Atlantis

“Y en un solo día, en una noche fatal, todos los guerreros que había en vuestro país fueron tragados por la tierra que se abrió, y la isla Atlántida desapareció entre las olas”
Platón (427–347 A.C.)

Timeo

Desde que lo cantó Platón, hace más de dos milenios, nunca hubo otro testigo de la tragedia del continente perdido. Ese mundo cuyo paso por la existencia se esfumó en la bruma de la prehistoria, convirtiéndose en nada más que sueños y especulación; dudándose incluso que alguna vez existiera. Pero ahora, por primera vez, escuchaba la voz de quien viera el desastre con sus propios ojos; de alguien que me hablaba con extrema convicción desde la profundidad del trance hipnótico en que estaba sumida.

Soy Jaime Bilbao y soy médico, por lo cual mi pensamiento está basado en la racionalidad científica. Especializado en psiquiatra, he dedicado mi vida a desentrañar los secretos más profundos de la psiquis, en busca de una explicación a los misterios recónditos del alma humana. Sin embargo, un paso más allá de la racionalidad había un campo que me atraía sobremanera. Por supuesto que no creía en ello, y no fue hasta que tuve la evidencia material en mis manos que mis prejuicios se quebraron, cayendo al suelo como un castillo de naipes. Pero no nos adelantemos, pues primero tengo que explicarles que todo nació por mi fascinación por la muerte.

Lo reconozco ahora, aún cuando en su tiempo no supe percatarme, que siempre sentí especial fascinación por el más allá y todos esos símbolos físicos que le acompañan: urnas de madera cuidadosamente lustradas, coronas de flores, velas de cebo ardiendo, y ese macabro réquiem de Mozart. Me sentía especialmente atraído por aquellos cadáveres a punto de descomponerse, cuyas caras de cera veía tras el cristal del ataúd al darle el pésame a un amigo. Pero por sobre todo me fascinaba ese olor; ese indescriptible y dulzón olor a podredumbre, con el que los difuntos impregnan sus funerales. Internamente sentía un morboso placer por observar a mis congéneres en ese estado. Están muertos, pensaba, ahora son más pobres que el vagabundo más miserable, pues han perdido lo único que tiene algún valor en este mundo: la vida. Internamente sentía una gran satisfacción por estar vivo; al menos por ahora. Hoy comprendo que esa asquerosa debilidad venía del horror a la muerte que cobijaba mi alma. Esa angustia de saber que estamos aquí sólo para un día y que llegará el momento, quizás muy pronto, donde ya nada tendrá sentido; cuantos días te quedan por vivir, me decía, mil, quizás diez mil: ¿sabes acaso cuántos amaneceres hay por delante?, ¿los has contado? Tras morir habrá un tiempo sin fin en el que la familia no significará nada, menos el trabajo, ni el logro, ni el éxito, ni la raza, ni la historia. Nada, absolutamente nada tendrá sentido, pues estaremos muertos, y nada más existe tras esa angustiosa barrera del fin. Así lo creía yo, firmemente, hasta que, casi por casualidad llegó a mis manos un libro sobre la vida más allá de la muerte. Era ese típico libro en estilo “New Age”, tan asiduamente comprado por personas excéntricas y profetas interesados. Mas al terminar de leerlo, esa porquería de texto había cambiado mi vida, pues me dediqué por completo a estudiar que pasaba cuando el hombre se muere.

Durante muchos años estudié pacientes con experiencias cercanas a la muerte, llegando poco a poco a la convicción de que la vida no terminaba de la manera que el mundo, y yo mismo, sospechábamos. Sabía que no me creerían por lo que guardé silencio, más lentamente comencé a creer en la continuidad de la existencia más allá de la muerte; en la reencarnación.

Había, no obstante una dificultad en mis deducciones. A pesar de las múltiples evidencias circunstanciales jamás tuve ante mí una prueba científica que avalara la idea intuitiva de la reencarnación. Prueba que anhelaba encontrar con toda mi alma. Qué no hubiera dado por demostrarle al mundo que la realidad era más compleja y plena que aquella limitada al mundo físico. Pero mi espíritu no cejó ante los problemas, concentrándome entonces en las regresiones, donde esperaba encontrar la evidencia definitiva de la metempsicosis; del paso de vida en vida en ese eterno retorno que predicaron Pitágoras y Buda. Y entonces, casi por casualidad encontré a Susana, quien me daría la prueba definitiva de la reencarnación de la manera más inesperada, demostrando de paso la existencia real del más grandioso mito humano: el continente perdido de la Atlántida.

Era la quinta sesión de hipnosis regresiva con Susana, quien era una paciente extraordinaria, cuya psiquis recordaba más de trescientas vidas pasadas. Si bien sus vidas más recientes eran ordinarias, de personas cualquiera viviendo rutinas aburridas en lugares olvidados, la vida que recordaba en aquella sesión destacaba por sobre todas. Yo era testigo privilegiado de la más extraordinaria regresión practicada por médico alguno desde que esa práctica se puso de moda. Se trataba de la regresión a una vida clave para la personalidad actual de Susana; pues tal existencia le había impreso una marca fundamental en su carácter. Una vida de gran antigüedad, pero que permanecía intacta en la psiquis de mi paciente.

–¿Quién eres Susana? –Le pregunté al iniciar la sesión de hipnosis.
–Soy Jassive, capitán del Albatros, un carguero de la línea Horizonte, la confraternidad de armadores de aeronaves.
–¿Eres hombre o mujer?
–Soy un varón de 40 años, tengo familia y un hogar cómodo, además de una vida sana y plena. Me confieso que feliz, aún cuando una sombra obscura aflige mi alma.
–¿Qué ves?
–Estoy a mil brazadas de altura por sobre la llanura central; el verde de mi tierra inunda el paisaje. Al fondo tengo al volcán Zunharti, que despide sus humos eternos a las alturas. El mar se ve bordeando la Gran Isla. Un azul profundo que se extiende hasta el horizonte y rodea las tierras de mi país. El cielo está despejado, y se ven navíos de grandes velas bordeando la isla. Algunas canoas de bárbaros extranjeros se arriman a la costa.
–¿Dónde vas?
–Voy a la ciudad central Athlaz, donde dejaré un cargamento de marfil comprado a los bárbaros del continente del sureste.
–¿Cómo es tu nave?
–Viajo en un vimana, una aeronave suspendida de dos grandes bolsas de gas en forma de cigarro. Se impulsa gracias a un fenómeno electromagnético descubierto, hace ya más de doscientos años atrás, por uno de los magos del Templo de la Sabiduría.
–Cuéntame de tu vida, Jassive ¿por qué tienes el alma afligida?
–Bien, lo haré. Escucha con atención pues no repetiré palabra alguna.

El cuerpo de Susana comenzó a temblar y a sudar copiosamente. Se notaba que los recuerdos atormentaban el alma eterna que residía en aquella mujer. Su cabeza giraba violentamente de lado a lado, mientras de su pecho salían sonidos guturales que helaban la sangre.

–Nací en Athlaz hace ya cuatro décadas, en el seno de una familia de aeronautas. Mi padre, Fatiattis, fue un gran navegante, quien en sus viajes recorrió el globo entero. Cuando volvía a casa, luego de meses de travesía, nos traía recuerdos de los más remotos parajes. Por él comencé a entender la época en que vivimos, y a comprender lo extraordinario que era mi país, en especial cuando se le compara al resto de este mundo sumido en la barbarie. La tierra es vasta, pero está prácticamente deshabitada, siendo miles de veces mayor que nuestra isla, la cual no tiene siquiera treinta mil por treinta mil brazadas (1000 km2). Fuera de Atlantis, y en casi todo lugar, impera la barbarie. Hombres que no conocen más que las armas de piedra, la canoa y los ropajes de cuero, y que vagan por las praderas siguiendo las manadas de animales. Pocos conocen de agricultura. A duras penas han llevado sus poblaciones miserables a través de los continentes, caminando y también montando frágiles barcas. Sólo al este, en una tierra cruzada por dos ríos, aparecen los primeros indicios de la civilización, unos miserables poblados de casuchas de barro, que quizás un día den su fruto.

Escuchaba absorto mientras le dejaba a una grabadora el trabajo de registrar en forma permanente las huidizas palabras de la médium. No me atreví a interrumpir el hilo del discurso.

–La Gran Isla es diferente. Una vasta civilización plena de luz y ciudades, de cual la propia Athlaz es la mayor. Si bien nunca disfruté la vida de los ricos, nuestro pasar es grato y cómodo. Como te decía, nací en Athlaz, ciudad extendida en un fértil llano agrícola, a la que se accede por un canal artificial de miles de brazadas de largo que la conecta directamente al mar. Los barcos siguen el canal hasta los puertos del interior cruzando los siete círculos concéntricos de agua y tierra que conforman la ciudad. Al norte de la misma, el imponente volcán Zunharti, quizás el más alto del mundo, de perfectas formas y con su cono cubierto de nieves eternas, despide sus humos perpetuos a las alturas. En el exterior del primer anillo están los grandes puertos, donde las máquinas descargan los bultos de mercancía que llegan de la Barbarie. Allí viven los marinos y los aeronautas; una raza independiente y vivaz. En el siguiente anillo se agolpan los artesanos, los obreros y los comerciantes. Más al interior están los barrios de artistas, profesores y deportistas. Cerca del centro están los soldados que se encargan de cuidar el orden interno y externo. Bordeando el centro, están los sacerdotes, los magos y los burócratas, mientras que el centro mismo está la mansión de nuestro bienamado Emperador Osirahis, hijo del Sol y de la Luna, y regente de nuestros destinos. Unas cien mil personas viven en Athlaz, y medio millón en toda la isla; todos ellos alimentados por nuestras granjas hidropónicas, viveros de peces, y criaderos de aves. Un pequeño mundo que vive de y para sí mismo.

>>Crecí en el anillo marino, entre el cielo y el océano. A los seis años ingresé a la escuela infantil para aprender lectura, deportes, matemáticas y arte, y estuve allí hasta los catorce años, momento en que me inicié en el Templo del Mar para convertirme en marino y aeronauta. Desde que egresé me dedico a surcar el mundo en mi globo dirigible. Me casé y tuve hijos, por lo cual fui muy feliz hasta los eventos de aquella terrible noche. Fue tan imprevisto e inconcebible lo que ocurrió que todavía no me lo puedo explicar. ¿Por qué los magos del Templo de la Sabiduría, con todo su saber, oro y artefactos, no pudieron prevenir lo que ocurriría esa horrible noche en la cual el mar se tragó a Athlaz?

>>Eran sabios, muy sabios. El templo de la Sabiduría era un palacio gigantesco de diez pisos de altura que se extendía sobre una superficie de mil por mil brazadas. Estaba hecho de mármol e incrustaciones de oro, de una belleza como no viera el mundo jamás. Ventanas trasparentes de carbón prensado (diamante artificial) llenaban de luz su vasto interior. Allí, cinco mil magos estudiaban y expandían el saber de la comunidad, en una tradición que databa de muchos milenios. Todas las áreas del conocimiento se exploraban: desde la creación y crianza de nuevas especies vegetales hasta el movimiento de los astros; y desde los misterios del cálculo hasta la construcción de espejos mágicos para ver a distancia. Incluso se cuenta, pero no me consta, que los magos tenían cabezas de bronce que hablan y respondían a las preguntas que se les hacia con toda la fluidez de un poeta. De ese templo surgió nuestra civilización, sin dudas, cuando el sabio maestro Hermes, quien viviera tres mil años atrás, enunció las reglas del saber: (1) todo saber debe comprobarse con experimentos; (2) la hipótesis más simple es la mejor; (3) como arriba es abajo; en otras palabras: los conceptos abstractos deben avenirse con la realidad. Con tales reglas destruyó la fe ciega en los dioses de la naturaleza, sacándonos de la barbarie y abriéndonos las puertas de un avance incontenible.

La voz de Jassive, salía de entre los labios de Susana con un tono gutural y continuaba sin pausa relatando los hechos. Como todos, sospechaba que en la remota antigüedad la Atlántida había sido un faro del saber, pero lo que siguió le dejó estupefacto. A pesar de mi escepticismo comprendí que el progreso de la Atlántida estaba dentro de lo posible, pues si cuatro siglos bastaron para llevar al hombre desde la Ilustración hasta la Luna, cuanto más pudo lograr una civilización avanzada, que disponía de una ciencia metódica, en un plazo de tres mil años.

–Después de tanto acumular saber, –Continuó Jassive– los logros de Athlaz llegaron a superar la más afiebrada imaginación: Manipularon todos los materiales hasta construir sustancias átomo por átomo. Manipularon los genes hasta desarrollar una gran variedad de vegetales y de especies animales desconocidas en la naturaleza, de las cuales unas pocas sobreviven, confundidas como especies domésticas, mientras que otras quedaron en las leyendas y les llamaron dragones y unicornios. Dominaron los cielos y los mares; comprendieron las matemáticas del movimiento, las del destino (probabilidades), los flujos mentales; construyeron todo tipo de androides artificiales. Pero, lo más importante, construyeron una nueva raza, la raza de Athlaz.

–No puede ser –Pensé–, el gran mito de Thule pudo tener su base en la realidad.
–La humanidad fue tosca en un principio, hasta que hace dos mil años llegó Yakub, el gran biólogo que cambió el aspecto de los Athlazis. La gente original era baja, velluda, de piel muy obscura, cuello corto, corcovados, y aspecto simiesco. De ellos desciende la gran mayoría de los bárbaros. Yakub decidió a cambiar a la humanidad, y para ello estudió las más agraciadas formas de los animales, y diseñó los cuerpos más esbeltos y apropiados para el hombre de una sociedad superior. Buscó entre los albinos, y entre los pigmentos de animales, aquellos que reflejaran color, y con ellos creó genes artificiales; buscó las caras más armónicas; afiló los rasgos, ajustó las proporciones, hasta conseguir la creación de un genoma artificial, el Athlazi. Luego busco voluntarios y en ellos injertó sus primeros genes. El resultado fue tan asombroso que en tres generaciones la mayoría de los Athlazi tenían otro aspecto. Ni un ápice de inteligencia subió, ni mejoró la sociabilidad ni otras cualidades, pero el cambio de aspecto le dio una nueva identidad. Si veis entre los tuyos ojos azules, cabellos amarillos o rojos, y pieles sonrosadas, ten por seguro que descienden de Athlaz.

Ardía en ganas de conocer más detalles, y no puede evitar preguntar.

–Dime Jassive, ¿Por qué se perdió toda tu cultura y esa sabiduría?.
–Fue el desastre, el gran desastre –continuó el relato Jassive, mientras el cuerpo de la médium, Susana, temblaba en olas de espasmo–. La gran ola se llevó el Templo de la Sabiduría y a todos los que estudiaban en él. En instantes arrastró a la tumba a bardos, trovadores, astrónomos, magos, relojeros, escultores, matemáticos y naturalistas, privando nuestra civilización de todos aquellos que poseían el saber. Los 30 millones de volúmenes de la biblioteca se pudrieron en el mar, junto con los millones de cristales de información que preservaban los sonidos y movimientos. Nadie quedó que fuera capaz de volver a recrear nuestro mundo, y quienes se salvaron fallaron en el intento de recrear nuestra civilización. Muchos sobrevivieron, quizás hasta diez mil de los nuestros. Eran quienes estaban comerciando en lejanas tierras o simplemente conocían el mundo bárbaro. Pero ninguno de ellos era maestro de la sabiduría. Se trataba de gente común: comerciantes, turistas y aventureros; gente sin preparación, como yo.
–¿Por qué no predijeron la catástrofe? –Pregunté.
–Fue predicha por el profeta Zahaías, pero nadie le hizo caso. Se trataba de un místico, casi un loco, quien trescientos años antes profetizó que el rayo del Creador, encarnado en el monte Zunharti, destruiría nuestro mundo, hundiendo la isla en los abismos del mar. Si bien fue una historia popular, nadie en su sano juicio consideró que se trataba de una predicción válida. Sus palabras fueron: “En el día del Sol Frío (solsticio de invierno), doce generaciones por venir, el monte Zunharti lanzará la furia de los rayos del Creador sobre Athlaz. No quedará piedra en pie, y el escombro será arrastrado por las aguas al abismo. Se hundirá la tierra bajo las aguas y las madres llorarán al expirar. Profecía de Zahaías, Capítulo 12, Versículos 35–37.”
–Pero no hubo sabio del Templo que predijera lo mismo. Estaban tan seguros de sí mismos, tan convencidos de su ciencia, que fueron ciegos ante lo inevitable. Sabían que existía una pequeña chance de que el desastre ocurriera, pero pensaron que el peligro era mínimo. Una en cien millones de años, dijeron. Pero ocurrió. ¡Oh, Creador Nuestro!, cuan ignorante fueron.
–¿Cómo fue, Jassive?
–El primer terremoto se sintió al salir el sol. Fue fuerte, terriblemente potente, al punto que dejó buena parte de la capital en ruinas. Incluso los grandes edificios, como el Palacio, la Catedral y el Templo de la Sabiduría, se agrietaron y algunos pilares cayeron. El suelo se rasgó y los caminos se torcieron como serpientes. Miles murieron en ese mismo momento, y muchos agonizaron bajo los escombros. Más a pesar de eso, el traicionero Zunharti parecía tranquilo, y su columna de plácido humo blanco seguía sin variar surgiendo de sus entrañas.

>>Fue al atardecer cuando las cosas empeoraron. Un segundo terremoto, más grande que el anterior, produjo más víctimas. Fue entonces cuando la nube de humo somnoliento dejó de surgir del monte, para ser reemplazado por una brillante columna de lava. Los temblores siguieron y siguieron, variando en intensidad pero dando la impresión que se calmarían pronto.

>>Yo estaba entonces en el muelle de dirigibles, a bordo de mi nave flotante y a punto de zarpar con un cargamento de cuentas coloreadas para comercial con los salvajes del continente de la aurora boreal, en el noreste. Recibí la orden de zarpar de inmediato, ya que la disciplina me forzaba a hacer lo que se me ordenaba. Así que solté las amarras y lancé mi dirigible a los aires. No dudé en hacerlo, más sentí un miedo horroroso por la suerte de los míos.

>>Ya estaba a treinta mil brazadas de la costa cuando vi al monte Zunharti explotar ante mis ojos. Fue una enorme explosión, tan estruendosa que arruinó mis oídos de por vida. A pesar de la distancia que nos separaba, las piedras llovían sobre nuestra nave. Una ráfaga de aire caliente nos lanzó a gran velocidad hacia las alturas, alejándonos del lugar. Entonces presencié la escena más pavorosa que he visto en toda mi vida. El mar comenzó a alejarse de la isla, la que quedó como un cono triangular suspendida en la nada. Minutos más tarde las aguas volvieron con fuerza destruyendo todo a su paso, mientras la isla se desintegraba como un castillo de arena y se hundía en fondo del Océano. Nada quedó, y fue tan devastadora la catástrofe que nunca más supe de Athlaz. Perdí a mis hijos, a mi mujer, a hermanos y amigos; perdí mi nación, mi civilización, mi mundo. Nada quedó en pie. No existe pena mayor que pueda vivir ser humano alguno.

>>Quienes sobrevivieron viajaron a todos los continentes y se quedaron con los salvajes. Pronto, gracias a nuestros relatos sobre Athlaz, nuevas civilizaciones comenzaron a surgir. No fueron avanzadas pues los supervivientes eran gente del pueblo, la que no pudo transmitir técnica, sino sólo poesía. Sembraron las raíces de las civilizaciones de los continentes del mundo, enseñando ideas sobre agricultura, construcción y civilización. Si averiguas cuando comienzan a aparecer las primeras civilizaciones, tendrás como fecha una muy cercana del fin de Athlaz. Con el tiempo nuestras últimas aeronaves se desintegraron y ya nadie pudo construirlas otra vez, pero los relatos de carros voladores, de dioses poderosos, y de enseñanzas divinas se preservaron en las tradiciones del mundo. De nuestra gente sólo unos pocos sobrevivieron mezclándose con los salvajes de cabellos obscuros, pero el nombre de nuestro príncipe heredero, Thor, se preservó en sus leyendas. Todo lo que hoy tiene el mundo se lo debe a Athlaz.

Semanas después, en otra sesión de hipnosis regresiva, Jassive me contó el resto de su vida.

–Luego del desastre no quedaba lugar donde ir sino a las tierras de los salvajes. Los Athlazis nos esparcimos por la faz de la tierra, llevando restos fragmentados de la civilización a otros pueblos. Mi tripulación y yo decidimos viajar al sol naciente, hacia el gran lago salado que separa las masas terrestres del norte y del sur. Entramos por el estrecho que une el lago con el océano y viramos al norte, hacia tierra salvaje.

>>En la desembocadura de un río avistamos una aldea de bárbaros, lugar donde decidimos descansar para recuperarnos del trauma inmenso que acongojaba nuestro corazón. Pasaron los soles y las lunas, y todo siguió igual, hasta que llegó el tiempo en que comprendimos que ya nada resucitaría el pasado y que sólo podíamos mirar adelante. Nos integramos entonces a la sociedad bárbara, transmitiéndoles los escasos conocimientos técnicos que nuestra educación de hombres de pueblo permitía enseñar. Pero aún con nuestros mayores esfuerzos los logros fueron escasos; muy poco de lo nuestro quedó para futuras generaciones, a excepción de ciertos símbolos preservados en forma de leyenda, y de algunas técnicas, como la escritura, que serían escasamente recordadas en el futuro. Los tripulantes buscaron pareja entre bárbaros, y yo también busque una nueva mujer con quien engendré una numerosa familia, la que me sirvió para aplacar el terrible recuerdo de los seres queridos que perdí. Veinte años después éramos indistinguibles de los bárbaros; su cultura había sido más fuerte que la nuestra, la cual perdimos para siempre.

>>Nuestro mundo bárbaro fue creciendo y en las orillas del río Takzoth, al norte del Lago Salado, nació una nueva civilización a escala mucho más modesta que Athlaz. En mi vejez formé parte del consejo de la ciudad y fui considerado el brujo más importante de la tribu. Morí a los ochenta y cinco años de edad, feliz de vivir con los bárbaros y de haber contribuido a su progreso. Me sucedieron diez hijos y más de sesenta nietos.

>>Fue tanto el aprecio que la tribu me tuvo que me enterró en el centro de tres puntos equidistantes formados por el río y dos montañas. Allí, 30 brazadas bajo el suelo de granito está mi tumba, con el eje del cadáver apuntando hacia la salida del sol en el día del Sol Frío (Solsticio de invierno). Mi cuerpo fue enterrado paralelo a las cumbres que miraban la luz de la aurora.

>>Mi funeral fue muy elegante. En mi tumba pusieron cerámica y tejidos, armas de bronce y copas de licor. Además de un cofre que traía conmigo de Athlaz con algunos bienes personales, incluyendo movimientos y sonidos de mi patria perdida. Estaba también la copa de honor que recibí al graduarme de aeronauta en el Templo del Mar. Todo quedó ahí, en mi tumba y con mis huesos. Algún día, quizás, alguien la encuentre y se sorprenda con los tesoros que hay en ella.

Meses después Susana dejó de asistir a las sesiones. Se había recuperado y ya no se sentía atacada por pesadillas recurrentes. Al hablar Jassive, el espíritu de Susana quedó en paz. Jassive nos había enviado su mensaje, al fin. Con ese acto, toda la existencia de la Atlántida había sobrevivido a la muerte. Al mismo tiempo Susana quedó libre de pesadilla de sus vidas pasadas, sobreviviendo la amarga experiencia para retomar una vida normal y feliz, al punto que llegó a olvidar todo lo ocurrido. En el futuro pensaría que sus regresiones fueron una experiencia irreal, sin importancia.

Para mí, sin embargo, la vida tomó un curso muy distinto. Sabía que toda esa regresión a la Atlántida había sido un fenómeno psicológico, quizás inventado por una mente afiebrada o por un inconsciente inquieto. Pero tal profusión de detalles me dejaba anonadado. Se trataba de una historia tan compleja y consistente que traía en sí misma un aura de credibilidad. Si sólo fuera cierta sería el descubrimiento más fantástico de la historia de la humanidad. Pero probarlo era muy distinto. No había forma de hacerlo, sin duda. Y sin embargo, en un instante de locura, discurrí la forma de verificar el relato. Debía encontrar la tumba de Jassive, quien muriera cerca de 10.000 años atrás, cuando el hombre se encontraba en la aurora de la civilización.

Consideré que eran pocos los lugares en el mundo donde dos montes formaran un triángulo equilátero con un río y, además, donde esas mismas dos montañas apuntaran a la salida del sol en el solsticio de invierno del hemisferio norte. Sabía, además, que la Atlántida se encontraba en medio del Océano Atlántico, quizás en las azores, por lo que la salida del sol y la presencia del lago salado que daba al mar le identificaba con certeza con el Mediterráneo. Es más, al virar al norte quedaba claro que se trataba de la península Ibérica. Además Takzoth sonaba demasiado similar a Tarsis, la antigua civilización ibérica. Si fuera así, el río no pudo ser otro que el Guadalquivir.

Aceptando tal hipótesis, gasté mucho dinero –más de 50.000 dólares– en adquirir software gráfico y consultoría geográfica. Durante más de un año comparé palmo a palmo cada monte en el curso del Guadalquivir con la descripción de Jassive, pero nada encajaba. Finalmente, cuando estaba a punto de darme por vencido llegó a mis manos un estudio sobre el curso del río en la prehistoria, lo cual me obligó a rehacer los cálculos. En esos tiempos sólo tres lugares calzaban con la descripción de Jassive. Jaime, descarté dos de ellos por la lejanía de los antiguos asentamientos de Tarsis y me concentré en sólo uno de ellos. Una zona alta y plana, de roca dura, y que estaba rodeada por el antiguo curso del río y dos montes cuyas cumbres estaban alineadas con el solsticio de invierno.

Saqué todos mis ahorros para hacer una exploración en la zona, hasta que finalmente logré juntar el personal y el equipo para excavar el lugar. A treinta metros de profundidad encontré material orgánico desintegrado y restos de bronce carcomido. Sólo eso se hallaba en el lugar, a excepción de dos objetos que nunca mostré al mundo.

Años después, estaba sentado con un amigo intelectual, Luis, tomando un refresco en un café al aire libre, cuando el tema de las regresiones salió a la palestra.

–¿Todavía sigues embaucando a tus pacientes con viajes a vidas pasadas? Me parece una manera muy abusiva de hacerte fama, Jaime –Me dijo.
–Ya no. Sólo hago ciencia clásica, psicología laboral para ser preciso. Es más relajado y se gana mucho más que con las regresiones.
–¿Por qué lo dejaste?
–Te contaré, pero debes prometerme no repetirlo a nadie –Le dije muy serio–. Si lo haces te convertirás en mi enemigo mortal.
–Pero…
–Promete tu silencio –Insistí–. Sólo así te contaré.
–Lo prometo.
–Insisto, Luis, no es broma.
–Lo juro por Dios –Exclamó serio en extremo Luis, mientras levantaba su mano derecha para sellar su palabra.
–Te creo –dije–. Eres un hombre religioso, y esa declaración solemne me basta.

Hice una larga pausa y bebí un sorbo de su café antes de continuar.

–Fue hace tres años –le conté–. Entonces atendía a una paciente histérica quien soñaba a menudo con desastres naturales: terremotos, explosiones volcánicas, tsunamis, en resumen, muerte masiva. Muchos años de tratamiento convencional le habían convencido que la ciencia tradicional jamás le encontraría cura. Entonces supo de mí, y me buscó para tratar de encontrar la causa de su padecer en sus vidas pasadas.
Luis palideció ante mi convicción. Proseguí.

–La atendí por muchas semanas, en cada una de las cuales visitábamos una encarnación diferente. Vidas diversas; muchas personas comunes: soldados, dueñas de casa, vagabundos, pastores, prostitutas, y otras identidades por el estilo. Al pasar el tiempo comencé a comprender que la trama que unía todas esas vidas eran los sueños. Cada una de esas encarnaciones traía a la memoria los mismos sueños de desastres que tenían sumida en la histeria a mi paciente.

–¿Por qué? –preguntó Luis– ¿Qué tiene de extraordinario?
–Verás, Cada persona tiene una cadena de vidas pasadas que comparten algo en común. Se trata de aspectos de la personalidad que se repiten. Los ambiciosos tienden a seguir siéndolo ciclo tras ciclo, como también los mansos, los violentos, los lujuriosos, y otros tipos humanos. Pero jamás me había enfrentado a una cadena de vidas que compartieran sus sueños por milenios. Era inaudito, una experiencia extraordinaria en nuestro oficio.
–¿Qué hiciste?
–Pues que más. Traté de resolver el misterio. Para hacerlo usé mi arte con la mayor fuerza posible para traer a la vida la persona más arcaica de tal cadena de encarnaciones. Quizás algo pasó en esa vida primera, pensé, que desencadenaba sueños perturbadores en las siguientes encarnaciones.
–¿Cuán atrás volviste?
–Estimo que 450 generaciones, aproximadamente. Unos diez mil años. Estamos hablando de una personalidad que existió entre el 10.000 y el 6.000 A.C.
–¡Válgame Dios!
–Sí. Mi paciente sería el médium para conectarme con el espíritu de un hombre del remoto pasado; literalmente, un viaje en el tiempo.
–¿Y que descubriste?
–Me encontré con un individuo que presenció el fin de la Atlántida.
–¡¿Qué?!
–Sí, como escuchas, me encontré con un testigo presencial del fin del continente perdido. Acaso no recuerdas la historia de Platón.
–¡Ah, no! Esto es demasiado –Exclamó indignado Luis–. Si la metempsicosis es algo difícil de aceptar. ¿Creéis acaso que me convencerás de que la Atlántida también existió?
–Platón lo dijo. ¿O no? Ocurrió más allá de las columnas de Hércules, en el medio del Océano Atlántico, en una gran isla que estaba donde las Azores.
–Un minuto, Jaime –Protestó Luis–. Todo el mundo sabe que la Atlántida en verdad existió. Fue Tera, parte de la Civilización Minoica, que era una ciudad ubicada en el centro de un volcán extinto y rodeada por un brazo circular de mar. Se sabe que el volcán explotó y la destruyó en una noche, calzando con precisión con el relato de Platón. La ciencia explica la Atlántida de esa manera.
–Sé que Tera existió, y conozco su fatídico final, muy similar al de la Atlántida. Pero se trata de otra historia. Si me dejas explicártelo te demostraré que es verdad.
–¿Cómo lo demostrarás? ¿Acaso no te das cuenta de que no existe forma de hacerlo?
–Déjame explicarte la historia desde un principio ..
Y al decir esto, Pasé dos horas dando todos los detalles. Sólo le faltó explicar el resultado de la excavación.
–Pero que encontraste. Un pedazo de bronce carcomido no prueba nada. No existe prueba alguna, Jaime. Nadie te creerá.
–Te equivocas, Luis, ve esto.

Y saqué de mi maleta un objeto cubierto con paños negros. Era un cristal opaco que puse sobre la mesa. Al exponerlo al sol adquirió un tono vivo y de su cuerpo emergió un holograma multicolor, y en extremo realista, como nada que nuestro mundo conociera. Se trataba de un modelo del centro de la Atlántida con todos sus magníficos edificios. Mirado con más cuidado se trataba de una película animada, pues se apreciaban personas caminando alrededor de la ciudad, vestidas en trajes muy elegantes, coloridos y curiosos.
exxLuis se quedó boquiabierto. No podía creer que frente a sus ojos estuviera una de las maravillas de la Atlántida. Un video tridimensional de una civilización muerta hace una decena de milenios.
–Pero no se trata sólo de eso –Continué–. Mira esta copa, fue de Jassive.

Y Jaime depositó una copa de un material único sobre la mesa. Parecía aluminio transparente, grabada con la figura de animales marinos, con una extraña y obscura caligrafía que adornaba su cintura.
–¡Pero Jaime, no puedo creerlo! Realmente has descubierto la Atlántida. Has hecho el mayor descubrimiento arqueológico de la historia. Debes publicar, Jaime. El mundo debe conocer lo que tú sabes.
–No Luis, te equivocas –le dije, mirando al cielo–. Te mostré estos objetos pues necesitaba demostrarle a alguien que no estaba loco, pero no puedo dar a conocer este descubrimiento. Morirá conmigo.
–Si no lo haces tú, lo haré yo. El mundo sabrá la verdad.
–¿Qué no entiendes, Luis? El mundo adora el mito de la Atlántida pues es un saber inalcanzable y jamás aceptarán la hipótesis de Tera, pues destruye la fantasía. Si supieran que la Atlántida existió de veras y que tenemos imágenes y pruebas concreta de ella, ya no sería un mito romántico sino sólo un aburrido capítulo más de la historia ordinaria. El mundo no quiere saber de la verdadera Atlántida. Por eso se refugia en la incredulidad. Sal al mundo, Luis, a predicar la verdad y serás tratado de loco. El mito de la Atlántida vale por lo que es: un misterio. Nadie te creerá.
–El secreto morirá con nosotros entonces, Jaime.
–Así será. Brindemos por eso.

Sin embargo, Luis quedó intrigado. Su mente clamaba por una explicación racional y no pudo contener su deseo de precisar la cuestión de una vez por todas.

–Préstame el cristal. Lo haré analizar por un especialista en materiales. Sabremos de una vez de que diablos es el objeto y como funciona.
–Jamás –contesté exaltado–, ni por todo el oro del mundo.
–Entonces, ¿debo acaso entender que me has engañado?, ¿qué todo este cuento de la metempsicosis y del continente perdido no es más que una farsa?
–¡Cómo te atreves! Si no fueras mi amigo te volaría los dientes por grosero.
–Pero que quieres que crea, si no me dejas evaluar la evidencia.
–Está bien, Luis, cederé –dije–. Pero no te llevarás el cristal. Eso sí que no, señor. Ese cristal me lo llevo a la tumba. Llévate la copa y analízala. Si me la devuelves, ya veremos si alguna vez me atrevo a facilitarte el cristal.
–Bien, exclamó Luis. Ya verás como se resuelve este misterio.

Dos semanas más tarde, Luis se entrevistaba con su amiga Laura, experta en microelectrónica, cristalografía, y física del estado sólido, quien tuvo la misión de analizar la copa.

–¿Qué te pareció?– le preguntó a Laura.
–Es extraño, Luis. Se trata del objeto más sorprendente que me haya tocado analizar. Si me dijeras que lo perdió un extraterrestre te creería, pues se trata de algo como no hay en este mundo.

Luis palideció y sólo atinó a balbucear.

–Explícame, por favor.
–Bien, se trata de una amalgama de material orgánico y aluminio. Le apliqué el método de carbono 14 y me dio un resultado sorprendente: data de 6900 años antes de Cristo.
–¿Qué?
–Pero eso sólo fue el principio. Se trata de un material sorprendente que, de acuerdo a las leyes de la física y química, no debiera existir. Se comporta como si fuera aluminio transparente. Sin embargo, existe una organización que sólo se puede explicar con las más modernas teorías de la mecánica cuántica. Se trata de un gas, o mejor, de un plasma en estado sólido. Teóricamente es factible la existencia de un material de ese tipo, y sin embargo en el presente no existe la tecnología para crearlo. Es como sí sus cristales se hubieran montado a mano, átomo a átomo; no sólo definiendo posición sino estado cuántico.
–¿Quién invertiría tanto trabajo en una simple copa? –Preguntó Luis.
–No se trata de sólo una copa. Es un objeto extremadamente especial. Al cargarlo con líquidos mantiene la temperatura del mismo. Funciona como una botella termos, sólo que tiene su parte superior abierta al ambiente. Esto lo hace sin consumir energía. Si pones café hirviendo en ella, la temperatura se mantendrá estable por horas. También mantendrá una bebida helada en un ambiente caluroso por mucho tiempo. Se trata de un fenómeno extraordinario que no acabamos de comprender. Sólo me cabe preguntar, ¿dónde lo conseguiste, Luis.
–De la Atlántida –fue la escueta respuesta.

Con el tiempo el estudio de la copa y del cristal cambió la humanidad. La tecnología dio un salto gigantesco al desarrollar materiales e instrumentos otrora inimaginables. Con sólo aplicar ingeniería reversa a esos dos míseros objetos que encontré en la tumba de Jassive, el mundo encontró la clave para desarrollar las plantas de energía de antimateria, los propulsores espaciales de alta velocidad, el cine holográfico tridimensional, y muchos otros inventos.

Pero la sensación de perdida por la Atlántida siguió existiendo. Si el hombre había avanzado tanto con sólo estudiar dos pequeñas invenciones, un cristal holográfico y una copa térmica, cuanto más pudo haber avanzado si la civilización de la Atlántida no hubiera perecido. Tal vez el Templo de la Sabiduría todavía estaría entre nosotros. En tal caso, quizás, el hombre estaría hoy aventurándose fuera del sistema solar, y el signo de la Atlántida estaría en las proas de las gigantescas naves en curso a las estrellas; insignia exhibida como emblema universal de la humanidad.

por Omar Vega

5 thoughts on “Atlantis”

  1. Estubo super bueno , me encanto yo desde pequeño que me ha interesado todo sobre la Atlantida y saben me encantaria ser desendiente de un atlante aunque sea del mas humilde de ellos.
    Desde pequeño que leo todo lo que encuentre sobre la ATLANTIDA, hasta que una teoria de el poblamiento de America se debe a la Atlantida , por fabor escribanme a mi mail , jovenes de todo el mundo que sepan algo
    contactense con migo , como saben si nosotros somos los descubridores de “EL IMPERIO PERDIDO”
    ADIOS…
    PD: Mi nombe es Jose y soy de Santiago de Chile.

  2. Hola Jose Alberto,

    Soy el autor de Atlantis. Te agradezco mucho tus comentarios.
    Solo te diré una cosa. La Atlantida existe. Está en el corazón de todos los seres humanos. Ahi ha estado siempre, y no nos hemos dado cuenta.

    Un abrazo,

    Omar Vega

  3. puxa po k lata k ta muy fantasioso esto , atlantis no esta komprobao , osea , x mientras , NO EXISTEE , metanselo en la kbsa

  4. atlantida es solo un mitoooo , no esiste pa na , i no le den esperansas falsas a este tipo , se va a desilucionar

  5. uso el anillo atlante si nos encontramos todos de nuevo en esta epoca es para recordar el fin, le temo al mar. espero este no sea nuestro encuentro y despedida. pude enfocar energia asia enfermos, llamar y hacercarme en los sueños de las demas personas y muchas mas casas me he salvado muchas veces de accidentes en forma impensables. todo esto para que siguen pasando los años y me pregunto para que solo para volver a empezar y afinar esa energia llamada alma. saludos felicidad paz y amor.

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