por Jorge Baradit

Guiamos el desarrollo de la Web con sentido estético. Planeamos el desarrollo de Internet como una copia de la particular estructura neuronal de un santo. Cada nodo incorporado diariamente es una letra del conjuro definitivo. Y cuando la última palabra sea agregada, el altísimo tocará esta obra de sacra artesanía con su dedo hirviente y se alzará viva, cantando una letanía electrónica en nota sol, levitando sobre las cabezas de los hombres. Todas las mentes se sincronizarán a través del tono transmitido desde el cielo y serán infectados de amor a Dios. El alma de la humanidad emergerá y se hará carne y cable como gran insecto elevándose en una sola mente, cantando oraciones en código binario plenas de señales montadas en frecuencias standard, transmitiendo el infinito rostro de Dios directamente a la corteza cerebral.

(Oración del Klóketen, culto de “Los Hombres de las Cruces”. Ygdrasil. Año 18)

“Seguro que la droga estaba contaminada”
Mariana llevaba dos días sin comer. El “maíz” le había convertido la realidad en una borrosa película en blanco y negro editada a tijeretazos. Se sentía incapaz de distinguir el tiempo presente de entre el bosque de recuerdos inconexos que afloraban a su conciencia como cadáveres desde el fondo de un lago.
La habían intentado violar dos veces mientras se tambaleaba vomitando hacia el baño de la casona. Recuerda vagamente haberse defendido con pies y manos de agresores anónimos, de alientos podridos por el alcohol sintético de los traficantes.
“Contaminada con malos espíritus, quizás”.
Tenía señas de un golpe en la cabeza.
Tenía ese frío seco de las resacas del “maíz” clavándole los oídos.
Cada dolor estaba incrustado perfectamente de acuerdo al diagrama usual.
Sin embargo, la sensación de asfixia… sólo podía significar que la droga estaba contaminada.
El maíz es una droga muy sensible al medio ambiente psíquico. Si se expone cerca de una muerte violenta siempre resulta afectada. Además, también está el riesgo de adulteración con neurotoxinas vencidas, orina de gato, o cualquiera de esas porquerías que los chamanes junkies de los suburbios importan desde Bolivia. Las cosas estaban cada día más raras y a los 17 años ya podías ser un veterano completamente fuera de onda, con serio peligro de caerte por el borde del juego de puro desinformado.
Le dolían las encías.
La asfixia la paralizaba de terror como a un pez en el piso de un bote, viendo al mundo girar entre la neblina grasosa de la semi inconsciencia.
Una película de cine editada a tijeretazos…no había duda, seguro que la droga estaba contaminada.
–¿Ya contactaste a la “chilena”, Ramiro?.
–No personalmente, don Eugenio. Pero nuestro enlace asegura que mañana podremos entrevistarnos con ella y plantearle nuestro encargo.
–Y convenir el pago.
–Esa mujer es muy particular, señor. Sus servicios no son caros pero se reserva aceptar o no los trabajos de acuerdo a criterios que se nos aparecen incomprensibles.
–¿Es una excéntrica?.
–No, señor. Es una psicópata.

Eugenio Balandro era presidente del Partido Obrero Revolucionario desde los orígenes de la Segunda República. Por supuesto no era obrero y jamás había participado en revuelta alguna. Era el máximo dirigente de un movimiento en decadencia, aplastado por los sucesivos éxitos de su principal partido opositor, que pronto completaría un tercer exitoso e insoportable período en el poder.
El Partido Obrero había hecho todo lo posible para hacerlos fracasar, incluso boicotear secretamente los planes de ayuda a los más necesitados, pues no podían permitir que también les quitaran el amor de las grandes masas de hambrientos; siempre habían sido su mejor carta de negociación y hoy los necesitaban más desesperados, despojados y molestos que nunca.
Eugenio había sido reclutado a los 4 años de edad luego de un minucioso rastreo. El equipo psíquico del partido, más cuatro cibernautas nepaleses, habían scaneado durante años el plano astral con sus consolas–ouija buscando rastros de la esencia de un olvidado líder de masas de principios del siglo XX. Estafador, ladrón y finalmente dirigente sindical; instigador a sueldo de los levantamientos obreros financiados por el gobierno chileno en las plantas salitreras, asesinado luego por el mismo gobierno una vez que se hubo llegado a acuerdo con los dueños de la Industria del Salitre acerca del nuevo régimen de impuestos. Mártir de la causa obrera, se hicieron grandes esfuerzos para esconder que en sus últimos momentos había intentado vender las posiciones de los montoneros a cambio de inmunidad. Trato imposible de realizar porque, por supuesto, su muerte era uno de los requisitos de los inversionistas para cerrar las negociaciones.
Eugenio era el candidato perfecto para dirigir el partido en los años de cruenta guerra política que se vivían.
Cibernautas nepaleses adictos a la mescalina se frieron el cerebro año tras año conectados por los nervios ópticos a las consolas–ouija, scaneando los patrones de su sombra derivando por los meandros del plano astral. Hasta que un día nació nuevamente, sano y fuerte en Bérgamo, Italia, en el seno de una buena familia de campesinos que fue rápidamente eliminada, por supuesto.
Eugenio Balandro era genial. Todos estaban de acuerdo en que la decadencia del partido nada tenía que ver con su gestión. Estaban seguros de que tarde o temprano encontraría la manera de derrotar a sus oponentes y entonces podrían poner en práctica la propia visión de cómo dirigir un país y profitar sin llevarlo a la bancarrota. Les desesperaba ver a sus oponentes gozar de una mujer que consideraban de su propiedad.
Si, Eugenio Balandro encontraría la manera, no les cabía duda.
–Con su permiso, señor –dijo Ramiro Bermejo, secretario personal y enlace de Don Eugenio con el comité del partido–. Les comuniqué su decisión pero nadie considera que éste sea un momento adecuado para actuar en contra del Gobierno.
Eugenio ni siquiera lo miraba inclinado en su sillón, disfrutando a través de los ventanales de la increíble reproducción hi–fi de las costas del lago Carrera en la patagonia chilena.
–Nadie duda de su criterio, señor –agregó Ramiro con toda la humildad que pudo darle a sus palabras–, pero el gobierno ha alcanzado los índices de popularidad más altos en la historia de sus mandatos y….
–Y por eso van a ser derrotados –interrumpió Eugenio.
–Pero… no parece ser el momento, señor. Acaban de lanzar el Plan de Soberanía para el Ciberespacio, un proyecto aplaudido sin reservas por todos los sectores del país, señor –insistió cautelosamente.
–Y si fracasara sería la caída más estrepitosa de los últimos años, también. ¿No lo crees?
–No hemos encontrado fallas, señor. El proyecto ha demostrado ser 100% seguro a pesar de los temores de la gente.
–Los temores de la gente ¿Y no es eso acaso lo que finalmente importa? Si por alguna razón el miedo al proyecto se extiende y la gente no participa en él toda la enorme inversión del gobierno se irá al tarro de la basura, podremos acusarlos de dilapidar el dinero del pueblo financiando monstruos tecnológicos sin destino y comenzar nuestra ofensiva. No puedo creer que el comité no haya comprendido algo tan sencillo.
Ramiro se mantuvo en silencio ejercitando el deporte preferido de los subordinados, conjeturar el plan tras las palabras y el plan detrás del plan.
–Creo que el gobierno ya lo consideró, señor –agregó tímidamente– sabemos que pretenden “levantar” al presidente del Banco de México. Ese sería un gran golpe publicitario. Sería un claro mensaje para la gente que el Plan de Soberanía para el Ciberespacio es seguro.
Eugenio se puso violentamente de pie y caminó hacia un hermoso mueble de caoba lleno de carpetas. Era un hombre alto, de aspecto noble. Ramiro lo siguió con la mirada de respeto, envidia y temor con que se mira a un líder que se sabe superior.
–Encárgate de esto –dijo arrojándole una carpeta–, es el dossier de una asesina a sueldo de la peor clase. Tiene gran experiencia en asesinatos on–line, aunque es una junkie en caída libre un tanto impredecible. Le dicen “la chilena” –Ramiro lo miró alarmado–. Sólo imagínate el siguiente cuadro. Todo el país pendiente de la transmisión en vivo del “levantamiento” de la mente del presidente del Banco de México, principal accionista del proyecto. Todo el país recibiendo en directo las imágenes de sus patrones neurológicos de pronto inexplicablemente rojizos y sus repentinos alaridos sintetizados, el replay de su cerebro–data estallando en mil pedazos contra la nada. El primer plano del rostro del ministro de tecnología, desencajado. Todas las fichas del gobierno perdidas en una sola apuesta ¿No es perfecto?
Ramiro medía y calculaba. La idea parecía demasiado brutal y le encantaba.
–¿Cree que esta “chilena” podría hacer un trabajito así? Se trata del ciberespacio, no de un bar en las poblaciones, señor. Pero…si pudiera…sería maravilloso.
–Testéala, encárgate. Para eso estás aquí.

Mariana caminaba dando tumbos por un callejón de los suburbios con la cabeza llena de estática. Abrir y cerrar los ojos era como abrir y cerrar un canal de comunicaciones saturado de datos tóxicos y abrasivos.
La noche no tenía luna.
“No me hablen, no quiero escuchar”.
Mariana cierra los ojos y siente que dos serpientes, una roja y otra negra, penetran sus cuencas vacías para morderle el alma y sacarla afuera. Sus sinapsis están fuera de control, inundadas de “maíz”, la primera droga nanotecnológica producida artesanalmente.
“Y tú, pobre niño, ¿que haces aquí?”
“Tú, ¿eras un soldado?”
Las serpientes salen por su ano convertidas en plugs que se hunden en la tierra y la conectan al inconsciente colectivo del planeta.
–¡Ustedes están muertos! –grita agitando los brazos.
Silencio.
Estática.
De pronto está a tres calles de distancia sin la más mínima noción del transcurso.

“Una película editada a tijeretazos”.

Suspira hondo y trata de calmarse. Esos pasajes críticos son muy riesgosos, se comportan de la misma manera que las “detenciones seguras” que utiliza la policía contra los delincuentes más peligrosos. Un dardo tóxico que divide químicamente los cuerpos físico y astral del afectado, que se ve de pronto flotando a tres metros de altura mirando a los policias llevarse su cuerpo inerte, técnicamente muerto hasta que el equipo médico, compuesto de ingenieros y chamanes con consolas–ouija, lo traigan de regreso.

“Concéntrate, acuérdate”.

Se sentía rodeada de un agradable aroma a limones.
Caminó hasta un sitio eriazo en la mitad de una población suburbana.

Pensaba en el tatuaje de su muslo que, de pronto, se pone de pie frente a ella para hablarle sobre la soledad mientras cientos de hormigas trazan diagramas que lo explican todo. Mariana solloza, las hormigas se angustian por alguna razón y entran orando respetuosamente por sus fosas nasales.
“Los Pálidos. Tengo que matarlos”, y se le erizó el vello de la nuca.
De improviso toda una avalancha de datos irrumpe de golpe en su campo visual y sabe por qué está ahí.
Lleva tres días rastreando el punto donde “el Pálido quieto” y su gemelo idéntico harán contacto este año.
“Los Pálidos” eran los líderes de una red de narcotráfico de esas drogas forteanas que potencian químicamente la receptividad a los fenómenos paranormales, es decir, en el “vuelo” puedes ver a los muertos. Su principio psicoactivo es básicamente actividad poltergeist fijada como estática a placas microscópicas, montadas en insectos nanotecnológicos, que se inyectan directo al hipotálamo. La industria del arte y la investigación criminalística pagaban pequeñas fortunas por unas cuantas gotas.
La actividad poltergeist se obtenía asesinando violentamente a niños pre púberes en enormes tanques de aislamiento rodeados de placas de cobre que “recibían” y fijaban el horror y las altas cantidades de energía despedidas al momento de sus muertes.
En uno de esos tanques habían muerto 10 de las mejores prostitutas del “Machete”, prominente administrador de la “carne” local a quien, por supuesto, no le había gustado nada esa baja en sus activos. Así que mandó llamar a Mariana.

“El Pálido quieto”. 1187…11:87?..11/8/7?

“El Pálido quieto” era un cuerpo con dos cerebros completamente diferenciados dentro de su caja craneana. Era un hombre con dos almas que vivía para ofender la vista de dios. Tenía satélites naturales orbitándolo.
Su gemelo idéntico caminaba sin detenerse, en sentido contrario a la rotación terrestre, leyendo la frase escrita en el suelo que es necesario recitar para mantener la estabilidad de las cosas.
Ambos se alimentaban sólo de hostias consagradas.
Hoy se cruzarán y es el momento para matarlos.

“Hoy mataré a esos perros asquerosos”, piensa. Sus manos se crispan sobre los cuchillos y siente algo parecido a la excitación sexual. Instintivamente se agazapa y siente como se transforma en un jaguar.
“Voy a matar a esos perros, a esos cerdos cerebro de testículo”, murmura mientras aguza la vista sobre dos siluetas que se recortan contra los matorrales y la penumbra, “seguro violaban a las niñas con sus penes llenos de inmundicia los muy degenerados. Seguro las violaban a golpes mientras ellas les pedían que se detuvieran, los muy hijos de puta”.
Las dos siluetas avanzan una contra la otra.
“Los hombres son todos unos violadores. Cristo se abrió una vagina en el costado para comprendernos mejor. Las mujeres somos mártires atravesadas por la lanza de Longinos”, deliraba arrastrándose con las garras clavadas al polvo.
Las siluetas se encuentran y se abrazan. Un enorme cuchillo entra por la nuca de uno y sale a través del ojo del otro. Un demonio negro y metálico baila frenéticamente en torno a ellos cortando y hundiendo con maestría y ferocidad.
Mariana sangra de pies y manos.
Al cabo de unos segundos los gemelos yacen destrozados pero Mariana no se detiene en su rito, absolutamente transportada. Les abre una vagina bajo el escroto, se come sus testículos con recogimiento; les abre el estómago, extrae las vísceras, rellena el espacio con tierra y un escarabajo vivo, luego cose la herida con alambre y llora a gritos hasta que se duerme.

“No me hablen, no quiero escuchar”.

–Mariana, despierta.
Ramiro Bermejo la toca cautelosamente con su bastón.
Sus hombres ya habían limpiado el lugar y quemado los cadáveres con enzimas digestivas. Minutos más tarde cargaban a la mujer con evidente desagrado, tenía a lo menos un par de semanas sin conocer el jabón y la sangre seca en sus ropas indicaba que la fiesta de la noche anterior no había sido la única de los últimos días.
Cuando despertó, ya en instalaciones del partido, se mantuvo inmóvil y en silencio durante horas antes de comenzar un tenue monólogo sobre pasajes de su propia infancia. Ramiro intervino en el relato y comenzó un extraño diálogo entre desconocidos, fabricado de retazos. Hablaron de Valparaíso, de un viaje a Colombia, de la ciudad bajo la Cordillera de los Andes, hablaron sobre las profundas marcas de cuchillo en su espalda y de la manera más rápida de matar a un hombre. Hablaron de cierta persona que merecía morir, hablaron de la paga por degollarle la mente, hablaron del ciberespacio.
–Primero haremos una prueba de tus habilidades en la web. Tendrás que ingresar a la intranet del Hospital de Bogotá –dijo Ramiro–, nuestros técnicos nos aseguran que inyectándote un par de megabytes de entrenamiento no vas a tener ningún problema para manejarte en ese ambiente.
Mariana lo mira con ojos vidriosos, riéndose como una estúpida.
–Le voy a cortar el cuello con una botella.
–Hoy descansarás, mañana te injertarán y pasadomañana irás de cacería por el ciberespacio– dijo Ramiro, palmoteándola como a un perro de presa.
–¿Quién es ese al que tengo que matar?
–Un tipo accidentado en motocicleta. Recogieron los restos de masa encefálica y digitalizaron la información que contenían, la levantaron a su intranet y la montaron en una estructura neuronal standard. La próxima semana le van a injertar un cerebro nuevo y le imprimirán los fragmentos de su esencia. Tendrán que dotarlo de memoria sintética para llenar los vacíos, por supuesto. Inventar su infancia, su primer beso, parches de conocimientos académicos, etc. Su alma está irremediablemente perdida pero la transnacional dueña de su contrato exige revivir a este zombie por tratarse de un ingeniero clave en el desarrollo de ciertos proyectos de enorme valor comercial.
–Y tengo que matarlo.
–Es sólo un test, no te preocupes, El ya está muerto, lo que revivan será otro procesador de datos humano de esos que viven en las bodegas de las empresas. Sólo queremos verificar que seas capaz de asesinar on–line, luego te daremos tu objetivo real.

Dos días después Mariana se preparaba para ingresar a la Web. Se hincó frente a un agujero en la pared similar a un ano mecánico, introdujo la cabeza y un anillo se cerró en torno a su cuello. Una aguja entró por su frente inoculando mescalina hirviendo de microbios nanotecnológicos. Un tubo flexible entró por su boca y recorrió todo su sistema digestivo, salió por su esfínter y entró en su vagina desplegando dos garfios que se engancharon a sus ovarios. Por el interior del tubo comenzaron a circular escarabajos azules, caminando en hilera, con un mantra dibujado en sus élitros. El mismo mantra se comenzó a escuchar vibrando al unísono con las ondas encefálicas de Mariana y la máquina entró en trance.
Mariana cayó al agua.

>acceso a la web, autorizado

Mariana de pie frente al mar.
La construcción le impide girar demasiado hacia la izquierda o hacia la derecha. El cielo está más bajo de lo normal y gira velozmente. Las estrellas son agujeros que dejan ver la luz que hay más allá en las zonas caóticas del ciberespacio, al parecer cumplen la misma función que los agujeros de las antiguas tarjetas perforadas.
La Web había sido reestructurada completamente 50 años atrás a la manera de un océano. Tenía sus propias mareas numéricas, microclimas informáticos y tormentas que reordenaban aleatoriamente los distintos cardúmenes de datos sumergidos en el plancton que contenía el sistema operativo del software. Todo estaba administrado con criterios ecológicos estrictos. La Web se había convertido en un gran organismo océanico gobernado por la libre interacción de sus componentes en un circuito autoasistido casi biológico.
La playa era la plataforma de acceso.
El sonido del conjunto parecía sacado del corazón de una fábrica en plena Revolución Industrial. Émbolos y engranajes gruñendo en los sótanos del software, arrastrándose tras la escenografía de la playa.
“Cosas” asomaban a la superficie del mar y luego se hundían.
Mariana estira la mano y saca un pez abisal que le hace una pregunta. Lo abre por la panza y saca un cuchillo, lo entierra en el sol y pide acceso: “Solve et coagula”, murmura. El cielo se abre como un párpado y el mar detrás del cielo se revela como una masa de estática similar al ruido blanco de los monitores sin señal. Mariana calibra esa imagen y digita unos conjuros en voz baja con los ojos cerrados. Entre la niebla de la estática escucha inesperados lamentos que la sacan de su meditación, gemidos de textura magnetofónica arrastrándose por el suelo y una mano le toca el hombro.
“Esto no tiene nada que ver con el Hospital de Bogotá”, piensa sobresaltada haciendo esfuerzos para no dejarse llevar por las extrañas presencias que parecían brotar como hongos en las paredes de la programación del software.
“Concéntrate”.
La intranet del Hospital de Bogotá era una hermosa mujer con branquias recitando una pregunta de acceso con voz bellísima. Mariana la besó apasionadamente y pudo conectarse sin problemas, la pasión fue recíproca y la mujer la devoró con su boca de anaconda. Las paredes intestinales estaban escritas, el estómago de la serpiente parecía un árbol flotando en el centro de un universo de dimensiones reducidas, hecho de pequeños mosaicos de obsidiana. Dentro de un fruto encontró al paciente indicado. Los restos de su mente estaban montados sobre una estructura neuronal standard que parecía un panal de furibundas termitas trabajando afanosamente, llevando dendritas de aquí para allá, llorando con pequeños gritos espantosos en frecuencias agudísimas.
“Acupuntura sónica”, pensó la mujer.
Suspiró.
Cerró los ojos para mirar con el cuerpo.
Convirtió sus manos en uñas congeladas del largo de katanas y atacó.
La lucha contra las termitas fue corta y atlética. Mariana giraba y cortaba cabezas avanzando hacia el centro blando de la estructura. De un salto cortó las cabezas de las últimas termitas guardianes y quedó en cuclillas frente a un niño asustado, no dudó en hundirle una uña en la frente y ahogarle el grito degollándolo de un golpe.
Todo tomó coloración rojiza.
Huyó por la línea telefónica asociada a los monitores cardíacos hacia las lagunas de la empresa de telecomunicaciones Aotel, dueña de los empalmes.
Salió caminando hacia la playa de acceso, cayó hacia arriba y la sacaron como se saca a un recién nacido, a un bautizado húmedo de placenta y mescalina, inconsciente.
–Todo salió perfecto –murmuró Ramiro–. Déjenla descansar unas horas.
Las primeras horas de inconsciencia fueron tranquilas, pero pronto comenzaron a brotar infecciones neuronales adquiridas durante su permanencia en la red. Su conciencia fue atacada por gemidos. Gente muerta rasguñando el piso bajo ella, hablándole a través de grabaciones magnetofónicas, amenazando derramarse desde pantallas de televisión encendidas, insultándola imperceptiblemente desde los enchufes de corriente eléctrica. Mariana pudo escucharlos pidiendo ayuda desde las cintas de antiguas grabadoras dejadas encendidas al ambiente. Intentando comunicarse desesperadamente.
Una voz se separa y le susurra al oído un secreto terrible, Mariana llora.

El proyecto de Soberanía para el Ciberespacio se había convertido en la obsesión del Gobierno. Estaban convencidos que sería más importante que las estaciones en la luna o las bases de avanzada en el subsuelo antártico. Se trataba de la colonización de todo un nuevo continente de características ilimitadas.
El Gobierno pagaba importantes sumas de dinero a los voluntarios que aceptaban sumarse al programa. Incluso se sabía de tratos con criminales, blanqueo de papeles y reducciones de condena a cambio de aceptar ser “levantado” a la Web.
El concepto era sencillo. Se sometía al voluntario a un scaneo de sus patrones de memoria y se transferían sus funciones cerebrales, a través de una interface adecuada, directamente al ambiente del Ciberespacio. Las mentes “levantadas” eran asignadas a espacios de memoria protegidos y administrados por el Gobierno llamados “granjas”, donde desarrollaban tareas específicas diseñadas por los departamentos gubernamentales.
“Levantar” a un voluntario se hacía de por vida y se había convertido en todo un rito entre monástico y funerario al que acudía toda la familia en procesión hasta el edificio del proyecto. Allí el voluntario firmaba el contrato que lo separaría voluntariamente de nuestra realidad, se le cortaba un mechón de cabello y se tomaba una fotografía familiar. Luego ingresaba a través de unas puertas a un pasillo oscuro con una potente luz al fondo. Los parientes lloraban y vestían de negro al ir a entregarlo.
Los voluntarios eran inducidos al coma profundo y se les extraían brazos y piernas para reducir espacio. Los cuerpos eran mantenidos dentro de los úteros de cientos de yeguas inconscientes que colgaban de ganchos al interior de enormes galpones oscuros, en una enmarañada red de cables y fibra óptica. Doce clavos de cobre hundidos a lo largo de sus columnas vertebrales se conectaban al hipotálamo de las yeguas, desde allí se proyectaba un axón de calamar que entraba al tejido blando que cubría el techo de los galpones. El espectáculo era sombrío. Interminables aglomeraciones de cuerpos suspendidos caóticamente en la penumbra, destilando aceites y orina al piso enrejado. Respiraciones, uno que otro bufido inconsciente, en general silencio y olor a muerte.
Los parientes podían visitarlos sólo en el Web site de la compañía que administraba la señal, en una amigable interface que simulaba prados al atardecer.
Todo parecía perfecto. El Gobierno tendría “conciencias” administrando desde adentro los complejos procesos de flujo y análisis de datos. La eficiencia aumentaría a rangos impensados y la productividad de toda la red industrial crecería a niveles nunca antes vistos.
Pero un grave problema se cernía sobre el proyecto más ambicioso y revolucionario del Gobierno. Rumores sobre supuestas fallas en los sistemas de suspensión vital frenaron el entusiasmo de los ciudadanos por acogerse al programa. Todo el proyecto dependía de la masividad con que se llevaran a cabo los “uploads” de “conciencias” y sin una masa crítica de a lo menos dos millones de “levantados” el proyecto sería un fracaso, los inversionistas privados retirarían su dinero y su apoyo, comenzarían las auditorías, aparecerían los acreedores nerviosos, los periodistas y toda la fauna que parece brotar de las paredes cuando un animal herido es abandonado por la manada. El Gobierno podía desmoronarse en medio de un escándalo financiero en menos de seis meses.
Además, estaban los “hombres de las cruces”, secta fanática de perfil apocalíptico y escaso número pero de gran espectacularidad, que atraía la atención del público con sus manifestaciones ruidosas y melodramáticas. La gente los escuchaba y para desgracia del Gobierno el mensaje no era alentador para el programa. No podían acallarlos porque la prensa adoraba los escándalos de presión política, menos hacerlos desaparecer, la opinión pública sospecharía de inmediato empeorando aún más la situación.
Los “hombres de las cruces” predicaban en torno a una terrible revelación: la electricidad sería en realidad un demonio, que habría hecho un pacto con sectas alquímicas en los albores de la Revolución Tecnológica para dotar de espíritu a las creaciones humanas a cambio de espacio para manifestarse en nuestro plano. Su medio ambiente particular era el cobre (para los “hombres de las cruces” el cobre era un metal sagrado comparable a la sangre de Cristo). El hombre le había construído redes de carreteras a este demonio a cambio del misterio de la electricidad, la estática y los signos ocultos en las placas de circuitería.
Los “hombres de las cruces” recibían ese nombre por las enormes cruces de cobre que clavaban en puntos de acupuntura de la Tierra. Allí crucificaban a sus iniciados y les extirpaban el ojo izquierdo para conectarles receptores–kirlian directamente al nervio óptico. En torno a la cruz enterraban de cabeza a 4 médiums hasta la cintura, para que escucharan las transmisiones de dios que esa monstruosa antena captaba. En los páramos del desierto de Atacama se podían ver alineamientos de cruces hasta el horizonte. Siempre con obispos perilleando frenéticamente antiguos aparatos radioescuchas e interpretando la estática.
Los mensajes no eran alentadores. Decían que el cobre atrapaba en sus redes a espíritus, esencias y entidades que estaban en tránsito al más allá. El plano astral vibraba y luchaba atrapado en esas redes eléctricas buscando liberarse. Los “hombres de las cruces” profetizaban la apertura de las puertas del infierno, decían que los aparatos estaban a punto de salir de nuestro control y ser controlados “desde adentro”. Predicaban que el ciberespacio se estaba convirtiendo en un limbo para los que no estaban en la gracia de dios y que cualquier proyecto que pretendiera enviar personas vivas allá era producto de las conspiraciones del demiurgo y por lo tanto blasfemo. El ciberespacio era un misterio sacro, un nuevo “más allá” que no debía ser profanado so pena de aumentar el poder del demonio electricidad.
Por alguna razón, quizás por aburrimiento, la gente los escuchaba y su inquietud frente al programa de colonización del ciberespacio aumentaba.

–Espero que hayas descansado, Mariana –dijo Ramiro–. Llevamos dos días esperando que despiertes.
–Denme un poco de maíz, por favor –murmuró la mujer.
–No hasta después de entrevistarte con nuestro presidente. El te hará el encargo personalmente.
–Juro que tomaré sólo un poco –insistió jadeando–, juro que sólo un poco, por favor.
–Tienes que estar lúcida.
–¡No quiero estar lúcida! –gritó irguiéndose de la cama, dos guardias ingresaron a la habitación pero Ramiro los detuvo con un gesto–. Vi… algo. Me hablaron. No quiero recordarlo, por favor.
Ramiro la miró en silencio por algunos segundos, echó a los guardias fuera de la habitación y se sentó en el borde de la cama.
–Cuéntame quién te habló mientras estabas en la Web, dime qué escuchaste. Después te daré todo el maíz que quieras.

La mañana era espléndida. La llovizna de la noche anterior había disipado la eterna nube de contaminación que escondía a la ciudad de los ojos de dios. Hasta se podía ver el enorme cordón montañoso nevado, como una monstruosa ola congelada siempre a punto de reventar, inquietante y amenazador. Como si nos hubiéramos quedado a vivir en la mitad del mar rojo en vez de atravesarlo.

Ciudad peligrosa.

El edificio del partido se encontraba en una zona de las afueras de Santiago de Chile llamada Melipilla (“cuatro espíritus”, en mapudungún). Era una explanada de concreto con accesos vehiculares a los 4 niveles subterráneos donde estaban las oficinas administrativas. Eugenio Balandro se encontraba en el centro del nivel más profundo en una oficina circular con cuatro accesos que se bifurcaban hacia el resto de las instalaciones, incluidos los bnkers y las salas de la artillería antiaérea. El minotauro en su laberinto, el centro del mandala. Hasta allí condujeron a Mariana, o lo que quedaba de ella después de encontrarla en el suelo de su habitación con el maíz saliéndole por los oídos.
–Manténte de pie, ¡por dios! –murmuró Ramiro con dureza. La mujer se tambaleaba junto al secretario que, muy nervioso, esperaba que Eugenio Balandro abandonara sus papeles y les dirigiera su atención.
“Dónde estoy, acuérdate, acuérdate”.
–¿Este espantapájaros es la famosa “chilena”, Ramiro? –se burló Eugenio. Su cabello oscuro contrastaba con el paisaje blanco que se reproducía tras los falsos ventanales a su espalda: los hielos de la patagonia.
“Acuérdate, no te desmayes ¿Quién es este huevón?”.
–Que no le engañe su apariencia, señor. La destreza que demostró en el ciberespacio nos dejó en extremo satisfechos.
–¿Me entenderá si le hablo? –sonrió–. Mírala, apenas puede sostenerse en pie.
–Le va a entender perfectamente, señor.
“De qué están hablando. La cabeza me da vueltas. Los muertos si hablan. Acuérdate…acuérdate”.
Eugenio se puso de pie y caminó hasta ponerse delante de su escritorio.
–Señorita Mariana ¿Sabe Usted por qué han sido solicitados sus servicios?.
“¿De qué habla este huevón?… Dios, la estática se hace líquida. Si me muevo y la derramo se va a comer todo el edificio…algo va a ocurrir”.
–¿Mariana?
–¿Si?.
–¿Sabes por qué estás aquí?.
–Tengo que matar a alguien, creo.
–No hay por qué plantearlo de esa manera –sonrió–, tú eres el factor inesperado. El pedrusco que golpea los pies de barro del gigante.
Mariana luchaba por mantener el equilibrio afirmada en el vano de la puerta. La presión en su garganta comenzaba a ser molesta. Las imágenes se mezclaban mutando como en un sueño.
“Seguro que la droga estaba contaminada”.
–Tú no lo sabes pero vas a contribuir a cambiar la historia de este país –continuó–. Hoy en la mañana he hecho duras declaraciones a la prensa sobre la inseguridad del proyecto de Soberanía para el Ciberespacio del Gobierno. Insistí en el peligro latente para la ciudadanía, en los gastos excesivos y en la imposibilidad de asegurar la sobrevida de los individuos mantenidos en coma, de los “levantados”.
“Quiero vomitar”.
–Mañana a las 10:00 AM van a transmitir en directo, para todo el país, la ceremonia de “upload” de la mente del presidente del Banco de México. Debería ser el impulso definitivo para el éxito del programa. Pero tú vas a estar ahí, entre los pliegues del software con cuchillos digitales en vez de miradas, lista para degollarle la mente en cuanto asome la cabeza fuera del agua. Todo el planeta será testigo en vivo y en directo del fracaso total de nuestro Gobierno.
“¿De qué está hablando este imbécil? Si no para le voy a ensuciar la alfombra”.
La mujer estaba pálida. Sudaba y jadeaba mirando la escena tras un mareo lleno de náusea, palabras entrecortadas y todo ocurriendo a metros de distancia. La realidad pero más blanda, bajo el agua y mal editada.
–Señor –interrumpió inesperadamente Ramiro Bermejo–, tenemos información adicional de gran relevancia.
Eugenio le clavó una mirada de molestia.
–Entonces dímela de una vez.
–Señor, Mariana es una mujer extraordinariamente receptiva a las frecuencias del plano astral. Cuando entró al ciberespacio hizo contacto de alguna manera con “entidades” y “presencias” de naturaleza paranormal, señor –la mujer se afirmó ruidosamente de un mueble y tosió aguantando la náusea.
–Continúa.
–De los mensajes y restos de información que recibió de estas entidades podemos deducir que hay una marea síquica filtrándose hacia el ciberespacio, señor.
–¿“El movimiento en los sueños”? –sonrió–, has estado escuchando demasiado a los “hombres de las cruces”.
–Creemos que la contaminación del ciberespacio por estas entidades se encuentra en avanzado estado de infección, señor.
Mariana levanta bruscamente la cabeza con los ojos desorbitados –¡Tratan de salir por mis nervios ópticos!
–¡De qué habla esta mujer! –grita Eugenio cada vez más molesto.
–Las llamadas telefónicas siempre difieren en una letra, en un imperceptible cambio en la intención de la voz. Todo está orientado a producir necesidad de dios. Todo está manejado por el demonio de la electricidad– murmura la mujer.
–¡Ramiro, calla a esta loca!.
Mariana vomita sujeta a un mueble de archivos.
–Lo siento, señor –dice Ramiro.
“Vienen a través del cobre, van a salir por mis ojos”.
–Lo que averiguamos es de gran importancia, señor.
Eugenio le hizo un gesto indicándole continuar.
–Al parecer el departamento psíquico del gobierno hizo contacto con las entidades del “movimiento en los sueños”. Tenemos información que sugiere que el Proyecto de Soberanía para el Ciberespacio es un programa de alcances más allá de nuestro conocimiento, señor. Las mentes “levantadas” estarían creando un ambiente operativo compatible con la naturaleza de estas entidades síquicas para facilitar su ingreso y proliferación. La segunda etapa sería crearles una interface para salir, a través de puertos de datos, hacia periféricos que les permitan interactuar con nuestra realidad.
–Encarnarse en máquinas –murmuró Eugenio.
–Algo así, señor –continuó–. El proyecto es de un potencial ilimitado.
–¿Y en qué cambia eso nuestros planes? –dijo Eugenio.
Ramiro titubeó, bajó la mirada y observó a Mariana jadear. El vómito era blanquecino, le iba a hacer bien haber expulsado todo ese maíz de su organismo. –Quizás reenfocar nuestra estrategia, señor.
Eugenio guardó silencio, expectante.
–Creo que nuestro objetivo debiera ser desprestigiar al gobierno y no al Proyecto, señor. Los beneficios que podríamos obtener de él, una vez que lleguemos al poder, serían incalculables –Eugenio sonrió burlonamente meneando la cabeza–. ¿Y cómo “crees” que podríamos conseguir eso, Ramirito?
–Bien. Todos saben que usted es el principal opositor al proyecto. Todos saben que usted es responsable, en buena medida, del fracaso del proceso de reclutamiento de voluntarios. Usted es una gran piedra en sus zapatos y todos saben que al Gobierno le encantaría que usted… desapareciera del paisaje, señor.
–Entiendo –continuó Eugenio, muy serio–. Y si yo tuviera un “accidente” todos sospecharían con razón de los organismos de seguridad, se podrían proveer algunas pruebas y el escándalo se desataría. Sería considerado magnicidio, el desprestigio del Gobierno sería inmediato y todos se verían obligados a rechazar a una administración responsable de asesinato político, ¿cierto? –Ramiro bajó la mirada y Eugenio estalló como un volcán–. ¡Deberían desollarte vivo sólo por insinuar semejante estupidez, imbécil! ¡Es lo más descabellado que se le podría haber ocurrido a alguien! –Se detuvo de golpe y miró a Mariana que se ponía de pie, aún mareada. Se puso pálido y giró bruscamente hacia Ramiro.
–Pequeño imbécil… no estás bromeando –murmuró.
–No, señor.
–Mariana no vino a recibir un encargo sino a ejecutarlo.
–Así es, señor.
–Esto fue demasiado lejos. Voy a llamar a la guardia…
–Señor –interrumpió– las comunicaciones de la sala están cortadas.
Eugenio comenzaba a ponerse muy nervioso, la cabeza le funcionaba vertiginosamente buscando una salida, analizando la situación. Ramiro esperaba tranquilamente a que Mariana finalmente se recuperara.
–Pequeño ambicioso, ya entiendo –sonrió nerviosamente–, quieres nada más y nada menos que la presidencia del partido. Para tu información mi candidato es otro…jamás serías tú, pequeña rata.
–Todos saben que su candidato “secreto” es Pedro Alvarado, señor. El sería el principal beneficiado con su muerte y por lo mismo considerado como primer sospechoso de su asesinato.
–Entiendo, esa fue tu condición para ejecutar el proyecto. Que el inculpado fuera mi candidato, ¿cierto? Así te deshaces de él y limpias tu camino.
–Le inventaremos un historial de espionaje y una conexión secreta con organismos del Gobierno –continuó–. El se defenderá pero las pruebas serán concluyentes, además nadie podría creerle que nosotros mismos planeamos la muerte de nuestro presidente como parte de una estrategia política, sería demasiado monstruoso. En eso radica la genialidad de esta idea, señor.
Mariana meneó la cabeza intentando despejarse.
–¿“Le inventaremos un historial”? ¿Quieres decir que hay más gente involucrada en esta locura? Sólo espera a que el comité se entere, miserable idiota. Tú y tus cómplices van a pagar muy caro este desacato.
–Señor….
–¡Nada de “señor”, conchetumadre! ¡Cuando el comité te desenmascare no habrá lugar en la tierra para ti y tu familia! –gritó mientras intentaba activar su intercomunicador personal.
–Señor….
–Aquí, Eugenio Balandro. Solicito línea directa con el comité, de inmediato…
–¡Señor!.
–¡Cállate!.
Mariana se refregó la cara con las manos y resopló con energía, la niebla se disipaba.
–Fue el comité en pleno el que aprobó este procedimiento, señor. Y por unanimidad, no está de más decirlo. Todos consideraron la idea digna de elogio.
Eugenio quedó inmóvil, el rostro desencajado, la boca semi abierta. Durante un segundo le pareció que su mente se equilibraba precariamente sobre un acantilado brumoso. Mantuvo la mirada fija en Ramiro. Experimentó la sensación inédita de ser sólo un hombre indefenso, desnudo y frágil. Pensó en convencer, sobornar, finalmente rogar, pero era Ramiro Bermejo a quien tenía enfrente, imposible rebajarse. Pensó en el arma que guardaba en el cajón, pero Mariana sería más rápida, lo sabía bien pues él mismo la había seleccionado por su destreza.
Sus rodillas comenzaron a temblar y un involuntario rictus de dolor fue rápidamente controlado.
–Por favor, señor –dijo Ramiro un tanto incómodo– recuerde que las cámaras de seguridad lo están filmando. Eugenio bajó la cabeza y miró de reojo las puertas cerradas, el minotauro en su laberinto.
–Todos los accesos están bloqueados, le imploro dignidad, señor –dijo Ramiro inspeccionando con la mirada a Mariana.
–Perderán mucho con mi partida –dijo en un hilo de voz.
–En absoluto. Usted es la persona justa que necesitaremos “allá arriba” para que se entienda con “ellos”, señor.
Eugenio intentó sonreír. Repentinamente se arrojó con agilidad sobre su escritorio. Papeles y objetos metálicos saltaron en todas direcciones mientras abría un cajón intentando alcanzar el arma escondida bajo los archivos.
Mariana no entendía nada. Entre su mareo y las palabras inconexas que llegaba a escuchar vio el gesto de Ramiro indicándole a Eugenio y diciendo la palabra “mátalo”. Eso lo entendió perfectamente, algo se activó en su interior y todas sus partes calzaron automáticamente.
Eugenio alcanzó el arma pero cuando consiguió levantarla un cuchillo le había clavado la mano al escritorio y se encontró cara a cara con un demonio transfigurado.
–Cerdo inmundo, seguro has violado mujeres –lo tomó de los cabellos, le puso la hoja en la garganta y miró a Ramiro esperando su señal.
–Quiero que sepa que la idea fue mía, señor. Espero que se sienta orgulloso –dijo el secretario haciendo un gesto a Mariana y desviando la mirada.
Todo estaba terminando dolorosamente para Eugenio Balandro. Todo estaba comenzando para Ramiro Bermejo, nuevo presidente del Partido Obrero Revolucionario.
Mariana se acercó a él bañada en la sangre de Eugenio y con parte de su tráquea en la mano derecha, sonriendo.
–Lo hice rápido, creo que me dio lástima. Nunca me ha agradado matar a adolescentes, ¿qué edad tenía, 13 años? Me preocupa pensar que lo disfrutaste, Ramiro.
El secretario la miró con desprecio. Tendrían que eliminarla, el comité detestaba los cabos sueltos.
La mujer permaneció inmóvil frente a él, mirándolo a los ojos mientras una sonrisa congelada avanzaba en cámara lenta por sus mejillas salpicadas de sangre.
Ramiro tragó saliva.
Mariana avanzó dos pasos hacia él.
(El zumbido del sistema de ventilación).
–Tengo este regalo para ti –dijo y le hundió un cuchillo en el páncreas–. Es gratis –sonrió.
–¿¡Pero… –susurró con los ojos desorbitados por la sorpresa, deslizando lentamente la espalda por la pared hasta el suelo–… por qué!?.
–No se, creo que me das asco. A lo mejor sólo estoy cagada de la cabeza –sonrió rascándose la nuca–. Quizás… quizás me molestan los finales demasiado perfectos. Algo sobre cabos sueltos me dijeron, también…creo.
Ramiro la miraba hacia arriba con los ojos muy abiertos, como un pez ahogándose al fondo de un bote. Comprendió que una nueva decisión se había tomado en su ausencia y, entre la niebla de su desvanecimiento, la aceptó con amargura.

Mariana limpió los cuchillos en la solapa de seda del secretario muerto y sintió un agudo dolor en el centro de la frente.
“La droga me está matando”, pensó y salió de la habitación tambaleándose.

[FIN]

por Jorge Baradit