Nadie diría que esta tarde no es una tarde cualquiera. Los últimos rayos de Sol despuntan entre los tejados, tiñendo de reflejos dorados las cristaleras de algunos bloques. Una pareja de amantes disfruta del frescor crepuscular entre los arbolillos del paseo. En compañía de un perrito achacoso —el único amor de su vida—, una anciana alimenta a las palomas, que no pueden concebir mayor placer que el de ser beneficiarias de su soledad. Algunos amigotes se dirigen hacia su cervecería habitual, deleitándose en la perspectiva de una borrachera inminente. Mientras tanto, ajena a los ires y venires de la humanidad, la fuente de las ranitas de piedra continúa con su gorgoteo, llamando la atención de algunos niños por su aspecto resultón. Definitivamente, nadie diría que este anochecer es diferente…

Porque nadie sabe que la Amazona está aquí.

Ciertamente, esto no es tan extraño: la Amazona tiene fama de ser la más furtiva de los cazadores furtivos, puesto que nadie escucha sus pasos y ningún ojo la ve. No hasta que es demasiado tarde. Solamente las presas que sospechan, aquellas que se intuyen fichadas, pueden sentir en ocasiones su presencia tras las cortinas; si bien rara vez son capaces de escapar a su ballesta letal. Así pues, nadie sabe que hoy el ocaso se precipita hacia un trágico final. Impasible y segura de sí misma, la Amazona espolea su montura y busca con la mirada a su próxima víctima.

Pronto la divisa en la distancia, una figura anodina como la que más. Se trata de un hombrecillo enjuto, que camina enfundado en un traje ejecutivo con un cartapacio rebosante de papeleo bajo el brazo. Acaba de abandonar la sucursal bancaria en la que sus días se pudren. Aunque hoy se ha quedado en su despacho hasta tarde, no ha perdido la oportunidad de llevarse el trabajo a casa: para Ricardo Lerma no hay más pasión que los sellos de oficina. La única sonrisa valiosa es la del cliente satisfecho. El tacto más sugerente es el de una hoja de recibo, y no existe susurro más tentador que el del rasgueo de una firma en un cheque. Ricardo Lerma nació para la burocracia. O eso es, en todo caso, lo que le han hecho creer…

Avanza con paso apresurado, su mente atrapada en una maraña de números y transacciones. Se ajusta la pulcra corbata con un movimiento mecánico; se frota la sien y reanuda la marcha, ignorando a los demás ciudadanos que transitan los soportales. Lo único que tiene en la cabeza es la intención de reemprender la tarea en su apartamento: con un poco de suerte, quizá pueda ordenar todos esos malditos informes antes que las ojeras y el sueño venzan su determinación. Así fluye la existencia de Ricardo todos los días del año. Consumiéndose de la mañana a la noche. Gota a gota.

La Amazona siente la llamada de su instinto cazador, pero se recuerda que disparar antes de tiempo no tiene utilidad alguna. Ricardo Lerma es una presa particularmente escurridiza: aunque ni siquiera lo sabe, lleva ya varias jornadas rehuyendo su sentencia final. El suyo es un caso entre millones, pero la Amazona ya ha tenido que lidiar con ciertos antecedentes: hombres y mujeres que, a resultas de una voluntad desesperada que se revuelve en sus entrañas, se tornan inmunes al veneno de su saeta y continúan en pie. Tratándose de alguien como él, tampoco es una sorpresa que se resista con tanto fervor… Es una de esas personas.

Haciendo acopio de paciencia, la Amazona se aproxima más al blanco. Aguarda en silencio un instante que se le antoja infinito. Todavía no es el momento, se repite con dureza… pero duda que Ricardo Lerma pueda ver un nuevo amanecer. Esta vez sí, se dice.

Y parece que no se equivoca.

Lo sabe cuando un nuevo personaje, un tercer actante inesperado, hace aparición en escena: una mujer menuda, de nariz chata y sonrisa demasiado dulce para ser sana. Al igual que su compañero, se despide del lugar de trabajo tras una ardua sesión, si bien ella ha permanecido en la oficina a disgusto: Aurora Díaz, la secretaria del director, siempre es la última en tomar decisiones sobre su propia vida. Mientras baja la persiana —adentro no queda nadie—, su rostro en el cristal parece burlarse de su destino. Aurora es una poeta prisionera entre las paredes de un banco; y aún le cuesta explicarse cómo ha llegado a esta situación. Suspira con resignación, se abrocha los botones del abrigo y coge su bolso de mano.

De pronto ve una silueta conocida en la distancia… y su pulso se acelera.

—¡Ricardo! —grita—. ¡RICARDO! ¡Espérame, que te acompaño!

Ricardo Lerma se gira casi como un autómata. La presencia de Aurora le importuna, pero no le queda más remedio que esperarle apoyado en la esquina. Cuando ella llega a su altura, se esfuerza por esbozar una sonrisa.

—¿Qué tal? —pregunta la joven—. No te he visto en todo el día…

Él resopla con sonoridad.

—Ocupado, como siempre —admite, mirando de reojo el portafolio. La horrible sensación de estar perdiendo el tiempo le consume por dentro—. Ya sabes cómo son estas cosas… Miles de informes atrasados. ¿Y tú?

Aurora agacha la mirada: no quiere que el hombre al que ama note que sus ojos se empañan sin motivo. Si el muy idiota está pensando que le hablará de lo tirano que es el jefe, no piensa darle ese gustazo.

—Bien. Bueno…, más o menos —masculla, por el contrario—. Un poco triste. Es lo que ocurre cuando alguien tiene el corazón roto; pero tampoco voy a molestarte con historias que no vas a entender. A veces nos arriesgamos a sentir… y salimos perdiendo. Eso es todo.
—Mi padre siempre me decía que los sentimientos no sirven de nada —Ricardo se encoge de hombros—. Que sentir solamente trae dolor, y el dolor nos hace débiles.

Una risa ligeramente amarga brota de los labios de Aurora.

—Pues no estoy de acuerdo —afirma—. Los sentimientos son la pila que alimenta el mecanismo de la vida; y el dolor no es más que un efecto secundario de vivir. Creo que sentir es necesario, por mucho que no se te dé bien…
—Mmmmh.
—¡Aaaaaaaarg, olvídalo! No esperaba que me dieses la razón… ¿Te apetece tomar algo?

Para Ricardo Lerma, «tomar algo» significa apurar un vaso de café en los pasillos del banco, bien aderezado con dos o tres cucharaditas de impaciencia.

—N… no, no. Lo siento —balbucea—. En serio que estoy ocupado. Si no ordeno todos estos papeles…

Aurora ya no puede callarse: el océano de rabia que la ahoga se desborda y le pide chillar. Se ha tragado todas sus verdades durante mucho, demasiado tiempo.

—¡POR EL AMOR DE DIOS! —grita—. ¿No crees que ya es suficiente? ¡Apenas te permites parar una hora para comer! ¡Ni siquiera duermes, Ricardo! ¡Y me preocupas, ¿sabes?! ¡¡ME PREOCUPAS!!
—¿Qué…?
—¡¡QUE TIENES UN PROBLEMA!! La vida se pasea ante ti, Ricardo… y tú te la estás perdiendo. Estás enfermo… ¡Enfermo!

Agotado y nervioso, Ricardo Lerma no está de humor para soportar un sermón. Se acerca al paso de cebra en espera de que el semáforo cambie, dispuesto a no escuchar más sandeces que le hagan malgastar las horas.

—No la pagues conmigo, ¿de acuerdo? Tus desgracias no me conciernen —rumia con voz cansada—. Además, estoy perfectamente.

Aurora le acaricia el hombro.

—Workahólico —murmura sin más.
—¿Cómo dices?
—Workahólico. Del término inglés «workaholic». Es como se suele llamar al que se vuelve adicto al trabajo. A alguien que, como tú…

Ricardo cierra su boca con una mirada que apuñala.

—Sé lo que significa, gracias —replica—. Me lo han llamado bastantes veces.

Cuando el hombrecito verde del semáforo afina su voz de pajarillo, la empuja suavemente hacia un lado, haciéndole ver que da la conversación por zanjada. Pero Aurora Díaz todavía no está dispuesta a rendirse: no puede aceptar su derrota con tanta facilidad. Sacudida por un loco impulso, sin tenerlo planeado, resuelve que esta tarde no va a ser una tarde cualquiera. Abraza por la cintura a aquél que puebla todos sus sueños, le obliga a darse la vuelta y deposita un beso en sus labios.

—¿Y quién te ha dicho que esto no tiene que ver contigo? —susurra enterrando el rostro en su pecho.

Muy a su pesar, Ricardo ha de reconocer que algo en su interior ha cambiado: su corazón late ahora con increíble fuerza, como si llevase décadas anhelando un momento así. Todos sus cabellos se erizan; sus piernas comienzan a temblar. Sabe que algo asombroso acaba de despertar en algún rincón del trastero donde las emociones duermen.

Un instante de vida.

Un billete hacia la muerte.

Desde su posición junto a una arcada, la Amazona se permite sonreír.

Sabe que por fin se ha abierto la veda: si disparase su saeta, Ricardo Lerma ya no opondría resistencia. No obstante, algo le induce a aplazar el golpe final: incluso ella, asesina despiadada, escucha en algunas ocasiones la voz de la compasión. Ahora que tiene consigo la seguridad del triunfo, se le ocurre que tal vez Ricardo merezca unos minutos más, pues el recuerdo de este efímero romance será todo que le quede cuando marche al País de los Caídos. Tras reflexionar brevemente, opta por seguir a los amantes como una sombra invisible; se cuela en la guarida de su presa y le regala un último homenaje. Lo hace con suma elegancia: mientras Ricardo y Aurora disfrutan de la despedida, ella se acomoda en el salón para respetar su intimidad más sagrada.

De pronto, el contorno de Aurora se perfila en las tinieblas del hall. Murmura algunos piropos que se pierden por los pasillos, gira el pomo de la puerta con cuidado y abandona la vivienda de su amor. La Amazona, que siente en su estómago los revoloteos del ansia, se incorpora y tensa la ballesta para terminar cuanto antes. Halla a Ricardo tendido en la cama, arrebujándose en las sábanas con una sonrisa en los labios. Respira el olor a nuevo de la vida que siempre ha deseado, ignorante de que éstas serán sus últimas bocanadas.

Pero el disparo es certero; y su efecto, casi instantáneo.

Las saetas de la Amazona actúan de un modo especial: no duelen cuando se clavan, pero invocan al dolor. No matan, pero hacen morir. La muerte puede tomar las formas más caprichosas: una enfermedad quizá, tal vez un accidente en carretera. A veces es la victoria de un mal que nos atormenta; otras se muestra tan discreta que no se molesta en avisar. En el caso de Ricardo Lerma, escoge una manifestación socorrida: tras cuarenta años de trabajo y veinte minutos de pasión, su corazón explotado descubre que no le quedan fuerzas. Galopa como un potro desbocado en un vano intento de aguantar… y se detiene para siempre.

Ricardo se sienta en el colchón, apenas un retazo de conciencia que se empeña en tener voz y semblante. Se encuentra un tanto aturdido, pero extrañamente sereno: lejos de sentir miedo o sufrir, tiene la impresión inexplicable de que las cosas están en su lugar. Tenía que fallecer, al fin y al cabo… y en su subconsciente, en el fondo, estaba más que preparado. Tan sólo le corroe una cierta decepción, la frustración del chiquillo que come un dulce y le sabe a poco. Y mucha tristeza, por supuesto. Tristeza por la pequeña Aurora, que habrá de volar sola otra vez. Tristeza por haber sido un estúpido.

Por no haber sabido darse cuenta de sus propias ganas de vivir.

Aunque sus ojos ya no existen, descubre la efigie imponente de una mujer frente a sí: una criatura salvaje, ataviada con pieles del color escarlata de la sangre derramada. Cabalga sobre un corcel inmenso, negro como el ánimo del mismísimo diablo. Pero no le resulta una presencia peligrosa ni temible: simplemente debe estar aquí, porque este es su papel en el mundo.

—Así que ésta es la cara de la muerte —rezonga.

La Amazona sonríe ampliamente.

—Yo prefiero definirme como la que trae la muerte —apunta—. Pero puedes llamarme así, si eso te hace sentirte mejor.
—Creo que te esperaba, en cierta manera.
—Lo sé. Has sido un luchador excepcional, no obstante; y es mi deber felicitarte por ello.

Ricardo sospecha que ahora debería notarse mareado; aunque no puede estar seguro, puesto que las sensaciones corporales han dejado de suponerle una traba.

—¿Quieres decir que he intentado…?
—Durante más de una semana —afirma la Amazona con tranquilidad—. Has huido de mí, Ricardo; me has dado esquinazo día a día. Y todo por una vida, maldita sea tu estampa. Por un mísero instante de vida… ¿No es fascinante la psique humana?
—No entiendo…
—Suele suceder, amigo. —La Amazona ríe con sorna—. Sois tan simples que no os comprendéis ni siquiera a vosotros mismos. Cuando tú naciste, me llevé a tu madre a un reino del que nunca regresó. No fue una maldad con alevosía… Sencillamente estaba planeado, porque la muerte es así. Tras sus pasos dejó un reguero de soledad y desdicha: tu padre, roto por dentro, nunca fue capaz de superarlo. La noche que murió tu madre, él decidió amurallar su alma.
—Aprendió a no sentir… —musita Ricardo—. Y me empujó al abismo consigo.
—Así es —confirma ella—. Te encerró entre montañas de libros y mares de responsabilidad, con la esperanza de que centrarte en tu trabajo te evitara dejarte arrastrar a la condena de las emociones. Y lo logró, Ricardo: te privó de todas esas cosas que hacen que el corazón de uno lata. Te convertiste en un muerto en vida… pero anhelabas cambiar. Cuando una persona tiene cierta edad a sus espaldas, hay cosas que se le hacen obvias. Leyes de la naturaleza. Por eso existe gente como tú: rebeldes que no se dejan cazar hasta completar el pedacito que les falta. Reivindicáis que es antinatural morir sin haber vivido; y no os lo puedo reprochar. El universo tiene un orden.

Ricardo Lerma suspira, una lágrima etérea en su mejilla.

—¿Crees que Aurora será feliz de nuevo? —inquiere con voz entrecortada.
—Saldrá de ésta, no tengas duda alguna. Es asombrosamente fuerte.

Un poco más reconfortado, el espíritu se pone en pie.

—Fue bueno mientras duró —reconoce—. Pero ha sido corto… Tan corto…

La Amazona le tiende una mano.

—Ha sido toda una vida —le recuerda—. No subestimes tu regalo.

Él asiente en silencio y sonríe. Llega la hora de partir.

Imagen: Raymond Taudin Chabot