La imaginación del desastre

Carlos Pérez Soto (profesor de estado en física, epistemólogo, marxista, hegelista), cuenta que los psicólogos del FBI plasmaban sus temores en las películas de Hollywood, en las de moda, que revientan las taquillas y hacen estremecer a los espectadores. Si les daba por los desastres naturales como la “gran amenaza” que se avecinaba, entonces Twister, Volcano, Armageddon. Y hace un par de décadas el horror olía a vodka. Y antes a cerveza y enormes embutidos, todo según el miedo que tenga Estados Unidos: algo así como el Zeitgeist de la amenaza.

Aún hay fanboys de las viejas y artesanales películas en blanco y negro de ciencia ficción, justamente el objeto de Susan Sontag en «La imaginación del desastre» (en Contra la interpretación). Talentosa espectadora, inicia con las secciones, que ya en esos años (principios de los ’60), eran un must en tales filmes. Sin rodeos, lo pone en los términos siguientes: sin la parte en que nadie cree al protagonista de la inminencia del arribo de la amenaza, la película estará tan fuera del género, como un western sin la balacera en la avenida principal del pueblo.

La comparación de Sontag simplifica las cosas, pero no las reduce al absurdo: si, en los filmes que comenta (ciencia ficción de los 50’s y 60’s), el científico está siempre alienado —o es un típico asceta— producto de sus investigaciones, tal enajenación es justamente lo que el héroe/científico quiere evitar al resto de la humanidad —además de la muerte. La «posesión» por parte de otro: radical separación, separadas porque distintas. Salirse de sí no es sino decirse que no. Que no a todo, partiendo por omitir el «mí». Especie de engendros tipo Scanners que en vez de hacernos explotar la cabeza, nos diluyen el ego.

«La curiosidad intelectual desinteresada rara vez se presenta en una forma distinta de la caricatura, como demencia maníaca que separa de las relaciones humanas normales» (Pág. 279) . Y un ejemplo de hoy: Sheldon de la serie de TV The Big Bang Theory (2008).

«La imaginación del desastre» también muestra un contraejemplo a los patrones de la ciencia ficción: The Creation of the Humanoids, 1964, donde el héroe que luchaba contra una raza que quiere hacer de todos robots (con un asterisco al lado del nombre), descubre hacia el final de la cinta, que él mismo ya es uno de esos especímenes. Y que tan mal no se siente, porque en rigor no se siente nada: al que le ocurre esta experiencia no es más algo identificable con un “yo”.

Si ya fue el temor a la guerra nuclear, a los soviéticos, al oriente medio, a los carteles sudamericanos; entonces los directores del terror en Hollywood le dan con las catástrofes ambientales, con el exterminio radical de la raza humana por parte de la naturaleza (entendida como antítesis de la humanidad no por propia “maldad”, sino porque ella ahora cobra venganza), o de otro agente literalmente exterior: meteorito o raza alienígena hostil.

Pienso en el horror de Juan Salvo —de la superior El eternauta— al intuirse conocedor de los secretos de los ‘Manos’ y los ‘Ellos’, de lo necesario como para destruirles y hacerlos huir de la Tierra. Pero está solo en una ciudad enorme y llena de muerte blanca. El terror ante lo desconocido, ante la radical falta de empatía (anímica, psíquica, conceptual) con lo absolutamente otro. Drama moderno por dónde se le mire, pensando que no es hasta la invención de la subjetividad que el prójimo se hace materia de desconfianza. Por lo menos, temáticamente concebida y teóricamente desarrollada. Pero justo ahí quizás haga falta un pensar lo imposible. Tal como Borges admite que en la Biblioteca no hay libros que sean escaleras, pero que por lo menos, hay otros volúmenes que refutan y/o apoyan la idea.

Christopher Walken encarna a un padre de familia que ha construido un búnker resistente a los ataques atómicos, justo para el conflicto nuclear con Cuba-URSS. Brendan Fraser es el hijo que muchos años después (más de tres décadas), sale del refugio a ver si acaso la “guerra” que ellos suponían había comenzado, había encontrado resolución. Pero ellos vivían en Los Angeles de los ’60, y salen a esa ciudad de mediados de los ‘90. El desconcertado protagonista piensa incluso que ha ocurrido una invasión de extraterrestres turbios y peligrosos (Blast from the Past, 1999). Recién noto que el personaje de Fraser se llama Adam, y el de Alicia Silverstone (del cual se enamora), Eve.

«Así como la víctima rehúye siempre el horripilante abrazo del vampiro, los personajes de las películas de ciencia ficción se resisten a ser “poseídos”. Pero una vez realizado el acto, las víctimas se muestran eminentemente satisfechas de su condición (…) Simplemente, se han tornado más eficientes: el modelo por excelencia del hombre tecnocrático, purgado de sus emociones, sin voliciones, tranquilo, obediente a todas las órdenes» (Pág. 285).

Y los héroes de Lovecraft que siempre amenazan con que su voluntad se desborda: la amenaza es tan seria y real, que el acto de osadía más idiota podría solucionar el conflicto, alejarlo, aplazarlo, en la medida que su arrojo sea demencial. Siempre en los márgenes de la cordura, que una vez traspasada no se transforma en simple locura. Porque el horror que supone el vacío total de lo desconocido no está falto de experiencias. El Randolph Carter de HPL no enloquece ante las visiones más allá de la puerta de la llave de plata. Al contrario: conoce de otro modo, aprehende lo otro.

Y los gestos y comportamientos que ve en aquellas viejas películas se repiten en las actuales, en esta época en que el peor enemigo es el suelo que pisamos y el aire que respiramos: los árboles del Central Park creando una espora que aniquila el instinto de supervivencia humana. Y otro más: todavía el héroe no es escuchado ni creído al principio, y es tratado como lunático (Jeff Goldblum en Independence Day, 1996, sin ir nada de lejos).

Los extraños modos que tiene para desenvolverse un desastre. A veces hay señales premonitorias, y cuando existen, sólo son comprendidas por alguien al que nadie cree. El suspenso falso hasta que sea creído o que ocurra la primera manifestación de la amenaza. Ya en el relato de Gilgamesh, la inminencia del diluvio se anunciaba por medio del movimiento de los altos juncos por el dizque viento. Señal sólo comprensible por el héroe.

Una de mis películas favoritas en el último tiempo. The Iron Giant, 1999. Cae un robot extraterrestre a la Tierra, golpeándose la cabeza brutalmente, por lo que cambia su configuración quedando como una máquina harto amable y pacífica, sobre todo pacífica. De inmediato interviene el FBI y todo se complica hasta el punto en que el robot, a causa de un ataque a mansalva, vuelve a ser la entidad asesina que originalmente era. El pueblo del protagonista será destruido en pocos minutos por un misil lanzado erradamente al robot. El gigante de hierro adquiere voluntad, decide salvar a ese mínimo pueblo estadounidense de mediados de los ’50, con beatniks y coca cola y rednecks. El héroe resulta ser la amenaza misma, lo que originalmente (y sin la intervención del afortunado accidente inicial) destruiría y quemaría; lo que debería ser combatido por los hombres, que esta vez, quedan minimizados mientras la máquina imagina ser Superman destruyendo con su propio cuerpo el misil: la terrible amenaza humana.

Título: Contra la interpretación y otros ensayos
Autor: Susan Sontag
Editorial: DeBolsillo, Buenos Aires, agosto de 2008.

4 comentarios sobre “La imaginación del desastre”

  1. me recuerda a la pantalla chica de chile, que si bien no nos disfrazan de alien los peligros, nos meten hasta por las orejas el 133 y los lanzas del paseo ahumada, con el mensaje claro de “escóndase por el amor de Dios”.. ejemplo recibido de yankilandia y de un hollywood criollo sin actores titulados que gritan “lleveme por hurto mi cabo, no por robo”..

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