Antes de ver la película realmente estaba muy expectante, lo cual, en muchas ocasiones es algo perjudicial para la película, pues mis expectativas son muy altas. Desde el comienzo, partiendo por la estética de la presentación supe que realmente iba a ser algo memorable. Cronenberg resultó ser absolutamente astuto e innovador (y ambicioso), pues se plantea la trama como una cruza constante o líneas paralelas superpuestas o un continuo fluir de qué se yo, el asunto es que la película obviamente no aborda la vida de William Burroughs, ni al Almuerzo desnudo, pero al tiempo lo hace. Lo magistral del manejo estético es que se basa en la poética del escritor y hasta aún más en el proceso mismo de la producción, en este punto es interesante rescatar como biografía y ficción borran limites y en conjunto crean este híbrido, tal como se retrata en las obscenas y viscosas creaciones presentes gráfica y magistralmente sobre todo en las máquinas de escribir, seres de pesadilla que en sí mismos absorben toda la esencia de la Interzona.

Señalé como las líneas o niveles, llamémoslas ficción y no tan ficción, se van retorciendo en una orgía deliciosa (sexo y violencia; imagen tan recurrente en la filmografía de Cronenberg), no sólo a nivel de concepción de la obra, sino que también, este es un síntoma señalado, en la misma trama, pues como espectadores seguimos (somos cómplices voyeristas; como siempre) el tránsito difuminado y suave entre el mundo “real” y la Interzona.

El simbolismo, en este caso, se plantea como una problemática que da un matiz que punza constantemente al espectador, al ponerlos al servicio indistintamente a concepciones extratextuales, tanto del libro como de la propia película al utilizar elementos biográficos (o míticos) sobre la figura de William para establecer un rompecabezas convulsivo que nos señalan caos y espasmos que nos llegan como un recuerdo, y de los cuales nos sentimos como aquel que retorna con agrado a sus más febriles y naturales sentimientos.

El carácter de la narración tiene ese aire a oficinista rancio que deambula y recopila datos de los cuales absorbe esa esencia, la cual a fin de cuenta es la suya; propia. Esta visión urbana del proceso y de la idea del autor es tan desencantada y desinteresada que logra retratar aquella fuerza despojada de energía de esta generación de escritores, los cuales son en William Burroughs una sinécdoque (la especie por el género) del escritor como el gran adicto; vidente al fin de cuentas.

Dentro de la psicodélica argumental de la película podemos encontrar una lógica abrumadora, tal vez lógica no sea la palabra más adecuada para definir este mundo, pero son claro los patrones y fuerzas presentes, al igual que en el propio libro, pues la orgánica es tan clara y categórica que el vaivén y todos lo elementos presentes están tan bien insertados que se vuelve una masa que te golpea en un puñetazo preciso para despertarte (comentario: no es ni “puñetazo”, ni “despertar”, pero sin ser las palabras adecuadas señalan una idea que va más allá del significante que les es propio, pues ni “cachetada” ni “una burda Epifanía” son tan categóricas) y eso es lo que traduce Cronenberg en su filme, pues retrata ese instante abismal y helado que evoca la lectura del Almuerzo desnudo.