El hombre que miraba al mar

Dicen que la casa del acantilado era habitada por la misma persona desde hacía más de cien años. Esas historias me impresionaban de pequeño igual que a todos los niños del pueblo. Cuentan que ese hombre salía todas las mañanas y se sentaba en un murito al borde del acantilado y se quedaba allí sin moverse hasta que se ponía el sol. Que lo único que hacía era mirar al mar. En el pueblo se manejaban todas las hipótesis posibles; decían que se había cansado de trabajar  y dedicaba su vida a la contemplación del mar, otros comentaban que miraba el mar porque éste se había cobrado la vida de su único amor, también se decía que estaba esperando el regreso de una persona importante o que cada uno puede hacer lo que quiera con su vida. La hipótesis dependía de a quién le preguntaras.

Los niños siempre estábamos tentados de entrar en la propiedad de aquel hombre y acercarnos a él todo lo posible. Más de una vez algunos valientes se habían acercado a él y se habían detenido a no más de veinte metros de la figura que se recortaba contra el cielo azul, y sin más dilación habían dado media vuelta diciendo que el hombre había girado la cabeza hasta dejarla en una posición antinatural, sin girar el cuerpo, y les había mirado con unos ojos rojos como los del diablo. Una vez me armé de valor por conquistar la admiración de una chica muy guapa y me había acercado a diez metros de aquel hombre. Mi corazón palpitaba con tal fuerza dentro de mi pecho, que durante el tiempo que pasé quieto contemplando la espalda de la figura humana allí sentada sobre el murito, pensé que saldría disparado. La verdad es que el estupor que sufrí no me permitió pensar en nada más que en dar media vuelta y salir corriendo. Gracias a esta hazaña, ya que fui la persona que más se había acercado al hombre del murito, me granjeé la admiración de Ana (aquella chica tan guapa), la que ahora es mi mujer y con la que disfruto de dos niños preciosos – porque salieron a ella-. Muchas veces he hablado de ese hombre que aún sigue sentado en el murito mirando al mar con mi mujer y mis hijos. Ambos – mi mujer y yo – sabemos que el día que me acerqué al hombre me causó una gran impresión, si bien es cierto que antes de ese momento ya profesaba una gran curiosidad hacia su persona, y sobre todo hacia el motivo por el que un hombre se sentaba en un murito todos los días de su vida a contemplar el mar. Mis hijos lo ven como un superhéroe allí sentado vigilando el pueblo para que nada malo pueda sucedernos.

Siendo adolescente me senté muchos días en la playa a contemplar el mar para descubrir qué era lo que fascinaba a aquel hombre. Mis amigos se reían de mí y me decían que si hacía esas cosas terminaría como el loco del acantilado – que es como lo llamaban los jóvenes del pueblo en voz baja para que los mayores no se enterasen -. Ya que incompresiblemente para nosotros, los mayores del pueblo le profesaban un gran respeto. Una de las veces que estaba en la playa contemplando el mar mientras mis amigos se dedicaban a jugar y tontear con las chicas, se acercó mi padre a donde yo me encontraba y para mi sorpresa  posó su corpachón a mi lado. Después de un rato mirando al mar sentado junto a mí, mi padre me dijo:

– Hijo mío, Ana me ha dicho que vienes aquí a contemplar el mar para descubrir qué es lo que busca el hombre del acantilado.

– Sí, papá – le dije admirado por su preocupación hacia mis asuntos – es que no entiendo por qué un hombre se sienta todos los días en un murito mirando al mar y no se relaciona con nadie.

– A veces hijo – me respondió mi padre  lo más amablemente que pudo – la gente hace cosas que los demás no entienden y no creen que deban explicárselas a nadie.-

– Pero eso no es normal.- respondí lleno de confianza.

– Ese hombre no siempre se ha comportado así.

Fue en ese momento cuando mi padre acaparó toda mi atención, y al ser consciente de ello continuó narrándome la historia de aquel hombre que todos los días se sentaba en el murito mirando al mar.

– Cuando ese hombre llegó al pueblo, una tormenta lo había asolado. Nadie supo cómo había conseguido llegar hasta aquí. Él les explicó que había sufrido un accidente y había arribado a la isla. Ayudó a las gentes de aquí a construir las casas que la tormenta había destruido. Así mismo les ayudó a rehabilitar los campos que se encontraban anegados por las lluvias. Durante años ese hombre se implicó con la comunidad y vivió y compartió con ellos penas y alegrías. Todo esto ocurrió en tiempos de tu abuelo. También es cierto que cuando yo tenía tu edad me parecía igual de raro que a ti. Era una persona que no encajaba con las gentes de este pueblo pero aún así lo aceptaron de buen corazón, y él los recompensó con creces. Es por esos años en que ayudó al pueblo por lo que le cedieron tierras en lo alto del acantilado, ya que nadie quería vivir alejado del pueblo y él las aceptó de buena gana. Pasados unos años de tener las tierras y haber construido la cabaña en la que vive, adquirió los hábitos que mantiene hasta ahora.

– Es por eso por lo que todos en el pueblo lo tratan con respeto.

– Así es.

Entonces una idea cruzó mi cabeza como un rayo que atraviesa el cielo para estrellarse contra el suelo y con la misma contundencia golpeó mi mente.

– Pero papá entonces ese hombre tiene…

– No lo sabemos, ni queremos pensar en ello – respondió mi padre antes de que las últimas palabras salieran de mi boca – él nunca nos ha hecho nada malo y todos le estamos agradecidos. Ahora puede dedicar su tiempo a lo que crea más importante para él.

– Ya entiendo.

– Muy bien hijo. Diviértete con los demás y no pierdas el tiempo intentando comprender algo que sólo ese hombre puede explicarte.

Dicho esto mi padre levantó su cuerpo de la arena de la playa y se marchó a continuar con sus quehaceres en el muelle. Y a mí me dio la solución a mis problemas. Desde aquel día hice una vida normal para alivio de Ana y mis padres, pero la idea de encontrar la respuesta a mi pregunta no desapareció de mis pensamientos, aunque por respeto a mi padre y a Ana decidí posponerlo hasta que llegase el momento adecuado. Sólo esperaba que el hombre siguiera allí para satisfacer mi curiosidad.

Seguí los pasos de mis amigos dedicando mi adolescencia a disfrutar de la despreocupación propia de esa edad. Y cuando estuve preparado seguí los pasos de mi padre, ya que yo soy el hermano mayor, y me hice a la mar con él todos los días para traer la comida a nuestras casas. La vida conyugal mejoró considerablemente ya que las preocupaciones habían desaparecido, salvo claro está las propias de mi profesión y la familia.

Todos los días me hacía a la mar con mi padre pero mis pensamientos siempre estaban rondando la misma idea, en parte porque día tras día al salir a faenar veía la figura en lo alto del acantilado mirando al mar. Y de esta forma pasaron los años. Mi familia creció y mi felicidad también. Pero la duda seguía martilleando mi mente cuando bajaba la guardia.

Un día no lo pude aguantar más y en el desayuno cuando los niños se habían ido a la escuela le dije a Ana:

– Cariño ya no puedo soportarlo más. He estado aguantando todos estos años. He intentado aplacar mi curiosidad pero no soy capaz de aguantarlo por más tiempo.

– No te entiendo – me respondió ella sentándose en una silla de la cocina frente a mí.

– Te estoy hablando del hombre del acantilado.

– ¿Otra vez con esa idea? Creía que lo habías entendido aquel día en la playa con tu padre.- Su rostro mostró la preocupación que invadía su corazón en aquellos momentos.

– La verdad es que nunca se me ha ido de la cabeza, pero lo dejé de lado todo el tiempo que pude por el amor que te tengo y el respeto a mi padre. Pero la verdad es que ya no aguanto más la curiosidad y necesito una respuesta, sea la que sea.-

– Pero cariño ese hombre no tiene nada que decirte.

– Pero Ana, ese hombre sigue ahí sentado en el murito frente al acantilado, y ahora ni siquiera vuelve a su cabaña.-

Ana tardó un tiempo en responder, que a mí se me antojó eterno, mientras le daba vueltas al problema. Y al fin dijo:

– Bueno cariño, la verdad es que has hecho un gran esfuerzo por tu familia y creo que debes satisfacer tu curiosidad para proseguir tu vida y ser feliz con nosotros.

– ¡Sabía que lo entenderías! – dije excitado –  Dile a mi padre que hoy no podré faenar con él pero que esta tarde me acercaré al puerto para ayudarle con las redes.

– No te preocupes que se lo diré.– Me respondió con cariño mientras me daba un beso de aprobación.

Así fue como esa mañana se había decidido que mi curiosidad fuese saciada después de esperar más de quince años. Tomé un desayuno frugal y me dirigí con paso firme hacia la cabaña del acantilado. Hacía tanto tiempo que no me acercaba a aquel lugar que estaba convencido que tardaría más tiempo en llegar. Pero claro cuando me había dirigido hacia allí por última vez era un niño. Llegué hasta el borde exterior de la vallita que bordeaba la propiedad y miré hacia el interior del recinto con una sensación de miedo y excitación,   exactamente igual que cuando era niño. Abrí la puertecita que me daría acceso a la finca y me sorprendió que la vallita blanca continuara igual que cuando era niño, así que le eché un vistazo más de cerca y cual fue mi sorpresa al descubrir que lo que yo creía que era madera pintada de blanco resultó ser metal. Pero en el pueblo nadie utilizaba metal porque estando tan cerca del mar éste se oxidaba con mucha facilidad y requería de un gran mantenimiento. Sin embargo el metal de la vallita estaba en perfecto estado y que yo supiera el loco del acantilado nunca le había dado ni una mano de pintura. Tras este sorprendente hallazgo me dirigí con paso firme hasta el lugar donde el hombre estaba sentado mirando al mar. Volví a pararme a diez metros de la figura que se recortaba contra el cielo azul de la mañana. Mi corazón se reveló en mi pecho como en mi niñez y tuve que pararme y repetirme una y otra vez que no había nada que temer de ese buen hombre que en otro tiempo ayudara a reconstruir el pueblo. Este pensamiento no consiguió apaciguar mi corazón, pero aún así con paso vacilante recorrí el corto tramo que nos separaba a ambos. Cuando logré situarme a su lado mi corazón latían con tal fuerza que parecía haberse desplazado hacia mi cabeza. No daba crédito a lo que veía. A mi lado se encontraba sentado mirando al frente un hombre de no más de treinta y pocos años – recordé que mi padre me había dicho que el hombre llegó en los tiempos de mi abuelo -, con el cabello castaño perfectamente cortado, no presentaba signos de vello facial, su piel era del color de la gente nórdica  cuando debía haberse tostado al sol con la exposición continuada. Vestía con ropa pasada de moda. Las manos reposaban en su regazo de forma natural y sus piernas colgaban del murito inmóviles. Tardé unos segundos en reaccionar mientras me repetía que ya que había llegado hasta aquí no podía echarme a correr como siendo un niño, y sobretodo que no tendría otra oportunidad de saciar mi curiosidad. Me decidí a animar al hombre con un golpecito en la espalda por si se había quedado dormido y no había reparado en mi presencia – aunque lo dudaba, pero no perdía nada por probar –. Alcé el brazo derecho y le di una palmada en la espalda. Cuando mi mano entró en contacto con la espalda del hombre lo atravesó como si estuviera hecho de cartón piedra. Espantado por lo ocurrido me ayudé de la otra mano para desembarazarme del cuerpo del hombre. Estaba tan nervioso y tan concentrado en sacar la mano de la espalda del  hombre que no me di cuenta que lo había levantado en peso y al empujar para sacar mi mano de su espalda empujé su cuerpo. Al quedar libre mi mano, impulsé su cuerpo hacia delante y éste cayó al precipicio perdiéndose entre las olas del acantilado.

No sé cuánto tiempo pasé allí de pie mirando al murito y las olas del acantilado, sin poder explicarme qué era lo que había ocurrido. Entonces la cordura volvió a mí y emprendí una carrera alocada hacia mi casa sin preocuparme por nada más que llegar a la seguridad de mi hogar y poner en claro lo ocurrido. Sé que tropecé repetidas veces y caía al suelo de bruces por las heridas que presenta mi cara. Cuando entré en mi casa sin aliento me dirigí a la cocina y bebí un vaso de agua de un solo trago mientras Ana me miraba con estupor.

– ¡Qué ha ocurrido! ¡Estás pálido y herido!

Me senté en una silla de la cocina y le indiqué a Ana que hiciera lo mismo. Utilicé todo el valor que me quedaba para tranquilizarme y explicarle a mi mujer lo ocurrido. Cuando hube acabado, mi mujer tardó unos segundos en cerrar la boca y parpadear. Pasamos bastante tiempo sentados el uno frente al otro no haciendo más que mirarnos. Cuando pasó el shock decidimos que lo mejor era guardar el secreto.

Esa tarde bajé al muelle a ayudar a mi padre con las redes, Ana me repitió una y otra vez que ella le diría a mi padre que yo no podía ir porque me encontraba mal, pero que si iba sería muy embarazoso y quizás no pudiera mantener el secreto con mi padre. Esa idea ya había pasado por mi mente pero al fin y al cabo era mi padre, y la gente del pueblo se daría cuenta de que la figura que coronaba el acantilado y que veían todos los días había desaparecido. Así pues debía enfrentarme a los hechos y ver qué pasaba. Una vez en el muelle saludé a mi padre con menos cariño que de costumbre y me dispuse a arreglar las redes. Mientras realizaba mi labor mi padre me dijo:

– El hombre del acantilado no está.

Ante esta afirmación tan sencilla y contundente mi rostro reflejó la preocupación que me estrangulaba.

– Igual que vino se fue.- Dijo a modo de respuesta mi padre mientras me miraba y esbozaba una sonrisa.

Pasamos la tarde arreglando las redes y comentando las trivialidades de la vida en la mar y de nuestras familias, como cualquier otro día. Sin embargo desde aquel día cada vez que me hago a la mar miro al acantilado y a mi mano derecha intentando explicarme qué fue lo que ocurrió allí aquel día [x].

Autor: Raul Sánchez
imagen: bon jour tristesse by ~ideapart

2 comentarios sobre “El hombre que miraba al mar”

  1. Magnífico. Uno de los mejores relatos de este autor. El mar y todo lo que lo rodea siempre ha generado grandes incógnitas en la mente de los hombres y el personaje del hombre sentado, como alguien venido del mar, cuyo origen y motivaciones son desconocidos, ejemplifica estos misterios a la perfección.
    Quizá sea sólo cosa mía, pero la forma en que ha tratado esta narración, que transcurre en una comunidad costera pequeña, donde los lugareños poseen su pequeño misterio local; y la forma en que reaccionan ante él, con el pavor de los niños al enfrentarse a él y la aceptación de los adultos como parte del orden establecido, me recuerda en algunos momentos al gran Lovecraft. Le doy un sobresaliente.

    Al autor: ánimo y continúa por este camino.

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