El productor de suicidios

La última vez que lo vi chupaba con desesperación el cañón amargo de un revólver, finalmente decidido pero incapaz de apretar el gatillo por segunda vez. La sangre se acumulaba en su oreja y formaba un charco negro en el suelo, del que todos se alejaban más con asco que con compasión. La primera bala había esquivado el cerebro como había podido, arañando sólo el lóbulo parietal derecho y haciendo astillas el hueso al salir del cráneo. Sus ojos permanecían abiertos, pero no creo que viera algo más que las baldosas azules y blancas del piso del comedor. Con la lengua enroscada en torno al cilindro del arma, manoteaba convulsionadamente como un pez ahogándose fuera del agua. Nadie quería acercarse: el revólver aún estaba cargado, y en cualquier momento podía escupir otra bala, incluso sin la ayuda de los espasmódicos y retorcidos dedos de Robert.

Un morboso silencio se había adueñado del comedor de la universidad. Decenas de espectadores esperaban ansiosos el desenlace. ¿Lograría Robert acabar con su patética demostración de lo que no debe ser un suicidio? ¿Llegarían antes los guardias y los enfermeros? En ese momento caí en la cuenta de que nadie entre los muchos estudiantes y profesores allí presentes había movido un dedo para llamar a una ambulancia. Reticentemente dejé de observar al muchacho despatarrado y eché una ojeada a mi alrededor. Pude ver que uno de los auxiliares de la universidad hablaba nerviosamente por teléfono, y supuse que al otro lado de la línea una abúlica funcionaria del sistema de salud hacía preguntas tontas y prometía la pronta llegada de los paramédicos.

Pasó otro minuto entero. Poco a poco, los movimientos de Robert se fueron haciendo más lentos. De pronto se detuvo por completo, permaneciendo quieto como una estatua muy blanca y grotesca sobre un pedestal de sangre coagulada. Robert murió entonces, y una mano invisible alzó el manto de silencio que nos había cubierto a todos. Algunas personas empezaron a gritar histéricamente, mientras otros se acercaban solícitos y eficientes a un cuerpo que ya no los necesitaba. Un profesor de medicina comenzó a dar indicaciones sobre la mejor manera de contener la hemorragia. Los alumnos más aplicados, y aquellos que querían dar una buena impresión, se apresuraron a seguir sus órdenes, aunque la sangre hacía tiempo que había dejado de manar del boquete craneal.

La figura de Robert se perdió bajo un mar de brazos, piernas, rostros y voces. Yo tomé mis libros y me alejé de allí pensando en lo mal que pueden salir las cosas.

Robert había preparado un buen espectáculo. Había dado un bonito y poderoso discurso antes de meterse el revólver en la boca y fallar estrepitosamente. Su lenta y aparatosa muerte le había quitado toda la fuerza a sus últimas palabras. Con el tiempo, nadie recordaría su inflamada oratoria. Sus uñas arañando las baldosas ensangrentadas y sus labios proyectándose como los de un chimpancé para aferrar el cañón del arma… eso quedaría para siempre grabado en la memoria de todos los presentes.

Fue entonces, aproximadamente, que decidí convertirme en productor de suicidios. Conocía a varios universitarios, profesionales y jubilados que se encontraban hacía tiempo al borde de la autoeliminación. Sólo necesitaban un pequeño empujón, una insignificante palmadita en la espalda, para precipitarse definitivamente al vacío de Tánatos. Yo me propuse hacer de sus inminentes decesos acontecimientos útiles a la apagada y amoral sociedad de principios de siglo, o cuando menos espectáculos memorables que no despojaran al suicida de su escasa dignidad, como había sucedido con Robert.

* * *

Mi primer cliente fue Francis. Era amigo mío desde la infancia, y portador del VIH desde hacía tres años. Ambos sabíamos que no podía quedarle mucho tiempo antes de que el SIDA empezara a hacer estragos en su enflaquecido cuerpo. Lo peor es que el pobre muchacho era virgen. El virus había llegado a su sangre a través de una aguja, no de una vagina… ni de un pene, ya puestos. Sin dinero para pagar un abogado, y en contra de un cohesionado cuerpo médico y una serie de complicadas leyes y estatutos de más de cien años de antigüedad, Francis vivía su vida lo mejor que podía (o sea, bastante mal) a la espera de un milagro. La gente lo evitaba, los trabajos lo evadían, la familia cercana lo compadecía, la lejana sospechaba otras causas de contagio, los fondos escaseaban, los medicamentos subían de precio, y los días se agotaban.

Planeé algo sencillo (era mi primera vez). Algo no muy original, pero de probada efectividad. En este caso, efectividad significa: a) una muerte segura, porque no hay nada peor que vivir con la vergüenza de haber sido salvado, de haber ocupado el tiempo y las fuerzas de otra gente que te recordará todos los días que les debes la vida, además de estar obligado a ver la cara destrozada y triste de tus amigos y familiares, o peor aún, quedar en estado vegetal y ser un recipiente de acusadora compasión; y b) lograr el máximo impacto en la población, algo que los haga pensar, algo que les demuestre a todos que no eres solamente un loco o un adolescente con penas de amor, algo que le tape la boca a los políticos y los sacerdotes, y que ponga de tu lado a la mayor cantidad de gente posible.

Por lo mismo, descarté de inmediato los atentados explosivos estilo musulmán, donde muere gente que no tiene nada que ver contigo, y las quemas a lo bonzo, que demasiado a menudo resultan no ser letales y te dejan lleno de cicatrices horribles y dolorosas.

Opté por un tradicional salto desde el puente, pero para permitir a la ciudadanía contemplar el cadáver, decidí que la muerte fuera causada por asfixia o dislocación cervical, lo que ocurriera antes al arrojarse al vacío con una resistente cuerda de cáñamo anudada al cuello. Habría un mensaje escrito con tinta roja en su camisa blanca, y una carta llena de nombres y fechas enviada al periódico local.

Lo más complicado fue fijar la hora. Si lo hacíamos durante la noche, alguien daría el aviso y la policía retiraría el cuerpo antes del amanecer. Si lo hacíamos durante el día, habría transeúntes que sin duda intentarían salvar a Francis.

Lo solucioné de una forma un tanto chapucera. En uno de los laboratorios de la universidad conseguí una solución de cianuro, y le dije a Francis que se la bebiera en el instante anterior al salto. La cuerda la atamos a una de las vigas inferiores del puente, de tal forma que fuera complicado, si no imposible, para cualquier peatón alcanzarla e izar el cuerpo del joven. Eso lo hicimos durante la madrugada, cuando hasta los gatos duermen. Dejamos uno de los cabos amarrado a la barandilla, y luego yo me fui. Él se quedó allí mientras amanecía. Yo dejé la carta en un buzón. Hacía frío, pero la suerte había disipado la impenetrable niebla de los días pasados. El día sería claro; la atmósfera, transparente.

Todo salió bien, para alivio de mis erizados nervios. El cuerpo de Francis estuvo colgado del puente más de dos horas, balanceándose como un péndulo a cuatro metros del río. El suicidio apareció en primera plana en varios periódicos nacionales, y la carta de rabiosa crítica fue publicada en innumerables sitios de internet. Varios funcionarios del hospital fueron despedidos, y hubo una avalancha de nuevas denuncias durante las siguientes semanas.

Ese primer trabajo lo hice gratis. Era una prueba, y podría haber salido mal. Además, Francis no tenía dónde caerse muerto, si me comprenden.

* * *

Conduzco una cucaracha de acero y voy a matarlos a todos. Voy a matarnos a todos y sólo quedarán los huesos negros y amarillos del taxi. Seré las entrañas del monstruo. Al diablo los niños y al diablo con ella. Siete años en este jodido asiento. Nueve años dando clases a esos idiotas del instituto, con sus corbatas azules planchadas por sus madres idiotas. Nueve años escuchando sus bromas tontas y sus risas vacías. Los sobrenombres y el desprecio y los aviones de papel. No recordarán mi nombre. No recordarán nada de lo que les enseñé. Al diablo con ellos y con este trabajo de mierda. Al demonio con el taxi y sus propinas inocuas, y con el hambre de los niños y con el llanto de ella. Apago las luces como un cazador. Voy a morir esta noche y me llevaré a un incauto conmigo. Conduzco una cucaracha asesina. Es el final.

* * *

Después de Francis me tomé un par de semanas. Por una parte, me asustaba un poco haber hecho algo mal, haber dejado alguna pista que hiciera que los detectives se aferraran a la idea de homicidio en lugar de al más sencillo caso de suicidio. Pero tuve suerte. Francis estaba desahuciado, iba a morirse de todas formas, así que el estado no se preocupó de investigar sus últimos días (más bien se concentró en repeler las cada vez más numerosas críticas al sistema público de salud). Mejor aún, la familia de Francis, empobrecida por el largo tratamiento, no tenía con qué contratar los servicios de un detective privado, y además, por mucho que doliera la pérdida, se habían quitado un molesto peso de encima. Ahora podrían dedicarse a recordar lo bueno y simpático que era Francis sin tener que ver su rostro demacrado y la sentencia de muerte gravitando sobre su cabeza.

Por otra parte, mi receso me permitiría idear un suicidio diferente, original, televisivo.

Faltaba un mes para el festival internacional de cine. La ciudad, rebosante de celebridades, invadida por la prensa del espectáculo, sería el escenario perfecto y el perfecto catalizador. Poco a poco empecé a darme cuenta. Si hacía bien las cosas, la producción selectiva de los suicidios adecuados, aplicadamente infiltrados por mis propias ideas y reivindicaciones, me permitiría al fin lograr mi tan añejo y ansiado propósito.

Cambiar el mundo.

La muerte de Francis me había demostrado que era posible. A medida que los enfermos terminales y las víctimas del sanguinario modelo neoliberal multiplicaban sus ataques, sus ánimos inflamados por la irrevocable decisión de mi primer cliente, personajes más y más importantes veían amenazado su acomodado estilo de vida. Dos semanas después del salto final de Francis, el subsecretario de salud estaba al borde de la renuncia.

Empecé a pensar a lo grande… Algún senador… ¡Tal vez incluso el presidente! O mejor aún: ¡el presidente de un país importante!

Pero eso me llevaría tiempo. No tenía amigos ni conocidos con tendencias suicidas que fueran cercanos a ninguna personalidad pública.

Dejé de lado la idea y me concentré en el festival de cine y en Sofía.

Sofía era una adolescente gótica. Estas dos condiciones, si bien la señalaban como alguien increíblemente fácil de manipular, atentaban contra la trascendencia que yo quería imprimirle a mi trabajo. Una noche, bien entrada la sombra y el frío, mientras nos fumábamos los últimos despojos de un alijo pequeño y sabroso, le hablé de mi idea. Fue una imprudencia, lo sé; pero creí que nadie le haría caso si, debido a su juvenil y solitaria necesidad de cariño y atención, se lo mencionaba a alguien más, sobretodo teniendo en cuenta el THC y el alcohol en su organismo. Sin embargo, alguien tomó en serio sus palabras, y le dijo a la pálida muchacha que quería concertar una cita.

Y así fue que conocí a Carmina, mi segundo cliente.

Mi trabajo más difícil.

* * *

Carmina era su nombre artístico. Su verdadero nombre era Gabriel. A simple vista no parecía un hombre, sin embargo, y sólo una vez deje de pensar en ella como en una mujer. Se había operado un par de veces, pero afortunadamente sin los grotescos resultados que impúdicamente muestran tantas furcias en la pantalla chica. Carmina lucía un buen par de tetas firmes pero blandas, un cuello grácil, largo y delgado, y unas manos de dedos finos y juguetones. Tenía labios sensuales y una espalda un poco demasiado ancha, algo sospechosa, algo intimidante, pero en ningún caso desagradable. Sus piernas gozaban de una adecuada proporción entre músculo y grasa. En general, era una mujer hermosa.

Con pene y testículos.

Claro que yo no me enteré de eso hasta la noche anterior a su muerte.

Pero me estoy adelantando demasiado.

Carmina y yo nos encontramos por primera vez en un pub, y conversamos y reímos y filosofamos estúpidamente como hace todo el mundo en los pubs, según la graduación alcohólica de los cócteles y la saturación decibélica en el ambiente. A la luz temblorosa de una de esas velas minúsculas y económicas que compran por cientos los gerentes del trasnoche, usamos nuestros mejores y más viejos elementos de seducción, mezclando frases inteligentes e intelectuales con guiños, roces y risas apropiadamente comedidas. Yo le hablaba al oído, y ella se humedecía los labios con casual indiferencia.

En plena madrugada, a esa hora imprecisa en que la mitad de la gente se ha ido a la cama (por cualquiera de varias razones) y la otra mitad se dispone a continuar la juerga en la discoteca de turno, Carmina puso por fin las cartas sobre la mesa.

– Quiero que planees mi suicidio -dijo, al límite de lo audible, y su boca fue un embudo para mi paciencia. La besé con la valentía y el descaro del whiskey, y ella me correspondió. Intercambiamos saliva y nos manoseamos expertamente, pero sin cruzar nunca la frontera del decoro. No todavía. Luego separamos nuestros rostros para tomar aire, y ella repitió:

– Quiero que prepares mi muerte, en serio.

Hice ademán de volver a besarla, pero ella me contuvo, como me contendría tantas otras veces. Ahora sé que lo hacía por miedo, miedo al rechazo, al asco, a la culpa. Y tenía razón, por supuesto; yo la hubiera rechazado, asqueado, si lo hubiera sabido entonces. Al final la rechacé de todas formas, pero mi asco estuvo teñido de tristeza en lugar de rabia.

Ideamos su suicidio en cuatro días. Tuve que aprovechar nuevamente mis contactos en la universidad, mientras ella hacía lo suyo para conseguir un pase liberado para el festival. El plan era bueno, pero requería tanta coordinación, disciplina y suerte que estuve a punto de abandonarlo varias veces. Pero Carmina quería seguir adelante.

Por fin, la noche anterior a la última jornada festivalera, todo estuvo listo, y pudimos darnos un descanso…

Una especie de despedida.

* * *

Estábamos en su departamento, besándonos. Era claramente hora de cruzar la frontera del decoro. Le quité la blusa y acaricié sus pechos con falsa suavidad, demasiado aturdido por la excitación para notar la excesiva dureza de sus tetas artificiales. Eran las primeras tetas siliconadas que yo tocaba, de todas formas, así que no tenía con qué compararlas. Había otras pistas a las que no presté atención: los pezones eran demasiado pequeños, y las zonas erógenas parecían estar equivocadas. Nada de eso importó cuando me bajó el cierre y se puso de rodillas.

Después de un rato quise hacer lo mismo por ella, pero se negó con dulzura. La maldición lunar, dijo, pero no muy convencida. Yo no quería irme así. Era nuestra última noche juntos, y la última noche de su vida. Por supuesto, tampoco quería darle alguna idea romántica a la que aferrarse. La preparación nos había costado demasiado como para echarse atrás. Pero un polvo de despedida… Un polvo de verdad, aunque fuera sólo para sacudirnos de encima los nervios ante la inminente prueba final y un posible y vergonzoso fracaso.

Le dije que podíamos ducharnos juntos, que usaría condón, y otro par de opciones más que obviarían la incómoda situación menstrual. Después de insistir un par de veces, aceptó.

En esa posición ridícula y canina tan del agrado de las masas, a punto de adentrarme en las tibias profundidades de su intestino, noté el bulto furtivo que con tanto ahínco Carmina trataba de ocultar.

Es difícil que un hombre deje de pensar en el sexo cuando aún no ha sido saciado, pero el ver aquella blanda protuberancia enrollada surgiendo de su entrepierna como la cabeza de una equidna desde su madriguera, produjo en mí el mismo efecto que unas decenas de baldes de agua fría electrificada.

Medio escondiendo mi propio y desconcertado miembro, retrocedí asustado en busca de mis pantalones. Gabriel no combatió mi silencio. Sólo bajó la vista y ya no volvió a mirarme a los ojos. Cubrió su impertinente anatomía con lentitud, y poco a poco, prenda por prenda, fue transformándose nuevamente en Carmina. Yo no podía sentirme culpable… No todavía, con la terrible presencia de su aparatosa y traicionera sexualidad acechando desde algún rincón impreciso más allá de la realidad.

Terminamos de vestirnos sin decir nada. Luego me fui.

Ahora creo que ella lo hizo a propósito, en parte al menos. Yo pretendía usarla para tranquilizarme, desquitarme un poco con el mundo follándomela con la certeza de no tener que volverla a ver, alcanzar por fin la cima de un jueguito de talentuda seducción. Pero me engañaba. La verdad es que la quería. Y ella usó mi temor y mi desprecio como un trampolín, como el impulso necesario para hacer reventar su pantagruélica autocompasión. Usó mi miedo y mi asco y el abandono final para alimentar su desolación y atreverse a morir.

Yo fui la gota que colmó el vaso.

* * *

– ¿Qué hay del taxista?
– Pff. Nada grave. Un par de costillas rotas y un esguince cervical. Estará bien en dos días.
– No parece que eso te guste.
– No, no me gusta. No me parece justo que se salga con bien después de lo que hizo.
– ¿Lo que hizo? No estarás suponiendo que fue a propósito…
– Sea como sea, la chica está muerta, y lo mismo su hijo.
– Mmm. Sí, escuché que estaba embarazada. Una pena.
– Y el chico está muy mal. No creo que aguante mucho sin un trasplante.
– ¿Los pulmones?
– Sólo uno, el izquierdo. Pero el pulmón es lo de menos: el corazón es el verdadero problema.
– Buff. Vaya putada. ¿La familia ya lo sabe?
– El padre del muchacho estuvo aquí hace unas horas. Parece que no sabía lo del embarazo. Parece que nadie lo sabía, en realidad. Tenía sólo dos meses.
– ¿Dónde está ahora?
– ¿El padre? Se fue hace un rato. Estuvo tratando de convencer al doctor Lenti de hacer un intercambio de corazones con su hijo. Quería donarle un pulmón, también. Sería un suicidio. El doctor dijo que no, por supuesto.
– Por supuesto.

* * *

La última noche del festival fue memorable, ruidosa y sangrienta. Mientras se llevaba a cabo la premiación, televisada en vivo y en directo por varios canales menores, yo miraba al techo blanco de mi dormitorio, acostado en la cama presa de una confusa catatonia sentimental.

Días más tarde vi una grabación de lo ocurrido.

Un tipo famosillo sobre el escenario leyó un discurso copiado de alguna parte, lleno de citas célebres y rimbombantes consejos; luego una mujer muy bien vestida se acercó al micrófono con un sobre. Lo abrió y leyó el nombre de una película rusa, pronunciándolo mal a pesar suyo y de su apariencia culta e infalible. Un hombre rosado y calvo de ojos muy claros subió al estrado y dio las gracias a casi todo el mundo conocido durante diez minutos, como si realmente creyera que aquel premio le importara a alguien a más de diez kilómetros de la ciudad.

Después todos bajaron y las luces comenzaron a apagarse para la proyección de la película. Pero entonces una figura esbelta y pomposa avanzó por el pasillo entre las butacas, y la oscuridad demoró su llegada. Carmina había convencido o sobornado al encargado, aduciendo una glamorosa sorpresa cinematográfica de último momento.

Se plantó en medio del escenario, frente a la pantalla, y con un rápido gesto de la mano se metió algo en la boca. Los organizadores del festival apenas habían empezado a notar que algo iba mal cuando Carmina explotó.

Hasta ese momento yo había tenido mis dudas respecto a la píldora de nitroglicerina. Pese a que habíamos hecho una prueba dos días antes, metiendo una píldora similar en el buche de una paloma, y habíamos tenido éxito (todavía escupía una pluma de vez en cuando), yo temía que la dichosa pastillita explotara en el bolso o la mano de Carmina. De hecho, según dijo la prensa, ilustrada por el amarillismo forense tradicional, la explosión se produjo a la altura del corazón, y no en el estómago como era nuestro propósito. Inicialmente habíamos escogido el intestino, y en vez de una píldora, un supositorio, pero por un asunto de rapidez y manipulación hubimos de desechar la atractiva idea de hacer llover la sangre mezclada con excrementos sobre el asombrado auditorio. El bolso de Carmina estaba lleno de bolsas de hielo seco enfriado convenientemente para mantener estable la nitroglicerina. Nos bastó realizar un par de experimentos en un sótano revestido de cartones de huevos, y revisar unas cuantas páginas en internet, para calcular el tiempo que la nitro necesita para volverse inestable.

A la temperatura del cuerpo humano, el tiempo resultó ser 2 segundos y medio.

El video censurado muestra, a cámara lenta, un surtidor de sangre brotando entre los senos plásticos de Carmina. En la tele parecía como si le hubiera reventado una sandía encima. Luego la cabeza, el cuello y los hombros se elevan un poco, y la sangre comienza a cubrir a la primera fila de espectadores. Después el torso se parte en dos, las piernas se flexionan y lo que queda de Carmina se arrodilla sobre un charco de sangre. Trocitos de pulmones, esófago, diafragma, corazón, y algún que otro diente gravitan sobre la multitud, dividida entre histéricos y pasmados.

Finalmente, todo cae.

Fue magnífico.

Hubo otro video, claro, uno donde Carmina, sentada frente a la cámara, acusó de violación a su padre y al amigo de su padre, ambos poderosos empresarios. El video fue acompañado de pruebas suficientes como para volver a hundir la Atlántida. De alguna forma la marea de protestas, justo cuando parecía estar a punto de remitir, cobró fuerzas. Homosexuales, lesbianas y travestis salieron a las calles. Las denuncias de abusos sexuales plagaron la prensa, pero esta vez no había políticos ni periodistas manipulándolas: era la plebe, la gente común, la que acusaba, la que exigía, la que, asustada ante la posibilidad de tener que recurrir a la extrema solución de Carmina, optaba por soportar los trámites y la burocracia del sistema judicial.

Por supuesto, hubo inocentes tras las rejas, uno que otro linchamiento público, etcétera. Pero mi propósito era revolver las aguas, y lo estaba logrando.

Sin embargo estaba triste.

Carmina se había ido.

* * *

Sin el rostro de Carmina para echarle en cara mi recién redescubierto miedo a la soledad, Sofía se convirtió en mi válvula de escape. Yo estaba rabioso. Odiaba a Carmina por haberme mentido y abandonado; odiaba a aquella manada de cobardes invertidos que nunca habían conocido a Carmina y sin embargo se aprovechaban de su éxito y de su muerte para colmar sus ansias de aceptación social y sus exigencias antidiscriminatorias, como si el mundo les debiera algo por el simple hecho de haber salido del ropero; odiaba a los jueces y abogados que mantenían a los asesinos y los violadores en las calles; odiaba a los periodistas que se alimentaban de la sangre en el asfalto y las lágrimas en la pantalla; odiaba a los políticos de todo tipo, a los policías, a los sacerdotes… odiaba a todo el mundo, a la gente en general. Odiaba al sistema. Pero sobretodo me odiaba a mí mismo.

Pero como no pensaba matarme de ningún modo, enfoqué mi rabia contra la pequeña perra gótica que le había ido al tragicómico travesti con el cuento de un cínico determinista que organizaba suicidios con impacto social.

Si la profesión de productor de suicidios tiene algo parecido a un código moral, alguna especie de freno ético o altavoz de la conciencia, esa vez, con Sofía, lo pasé por alto. Porque ella no quería suicidarse verdaderamente. Aquella niña tonta enfundada en mil capas de redes y gasas, gabardinas y corpiños, con su mirada de indiferente sabiduría plagiada de Hesse, las falsas ojeras estilo Poe, una decadencia victoriano-positivista producida en masa para las jovencitas de 13 a 16 años y un ankh egipcio colgado al cuello como un cencerro, aquella niña era sólo una persona en vías de formación, perdida entre las sombras de la adolescencia y sin un mapa o una linterna con la cual encontrar el camino de salida.

Sin embargo, alguien debía morir.

Para no sentirme del todo culpable, y compensar en parte la facilidad del trabajo, ideé un suicidio más efectivo de lo normal.

Claro que, para que fuera un suicidio y no un asesinato, Sofía debía estar al tanto de todo. Así que la convencí. Fue sencillo. Su edad y las estupideces que leía me ayudaron bastante. Los jóvenes viven de sensaciones: son todo vísceras, nada de cerebro. Si consigues hacerles ver el mundo como un revoltijo de física cuántica e interacciones de van der Waals, se vienen abajo. Se agarrarán con uñas y dientes al odio y al miedo, lo más básico de todo, pero hasta eso puede ser explicado en base a electrones yendo de un lado a otro, sin intervención divina alguna. Y cuando las sensaciones han perdido su valor, todo lo que queda es un cascarón vacío, un simulacro de ser humano desinteresado dispuesto a hacer cualquier cosa que se le pida sin pedir nada a cambio.

Lo que yo le pedí ni siquiera requería un mayor esfuerzo.

A un par de kilómetros de la ciudad había una planta procesadora de no se qué demonios, causante al parecer de uno de los peores desastres ecológicos de la última época. Yo no estaba muy informado: sólo leía los titulares tendenciosos en la prensa y escuchaba las manifestaciones ocasionales en las calles. Pero me pareció un buen blanco. Una empresa enorme que se embolsaba unos cuantos millones por minuto tendría más enemigos que amigos, y yo tenía cada vez más claro, disculpen el idealismo, que una multitud de debiluchos puede acabar con una pareja de poderosos.

Inscribí a Sofía en un grupo de excursión río arriba, y yo mismo me incluí usando un nombre falso e inventando la información anexa (nadie corrobora los datos cuando se paga en efectivo). Partimos en cuatro canoas a primera hora del día. Yo ya le había dicho a Sofía lo que debía hacer. Parecía ensimismada, indiferente a la fría belleza de los vapores de la madrugada y los primeros bocinazos de las aves acuáticas. Eso significaba que todo iba bien.

A media mañana llegamos a la zona escogida. Se trataba de un estrecho ramal poco profundo, pero de aguas impenetrablemente turbias, lodoso y lleno de vegetación. Era lo más cerca que estaríamos de la planta procesadora y sus polémicos ductos de desecho.

Debo decir que Sofía procedió de una forma magistral. Yo había temido que se echara atrás en el último instante, o peor aún, que su innata torpeza y estupidez la hicieran actuar precipitadamente, mostrando a todo el mundo lo que debía ser un secreto. Pero nadie se dio cuenta, ni siquiera yo mismo, cuando sacó de su bolsillo el tubo plástico que yo le había entregado horas antes. Tampoco vio nadie cómo se lo llevo a la boca y se tragó su contenido.

Después, de una manera un tanto forzada, he de admitirlo, se las arregló para enredarse con un arbusto y actuar como una desesperada, hasta que metió una pierna en el agua. De ahí en adelante todo fue muy rápido. Sus botas se inundaron, la ropa mojada comenzó a arrastrarla hacia las profundidades, y comenzó a ahogarse.

Los encargados de la expedición también fueron rápidos. La sacaron del agua antes de que sus pulmones se llenaran de fango, pero aún así hubieron de darle respiración boca a boca. De todas formas su suerte estaba echada. La solución que había bebido contenía una adecuada mezcla de metales pesados y toxinas biológicas, exactamente del tipo que, se rumoreaba, vomitaban los desagües de la planta procesadora, acabando con bichos de todo tipo, desde vacas a ditiscos.

Sofía no recuperó la conciencia, y murió dos horas más tarde. Según los médicos entrevistados más tarde por los morbosos periodistas, fueron dos horas de agónico dolor, hemorragias internas e indescifrables balbuceos. Lo de los balbuceos indescifrables fue un alivio para mí. Sofía no había podido identificarme ni develar el secreto del elixir de la muerte, aunque hubiera querido hacerlo. Por otra parte, lo de su dolorosa muerte no me produjo la satisfacción que esperaba. Tuve que esperar hasta que la planta fue clausurada, dos semanas más tarde, para sentirme bien conmigo mismo y superar el “impasse Carmina”.

El día en que cerraron la fábrica salí a la calle junto a otras diez mil personas a gritar consignas ecologistas, vitorear a los activistas, pensar en un mundo mejor, etcétera. Fue una noche de fiesta en la ciudad, excepto para los ejecutivos despreciados por la ciudadanía y los mil y tantos obreros cesantes.

Yo participé de todos los actos y celebraciones, excepto de una.

No guardé el minuto de silencio por Sofía, la mártir del santuario.

* * *

Una luz difusa y un color rosado. ¿Estoy flotando? Una sensación extraña, como un adormecimiento. Abro los ojos: todo es blanco. Paredes blancas y sábanas blancas, y vendas blancas cubriendo heridas rojas. Veo un crucifijo de madera. El sol brilla tras las cortinas blancas. Hay un olor a cloro y hay un goteo constante. No pienso en ella. Todavía no. Bajo los párpados todo es un caos. Nada está en su lugar. Me cuesta encontrar los nombres, los rostros, los hechos. Es más fácil descansar con los ojos abiertos. Refugiarse en el orden blanco y austero de la habitación del hospital. Alguien entra. ¿Es ésta mi madre? Recuerdo a mi madre. Esta mujer se le parece. Pero sin carne. Tiene la piel llena de manchas y la cara inflada bajo dos ojeras negras. Es mi madre aguantándose el llanto. Dos labios finos apretados. Me besa, me abraza. Se pone a llorar y me habla. ¿Qué está diciendo? ¿Qué son estas cosas extrañas y terribles que salen de su boca? De repente pienso en ella. ¿Dónde está Julia? Me duele algo. Alzo una mano entubada y me palpo. ¿Qué es esta cicatriz en mi pecho?

¿Quién me ha hecho esto?

* * *

Después de Sofía vino una racha buena.

Primero estuvo aquella pareja de ancianos. Resulta que después de pasar una semana gastando los ahorros con que Carmina y Sofía habían pagado mis servicios, algo que yo más bien veía como una herencia, fui a dar a un bar húmedo y destartalado en no sé qué callejón de mala muerte. Eran las últimas monedas de una pequeña fortuna trocada por alcohol y cigarrillos. Apenas me quedaba lo suficiente para una caja de vino y un par de colillas sueltas, pero a esas alturas ya había perdido el sentido del gusto. Por desgracia, la nariz todavía me funcionaba bien.

En aquel cuchitril conocí a Don Bruno, un viejo flaco y fibroso con enormes bolsas bajo los ojos. Le calculé unos doscientos años. Se acercó a mí y se puso a hablar como si su vida hubiera sido interesante. Yo apenas escuché algo de lo que dijo, porque por principio trato de no prestar atención a los ancianos, y menos a los ancianos borrachos. Estaba claro que aparte de marearme con sus batallitas rancias, lo que quería Don Bruno era llenar su vaso con mi vino.

Seguimos bebiendo hasta que nos echaron, a eso de las cinco, y nos fuimos abrazados hasta su casa. No fuimos abrazados porque nos quisiéramos, aunque Don Bruno decía a gritos que yo era un verdadero amigo y otras sandeces por el estilo, sino para no caernos. La técnica demostró ser una estupidez, porque cuando él tropezó con una bolsa de basura me arrastró consigo y ambos terminamos llenos de barro. Al menos estábamos demasiado ebrios para sentir dolor o frío. No sé muy bien qué pasó después.

Desperté en un sillón cuyos cojines tenían el espesor de un folio. Pude ver que en la habitación de al lado (la cocina-living-comedor, como diría un eufemista entrenado) una señora muy mayor y muy pequeña preparaba una cazuela a base de papas y cebollas. No olía a carne por ninguna parte.

Doña Gracia y Don Bruno se habían casado cincuenta años antes, y no habían tenido hijos. Mientras tragaba aquel agua aceitosa con sabor a cebolla, me contaron su vida. Era una vida de mierda, así que no los aburriré con los detalles.

Eran pobres desde siempre, aunque habían visto tiempos mejores, o eso decían. Yo creo que dinero nunca tuvieron, pero cuando uno es viejo todo resulta peor, y a eso se referían. Al viejo lo habían despedido hacía un año del matadero. Lo más triste era lo de los hijos. Él decía que ella tenía algo malo en el estómago, y que por eso no podía dar a luz. Ella decía que el problema era él, tesis apoyada por el hecho de que ninguna de las mujeres y mujerzuelas con las que Don Bruno había estado había quedado embarazada. Claro que por otra parte, las putas se saben cuidar, y Don Bruno no era precisamente la clase de hombre a quien se trata de amarrar concibiéndole un descendiente.

En definitiva, estaban tan mal que daba pena. No a mí, claro. A mí me daba asco.

Seguimos comiendo, o bebiendo, aquella insípida cazuela, y como me preguntaron a qué me dedicaba, y como no me pareció que fueran un peligro para mi trabajo, les dije que planificaba suicidios mediáticos. Como modo de protesta, como forma de liberación, les dije.

Don Bruno entró en seguida en el juego. A Doña Gracia le costó un poco más, pero no había más que mirar un poco alrededor para convencerse. Apenas les alcanzaba para vivir mal. Me compadecí y les dije que no les cobraría.

Al final estuvieron de acuerdo. Les pedí algunas referencias, les di algunas indicaciones, y salí de la chabola satisfecho, y algo nervioso, como siempre. Ojalá todo saliera bien, me decía. Con los viejos nunca se sabe. Pueden morirse antes.

Pero todo resultó a la perfección.

Planeé el suicidio prestando atención a dos cosas fundamentales. Por una parte, el impacto en la población. No quería perder de vista mi propósito final, mi megalomaníaca y en cierto modo filantrópica intención de cambiar el mundo, revolver el fondo del estanque, podar el árbol. Ya saben, hay muchas metáforas mejores, lo siento. Por otra parte, Don Bruno y Doña Gracia no habían tenido hijos. Sería un lindo gesto de mi parte, ya que dios no había tenido tal deferencia, cumplir el deseo del matrimonio y de todos los seres humanos de perdurar. Genéticamente hablando, desde luego, no sería lo mismo. Pero si la teoría de la resonancia mórfica era cierta, entonces habría algo de aquellos ancianos en el mundo aún mucho después de que su olor agrio y sus profundas arrugas se hubieran ido.

El suicidio de los ancianos fue el más peligroso. Tuve que estudiar durante varios días el horario de trabajo del matadero. Tuve que conseguir algunos planos. Tuve que aprender sobre normas de salud y estándares de producción. Y tuve que hacerlo todo solo, porque el trabajo de producción de suicidios seguramente está penado por la ley. Pero gracias a internet y a los años de experiencia de Don Bruno las cosas no resultaron tan difíciles como podrían haber sido.

Semana y media más tarde, la decrépita pareja y yo nos escabullimos en el matadero. Fuimos directamente a la zona de la trituradora industrial. Don Bruno y Doña Gracia, apoyándose mutuamente con frases cariñosas u oraciones, se desvistieron y se metieron en uno de los contenedores llenos de enormes pedazos de cerdo. El olor era repugnante. Les di una solución de barbital y las buenas noches, y salí pitando de allí.

Mientras me alejaba del matadero, repasaba las precauciones que habíamos tomado. Las uñas lo más cortas posible, el estómago vacío, el pelo rapado. Esperaba que los dientes fueran lo suficientemente escasos para no llamar la atención hasta que fuera demasiado tarde. La sangre podría ser un problema en las primeras etapas, pero había bastante carne y huesos de cerdo para que el color se diluyera en el característico tono rosado del paté.

El único problema podía ser el barbital, si era detectado más tarde en la carne procesada.

Pero no lo fue.

Dos semanas más tarde el escándalo fue mayúsculo. No se necesitó ninguna carta de despedida. Estaba claro que los viejos se habían matado porque apenas tenían para sobrevivir. Los pobres que llegan a viejos no tienen mucho que esperar en un país como éste. Así que, por una parte, la avalancha de reformas sociales continuó. Fue el turno del seguro de cesantía y el apoyo a la tercera edad.

Por otra parte, hubo gran cantidad de gente que se volvió vegetariana. Un efecto colateral no deseado de mi estrategia. Estoy seguro, sin embargo, de que con el tiempo la gente volverá a comer carne.

Yo, para ser fiel a la verdad, debo decir que ésta es la mejor hamburguesa que he probado nunca.

* * *

En el caso de Samanta pasaron varias cosas.

Primero, sentí una satisfacción especial. Sammy era la esposa de un oficial militar, y tenía las mismas características que su marido: un envidiable estado físico y casi ninguna idea propia. A mí los militares y las fuerzas del orden no me caían muy bien en ese entonces. No es que eso haya cambiado mucho, en todo caso. Así que hacer sufrir a un alto rango del ejército al sacar de su miseria a su mujer me parecía una perspectiva agradable.

La miseria de Sammy, por cierto, era bastante rebuscada. Supongo que es verdad eso de que los ricos también lloran. Vaya hijos de puta.

En segundo lugar, fue un verdadero golpe de suerte. La muerte de Sammy resultaría realmente muy útil. Pensaba hacer que su suicidio pareciera un asesinato. Ya se sabe que los únicos crímenes que se resuelven son los que afectan a las autoridades. Por eso dejaría pistas que condujeran a su lerdo esposo a un objetivo bien definido. Sería incluso gracioso, de algún modo. Policías contra pandilleros. Una lacra de la sociedad acabando con otra.

Por último, tendría que involucrarme un poco más. Planear un suicidio desde el escritorio es una cosa. Hacer que parezca un brutal homicidio es otra. Y no podía confiar demasiado en Sammy. Era una rica tonta que se creía infeliz. Como mucho, su parte del trabajo sería embriagarse y obedecer mis instrucciones.

Pero por si acaso, y porque no soy tonto, la hice grabar un video donde confesaba que se suicidaba porque su marido era un capullo que la golpeaba. Eso también era cierto, y serviría en su momento. No le dije a Samanta que antes de hacer que su esposo subiera a la palestra pública lo utilizaría para barrer a los drogadictos armados de los barrios pobres.

La conocí en un chat. Es el problema de las esposas sin hijos que no tienen nada más que hacer que esperar a sus maridos mientras vacían una botella de vino tras otra y buscan amantes en internet.

Fui a su casa un viernes por la noche, aprovechando que el coronel estaba fuera de la ciudad. Ejercicios de guerra cordillera arriba, o algo así. Fui con guantes quirúrgicos y mascarilla, por si acaso. Aquí los detectives no son como los de CSI, pero mejor no tentar a la suerte.

Estuve a punto de tirarme a la señora. Ella ya estaba borracha y dispuesta. Y bastante buena, además. Pero dejar rastros de sudor, piel, pelo o semen no me apetecía, aun cuando mi código genético no signifique nada para los idiotas de Investigaciones.

Primero salimos al jardín y le hice romper un vidrio con una piedra. Le dije que se pusiera unos guantes de cuero y abriera la puerta desde afuera. Entramos y fue haciendo caso de todo lo que le decía. Rompe esto. Tira aquello. Derrama un poco de eso. Me sentí por unos momentos como un director de cine.

Luego se quitó los guantes y se desnudó a medias. Rompió un par de prendas de ropa. Se cortó los muslos y los brazos con un trozo de la botella de tequila que se había tomado. Creo que también se había drogado, porque no dio muestras de sentir dolor.

Hizo varias cosas más, todas desagradables y adecuadas. Se metió cosas por la vagina y manchó de sangre el suelo, los sillones y las cortinas. Tenía complejo de actriz, la pobre.

Escribió un mensaje en la pared con spray. Yo había averiguado el nombre de una de las bandas de asesinos y ladrones más peligrosas de la ciudad. No era el crimen organizado, pero era algo. Firmó. Yo me llevé el spray.

Luego vino la parte difícil. Tuvo que amarrarse sola a la cama y pegarse un tiro. Ahí fue donde tuve que meter mano. Pero fue un suicidio, lo juro. Ella se disparó en la cabeza y yo sólo retiré la pistola y ajusté un nudo.

Fue un trabajo osado. No niego que tuve algo de miedo. Salí de allí lo más lentamente posible para no cometer errores. Claro que antes le saqué un fajo de billetes de la cartera. A modo de pago.

Dos días después llegó el esposo, y tres días después ya había resultados.

La banda afectada se defendió acusando a una banda rival. Hubiera sido estúpido de su parte firmar semejante bestialidad, decían, así que debían haberlo hecho los otros. La policía fue a por ambas. Y a por otras. También hubo escuadrones de la muerte formados por militares retirados ansiosos de venganza. Fueron unas semanas sangrientas en que gran parte de los maleantes de la ciudad sufrieron en carne propia una dosis de justicia. También murió uno que otro vagabundo, y alguien más. Cuando se prende una mecha como ésa ya no se puede controlar el fuego.

Pero yo no quería controlarlo. Yo quería incendiar Roma hasta los cimientos.

* * *

A mí nadie me llama. No conozco a casi nadie y a la gente que conozco le importa un carajo lo que pase conmigo. Por eso me sorprendí cuando sonó el teléfono. Supuse que sería un número equivocado o una de esas llamadas promocionales de algún candidato a la presidencia. Dejé que sonara un par de veces antes de levantar la bocina y dejar fluir mi escondida elocuencia:

– ¿Sí? -pregunté.

Me respondió una voz llorosa. Parecía la voz de una mujer de unos cuarenta años, pero luego supe que tenía apenas treinta. No tiene importancia, en realidad. Esas cosas le pasan a mujeres de cualquier edad. Menos a las menopáusicas, claro. En todo caso ella no dijo nada por un rato. Sólo suspiró un poco y se sorbió los mocos, a juzgar por los sonidos. Yo repetí:

– ¿Sí? -y añadí-: ¿Diga?

Lo siguiente me tomó por sorpresa.

– ¿Crees en Dios? -preguntó la voz. Estoy seguro de que era Dios, con d mayúscula. La gente que no cree en dios no llama a desconocidos a las dos de la mañana para molestarlos con ese tipo de preguntas. Y la gente que cree en dios siempre anda por ahí hablando de Dios, con d mayúscula.

Lo más normal hubiera sido colgar el teléfono, porque aquello tenía pinta de ser una estupidez religiosa. ¡Lo que faltaba!, pensé, ¡ahora quieren venderme La Atalaya por teléfono! Pero los testigos de jehová no suelen llorar al teléfono. Ellos gritan en las plazas o te despiertan los sábados a las diez de la mañana tocando el timbre con insistencia fanática. A veces, cantan.

– ¿Qué? -dije.

Y ella dijo con su desmayada voz:

– ¿Crees en Dios?

Y yo no supe qué responder, la verdad, porque aquello era muy raro. Pero las cosas se fueron aclarando, porque a continuación la mujer se explayó, entre hipidos y suspiros.

– ¿Va a castigarme Dios si lo hago? -¿si haces qué?, pensé, y debe haberme oído, porque dijo-: No me importa. No importa lo que pase conmigo. ¿Pagan los niños los pecados de sus padres?

Ajá, eso era. Estaba clarísimo. Pero para asegurarme le pregunté:

– ¿Qué pecados?

– La muerte -respondió, y supe que iba en serio. Los suicidas de verdad dan respuestas cortas. Están ansiosos por matarse, no por llamar la atención. Las respuestas largas son para los falsos suicidas y los asesinos de la televisión. Así que le di lo que quería. Dije:

– Dios no existe.

No eran exactamente las palabras que ella esperaba. Seguramente ella quería algo como “no te preocupes, tu hijo nonato no va a irse al infierno contigo”. Pero yo no estaba de ánimos para charlar. Un simple “dios no existe” tendría que servir. Y sirvió, porque su voz sonó más aliviada cuando dijo:

– Gracias.

Lo dijo dos veces y colgó, dejándome de nuevo solo en la oscuridad.

Dos días más tarde pude leer el desenlace en el periódico. El titular decía “Joven embarazada se lanza al río”. Lucía Sepúlveda tenía 29 años y esperaba el hijo de un tal R.A.G., 42 años, casado y con tres hijos. Una pequeña columna relataba la trágica suerte de la madre suicida. Para los fundamentalistas era la madre homicida, desde luego, y pagaría su doble crimen eternamente en el infierno, un par de pisos más abajo de donde se castiga a las que abortan, en alguna celda ardiente llena de agujas.

No salía ninguna foto de Lucía. Tampoco decía cuántos meses de embarazo tenía cuando se ahogó. Yo tenía muchas preguntas. ¿Había sentido algo el feto cuando la barriga de su madre se estrelló contra el agua? ¿Y era un feto? ¿O un embrión? ¿O un par de células aglomeradas con forma de gusano? ¿Y quién se había ahogado antes, la madre, o el niño? ¿Y se robaron mutuamente el oxígeno en el último instante?

Sé que estrictamente hablando yo no planeé el suicidio de Lucía, pero me gusta pensar que si no hubiera sido por mí, ella no lo hubiera hecho.

* * *

Desde la muerte de tu padre nada ha sido lo mismo. Has cambiado, hijo, y no puedo seguir yo sola. Te quiero, te quiero mucho, pero no puedo soportar más tu actitud. Tienes una parte de papá dentro de ti. Sabes que eres más frágil que antes. Sabes que no eres el único que sufre. Sabes que yo también quería a Julia. No puedo… No quiero seguir viendo cómo malgastas la vida que te dio tu padre, la vida que te dio dos veces. No tienes derecho a portarte así. Tú no tuviste la culpa de la muerte de Julia. Fue culpa del taxista. Y no tuviste la culpa de la muerte de tu padre. Fue su propia decisión. Pero ahora no sé dónde estás. Me has abandonado. Lo siento hijo mío. No puedo más. Me has dejado sola. Esta vez sí es tu culpa.

* * *

La noche antes que lo soltaran no pude dormir. Era difícil creer que hubieran pasado cinco años. Pasé buena parte de la noche tratando de recordar de qué color era el pelo de Julia o cómo sonaba la voz de mi padre.

Luego me puse a pensar en todas esas cartas. Le había escrito una a la semana. Eso hacía cincuenta y dos cartas al año, durante cinco malditos años. Un nuevo sobre blanco cada lunes por la mañana, sin remitente. Un buzón distinto. A veces, un sello de otro país. Y en el interior del sobre siempre un método diferente, nunca el mismo.

Le di más de doscientas maneras distintas de matarse y el muy capullo ni lo intentó. Le escogí los suicidios más rápidos y efectivos. Los menos dolorosos. No me interesaba verlo sufrir. Sólo quería verlo muerto. Borrarlo de una vez. Borrarlo del todo.

Pero seguía vivo, y yo no podía dormir. Había matado a mi novia, a mi hijo, a mi padre y a mi madre. Había destrozado mi vida y después de cinco años tras los barrotes la ley decía que había pagado su deuda.

A veces iba a su casa. Me asomaba a las ventanas como un cazador furtivo. Miraba a su esposa, gorda y llena de arrugas. A sus hijos sucios y malcriados y chillones. A menudo quería matarlos a todos. No sólo a ellos, sino a todo el mundo. Después de la llamada anónima de Lucía, y a medida que se acercaba el día de la liberación de Vincent (así se llamaba el desgraciado), empecé a ver las cosas de manera diferente.

Se acercaba el final.

Había estado esperando cinco años. Había hecho que se matara mucha gente. El mundo está mejor sin ellos, en todo caso. Pero yo no. Yo no me sentía mejor. Esa noche no pude dormir pensando en que al día siguiente estaría de nuevo libre. A mi alcance.

Algunos de los otros prisioneros hicieron buen uso de las cartas que le envié. En los cinco años se habían matado por lo menos ocho. Casi todos emplearon la técnica del cigarrillo remojado.

Se le extrae el tabaco a un par de cigarros y se deja remojar en una taza con agua durante tres días. Se cuela todo y se descarta el líquido. Deberían quedar unas dos cucharadas de una pasta marrón. Se mezclan con una bebida cualquiera, para facilitar la ingesta, y listo. 150 miligramos de nicotina pura tendrán el mismo efecto.

Un gendarme murió por ese mismo truco. Debía de ser un imbécil para aceptar un trago de un recluso.

Esa fue la última noche en que deseé verlos a todos muertos. Pensé en salir a la calle con la pistola que aún guardaba del asunto de Samanta. Matar a un par de punkies. Hacerme matar por un policía. Nunca estuve tan cerca del suicidio como esa noche, un día antes de que Vincent saliera libre. Creo que tenía miedo de enfrentarme a él, volver a verlo en vivo y en directo. Recordar lo que había hecho. Había estado guardándolo todo en el fondo de un oscuro cajón y temía que saliera a la luz de repente, como uno de esos desagradables payasos con resorte que acechan dentro de algunas cajas de juguete.

Pude haber muerto esa noche. Tirar del gatillo no es complicado. Puede incluso pasar por error. Pero no tenía las agallas. No todavía. Si las hubiera tenido no me hubiese dedicado a producir suicidios para los demás: los hubiera matado yo mismo.

Pero estaba claro que era hora de dar el siguiente paso. No podía pasar toda mi vida ayudando a la gente a tomar la decisión de acabar con las suyas. Hay demasiada gente que debería estar muerta, pero son muy pocas las personas que lo saben y están dispuestas a dar el corte final.

También pensé esa noche, pero sólo por unos instantes, que estaba jodidamente loco y debería internarme en el psiquiátrico.

Pero había una poderosa razón para no hacerlo, la misma razón que me impedía acabarlo todo con un balazo en el paladar: no podía permitir que Vincent se quedara tan tranquilo.

Así que pensé que si el bastardo no se había suicidado durante aquellos cinco años, es que le había vuelto a tomar el gusto a la vida. Tal vez para él su lustro carcelario había sido una especie de purgatorio y redención. Seguramente lo habían violado y golpeado y acuchillado y todas esas cosas que pasan en las cárceles públicas. Seguramente tenía ganas de volver a ver a su gorda mujer y sus apestosos hijos y empezar una nueva vida desde cero, como si nada de esto hubiera pasado.

Después de todo sí salí esa noche. No llevé la pistola.

Ahora, deben entender que para mí la esposa y los hijos de Vincent no eran personas, sino los apéndices carnosos y sin mente del taxista cuyo suicidio frustrado se había convertido en un homicidio cuádruple, según el punto de vista. En la cadena alimenticia que había desarrollado, estaban varios pisos por debajo de mis clientes.

Eso quiere decir que no sufro de remordimientos. Sus vidas eran inútiles y, sin duda alguna, miserables.
Entré a la casa sin problemas. Todos dormían en el segundo piso, menos el gato, que descansaba hecho un ovillo en el sofá. Tuve la tentación de cambiar la foto familiar, donde aparecían Vincent y su prole, cinco años más jóvenes, por una foto de mi propia familia, Julia incluida. Pero luego pensé que mi abogado podría usarla como prueba para declararme loco, salvándome de la condena a la que yo aspiraba. Por eso deseché la idea.

Abrí todas las llaves del gas que encontré y recé (es sólo una expresión) para que hubiera suficiente gas en la bombona para asfixiarlos a todos en una o dos horas. Me aseguré de que las ventanas estuvieran bien cerradas, y salí de allí con el gato en mis brazos.

No me entregué de inmediato. Esperé escondido junto a una pandereta a un par de casas de distancia.

Tuve suerte. Vincent salió de la cárcel a las 8 de la mañana y llegó a su casa a las 8:30. Desde donde estaba pude escuchar sus gritos. Luego los vecinos empezaron a aparecer con sus miradas de curiosidad y esa morbosa emoción a flor de piel. Sólo les faltaba llevar palomitas y una coca cola. Yo volví a mi casa.

Dormí como un tronco.

* * *

Y bueno, aquí estoy. Me matarán en una semana.

La pena de muerte es el último de mis logros. Dije al principio de esta narración que lo que me había impulsado a convertirme en productor de suicidios era, en parte, un afán por cambiar el mundo. Nunca dije que quisiera cambiarlo para mejor.

Creo que ha quedado demostrado que después de todo, un hombre, un solo hombre puede hacer la diferencia.

Ése será mi pequeño, insignificante legado a este mundo de mierda.

No es ni de lejos tan satisfactorio como haber hecho pagar a Vincent por la muerte de mi novia. Pero supongo que en un panorama general de las cosas, mi venganza es una nimiedad opacada por la escala de las reformas sociales que provocaron mis suicidios. He llegado a considerarlos “mis” suicidios. No es que me importe mucho. En serio, el crédito ya no vale nada. En siete días estaré muerto. Mi nombre aguantará un tiempo antes de ser olvidado, de eso estoy seguro. He vendido los derechos de este diario a una editorial medianamente famosa, y sé que se venderá como pan caliente al menos durante unos meses. No sé qué harán con el dinero. Lo más probable es que los editores se compren un par de autos nuevos o un chalet en la costa.

Tal vez ambas cosas.

Me da lo mismo.

Un par de cosas, antes de terminar.

Vincent se mató tres días después de ser liberado. Nunca supo que yo había causado la muerte de su familia. Eso me facilitó mucho las cosas. No sé qué hubiera hecho si hubiésemos estado cara a cara.

El mismo día en que se mató, me entregué a la policía. Confesé el asunto y colaboré lo menos posible con el abogado que me asignó el estado. Los carabineros y los gendarmes me dieron más de una paliza. Traté de no quejarme mucho, porque sé que me lo merecía.

La condena es casi enteramente mérito mío. Primero amenacé con seguir matando gente, y con eso conseguí la cadena perpetua. Luego me adjudiqué la muerte de Samanta, dando lujo de detalles. Incluso dije que la había violado. Recordarán que era esposa de un militar. Bueno, eso puso en marcha el proyecto de ley para restaurar la pena capital.

Cuando los empresarios amigos del padre de Carmina se enteraron de que yo podía poseer más información incriminatoria, se sumaron a la iniciativa para acabar conmigo de una vez por todas. Hubo hasta recolección de firmas. La idea fue agarrando fuerza. Una cosa llevó a la otra y ahora van a matarme.

Supongo que se veía venir. Los últimos cinco años he estado más muerto que vivo, de todas formas. El mundo me aburre. La gente me da asco.

No sé si podré aguantar otra semana. [fin]

3 comentarios sobre “El productor de suicidios”

  1. Este cuento lo leí hace tiempo, creo que en el blog del autor. Lo encuentro buenísimo. Gran idea y muy bien desarrollada. La sensación de desazon que me sigue generando es admirable. Si no estremece, no sirve. Algo así nos dijo Bisama alguna vez.
    Como dice Neurozero, espero leer pronto más guayecuentos 😉

    Saludos!

  2. infame, crudo, inteligente.
    un gran relato, sinero, sin afán de quedar bien con nadie, si no al contrario.
    de los que he leido me guayec, me ha parecido el mejor lejos.
    felicitaciones, y esperamos más trabajos.

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