Si hubiésemos esperado hasta el próximo año para publicar este especial de TauZero seríamos uno más de quienes estarían honrando la vida y obra de William Burroughs a una década de su fallecimiento. Pero, ¿para qué esperar? De hecho este homenaje es algo que he querido hacer desde hace mucho tiempo y que por una razón u otra fui postergando hasta que dije: “bueno, ya es hora de ponerle el cascabel al gato”. A Burroughs, como a muchos escritores, le gustaban los gatos, tanto así que falleció en agosto. Soriano dice que todos los escritores con corazón se han ganado un gato que los sigue y los protege. Dante, Baudelaire, Lewis Carrol, Borges, Hemingway y Baradit pueden dar cuenta de ello. Burroughs amaba a los gatos. Yo mismo prefiero la aparente indiferencia de estos felinos al patético servilismo del perro. Los escritores y los gatos somos parte de una misma raza, somos seres intrínsicamente egoístas y solitarios que no estamos para moverle la cola a nadie.

Allá en la noche de los tiempos, cuando rmundaca y yo intercambiábamos nuestras primeras palabras, hablamos de nuestros autores predilectos. El primer nombre que le solté creo fue el de Burroughs. “A mí también me gusta Burroughs”, replicó rmundaca, “La Princesa de Marte, Barsoon, los leones con seis patas”. “No Edgard Rice Burroughs”, le precisé, “William S. Burroughs”. “Ah, no lo conozco” fue la respuesta de aquel que algunos llaman krypto en honor al perro de Superman. Y hasta el día de hoy mi estimado amigo y director de TauZero al igual que miles de otros lectores siguen sin ser infectados por Burroughs, siguen sin saber que el lenguaje es un virus y que la identidad propia es finalmente un síntoma de la invasión parasitaria. Siguen sin saber que los Divisionistas cortan trocitos minúsculos de su propia carne de los que crecen copias exactas de sí mismos en embriones gelatinosos; que la amenaza de tortura es mucho más efectiva que la tortura misma; que el horror sin esperanza del Dios Ciempiés se extiende desde Moundville a los desiertos lunares de las costas peruanas… Pues es hora de revertir la situación y utilizar a TauZero como un caballo de Troya para invadir las mentes de los lectores con los agentes patógenos de Interzonas.

Ahora que lo pienso es tan probable que las nuevas generaciones desconozcan a William Burroughs tanto como a Edgard Rice Burroughs. Pero todo el mundo conoce a Tarzán, ¿no? Pues ese personaje fue invención de Burroughs (de Edgar eso es) y vale la pena recomendar un cuento de Philip José Farmer sobre una aventura del “señor de los monos” escrita a la manera de William Burroughs. Si mal no recuerdo el título traducido al castellano era El niño podrido de la jungla todo pasando.

Si usted, estimado lector, no tiene la menor idea de quien es William Burroughs o sobre qué escribía, lea el siguiente fragmento extraído de El almuerzo desnudo: Sólo hay una cosa de la que puede escribir un escritor: lo que está ante sus sentidos en el momento de escribir… Soy un aparato para grabar… No pretendo imponer “relato”, “argumento”, “continuidad”… En la medida en que consigo un registro Directo de ciertas áreas del proceso psíquico, quizá desempeñe una función concreta… No pretendo entretener. Cualquier otra palabra que pueda agregar a estas alturas por mi parte sólo contará como acumulación o derroche, el almuerzo está servido y al desnudo, la ceremonia está a punto de comenzar…