Gatos y zombies

Estuvo a punto de volarse los sesos a veinte metros de haber salido a cumplir su última misión. No lo hizo. No podía ser tan débil e imbécil. Tenía que vengarse de una vez, y no le importaba ni un comino la promesa de los mil años de paz. Se los podían meter por donde quisieran.

Las calles estaban vacías y, lo que había sido hermosas carreteras y ordenadas pasos residenciales, se asemejaban a senderos en el medio de un desolado desierto. “Sólo faltaban los pajarracos grandes para hacerlos Continúa leyendo Gatos y zombies

Vórtice

– Daniel, llévate a tu hermana en la camioneta…
– Pero papá, si yo no se…
– Ya se que en la noche sacabas las llaves. No vamos a discutir eso en este momento. Ándate con tu hermana  y cuando esto se calme nos juntamos.
– No quiero dejarlos, vámonos todos.
– Hazme caso que todo se va a arreglar.

Daniel sabía muy bien que no volvería a ver a sus padres con vida. La muerte de la madre era inminente. La infección del tobillo había derrotado a cada uno de los antibióticos administrados, esparciendo su color necrótico por toda la pierna hasta la zona de la ingle. Daniel también sabía que, lo que la había mordido no fue un perro. Continúa leyendo Vórtice

Algunos de los otros

Solía frecuentar la librería, además de por todas las rarezas inconseguibles, por el café y la comodidad de los sillones. Al entrar uno se encontraba con aquel espacio tan acogedor, la mesa de novedades, la bandeja con galletitas, los asientos con almohadones mullidos, y el mundo parecía cancelarse de repente, ahogado el ruido de la calle por las últimas reverberaciones de la campanilla de la puerta. Entonces saludaba al librero, elegía dos o tres libros y me sentaba a examinarlos en paz. Solía pasar por allí los viernes por la tarde, a veces –las menos, porque no me caían bien los clientes que iban ese día- los domingos pasadas la una o una y media, en los últimos remanentes de la Feria. Continúa leyendo Algunos de los otros

Un punto azul pálido

Mañana: alguna tontería en la NASA. Mil años más tarde: la revelación, el golpe. Un universo infinito, sondas y telescopios olfateando entre las estrellas. Hombres en Marte, en Ganímedes, en la negrura. Ciudades y plataformas, granjas solares, Mundos Anillos en obras, la Luna muerta, la Tierra herida, y sin embargo vida. Vida con un pero: sólo la nuestra. Ninguna respuesta desde ningún sitio, nada de nada. Solos. Completamente solos. Una bacteria en un asteroide, de vez en cuando, ¿pero y las naves? ¿Los invasores? ¿Los dioses, los monstruos y los misterios? Polvo y red shifting, y nada más. Resulta al cabo que somos los primeros. Las ruinas y las civilizaciones perdidas, los mensajes que flotan galaxia adentro, galaxia afuera, son todas nuestras, son todos nuestros. Depresión y existencialismo. Solos, solos, solos. Vacío y agujeros negros. Saberlo todo, y para nada. ¿Cuántos millones de años, hasta que haya otros? ¿Cuánto se puede esperar por alguien?

Por Guayec Perdomo.

Por siempre juntos

Estaba con ella esa noche, Joaquín acababa de dormirse y apretujados frente al televisor se besaron con pasión, un breve momento de calma entre las responsabilidades de la paternidad y la vida militar que no duraría mucho, cuando ya el sueño los vencía, los últimos instantes de la película fueron bruscamente interrumpidos, el presentador de noticias con rostro descompuesto trataba de sacar algo de habla balbuceante..

El infierno había caído sobre los hombres. Continúa leyendo Por siempre juntos

Momentos Kodak

semaforoMath me apuntó a la cabeza y apretó el gatillo.

Y entonces vi el agua del río alzándose hacia mí, y con un sonoro chapuzón caí en las heladas fauces del Apuleyo.

Cuesta bastante hacer un salto tan repentino. Tengo una memoria bien entrenada (me he pasado una vida y media adiestrándola), pero aun así pensé que tendría suerte si sólo habían sido unos cuantos meses. La tensión del momento y el terror clavándome las uñas en el cerebro no me habían dejado otra opción que aferrarme al primer recuerdo perdido. Por eso trato de llenar mi vida de momentos intensos, más o menos a razón de uno por semana. Sé que es un don maravilloso el que tengo, pero estarán de acuerdo en que no es ninguna gracia pasarse otros cuatro años en la preparatoria. Sobretodo en mi preparatoria. Continúa leyendo Momentos Kodak

Milagro Artificial

Un reloj digital de luces rojas marca una parpadeante cuenta regresiva. Nueve minutos con cuarenta segundos para encontrarle un sentido a todo.

Como hipnotizada, busco el origen de esos refulgentes dígitos. El nueve ofrece su vida para dar origen a un ocho, éste se sacrifica por el siete y, sucesivamente, todos los números desaparecen con la tranquilidad de que una nueva decena comienza después del cero. Quiero ser como esos números. Me quedan nueve minutos exactos.

La habitación está inmersa en una obscuridad casi absoluta. Además del rojo intermitente iluminando mi cara, las ranuras de una persiana a mi derecha permiten el paso de tenues rayos de luz. Por una de esas ranuras, los ojos de la Catita me miran fijo. Continúa leyendo Milagro Artificial

1984, por Alberto Fuguet [¿?]

Ha llegado un texto que clasifica como fanfic inspirado en CHILƎ: Un relato apócrifo de Alberto Fuguet y que el filtro implacable de Baradit+Bisama+Ortega+Wilson no consideró para la versión final. El relato llegó con la siguiente introducción:

Extrañé un poco que adaptaran [en CHILƎ] tantas cosas como el Experimento Filadelfia y la Liga Extraordinaria, pero no al Clásico Distópico 1984, en especial tomando en cuenta que los cuentos están ordenados y encabezados por fecha. […] Entonces imaginé que Alberto Fuguet también contribuyó con un cuento a la colección (si no me equivoco él y el Baradit ya habían coincidido para otro evento literario), […] hice una mezcla de Mala Onda + Volver al futuro + Synco + 1984, titulado precisamente como este último. Lo hice corto, lo más corto que pude para ajustarme al estilo de Ucronía Chile […].

Si el texto fue correcta o injustamente dejado fuera de CHILƎ, es un juicio que le dejamos a la historia y a internet… Continúa leyendo 1984, por Alberto Fuguet [¿?]

Tres cosas que aprendí de Sergio Meier

por Luis Saavedra

Un caballero de perfecta sincronía.

Hay una escena en “Tempest”, una rara joya de los 1980’s que está libremente emparentada con “La Tempestad” de Shakespeare, donde John Cassavettes, solo ante la inmensidad del océano en una isla griega, invoca la tormenta. Tímidamente al principio, casi inaudible, le pregunta en dónde se esconde hasta que los nubarrones se adueñan del cielo y comienza a llover. La escena es una sincronía con el estado anímico del personaje, puro realismo mágico. Me imaginaba a Sergio haciendo lo mismo cuando Patricio Alfonso contaba cómo una vez lo recibió en su casa una noche con un eclipse total de Luna, eso estaba en su estilo. Primero, preparar el velo; segundo, esperar el momento que el satélite asomara la cara; tercero, dejar caer la trampa. Ver cómo Luna se eclipsa.

Y lo volvió a hacer en el día de su funeral, en ese día tan helado y ventoso, subiendo la cuesta hacia el cementerio de Quillota. Desde arriba se domina toda la ciudad y se ve abajo serpenteando el que supongo es el río Aconcagua. Los árboles se arqueaban ante las ráfagas y hacía un frío que calaba, el perfecto escenario para una película de la Hammer. No sé cómo lo hacía, pero ese sentido de la puesta en escena se reflejaba en él, en su vestir, en su pensar, mantener siempre la estatura de la circunstancia. Así aprendí que su elegancia no era solo un tema estético sino un principio a contracorriente con la época, una forma de rebeldía. ¿Quién convocará ahora las nuevas tormentas? Aunque juguemos a tender trampas a la Luna, solo habrá uno que lo pudo hacer. Sergio Meier era un caballero en perfecta sincronía consigo mismo y el orden cósmico le daba toda la razón y lo acompañaba. Continúa leyendo Tres cosas que aprendí de Sergio Meier

A las puertas de Golgonooza, Sergio Meier habla con Aurelius Cabdeguur

por Cristián Arregui Berger

Hay un tiempo y un lugar donde la derrota no existe, Cabdeguur
hay zonas de nuestra mente que se abren y despiertan, más allá
de los laberintos de citas que repiten estas nostalgias y alegrías.
Son apenas la postrera imagen de otra imagen, nacida en luz
antes de cualquier dilatación. Esas penumbras más brillantes que el sol.
Hay un tiempo y un lugar donde la muerte no existe, Cabdeguur
Si podemos imaginarlo, entonces ES. Pero esa gnosis no se alcanza
con siniestros cálculos ni bienhechoras esperanzas.
La múltiple planicie sin planicie de la mente, la cuarta dimensión del deseo
los sephirot y las precisas notas que cada runa entona y enciende
en el oscuro concierto que somos. El bien total y absoluto, sin mancha
y el mal que nuestra sobrevivencia crea, como escoria. Hay matrices, Cabdeguur
que no vemos y que acaso sean alcanzables con fórmulas y sueños.
Exactitudes que deben buscarse e inventarse cada vez. Algo muta
desde el más allá y en el más adentro. Tú no eres tú, ni yo soy yo.
Somos una lejana inscripción en el Universo – en su Origen
y una expansión de onda que partió hace milenios.
Mira: las frutas ya están maduras, el té servido. Bebámoslo antes que el frío cumpla
con su programación y lo enfríe. Antes de que la cuenta regresiva del fruto
avance hasta un punto en que éste pierda su plenitud y gusto.
Mírame, Cabdeguur ¿por qué desesperar? La enfermedad que me aqueja
cumple también la lógica de su propio programa. Lejanos son los tiempos
en que el hombre persiguió el supremo bien y la estoica elegancia.
Te lo diré así: Dios es algo muy distinto a lo que las religiones han querido.
Pero aquí estamos y aquí debes luchar, descubrir cuál es el Enemigo verdadero
y cómo lograr la secreta conjunción de los opuestos, entrar
en el tabernáculo donde el rabbi y el ariya se reúnen.
Más allá de las fronteras del siglo, Cabdeguur, en el umbral
de una Era que casi no existe. Tanto es su futuro acumulado
tanta su expectación y profecía. Es el Juego de la Mónada por conocerse.
Somos otros y los mismos a la vez, en tiempos y espacios paralelos.
Tan cerca, Cabdeguur, que casi logro escuchar sus voces y vivir sus pasos.
No soy yo este cuerpo delgado y cansado que desea.
Nos han despojado de todo el Recuerdo; quizá la ciencia pueda retornarlo
siguiendo las sendas de la fantasía y del poema.
Cabdeguur, es tarde, es temprano. Ya es hora que me dejes. Sal tranquilo.
Afuera está Silvita y ella te abrirá la puerta. Pero escucha antes un momento –
en el jardín conversan las mujeres. Sus palabras parecen tan fugaces y bellas
como si el agua pasara de un cántaro a otro, y algo nos dijera
que están a punto de romperse. No te preocupes, no tengo frío.
Me he acercado al fuego sólo por costumbre. Ahora subiré a mi cuarto.
Que tengas un buen viaje, debo irme.
El Universo es completamente blanco ya.

© 2010, Cristián Arregui Berger.