión, los ojos de la anciana se salieron de sus órbitas, dominados por un sentimiento de horror primario e irracional, y su boca se retorció en una contorsión imposible. Y de lo más profundo de su garganta emergió un grito estridente que retumbó en toda la habitación e hizo que los cristales de las ventanas temblequearan en sus viejos marcos. La niña trató de salvarse de aquel angustioso alarido volviéndose a tapar los oídos. De pronto el murmullo de los orantes desapareció, el grito desquiciado de la anciana se zambulló bajo una poderosa ola de mutismo, y todo cuanto la rodeaba pereció bajo una prosa silenciosa. No obstante, a través de aquella quietud obscena, la niña podía seguir viendo como la vieja se desgañitaba entre alaridos agónicos, meneando la cabeza de un lado a otro, gritando y llorando mientras la sangre seguían brotando a borbotones por los estigmas que la mujer había dejado en su cara.

En mitad de tan delirante escena, el cambio que tanto había temido la niña terminó de obrarse, y la madrona, despojada de su disfraz de pueril inocencia, abrió los labios hasta lo indecible y su mandíbula se desencajo con un crujido espeluznantemente, convirtiéndose su boca en un ciego abismo de colmillos puntiagudos y babeantes. La niña, sabedora de que iba a pasar algo horrible, quiso taparse los ojos, pero no pudo. La inercia del mismo miedo la obligaba a seguir inmóvil, con los párpados bien abiertos, contemplando las obscenidades que acontecían en la habitación.

La mujer levantó la cabeza hacia el techo, y su pelo de estropajo le calló cayó en cascada por la espalda. Sus brazos se estiraron hasta casi descoyuntarse, como si una fuerza mayor a su voluntad la obligara a convulsionar todo su cuerpo, y de su boca brotó un hervidero de polillas negras que batieron las alas en la oscuridad de la estancia, esparciéndose por todos los rincones como una plaga de podredumbre. La niña las veía revolotear hacia el techo, agitando sus alas fúnebres y convirtiéndose en una gran nube que parecía presagiar tormenta. Finalmente ocuparon todo el techo y enterraron sus inmundos cuerpos en frondosos capullos de seda. Sobre su cabeza colgaron miles de chorretones, que convertidos en extrañas lenguas, parecían a punto de caer en una densa llovizna de verano.

Mientras tanto, la mujer de rostro deforme se precipitó sobre la anciana. La niña se estremeció horripilada cuando las manos del ente, pues ya no se le podía llamar de otra manera, se ciñeron al cuello fofo de su presa y lo retorcieron con tanta fuerza, que a punto estuvo a punto de partirlo en dos. Después, como una perra rabiosa, se lanzó sobre aquel rostro ensangrentado y engulló la delirante expresión de la anciana tras una boca abismal, hundiendo dos hileras de colmillos en la carne apelmazada.

Las lágrimas cayeron por las mejillas de la niña cuando los colmillos del ente desgarraron y apretaron, y durante unos segundos, la vieja reina se debatió bajo el cuerpo de la mujer, agarrándose desesperada al ridículo delantal de flores estampadas. Sin embargo la criatura no continuó mordiendo, ni terminó de arrancar la carne de los huesos, sino que permaneció inmóvil, atrapando a la desvalida anciana entre sus brazos y sujetándola con tanta fuerza que pronto sus espasmos se volvieron infructuosos. Cuando la presa quedó exhausta, la criatura hundió aun más los dientes y comenzó a extraer algo que anidaba en lo más profundo de la vieja.

La niña, encogida en su escondrijo, fue un testigo mudo del horror que aconteció segundos después. La garganta de la mujer se contraía y se dilataba cada vez que tragaba, deformándose por extraños bultos que recorrían todo su cuello. Y conforme más engullía, el rostro de tan extraño vampiro se volvía más espantoso y abominable. Sus dedos acabaron por convertirse en garras y se incrustaron aun más en la garganta de la anciana, la cual, todavía con vida, sufrió una convulsión y sus brazos cayeron exánimes a ambos lados de la mecedora.

Mientras la voraz criatura seguía alimentándose, la niña pudo ver como la vieja comenzaba a perder color, tornándose de un tono pálido enfermizo. La pigmentación de la piel acabó volviéndose blanca y la carne comenzó arrugarse aun más sobre los huesos, agrietándose y pudriéndose por todo su cuerpo. Pese a todo el parásito seguía sin colmar su apetito; sus dientes continuaban clavados en el vetusto rostro, succionando más y más vida.

El hedor a carroña se expandió por toda la habitación.

La inocente observadora, con el estómago revuelto, presenció como la carne de los brazos seguía pudriéndose lentamente, convirtiéndose en una capa de escarcha que acabó por desvanecerse tras una nube de polvo, dejando al descubierto una hilera de huesos amarillentos y descarnados. Y aun llegado a un momento tan crítico, cuando la anciana no era más que un cadáver momificado, la niña pudo ver como el ente seguía succionando, y su presa, abandonada a un sufrimiento indecible, perdía agónicamente la vida tras una última sacudida.

Cuando la criatura se apartó de la vieja, lo que quedaba en la hamaca no era más que una momia putrefacta. La niña, tapándose la nariz en un vano intento de contener el olor que desprendía el cadáver, quedó prendada de las cuencas oculares de aquel caparazón vacío. La calavera de la anciana le devolvía la mirada, y los ojos de la niña se perdían en dos agujeros infinitos que ya no transmitían absolutamente nada.

La niña, acallando el grito que nacía en su garganta, retrocedió espantada hasta que la pared contuvo su huída. Al mismo tiempo sintió como algo caía desde arriba, rozándole la mejilla y dejando un rastro pegajoso en su cara. Cuando miró hacia el suelo, vio un gusano retorciéndose entre los ladrillos. Instintivamente levantó el pié pie y lo aplastó bajo la suela de su zapato; el crujido de la carne desgarrada le provocó un escalofrío.

De pronto comenzaron a caer más y más liendres del techo, formando una alfombra viviente por todo el habitáculo. La niña, repugnada, se hizo un ovillo y sintió como aquella lluvia viscosa se le metía por el cuello de la camisa, por las arrugas de la falda o quedaba adherida entre su pelo. Mientras un cosquilleo repugnante se expandía por todas las partes de su cuerpo, se incorporó lentamente y pudo sentir como las orugas caían al suelo y se unían a un manto vivo que cubría toda la estancia. Dio un paso al frente y diminutos cuerpos viscosos estallaron bajo las suelas de sus zapatitos, derramando un jugo verdoso que impregnó las baldosas agrietadas. Sin embargo la atención de la niña ahora se centraba en otro punto. La criatura, todavía vestida con el babero estampado y con un delantal cubierto de sangre, había dejado atrás el trono de la reina y había puesto por primera vez sus ojos en ella.

La niña se estremeció ante la vileza que irradiaban aquellas cuencas oculares. Su boca todavía chorreaba sangre, y entre sus labios se acertaban a distinguir las dos hileras de dientes puntiagudos y descarnados que habían succionado la vida de la anciana.

Presa de un frenesí incontenible, la niña giró sobre si misma y buscó la salida de la habitación. Cual Grande fue su sorpresa al encontrar la puerta cerrada. Horrorizada, trotó hasta el picaporte y en su alocada carrera pudo escuchar el ruido espeluznante que producían las larvas al estallar bajo sus pies. Esta vez ignoró la sensación de asco que la embargaba y no se detuvo hasta que tuvo sujeto el pomo entre sus manos. Desesperada, tiró del asidero y notó como la puerta ofrecía una resistencia atroz. Una y otra vez luchó contra la manivela, girándola a un lado y a otro y gimoteando al borde del llanto. La puerta no cedió ni un ápice. Comprendiendo que poco podía hacer por salvaguardar la vida, giró lentamente sobre si misma y encaró al espanto que la acechaba desde la retaguardia. Su sorpresa fue mayúscula al encontrarse tal solo con la vieja reina aposentada sobre su trono de madera y mimbre.

Boquiabierta, se restregó los ojos varias veces para comprobar que no se encontraba ante una alucinación, pero cada vez que levantaba la vista, volvía a ver a la anciana, tan tranquila y silenciosa como la había encontrado en un principio. Cuando miró hacia el suelo la alfombra de gusanos había desaparecido. Cuando elevó la mirada hacia el techo, no encontró más que una bóveda anegada de oscuridad. Tampoco quedaba recuerdo alguno de la extraña criatura que había provocado aquella abyecta locura.

Sintiendo como el corazón volvía a latir en su pecho, la niña miró una vez más a la anciana y comprobó como ésta se mecía despreocupada en su hamaca. El agradable ruido del mimbre volvía a llenar la estancia y el único olor que perduraba era el de la madera pasada y el de los muebles vetustos.

La niña miró a la anciana y la anciana le devolvió la mirada, después la puerta de la habitación se abrió con un chasquido y el umbral volvió a quedar despejado. Con movimientos tímidos, la pequeña inclinó la cabeza a modo de despedida y la anciana permaneció inmóvil, catatónica, perdida…

Esta vez la niña no se quedó inmóvil, sino que acuciada por una intensa sensación de desasosiego, dio media vuelta y sin mirar atrás, cruzó el umbral de la puerta. Sin embargo, mientras recorría el pasillo buscando la salida de la mansión, pudo escuchar a sus espaldas un ruido que le resultaba demasiado familiar: clock, clock, clock…

El taconeo llegaba a través de las sombras y se dirigía hacia la estancia que acababa de dejar atrás. Horrorizada, contuvo el aliento y echó a correr en la dirección opuesta, perdiéndose entre las tinieblas que la rodeaban.

FIN

por David Mateo

Lord Vader

por David Mateo

A lo largo de estos años he escuchado críticas exacerbadas hacia la nueva trilogía escrita y dirigida por el Sr. Lucas. La verdad es que en parte tienen razón, sin embargo creo que al director californiano le han movido una serie de parámetros que le han servido para definir la psicología, la ascensión y el crecimiento de Anakin Skywalker (porque no nos engañemos, dejando a un lado Amidalas, Obi Wan Kenobis, Yodas y Maces Windus —véase que omito el nombre de Jar Jar Binks—, el personaje principal de esta primera trilogía es Anakin Skywalker, futuro Lord del Sith).

En La Amenaza Fantasma Lucas quería hacernos simpatizar con la etapa más inocente de Anakin, por tal causa nos muestra una historia más infantil y desenfadada, acorde a la edad del protagonista; no obstante véase que la trama principal de Star Wars está presente veladamente en los entresijos políticos del que será el futuro Emperador del Imperio: Palpatine. El Ataque de los Clones nos muestra a un Anakin adolescente y enamorado, quizás por eso la película está edulcorada por un tono romanticón que resulta demasiado empalagoso; no obstante el film va increscendo y contiene momentos grandiosos que nos hacen recordar al universo starwarsiano que todos conocemos.

Y por fin llegamos a la joya de la corona —para mí una película que bien podría establecerse en el nivel que muestra la vieja trilogía— La Venganza de los Sith. Anakin ya es un jedi, ya es adulto y está preparado para dar el paso definitivo e integrarse en el lado oscuro. Nos sobran niñerías y cursiladas (aunque en cierta manera hay que mantener el vínculo establecido con Padmé ya que es el amor, y no un poder más trascendental o egoísta, lo que provoca que caiga en desgracia), y nos muestra a un Anakin convertido en Darth Vader, capaz de asesinar a todos los niños de un templo Jedi, o enfrentarse en un duelo fraticida a su mentor y principal amigo: Obi Wan Kenobi. Personalmente creo que, lejos del interés que pueda proporcionar una u otra película, George Lucas ha sabido mostrarnos perfectamente el nacimiento y el perfil evolutivo de un gran personaje que quedará grabado en los anales de la historia de la fantasía y del cine (le pese a quién le pese): Darth Vader (cuyo título de “Lord” siempre debería ir por delante).

por David Mateo

Por qué Spider-Man y no Batman

Desde siempre he sido un seguidor de los héroes solitarios, de los héroes atribulados por problemas domésticos (que bien podrían afectarnos a cualquiera) pero que a su vez tenían que hacer frente a poderosas amenazas con forma de lagartos, buitres, duendes o pulpos; quizás por esa razón siempre he sentido una gran simpatía por un héroe como Spider-Man. Los personajes de DC quizás hayan sido la vertiente más desconocida en España (y léase que estamos hablando de cómics, ya que las películas y series han estado presente de una manera u otra), probablemente por ello no llegué a conocer a un individuo como Batman hasta bien pasada la adolescencia.
Aunque ambos son personajes solitarios, Batman es la antítesis de Spider-Man. Uno representa la oscuridad, otro la luz. Quizás esto os suene a tontería, pero si observamos las aventuras de ambos personajes, veremos que las hazañas de la araña transcurren mayormente durante el día, mientras que el murciélago se mueve como pez en el agua por callejones oscuros y paisajes sombríos.
Batman begins ha sabido captar la atmósfera y la esencia que envuelven al personaje. La psicología de Bruce Wayne está perfectamente representada. Es el eterno neurótico atrapado por la locura de ver morir a sus padres y querer ejercer una justicia divina que escapa a sus posibilidades. Vemos a Bruce sufrir en la génesis del personaje, lo vemos formarse en el santuario de Ra’s al Ghul, y finalmente asistimos al momento apoteósico en el que se enfunda la capa y comienza a tomarse la justicia por su mano, siempre bordeando los límites de la moralidad y debatiéndose entre ser un juez o un verdugo. No me cabe duda de que Christopher Nolan ha dado en la diana y ha acertado con más tino que Tim Burton y su Batman gótico y extremadamente surrealista.
Quizás éste sea el momento más adecuado para el desembarco de los comics de DC en España. La clave se encuentra en las manos de una gran editorial como Planeta.

No quiero dejar pasar esta oportunidad para recomendaros una web y un libro:

Batman Guía Visual (Web):
http://217.126.98.187/~batmanweb/

Y el libro Batman: el resto es silencio, de ediciones Pretexto/Dolmen:
http://www1.dreamers.com/productos/42325.html
http://www.tebeosfera.com/Obra/Libro/Monog rafia/Batman/elrestoessilencio.htm

Ambos productos de David Hernando, todo un estudioso de los cómics y un gran conocedor de la cultura batmanesca.

© 2005, David Mateo Escudero.

El nuevo precursor de cuentos

por David Mateo

Leer a Andrzej Sapkowski es dar un paso más allá de la mitología creada por Tolkien. En estos tiempos modernos, en los que tan fácilmente se otorga el título de sucesor del trono del Maestro, ostentándolo cualquiera que se mueva en unos parámetros creativos semejantes a los que en su día se basó Tolkien para dar forma a su obra, es muy difícil hallar a alguien que verdaderamente muestre un lirismo tan bello como el que desarrolló el autor de Birmingham en sus libros. Que vaya por delante que Tolkien es Tolkien, y Sapkowski no es ni mucho menos el maestro, sin embargo debe decirse que su obra retoma los registros de la Tierra Media.

Sapkowski sabe construir un mundo diferente al que creó Tolkien, y recrea una sociedad hundida en unos clichés autodestructivos y desgarradores que inevitablemente nos abocan a una sociedad decadente e impregnada por una mordaz crítica. Los personajes de Sapkowski son humanos, capaces de dejarse arrastrar por tentaciones mundanas. Los reyes no son poderosos señores destinados a ostentar la inmortalidad de su linaje, sino más bien son interesados patriarcas que tan solo desean acaparar poder y riquezas. Las órdenes de magos y hechiceros representan la corrupción y la ostentación de las pasiones más lascivas. Los elfos y los enanos son seres oprimidos y marginados; algunos de ellos sujetos al yugo de las naciones humanas, otros rebeldes inconformistas que tan solo desean retomar la grandeza que en otro tiempo ostentaron. El mundo de Geralt de Rivia –protagonista de la obra– es una tierra abocada a la modernidad, pero que se resiste a dejar atrás una edad dominada por las tradiciones más ancestrales; un mundo habitado por lamias, grifos, vampiros, quimeras, estriges, hombres lobo, y todo tipo de criaturas descendientes de la mitología de la Vieja Europa, en el que Geralt, el brujo protagonista, tendrá que prevalecer aventura tras aventura.

La obra de Sapkowski es extensa, sin embargo cabe destacar la Saga de Geralt de Rivia (Wiedzmin), cuyo primer cuento: El brujo se publicó en 1986 en el periódico polaco Fantastyka. En España podemos disfrutar de sus dos primeros libros de relatos: El último deseo y La espada del destino, en ellos Sapkowski deforma hasta lo absurdo leyendas populares como Blancanieves o la Bella Durmiente. La temática de dichos cuentos siguen, la mayoría de las veces, una trama lineal y repetitiva: Geralt, el brujo mutante, se gana la vida viajando de pueblo en pueblo, poniendo en alquiler sus espadas, y matando cualquier tipo de monstruo. Historia tras historia, Sapkowski nos irá presentando una serie de personajes que sentarán las bases para una saga épica futura que hará tambalearse los cimientos del mundo que habita el propio protagonista. Sin embargo, en estos dos primeros libros, nos encontramos con una serie de cuentos maravillosos que nos atrapan inmediatamente por su cinismo, mordacidad e ironía.

A todo ello hay que sumar la prosa de Sapkowski, que haciendo gala de una serie de registros atípicos hoy en día, nos sorprende en cada relato con diálogos desternillantes y situaciones que rayan lo absurdo. Pero tal como he señalado anteriormente, todas estas historias autoconclusivas sientan la base para lo que será la épica leyenda de Wiedzmin, desarrollada en los siguientes libros de la saga: La sangre de los elfos, Tiempo de odio (ambos publicados ya en España por Bibliópolis fantástica) Bautismo de fuego, La torre de la golondrina y La dama del lago (todos ellos de próxima aparición, según la editorial). En estos cinco libros los personajes que hasta ahora han llevado el pulso de la historia pasan a un segundo plano, incluido el propio Geralt, y las miras de todos los seres que habitan el mundo creado por Sapkowski se centran en una pequeña e inocente niña (Ciri) en cuyas manos parece radicar el futuro de una sociedad, que sacudida por terribles guerras, se halla abocada a la propia autodestrucción.

Sapkowski, libro tras libro, sabe mantener la tensión en la trama. No es que nos presente una situación diferente a la que nos puedan ofrecer otros libros de fantasía, sin embargo los acontecimientos se suceden de forma trepidante. El amor deja paso a la acción, las conspiraciones a las bajas pasiones, los secretos son más intrincados y retorcidos en cada volumen, y el destino de Ciri se vuelve más funesto y preocupante en cada capítulo. Geralt y Yennefer, la pareja protagonista, buscarán metas opuestas para la propia Ciri, encontrándose una y otra vez a lo largo de la saga, y manteniendo momentos de tensión y de fino erotismo. Los rebeldes Scoia’teals (elfos y enanos herederos de la vieja sangre) pugnarán por recobrar un mundo arrebatado por los humanos, y la todopoderosa nación de Nilfgaard lanzará sus garras sobre un país desvalido y desvencijado. Únicamente el destino de Ciri podrá contener el avance destructivo de todos estos factores.

La saga de Geralt se ha vuelto tan famosa en su país de origen que dio lugar a una película de imagen real, una serie de televisión e incluso una colección de cómics. Así mismo la obra de Sapkowski ha sido traducida al ruso, alemán, checo y español. Del autor podría decirse que nació el 21 de junio de 1948 en la ciudad polaca de Lodz. Es economista, y al igual que Tolkien hizo en su día, su obra contiene gran variedad de alusiones a problemas reales del mundo contemporáneo, como pueda ser la reclusión de las clases más desfavorecidas por las grandes naciones, la restricción de los derechos humanos, la intolerancia, etc.

Aparte de la Saga de Geralt, podrían citarse otras libros de Sapkowski como Maladie, una nueva versión de la tragedia de Tristán e Isolda, el ensayo El mundo del rey Arturo (Swiat krola Artura), o su más reciente obra: Narrenturm, una trilogía histórica con elementos fantásticos que nos traslada a las guerras husitas. Bibliópolis también ha editado el maravilloso cuento ilustrado La tarde dorada, un sueño embelesador sobre gatos que hace referencia al mágico mundo de Lewis Carroll y su exquisita obra Alicia en el País de las Maravillas.

por David Mateo

Caja Negra – La Tierra del Dragón

por David Mateo Escudero

Antes de nada quisiera agradecer a todos los amigos de TauZero la atención que le han dado a mis relatos y a mis artículos. Prometo seguir escribiendo para Tau en la medida de mis posibilidades. En breve amenazo con el segundo capítulo de Larva, amén de otros cuentos y otras reseñas.
Hoy en cambio me presento ante vosotros para presentaros lo que será Nicho de Reyes y a su autor: Tobías Grumm.
De Nicho de Reyes podría deciros que es el primer volumen de una serie de Fantasía Heroica que en breve estará disponible. Se engloba dentro de la saga: La Tierra del Dragón y habla sobre los tiempos en que el viejo continente de Argos fue asediado por un enemigo indómito llegado desde una frontera prohibida.
Este será el texto introductorio que podréis encontrar en la solapa del libro:

En las postrimerías de la antigua Edad de la Sombra, la primera Gran Guerra sacudió los cimientos de Argos, provocando la caída de los grandes dragones. Hoy, los habitantes de un pequeño país norteño, se enfrentan al resurgimiento de despiadadas tribus ancestrales que traerán consigo el dañino sabor de la guerra, enfrentando a los habitantes de todo un país a un horror que creían olvidado desde hacía muchos siglos. Las disputas y las pasiones de tres hermanos, zarandeados por viejos estigmas que marcaron el devenir de un pasado no tan remoto, podría llegar a suponer la caída de todo un continente, y el resurgir de un imperio comandado por los poderes más elementales de las Tinieblas.

Nicho de Reyes es el comienzo de una aventura que nos adentrará en las entrañas de un basto continente situado en un mundo utópico conocido como el Eccélion. Este primer volumen marcará el viaje iniciático para uno de sus personajes. Un espíritu orgulloso que tendrá que forjar su alma con los valores de los antiguos héroes, al tiempo que emprende una búsqueda en la que se verá obligado a encontrar una nueva identidad y olvidar una inmortalidad que el destino había puesto en sus manos.

continente situado en un mundo utópico conocido como el Eccélion. Este primer volumen marcará el viaje iniciático para uno de sus personajes. Un espíritu orgulloso que tendrá que forjar su alma con los valores de los antiguos héroes, al tiempo que emprende una búsqueda en la que se verá obligado a encontrar una nueva identidad y olvidar una inmortalidad que el destino había puesto en sus manos.

Ahora querría presentaros al autor de esta magnífica obra: Tobías Grumm; para ello os subscribo el texto que este indómito contador de cuentos, preparó para los amigos de Equipo Sirius. Tobías Grumm toma la palabra:

Nací a orillas del mar, sintiendo la brisa del mar en la piel y oliendo la sal que impregnaba la atmósfera de mi ciudad. Tal vez fuera el canto de las sirenas lo que me llevara a redactar el primer manuscrito de mi vida; no lo sé con certeza, era demasiado joven por aquel entonces. Pero lo cierto es que desde ese día he pasado media vida delante de mi viejo escritorio, afilando la pluma y rellenando hojas y hojas de mis propias fábulas. Eccélion y sus fantásticos habitantes llegaron a mí una gélida noche de invierno, quizás arrastrados por algún sueño de George R.R. Martín, quizás por las fábulas extravagantes de Sapkowski, o quizás por la mente privilegiada del maestro Tolkien, tan de moda en estos días. Lo cierto es que fueron muchos los autores que me dieron la inspiración para recrear la Gran Guerra que sacudió el perdido continente de Argos.

Hoy los Reyes Sabios de Transversal editan el primer legajo de La Tierra del Dragón, un mundo donde los sueños y las esperanzas confrontan con la traición, el heroísmo, la nostalgia y el rechazo a que las libertades de los seres vivos sean sometidas a los fríos barrotes de una jaula. Sólo el caminante más avezado se atreverá a surcar los caminos de Argos y a adentrarse en un mundo olvidado por los viejos dioses. Elige el sendero que deseas recorrer, valiente aventurero, y adéntrate en el camino del héroe o del hechicero: la oscuridad y la luz aguardan a la vuelta de la esquina.

La saga de La Tierra del Dragón abre sus pórticos con Nicho de Reyes, un relato donde la confrontación de dos hermanos destinados a alcanzar la eternidad hará estremecer los cimientos de un pequeño país regurgitado de las convulsas guerras del pasado.

Tras Nicho de Reyes comenzará la odisea de la Luz y la Oscuridad. Los distintos personajes tomarán rumbos opuestos en una búsqueda arcaica por hallar el sino que el futuro les tiene reservado. Se alzará el telón de la Segunda Gran Guerra, y las antiguas fuerzas de Argos resurgirán en ambos frentes, entablando un litigio que tiene su origen en un remoto pasado. Sin embargo solo un factor decantará la victoria de uno de los dos bandos: la resolución al enigma de la desaparición de los grandes dragones, y quizás la irrupción de éstos últimos en las fronteras del viejo continente de Argos.

La odisea de Nicho de Reyes continúa en El Último Dragón, de próxima aparición en la Línea Transversal de Equipo Sirius.

Como referencia final querría agradecer el entusiasmo, la paciencia y la dedicación que mi amigo Sergio Alejando Amira, editor y diagramador de TauZero, ha tenido hacia mi persona y mi obra. También agradecer a todos los lectores de TauZero el interés que hayan podido prestar a mis textos, e incitar a que todos ellos se aproximen a ese maravilloso mundo que traerá consigo Nicho de Reyes.

Gracias.
David Mateo Escudero

© 2005, David Mateo.

Sobre el autor: Tobías Grumm, nacido en 1978 en una provincia exterior del Imperio, colindante con el mar, fue desde muy niño un fantasioso que elaboraba relatos, al principio verbales, y luego transcritos en cualquier elemento físico. Su proximidad al mar y a los bosques de su provincia le hacía alternar las sirenas con los enanos, elfos y resto de figuras terrestres. Según fue creciendo, su dualidad física se fue trasladando a su realidad sicológica, multiplicándose las personalidades. Los que más le conocen no saben muy bien si hablan con el elfo David Mateos, el tosco orco Tobías Grumm, el dragón negro David Mathius o el Señor de los humanos Lucas M. Clavius. En cualquier caso y sea quien sea con quién se hable, ha construido la saga más extraordinaria de la literatura fantástica: La Tierra del Dragón.

Cubil Abyecto

Silencio trae la noche,perpetua fue la guerra del ayer.Mil demonios abrasados en el fuego,y un mundo entero por construir.Argos hundida en las tinieblas…a la espera de un nuevo ciclo…conquistada por grandes señores…arrebatada a la sombra del tirano. 

Despierta con la piel sudorosa, manchada de brea y sangre, oliendo a ozono y sintiendo la oscuridad a su alrededor, como una mortaja que lo atrapa y no le permite huir. Se agita en un seno de piedras y azufre, y nota el fuego a su alrededor… tan alto… tan caliente… Sólo puede arrastrarse hacia arriba, adhiriéndose a las paredes, escalando un vientre furibundo que no deja de agitarse y gritar… palmo a palmo… metro a metro. Siente a su alrededor la ebullición de miles de gargantas que desprenden vapor hirviendo. Surgen de muy hondo, manando también hacia la luz, a través del angosto túnel que se alarga como una enorme placenta hacia un brillo incandescente que procede de más allá de su alcance… lejano, muy lejano.  

      Se agita, gruñe, brama… alarga una mano, encuentra una grieta, se aferra a ella, sigue subiendo. La luz queda un poco más cerca y la muerte más atrás… más atrás. Siente como todos los poros de su piel derraman óleo resbaladizo. No es el momento, pero tampoco puede evitarlo. Hace mucho calor, demasiado. Cualquiera hubiera muerto ya en aquella garganta llameante. Él no puede morir, no allí… Desea volver a la luz, aunque no pertenezca a ella, desea aferrarse a su cálido abrazo y olvidar para siempre aquella pesadilla. Encerrado durante demasiado tiempo en la oscuridad, solo, aislado, ardiendo entre ríos de lava y abandonado a una suerte tortuosa y cruel. 

      En los últimos días de exilio había tenido muchos sueños; sueños negros y crueles, sangrientos y malignos… ninguno agradable. Veía cielos oscuros dominados por la sombra. Enormes corceles de negras alas batiéndose en la noche perpetua, sobre los volcanes, sobre la tierra árida, sobre los ejércitos. Podía escuchar los gritos: miles de voces y lamentos que llamaban a las armas, al tormento, a la guerra. Casi podía cerrar los ojos, y asaltado por la oscuridad, embriagarse una vez más con el olor de la sangre, con el frenesí de la muerte, con la dulce sensación de desatar sus instintos más bajos y no frenar su puño. Entonces le rodeaban miles de seres: aliados o enemigos, ninguno amigo. Jamás había tenido amigos. Tan solo lacayos y señores que guiaron su destino desde el inicio. El inicio… ¿Dónde estaba el inicio? Ciertamente lo había olvidado hacía mucho tiempo. Tampoco le importaba, no en ese momento… ahora lo importante era subir, seguir subiendo, y dejar atrás la muerte. Una vez más… salvarla, como lo había hecho en los últimos años de su prolongada vida… no… como lo había hecho desde el día en que abrió los ojos y sus dos corazones comenzaron a bombear lentamente. 

      Dejó atrás la última peña a la que se había adherido con desesperada angustia y siguió subiendo por la empinada pared, dejando tras de si un rastro aceitoso y pegajoso, trozos de carne y parte de su sabia elemental. Su mano, mellada y llena de rasguños, encontró un nuevo asidero y subió un metro más. El vapor seguía emanando del lecho incandescente, abrasándole la espalda y obligando a su cuerpo a segregar más óleo pegajoso. La luz se abrió ante sus ojos, a miles de metro de distancia, demasiado lejana, perdida en un túnel negro y alargado. No era más que un punto rojo que latía en el infinito. Pero qué importaba… debía llegar hasta él. Debía llegar hasta el sol. 

De nuevo le asaltaron los recuerdos. Imágenes no tan lejanas… podía cerrar los ojos y sentía el suelo rugir bajo sus pies descalzos. Miles de botas y garras desgarrando los cimientos de la tierra, un trueno que llenaba todo el valle, despertando a los dioses y levantando a los caídos. De vez en cuando retumbaba un rugido incontenible y el cielo, encapotado de nubes negras, se llenaba de fuego y de luz. Él nunca miraba hacia arriba, siempre la vista al frente, en el enemigo. Otros en cambio sí que miraban atrás… atemorizados, horrorizados ante la lluvia de azufre y ascuas ardientes que solía preceder a la llamarada. Ese era su fin. Todo aquel que distraía la atención, era arrastrado por la jauría y moría bajo las botas del enemigo, quedando sepultado por una montaña de cuerpos destrozados y restos retorcidos. Él siempre se alzaba sobre todos, matando con sus dos lunaris ensangrentado, degollando al enemigo, ya fuesen humanos, elfos o enanos. Nada ni nadie podía contenerle… ni tan siquiera los grandes señores del cielo. 

      Ocasionalmente, uno de aquellos titanes alados caía desde muy alto. Un bramido escalofriante barría el mundo cuando la bestia era abatida, después existía un momento de agitación en el que aliados y enemigos aguardaban el impacto, observando el cielo prendido en llamas y aguardando a que la suerte no decidiera que el caído se encontrara por encima de sus cabezas. Después, si los hados concedían su gracia, el mundo entero retumbaba bajo sus pies cuando el señor del cielo rompía el asfalto, enterrando bajo su grupa a ejércitos enteros. Él ni tan siquiera entonces bajaba la guardia. No le importaban las quemaduras, su cuerpo regeneraba la carne y las llagas infectadas jamás llegaban a diezmar su voluntad. En el campo de batalla era temido, repudiado, odiado. Los más valientes se arrojaban a su encuentro en un desesperado intento de poner fin a su impía vida… los más cobardes huían atemorizados al reconocer la armadura del yagath, forjada en el Destino, al inicio de
la Oscuridad. Fuese como fuese el sino de todos ellos era siempre el mismo: la muerte. 

      Cuando llegó a la sima del Karkang, al sur de la rivera del Zoj, era incapaz de concebir los días que llevaba combatiendo. Su piel estaba llena de cardenales por el roce de la armadura, la sangre reseca cubría su cuerpo, y sus miembros, entumecidos, comenzaban a renquear y a negarse a cumplir las directrices que marcaba su embotado cerebro. Quizás llevaba meses en el frente… quizás años, le era imposible saberlo con certeza. Lo cierto era que tenía la impresión de que había transcurrido toda una vida y la batalla jamás concluiría. Sin embargo estaba equivocado en aquella apreciación, algo  poco habitual en él. El final se precipitaba sobre los suyos incontenible e imparable. Lo vio desde la cima del Karkang, sintiendo como el suelo temblaba bajo sus pies y oteando la oscuridad que cubría toda la llanura que se alzaba interminable y muerta más allá del Zoj. La batalla se extendía a su alrededor y se perdía en lontananza, más allá de
la Fortaleza de Ankuz-Traz y de la enorme estructura oval que era el Cónclave de los Señores Oscuros. Al oeste, cubierta por las Minas de Uz-Guz,
la Ciudad Negra ardía, y en la punta nordoriental del hemisferio, Grunz y su puerto desprendían una inmensa humareda blanca tan densa como la que pudiera manar de
la Ciudad Negra, impidiendo que lograra discernir los enormes barcos, que arribados desde el sur, no dejaban de vomitar ejércitos de brillantes y luminosas armaduras. 

      Todo lo demás era muerte y desolación. La campiña estaba cubierta de campiña estaba cubierta de difuntos. Centenares de miles de cadáveres sepultaban el mundo, comenzando a los pies del monte Karkang y perdiéndose más allá del Zoj y la ribera alta. Y sin embargo los ejércitos seguían combatiendo incansables, tanto a sus pies, como en las laderas de las montañas, tomando a su vez los cielos negros de Luduz Ungras. Millones de seres enfrascados en una lucha delirante, alzándose sobre las piras carroñosas que seguían descomponiéndose lentamente bajo la atmósfera tórrida de las brumas negras. Guerreros que derramaban su sangre sobre un suelo arcilloso y reseco, alimentándolo con carne humana y carne de orco, fundiéndose con las entrañas de un país impío y mancillado por la oscuridad desde hacía casi tres siglos.  

      Pero lo cierto era que los pendones de
la Corona,
la Espada y el Escudo dominaban el llano, así como el inmenso alabarde con el árbol de profundas raíces –tan odiado entre los suyos–, y los diversos estandartes de las colonias de Bradin. Las divisas del sur lucían desgarradas y harapientas, pero predominaban sobre todo lo demás, alzándose sobre los pabellones negros de los Señores Oscuros. 

      La guerra llegaba a su fin y la derrota parecía inevitable. Según las noticias llegadas desde Ankuz-Traz, el Supremo había sido desterrado más allá de las puertas, perdiéndose para siempre en un mundo inalcanzable y del que jamás retornaría. Ahora, cuando miraba hacia el territorio arrebatado, tan solo se atisbaban armaduras doradas y de cobre. El negro había sido derrocado al sur de la ribera del Zoj, y si la batalla continuaba adelante, ni incluso en aquel rincón habría cabida para los suyos. 

      El enemigo había iniciado el asalto del Karkang, subiendo las laderas de la montaña y tomando la falda oriental, sin embargo él fue el primero en percibir como el seno del volcán cobraba vida cuando uno de los grandes blancos, sima únicamente para encontrar una muerte inevitable a manos de sus dos lunaris

      En su retaguardia el coloso de rocas y fuego eructaba y bramaba como un demonio maligno, desatando los primeros chorros de esperma incandescente desde una tripa furibunda, vomitando efluvios venenosos y ozono incandescente. Los elfos morían envenenados, los humanos cayeron desplomados por el risco, los enanos trotaban en desbandada por la ladera menos pronunciada, ajustando sus botas de hierro al irregular terreno. Él sin embargo respiraba aquel veneno candente y sentía como sus pulmones resistían al dolor, otorgándole la facultad de combatir sin descanso, de poder seguir sesgando vidas entre todos aquellos que trataban de salvarse de aquel infierno delirante. Su piel ardía, el fuego chorreaba por su espalda, pero la capa de aceite seguía protegiéndolo, liberándolo en parte de la tortura y la angustia. 

      Un nuevo bramido anunció la llegada de más tropas a la falda de la montaña; dos ejércitos colisionaron violentamente y el batir de las armas se convirtió en un lamento desgarrado que llegó incluso a la sima. Vio a más de diez mil criaturas luchando… más allá otros diez mil ejércitos combatían por la dominación de un país en llamas. Huesos rotos, carne desgarrada, gritos desesperados y rugidos de pura rabia; todo parecía convertirse en una locura derramada en forma de sangre contra las paredes rocosas del volcán. Y el Karkang seguía escupiendo fuego como una bestia desatada, lanzando ríos de lava que acabaron engullendo a centenares de desgraciados que apenas tuvieron tiempo de resguardarse de una muerte inevitable. 

      Notó calor, más calor del que había sentido hasta entonces. Su yagath ardía febril, y el acero, templado por el fuego de… –no, no lo recordaba, incluso entonces era incapaz de traspasar aquella nube blanca que diezmaba su memoria–, comenzaba a hervir recalentado. Fue entonces cuando apareció el emisario de la muerte. Se presentó en forma de un enorme dragón de  bañaban sus muslos. Más dolor, más sufrimiento… aun así logró soportarlo y pudo alcanzar la estabilidad. El gran blanco rugió, mostrando la gangrena que desgarraba su ojo derecho y lanzando chorros de viento gélido entre sus babeantes fauces. Pero tal era el calor que consumía la esfera más alta del volcán, que aquel viento gélido acababa apagándose incluso antes de rozar su piel aceitosa. 

      Dispuesto a no otorgar tregua, y notando como el firme se rasgaba una vez más bajo las garras de sus pies, saltó desde el precipicio, y empuñando en alto la brillante hoja de zafiro y diamante, alcanzó el largo cuello del titán. Éste bramó una vez más ante la osadía de tan insignificante criatura, pero él no estaba dispuesto a rendirse. Clavó el lunaris entre las escamas del dragón y logró estabilizarse en aquel cuello cimbreante. La criatura voló enérgicamente hacia las brumas negras, y el estampido de los fuegos fatuos y las espurnas de los rallos argentes bañaron su blanca piel. Mientras tanto el jinete seguía escalando, desafiando al torrente de aire que trataba de arrancarlo del lomo de la criatura, clavando una y otra vez su acero en el cuello del enorme mastodonte y encumbrándose hacia la testa inalcanzable del dragón. 

      Muy abajo el Karkang estalló violentamente y el coloso dormido terminó de despertar. El mundo entero pareció retumbar en un incontenible estruendo, y las hondas de la deflagración llegaron incluso hasta la bóveda celeste, barriendo las nubes y arrastrando consigo a las criaturas aladas. Cuando miró hacia abajo, vio una inmensa cascada de lava que desbordaba la boca del volcán y barría toda la ladera, llevándose consigo a los ejércitos que quedaban atrapados entre las rocas y las grietas. El gran torrente de lava manó y manó incansable, resbalando por la falda de la montaña y arribando hasta el llano. Los alaridos de los soldados llegaban hasta el cielo, resonando de forma las negras nubes, desgarrando con sus alas la mugre que habían traído consigo los nigromantes el día del Advenimiento. El cielo parecía incendiado, y los rugidos encarnizados podían escucharse en el gran valle del Zoj. 

      Hoy ese mismo cielo lucía vacío y oscuro, consumido por la noche eterna e invariable que cubría los territorios que antaño pertenecieron a los juzzrrianns. Era imposible saber si lucía el sol o las estrellas más allá de aquella barrera de nubes. El candor de los fuegos se había apagado, y con él el único esbozo de luz que fluctuaba en aquel desierto marchito. Cuando miró hacia la gran barrera de montañas que delimitaba la parte oriental de la gran cordillera de Ashgord, se encontró con una gran sombra alargada que recaía sobre todo el valle de Luduz-Ungras. Los volcanes se habían apagado, quizás sometidos a la voluntad de su señor el Karkang, el más viejo y grande de todos ellos, sin embargo la erosión causada por los caudalosos ríos de lava se distinguía perfectamente en las verticales paredes, rasgando la altiplanicie y adentrándose en un valle resquebrajado por mil grietas. 

      Una sensación desoladora cundió en su corazón cuando paseó la mirada por el valle. La batalla también había terminado, y tras los últimos días de lucha desenfrenada contra el volcán, en el exterior tan solo quedaba el recuerdo de la locura desatada por los dos ejércitos. Desde el extremo meridional de Ashgord, hasta el punto donde el mar del Olvido bañaba la costa, cada palmo de tierra estaba ocupado por una alfombra de cadáveres y restos. Eran miles de leguas sepultadas por abolladas armaduras, miembros que sobresalían de entre la carroña, pendones desgarrados y deshilachados que se mecían a merced de un viento gélido y mortecino, gigantescos caballos abandonados al olvido de la parca, y todo tipo de criaturas que antaño combatieron a su lado y hoy se pudrían lentamente entre los rescoldos de las últimas hogueras. La brisa arrastraba consigo el hedor insoportable de la muerte y de la carne gangrenada, contaminando todo el valle y hogueras. La brisa arrastraba consigo el hedor insoportable de la muerte y de la carne gangrenada, contaminando todo el valle y concentrándose en la rivera del Zoj. Pero entre todos los muertos destacaban los enormes montículos de carne y huesos lacerados, que antaño fueron los orgullosos dragones. Seres primitivos tristemente despojos de la vida primigenia que le otorgaron los viejos dioses. 

      También había miles de bulugbars perdidos entre los restos. Las mastodónticas criaturas, depositarias del Don de Eldever y precursoras del linaje oscuro en Argos, sucumbían al olvido con mil lanzas desgarrando su cuerpo y retorcidas en un tormento eterno que jamás llegaría a borrarse en la memoria de aquellos que alguna vez pisaron el erial. 

      Con mirada fría, como si todo aquello no fuese con él, dirigió su atención hacia el norte y vislumbró la enorme fortaleza de Ankuz-Traz, con sus centenares de torres despuntando más allá de las brumas negras y sus interminables almenas desnudadas de los fuegos elementales; un fulgor que desde su alzamiento había ardido desafiante e imperecedero, y que hoy, tras siglos de perpetuidad, había desaparecido para siempre. La vida también se extinguía en sus fríos muros. Las estancias, que antaño ardieron con las llamas insufladas por el Abismo, hoy lucían tan oscuras como el mismo cielo de Luduz-Ungras, mostrándose tan muertas como el paisaje que le rodeaba. El Cónclave de los Señores Oscuros no ofrecía mejor estampa. El enorme coliseo donde no ha mucho tiempo los grandes mariscales debatían y preparaban su ataque contra los desvalidos territorios del sur, había perdido los aires de grandeza y aparecía medio derruido. Al oeste del Cónclave, la ciudad de Uz-Guz desprendía una negra columna de humo que fluía hacia el cielo y se juntaba con las brumas. 

      Más allá de Ankuz-Traz y del Cónclave, los barcos enemigos se habían retirado del puerto de Grunz, y la ciudad ofrecía desde la lejanía, el mismo aspecto que el resto del país. Todo hedía a muerte y abandono. El enemigo, alcanzada la victoria, había levado anclas y se había apresurado a dejar atrás a sus muertos, tratando de salvarse de aquella locura que parecía haber durado toda una eternidad. La guerra había finalizado y las puertas al averno se habían cerrado definitivamente. Ankuz-Traz estaba muerta, y con ella todos los secretos que celosamente se guardaba en sus profundos pasadizos. El Supremo también había desaparecido. Él mismo podía sentirlo en el ambiente. Donde antaño había horror y desesperación, ahora había calma y sosiego. El puño opresivo que aferraba los corazones de todos los seres vivientes que habitaron aquel país, se había abierto finalmente, proporcionando un suspiro de alivio pero a la vez, propagando la miseria de la derrota. 

      Se preguntó si habría sobrevivido alguien. Si alguno de los abanderados del antiguo ejército todavía marcharía con vida entre los despojos o se encontraría cobijado en algún cobertizo olvidado de la ciudad negra. Pronto llegó a la firme convicción de que todo aquello le importaba un comino. Había salvado la vida y eso era lo único importante. ¿Qué más daba si ante él yacían los últimos restos de una guerra que había durado casi tres siglos? ¿Qué más daba si en lo más profundo de aquel valle una entidad todopoderosa había encontrado la derrota tras los pernos de una puerta arcana? ¿Qué más daba si aquel país, antaño temido en todo Argos y cuna de una civilización abyecta e imposible, había acabado sucumbiendo? ¿Acaso no había caído la altísima Luim-Nad en otra época? ¿Acaso otras ciudades no habían sucumbido más allá de la frontera sur de las Tierras Baldías? Lo único importante era que él seguía vivo. Que entre todos aquellos despojos de grandes patriarcas y eruditos del pasado, él seguía vivo y coleando. 

      Miró una vez más el valle y se sorprendió a si mismo al elucubrar sobre cual era el sentimiento que provocaba en su interior aquella nefasta visión. Se preguntó si la derrota hacía mella en sus dos corazones o si la desolación traída consigo por el enemigo le impediría seguir adelante. La respuesta vino por si misma inmediatamente. Una sonrisa apareció en sus labios de pez y durante unos segundos, el tormento de los últimos días se convirtió en una apacible sensación de bienestar. Lo único importante era que había sobrevivido al caos… todo lo demás poco podría llegar a afectarle. 

 

© 2004, David Mateo. 

 

 

Sobre el autor: David Mateo Escudero nació en 1976 en la ciudad de Valencia, España. Actualmente cursa estudios empresariales Y ha escrito cuatro libros, entre los que cabe destacar Nicho de Reyes, que actualmente se está publicando en comicvia.net, aurorabitzine.com y en el fanzine castellonés
La Filoxera. David, además, ha escrito gran cantidad de relatos (terror, fantasía, ciencia ficción…), la mayoría de ellos encuadrados en el mundo de Argos (lugar donde se desarrolla Cubil abyecto). David actualmente está a la espera de la posible publicación de Nicho de Reyes mientras compagina la redacción de relatos con su nuevo libro infantil Las aventuras de Tobías Grumm y el zorro Sid y la segunda parte de Nicho de Reyes titulada El último dragón. A la hora de señalar algún autor que le haya sido de influencia David nos proporciona los nombres de George R.R. Martin y Andrezej Sapkowski.