El Primer Contacto

El gran momento había llegado. Sobre la amplia explanada habili­tada a propósito en las afueras de Nueva York, flotando ingrávidamente a sólo medio metro de altura, el gran disco volador aguardaba, indiferente hacia todo aquello que tenía lugar en torno suyo, a que llegara la hora del primer contacto físico entre la humanidad y una civilización extraterrestre.

La explanada, por el contrario, bullía de actividad. Más capital del mundo que nunca, Nueva York había visto incrementarse hasta límites nunca conoci­dos su ya de por sí numerosa colonia diplomática, gracias a la llegada de numerosos jefes de estado y de gobierno que habían querido presenciar personalmente el histórico acto. Para todos ellos había sido habilitada una tribuna circular que rodeaba por todos los lados al platillo; tribuna que, desde hacía ya varias horas, se encontraba completamente repleta.

Por la parte exterior de la tribuna había un segundo andamiaje circular en el que se apiñaban varios miles de periodistas encargados de cubrir la noticia; no ocurría así con las cámaras de televisión ya que la única cadena que había  conseguido los derechos exclusivos de retransmisión, pagándolos por cierto a precio de oro y efectuando no obstante el mejor negocio de la historia de la teledifusión, había optado por situar sus cámaras en cuatro altas torres construidas ex profeso para tal fin por detrás de la tribuna de la prensa, junto con un quinto equipo instalado a bordo de un helicóptero que revoloteaba en torno al escenario del acontecimiento.

El tercer y último círculo estaba formado por un impresionante aparato militar que incluía, junto con fuerzas acorazadas y piezas de artillería, la ostensible presencia de varias escuadrillas de aviones y helicópteros que surcaban continuamente el purísimo azul del cielo. Aun cuando se sabía a ciencia cierta que las intenciones del extraño visitante eran completamente pacíficas, el alto mando nortea­mericano había ordenado el despliegue de sus mejores fuerzas más por afán propagan­dístico (no se sabía a ciencia cierta si para impresionar al extraterrestre o más bien a los egregios visitantes) que por efectividad real; en el caso hipotético de que el platillo volante se mostrara hostil, no podrían atacarlo sin destruir al mismo tiempo a las dos tribunas con sus ocupantes incluidos… Suponiendo que tan sofisticado aparato fuera vulnerable a las armas terrestres, hecho éste que muchos expertos se atrevían a poner en duda.

Los científicos, por su parte, habían quedado marginados a pesar de ser ellos quienes consiguieran establecer el primer contacto… Pero puesto que el extraterrestre hablaba a la perfección varios idiomas, los responsables de la organización estimaron que su presencia era sencillamente innecesaria. Además, así se evitarían situa­ciones embarazosas en cuestiones de protocolo.

Tan sólo faltaban ya algunos minutos para que el platillo abriera la puerta mostrándo­se a los ojos de miles de millones de personas de todo el planeta el único tripulante de aquella maravillosa nave venida de allende las estrellas. Tan sólo unos minutos, que habían precisado varios años de febril actividad.

Todo había comenzado hacía ya casi cinco años, cuando un astrónomo descubrió casi por casualidad un pequeño puntito luminoso que se movía dentro de la constelación de la Osa Mayor. Según todas las cartas estelares en tal posición no podía haber nada, pero el punto continuaba moviéndose con rapidez apenas a medio grado de la estrella Alcor, burlándose aparentemente de todos los astrónomos que tenían la vista fijada en él.

La cuestión resultaba ser todavía más espinosa si se tenía en cuenta que prácticamente todos los astros del sistema solar se movían sin excepción dentro de la estrecha franja del zodíaco, muy alejada de la constelación circumpolar de la Osa Mayor. No podía ser, pues, un asteroide desconocido; tampoco era un cometa, y la rapidez de su movimiento excluía tajantemente la posibilidad de que pudiera tratarse de un cuerpo situado más allá de las fronteras del sistema solar.

Bastó una sencilla medición de su paralaje para acabar definitiva­mente con la encendida polémica suscitada en el seno de la comunidad científica acerca del origen y la naturaleza del extraño cuerpo, y de hecho sorprendió a todos el comprobar que, en contra de lo que se creía, el móvil se encontraba realmente próximo… Ya que eran apenas unas cuantas decenas de miles de kilómetros las que separaban a la Tierra de su visitante, el cual había adoptado una órbita polar en torno a nuestro planeta. Se trataba, como se pudo asimismo calcular, de un cuerpo muy pequeño, quizá tan sólo de algunos centenares de metros de diámetro.

Mientras periódicos y revistas hablaban alegre­mente de la posibilidad de una invasión extraterrestre procedente de otras estrellas (Marte por aquel entonces estaba ya muy devaluado) e incluso no faltaban quienes afirmaban que la Tierra se encontraba frente a la segunda venida de Cristo, Mahoma o Buda según gustos personales, los astrónomos, mucho más pragmáticos ya que al fin y al cabo era ésta su obligación, decidieron enfocar un radiotelescopio hacia el cuerpo al tiempo que cruzaban los dedos…

Y por increíble que parezca, obtuvieron resultados positivos. El objeto respondió inmediatamente a las llamadas de la Tierra emitiendo a su vez un mensaje completamente ininteligible pero indudablemente codificado por una mente inteligente. Ya iniciado el contacto lo demás resultaría muy sencillo, máxime cuando transcurridos apenas algunos meses su interlocutor se mostró perfectamente capaz de expresarse con toda corrección en idiomas tales como español, ruso, inglés, chino, francés e italiano.

Con media comunidad científica volcada en el estudio de la astronave (porque ya no cabía la menor duda de que lo era), no se tardó mucho en poder dialogar con el ser que tripulaba el vehículo interestelar. Y, por vez primera en la historia, los hombres fueron conscientes de que no eran los únicos… ni probablemen­te los primeros.

El intercambio de información, al cual accedió gustosamente el alienígena, resultó ser sumamente fructífero para ambas partes. Los científicos terrestres pudieron obtener de primera mano todo un aluvión de datos que, sin ayuda, hubieran tardado varios siglos en recopilar, y el extranjero por su parte pudo saciar su curiosidad acerca de temas tales como la evolución de la vida en la Tierra o la articulación de la compleja trama social de los habitantes del planeta.

No hubo apenas límites a este intercambio de ideas; tan sólo se plantearon reservas (lógicas, al menos para los responsables gubernamentales) a la hora de comunicar secretos militares o tecnológicos, mientras que por parte del visitante resultaron infructuosos todos los intentos de obtener información sobre su metabolismo e, incluso, sobre su propio aspecto físico.

Fueron muchas las cábalas que se hicieron acerca de la razón de esta aparentemente absurda negativa, pero la promesa hecha por el extraterrestre de que pasado un tiempo prudencial descendería sobre la Tierra, hizo acallar todos los rumores. De hecho la nave había descendido ya… ¿Pero qué estaría haciendo en estos momentos el ser que se cobijaba tras sus recias paredes metálicas?

Djxlmrqs -ésta era la transcripción más aproximada que se podía hacer de su enrevesado nombre- ultimaba los preparativos para el contacto. De hecho tan sólo le faltaba ya un último detalle no por ello menos importante: tenía que decidir la forma física más apropiada para el acontecimiento ya que él, al igual que la totalidad de los miembros de su especie, carecía de forma propia pudiendo adoptar la más apro­piada para cada momento.

Éste, y no otro, había sido el motivo de su negativa a dar el menor detalle sobre su aspecto; conocía perfectamente las perniciosas consecuencias que habían acarreado los bruscos contactos entre su especie y varias civilizaciones primitivas, choques agravados por la peculiar fisiología de la misma, única en toda la superpoblada galaxia. Djxlmrqs era plenamente consciente del riesgo en que incurriría en el caso de que se mostrara ante los terrestres con su verdadero aspecto, y por ello había decidido adoptar una forma rígida -¡con lo incómoda que resultaba!- que mantendría mientras las circunstancias así lo aconsejaran.

Pero a pesar de que el plazo de tiempo se agotaba, Djxlmrqs continuaba aún en su cómoda y habitual conformación ameboide. Tan sólo necesitaría algunos segundos para adoptar su disfraz, pero aún dudaba sobre cual escoger. Evidente­mente una forma demasiado extraña o amenazante alarmaría de forma innecesaria a los terrícolas, pero por otro lado estaba convencido de que tampoco sería conveniente mimetizarse en un ser humano ya que su conocimiento de la especie, obteni­do exclusivamente a través de las emisiones de televisión captadas en órbita, no era lo suficientemente completo como para atreverse a correr el riesgo de incurrir en un embarazoso y desagradable error.

Lo más factible sería, sin duda, adoptar la forma de algún ser que, sin ser humano, sí fuera conocido por sus anfitriones; esto le permitiría acercarse a ellos sin demasiados problemas mientras que la posibilidad de un error quedaría de esta manera muy minimizada. Rápidamente recordó una forma humanoide que había tenido ocasión de contemplar en un corto fragmento de una de las ficciones que los humanos denominaban películas y que él, al ser incapaz de comprender a pesar de entender perfectamente los diálogos, solía dejar de lado apenas visualizados algunos momentos.

Recordaba perfectamente la apariencia física de aquel ser, y por lo tanto, no tendría la menor dificultad en adoptar un aspecto en todo semejante a él; con una pequeña salvedad. A pesar de la gran versatilidad de su cuerpo, su masa siempre tenía que mantenerse constante y, aunque podía modificar en ciertas proporcio­nes su volumen, existían de hecho unos limites que no se podían rebasar. Djxlmrqs conocía perfectamente el tamaño de los terrícolas y sabía que, por mucho que se comprimiera, su cuerpo seguiría siendo algo más grande de lo ideal.

Encogién­dose filosóficamente de hombros (o mejor dicho, realizan­do el gesto equivalente ya que, a pesar de su nueva forma corporal, Djxlmrqs ignoraba estas pequeñas costumbres terrestres), el extraterrestre se dirigió hacia la puerta de la nave desgranan­do mentalmente los segundos. Cuando por fin llegó el  momento abrió triunfalmente la misma, enfrentándose al rectángulo azul de cielo que se recortaba frente a sus recién formados e inoperantes ojos. El contacto era ya un hecho.

*     *     *

Faltaban tan sólo unos segundos para que la puerta de la nave se abriera. En la explanada, el silencio se podía cortar con un cuchillo. En el centro de la misma, frente el majestuoso aparato, se encontraban tres personas: el presidente de los Estados Unidos de América, el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas y el alcalde de la ciudad de Nueva York. Estos tres insignes políticos serían por derecho propio quienes dieran la bienvenida al extraño en nombre de toda la humanidad; bienvenida que estaba ya a punto de producirse.

Una de las cuestiones que mayor polémica había desatado en todo el planeta era la hipotética constitución física del recién llegado. Había quien opinaba que tenía que tratarse necesariamente de un humano o un humanoide, aunque no faltaban tampoco los defensores de la tesis que postulaba que una evolución convergente en dos planetas separados por un abismo de varios años luz era poco menos que imposible, por lo que cabía esperar con toda seguridad el descubrimiento de una forma de vida totalmente extraña a los esquemas imperantes en la Tierra. Otros había también, aunque éstos eran minoritarios, que defendían todo un abanico de posibilidades que iban desde los enanos cabezones hasta los pulpos flotantes, pasando por todo un aquelarre de seres tan aberrantes como cerebros gigantes, insectos monstruosos, vegetales andantes o robots autorregenerables… Sólo una de estas teorías, como mucho, tendría razón, ¿pero cuál?

Pronto, muy pronto, saldrían todos de dudas. La puerta ya se estaba abriendo y, tras ella, se perfilaba el bulto del extraño que salió finalmente a la luz… Que levantó su mano a la vez que formulaba en voz alta un ritual y estudiado saludo… Y que…

Nunca se supo quién de entre todos los allí presentes gritó primero; lo cierto fue que apenas unos segundos después toda la explanada era un maremágnum de lamentos, exclamaciones de terror, carreras e imprecaciones. Jefes de estado, periodistas y militares desde generales hasta soldados, democráticamente hermanados en su pugna por huir desesperadamente del interior del triple recinto, dejaron desalojada la amplia explanada en un tiempo tan breve que, apenas unos minutos después de abierta la puerta de su nave, el extraterrestre se encontró con que era el único ser vivo existente en varios kilómetros a la redonda. Los aviones habían desaparecido del cielo como por ensalmo y, para alivio de los telespectadores, las abandonadas cámaras de televisión mostraban tan sólo porciones impolutas de cielo.

Sorprendido y, por vez primera en su vida perplejo, Djxlmrqs recorrió con sus sentidos (sería inútil definirlos como visión) el desolador entorno que le rodeaba: Tan sólo quedaban las vacías gradas y el heterogéneo material precipitada­mente aban­donado por sus propietarios, material que abarcaba desde baterías de cohetes tierra-aire hasta teléfonos portátiles y cámaras fotográficas pasando por las olvidadas cuartillas del discurso presidencial que yacían ahora a sus pies; esta abigarrada colección de objetos inanimados era cuanto restaba de la espectacular comisión de bienvenida que aguardara en torno a él apenas unos minutos antes. Y de repente, tuvo la desagradable impresión de que su misión había fracasado estrepitosamente.

¿Por qué razón? Probablemente nunca lo sabría. Lo cierto era que nada le quedaba ya por hacer allí y que un segundo intento de acercamiento resultaría tan infructuoso como el primero. De repente se sintió incómodo: había olvidado que aún continuaba con la incómoda y rígida conformación humanoide que de nada le servía ya, por lo que automáticamente la disolvió volviendo a adoptar la ameboide que le era propia.

Pensativo volvió a su cabina. Él no era un científico sino un simple comerciante que se había desviado inadvertidamente de su ruta yendo a parar a una de las regiones más salvajes y atrasadas de toda la galaxia. Sí, ya le habían advertido que poco podría obtener intentando comerciar con tan primitivos seres, y también sabía que, precisamente por eso, nadie se había molestado en viajar hasta allí desde hacía varias revoluciones galácticas. Pero él había creído que al menos podría amortizar el gasto energético, y por otro lado un insignificante retraso de algunas revoluciones planetarias apenas le haría perder algo de tiempo.

Pero algo había ido mal a pesar de su meticuloso acercamiento. ¿Habría sido su caracterización? Lo dudaba. En el fragmento de película del cual se había inspirado, este humanoide (Frankestein se llamaba, si no recordaba mal) convivía con los humanos sin que éstos mostraran demasiada extrañeza… ¡Si hasta los niños y los ancianos se relacionaban amistosamente con él! Y el hecho de que su altura fuera ligeramente mayor que la del original, apenas unos cuatro metros según el sistema de medidas terrestre, no había modificado substancialmente su aspecto.

Lamentándose por toda la energía despilfarrada tan inútilmente, Djxlmrqs se acomodó frente a los controles al tiempo que seleccionaba cuidadosamente su próximo destino: tendría que ser lo suficientemente rentable como para que le permitiera cubrir las pérdidas de su fracasado viaje a la Tierra. Afortunadamente la mayoría de los habitantes de la galaxia solían ser mucho más inteligentes… Ahora com­prendía por qué nadie visitaba nunca este planeta; desde luego, él no volvería a perder el tiempo tan miserablemente. ¡Al precio que estaba la energía!

¡Qué extraños son los terrícolas! -suspiró al tiempo que conectaba el contacto de su astronave.

Y se marchó.

Autor: José Carlos Canalda

Un comentario sobre “El Primer Contacto”

  1. Genial! primero pensé que haria algo como matar presidentes xD pero el final resulta gracioso. Muy bueno!

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