Asesinato temporal


Armando Sepúlveda caminaba tranquilo mirando las nubes cuando un fuerte dolor le incendió el pecho. Un segundo después estaba muerto.
Una hora después Claudia Bermudas moría sentada en la taza del baño con algo extraño sobresaliendo de su cuello.
Siete muertes más, un total de nueve. Todos presentaban indicios de haber muerto por electrocutamiento, un solo golpe fulminante que detuvo sus corazones.
Esa noche el tanatólogo se golpeaba la frente contra un muro. Junto con la causa de muerte “real”, los cuerpos presentaban “objetos” incrustados en huesos, músculos, cráneo y tejidos blandos.
Un lápiz, dos esferas de metal, una cuchara de té, varias monedas, y el más extraño de todos, un ratón momificado.
De las monedas, sólo una permitía leer la fecha entre la fusión de carne y metal. Si estaba en lo correcto, sería acuñada dentro de diecisiete años.
Mientras tanto, a trescientos kilómetros de allí un niño se imaginaba cómo sería viajar en el tiempo. Tenía una vaga idea de cómo lograrlo.

4 thoughts on “Asesinato temporal”

  1. Super…está buenísimo. No hay nada como cuando uno controla los tiempos de su relato y modula, modula, administra, sin lanzar todo el cajón de naranjas encima de la mesa.

    bacán guajars.

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