¿Donde están los monstruos de Einstein?

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Revisando mis libros, encontré un par de títulos que por algún azar del destino nunca leí. No me gusta tener libros sin leer en mis estantes, para eso está la sección pendientes en mi velador. Uno de los libros era “Los Monstruos de Einstein”, de Martin Amis.
Y empecé a leer.
El libro abre con un ensayo sobre la guerra atómica. Y ahí quedé, pensando.

Amis habla de su mundo real, mediados de los ochenta, con un pesimismo que no escuchaba desde hace tiempo. Para él, la guerra atómica total era inminente y real, las bombas atómicas eran monstruos liberados por el hombre, que rigen sus vidas y destinos.

Me di cuenta de una cosa: hacía mucho tiempo que no pensaba sobre la guerra nuclear. Me acuerdo que cuando más joven sí era un tema recurrente de mis aventuras y delirios. Visiones apocalípticas, que incluían posibles rutas de sobrevivencia ante un ataque nuclear a Chile. Sabía, no se de donde, que para Chile estaban destinados tres misiles nucleares, uno para Santiago, otro para Concepción y otro para Calama. Eso me daba “tranquilidad” y posibilidades para un futuro de guerrillero contra las hordas bárbaras del norte que buscarían alimento en las menos irradiadas zonas del sur. No sería una barrida total como en los países del hemisferio norte.
Me gustaba ver películas post-apocalípticas, mientras más serie B mejor, como la encantadoramente pésima “En el Año 2889” , que pese a su nombre muestra un escenario muy parecido a los sesenta. Ahora veo películas de futuros optimistas y,en lo posible, lejanos.
Insisto, me sorprendió el que ya no pensara en la guerra nuclear constantemente. ¿Qué pasó? La caída de la URSS fue un momento propagandístico para uno de los dos lados de la guerra fría, pero las bombas atómicas siguen igual disponibles.

¿Bajó la posibilidad de que las bombas sean usadas? Creo que no.
¿Por qué en general ya no sentimos como una amenaza real la guerra atómica total? No se.
¿Seré yo que me estoy volviendo viejo, o el mundo está más Light? Ambas.

La verdad es que estoy tan desinformado que no podría decir si hay más o menos bombas nucleares en el mundo que antes.

Energía nuclear, sí. Bombas nucleares, no.
Voy a volver a preocuparme del tema.

Neanderthal Parallax, de Robert J. Sawyer

El Paralaje Neanderthal es una trilogía de novelas del canadiense Robert J. Sawyer, que relata los efectos de la apertura de un portal entre dos Tierras alternativas: nuestra Tierra, y otra, donde los Neanderthal fueron los homínidos dominantes. El contacto inicial entre ambas tierras ocurre en el Observatorio de Neutrinos de Sudbury, lugar que en la Tierra Neanderthal es también la ubicación de una instalación científica. El foco de la historia de la trilogía está centrado en las diferencias sociales, tecnológicas y espiriituales entre los dos mundos conectados accidentalmente por el portal.

La trilogía la conforman tres volúmenes: Homínidos (2002), Humanos (2003) e Híbridos (2003), de los que el primero de ellos fue el ganador del premio Hugo a mejor novela el 2003.

Esta novela me recuerda a los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, en el uso de la mirada de una cultura extraña para criticar la nuestra. En el primer volumen de esta trilogía somos objeto de un análisis crítico por parte de un científico neandertal, quien nos observa desde una óptica de cazador recolector.

El segundo tomo el autor hace lo contrario, es decir, cuestiona nuestro modo de vida desde una óptica cromagnon, comparándonos con los neanderthal.

A medida que progresa el relato, a pesar de usar el término Neanderthal para referirse a los visitantes de la tierra paralela, se emplean los términos de la tierra paralela para distinguir entre las especies: los gliksins somos los Homo Sapiens, mientras que los barasts son los Homo Neanderthalensis.

Dado que los barasts no han pasado por un proceso de industrialización como el nuestro, su tierra es más limpia, más boscosa y más fría gracias a la ausencia de gases de invernadero. Nosotros disfrutamos de una tierra maloliente, sobrepoblada y ruidosa; hemos exterminado muchas de las especies que existen aún en la tierra Neandertal y hemos degenerado otras para nuestro provecho o entretención.

Los barasts son cazadores-recolectores y como tal no han desarrollado el concepto de agricultura; a pesar de ello son tecnológicamente avanzados, más que nosotros en muchos aspectos. Usan casas orgánicas, que no son construidas sino que cultivadas; la iluminación es química y cuando se trata de energía eléctrica esta es solar. Su población, menor que la nuestra, tiene unos lazos familiares muy intrincados por lo que su sociedad está muy unida, con lazos de parentesco que llegan al infinito, una alegoría a la humanidad (ya que en el fondo todos somos parientes).

Otra característica que distingue a los barasts de los gliksins es la aplicación de la eugenesia como pena a los crímenes violentos, no dudando en esterilizar a quienes compartan al menos 50% de los genes del agresor, evitando penas más graves para el agresor. Esto da como resultado una sociedad mucho más pacífica que la nuestra, lo que hace pensar que si bien la cárcel y la pena de muerte son disuasivos poderosos a la hora de cometer un crimen, hay criminales de cuello y corbata que difunden sus genes a lo largo de los años, empobreciendo nuestro acervo genético gliksin.

Bajo ningún motivo hay que pensar que en el pasado los barasts no fueron violentos, pero al tener menor población, los conflictos por recursos o territorio no forman parte de su historia. Sin embargo, gracias a la aplicación intensiva de la eugenesia en un pasado, los genes violentos fueron erradicados de la población, teniendo como resultado una mejor selección genética. Esto levanta un tema de debate: ¿la práctica de la eugenesia no tiene parecido a la limpieza étnica más selectiva?

Políticamente, cada región de la Tierra barast es gobernada por un Consejo Gris local, una junta de ancianos sobre los 65 años, mientras que el planeta completo es regido por el Alto Consejo Gris. No existen los países (que no deberían existir) y todos los barasts se consideran iguales a los demás. Nosotros, en cambio, invertimos vidas y recursos importantes en la organización de guerras para ganar más territorio, cuando no contaminando grandes áreas para ganar un conflicto.

Los dos primeros tomos hacen girar su trama principalmente alrededor de las diferencias que he mencionado, apuntando a nuestras falencias a través de ojos de barast en nuestra Tierra y de ojos de gliksin en la tierra barast. Sawyer pone bastante en evidencia el modo de vida depredador y destructivo que tenemos, y cómo a pesar de vivir en ambientes en relativa paz e higiene, vivimos en un vertedero terrible, contaminado y sobrepoblado. Y creemos estarlo haciendo bien.

Híbridos, el tercer tomo, gira sobre de la existencia de dios, y como esta puede ser una mera ilusión. Los barasts están fisiológicamente impedidos de tener experiencias religiosas debido a la estructura de sus cerebros, y por lo tanto el concepto de iglesia, religión, sacerdote o culto son desconocidos para ellos. Para un barast es inconcebible la vida después de la muerte, así como refinamientos tales como la teoría de Gaia, la reencarnación o el purgatorio.

Nosotros, gliksins, vivimos presa de nuestros cerebros distintos, que nos hace tener espiritualidad, sufrir de manifestaciones como los pastores de Fátima; incluso los ateos más nihilistas tienen alguna espiritualidad. Este sencillo hecho nos hace ser más fáciles de convencer o motivar que los racionalísimos barasts. No deja de ser interesante este análisis de la religión o espiritualidad como producto de un órgano, lo que vuelve inexistente a todos los dioses idolatrados en nuestro mundo. Sin embargo, la sociedad barast tiene artistas de las más diversas disciplinas, y el arte, tanto la creación como la interpretación, son impulsadas por las mas complejas manifestaciones espirituales.

Otro tema tocado por Híbridos tiene relación con la concepción inter-especie, que toca desde el punto de vista de la ficción el tema ético de la manipulación genética, un debate que como humanidad estamos recién empezando a tocar. En este caso una gliksin se enamora de un barast y planean emplear un manipulador de genes de tecnología barast para concebir un hijo, manipulando todas las características deseables: los ojos del padre, el color del pelo de la madre, los genes cromagnon o neanderthal.

Sawyer presenta la otra cara de la moneda: el mal uso de esta tecnología en el desarrollo de un arma biológica, genéticamente selectiva. También esto se puede interpretar como una llamada de atención a los intentos de patentar el genoma humano, lo que lo haría accesible a unos pocos y con propósitos limitados únicamente a la ambición humana.

En conclusión, El Paralaje Neanderthal es una novela que reinterpreta el choque de culturas, dándole varios giros interesantes al tema, sumado ello a un trasfondo ecologista no muy sutil pero efectivo, que llama la atención al lector acerca de los estragos que estamos dejando con nuestro medioambiente, producto de nuestra cultura, y como tenemos incorporada la violencia y la agresión dentro de nuestro diario vivir, dentro de nuestro léxico y dentro de nuestras actitudes. Agregarle a ello una completa investigación antropológica y una especulación sociológica muy ocurrente para tener en esta trilogía una serie de novelas cautivante y que no termina al cerrar los libros, sino que se extiende más allá, puesto que los temas ecologistas y éticos quedan abiertos al debate del lector conformando una muy buena serie de novelas para enriquecer la biblioteca y comentar con las amistades.[x]

Los Pilares del Imperio

La literatura de ciencia ficción en Chile fue sacudida, a fines del tercer trimestre de 2005, por Ygdrasil, la ópera prima de Jorge Baradit. Considerando lo pequeño de la oferta de género fantástico en Chile, resulta curioso y tal vez injusto que la obra de ciencia ficción comentada en estas líneas, aparecida casi al mismo tiempo que Ygdrasil, haya pasado casi sin levantar una mota de polvo en la prensa.

Los Pilares del Imperio, la obra de Miguel Lagos Infante, nos presenta un argumento que promete situar a nuestro país en el centro de una revolución a escala planetaria. Vamos viendo: un científico chileno, Ismael Grau, descubre un material plástico que posee casi 100 veces la conductividad eléctrica del cobre y, comparado con éste, es muchísimo más barato de producir. Las implicancias de tan prodigioso material prometen revolucionar el mercado, según lo narrado en la historia. Continúa leyendo Los Pilares del Imperio

Ilión: el asedio

Supuestamente en este número de TauZero debía continuar con mi nota sobre el Punto Omega, específicamente con el segundo apartado que llevaría por título Las enseñanzas de San Teilhard, pero ocurre que para ello se me hace imprescindible disponer de mi ejemplar de El ascenso de Endimión que ingenuamente presté hace ya medio año. De acuerdo a Jorge Tellier los libros prestados no se devuelven. De lo contrario no existirían muchas bibliotecas. “Hay dos tipos de tonto”, le escuché decir alguna vez al viejo cascarrabias de Daslav Merovic, “el que presta un libro y el que lo devuelve”. De todas formas no pierdo las esperanzas y que esto sirva de presión para que el malicioso rufián que capturó cual Helena de Troya el último tomo de la tetralogía de Dan Simmons salga de su fortificada ciudadela y me restituya mi libro. Sólo entonces podré continuar con mi nota sobre el Punto Omega, saldando así mi débito con rmundaca, único a quien el Gran Espíritu de TAU habla en sueños.

Y ya que mencioné a Helena de Troya, supongo que podría aprovechar de hacer un breve comentario de Ilión, una de mis últimas lecturas a la fecha. ¿Qué puedo decir de un libro de Simmons que ya no se haya dicho? Nada supongo. ¿Cuál puede ser mi aporte? El característico sello autorreferente y digresivo que suele endilgarme el Sr. Director de este e-zine para quien yo soy un sujeto que goza del conflicto. Y como eso aparentemente es cierto según atestiguan mis más cercanos, ¿cómo no iba a disfrutar Ilión que se apropia de uno de los conflictos más célebres de la historia de la humanidad? Pero antes de perderme en las rizomáticas callejuelas de mi propia verbosidad presumida y jactanciosa, concentrémonos en el libro en sí.

Desde ya la portada nos dice todo cuanto debemos saber del libro:

Es de Dan Simmons.
Tiene a unos tipos en armadura combatiendo que parecen salidos de la película Troya.
Es la Iliada de Homero en clave de ciencia ficción. Y la Iliada, por supuesto, versa sobre la Guerra de Troya.

Todos estos son antecedentes más que tentadores para adquirir el libro, pero si nos queda alguna duda, basta leer la contratapa. Asistimos al desarrollo del asedio de Troya guiados de la mano de erudito Thomas Hockenberry. Se trata de un personaje misteriosamente revivido y presente en este Marte del futuro, cuyo Monte Olimpo se ha convertido en la morada de los posthumanos, quienes, con nombres como Zeus, Palas Atenea, Ares y otros ya conocidos, se comportan como los dioses de la saga homérica. Hockenberry tienen como misión constatar si lo que ocurre ante las murallas de Troya se ajusta precisamente a lo narrado por Homero y, desde el distanciamiento del estudioso, nos proporciona, además, una sugerente lectura comentada de la Ilíada. Una novela absorbente, fruto de la maestría de un escritor con múltiples registros y de inusitado talento. Una obra única, maravillosa e irrepetible.

Debo mencionar aquí otra obra de Simmons, se trata de Los vampiros de la mente una novela de 1214 páginas leí de un tirón allá por el verano del 2001. Escrita en 1989, su título original es Carrion Comfort y recomiendo encarecidamente su lectura. Es cierto que el título en español es pueril y nos remite a lo peor del cine clase-B, pero no permitan que eso los ahuyente de la lectura de este verdadera joya del horror que no cuenta con páginas de más ni de menos. Si menciono esta antigua novela de Simmons (que tuve la fortuna de encontrar a un precio ridículo) es porque me hubiese sentido muy defraudado de llegar a la mitad y no poder seguir la lectura, y lo que es peor, esperar a que llegara la segunda parte si es que imprimían la segunda parte. De lo contrario, obligado a comprar la versión en inglés por Amazon y comenzar a leer desde el principio ya que no es lo mismo. Me ocurrió con los Cantos de Hyperion. Tuve la suerte de encontrar Hyperion y la Caída de Hyperion al mismo tiempo. Luego pude adquirir Endimión pero El ascenso de Endimión no llegó nunca y pese a que mi hermana lo tenía en inglés me negué a leer una versión (aunque fuese la original) donde al Alcaudón le llamaban the Shriek. Pasó el tiempo y por fin y gracias a mi hermanita que viajó a España, pude tener mi copia de El ascenso de Endimión en spanish, la misma que está capturada en la fortaleza de López junto al Parque Forestal.

Lamentablemente lo que no me pasó con Vampiros de la mente, sí ocurrió con Ilión ya que lo que leí de esta obra, titulada por Ediciones B como Ilión: el asedio, es la mitad del primer libro de Simmons que comprende esta trama (el segundo es Olimpo). Miquel Barceló explica en el prologo que la extensión de la traducción (de Rafael Marín) los ha obligado a publicar Ilión en dos volúmenes al igual que se ha hecho en Italia (y posiblemente en Francia). Esa dilatada extensión y las bajas tiradas de la ciencia ficción en algunos países europeos como España explican esa mala costumbre en la que hemos incurrido la mayoría de los editores europeos de ciencia ficción en concreto, al menos en los últimos años. Debo reconocer que no me gusta tener que hacerlo, pero la realidad, y sus presiones, es la que acaba decidiendo.

Dados los antecedentes anteriores me sorprende que Ediciones B haya publicado e Los vampiros de la mente de Simmons en un tomo que dobla en páginas a Ilión y que seguro habría sido la forma que debió haber tomado la novela de haberse salido Barceló con la suya. Ahora no me queda más que esperar que llegue a nuestras librerías la segunda parte de Ilión titulada La rebelión. Pero no esperaré de brazos cruzados, no señor, sino que me sentaré a escribir una reseña en mi ordenador como dicen por allá en España. ¿Qué ya lo estoy haciendo? Ah, sí. Bueno, entonces hablemos del libro.

Tal y como dice Miquel Barceló los lectores que conocen a Simmons, recuerdan (diré con suma satisfacción) el carácter absorbente y dinámico de sus novelas, escritas con las mejores y atrayentes técnicas de los best-selleres más al uso, pero dotadas de una profundidad reflexiva y emotiva mucho mayor. Ilión no es una excepción a la regla (cómo si lo fue para mí por lo menos la lectura de El bisturí de Darwin que dejé botada a las 50 páginas) y no cabe la menor duda que Simmons es un autor en cabal domino de sus herramientas narrativas como suelen serlo los norteamericanos. Claro que esto a veces significa caer en ciertas fórmulas o gratuidades innecesarias y de escribir algo que puede terminar siendo muy predecible, pero eso sí que nunca aburrido, no señores. Nadie quiere leer libros aburridos, ¿no?

Sobre las virtudes de Dan Simmons como escritor ya me extendí lo suficiente en mi nota sobre el Punto Omega, pero ya que no pretendo que el lector de esto tenga que perder tiempo buscando y leyendo aquel artículo recurro al copy and paste: De acuerdo, Simmons es un autor exitoso tanto en ventas como en críticas y gracias a ello es que tipos como yo hemos podido leerlo. Pero finalmente no voy a recomendar su lectura por estas razones, sino por su eclecticismo; su falta de pudor a la hora de meter en la coctelera todo lo que se le vino en mente; por amalgamar con maestría géneros y subgéneros como la space-opera, el cyberpunk y la novela negra; por beber de las fuentes mitológicas y religiosas; por llevar las ideas a sus últimas consecuencias; por ser extremadamente original a la vez que sumamente conservador; por crear personajes entrañables; mundos espectaculares; sociedades increíbles…

Y en Ilión: el asedio, Simmons vuelve a meter elementos de diversa índole a la coctelera brindándonos un trago refrescante y adictivo porque seamos honestos, ¿quién sino Simmons puede poner a dos robots a discutir sobre las virtudes literarias de Marcel Proust y William Shakespeare y hacerlo de forma amena y creíble? ¿Y qué tiene eso que ver con el asedio a Ilión y los humanos de la Tierra del futuro llevando una existencia propia de los Eloi de Wells? Puesto así aparentemente nada, y avanzada la lectura del libro tampoco, pero pronto las piezas van encajando hasta que todo tiene sentido, al menos hasta donde el mutilado libro permite.

Siempre he tenido una particular cercanía con la mitología griega. Mi bisabuelo, Panayotis Amirás Stamnás, era griego y en casa de mis abuelos paternos había varios objetos griegos, principalmente esos jarrones negros con estilizadas figuras blancas. Creo que mi interés por la mitología griega se despertó con películas como Furia de titanes y las criaturas del maestro Ray Harryhousen. De ahí derivé a la lectura de dos libros que fueron clave: Los mitos de los dioses griegos y Los mitos de los héroes griegos de las chilenas María Luisa Vial Cox y Gabriela Andrade Berisso, una excelente forma de introducirse al cuerpo mitológico de la antigua Grecia pensada especialmente para el lector adolescente (cosa que yo era en aquella época). Luego leí Los mitos griegos de Robert Graves (célebre autor de Yo Claudio quien es citado por Simmons en los agradecimientos de Ilión), La Iliada y La Odisea, por supuesto, En el palacio de Cnossos de Nikos Kazantzakis, Los reyes de Cortazar, etc. ¿A qué quiero llegar con toso esto? A que si Dan Simmons hubiese tenido en mente el perfil de un “lector ideal” para su obra habría sido alguien similar a mí (aunque de seguro más simpático).

Debido al pequeño background que acabo de proporcionarles entenderán con cuanto entusiasmo y placer leí Ilión en el lapso de dos días y lo ansioso que estoy por seguir la lectura. Sobretodo al localizar numerosos puntos de coincidencia entre la obra de Simmons y la que debería ser mi primera novela en ser publicada, escrita entre el 2001 y el 2003 y revisada y corregida desde entonces. Por suerte la inscribí en el registro de propiedad intelectual durante el 2004 por lo que nadie podrá acusarme (como de seguro querría hacerlo para su propia diversión rmundaca) de “plagiar” el Ilión de Simmons, que juro solemnemente no haber leído sino hasta el presente mes de julio, 2006.

La narración ha sido articulada por Simmons en torno a tres ejes: la guerra de Troya escenificada en el planeta Marte por un lado, con los posthumanos dioses olímpicos y sus observadores escólicos; la existencia disipada y epicúrea de los escasos e ignorantes humanos que habitan la Tierra; y la expedición a Marte emprendida por los moravecs (organismos autónomos, sentientes y biomecánicos) que han evolucionado por su cuenta y han construido una civilización en los planetas exteriores del Sistema Solar. Al principio del libro cada uno de estos ejes narrativos parece correr por su cuenta, inconexos y como si de tres novelas distintas se tratase (como es el caso de Fin de las noticias del mundo de Anthony Burgess que es una biografía de Freud, una novela de ciencia ficción apocalíptica y un espectáculo musical sobre la visita en 1917 de Trotsky a Nueva York). Esto al principio me descolocó un poco mientras intentaba imaginar como se las arreglaría Simmons para hilar juntas sus tres madejas. Debo confesar que en comparación a la guerra de Troya marciana o los preparativos y desventuras de la expedición de los moravecs (alternadas por las discusiones acerca de Proust y Shakespeare sostenidas entre Orphu de Io y Mahnmut) los capítulos dedicados a los bucólicos humanos en la Tierra me parecían bastante flojos y exasperantes y Simmons debe haber estado conciente de eso por que incluye el ataque de un Alosaurio para sacudir la pereza. ¿Qué necesidad había de incluir dinosaurios en Ilión? Pues ninguna fuera que nuestra hamburguesa extra-queso con pepinillos, lechuga y tomate tenga también tocino. De cualquier forma la trama de los humanos en la Tierra mejora sustancialmente cuando parten en busca de la judía errante y terminan hallando a Odiseo en persona.

Varios elementos presentes en los Cantos de Hyperion se reiteran en Ilión, incluso algunos conceptos. Si bien los humanos no utilizan los teleyectores poseen nódulos-fax que cumplen la misma función aunque mediante un mecanismo diferente. También se menciona a los ARnistas “artistas del ARN, independientes de la recombinación, rebeldes sociales y bromistas graciosos con tanques regen-piratas y secuenciadotes”(sic) que en el universo de Hyperion son los responsables, entre otras cosas, de las patas de chivo del poeta Silenus y de las deformaciones inhumanas de los pandilleros en Lusus. La aparición de los ARnistas en Ilión es empleada por Simmons para justificar la presencia de criaturas prehistóricas como la macrauchenia y los phrorushracos. En cierto momento Odiseo pregunta que hay de comer, y como el menú consiste en la misma insípida comida de siempre decide llevar a los recién llegados a cazar Aves Terroríficas (o macrauchenia). ¿Qué necesidad había de esto fuera de crear una instancia para que Odiseo se luzca combatiendo avestruces prehistóricas? Como en el caso del Alosaurio que se come a Daeman, ninguna, y es en estos detalles que notamos las “técnicas de best-seller” a las que alude Barceló y que son nuestro placer culpable, algo que sabe muy bien Simmons.

De más está decir que Shakespeare y Proust cumplen una función similar a la de Keats en Hyperion (el Bardo incluso aparece en persona, aunque sea en un sueño), creando un puente entre la “baja” y la “alta” cultura que hace tiempo fue derribado de cualquier forma. Y tenemos nuevamente la presencia de un personaje sabio, viejo, astuto y manipulador como es el rol que cumple Silenus en la segunda parte de la tetralogía. Savi es la judía errante con algo de Silenus y una pizca de Sol Weintraub. En fin, la enumeración podría continuar pero con eso basta.

Si usted, estimado lector, no ha leído aún a Dan Simmons, pues le recomiendo que lo haga inmediatamente. No se defraudará.

©2006, Sergio Alejandro Amira.

Bilis negra: La alegría del Alcalde

Hoy es sábado. Anoche me reuní con algunos amigos y al llegar de regreso a mi casa encendí la televisión. Luego de unos minutos, comenzó una nueva serie de animación para niños en el maravilloso horario de las 11:30 de la noche, horario imbécil para transmitir una producción infantil o la decisión genial de un Canal 13 que sabe algo que nosotros no. En fin, me encontré nuevamente frente a la maldita sensación de siempre: condescendencia. “Es buena…para ser chilena”. Esa sensación que se arrastra desde que tienes memoria. La maldición de un país nuevo y pequeño que tiene que ponerse al día con cada puto género y de las maneras más desastrosas e indignas posibles: nuestro primer misil, el RAYO, con carcasa de cholguán; nuestro primer (y único) piloto de fórmula uno, Eliseo Salazar, pasando vergüenzas cada domingo; nuestro primer satélite, el FASAT ALFA, chingado como cuete vieja; nuestra primera película de terror, ANGEL NEGRO (y la larga lista de primicias cinéfilas buscando desesperadamente agotar los géneros buscando generar alguna expectativa, hasta el puto día en que estemos estrenando “la primera película chilena de enanos pornogóticos en la Luna”); ni hablar de nuestro primer artista de Hollywood, Cristián de la Fuente. Desde siempre tengo esa sensación asquerosa saliendo desde lo más profundo de mi formación judeocristiana, que me dice “se compasivo, en Chile es difícil hacer cosas”, luchando sangrientamente contra mi Pepe Grillo sado-gore que me insulta y me cachetea diciéndome “Maldito blandengue, se objetivo… ¡la huevá ES MALA y punto!

¿Cómo solucionar este punto? ¿Piensa globalmente, pero reseña localmente?

Además de todo esto, debo decir que esta reseña está profundamente desviada y debo advertir que será más subjetiva aún de lo que cualquier otra lectura es de forma natural. Y la razón ya es inalcanzable para quienes no hayan sido uno de los cien y pico que estuvimos ese jueves de abril ahí, en la presentación oficial del cómic y frente a los autores, Fitomanga y Mario Markus.

Marcos Borcoski (Fitomanga), es un antiguo prócer del cómic chileno y quizá el primero en rescatar un género que hoy está tan enquistado en el inconsciente de los nuevos chilenos como el Playstation, Internet o los tracklist de cinco mil canciones: el manga. Desgraciadamente, al menos en términos técnicos, no parece haber otro dato trascendente que ese en su lista de virtudes. Su presentación fue titubeante, nerviosa e irrelevante para el análisis.

Distinto fue el caso de Mario Markus (ilustre visita, venida directamente desde el Instituto Max Planck, Alemania). Un verdadero tótem académico tan entusiasmado con su hijo editorial (todos encontramos bello a nuestro propio hijo) que fue incapaz de no contarnos toda la historia…si TODA, en detalle y sin contemplaciones. Aquí me detengo para explicar por qué soy incapaz de ser medianamente imparcial. Me resultó tan desagradable la actitud de Mario Markus durante su presentación, que todavía tengo un gustito raro guardado en algún lugar de mi memoria. El primer tercio fue muy didáctico y entretenido, era escuchar de primera fuente noticias acerca de la teleportación sin que el tipo estuviera vestido con traje de “la federación” y una fake “faser” colgando del cinto. Pero luego se hizo insufrible, vinieron las preguntas y afloró el “profesor” incapaz de ser amable con la audiencia que había venido a apoyarlo, incluso grosero al calificar de poco inteligente alguna pregunta y de sin importancia a otra. Lo peor vino cuando zanjó violentamente y sin posibilidad de respuesta, la incógnita más interesante de su tesis: “qué ocurre con el alma en una teleportación”. El sencillamente se negó a cualquier diálogo al respecto diciendo que de las muchas hipótesis posibles él había elegido una y punto, y que no tenía sentido discutir más porque el tema era indiscutible. Se acabó, uno de mis amigos se paró y se fue, yo me crucé de piernas y me puse a mirar las moscas. Un representante de la editorial J.C. Sáez, miraba para todos lados buscando el momento justo para darle un corte a esta larga “audiencia” que don Mario nos estaba regalando.

Pasado el mal rato regreso a mi hogar y me dispongo a leer el volumen en cuestión.

Acá quiero separar texto y dibujos en dos puntos de vista diferentes para enfrentar el análisis y esa es justamente la primera mala noticia. Es absolutamente separable el relato de las ilustraciones en si, esto en virtud de su casi absoluta disociación. Se nota demasiado que faltó un intermediario entre el cuentista y el dibujante, y el resultado final fue: dibujos con texto, mucho texto en vez de una integración entre el dibujo y lo que se quiere contar. El principio básico de cualquier traslación de la literatura a la imagen es que debes dejar de lado las frases, las voces en off y los párrafos para contar la historia básicamente con imágenes y diálogos. No es el caso de BILIS NEGRA, donde los flashbacks relatados, la voz del narrador y un fárrago de textos explicativos dan la sensación de estar leyendo un cuento ilustrado con imágenes de apoyo, retrocediendo décadas en el desarrollo de la relación entre imagen y texto.

Con respecto a la historia en sí, el primer problema es la extensión. Da la impresión que se está queriendo contar demasiado en un espacio reducido, eso también obliga al autor a agregar más textos explicativos que aclaran pero no comprometen con la historia. Aspectos que se repiten a lo largo de todo el relato; como la locura de uno de los protagonistas, por ejemplo; necesitan ser desarrollados, no sólo dichos. Eso redunda en un constante ejercicio de indolencia frente a momentos que deberían ser dramáticos y conmovedores. Es la sensación de un drama contado “por encima” y a la rápida. Nuevamente siento que no hubo mucha cabeza en el traslado de la historia a este formato en particular.

También hay problemas con los arcos argumentales. La historia alcanza su primer clímax en un momento que se percibe claramente inapropiado y culmina cuando la mano siente que restan aún hay bastantes hojas para llegar al final, creando la sensación de que debería ocurrir algo de importancia todavía, cuando sólo resta un largo epílogo que, si se piensa, son páginas que podrían haber sido utilizadas para desarrollar mejor el primer tercio, demasiado concentrado y abrupto. Hay una notoria falta de oficio para crear esa tensión que deriva en lo inevitable, ese momento en los relatos en que se comienza a acumular la tensión que desemboca en los clímax, como explosiones tan esperadas que se vuelven por ello más destructivas. En otras palabras, la historia está llena de eyaculaciones precoces antes siquiera de sacarse los pantalones.
El tema de la teleportación es interesante, pero notoriamente mal desarrollado. Su interés por la deforestación del Amazonas es enternecedor, su defensa de la medicina aborígen es rescatable; en cambio, sus cuestionamientos éticos frente al problema planteado por él mismo, son pobres, fríos e irrelevantes.

Ojalá hicieran una película, estoy seguro que andaría bien si la tomara un buen guionista y Mario Markus se hiciera a un lado para dejarle libre la pista a profesionales.

Acerca del cómic como expresión del dibujo, lo presentado es realmente penoso. Fitomanga es un pésimo dibujante. Lleva 10 años dibujando igual, sin ninguna evolución detectable. La figura humana presenta problemas serios, la perspectiva ni siquiera es un tema para él, el trabajo de plumilla es irregular y recurre al achurado cuando todo dibujante sabe que si no manejas bien ese recurso, debes abstenerte de utilizarlo. Fitomanga habla mucho acerca del Manga, pero la verdad es que su expresión gráfica está más cerca de esa modalidad neutra que utilizan los ilustradores chilenos que trabajan para la Zig-Zag, haciendo viñetas sobre la Guerra del Pacífico o folletos pedagógicos para el Estado. Una especie de estilo setentero francés recalentado. Lo único de manga es el eteeeeeerno diseño de personaje de su protagonista, un rostro que hemos visto mil veces en sus cómics y en series como Captain Tsubasa o Saint Seya, omnipresente como el rostro de Heidi. Es triste ver como, cuando se sale de ese personaje y se ve obligado a inventar otros, la irregularidad se hace presa de su pluma. Es así como tenemos 20 rostros diferentes para el segundo protagonista, Mathias, más gordo, más flaco, más redondito, o con más pómulos. Se nota que no hizo ningún modelsheet (láminas con el detalle de las proporciones y variedad de expresiones para cada personaje) porque la irregularidad es tremenda. Fito, ¡por dios, una regla de oro en el dibujo, y que el manga respeta, dice que hay un ojo de distancia entre los ojos! Aparte de todo, también decir que ningún cómic profesional del planeta es dibujado, entintado y coloreado por la misma persona. Es decir, mal dibujado, mal entintado y mal coloreado, en realidad.
Fitomanga habló mucho en la presentación acerca del aporte del manga al cómic, sin embargo casi nada de esos aportes aparece en su obra. El manga se caracteriza, entre otras cosas, por haber destruido el régimen de viñetas, haciendo del fondo de página un territorio liberado que se interpenetra con mucha soltura plástica. Imágenes del alto de una página completa conviven con viñetas apenas esbozadas, el cielo negro de una viñeta se transforma en el color de fondo donde se recorta otra viñeta blanca, etc. Nada de ello ocurre acá, donde las viñetas son bloques duros y consecutivos apenas tímidamente subvertidos, ocasionalmente, por algún pequeño desborde. Es como cine dirigido por Carlos Pinto, dónde hay dos cámaras y un eterno plano-contraplano de dos personas hablando. Le dicen “falta de recursos”.

Don Mario Markus, que es un viejito que sabrá mucho de física pero de cómic está claro que no sabe nada, de modo que hay que exculparlo de toda responsabilidad, no sabe tampoco que en Chile existe gente como Martín Cáceres o Juan Vásquez, que habrían hecho maravillas con su historia. Pero cuando se para delante de la audiencia y lanza un ingenuo “un amigo me contó que tenía otro amigo que podía dibujar mi historia”, te queda claro que no hubo ninguna búsqueda, ni concurso, ni casting, ni nada, para decidir quién iba a afrontar el desafío. Iba a ser “el amigo de un amigo”. Punto en contra para los amigos de JC Sáez Editor.

Cuando me lo entregaron para reseñarlo, lo recibí con esperanzas, pero cuando vi las primeras tres páginas me asaltó ese fantasma que tanto me persigue. “Está bien para ser chileno”, me decía el cura de pueblo que todo chileno acarrea en su interior, ese alcalde que premia los poemas de un escolar en la plaza y lo aplaude como si se tratara del nuevo Rimbaud. Desgraciadamente estamos tan cerca del resto del mundo que ese espíritu ya no es viable nunca más. El criterio es uno y punto: ¿eres tan bueno como Katsuya Terada, Fitomanga? ¿como Yoshiyuki Sadamoto? ¿como Masakazu Katsura?…¿al menos como la Vicky y la Pepi del gran grupo chileno ACUARELA?… la verdad es que ni cerca.

¿Que hay de bueno en BILIS NEGRA? La historia que contó Mario Markus ese día en el auditorio del Goethe y que ojalá algún día sea tomada por personas expertas que sepan sacarle el provecho que se merece.

¿Qué hay de bueno en este lanzamiento editorial? Sólo el hecho que se haya realizado. Sólo el enorme hecho que JC Sáez Editor se haya atrevido. Mejor ojo la próxima vez.

Jorge Baradit
©2006

El sueño de Hierro

La novela de Normand Spinrad El sueño de hierro (1972) no es sólo una ucronía, sino además una ucronía dentro de una ucronía. Spinrad propone un mundo producto de la divergencia creada por un Adolf Hitler que, tras intervenir un breve periodo en actividades políticas extremistas en Alemania, emigra a Nueva York en 1919.

En la ucronía “principal” que propone la novela, Hitler se convierte en ilustrador de pulps de ciencia-ficción, iniciándose como autor de dicho género en 1935 y llegando incluso a dirigir una revista llamada Storm y a ganar un Hugo póstumo en la convención de 1955 por su novela El señor de la swastika. Esta otra ucronía, que compone el grueso del libro, es la historia de Feric Jaggar, un joven genéticamente puro quien habita una Tierra alterna cuya población ha sufrido los efectos de una guerra termonuclear que ha causado horrendas mutaciones de las cuales la más peligrosa es la representada por los malignos y telepáticos “Doms” de Zin (capaces de coaccionar y someter a los demás seres convirtiéndolos en títeres). La agenda de los Doms incluye la infiltración de la capital de los “hombres verdaderos”, Heldon, y la corrupción del caudal genético de sus ciudadanos.

Feric, al igual que el propio Hitler, ha nacido fuera de la nación que terminará liderando (es hijo de exiliados políticos), y una vez cumplida la mayoría de edad, viaja a Heldon para someterse a las pruebas de pureza racial y así obtener la ciudadanía helder. Apenas Feric arriba al control fronterizo descubre que los funcionarios están bajo el sistema de dominio de un mutante de Zin que permite la entrada de todo tipo de aberraciones genéticas, y al que Feric intenta desenmascarar sin éxito.

Feric volverá más tarde sin embargo, encabezando una muchedumbre de hombres verdaderos que rescatará a los oficiales fronterizos eliminando al Dom. A partir de este punto Feric, convencido que el triunfo de Heldon, la pureza genética y la verdadera humanidad se han fundido con su destino personal, inicia una meteórica carrera política que le llevara, tras hacerse del mítico Gran Garrotte de Held, a convertirse en el Comandante Supremo de Heldon y a declararle la guerra a los mutantes. Al mando de sus ejércitos Feric llegará hasta la capital misma de Zin, destruyéndola por completo antes que un Dom sobreviviente detone el arma definitiva de los “antiguos” que en cuestión de minutos envía al aire millones de toneladas de polvo radiactivo. Las matrices de tus preciosas mujeres de sangre pura sólo producirán enanos jorobados, caras de loro, pieles azules y docenas de nueva mutaciones, quizá incluso nuestra propia especie, sentencia el anciano Dom antes de ser destrozado por el Gran Garrote de Helm (este vil ataque de los Doms no será un contratiempo para Feric por supuesto).

El señor de la swastika está escrita en el mismo tono que un panfleto propagandístico fanático. Feric Jaggar es prácticamente invencible, un übermensch cuyos enemigos están descritos con una vileza tal, que justifica todas las atrocidades contra ellos cometidas en nombre de la humanidad “verdadera.”

Al final de El sueño de hierro nos es posible conocer algunos aspectos del mundo alternativo en que El señor de la swastika fue escrita, esto gracias al comentario de un tal Horace Whipple que ridiculiza la obra de Hitler, un libro, según él, pletórico de obsesiones fálicas, fetichismo, y homosexualidad, …escrito en seis semanas por un escritor de pulps que nunca demostró talento literario, y que bien pudo haber escrito el libro mientras sufría los primeros síntomas de una paresia.

La lectura del comentario de Whipple nos muestra los alcances, más allá del mundillo literario de la ciencia ficción de la edad de oro, de una Tierra donde Hitler nunca lideró el partido nazi. En esta versión alterna de nuestro mundo la Gran Unión Soviética ha alcanzado niveles de antisemitismo tan atroces como los de la Alemania nazi (pereciendo cinco millones de judíos en la ultima década), además de dominar Eurasia, la mayor parte de África y las republicas sudamericanas, alzándose sólo Japón y Estados Unidos como últimos bastiones de la libertad, en un mundo que parece destinado a perecer bajo la marea roja. Whipple, basado en ciertos indicios que señalaban que el incipiente partido nazi de su mundo habría sido antisemita, especula que los Dominantes de Zin tal vez simbolizaran a los judíos de no ser por que evidentemente son una alegoría de la Unión Soviética, a raíz de esto Whipple se muestra desconcertado con respecto a los mutantes que infestan El señor de la swastika, no encontrando paralelo alguno para ellos con la realidad contemporánea. Esta incapacidad de extrapolación, dada por el contexto histórico de la realidad divergente de El sueño de hierro, hace que Whipple además, considere altamente inverosímil el surgimiento de un ser como el protagonista de la obra de Hitler, y más aún, la idea que una nación se arrojara a sus pies …por obra de manifestaciones multitudinarias de fetichismo publico, de orgías de estridente simbolismo fálico, y de asambleas de oratoria histérica adornadas con antorchas. Un personaje como Feric Jaggar, concluye Whipple, podría ofrecer un liderazgo férreo a una nación, pero a un alto precio, podríamos ganar el mundo, pero perderíamos nuestras almas.

© 2006, Sergio Alejandro Amira

Título: El Sueño de Hierro.
Autor: Norman Spinrad
Título original : The Iron Dream (1972)
Traducción: Aníbal Leal
Portada: Manuel Calderón
Precio: 15.95 euros
Páginas: 270
ISBN: 84-96013-25-1

El virus de la evolución: Los niños de Darwin de Greg Bear

por A. César Osses

“Cada cientos de miles de años, la evolución, normalmente lenta, da varios saltos hacia delante” es una paráfrasis de la frase con que Patrick Stewart, interpretando al Profesor X, abre la serie X-Men. Según ese triste argumento, el siguiente paso en la evolución humana nos dejará mutados en una serie de Kurts, Scotts, Hanks, Rémys, Erics, Jeans, Susans, Reeds, Johnnys, Bens u Ororos. O lo que es lo mismo, la evolución nos transformará en perfectas máquinas de ataque, dotándonos de capacidades aún mayores para combatir; claro que esta vez las armas vendrán incorporadas, y ya no tendremos que construirlas nosotros mismos.
Por suerte, según Greg Bear, la evolución del ser humano irá por otro lado. Hace un tiempo este autor escribió La Radio de Darwin, novela que trata la aparición entre nosotros de una hipotética evolución de la especie humana. En ella describe su particular forma de producirse, desde un punto de vista antropológico, como una posibilidad científica.

Lamentablemente, no fue éste el libro que cayó en mis manos; el que lo hizo fue su secuela, Los Niños de Darwin. Imagino, por lo que logro entender al leerlo, que la nueva especie aparece gracias a la activación de un retrovirus latente, que introduce en nuestro genoma la información que permitirá la llegada al mundo de los niños de la nueva especie.

La estructura del libro es lo que ha dado por llamar historia coral, aplicada en la narrativa cinematográfica con resultados diversos; a veces es forma de una historia donde al final convergen los protagonistas en un único clímax, mientras que otras, más que lograr un mosaico, la historia queda convertida en un collage disparejo e inconstante.

A veces fragmentar la historia sirve para capturar al espectador, creando un ambiente de tensión que logra mantener el interés. Otras, el collage es tan confuso y se presentan muchos personajes en situaciones tan diferentes que se requiere del lector un poder de concentración por sobre el promedio para poder seguir el desarrollo de las historias individuales, puesto que los personajes además de tener historias separadas, influyen sobre otros con sus acciones.

Sin llegar a ser tan extremo, aunque Los Niños es una suerte de historia coral con diferentes ángulos de la misma situación y sin personajes en exceso, desde mi punto de vista adolece de una notable falta de tacto para con el lector. Por razones que explicaré a continuación, opino que hace falta leer primero La Radio de Darwin para poder seguir esta narración sin distractores innecesarios.

Ciertos personajes adolecen de poca profundidad, lo que me hace sospechar que son personajes importados desde La Radio, hecho que juega en contra de la claridad del relato, ya que se ignoran sus motivaciones escaseando las descripciones de sus personalidades, quedando algunos de ellos transformado en meros personajes de telenovela venezolana.

Las referencias a situaciones anteriores, que pueden ser importantes para la historia, son constantes, dejando muchos detalles en el limbo, transformando así una novela que podría tener al lector ocupado en asimilar las ideas en un texto que deja intrigado al lector mediante el recurso de volver tácita la información faltante u omitiendo información importante.

En vez de crear y mantener el suspenso, Bear se dedica principalmente a crear y mantener espera; espera de que se presente el siguiente fragmento del episodio. El equivalente de los cortes en los episodios son los cortes que hacen los canales de televisión para insertar comerciales al transmitir películas en prime time: absolutamente irritantes y sin razón aparente.
Bear no mantiene una estructura relativamente ordenada en su novela, a pesar de que la narrativa es lineal y el universo de personajes no es sumamente extendido ni complicado. Los capítulos pocas veces abarcan un episodio: por lo general un episodio, relativamente corto y sencillo, es fraccionado en varios capítulos. Hay capítulos que duran un único párrafo, continuando con el episodio en tres o cuatro capítulos más, no permitiendo al lector profundizar demasiado en las situaciones que se van presentando.

En Los Niños, Bear no ahonda en muchos detalles de lo que debe haber tratado en extenso en La Radio, sino que describe detalladamente la reacción de la especie predominante ante la aparición de una nueva, presumiblemente la sucesora del homo sapiens sapiens sobre la Tierra. Nuestra sucesora.

La interrogante que Bear trata de aclarar en este libro es ¿cómo será la evolución del Homo Sapiens? ¿Y cómo la aceptará éste? Claramente la inspiración para esta evolución no provino de Lee o Kirby, y por suerte la especie que nos seguirá en el planeta no tendrá poderes para el combate, sino que extenderá nuestras limitadas capacidades sensoriales.

Por ejemplo, nuestro olfato es un sentido superado por los restantes cuatro, con cierta ventaja. Tal vez, como ya sugiriera Patrick Süskind desde un punto de vista diferente en El Perfume, un olfato más desarrollado podría permitirnos un mayor entendimiento de nuestro hábitat; podríamos dejar de ser parásitos y convertirnos en simbiontes de nuestro planeta.
Se ha dicho hasta el hastío que somos la especie dominante, que hemos aprendido a extender nuestras vidas más allá de lo que la naturaleza considera un límite prudente, que somos la única especie que deteriora su hábitat y que mata por deporte. Una de las frases cliché más manidas de los últimos años tiene relación con la herencia que dejaremos a nuestra descendencia: el planeta, y el estado en que lo entregaremos.

Nuestra evolución es descubierta por casualidad por un científico y confundida con una epidemia; el causante sería el virus llamado Shiver, y los afectados, los nonatos. Con el tiempo los niños del virus crecen, y también los temores de la sociedad Sapiens al contagio con Shiver. Nuestra reacción especial es contener el contagio, o la evolución, en campos de concentración.

Claro, no hay dictadura militar o Reich en este caso, sino miedo a nuestra extinción como especie ante la más avanzada de humanos shevitas. Ellos poseen nuestras capacidades entre muchas otras, especialmente relacionadas con las feromonas y las expresiones faciales y vocales. Toda esta gama extendida de posibilidades de comunicación permite a los shevitas una integración social sin equivalentes entre nosotros, relegando a la inexistencia conceptos que nos son indispensables, como la privacidad.

La sociedad shiver, que ciertamente tomará nuestro lugar en la Tierra, al momento de cerrar Los Niños promete ser más pacífica que la sapiens debido a su particular forma de relacionarse con sus pares y con el entorno, gracias al conocimiento y entendimiento casi tácitos de los otros seres vivos.

El mensaje final que puede cosecharse después de leer Los Niños de Darwin no deja de ser un mensaje esperanzador: si nuestros sucesores sobre el planeta llegaran a ser homo shiver, aún quedarían esperanzas para la viabilidad de Gaia. O bien la moraleja podría ser: para que el planeta sobreviva es necesario que nos extingamos. Ustedes elijan.

por A. César Osses

La Conjura de los portátiles

por Miguel Arenas

En esta nota confluyen dos acontecimientos: el libro Historia Abreviada de la Literatura Portátil de Enrique Vila-Matas, un escritor que me ha sorprendido a través de las obras que he leído de él; y por otro lado la enfermante necesidad de crear grupos, movimientos, escenas, etc. en las cuales se concentren todos nuestros proto-valores e intenciones estéticas. Éste es un modelo arrancado del libro de Vila-Matas que habla de los “shandys”, grupo secreto, suicida y volátil en el cual se encontraban las personalidades más interesantes de la década del ‘20-‘30 (Duchamp, Scott Fitzgerald, Benjamin, Vallejo, Georgia O’Keffe, Crowley, Tzara, etc.). Como todo grupo tiene sus premisas, su mujer fatal, que desata los bajos instintos de los participantes y por ende los conflictos, y su traidor, que mediante un acto simbólico devela la existencia de la sociedad secreta y por ende causa su disolución.

Marcel Duchamp “Boîte-en-valise” 1934-41

Historia Abreviada de la Literatura Portátil nos muestra como el azar o sincronía de sucesos, ideas y personajes permiten crear movimientos estético-literario-revolucionarios a partir de la obra de Duchamp, Boîte-en-valise, en la cual este artista crea una maleta y reducciones de todas sus obras para que fuera fácil de transportar. Éste es el artefacto por excelencia de la “literatura portátil” a la que hace referencia Vila-Matas. Las premisas fundamentales de este grupo secreto se pueden enumerar así:

• Exigir un alto grado de locura de sus participantes

• Toda la obra de los participantes debía ser liviana y transportable en una maleta (portátil)

• Funcionar como una máquina soltera.

Luego existían rasgos secundarios, cito: “…espíritu innovador, sexualidad extrema, ausencia de grandes propósitos, nomadismo infatigable, tensa convivencia con la figura del doble, simpatía por la negritud, cultivar el arte de la insolencia”. Como vemos, muchos de estos elementos juegan constantemente en la constitución de diversos grupos avantgarde hasta el día de hoy (de hecho, en mi historia personal se han confabulado a favor y en contra mío más de alguna vez). Luego se relatan una serie de personajes y acontecimientos notables, que dejaré a vosotros descubrir ya que mi idea no es contar el libro o la película según sea el caso.

Georgia O’Keefe (pintora), la Femme Fatale de los “shandys”

Dentro de la mecánica de los grupos secretos está por lo general convocar solamente presencia masculina en sus inicios, para luego ceder e involucrar a las féminas de turnos. Y he aquí el primer acto que anuncia la debacle (no soy misógino, atrás feministas, ahora me explayo). La inclusión de una mujer en estos grupos, generalmente compuestos por personajes fuera de la normalidad adquiere los siguientes rasgos: una mujer que deslumbra por su inteligencia o sensibilidad, con un magnetismo digno de una descendiente de Lilith y no la parquedad de las de Eva, y varios enamorados a ultranza dentro de las filas del grupo. Ello generalmente desemboca en un suicido ya sea de facto o simbólico y enemistades varias. No me extiendo más, aún no cicatrizan mis heridas.

Aleister Crowley – El traidor y develador de la Sociedad Secreta

Por último, estas sociedades son de corto aliento pero de un impacto profundo. La esencia radica en el carácter críptico fuera de alcance para el resto de los mortales. Y aquí asoma la figura del traidor, quien hace visible lo que debiera permanecer oculto. En el caso del movimiento portátil fue el maléfico (¿mucho, no?) Aleister Crowley, satanista, mago y practicante de todo tipo de artes ocultas, quien develó la existencia de la sociedad secreta de los “Shandys” en un capítulo digno del grupo.

Me quiero detener un poco en la figura del traidor. Nosotros, como seres modernos, hemos conocido la palabra especialmente por una connotación militar y patriotera; por el contrario, yo considero la figura relevante para que el movimiento o secta, como quieran llamarlos, adquiera un valor histórico mayor. Allí se instaura la idea de mito, la mitificación del grupo. Como ejemplo basta ver Jesús y sus doce apóstoles, sociedad secreta que a partir de la figura del traidor es capaz de instaurar un mito religioso, que todos sabemos hasta donde llegó.

Bien; me he extendido demasiado. No escribí casi nada de Vila-Matas, que era mi idea primaria, un escritor que escribe literatura desde la literatura y para literatos.

por Miguel Arenas

Cyber & Porno (Notas sobre “Ygdrasil” de Jorge Baradit)

Por Álvaro Bisama

  1. Leer a Baradit como el opuesto a Hugo Correa: el autor de una space opera que tiene demasiada sangre, sudor y mierda como para ser amable o complaciente con el género.
  2. Extraído de la solapa pero insertado here and now: "Baradit escribe una cruza mutante entre José Donoso, Chris Carter y Clive Barker. O Sade mezclado con Chihuailaf. Y su novela tiene todo lo que debería tener la raquítica literatura fantástica chilena, cosas que no ha conseguido narrar casi nunca: riesgo argumental, una tragedia cósmica, fantasmas low fi, monstruos sadomasoquistas, sexo duro, delirante tecnología de avanzada, extraterrestres interdimensionales y una protagonista todo terreno dispuesta a dar y recibir dolor en singulares y retorcidas formas".
  3. Masoquismo: en cierto modo Mariana, la heroína, me recuerda a los héroes de los cómics de Frank Miller. Su relación con el dolor es trascendente, terrible e inevitable. No deja de ser un detalle accesorio. "Ygdrasil" no es una novela didáctica. Mariana mutila, mata y sangra a niveles que son escalofriantes y además, cósmicos.
  4. "Ygdrasil" como una puerta a la literatura de género fantástico que no se había abierto hace años. Lo que vemos: una fiesta en un sótano lleno de pervertidos con ganchos afilados en las manos.
  5. "Ygdrasil" como una obra desoladoramente pop: los ecos de la cultura contemporánea exhibidos como desecho, como juguetes sexuales, como las herramientas del torturador.
  6. Si "Ygdrasil" radiografía lo que se cuece en el fandom hay que alegrarse o asustarse por lo que traiga en el futuro.
  7. Baradit hace que nos despidamos de cierto realismo costumbrista del mismo modo que la Ripley lanza a algún alien al vacío. Con una patada en el culo. En llamas.
  8. El damnificado: Darío Oses, que había explorado en el cyberpunk y en la ci/fi de especulación política. "2010: Chile en llamas" y "El virus Baco" son obras menores para adolescentes hijos de hippie a los que no los dejan comer en el McDonald.
  9. Me gustaría ver lo que hace Baradit si se pone a escribir sobre Harry Potter.
  10. Baradit + Donoso: cierta cercanía cósmica. Monstruos sin lengua. Los agujeros cosidos del cuerpo. El horror.
  11. Mariana debería tener una historieta. La debería dibujar Jae Lee. O Themo Lobos.
  12. No sé por qué, pero "Ygdrasil" me recuerda a "Campo de concentración" de Thomas Disch: una trama que se vuelve cada vez más gruesa, que se convierte en otra cosa, que crece hasta desfigurarse de modo irremediable. En cierto modo, Baradit ha escrito dos novelas: en la primera, una heroína vence diversos y extraños obstáculos. En la segunda, la que más me gusta, la novela lentamente cambia el tono: pasa de ser puro cyberpunk para convertirse en otra cosa, para crear propias reglas con las que jugar y vencer y sorprender al lector.
  13. Me gustaría ver cómo funciona "Ygdrasil" en un traducción: cómo la prosa condensada de Jorge Baradit se adapta al inglés. Ese no es un tema menor. Nos criamos leyendo ci/fi traducida: eso nos dotó de acentos, tonos, velocidades. De formas de enfrentar, leyendo y escribiendo, ciertos relatos. "Ygdrasil", en un nivel más profundo tiene que ver con esa metalectura: la búsqueda de una lengua para el género, algo que en cierto modo es lo más complicado. Argentinos como Elvio Gandolfo, Borges & Bioy, Piglia, Oesterheld, el uruguayo Levrero, lo han resuelto más o menos bien. La escritura de Baradit trabaja en ese punto y se explota desde ahí. Marca un modo lector. Un sistema de escritura. Señala un método. La novela es en cierto modo la respuesta, la forma de solucionar el enigma, un modo de leer diversos referentes y apropiarse de ellos para superarlos, para inventarlos de nuevo.
  14. Ah: Ciberpunk & Porno. Nada mejor.

Por Álvaro Bisama

Crónica personal acerca del árbol de la vida

por A. César Osses

Esto ha sido un poco vertiginoso: de pronto surge este novel escritor a quien siempre vi entre los colaboradores de TauZero, desde antes que me animara a escribir una que otra cosa para el e-zine, causando revuelo y apareciendo en distintas páginas de diferentes diarios y revistas. Lo conocí hace tiempo, en una casa en Ñunoa [Santiago], en el marco de una reunión para divertirse, y no trabajar, del equipo de TauZero. En ese momento no supe bien de quién se trataba, y para ser honesto, no retuve su nombre. En realidad no retuve el nombre de nadie: era cerca de la medianoche de un viernes, y para el momento en que me fui, robándome a Rodrigo, que era quién me había llevado para allá, a las tres de la mañana, mi cerebro y sus cortezas estaban funcionando a base de fuerza de voluntad.

Desde entonces no volví a ver o saber de Baradit más allá de ver su nombre en TauZero de vez en cuando, o en el sitio web de Tau, más recientemente. Siempre lo recordaré como el muchacho (a pesar de su edad, es un muchacho; no se me malinteprete, Jorge no es tampoco un patriarca) que en el momento que me iba desde esa casa que no sabría cómo volver a ubicar, estaba diciendo algo sobre amebas a la anfitrona, una tímida y poco convencida escritora potencial. Se lo comenté después a Rodrigo y me dijo así habla él, lo que entonces me pareció raro o extravagante, y hoy, un día después de terminar de leer su novela, me parece absolutamente comprensible.

Hace poco, por comentarios de Rodrigo, supe que Baradit le había dado el palo al gato al publicar su primera novela. Los muchachos de TauZero, en especial Rodrigo están exultantes de entusiasmo por el logro de Jorge, tanto que se palpa y se me ha contagiado, en la medida en que un intercambio de mails y algunas llamadas telefónicas pueden hacerlo. Es por eso que aquí estoy, algunos días antes del lanzamiento oficial en un evento multitudinario de la primera novela de Jorge Baradit, publicada por Ediciones B en la colección Nova, escribiendo lo que se me venga a la mente en relación a la novela a la que se dedica este especial.

Cabe destacar que Jorge Baradit se ha anotado de una vez varios hitos en el terreno de la ciencia ficción chilena, que no va al caso enumerarlos, tal vez porque en esta edición especial de TauZero van a enumerarse hasta la saturación, y porque por otro lado, no creo que sea capaz de recitarlos de memoria. Para lo que interesa. En esta nota lo que importa es tratar de hacer una pequeña crónica de cómo llega la primogénita de Baradit a mis manos, y mi experiencia con ella.

Cuando Rodrigo me comentó que estaba ad portas la publicación de Ygdrasil, la primera novela de Jorge Baradit, el nombre me fue familiar. Claro, en algún comic del Hellboy de Mignola se mencionaba Yggdrasil (nótese la duplicidad de la letra g) como el árbol de la vida, elemento central en una de las aventuras de este héroe colorado y de cuernos limados. Asimilé esta noción y la deje en stand-by. Por el nombre me imaginaba una fantasía con sables, armaduras y magia (una suerte de dragonada), y aunque no estaba en los hechos muy lejos de la verdad, en la forma estaba, por decirlo amablemente, un poquillo perdido.

Cuando por el foro se da la noticia de que se publica Ygdrasil y que está disponible en la librería, yo, curioso, pregunto “¿de qué se trata?”. Me responde Rodrigo, diciéndome algo como que “es un ciberpunk chamánico esotérico, o, en una palabra, una baraditada (sic)” y dejándome igual que cuando se termina de bailar la cueca: ahí mismo. Como Ygdrasil se publicó por entregas en TauZero, parcialmente, dudo que Rodrigo no supiera lo suficiente como para hacer una descripción en forma de nanocuento de la trama de esta novela.

Ante todo le recalqué que una baraditada no me decía absolutamente nada, a diferencia de otros escritores de trayectoria, como podría ser una philipkdickada, gibsonada, asimovada, stephenkingada, jrrtolkienada, jkrowlingsada, o una vargasllosada, garcíamarquezada, lemebelada, cortazarada, bolañada. Claro, Jorge Baradit recién publica su primera novela, mientras los otros… algunos se han podido dar el gusto de publicar póstumamente, mientras que Baradit tiene sus mejores años y novelas por delante. No me cabe duda de que a futuro bastará con decir que tal o cual novela es una baraditada para tener en claro de qué trata, y saber de quién tomó la influencia el autor.

En mi caso, al aclarar el punto anterior se me recomienda amablemente revisar los archivos de TauZero para imbuirme de los significados asociados a tan sorprendente género literario. La verdad es que me dio flojera hacerlo, y en mi primera visita a una librería me vi buscando Ygdrasil por los estantes, como quien no quiere la cosa. Ya conocía la portada: un fondo café con dos Y rojas superpuestas y desfasadas en 180°. Entonces fue cuando la vi y al girar la solapa reconocí a Jorge y pude asociar nombre con rostro: Nice to meet you, nuevamente. De ahí a dirigirse a la caja con la mano en el bolsillo hubo un paso, y mi sorpresa (grata) afloró al recibir el precio. Hombre, esto está muy conveniente, pensé.

En un país donde la lectura no es fomentada mayormente y a través de un círculo vicioso los precios se vuelven prohibitivos, un libro que sin ser barato es accesible a un espectro mayor de lectores en potencia se transforma en un respiro de aire fresco, siendo a la vez un parcial disuasivo a la falsificación. Vale la pena la inversión: la calidad de la edición es coherente con los otros libros publicados por Editorial B, lo que por lo menos garantiza un elevado número de lecturas antes de terminar con las hojas en la mano o la cubierta mellada. Las páginas alcanzarán a superar la década antes de ponerse amarillas, imagino, y las letras no se borrarán a causa de la fricción.

La contraportada tiene citas de dos personas que no alcanzo a imaginar el mérito que tienen para poner sus palabras ahí, en una zona que en lo personal, cuando tiene texto entre comillas, se transforma automáticamente en el análogo de la nota de cata de los vinos: pierde interés. De todas maneras leí las genuflexiones entrecomilladas, que me produjeron el mismo efecto que el de una nota de cata: me dejaron total y absolutamente indiferente y desinformado respecto del contenido.

Después de todo tendría que leer Ygdrasil para saber de qué trataba, que en el fondo es lo que cualquier lector ávido debe hacer con un libro. Cuando abrí el libro a lo más sabía que se trataba de ciencia ficción. No sabía si era hard o no, no sabía si era una space opera o un policial ciberpunk, o si era una digresión acerca de quiénes somos y hacia dónde vamos, si una complicada metáfora acerca de la existencia de dios, con minúscula. Me lancé a la piscina sin antes probar el agua con el dedo gordo del pie izquierdo, sin comprobar los niveles tampoco.

Después de leer la novela, siento decepcionar: no he renacido, ni tampoco ha cambiado mi visión del mundo, ni soy un ser humano diferente ni tampoco he visto mis creencias tambalearse, mi líbido no sufrió ninguna variación ni he perdido más peso. Me liberé de sus hojas, lo que es diferente. Tal vez en un principio me costó entrar, y pudo ser circunstancial ya que empecé a leerla viajando en tren. Pero cuando me capturó, me dejó pensando y cuando me alejaba del libro, siempre tenía ganas de regresar. Prueba de ello es que me tomó 4 días en leerme el 90% restante de la novela, en semana laboral, pasando casi 12 horas fuera de casa, restándole tiempo al merecido sueño. Y sin llevármela al trabajo.

Se nota con bastante claridad la influencia de William Gibson en los pasajes oníricos, la claridad justa de las descripciones que obligan al lector a activar y operar bajo sobrecarga su coprocesador imaginativo. Para ser una novela de ciencia ficción no-hard, me resultó extraño no encontrar ningún Smith o James o Roberts. Suena extraño un relato de ciencia ficción entre cuyos personajes haya un ona, o que suceda en Latinoamérica y el Caribe. En la novela se mencionan invunches, lautaros, chamanes, fantasmas, mexicanos, tontos, médiums y políticos corruptos. A pesar de (o tal vez precisamente debido a) ello es que el relato entretiene. Nunca supe qué clase de carta tenía el autor bajo la manga al dar vuelta la página.

Si algo puede caracterizar Ygdrasil es el exceso. Las descripciones de muchas de las escenas rayan en la brutalidad, en el más absoluto y puro gore, el sadismo y el snuff. Es como inspirarse en “lo que pasó con la tripulación del Event Horizon en la otra dimensión” y Urutsukidoji para crear todas las sofisticadas formas de tortura y mutilación descritas. Si alguien quisiera llevar Ygdrasil al cine, el guionista encargado de la adaptación debiera prepararse sicológicamente para la tarea asesorado por profesionales, y los productores encargar un gran suministro adicional de sangre artificial, para hacer una buena adaptación, por lo menos. Y medio Fort Knox para sobornar a todos los entes calificadores del planeta, claro está.

A pesar de lo barroco y sanguinolento de las impactantes descripciones, lo excesivo de algunos pasajes, de la multitud de dobleces irreales a las leyes físicas y biológicas que las vuelven completamente desconocidas e insalubres, la novela primogénita de Baradit entretiene y captura al lector arrastrándolo en un viaje por lugares que no existen, no pueden o no deberían existir, y no se excede con evidentes citas oscuras y misteriosas referencias que terminan por desorientar y confundir, transformado un relato en un texto que busca hacer patente la inmensa erudición del autor frente a la supina ignorancia del lector.

Los abismos a los que Baradit expone inmisericordemente al lector de Ygdrasil tienen un aire familiar, un aroma a tacos, a empanadas, a mojitos, a tiple y charango, a sikus y pifilcas, a batá y kultrum. Amante de la palabra imposible, Baradit no tiene muy claro el concepto de dicho vocablo, y ahí está: ha publicado una novela de ciencia ficción latinoamericana, con una clara identidad, poseedora de una impronta que la distingue frente a otras novelas de CF que con el tiempo han ido pasando por mis manos.

011105 (addendum)

Asistí ayer al lanzamiento de Ygdrasil en la Feria Chilena del Libro, llevada a cabo en Santiago. Un hermoso día me permitió gozar con todos mis sentidos de la belleza femenina que merodeaba entre los estantes, buscando algo para leer. Objetivamente puedo decir que la Feria, a pesar de la impresionante cantidad de textos expuestos, sólo contaba con un reducido número de textos de CF, y entre ellos, el más original es Ygdrasil.

Jorge Baradit tuvo la deferencia de autografiar mis copias, después de un día propenso al síndrome de túnel carpiano dado el inmenso número de dedicatorias y firmas, todas ellas realizadas con pulcritud, dedicación, y por qué no decirlo, creo que hasta con placer. No tiene Baradit el talento de otros escritores de fama y renombre, que garrapatean asqueados algo más parecido a una receta escrita por un médico (por lo ilegible) para firmar la mayor cantidad de libros en el menor tiempo posible, sino que se daba el tiempo para producir texto manuscrito personalizado y claramente legible. Aunque Baradit haya firmado algunas copias – dicen – con su propia sangre, el resto las firmó con el corazón. (Si me permiten la licencia: de haber firmado con su sangre habría llegado a la anemia antes de la presentación.)

En la presentación habló la editora de Ediciones B, dos personas con cierto arrastre mediático, y el autor. La frase más repetida por la editora y el duo mediático-publicitario: “lanzarse a la piscina con Ygdrasil”. Concuerdo plenamente con el cliché, ya que desde el momento en que tuve el libro en mis manos la sensación fue la misma. Si para los editores, que ven el provecho comercial antes que otros méritos, fue una movida arriesgada, los lectores también corremos el mismo riesgo ya que desde las páginas acecha un texto original y malvado, listo para devorar a quien se atreva con él. A estas alturas, y después de ver en la caja de Ediciones B una cola de personas con la novela en sus manos, Ygdrasil debe estar masticando plácidamente varios lectores lo suficientemente valientes o incautos como para lanzarse a las fauces abiertas de la primogénita de Baradit.

Finalmente, lo que todos esperábamos (y por todos entiéndase todos los que alcanzamos a caber dentro de la sala destinada al efecto; algunos debieron oírla desde el pasillo): la presentación en sociedad de Ygdrasil y el speech de Baradit. Un contingente importante de bilbliófilos, frikis de la CF, admiradores de la editora de Ed. B, seguidores incondicionales de Baradit y uno que otro curioso o despistado que no tenía idea de dónde se metía guardaron respetuoso silencio mientras el autor hablaba. A ratos Hikaru, pequeño sobrino del autor, amenizaba la charla, de por sí amena, que como correspondía dejó reducidas a meras intrascendencias las intervenciones anteriores.

Baradit habló de Latinoamérica como un crisol, una cazuela sobre el fuego, con todos los ingredientes pero a medio cocer. Habló de no ser inventor de nada, declarándose culpable de magnificar con la lupa de su pluma y una “mente algo trastornada” lo que tenemos cotidianamente entre nosotros, y que por tenerlo a diario en portadas hemos dejado de verlo. Habló de la capacidad que todos tenemos de crear, de hacernos “estallar la cabeza” con ideas, de transformarnos en “úteros que parimos mundos”. (Unos asientos más allá, Rodrigo tomaba nota de las frases para el bronce grafitteando frenéticamente la pantalla de su handheld, mientras que desde atrás los flashes amateur inmortalizaban mil veces el cuarteto presidido por la estrella del momento.)

Espero (y tal vez me acompañen en el sentimiento otros ávidos lectores de CF) que, siguiendo los pasos de Baradit e Ygdrasil, las editoriales se atrevan a publicar a los escritores nacionales que ya son conocidos por un reducido grupo de lectores en el mundo (aún) under de la CF chilena e ignorados por todo el medio literario que se dedica a comercializar libros de autoayuda, de parrilla chilena (como si fuera mucha la ciencia de tirar un pedazo de carne con sal a una parrilla) y novelitas románticas con regusto dulzón a perfume de bisabuela, escritores a los que el autor se refirió como “próceres y mártires” de la CF chilena, hoy en pañales cuando hace tiempo que debe, y puede, vestir ropas de adulto.

por A. César Osses