He visto un ángel, mas él fue ciego a mi mirada. Su figura, divina y majestuosa, anegaba con soberbia prestancia mi visión. Grande como una galaxia, ante su mole de épocas pretéritas sentí pánico y admiración.

He visto un ángel, pero sé que no debí contemplarlo. Tal magnificencia no debería estarles permitida a los mortales. Pero la visión se me había brindado, y en aquel momento indescriptible unas alas surgieron desde lo más profundo de mi corazón, impulsándome con su bombear allá donde nunca hubiera debido ir. Temeroso me acerqué, con la curiosidad mariposeando alocada dentro de mi alma. Poder, gloria. Sobriedad. He visto… belleza, elegancia, misterio… un ángel.
He visto un ángel, y en mi osadía busqué su rostro inhumano. Con mi alma incendiada por la emoción, estudié sus formas de fuego. Hebras de sol ardían en su cabeza, cegador tejido de luz, y desde ahí caían para cubrir su cuerpo con un manto de pura energía. Su flequillo –un millón de estrellas, hiladas como delicados tendones de arpa– caía sobre sus rasgos, ocultándolos. El suyo es un velo de luz con el que se ilumina nuestro universo. Aquellos cabellos flamígeros caían sin cesar, radiantes, sobre sus hombros bordando su túnica, moldeando su cuerpo, rasgando las tinieblas que le contemplaban con miradas rapaces. Su melena me deslumbró, y yo no podía apartar mis ojos de aquellas refulgentes llamas, de aquel sin número de constelaciones que formaban sus brazos, su torso, sus piernas. En mi arrobado atrevimiento, colocando mis manos a manera de parasol, lancé una mirada a lo que su flequillo de luz ocultaba, mas sus manos en actitud meditabunda ocultaban su faz.

He visto un ángel, pero él no se ha percatado de ello. Abstraído en su meditar trascendente, sumergido en sus pensamientos insondables, no fui para él más que una insignificante mota de polvo. Cubría su ciclópeo rostro con sus manos en actitud concentrada. Reflexionaba acerca del futuro y de lo inexplicable, y yo era testigo indigno de ello. Avergonzado, bajé la mirada hacia el abismo sobre el que pendíamos. Mas el vigoroso aletear de mi curiosidad venció mi pudor y me hizo alzar de nuevo la mirada. Estaba contemplando un ángel, y su figura marcada a fuego en mis retinas poseía mi alma. Su imagen, una droga a la que no podía resistirme. Le contemplé extasiado: su delgado cuerpo radiante se sentaba en un trono. Las lenguas de fuego que formaban su cuerpo, que le vestían –pura energía– se derramaban con languidez sobre el solio. La factura de éste parecía ébano intenso, más poseía un resplandor cegador, casi furioso. Nunca sabré cuanto tiempo transcurrió, conmigo paralizado contemplando aquello que ningún alma mortal debería ver. Le observaba desde una distancia incalculable, dichoso a la vez que avergonzado. Sin embargo, latido tras latido mis ojos se posaban obsesivos en el trono: algo extraño había en él. Aunque temeroso del gigante de fuego, me acerqué flotando hacia sus pies. Allí el calor se intensificaba, insoportable. Pero yo debía saber.

He visto un ángel, y preferiría no haberlo contemplado. Allí, entre las tórridas fraguas de sus pies, vislumbré la ruina del trono, la grieta en el reinado del Anterior. Sólo entonces tuve el valor de mirar a aquellos ojos enmarcados en el rostro colosal.

He visto un ángel. He afrontado su mirada, pero él me devolvió dos pozos de ceguera. Creo que a eso debo mi salvación. Porque lo que aquellos ojos me contaron, agrietados y resecos como un desierto, quemados por llamas más intensas que las del mismísimo infierno, resquebrajó mi alma. Desesperado, huí. Pero el estigma ya estaba sangrando en mi interior: una historia, narrada en un infinitesimal instante, fluía como lava incandescente por mi alma, devorándola, transformando lo que era esperanza en sarmientos de perdición y tristeza, al rojo vivo en un principio, moribundos después, como mi alma. Me fue relatada una epopeya colosal, de gloria, orgullo, traición, odio, lucha, muerte y victoria, culminada por aquello que ninguno de los contendientes hubo nunca imaginado: la Soledad.

He visto un ángel, y su absoluta Soledad final –cargada de triunfo, amargada en el Olvido– ya no tiene sentido.

He visto un ángel, y su nombre era Lucifer. Pero, tras su victoria final, su mirada ciega contempla el triunfo de Otro. Sus ojos están agrietados por el Vacío que una vez engendró el Universo. Ahora son eternos testigos del mecerse de hojas de abisal negrura, acunados por una brisa fantasmal surgida de ningún sitio. Hojas que visten las ramas de un ominoso árbol, vigía impasible en la cima de una colina perdida en un eterno mar de reseca hierba.

He visto un ángel. He atisbado el futuro del universo. Lo he contemplado a través del velo de la presciencia: el fin de una –nuestra– eternidad. Y ruego por todo lo sagrado no contemplar jamás el rostro del dueño de aquel horrendo árbol de cenizas, aquel en cuyo seno todo acabará devorado.

2001, por Francisco Ruiz Fernández.