Tunguska 05


Llegado desde las frías entrañas de la galaxia, el visitante penetró el corazón soviético como la lanza el costado de cristo. Taladró corteza, manto, núcleo y manto de nuevo, surgiendo en el lado opuesto del planeta, cientos de metros bajo las olas del Pacífico, como un gusano que sale de una manzana.
Si en ese instante un hombre hubiese sumergido un telescopio en el mar y observado ls profundidades, tal vez hubiese visto el cielo ardiendo sobre las estepas de Rusia, así de perfecto era el agujero excavado por el invasor. Pero la sangre de la tierra y las heladas aguas del océano llenaron enseguida el pozo sin fondo, borrando el rastro y la trayectoria.
Y de todas formas, si un navegante curioso hubiese mirado hacia el abismo, el abismo le habría devuelto la mirada, enloqueciéndolo al instante.
Los bosques de Tunguska aún ardían furiosamente cuando las últimas burbujas llegaron a la superficie del Pacífico, liberando a la atmósfera el fétido aliento del recién llegado.
El ser, cansado tras su largo viaje por el vacío estelar, cerró los ojos gigantescos y soñó con la destrucción que un día causaría.
Sus terribles ronquidos aún resuenan en R’lyeh.

autor: Guayec Perdomo

Tunguska 04


¿Te acuerdas cuando llego? ¿Hace 99 años ya? Tu estuviste conmigo ahi en Tunguska. ¿Te acuerdas cuantas tropas tuvo que mandar el Zar solo para contenerlos? Fue su sentencia de muerte. Tres divisiones del ejercito perdidas combatiendo a un grupo que no superaria un batallon. Y era el reconocimiento solamente. Y fuimos pocos los que logramos salir vivos. Y ninguno de nosotros ha envejecido un solo dia. Y esa cosa nos cambio tambien. Jamas tuvimos que adentrarnos en ella.
¿Te acuerdas lo facil que era conseguir mujeres despues de Tunguska? ¿Y cuando Nikita despues se metio en problemas con los rojos y fue mandado al paredon, nadie disparo? Ahi nos dimos cuenta de lo que en verdad eramos capaces. Todavia pareces lamentar la eleccion, aunque sabes que es la unica forma de estar a su altura. Si, hemos estado solos. Hemos cometido atrocidades:
¿Crees que la batalla de Paschendale la planee yo?
Fueron los generales quienes decidieron esa masacre.
¿Quien iba a pensar que ese cabo veterano de Verdun ocuparia la guerra que con tanta delicadeza ingeniamos para aniquilar poblaciones enteras?
Y pese a todo los alemanes no nos decepcionaron. Crearon nuevas tecnologias necesarias. Y el descubrimiento de la bomba fue algo prematuro, pero nos sirvio. Cuando vuelvan quizas se sorprendan con los destellos atomicos.

Quizas cuestiones mis metodos, pero dejame recordarte lo que tu has hecho:
Ese gobierno en Sudamerica por ejemplo, el del medico que nos descubrio y al que tuvimos que eliminar. No lo justifiques con los avances militares que hizo su sucesor, sabes bien que son irrelevantes. Fue una irresponsabilidad tuya. Desde la simulacion que hicimos en Vietnam hace algunas decadas que no has tenido ideas buenas. Aunque reconozco que nos ha servido bastante para mostrarle a los hombres que tacticas ocupar.
Nikita ha hecho bien. Supo que, a pesar de todo lo que hemos hecho avanzar a los hombres, la guerra seguiria siendo asimetrica. Y un «ejercicio» como el de Vietnam entre superpotencias no nos seria util. Asi que tuvo que eliminar a la URSS y lanzar a EE.UU. contra paises tercer mundistas. Deberias seguir su ejemplo. No deberia resultarte dificil hacer que EE.UU. ataque a Iran ahora.

Lo que te trato de decir es que, a pesar de lo que podemos hacer, seguimos siendo humanos y nos podemos equivocar.
Aun asi queda poco tiempo: El 2012 llega la fuerza principal. Y esta vez no va a ser solo uno como en 1908. Tu estuviste ahi, asi que no necesito explicarte el potencial que tienen ellos a la hora de pelear. Pero ahora sabremos como combatirlos, tendremos una oportunidad. Tunguska no puede repetirse de nuevo.

por Lucas Rodillo (Zerstorer)

Tunguska 03 (génesis del Dr. Siberia)

El Instituto Cartográfico me había enviado a aquel lugar remoto. Recién amanecía. Ocurrió mientras estudiaba unas irregularidades topográficas del bosque. Estaba a punto de dejar mis tareas para desayunar cuando un estruendo sónico sacudió el cielo. Alcé la mirada. Un objeto luminoso, tremendo, holocáustico, se precipitaba hacia mí… Su intensidad oscurece el firmamento. Luz. Terrible luz. Me disuelve. Me llena de energía…

Imagen: Dr. Manhattan, D. Gibbons

Tunguska 02


«La policía secreta rusa detuvo a tres jóvenes alemanes que tras ser duramente interrogados, declararon pertenecer a la ONT (Ordo novo templi), organización ariosofista fundada por Lanz Von Liebenfels. En su poder se encontraron mapas detallados del lugar exacto donde hace un par de semanas se produjo el violento estallido en Tunguska. Cuando Helmut Kohn y Franz Sleichemacher fueron llevados a las prisiones colectivas de Siberia, se encontraron en su interior con tres soldados norteamericanos, una mujer zapoteca de origen mexicano, cuatro lamas tibetanos, dos niños japoneses ciegos, y tres iraquíes sunitas. Todos habían sido atraídos a la zona por diferentes razones.
Entre las rejas exteriores de la prisión, Franz alcanzó a ver camiones llevando extraños aparatos, gramófonos gigantes y una descomunal pizarra con cuadros de colores abatibles. Un batallón vestido íntegramente de rojo era estimulado con arengas y abrazos por sus superiores.
«Imbéciles, no tienen idea…», murmuró Helmut. Años más tarde, siete, para ser precisos, un nuevo intento se produjo en Lourdes, Francia. Con pleno éxito. Pero Helmut y Franz no habían cumplido su misión y la historia no podía ser detenida, Alemania iba a enfrentar la primera guerra mundial sin naves voladores, ni bombas de hidrógeno. Los planos entregados desde el futuro por los aliados de Nikola Tesla, a través de una medium polaca, no habían llegado a destino a tiempo.
Qué detonó la explosión? Quizá nunca lo sabremos, quizá Gunther no consiguió activar los cohetes de frenado, quizá fue derribado por fusilería rusa, quizá calculó mal la armonía de ingreso a nuestro plano y el descalce fracturó el espacio alrededor.
Quién sabe?
Sabemos que sin esos planos será dificil ganar en 1940, pero lo intentaremos a pesar de todo, a pesar de que sabemos que es justamente este fallo el que motivará nuestra ayuda 80 años en el futuro, enviando artilugios hacia este mismo punto en el extremo norte del planeta. Siento que hemos repetido el error mil veces, y que lo seguiremos cometiendo. Creo que hemos cometido un error monstruoso, recursivo, eterno, definitivo y aún no lo sabemos.

(continúenla)

TUNGUSKA

Todo hubiese resultado tan bien… 1907. En Londres las intenciones eran claras. Sabíamos lo necesario que era mantener la unidad en Europa y evitar que nos ganaran las diferencias, por muy grandes e históricas que estas fueran. Pensar en un bien común, para evitar que Estados Unidos se nos adelantaran. Pensar en un bien común, para conquistar nuestra edad de oro. Ibamos a ceder, a bajar las defensas, porque era la única manera de garantizar nuestro porvenir.Y el camino estaba bien trazado. Los tratados estaban redactados, sólo faltaban las firmas. Si todo salía según lo acordado, Nicolas II jamás habría perdido Rusia y sus hombres, junto a los germanos y a los nuestros concretaríamos el sueño del nuevo Imperio Romano. Alcanzar las estrellas, eso deseabamos y estoy seguro que terminaríamos consiguiendolo. Nuestras naves volarían a la luna a plantar la bandera común… pero entonces cayó esa abominación en Tunguska y como ya todos sabemos, todo se fue al carajo.

Ciudadanos

Desde 1957, los notarios públicos han sido proporcionados por el Estado. Llegan a sus despachos vestidos de gris, no sonríen y siempre portan una calculadora mecánica. Se juntan en un estacionamiento subterráneo todos los 8 de octubre. Cada uno con su aparato anacrónico. En el interior de las máquinas hay un organismo. En silencio extraen las carnes. Chorrean sangre y bilis. Un notario -el anciano del grupo- ensambla los tejidos. Se arma una anatomía enorme, teratológica. Se escuchan unos respiros ásperos. La figura se alza. Mide casi tres metros. Estira los brazos. Todo está listo. Medio siglo. Es el hijo número cincuenta. El anciano abre una puerta lateral. Los otros cuarenta y nueve aguardan a su hermano. Están hambrientos. Una brisa agradable cruza la noche santiaguina. Trae con ella el aroma de sus ciudadanos.

Sub Aether – 005

Laskov despertó con una mano cubriéndole la boca, y un ajetreo infernal que en la oscuridad parecía llegar de todos lados. Buscó a tientas el PPSh pero no estaba ahí. Golpes sordos, chirridos como de muebles siendo arrastrados. Encontró la cabeza de su atacante en la oscuridad e intentó una maniobra de Sambo: girar sobre si mismo y tomar la espalda de su adversario. No lo consiguió. Estaba amarrado al suelo, por la cintura.
Fue conciente de Sánchez hablando junto a su oido. “Shh. Calma. Silencio, calma calma. Callado. Por favor. Calladito”. De a poco se calmó. Su mente se acostumbró a la oscuridad, como sus ojos se acostumbrarían a oscuridades menos densas. Relajó el fuerte agarre que tenía sobre el cuello de su amigo. Dió a entender con unas palmadas que no iba a gritar cuando le soltara la boca.
Pasos. Gorjeos. Arrastre de muebles. De pronto una tenue luz asomándose por una rendija en la puerta, que puso a Sánchez tenso como un cadáver. Era fácil deducir lo que le preocupaba: que los encontraran. Lo difícil era deducir quien se suponía que los estaba buscando, y por qué esconderse. Si la puerta estaba disimulada, era razonable suponer que Sánchez sabía que vendrían. Había algo que no le habían contado. Algo importante que Sánchez por alguna razón el silencio total lo sacó de sus cavilaciones.
El ajetreo paró de pronto, violentamente, y fue reemplazado por el raspar de algo contra la pared. Contra los escombros que apilados tapaban la entrada. Era un raspar lento, metódico, pero que no le hablaba de ninguna intención asimilable. Un raspar inteligente pero ajeno. Casi animal, pero no exactamente. Y enervante. Cuando finalmente se detuvo Laskov y Sánchez estaban empapados en sudor frio. Sus cabezas muy juntas, paralizados en su lucha, jadeantes no de cansancio.
Sánchez desató a Laskov, finalizando con un “listo” que era a la vez un “lo siento” y un “fue por tu bien”. Luego, lentamente, se puso de pie y caminó, probablemente hacia la ventana. Laskov hizo lo mismo y reconoció la silueta de su compañero, recortada contra la luz muy tenue que había en el exterior. Que “venía” del exterior, aunque la luz parecía no ir a ningún lado sino quedarse allá afuera, iluminar solo el pedazo de jardín sobre el que estaba posada. Era más bien una fosforecencia, un vaho que parecía flotar a pocos centímetros de su cara o en la inmensidad del espacio interestelar. Y dentro de ella, entrando y saliendo de ella, se podían divisar patas, montones de patas que se movían ora rápido ora lento, caminando frenéticamente o raspando, raspando pacientemente, descifrando el suelo de baldosas y el pasto y la tierra. Largas y delgadas, llenas de articulaciones. Patas. Y bultos amorfos rodeados de patas. Enormes. Como perros, u hombres. Y hablando entre ellos, como las hormigas, llendo y viniendo hacia la oscuridad.
Lentamente la nebulosa se hizo más pequeña, las patas más difíciles de distinguir. Sánchez suspiró y dijo que ya estaban bien. Laskov no lo escuchó. Seguía tieso mirando a la nada. Apenas hacía ruido pero estaba llorando de miedo. Quizo estar loco, más que nada en el mundo, y no le importó sentir el calor de la orina bajar por sus muslos. La vergüenza era un sentimiento secundario, lejanamente secundario. El miedo, tan real como la oscuridad.

Anterior
Siguiente

MI PRIMERA VISITA A GERMANIA (1)


Tomado de Las Memorias del Canciller Arturo Kieber-Latorre
Ediciones Dobleverso. Mayo, 2039

«Tenía 10 años cuando acompañé a mi padre a Germania, la ciudad más fabulosa que vio el mundo moderno, la nueva Atlántida de Albert Speer, el faro que marcó el año cero de la nueva civilización. Fue en julio de 1984 y papá trabajaba para el ministerio de relaciones exteriores durante el segundo periodo de Allende. Las relaciones entre el Neosocialismo chileno y el III Reich no podían ser las mejores, sobre todo en lo referente a intercambio tecnológico. Era la época del esplendor cibernético chileno, de los primeros robots, aquellos que la prensa bautizó Dígitos y que cuantos malestares nos dieron en las siguientes décadas.
«Tres años del fin de la guerra fría y Alemania había abierto sus puertas a los países de la orbita socialista, dentro de los cuales Chile era uno de los más privilegiados. Claro, faltaba mucho para la gran crisis latinoamericano y nuestro país era entonces apenas una línea en la costa Pacífica del subcontinente. Aun existían Ecuador, Perú y Venezuela y nadie aventuraba soñar con las actuales Confederación Bolivariana, Amazonia del Norte, Amazonia del Sur y Unión Patagónica, menos aun con la guerra del 2003.
«Papá había viajado varias veces a Germania y la casa estaba llena con fotos de la gran ciudad que regía los destinos del mundo libre. El trayecto fue tranquilo. Yo y mi infantil fanatismo por los aviones estabamos desbordantes. Después de un vuelo sobre los Andes en un Tupolev de Lan Chile llegamos a Buenos Aires donde embarcamos en un transatmosférico Heinkel de Lufthansa. El salto suborbital entre el Río de la Plata y Frankfurt fue de apenas 4 horas, la tecnología alemana no sólo era adelantada, también confortable. En Frankfurt hicimos transbordo a un zeppelin para vuelos locales, una nave enorme y silenciosa, dotada de rotores inclinables y una barquilla para 400 pasajeros sentados. Sé que papá quería llegar a Germania en el riel de alta velocidad y que cedió a la lentitud del zeppelin para darme en el gusto. El sabía bien como se disfruta la primera vista de Germania desde el aire. Y como el sobrecogedor espectaculo podía cambiar para siempre la percepción del mundo que se tiene cuando uno es niño. Con los años y cada vez que pienso en el fatídico destino de Germania no puedo evitar dejar caer una lágrima. La arquitectura, la belleza de su calles, su legado a la humanidad, su simétrica perfección… todo perdido por un capricho de la naturaleza. En fin… El dirigible cubrió en tres horas la distancia entre Frankfurt y Germania. Recuerdo que el día estaba nublado y los verdes campos de la tierra patria alemana luchaban por colarse entre los jirones de nube. El primer indicio de nuestro arribo a la capital Europea fueron dos ME-978, de la Guardia Urbana de la Luftwaffe que aparecieron a un costado del zeppelin para rastrear que todo estuviera en orden en la nave, tras los atentados suicidas del 77, aquello era un trámite obligado a cualquier vehículo volante que se acercara al espacio aéreo de la capital del Reich. Entonces apareció. Las nubes se abrieron y la nueva Roma deslumbró sus mármoles y piedras perpetuas ante mis ojos de infante. El gran Domo del pueblo relució su cúpula colosal contra los ventanales del dirigible, atochados de turistas con cámaras fotográficas. La mayor ciudad del mundo, el espectáculo urbano por excelencia, una joya contra la decadencia de Londres y Nueva York… (continuará)

YGRIEGA (2ª Parte)

“LOS MUERTOS no envían correos electrónicos”, fue la reacción automática de mi novia cuando le conté lo que había sucedido en la mañana.
-Ni siquiera saben escribir, menos usar internet-, agregó, como si estuviera muy segura de lo que estaba diciendo. –Pero te va a pagar bien, así que yo me quedaría cómodamente en silencio y haría lo que me pidieran-, agregó con su mejor cara de perra oportunista.
Dio un tercer trago a su jugo de frambuesa y me pidió que le sacara un cigarrillo del bolso que colgaba tras el respaldo de mi silla. Metí la mano y a tientas busqué la cajetilla entre sus cuadernos y tonteras. Sin mirar cogí uno y se lo pasé, lo encendió con cuidado y lo apretó con fuerza entre sus labios.
-Mmm…-, pronunció en la primera aspirada. Un fósforo quemado humeaba en el centro de un cenicero de plástico pintado con la union jack, al lado de una caja con el dibujo de una flor en el dorso. Me acordé de que como a los ocho o diez años intenté comenzar una colección de cajitas de fósforos y estampillas, aunque no estuve mucho tiempo en eso. Dos o tres meses a lo más. Ni siquiera alcancé a juntar un número respetable, pero me conseguí algunas bastante bonitas de Dinamarca y Hungría, de la década de 1930. Algo valían , no sé cuanto, tampoco que fue de ellas.
Me quedé mirando el brazo izquierdo de mi novia, que le caía desnudo del tirante del jumper. La curación seguía allí: grande y blanca, dos vendas dobladas alrededor y por encima de una pelota de algodón. Le cubría desde el hombro hasta poco más arriba del codo.
-¿Todavía te duele?
-Más que la cresta, pero menos que antes.
-Ojalá valga la pena.
-Valdrá, tu también deberías hacerte una. En serio, las cicatrices rules.
-Como los tatuajes, el piercing y toda esa porquería.
-Los tatuajes son para maricas, además que si un día estás de malas vas y te lo borras, it´s so easy. Esto es eterno, como la vida misma. Te duele y te queda-. Se tocó con cuidado la herida y no pudo disimular el dolor. Se la hizo la semana pasada y estuvo dos días llorando sin mover el brazo. Entre sollozos y lágrimas me contó que cuando estuviera seca iba a tener la forma de un infinito, “esa especie de ocho, pero con un espiral de caracol en cada extremo”.
–Tal vez tenga problemas en el colegio-, añadió pasando un dedo por encima de la curación, sin tocarla, -pero me da lo mismo, no sería la primera vez, además me salvan las notas. Me saque un seis cinco, hoy en geometría. Ven, dame un beso.
Doblé mi cuerpo por encima de la mesa y le metí la lengua hasta la garganta. Ella me mordió los labios y yo giré la palma de mi mano derecha hacia arriba, como si fuera una gran araña moribunda. Mi novia levantó un poco su cuerpo y se las ingenió para poner una de sus tetas sobre la copa de mi mano. No llevaba sostén y el pezón se sentía duro y grande. Debería llevarla al baño y hacérselo aquí mismo. Comencé a mojarme.
-¿Pero tu jefe no fue el único que recibió el mail, verdad?-, me dijo, apartando sus formas de mi lado.
-Supongo…-, murmuré más que caliente. –Lo enviaron a un destinatario múltiple. A la lista de clientes escogidos, los que pagaban mejor, qué se yo…
-¿Quién más estará en esa lista?
Levanté los hombros y noté lo vacío que estaba el lugar. Miré la hora, ya debería estar de regreso en la oficina.
-Apuesto a que hay varios famosos, políticos, curas…-, prosiguió ella, torciendo la boca en su gesto más infantil y encantador.
-Supongo-, repetí-, él no me habló del resto, sólo de su caso… Sabes-, dudé, -no debería haberte contado nada, tal vez me maten por hacerlo-, exageré.
-No seas paranoico.
-No lo soy, pero uno nunca sabe.
-Ya, no te hagas el idiota y cuéntame más. Quiero saber toda la historia…
La miré, ya era demasiado tarde para arrancarme del lugar. Acercó su rostro, un brillo malicioso danzaba en sus pupilas cada vez más grandes.
-Dale-, insistió.
-Era uno de sus clientes más fieles-, comencé. Enseguida (y a mi modo) interpreté mucho de lo que mi jefe me había confesado en la mañana, cuando me trajo de Victoria a Temuco en su BMW plateado, nunca me había subido a uno. Fue rara la sensación de correr a casi ciento cincuenta kilómetros por hora en un auto más caro que la vida misma, por una carretera vigilada por milicos y pacos más preocupados de las quemas y asaltos mapuches que de los excesos de velocidad.
-Dicen que se tragaba todo-, explotó mi novia casi al final del cuento.
-Tu también.
-Pero yo no soy ni puta ni famosa. Además sólo te lo hago a ti y no te cobro. Eso no tiene glamour.
-Pensé que yo era glamoroso.
-Algo.
-Se acostó como diez veces con ella-, en realidad no tenía idea-. Además era cliente diario de los cortos pornográficos que tenía en su sitio. Me contó que le había dedicado algunos.
-En serio
-Si…-, vacilé, -o sea, eso me contó él. El huevón se gastó lo que no voy a ganar en años en esa perra.
-No le digas así.
-Bueno, en la señorita-, exageré. –En fin, el asunto es que según mi jefe, hubo algo más entre ellos, una especie de lazo emocional. Parece que Igriega le contó hartas cosas de su vida.
-¿Qué cosas?
-Ni idea, no me las dijo.
-Para mí, que el viejo se enamoró de ella y punto…
-No estoy tan seguro.
-…
-¿Qué?
-Nada.
-…
-Nada… ¿que cuando nos vamos a tomar un boos?
-No empecemos de nuevo.
-Latero.

CERRÉ LA PUERTA y me bajé los pantalones. Lo hice sólo por costumbre porque no tenía ganas de cagar ni de nada parecido. Afuera, en el baño, un par de compañeros de oficina hablaban de unas perritas que habían conocido anoche. Una tenía un nombre raro, como alemán, y follaba rico.
Me acomodé sobre la taza y desdoblé la hoja que llevaba guardada en el bolsillo trasero de mi pantalón, aún estaba tibia.

To: one@enrednet.cl
From: desarrollo4@enrednet.cl
Subject: Re: No hablaré del final
———–ORIGINAL MESSAGE———–
To: Y
From: List
Subject: No hablaré del final
¿Seremos capaces de ordenar, designar y abarcar el destino? Me gustaría comenzar a contarles historias. Historias lejanas, historias amarillas de polen, historias rojas y dudosas. Historias en que soy una virgen vestida de pétalos a la que le besan los pies. De la que no escapan los unicornios del bosque oscuro. Quiero que conozcan esos besos negros, llenos de vientos calurosos y húmedos que me han dado forma. Me gustaría estar aferrada a ustedes, entrelazada con sus brazos, protegiéndonos de un mal que no existe y que es tan lleno, tan grande y tan delicioso, más que el bien. Siempre ha sido así, pero ustedes eso ya lo saben. Silencio. Se han dado cuenta de que un silencio calmo nos invade. Y eso es bueno, después de todo las palabras no significan nada y se olvidan. Además que todo lo que eventualmente podría decirles ya se ha dicho. Por hoy, por esta mañana que ya se hace día, es todo. Los quiero mucho. Descansen hermosos, donde quiera que estén. Y.

Me puse de pié, arrugué el papel y lo tire dentro de la taza. Se fue empapando lentamente hasta que se hundió poco más de la mitad, como si fuera un pequeño iceberg. Pensé en las palabras de Igriega y lo único que pude concluir era que no entendía nada. El mail era como un mal poema en prosa, una sucesión de lugares comunes y frases cursis redactadas por un fanático de Tolkien. Me bajé el cierre del pantalón y meé sobre lo que aún flotaba del papel hasta hundirlo, luego tiré la cadena. Es muy cierto eso de que la vida tiene más vueltas que una oreja.

Stgo, 1983: la habitación de un niño película. (versión 2.0)


Mamá cierra el libro. Me gustan los cuentos de los hermanos Grimm. Me tapa con mi manta de Super Friends, me besa la frente, me dice -te quiero- apaga la luz y se retira. Deja la puerta de mi pieza entreabierta. Escucho la voz de Papá. Suena cansado. La luz del pasillo se apaga y se van a acostar. Acomodo mi almohada y me quedo mirando la lamparita de seguridad enchufada cerca de la puerta. El rostro diminuto e iluminado de mister Magoo me tranquiliza y me duermo.
Despierto. Un ruido penetra la ventana de mi dormitorio. Es constante… pero sutil, como un insecto que se acerca. Me escondo debajo de las sábanas. Trato de quedarme inmóvil. Aguanto la respiración. Me pica el ojo. No quiero rascarme. Pasa un minuto. El ruido crece y crece. Mi respiración se agita. Intento taparme los oídos justo antes de que una explosión de dimensiones reducidas ilumine la habitación a través de mis sábanas. Quiero correr pero estoy paralizado, mi mamá está tan lejos. Los Heinkel avanzan por el techo de mi pieza en perfecta formación, intento no moverme para no aplastar la artillería antiaérea que maniobra sobre la colcha, ahí donde está el dibujo de los gemelos fantásticos. El ruido se vuelve ensordecedor. El miedo me hace sudar, las trazadoras llenan de luces fantasmagóricas la habitación, la metralla destruye mi réplica colgante del Millenium Falcon. Pronto aparecen spitfires y se trenzan en un duelo a muerte con los messerschmidts que protegen a los Heinkel. A los pocos segundos un par caen en llamas sobre Londres, directamente en Hyde Park, otro destruye el cementerio de los «no creyentes», pero la tumba de Blake se salva milagrosamente, huyo por las calles.