Dríadas de Cristal

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C:Dryad System 1Memory Files9-01(5)Incidence Report
Detectada anomalía de sistema en sector 80. Activando alarma de emergencia.
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C:Dryad System 1Memory Files9-01(6)Incidence Report
Informe de pronóstico grave. Procediendo a desalojar fortaleza.
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La dríada de cristal sabía que iba a morir. Una maraña de grietas se enredaba alrededor de su sien como las extremidades de una araña; en el interior de su cabecita, los engranajes de su cerebro mecánico se esforzaban por girar como lo hace la maquinaria de un reloj viejo y cansado. Hacía calor, mucho calor. Tanto que la pequeña autómata creía que sus alitas de metal se fundirían y caería al vacío. Se sentía agotada y confusa, derrotada y frágil. No sabía muy bien cómo los vientos habían cambiado tan de golpe; por qué diablos la condenada humanidad estaba a punto de derribarla. Tampoco le importaba demasiado, porque ya sólo quedaba un objetivo verdaderamente claro en su mente. Una reminiscencia triste de su inteligencia de cuarzo hecha añicos.

Necesitaba despedirse de su hermana. ¡Maldita sea! Lo necesitaba…

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C:Dryad System 1Memory Files9-01(7)Incidence Report
Abandonando perímetro autorizado. Recordatorio de comando 3: obedecer instrucciones de perímetro.
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C:Dryad System 1Memory Files9-01(8)Incidence Report
Recordatorio de comando ignorado. ERROR. ERROR. ERROR.
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Era vagamente consciente de que estaba rompiendo las reglas; de que aquél no era el comportamiento de una dríada de cristal. No obstante, se repetía con amargura, ceñirse a las normas a aquellas alturas era casi una obstinación absurda. Un sinsentido. Por eso se dejaba cegar por el recuerdo de aquellas diez semanas en que había compartido la vida con su compañera de misión, antes de que el deber las obligara a vivir separadas para siempre. Añorándose a diario. Tan cerca y tan lejos… Maldijo, como tantas otras veces, a aquellos que la crearon tan asombrosa, un robot capaz de amar y sentir como la más viva de las almas. Al tipo que le había insertado un corazón en el pecho. «Jodido Hombre de Hojalata», le dio por decirse sin saber por qué. «Jodido Hombre de Hojalata, que era afortunadísimo y no fue capaz de darse cuenta.»

Logró abrirse paso a duras penas entre el humo y los gritos de dolor; se perdió en el laberinto de sombras y rebuscó en cada rincón, con afán y un viso de locura, como si todo le diera igual y no tuviera miedo a la muerte. Ya había asumido que el final llegaría tarde o temprano; pero le asaltaba el temor a que éste le sobreviniera sin poder decir adiós al ser que más quería en el mundo, o a que no le diera tiempo de regresar a su fortaleza, el lugar al que pertenecía, para aguardar su veredicto en paz. A veces, cuando se descuidaba, una profunda turbación martilleaba los circuitos positrónicos que activaban su intelecto: ¿y si ella ya estaba…?

«No, no puede haber muerto. No todavía», se recordaba entonces. Porque sabía bien que, en el instante en que su otra mitad sucumbiera, un vacío perforaría su esencia como el aguijón de una abeja. Siempre había intuido su presencia en la distancia como si fuera palpable; siempre había percibido muy cerca su complicidad… aunque nunca la pudiera ver. Por eso la localizó mucho antes de lo que hubiera creído posible, acurrucada en lo que antaño fuera su refugio personal, ahora poco más que escombros.

—Hermana… —gimoteó ella en cuanto la vio entre la humareda. Su voz era quebradiza y débil.
—¡Pequeña!
—Oh, hermana…

La dríada recién llegada se acurrucó junto a la otra en silencio. Si hubiera tenido la capacidad de llorar, habría derramado un océano y todavía le quedarían sollozos que convertir en agua y sal. Pero era aquél, sin embargo, uno de sus pocos defectos: no podía producir ni una lágrima con la que dar vía de escape a su desaliento. Su hermana se hallaba, si cabía, en peor estado que ella: la habían herido de muerte en la parte alta del torso; tenía un ala rota en mil pedazos y no respiraba apenas.
Pero todavía se acordaba de cómo se esboza una sonrisa.

—Mal bicho —le recriminó en tono de burla—. Después de tantos años sin hacerme una mísera visita, ¿tienes que venir a verme justo cuando estoy de este estado?
—Sabes que no podía romper las reglas, pequeña. Sabes que…
La dríada moribunda suspiró imperceptiblemente.
—No podías abandonar tu fortaleza —asintió con dificultad—. Pero debería recordarte que ahora estás aquí conmigo, pese a todo. Me parece que hay algo que no cuadra en ese detallito… ¡Je!
—Y ¿qué más dará, pequeña? Llegamos a este lugar con un cometido vital. Nacimos para ser grandes…, pero hemos fracasado. Se acabó. Todo se acabó… —Hubo un breve intercambio de risas teñidas de angustia—. Pero me alegro de ver que no has cambiado, so idiota.
—Tú tampoco, arpía malaleche. Sigues llamándome «pequeña», como en los viejos tiempos. Y me sigue repateando…
—Terminaron de construirme dos meses antes que a ti. —La visitante se encogió de hombros—. Aunque ya entonces, aun sin conocerte, te echaba menos.

Pese a la marabunta de humanos que se arremolinaba a su alrededor sin verlas, las dríadas de cristal sintieron que aquel momento era sólo para ellas. Un instante íntimo y sagrado. Se abrazaron un poco más y dejaron pasar unos segundos; entonces dijo la más joven:

—¿Por qué lo han hecho? ¿Quién podría…? No lo comprendo. ¿Por qué?
Su hermana le revolvió la brillante cabellera de fibra óptica.
—No lo sé, pequeña. No lo sé… —admitió—. Hace tiempo que pienso que no hay héroes ni villanos entre los hombres. Lo único que hay es una espiral de envidias y odios. Ambición, intereses propios, trampas y guerras de poder… Y tenemos que pagarlo nosotras, que nacimos para servir a la misma humanidad que nos ha destruido. Nosotras y todos ellos… que sólo quieren sobrevivir. No me pidas que piense, no… No me pidas que encuentre una razón para la barbarie, porque no existe.

La dríada menor calló. Simplemente calló.

—¿No es gracioso? —continuó su compañera—. Nos estamos muriendo. Muriéndonos… Supongo que nunca nos han preparado para algo así. Nos convencieron de que éramos distintas de toda la creación de su raza, el más prodigioso avance de la ciencia y la tecnología de la época. Imposibles de tumbar. Indestructibles.
—Únicas…
—… Titánicas…
—… Perfectas…
—… Con ansias de acariciar el cielo.
—¿Cómo podríamos olvidarlo? —asintió la moribunda—. Y míranos ahora, hermana. ¿Qué queda de toda aquella gloria?
—Bien poco; y, sin embargo… siempre estará el orgullo de haberlo intentado hasta el fin.

La dríada agonizante se esforzó por sonreír de nuevo.

—Vuelve a tu fortaleza, en tal caso —dijo—. Muere con las botas puestas.
Y no hicieron falta más palabras: tan sigilosa como había llegado, la invitada besó a su hermana en la mejilla y abandonó la habitación. Ningún humano percibió su marcha, pues todos ellos tenían cosas más importantes en las que pensar. Se deslizó por el aire entre el barullo y el olor a catástrofe, en busca de la fortaleza que nunca debió dejar atrás.
Entonces sonó el último acorde de cientos de sinfonías. El fin de demasiadas vidas. El último y estrepitoso latido del corazón de su pequeña.

Engullida por una nube de polvo, la dríada ni siquiera se molestó en mirar atrás: sabía que el espíritu de ella, la única que la había comprendido, ya se disolvía entre los gritos, las limaduras y el horror. Apenas sí tuvo conciencia de que su propio cuerpecillo se resquebrajaba en miríadas de esquirlas diminutas.

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C:Dryad System 1Memory Files9-01(9)Incidence Report
Subsanado error de comando. Evaluando situación actual. Informe de pronóstico muy grave.
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Regresó a su guarida y esperó. Con paciencia. Con dignidad. No obstante, mientras lo hacía, trató de dejar constancia de su paso por el mundo.

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C:Dryad System 1Memory Files9-01(10)Incidence Report
Me llamo Borea, y sé que voy a morir. Sí, sé que voy a morir… Mi pequeña Austra ha caído, y ahora presiento que soy la siguiente. Ni siquiera sé bien por qué guardo estas palabras en mi memoria extraíble: lo más probable es que mueran conmigo cuando la Parca venga a buscarme. No resistirán al derrumbe; si lo hacen, jamás serán halladas. Pocos nos recordarán, ni a mí ni a mi hermana gemela.

Nacimos como un proyecto secreto de seguridad del Gobierno; una maravilla tan puntera que nos ocultaron de los ojos de las masas. En nuestra creación participaron las más ilustres personalidades de la élite: genios americanos, ingenieros japoneses. Los mejores relojeros suizos, con su mimo de artesanos sin par, se encargaron de la mecánica interna y de nuestra incomparable belleza. Nos fabricaron casi idénticas, ambas con autonomía para sentir y pensar. Y nuestra psicología se les escapó de las manos; porque surgió entre nosotras un vínculo que nunca llegaron a entender.

Entonces nos trajeron aquí, para que defendiéramos nuestras fortalezas. Como las dríadas de los cuentos de hadas, que protegen su árbol hasta el punto de dar la vida por él, nosotras salvaguardaríamos nuestro territorio con celo. Y así ha sido hasta hoy; hasta esta aciaga mañana de septiembre que cambiará el destino del planeta. Pronto nos invadió la añoranza por habernos perdido la una a la otra; pero nunca tuvimos miedo… Jamás temimos caer.

Porque éramos imposibles de tumbar. Indestructibles.

Resulta irónico, ¿no es cierto? Lo mismo dijeron de aquel barco acuchillado por un puñal de hielo; del héroe impregnado en inmortalidad que albergaba una flaqueza en su talón. Lo mismo decían de nuestras fortalezas de acero, hormigón y cristal.
Únicas. Titánicas. Perfectas.

Con ansias de acariciar el cielo.

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