Yo Robote, Cory Doctorow

Robbie el bote a remos tuvo su gran crisis de fe al despertar el arrecife coralino.

—Vete a la mierda —dijo el arrecife haciendo vibrar el casco de Robbie por medio del oleaje del abofeteador mar de coral—. En serio. Este es nuestro territorio, y no eres bienvenido.

Robbie guardó los remos y dejó que la corriente lo llevara de regreso al barco. Si bien es cierto que Robbie no había conocido jamás a un arrecife sentiente en toda su vida, no le sorprendió que el primero en despertar fuese el Arrecife Osprey. La última vez que el barco había anclando por esas latitudes una intensa actividad electromagnética se había suscitado. Continúa leyendo Yo Robote, Cory Doctorow

Ansia de Nieve

Vladimir SpiegelHabía visto imágenes estáticas y holográficas de nieve. Había visto en filmaciones tridimensionales la caída de miles de copos de nieve que iban tapizando todo de blanco. Había visto borrascas fabulosas, que podían, según lo que había leído, matar a la gente.

Sin embargo nunca la había visto realmente. Nunca mis ojos la habían visto caer en realidad, ni mi cuerpo había sentido el contacto frío en la piel.

A los trece años no era algo que me mantuviese despierto por las noches, pero a medida que ese otoño avanzaba mi curiosidad iba en aumento. Continúa leyendo Ansia de Nieve

Evacuación, por Sebastián Gúmera

Despierta a la mujer la linfa evaporada de la ciudad. Sus neuronas adormecidas intentan huir del hedor, se marean y vomitan, desesperadas, palabras de auxilio.
― ¿Dónde estoy?
― ¿No la habían amordazado? ― oye la mujer, vendada y atada.
― No era necesario, ¿Quién la oiría aquí? Nadie. Luisa, estás sola aquí, ¿estás asustada? ¿no? Pues deberías estarlo. No por nosotros, ya no presentamos ninguna amenaza cuando queda tan poco tiempo.
― ¿Quiénes son?― la mujer era casi inaudible, pero serena. La voz de quien le hablaba la tranquilizaba.
― Somos quienes te necesitan para intentar redimir a la humanidad. Tu marido es el culpable de que estés tú aquí. Si nos ayudas, podrás morir satisfecha y en paz cuando llegue el momento, de lo contrario no aseguramos que tu muerte ni la de tu hijo sea indolora. Continúa leyendo Evacuación, por Sebastián Gúmera

El Hombre que salvó al mundo

Me levanté temprano como todos los días. Pongo el despertador a las seis y media porque me toma casi noventa minutos llegar al laboratorio. Seguí la misma rutina de siempre. Encendí el plasma en un canal de noticias, fui al baño a mear, luego a la cocina a activar la máquina del café y después de vuelta al baño a darme una ducha. Tiene que entender que a esa hora de la mañana la costumbre es más fuerte que cualquier decisión consciente, y soy una especie de zombie capaz de pasar muchas cosas por alto hasta que las tengo frente a la cara. Hace unos años, por ejemplo, mi ex-novia se quedó a dormir en el departamento. Follamos… ¿puedo decir follamos? Bueno, tuvimos sexo y todo eso, pero a la mañana siguiente no me di cuenta de que ella estaba en la cama hasta que salí de la ducha, y me dio un buen susto. Obviamente sigue siendo mi ex-novia. Continúa leyendo El Hombre que salvó al mundo

Vibraciones Felinas, por Toncy Dunlop

Gato_aristóteles es enorme, y de su gigantesca cabeza emergen, como propulsados por fuerzas cósmicas y brutales, cinco cuernos rosados y brillantes. Ella lo maneja como una diosa y el felino la ama -qué importan los cinco metros de diferencia cuando se ama- porque ellos se envuelven y revuelcan en la relación más extraña que he visto.

La chica gato, la de los cabellos brillantes y los ojos húmedos, no puede dejar de tocarlo y él ronronea con mecanismos de limpieza metálica mientras destruye el suelo con las garras duras que se contraen y relajan ante todo el placer líquido que le recorre las venas de . Sé perfectamente lo que está sintiendo – conozco el cosquilleo que le producen las suaves descargas eléctricas en la piel, la seductora tibieza del fluido interno. Yo mismo diseñé al felino con un potencial de placer sideral. Continúa leyendo Vibraciones Felinas, por Toncy Dunlop

Volar, por Soledad Véliz

Camila observa a la pequeña máquina que descansa ante ella. Está hecha de finas piezas que parecen huesos de seres imposibles. Un resto de té en el extremo del escritorio brilla con la luz de la tarde y le sugiere un ojo expectante. Siente frío en los pies. La habitación se ha teñido de sombras.

A unos pasos de ella, justo frente al ventanal, su hija se baña con la opaca luz del atardecer. Su delgado cuerpo tiembla de vez en cuando arrancándole chillidos a la silla de ruedas, el caracol mecánico que la sostiene. Sus ojos miran a un punto indefinido del cielo y Camila se imagina que la luz se convierte en luciérnagas al llegar a su cabeza.

El departamento cruje como si se estirara y la mujer se sobresalta al sentir algo que camina por sus pies. Continúa leyendo Volar, por Soledad Véliz

Lazos de Organdí, por Ángela González

Ella se acercó a su pecho…El corazón latía lento, muy lento, como si estuviese a punto de apagarse. Pero potente, como si pudiese atravesarla , entrar por sus sienes y quedarse ahí, agazapado en medio de su mente.

-Tu nunca sientes miedo-
-Nunca lo he necesitado- y con un brusco movimiento se desprende de ella, como si quitara una hoja seca de su pecho.

El cielo parecía caerse, un naranja intenso la llenaba por dentro. La ciudad triste, la ciudad como una anciana pidiendo limosna se aparecía ante ellos… Tan sólo una brisa y todo se desvanecería, como ese inútil lazo que los unía a ambos. “La sangre es más fuerte”, como si de algo sirviera el haber nacido bajo el mismo cielo, bajo la misma mirada impávida de la madre triste. Continúa leyendo Lazos de Organdí, por Ángela González

Trinidad, por Jorge Baradit (fragmento)

El mito más difundido entre los coders era el de la IA del “Escándalo Fachel” convertida en una virgen en la net. Una madonna digital santificando el nuevo espacio abierto por las máquinas. Sin embargo, ahí estaba, un andrajo cubierto de barro, hedionda a orines y casi incapaz de moverse.
-Necesito información, Angélica- murmuró casi con ternura –Creo que eres la única que sabe todo lo que pasa.
-No se qué está pasando –lloraba desconsoladamente –hace años que me arrastro y pido ayuda pero nadie viene, Algo quiere salir a través mío. Tengo miedo. Sácame de aquí ¡Hay ruidos y alguien me amenaza!..
Magdalena levantó la mano y le enterró su cuchillo-coder en la frente, le pidió excusas y comenzó a extraerle su memoria. Continúa leyendo Trinidad, por Jorge Baradit (fragmento)

La Segunda Enciclopedia de Tlön (fragmento)

3. Las señales de ruta

La librería de viejo se alzaba en una de aquellas calles secundarias, paralelas pero extraviadas de la avenida principal. La calle del Alighieri, con sus pintorescas y antiguas casas de chapa y yeso, de salientes aleros y desigual altura, pervivía únicamente por los muchos vendedores de libros que habían hecho que se le diera a la calle el sobrenombre de Cueva de los Libreros. Las modestas tiendas surtían de un producto cuya procedencia difícilmente sería comprobable como en las grandes y elegantes librerías del centro, pero que para un comprador avezado podían representar hallazgos sorprendentes, incluso por entre la mayoría de los mamotretos de más dudoso precio y calidad.

Ubicada entre las adyacentes Calle Valparaíso y Viana, en la sombría ciudad de Aras del Mar, en el Chile de la tercera Colonia, Alex llevaba ya cerca de dos meses visitando al anciano, y Scolástica le había hecho ver lo impaciente que estaba Chomsky, ante unos frutos que se habían considerado dados con mucha más rapidez.

El señor Segovia poseía una tiendecita del siglo XVIII, con puerta de arco, sobre la que había unas habitaciones refaccionadas donde vivía con su familia, compuesta por su esposa y dos hijos adultos.

Durante más de treinta y cinco años había estado vendiendo libros en la calle Alighieri, y a través de los cuarterones de vidrio de la ventana solía observar las cabezas de quienes se inclinaban sobre los puestos del exterior, donde vendía libros entre mil y dos mil pesos.

-Lo que le entregué a su amiga fueron fotocopias de estos antiguos libros y manuales -le estaba diciendo el desaliñado y pequeño librero a Alex, mientras encaramado sobre una silla en la bodega sacaba de encima de un viejo armario una maleta, a la que el polvo sin limpiar durante años se había adherido, formando una película gris sobre el resquebrajado cuero.

Mientras, Alex miraba a través de una pequeña ventana con cristales emplomados como algunos copos de nieve, empujados por el viento, habían penetrado bajo el toldo y deslustraban los brillantes libros de bolsillo en una de las cajas.

Se volvió al anciano sin hacer ningún comentario, esperando a que abriera la maleta, que ya tenía dispuesta sobre una mesa.
¿Qué era lo que podía cuidar tanto el señor Segovia, para tenerlo así escondido, siendo que de otras estanterías ya había podido constatar que se asomaban títulos valiosos y rarísimos, que colmarían los deseos de cualquier erudito? Casiano, la “Steganografía”, primeras ediciones del “Paraíso Perdido”, y hasta algún incunable de Aldus… Una colección que inspiraba respeto, incluso ante el no entendido.

Finalmente la maleta estaba abierta. Se felicitó porque había podido granjearse la confianza del librero y tener acceso a las “Cartas de los Umbrales Alternos”…

Miró los deformados volúmenes encuadernados en vitela y piel negra. No llevaban título alguno en el exterior.
El anciano le alcanzó primero un libro delgado, en dozavo y que contenía cuatro planos desplegables, algo manchados por los hongos.

-Desde hacía un par de años ella frecuentaba la librería, y ya sabe, en este negocio pronto uno entabla complicidad en la búsqueda de ciertos títulos curiosos. Su amiga era una mujer diferente… y no me refiero a que obviamente se veía como una extranjera al igual que usted, sino a que no parecía ser de “aquí”… Más bien era como alguien conocida en un sueño…

El Trazante, ajeno a lo que el anciano hablaba, examinaba con ansiedad uno de los planos del pequeño libro.

-Al principio no se atrevía a preguntar por nada -proseguía el librero-, pero pronto colegí el tenor de sus intereses… Y finalmente le ayudé a encontrar lo que en el fondo andaba buscando, ya que ni ella misma lo parecía tener muy claro…
Turbado por la imagen del grabado, Alex fue a tomar otro de los libros, este manuscrito y mayor que el anterior, y de nuevo lo mismo… ¡Insólitamente eran planos de antiguas catedrales!

El señor Segovia permaneció un momento en silencio, calibrando cuidadosamente su reacción, luego, en tono más grave continuó:

-La aparente discordancia en su selección de lecturas ya me había intrigado. Mezclaba a Cornelio Agrippa con textos exóticos de matemática y arquitectura, y por último de religión… Religión “muy” antigua. Entonces decidí constatar si estaba “iniciada”, y como respuesta me contó una leyenda fabulosa… Reconocí en el acto lo que me decía, o más bien recordé los sagrados enigmas de la Orden.

Repentinamente, la imagen del viejo y pobre librero había cambiado, revelándose ante Alex no sólo como el inconsciente custodio de una alta sabiduría, sino que como su depositario secreto.

Los ojos del señor Segovia brillaron con intensidad, sus movimientos y gestos mutaron, rejuveneciéndolo y dignificándolo con hidalguía… Y entonces el Trazante vino a saber cosas que ya había leído o escuchado con anterioridad, cosas que creía conocer profundamente, pero que ahora se le revelaban bajo una luz nueva y que le permitían entender las relaciones y las herejías… las Señales de Ruta.

4. Noticia aparecida en el periódico El Observador de Quillota, Viernes 28 de Febrero de 2003.

Isaac Newton, el padre de la ciencia moderna, afirmó que el fin del mundo sería en el año 2060. Esta creencia del científico publicada en el diario británico The Daily Telegraph se encuentra plasmada en uno de los manuscritos desarrollado por el estudioso hallados en la década de los 30 en una librería de Jerusalén.

Según Malcolm Neaum, productor del documental “El oscuro hereje”, transmitido por el canal británico BBC y que narra las creencias de Newton respecto al universo, “hasta ahora era desconocido que él (Newton) haya calculado una fecha para el final del mundo”.

“Lo que ha estado saliendo durante los 10 últimos años es que Newton era un pensador apocalíptico. Pasó algo así como 50 años escribiendo 4.500 páginas tratando de descifrar en qué fecha va a ser el fin del mundo”, agregó Neaum.

5. Materia Oscura

Halley y Newton descendieron del transporte, por una de las rampas alfombradas del puerto.
Las enormes y esbeltas grúas, con sus múltiples brazos, se movían bajo las sombras de cada nave estacionada, subiendo y bajando la tecnología de las grandes Casas. En una de las plataformas mayores, suspendida a muchos metros sobre el suelo, se esperaba el regreso de un carguero, que volvía de las colonias extrasolares.

Pequeños vehículos, de alas curvadas como tocas de monjas, prevalecían a esa hora en el tráfico aéreo.

-Leibnitz y su filosofía de las mónadas no son suficiente amenaza contra la habilidad de mis Matrices…- consideró Newton, mientras caminaban por un sendero de mosaicos hacia la Real Sociedad.
-No puedo negar, Isaac, que tu tesis del agujero negro me produce inquietud…- confesó el cardenal.
-Es el resultado obvio de tu propio trabajo, Halley. La estructura misma de las membranas de universos comunica con el Creador, se extiende a una dimensión transmaterial, la fuente viva de energía primera.
Hacía mucho, las teorías de cuerdas aún no estaban unificadas, y los científicos llamaban a la materia faltante en el espacio “materia oscura”, ya que percibían su influjo en el movimiento de los cuerpos siderales, pero no podían verla. El cardenal Halley, cuando joven, fue el primero en postular una tesis coherente con la existencia de otros universos físicos, (“membranas”) debajo del nuestro, como explicación al misterio de la materia faltante.
-Una cosa es teorizar, querido amigo- siguió el purpurado-, más otra es decir con toda seguridad lo que encontraremos en el interior. Recuerda que aún se considera imposible que alguien o algo sobreviva el viaje a través de un agujero negro… Si es que realmente conduce a algún lugar.
-Pues mi sonda ha regresado, y como tú mismo comprobaste, la intersección de los universos membrana produce los agujeros negros.
-Son sólo matemáticas, Newton; sólo matemáticas. Insisto en que te estas arriesgando demasiado. Leibnitz ha trabajado durante años en el manejo de la “Mónada Holográfica”, y ahora, con el inesperado anuncio de su regreso, ha despertado gran expectación por saber cuál de los dos terminará imponiéndose.
Leibnitz, por caminos distintos, siempre alcanzaba resultados similares a los de Isaac, lo que había creado una gran tensión antagónica entre ambos genios de la astrofísica. Y la última competencia, por su desproporcionada ambición, mantenía en vilo a todo el Imperio.
-Necesitaré de algunos días para prepararme y mostrar lo que trajo la sonda- dijo Newton.
Llegaron ante las escalinatas de la Real Sociedad. En el portal, dos enormes atlantes que sostenían el mundo eran el único adorno en el liso bloque del edificio.
Isaac Newton, seguido fielmente por Halley, entró a recibir los murmullos de la comunidad científica.


6. El misterio de las catedrales

Muchos conocimientos de magia antigua estaban grabados en la piedra de ciertas iglesias, de tal forma que sólo el sabio podía leerlos. Fulcanelli ya había expresado que en la Edad Media, ante las narices del clero confiado y del pueblo, eran agitadas nociones arcanas, con raíces en sistemas precristianos.

Era el Templario quien ahora se dirigía a Alex, refutando y confirmando sus conocimientos del lenguaje secreto. La planta cruceiforme de las iglesias góticas era una alusión no sólo a la cruz de Cristo, sino también al “crisol” alquímico y su proceso de tortura, muerte, resurrección y transformación de la materia, junto a la significación precristiana de los cuatro elementos y los cuatro puntos cardinales.

Con el ábside elíptico, la planta de las catedrales se asemejaba al “ankh” egipcio, símbolo de la vida universal encerrada en la materia. Así, el símbolo de la cruz se convertía en la “piedra angular”, la primera fase de la Obra. Y en el interior de las iglesias como Reims, Auxerre, Poitiers, Bayeux, etc. aún se conservaban en el suelo los laberintos de mosaico que se ubican en el punto de intersección de la nave y el crucero. Este laberinto es un emblema del camino correcto a seguir por el Maestro, el verdadero hilo de Ariadna que permitió la salida a Teseo… (el nombre del templo de Cnosos en Creta era “Absolum”, el fin último, el “Absoluto”).

Pero las páginas cabalísticas escritas en piedra iban mucho más lejos que estas superficialidades. El Trazante veía de pronto no sólo las sombras sino las figuras reales que las proyectaban. Averroes, Guillermo de París y Nicolás Flamel, continuaban su ciencia medieval hasta el oriente, a la claridad del candelero de siete brazos, hasta Salomón, Pitágoras y Zoroastro…

Detrás de muchos “adornos” o símbolos primitivos, dramáticamente mutilados y remozados en el Renacimiento, se ocultaba una ciencia sobre el verdadero origen y destino de los hombres. Y la piedra filosofal buscada por los alquimistas no era la fabricación del oro. Lo esencial, más que la transmutación de los metales, era la del propio experimentador. El secreto de la alquimia se resumía así: “Hay una manera de manipular lo que la ciencia moderna llama campo de fuerza. Este campo de fuerza actúa sobre el observador y le coloca en una situación privilegiada frente al universo. Desde este punto privilegiado tiene acceso a realidades que el espacio y el tiempo, la materia y la energía, suelen ocultarnos.” Esto era lo que llamaban la Gran Obra.

Rea había alcanzado un equilibrio entre lo “físico” y lo “espiritual” permitiéndole observar la “totalidad misma”. Había leído las claves en los templos menores, pero que guardaban fragmentos del Templo Mayor, el Primero y del que derivara la Orden custodia.
Alex veía con cada vez más asombro, que los resultados de esa ciencia eran tangibles, y que en este otro universo alguien desde hacía mucho tiempo los estaba esperando… a Rea, a él o a otro de sus compañero de la Primera Colonia. Ahora el Templario le estaba hablando de la Matriz, algunas de las palabras eran distintas pero el concepto era el mismo.

-“He visto hombres que viven en la Tierra y, sin embargo, no son de la Tierra, defendidos por todas partes y no obstante sin defensa alguna y con todo no poseyendo nada más que lo que poseemos todos”.

Citaba a Apolonio de Tiana, quién en el primer siglo de la Iglesia de Cristo habría estado en un país no situado en el mapa. Allí visitó la ciudad de Iarchas, donde observó un modelo del sistema solar que se desplazaba sin ninguna clase de soporte, bajo la cúpula de zafiro de un templo… Le habló de las “puertas inducidas”, de los mapas y de las alienaciones, su simple técnica de fabricación y su redescubrimiento periódico; de las construcciones de razas desconocidas y de otras razas misteriosamente desaparecidas, los numerosos contactos con los habitantes de los pliegues desconocidos de la Tierra… ¿ Así que habían otros?, pensaba el Trazante, ¿otros prisioneros que en el pasado ya buscaban el Universo Real, o que provenían de mundos totalmente distintos al de la Matriz? ¿Y si en los Universos Artificiales además el propio tiempo tuviera sus repliegues, si hubiera un siglo suplementario entre el XVI y el XVII, o el siglo XXI se extendiera un poco al siglo III antes de Jesucristo, como se decía en una novela de Ashton Smith? Seguramente un matemático de su cofradía debería traducir las fórmulas que aparecían en los planos, a través del continuo de Cantor.

En la Primera Colonia los Alquimistas de la Matriz hablaban del universo fantasma de Nishimura, del universo de taquiones de Feinberg, y el Templario de “los mensajeros que van y vienen entre nuestros países y la Ciudad del Rey del Mundo, los guardianes del Centro”, pero, en definitiva, hablaban de la misma cosa: existen muchas Tierras, pero también un camino para encontrar la Verdad.[x]

Elia, la reina Sith

En la choza el humo hacía llorar los ojos. El hechicero saltaba y las pequeñas calaveras rellenas con semillas hacían un llamado al sueño de muerte. “Deja el miedo en la lluvia” cantaba arrastrando las guturales. “Olvida, déjalo ir. Recuerda la cosecha, recuerda el olor de la carne al fuego, recuerda a tu pueblo danzando la primera noche del largo día sin sol. Tu lugar está aquí con tus hermanos y hermanas. Deja el miedo en la lluvia”… y así seguía una y otra vez.
Todos en el clan estaban consternados. Era la tercera vez que se practicaba la ceremonia y Elia seguía tendida en la jaula, con los ojos abiertos, inexistente.

Su danza de muerte comenzó cuando era apenas una mota de pelos que clamaba por leche. Las hermanas de su madre muerta cumplían bien la labor de substitutas, su leche no era distinta, eran la misma sangre, el mismo clan. Una sola familia. Pero Elia las rechazaba siempre, hasta que el hambre la vencía.

Mala señal. El hechicero lo sabía. Una cachorra no debería rechazar el pezón que le trae comida. Sólo cuando estaba en brazos de su hermano parecía tranquila.

Mala señal. Una cachorra no debería criarse en los brazos de un macho.

Elia era la única sobreviviente del parto. La madre, Marci, había logrado sólo un cachorro vivo en cada camada. Sagú era el mayor, luego le seguían Parso y Devi. Los tres habían sufrido terribles heridas en sus búsquedas de aventuras en el suelo del bosque.

Mala señal. Un macho responsable sólo piensa en el bienestar de su clan y su familia. Un macho responsable aprende de los errores de los demás. De ellos sólo Sagú sobrevivió para convertirse en adulto y tras la muerte de Marci tomó la decisión más estúpida, hacerse cargo de la cría.
Había algo malo en sus espíritus. Seguían las reglas del clan, pero en sus ojos podía verse el descontento, una mirada que pretende ver más allá de las copas de los árboles. El hechicero lo sabía, la respuesta rugía en sus entrañas: estaban malditos.

El clan no los rechazaba. Había una enseñanza ahí. Eran el error que nadie debía cometer. El hechicero tenía razón, se debía hacer todo lo posible por ayudar a Elia. Su espíritu se lo exigía. Era el resultado de su propia semilla y Marci había sido una buena compañera, como muchas otras.

Elia creció a la sombra de Sagú. No era una hembra como las demás y las hermanas de su madre le negaban el consejo. Los cachorros la buscaban para jugar en la choza más alta, soñaban más de la cuenta al oír sus historias de lugares imposibles y criaturas que ningún ojo ha visto jamás. Las madres del clan vivían preocupadas, Elia no podía saber cosas que nadie le había enseñado. Por eso recurrieron al hechicero exigiendo la ceremonia destinada a los guerreros dementes que han visto demasiada muerte. No conocían otra manera.

Sagú se negaba. Sólo Daso, el jefe del clan, pudo hacer que entrara en razón. Elia debía olvidar lo que no podía saber. Sólo entonces Sagú puso a la pequeña en las manos del hechicero y ella sonreía como si se tratase de un juego.

Grandes rocas con forma de punta de flecha volando en el firmamento. Hilos de fuego destruyendo otras rocas más pequeñas. Criaturas sin pelo viviendo dentro de las rocas voladoras. Depredadores, cazadores y ganado comiendo del mismo plato. De estas cosas habló la pequeña con su lenguaje limitado. El hechicero había oído de su maestro una historia similar, muy antigua, y que nadie más conocía. Una antigua guerra librada no muy lejos de aquí.

Elia debía olvidar.

Luego de la ceremonia pareció cambiar. Elia ya no hablaba de esas cosas. Las madres estaban tranquilas. Sus tías le daban consejo. Ella aprendía las labores naturales de toda hembra y aunque su actitud era distinta al resto, no parecía haber motivo de preocupación.

Entonces vino el largo día sin sol, cuando la gran esfera en el cielo eclipsa la fuente de vida y se inicia el invierno. Elia, como todas las hembras nacidas en el ciclo anterior, había criado nuevo pelaje y en sus ojos brillaba el conocimiento antiguo de reverencia a lo desconocido.

Esa primera noche bailó. Fue una experiencia aterradora. Sus pies no se movían como los del resto, arriba y abajo, sacando astillas de la plataforma. Sus brazos hacían gestos graciosos, circulares, golpeando a sus compañeras de baile. Su rostro era una piedra sin expresión, los ojos blancos, la espalda curvándose con cada inspiración.

Nadie más bailó. El ritual se había manchado con locura y sangre de sus pies heridos. Los ancianos clamaron por su destierro. Las mujeres lloraron por las crías que nacerían muertas y por los machos que no regresarían a casa. Elia se detuvo, despertó del trance, oyó todo esto y cayó al suelo llorando desconsolada.

“No me maten” repetía quitando las astillas y limpiando la sangre en sus pies. El clan se apiadó, aquello que merecía entregar su cuerpo torturado a los depredadores fue perdonado. Y el hechicero inició la ceremonia allí mismo, saltando entre los puentes colgantes y rodeando el cuerpo de Elia con lianas.

Cuando su canto se apagó al fin, ocurrió el milagro. El sol destelló una vez más en el cielo, sólo un segundo. El mal estaba deshecho y el ritual se reinició con ardor en el canto de las mujeres. El clan había sido perdonado.

Sagú no dijo nada. Observó todo desde una choza más alta con el corazón golpeando fuerte en su pecho. Y cuando el ritual al fin acabó, cuando todo el clan había regresado a sus chozas, cuando sólo se oía el canto de las aves nocturnas y el lejano aullido de los depredadores de cacería, bajó a desatar a su hermana pequeña y se quedó allí vigilándola en su sueño intranquilo.
Elia soñó con ellos por primera vez. Dos criaturas altas y sin pelo en el rostro, vestidas con largas túnicas pálidas como flores y manos de cinco dedos blancos. Sus voces suaves la invitaban a seguir soñando y en su espíritu podía entender lo que decían, aunque el significado de las palabras estaba cargado de misterio.

Desde entonces Sagú no la perdió de vista. Donde quiera que él iba, ella tenía que acompañarlo. Sólo así evitaba que las mujeres la tironearan hasta arrancarle el pelo o que los de su edad la mordieran en los tobillos. No había mayor deshonra que ser un paria sin exilio.

Elia soñaba todas las noches. Soñaba con ellos. Soñaba con un ser oscuro que luchaba en singular combate. A veces podía sentir su dolor constante, agudizado con cada movimiento.
Otras veces soñaba con las extrañas rocas voladoras de su infancia. Ahora las veía con mayor nitidez. No eran rocas. Eran de metal como los cuchillos, grandes construcciones que ni un millar de herreros podrían concebir, capaces de surcar la noche eterna llevando vida a mundos imposibles.

Y una noche vio a Sagú. Lo vio allí, al pie de los árboles que eran su hogar, blandiendo la lanza contra un enemigo que no podía ver. Luego vio sangre, oyó gritos, y Sagú ya no estaba. No lo volvería a ver. Su hermano iba a morir.

Despertó llorando. Era sólo una pesadilla. Llamó a Sagú pero no oyó su gruñido tranquilizador. Miró en todas direcciones, afuera de su choza amanecía y Sagú no estaba.

La desesperación llenó de angustia su espíritu. Corrió fuera gritando por su hermano, las mujeres le arrojaron restos de comida. Los hombres mostraron sus dientes. Y Sagú no aparecía. Miró hacia abajo, al pie de los árboles, y revivió su pesadilla. Podía oler la sangre.

Se colgó de una liana y bajó rodeando el tronco con tal agilidad que los guerreros allí presentes aguantaron la respiración. Jamás habían presenciado tal destreza.

En el momento que sus pies tocaron el suelo por primera vez sintió algo nuevo. Una llamada. Un deseo incontrolable de correr en la dirección donde el sol se oculta cada noche. Sagú había dejado sus pensamientos, allí no había sangre, se había dejado llevar por su pesadilla. Ahora había un nuevo motivo para que la odiaran.

Oyó un crujido. Algo se acercaba desde la dirección de su deseo. Venía hacia ella. Traía algo consigo. Era la respuesta a su pregunta no formulada. Otro crujido, matorrales en movimiento, una voz conocida llamando a los vigías para que le tendieran una liana. Y entonces lo vio.

El hechicero.

Al verse ambos se quedaron quietos. Elia necesitaba saber que era lo que el hechicero ocultaba en su saco. Era la respuesta, y a la vez era la pregunta. Dio un paso hacia él cuando resonaron los cuernos.

Elia sintió el peligro. No había sentido algo así jamás en su vida. Un peligro se acercaba siguiendo el rastro dejado por el hechicero. El ruido de las lianas al golpear el suelo y los gritos de la multitud aterrada la sacaron de su trance. Un guerrero descendió para ayudarla a subir mientras otros dos tironeaban al hechicero.

Elia estaba a mitad de camino de la terraza más cercana cuando se percató que el guerrero que la había ayudado seguía en el suelo. Y sintió como si una mano invisible le apretara las entrañas. Era Sagú blandiendo su lanza, incapaz de subir a la liana por un pie herido luego de caer con todo su peso sobre una piedra filosa.

Entonces llegaron los depredadores. No eran los típicos lagartos que rondan el bosque en busca de carroña. Estos eran más altos que un guerrero y traían trofeos colgados de sus cuellos, largas hileras de calaveras, algunas todavía con piel y carne pegada al hueso.

Vieron a Sagú. Olieron su sangre, saltaron sobre su cuerpo y acabaron con su vida entre risotadas frenéticas.

Elia estaba petrificada. Lo había visto en su pesadilla y lo había propiciado. Era su culpa.
Los depredadores rondaron los árboles desde entonces. No se los podía ver, pero el clan sabía que permanecerían cerca hasta que el hambre los empujara a seguir su camino.

Elia fue rescatada por un grupo de guerreros furiosos. La pellizcaron, la mordieron, la escupieron, manosearon sus genitales mientras gruñían amenazas. Pero Elia ya no estaba en su cuerpo. Flotaba boca abajo en el mar de su culpa. Una vez en la terraza el hechicero le palmeó el rostro con tal fuerza que de su boca cayó un diente y la sangre manchó su pecho. Las mujeres clamaban por su sacrificio. Elia era una fuente de desgracia.

Entonces Daso rugió, “no habrá más sangre” y no hubo necesidad de explicar la razón. A lo lejos aún se oían las carcajadas siniestras de los depredadores.

Las mujeres corrieron a lavar el cuerpo de Elia y ungirlo con aceites. El hechicero revisó su boca y extrajo otro diente suelto. Entonces se dio cuenta, el olor manaba de ella y era una señal inequívoca. Elia entraría en calor en poco tiempo, antes incluso que otras hembras mayores que ella. Una razón más para aislarla.

El cuerpo lacio fue arrastrado hasta la choza del hechicero. Allí estaba la única jaula del clan y nadie, ni siquiera el hechicero, tenía recuerdos de la última vez que se había encerrado a alguien en ella. Nadie cometía delito alguno en contra de su propio clan.

Elia fue encerrada allí sin ceremonia. El hechicero encendió su brasero, extrajo algo de su saco y lo arrojó a las brasas. Una nube de humo plateado se desplegó ante él y el sueño de muerte inundó la habitación haciendo picar los ojos.

El hechicero la miró. Sentía remordimiento. Era una dura prueba para todos y la solución no podía ser fácil. El humo ya había penetrado en sus pulmones y sus sentidos se agudizaban con cada respiro.

Se vio a sí mismo haciendo la ceremonia una última vez, y así fue. Elia no reaccionó. Entonces se vio fornicando con ella, la tomó sin consentimiento y ella tampoco reaccionó. Su mente daba vueltas, vio a Elia caminado en un claro del bosque entre plantas rojas como la sangre… y supo que no había más remedio.

Abrió su saco, con una pinza extrajo un manojo de hojas frescas, venenosas, rojas como la sangre, y las molió en el mortero. La pasta roja parecía brillar en la oscuridad de la choza. Sus lágrimas se mezclaron con el preparado mientras abría la jaula y se sentaba junto a Elia, recitando el canto de los muertos. “Llegarás al lugar donde todos iremos, te reunirás con los ancestros y cruzarás el cielo hacia la gran esfera desde donde todos venimos”.

Elia tragó la sustancia amarga por simple reflejo. Su boca se adormeció, luego su garganta, su pecho y sus entrañas. Fue como quedarse dormida y sintió paz, sintió que podía volver a vivir su vida otra vez, deshaciendo los errores.

El mundo se apagó a su alrededor. Y en la oscuridad vio una flama que pronto se transformó en una fogata. El guerrero oscuro yacía muerto, tendido en una pira fúnebre. Su cuerpo ardió y de él y los que recorrieron estas tierras sólo quedó un recuerdo que pronto fue olvidado.

Elia abrió los ojos. Había visto la verdad. Tenía la pregunta y la respuesta. Podía sentir el veneno de la planta actuando en cada célula de su cuerpo. Y a diferencia de otros que murieron tras el simple roce de sus espinas, Elia lo controlaba y lo hacía suyo. Ya no tenía nada que temer.
La puerta de su jaula estaba abierta. El hechicero yacía junto al brasero, convulsionando y escupiendo espuma. Afuera aún era de día. Los niños cantaban no muy lejos de allí. Las mujeres reían mientras realizaban sus labores domésticas. Los guerreros compartían sus raciones de carne seca. El jefe del clan dormía la siesta en su choza privilegiada. Era un día normal, tranquilo, feliz.

Un día sin Elia.

Y sintió el odio por primera vez. Sagú había muerto apenas esa mañana, aún podía ver su carne desgarrada, oler su sangre, sentir su tragedia.

Tomó una daga de entre los amuletos del hechicero y le abrió el cuello con un solo corte. Bebió la sangre que manaba a borbotones y salió de la choza cubierta con el color de la desgracia.
Alguien la vio. Oyó gritos de horror y guerra. Oyó a Daso gritando “¡matadla!”.

¿Morir? Puso la daga entre sus dientes, notando que le faltaban dos incisivos. En sus genitales aún ardía la violación del hechicero. En sus manos y piernas podían verse las marcas de la tortura. ¿El clan había hecho con ella todo lo que estaba en su lista de cosas prohibidas y era ella la que debía morir?

Saltó de esa terraza maldita, tomó una liana, rodeó un tronco, saltó a un puente, se dejó caer entre las ramas del árbol madre, sujetó otra liana y tocó el suelo del bosque con gracia. Echó a correr hacia donde el sol se oculta cada noche, esquivando rocas y ramas por pasajes jamás transitados, escalando árboles y balanceándose entre lianas.

Nadie la siguió. Y cuando el sol enviaba los últimos destellos del día, llegó a ese claro de su sueño, rojo como la sangre.

Las plantas parecieron cobrar vida, movidas por un viento inexistente, dándole la bienvenida. Elia avanzó, se sumergió en el dolor de sus espinas que pronto se transformó en una caricia. Comió sus hojas y pudo ver. Vio todo. Sintió todo. La vida en este planeta y en los mundos cercanos, luego los lejanos, hasta que ya no hubo vida que fuera desconocida a su visión.

Entonces los volvió a ver. Y esta vez ellos la vieron también. Había sorpresa en sus miradas. Eran un macho y una hembra, hermanos. Y en su interior palpitaba un poder que ni Elia había podido imaginar, un poder que pronto superaría con creces.

“¿Qué eres?” preguntaron en un idioma de sonidos extraños. Elia no respondió, entendía perfectamente a qué se referían. No les interesaba saber su raza, el origen de su clan ni el nombre de la estrella donde orbitaba su mundo. En su pregunta estaba implícita la respuesta, “eres aquello a lo que más tememos”.

Elia lo sabía. Sabía lo que era, lo que podía llegar a ser. Y ellos no sabían nada de ella, dónde estaba ni por qué no la habían sentido hasta ahora.

“Soy Elia” dijo y cerró su espíritu a la visión de ellos. Jamás la volverían a sentir, no podrían encontrarla por más que buscaran en todo el universo conocido. Estaría oculta hasta que llegara el momento.

Y fue entonces que sintió el objeto. Estaba de pie en el lugar indicado, en el centro de este paraje bañado por la luz de las estrellas. Bajo ella, entre las cenizas del guerrero oscuro de sus sueños, estaba el objeto que la haría el ser más temible de este extremo de la galaxia. No hubo necesidad de escarbar. El objeto vendría hasta su mano sin esfuerzo.

La sensación de peligro se apoderó de su pecho, algo se acercaba. Concentró sus ideas, llamó al objeto y éste salió despedido de debajo de la tierra. Elia lo atrajo hacia su mano y cuando llegó a ella, se activó.

Su grito silenció el bosque entero. Un haz de luz rojo proveniente de uno de los extremos del objeto le había quemado el rostro, cegando su ojo derecho. No había tiempo para lamentarse, el peligro estaba sobre ella. Tomó el objeto con sus dos manos y lo blandió con increíble destreza, danzando entre las plantas mientras los depredadores que se habían deleitado con la carne de su hermano caían partidos en dos a su alrededor.

En apenas una decena de latidos volvió a estar sola. Observó el objeto con detenimiento, estaba claro su propósito. Movió un trozo de metal en la base del arma y el haz de luz se extinguió. Lo volvió a encender y apagar una y otra vez, deleitando su vista, rodeada de rojo y sangre.

El odio que hervía en su espíritu cobró nueva fuerza. La quemadura en su rostro ardía y aumentaba su furia y frustración. Comió más hojas hasta que su estómago ya no pudo más y echó a correr de regreso a los árboles del clan que la había visto nacer, con el arma en su mano, deseando la muerte para todos.