Jorge Baradit: “La crueldad en Ygdrasil es abrir los demonios y ver cómo se comportan”

por Gabriel Mérida

Jorge Baradit vive cerca de la Plaza Ñuñoa. Está casado. Declara ser feliz. En su living hay dos espadas. Aunque alguien le regaló uno de esos grandes juegos de comedor con seis sillas, él y su esposa Ángela González siguen tomando once en una mesa de madera, de treinta centímetros de altura, sentados en el suelo o en pequeños banquitos. Bato, el gato gris que hasta hace pocas semanas era gata y se llamaba Bathory, se enreda a veces en mis piernas. Prendemos la grabadora.

Vamos a partir con algo simple: ¿Quién es Jorge Baradit?

¿Simple?
Nací el año 1969, en junio. Dato relevante es haber nacido miércoles, ser Géminis, y de signo Gallo. El signo géminis es un signo súper mental, al que le falta cuerpo. El gallo es una dominancia, un ego. Lo mismo que Géminis. El Géminis en realidad es uno, lo que pasa es que se está mirando a sí mismo. Lo que les importa es lo que está entre ellos. Y haber nacido en invierno es súper bueno porque nací en el nadir del mundo, y es linda la promesa de llegar a la luz, en vez de haber nacido en la luz y tener que caer a la oscuridad.

Naciste en Valparaíso, ¿cierto?

Sí, al lado océano más grande del mundo. Eso se me hizo súper relevante porque uno es como un gigante con las patitas en el agua. Valparaíso es como un anfiteatro; uno tiene la altura de un cerro en Valparaíso. Y ve el mar desde una perspectiva desde la que normalmente no se ve. El mar para la gente es la espuma de la ola, blanca, y algo que se ve más allá en el horizonte. Para mí es una alfombra enorme, y siempre me cautivó la idea de que más allá estaba Japón. Es como vivir en el borde de un abismo, sólo que este abismo está lleno de agua. En el abismo tú ves los demonios que andan volando por entre el barro. Acá no sabes qué cosa hay detrás de los arrecifes.

¿Eras lana o punk, alguna tribu urbana?

No, y ése era el principal problema. Desde chico, siempre fui el hueón medio raro. Por algún misterio, en todos los colegios terminaba con el mismo apodo: el marciano. El cuatro ojos era normal: usaba lentes. Pero el marciano era raro, se repetía. Parece que uno viene con cosas, y una de las cosas con las que yo venía era amor por lo extraño, amor por la fantasía, en el fondo amor por el mundo que no es éste, o por las posibilidades que tiene este mundo de doblarse en algo insólito. Entonces… me regalaron un libro sobre platillos voladores, y yo rayé. Mi viejo, sin querer, me trajo un libro sobre mitología griega… y aparece un tipo que se come a sus hijos, aparece un hombre que tiene relaciones con una mujer en la forma de una lluvia de oro, y fue maravilloso. Y esa cuestión, que al principio fue mala, después me dio cierta fuerza para pararme como raro, y no podarme. Estaba acostumbrado a que los chicos me dijeran raro.

¿Eras muy bueno para leer en ese tiempo?

Más que la cresta. Súper bueno para leer, porque además yo era el flaquito de lentes, introvertido. No hacía deportes, me podían pegar, era medio temeroso, desarrollaba mundo interior, tenía harto tiempo, no tenía muchos amigos: leía. Y comía libros como desaforado, de todo. Como no tuve una guía al respecto…

¿Había biblioteca en tu casa?

No. Cuando yo tuve mi primer libro, en mi casa había un almanaque, dos tomos de la enciclopedia Monitor, y un libro de mi abuela, que era de historias religiosas. Eso era todo. No había biblioteca. Leía en el colegio, y al final siempre pensé que era un lector omnívoro. Me costó caleta darme cuenta que había un denominador común, y era súper obvio: me gustaba leer historias religiosas, también me gustaba leer Julio Verne, me gustaba leer historias sobre las cruzadas, sobre el Rey Arturo, me gustaba leer sobre los platillos voladores, me gustaba leer sobre asuntos de Von Daniken. Me interesaba también la magia, me interesaba el mundo de los espíritus, las historias de fantasmas, todo eso. Al final el factor denominador común era la fantasía. La Biblia me interesaba como un libro de literatura fantástica, lo mismo los libros de ciencia ficción. No creo en la reencarnación, pero me encantan los libros al respecto. No creo en el karma, en la vida, en el cielo, en ninguna hueá, pero me fascinan esos temas.

A pesar de leer mucho, entraste a estudiar Arquitectura, en la Católica de Valparaíso. ¿Qué pasó ahí?

La decisión fue producto de la irresponsabilidad adolescente. Sentía que tenía una especie de brazo de tenista con el tema de la literatura. Es decir, extrema introversión, full mundo interior, poco contacto con el mundo sensorial, de la piel para afuera. Entonces, como en esa época mi adolescencia irresponsable decía que lo que uno tenía que perseguir era ser completo consigo mismo, y tenía en la pared esa frase de Demian, que decía que uno tenía que buscarse a sí mismo, sin importar el fin al que te pueda llevar. Estaba súper hipertrofiado del cráneo para adentro, y me quise desarrollar del cráneo para afuera, y entré a estudiar una carrera para la que no tenía, suponía yo, aptitudes: arquitectura. De ahí me terminé convirtiendo en un buen diseñador gráfico.

¿Eras un tipo blando en ese tiempo?

Súper blando, sensible, llorón, débil, muy poco fuerte, consentido, mañoso. Sólo sabía cosas, manejaba datos, y hacía malabarismos mentales delante de mis tíos que me aplaudían, y yo pensaba que de eso se trataba la hueá. No, yo quería un poquito más. Quería cambiar, y lo hacía a punta de voluntad. Y hacía ejercicios súper hueones…

¿Como forzarte a hacer algo?

Pliegos de 110 x 77 cms. Me obligaba a llenarlos con pelotitas de dos milímetros con un lápiz de mina. Y los llenaba. O a pasar frío. Me iba con muy poca ropa, me subía a una micro, se demoraba cuarenta minutos en llegar a mi casa. Me iba en el asiento de atrás, donde se abría la puerta, y yo pasaba frío. Y la idea era no mover un músculo… tonteras así. Muchos ejercicios para criar voluntad.

¿Pero eso al final funcionó?

O sea, por lo menos me hicieron fuerte, me hicieron más fuerte. La última locura que hice, que fue como la definitiva, fue viajar al Cuzco cuando hubo Corriente del Niño, cuando los caminos estaban cortados, y había muerto un chileno incluso. El año anterior habían muerto un montón en este accidente de avión. Irme solo al Cuzco a hacer el Camino del Inca. No sabía lo que me iba a pasar. Digo que fue la última vez, porque de ahí para atrás, cada vez que emprendía algo era con temor, pero lo hacía igual. De esa vez en adelante sentí que ya había matado al dragón.

¿A qué cosas tienes miedo?

No me lo pregunto. Creo que ni siquiera le tengo miedo a perder lo más valioso que tengo, que es la Ángela. Igual, que no se confunda: es lo último que quisiera. Pero no tengo miedo.

Cuéntame de esa experiencia posterior que tuviste en México.

Eso fue el año 99. Viajé a México, y terminé metido en una ceremonia. Fue insólito. Terminé metido en una ceremonia en la celebración del aniversario de la muerte de nuestro señor Cuauhtémoc, el último tlatoani azteca. En febrero se hace la ceremonia del aniversario de su fallecimiento. Me vi metido de repente en una iglesia, donde estaban bailando cheyenne, mayas, indios pueblo, gente de la América roja, y yo metido ahí entre medio. De repente veo que el séquito avanza, que hay tambores, saltos, mucho humo de incienso, de copal, y cuando llego adelante y se abre la primera línea frente a mí, descubro que le estoy danzando a un esqueleto que está acostado, en muy mal estado. Lleno de honguitos, lleno de musgo, muy deteriorado. Se supone que la tradición dice que es el esqueleto de Cuauhtémoc.

¿Qué pasó, cómo quedaste?

Me puse a llorar, y en ese momento perdí algo… pero que es bueno que lo haya perdido, porque era una fantasía. Era esta idea de que yo podía pertenecer a América, de verdad. Esta búsqueda en las imágenes americanas, esta búsqueda en las historias, en los mitos, estas ganas de sumergirme en lo americano. En ese momento todas esas ganas se esfumaron, porque descubrí que en realidad soy americano, y que eso significa que no tengo pueblo. Los mexica, los cheyenne, los Mapuches, los aymara que están metidos por ahí, ellos tienen pueblo. Ellos se llaman de una manera, se ven de una manera, tienen ceremonia, tienen toda una estructura ritual y social que los constituye como pueblo. Pertenecen. Y yo no, yo nunca voy a pertenecer, siempre voy a ser un invitado a esas cosas. Porque soy americano.

“La soledad debe ser la peor experiencia de todas”

¿Cuándo terminaste tu novela?

La novela la terminé el año 2002.

¿Y cuándo la comenzaste?

El 2001. La novela se escribió en nueve meses.

En tus cuentos y novela aparecen estas mujeres jóvenes, aparentemente frágiles. ¿Por qué son así tus personajes?

Siempre me fascinó esta idea de los poderosos manejando las sociedades. Hemos llegado a un punto donde poca gente es capaz de decidir, de manera bien escabrosa, lo que le pasa a millones de personas. Y me cautiva el que muchos, casi todos, no se dan cuenta de la manera en que los están manejando. A qué voy: a cosas tan simples como la manera cómo se decide, en un momento, cómo se va a contar la Historia de Chile. En un momento se decidió cómo te vamos a contar a ti la Guerra del Pacífico. Con objetivos súper claros: generarte nacionalismo, producirte rechazo hacia los vecinos, esconder tus falencias, mostrar heroísmo.

O sea, controlar el pasado para controlar el futuro.

Claro, y cómo los bolivianos, los peruanos escogieron mostrárselo a sus propios hijos. Desde eso hasta cómo se deciden las políticas públicas, cómo alguien decide de pronto que es bueno que alguien muera, para que otra cosa ocurra. En el fondo mis personajes son frágiles porque todos somos frágiles frente al poder. Yo lo veo desde un punto de vista súper fatalista: es que no tienes nada que hacer con el poder, porque finalmente si te organizas en contra de él, de todas maneras esa organización se convierte en una estructura de poder. Y el tipo que la encabeza es un tipo que quiere el poder. Y los que quieren el poder en el fondo tienen dinámicas similares. Mis figuras son frágiles porque se mueven en estas mareas de poder, no tienen capacidad de decisión; hagan lo que hagan, están de alguna manera manejadas.

Esos son otros personajes que aparecen en Ygdrasil: personajes con mucho poder pero que al final son parte de la fragilidad.

Claro, finalmente es el espejismo, porque el que tiene poder acá está envuelto en otra red más grande que lo maneja a él, y así sucesivamente.

Hay una frase que leí en tu blog, que es tu cuaderno de apuntes. Dice: “Alguien lo suficientemente solo como para ser capaz de traicionar a toda la humanidad por un poco de calor”. ¿Qué pasa con ese personaje, y qué pasa con esa traición?

(Piensa mucho.) Yo, en algún momento de mi vida, llegué a experimentar una soledad muy profunda, una soledad tan grande que la primera vez después de un rato en que alguien me abrazó, yo me puse a llorar. La soledad debe ser lo peor, debe ser la peor experiencia de todas. Cuando escribí eso estaba pensando que no me extrañaría que alguien fuera capaz de traicionar al mundo entero. De hecho, uno de los personajes también traiciona a Mariana, porque no podía quitarse la idea de que lo podía abandonar, se podía alejar de él, entonces la traiciona. Entonces es tan fuerte la soledad que no me extrañaría que alguien fuera capaz de traicionar al mundo completo por un segundito de calor. Nada más que eso. ¿Razones para la traición? De todas, me parece la menos grave. No es plata, no es poder.

Mariana, esta asesina junkie chilena que vive en México, tiene su propio cuento y también es la protagonista de Ygdrasil. ¿Qué nos puedes decir de ella?

Mariana es una Cristo mujer. Mariana es una Virgen, Mariana es una figura doliente… Mariana es la Magdalena también. A veces pienso que Magdalena y Jesús eran la misma persona, el andrógino. Mariana es la mujer pasada a llevar, es la fragilidad encarnada capaz de reaccionar violentamente, dejar la escoba, dañarse a sí misma… es un animalito. Es el espíritu del hombre de nuestro tiempo, un tipo presionado hasta tal punto que cuando estalla deja la escoba, contra sus hijos, o contra su mujer, o choca o mata a alguien en la calle… estalla de distintas maneras, y con distintos grados de espectacularidad.

¿Y los malos de la película, esos villanos sobrehumanos?

Si tú te fijas, los malos de mi historia son tipos que no sienten compasión. El malo es el tipo que no es capaz de sentir el dolor del otro. En mi novela son todos más o menos caricaturas. Algunos son personajes bien cardboard box, maqueteados. Porque me interesa tenerlos así, me interesa por otras razones. Por ejemplo, cuando el milico es estereotípicamente malo, de esa manera el lector, a las dos líneas de leer de este milico, ya cacha perfectamente quien es, porque lo ha visto muchas otras veces en otras historias. Mientras que para Mariana, que es un poquito más compleja, me doy todo el tiempo del mundo. Cuento su historia, cuento su infancia, y se perfila de una manera diferente.

¿Por qué está esa estructura de cajas chinas y vueltas de tuerca en tu novela?

Es por la dinámica del descubrimiento, nomás. Yo tengo una necesidad por conocer, no sé por qué. No es un mérito: vine con eso. Tengo ganas de saber, soy sapo. Entonces siempre me pasa que cuando me acerco a algo descubro una primera red de relaciones que hacen que esa cosa sea. Generalmente descubro que tiene una red que lo estructura, que le permite ser, que es tremenda.

Mucha gente opina que Auschwitz es la cúspide de la modernidad, de la razón que fue el mismo movimiento que conquistó América, que desarrolló los trenes y todas esas cosas. Y el mundo Ygdrasil parece sumarse a echar por tierra todo ese positivismo. ¿Es a propósito?

No. Ygdrasil es un hijo de los tiempos nomás. Las cosas son así hoy día. Es el mundo donde un presidente decide hacerle la guerra y arrasar otro país, exclusivamente porque cree que pueden llegar a ser un riesgo. Y nadie puede hacer nada en contra de eso. Es un país donde un tipo decide que otros tienen que morir… y ocurre. Y frente a todos, y con la oposición de todos. Y es reelecto. La realidad de hoy es distinta a la de antes, donde se guardaban las formas. Hoy día no, hoy día las cosas se hacen a la luz del día, se ven, hay un cinismo galopante. La realidad de hoy es el desparpajo.

“Los milagros no existen, pero funcionan”

Ygdrasil tiene la capacidad de reunir fuentes casi irreconciliables. Por ejemplo, dar el nombre de la tribu del sur de Chile a unos seres de una dimensión diferente. ¿Qué otras fuentes están presentes en Ygdrasil?
Al final hay tres. Tienes la magia de los indígenas, tienes la magia de la tecnología, y tienes el mundo astral. Yo creo que esas son las tres vertientes más importantes. No sé, podrías hablar de las raíces, podrías hablar de lo indígena, de la cosa mágica, de la maravilla. Podrías hablar de la tecnología, que también es magia, hay un velo sobre ella.

¿Es ritual la tecnología?

Claro que sí. Todo el mundo piensa: el avión vuela. Son doscientas toneladas, y están sosteniéndose en el aire. Tú lo ves lentito levantarse. ¿No es eso magia? No, porque hay unas leyes. ¿Las entiendes? ¿Entiendes realmente por qué la luna no se cae sobre la tierra? ¿Entiendes realmente por qué cuando sueltas una manzana, cae? Uno no entiende nada, uno se refugió detrás de las explicaciones, pero en realidad es magia.

¿Y el mundo astral? ¿Tú crees en él?

No sé. Yo creo y no creo… Sé que existen, pero sé que no existen. Es como los milagros, uno dice: claro, los milagros no existen. Pero tú dices: funciona. No existen, pero funcionan. Al final llego a una especie de: ya, OK, sí existen, pero en realidad no creo. Y otras veces digo: creo, pero no existen. Soy como re flexible conmigo mismo, no me presiono.

Tú citas siempre a Matta, que no es surrealista, es realista del sur. Eso de mezclar lo de los pueblos originarios con la tecnología de cierta manera es el enfrentamiento entre Latinoamérica y la vieja Europa que llegó a colonizar. ¿Por qué aparece este encuentro en tu obra?

Yo creo que la gente sigue en sus trincheras. Siempre están mirando hacia los orígenes. Entonces si tú miras hacia la tecnología, miras hacia Europa, la industrialización, la Ilustración. Y el americanista o el indigenista se va al chancho, y quiere que volvamos a la tierra, y no quiere celulares. Sienten que son irreconciliables. Sin embargo un médico le da en su casa el remedio a su hijo y se persigna. O como mi mamá, que me daba el remedio y me decía: por Dios y la Virgen. Dos mundos que están conviviendo todo el rato. Siento que los tipos no se dan cuenta que en realidad dentro de sus corazones están más mezclados que la cresta… y hace rato. No lo han asumido nomás.

Oye, si está ahí, todo el rato. En México, en el Zócalo, había dos mundos. Había un curandero huichol, vestido como huichol, con su bolsito, con su cosita con copal encendido, sentadito ahí con un zarape puesto al frente, lleno de ofrendas. Y por otro lado de la calle venía caminando un tipo, hablando por celular, con un maletín, seguramente con un laptop, vestido impecable, dirigiéndose seguramente a su oficina, en el piso veinte de no sé qué edificio. De repente se cruzan, el oficinista llega ante el huichol, deja el maletín en la mano, guarda el celular, y abre los brazos, mira hacia el cielo en posición de rezo. El huichol se levanta, toma el copal y comienza a sahumar a este tipo, mientras el tipo está rezando no supe qué. Y el huichol le pasaba la mano por el traje, lo sahumó entero, le tocó la frente, rezó unas cosas, dejó el sahumador en el suelo. El tipo oficinista juntó las manos, bajó la mirada, y le pasó un billete y se fue.

Pareciera que ahora todo es ciencia ficción, o que la ciencia ficción ya no tiene la exclusividad de ciertos temas.

Lo que pasa es que creo que ya hace rato (creo, no sé porque tampoco conozco mucho) pasamos el límite de que cuando tú escribías ciencia ficción escribías temas de ciencia ficción. Por lo menos desde William Gibson (creo) se empezaron a escribir novelas con fondo de ciencia ficción. No soy un erudito en el tema.
Hay mucha hibridación, mucho estilo que incorpora la ciencia ficción como quien incorporó el género policial.
Yo prefiero que, guardando las monstruosas distancias, vean que Ygdrasil es una novela de ciencia ficción tanto como “El jardín de los senderos que se bifurcan” es una historia policial.

Y a propósito de esa cita a Borges, ¿cuánto de él hay en tu novela? En una parte está la participación explícita de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius.

Lo que hizo Borges fue… Siempre uso la misma imagen: imagínate que alguien hubiera vivido toda una vida dentro de una casa, y a los trece años, cuando él hubiera estado desesperado por alcanzar el techo, alguien lo saca al patio, le muestra el cielo estrellado y le dice: allá está realmente el techo. Esa fue más o menos la crisis que me produjo Borges. El darme cuenta que lo maravilloso es infinito, que lo maravilloso es inconmensurable, es cósmico, tiene el tamaño de todo, que es un laberinto infinito, para usar su misma imagen. En el fondo me partió la cabeza en mil pedazos y los disparó a los cuatro puntos del cielo: eso es lo que hizo Borges.

En la literatura pareciera el tema de la referencia no está tan incorporado como en otras vertientes del arte.

Mi educación no va por el lado de la literatura. Quizás por eso me ha sido tan fácil experimentar y romper… y no tenerle miedo a no ser escritor. Mi educación va por el lado del arte, donde lo importante es la introspección, lo que produce la persona. Si son pesadillas, si tienen esta forma o tienen esta otra, no importa. Lo importante es la búsqueda. Nunca he tenido formación académica, por eso es que también me cuesta usar esa palabra tan grande para mí. Yo no soy escritor: yo escribí.

“La creación no puede existir sin fisura”

¿Qué tipos te han inspirado, ya sea en la literatura o el arte?

Antonin Artaud. Por su capacidad pictórica, por su capacidad de usar las palabras de un modo sinestésico. Que utiliza una palabra para producir una imagen, un color o un dolor… Por la violencia que le imprime a sus textos. Por su capacidad de enhebrar en prosa discursos descabellados pero con un bajo continuo súper coherente. Él en particular. Borges, el vacío cósmico, más por él que por otra cosa.

Me mostraste cosas de Joel-Peter Witkin. Has ilustrado cuentos con sus fotografías.

Joel-Peter Witkin, sí. Lo que pasa es que él tiene mucho que ver con los demonios. A mí en general lo que más me influye no es la literatura, son los textos religiosos: los Upanishads, el Ramayana, la Biblia, los textos de Swedenborg, Sor Teresa de Ávila, los iluminados. Todos estos tipos rayados que en el fondo son esquizofrénicos. Tipos que ven más allá, y los que son capaces de volver los puedes llamar poetas. Capaces de reorganizar la realidad como no se ha organizado antes. Vicente Huidobro también, por su capacidad de convertir la poesía en cosa literal. Por ejemplo cuando dice que busca las líneas de la frontera entre el pasto. Esa imagen siempre me ha perturbado, porque el tipo convierte un sentido figurado en algo literal. O como en el Cid Campeador, cuando dice que Ximena se marea, cae y rueda por la página hasta el final del párrafo. Esa soltura para mezclar la literalidad con el sentido figurado abre mundos, desgarra algo en la mente. Algo producen. Ese instante lo percibo así. Y es una constante también.

Sobre los poetas… Tienes un cuadro de Rimbaud aquí en tu casa. ¿Qué significa él para ti?

La rabia, la líbido. Cuando un instrumento viene bien afinado de fábrica, la tremenda potencia de los diecisiete años produce una música como no la va a producir a los treinta. Pero esos instrumentos bien afinados de fábrica son contados con los dedos de la mano. Me gusta también que haya podido escapar de eso. Me encanta que haya botado esa vida, me gusta. Porque Artaud no lo hizo… se murió loco, hueón, en medio de electro shocks, tratamientos médicos, y la verdad es que a mí me encanta que Rimbaud se haya ido a África, y se haya culiado a unas negras, que lo haya pasado bien.

Pero dicen que no lo pasó tan bien, que seguía buscando, aunque ya no a través de las palabras.

El que está cagado está cagado. El que está roto… Lo que pasa es que la creación no puede existir sin fisura, o sea, la única razón por la que existe el mundo es porque… No sé, voy a decir una cabeza de pescado, pero la única razón por la que existe el mundo es porque existe Pi, un número que es infinito. Si no existiera Pi, si la matemática fuera realmente perfecta, nunca habríamos salido del círculo cerrado.

Del huevo cósmico…
Claro, y es necesaria la fisura para que la cosa se abra, es necesario que el círculo no sea perfecto cuando se dibuja, cosa de poder generar una espiral, y que crezca. Entonces la fisura y la grieta y todas estas cosas son las que iluminan. Si no, no hay cómo.

“Me gusta que haya un grado de ofensa”

Sigamos un rato con las preguntas por tu obra. Ahora va a salir publicada Ygdrasil, pero hay otros cuentos que son parte del mismo universo. Lo primero que leí tuyo fue “La Conquista Mágica de América”. ¿Por qué no nos resumes de qué se trata?

“La Conquista Mágica de América” se trata de suponer que la conquista de América tuvo otro objetivo. No habían venido a buscar oro. Esto a partir de una frase alquímica que es “aurum nostrum non est aurum vulgo”: nuestro oro no es el oro vulgar. Plantea que en realidad los conquistadores trajeron tras de sí una secta o un grupo de magos, cabalistas europeos que venían en la búsqueda de otra cosa, un tipo de poder que se había desarrollado en América. En vez de una lucha de fuerzas, una lucha de guerreros, me llamaba mucho la atención plantear cómo habría sido una lucha mágica, entre los magos europeos y los chamanes americanos. Esa era la perspectiva.

Ahí aparece ya una re-interpretación de la historia, que juega mucho con lo que está detrás. Esa lucha está detrás de la historia, de modo que aunque parece fantasía, podría ser una explicación alternativa.

De hecho yo creo que es una metáfora de lo que hizo la Iglesia Católica. Hubo una lucha mágica que todavía se libra, entre “créele a la meica o me creís a mí”.

Lo mismo que hicieron en Europa, con los celtas…

Claro, con los Germanos también. Y que siempre tiene malos resultados. Porque en el fondo es neurosis, lo que estas haciendo es reemplazar un significado por otro. El significado originario igual subyace, y quiere salir. Ese tipo de sentimientos, ese tipo de divinidades, si no se les presta atención, se convierten en un demonio. O dicho de una manera más psicológica, esas figuras o esos entes, si no les das salida, empiezan a buscarla solos, y se abren paso a dentelladas. Eso es lo que le pasó a los alemanes, en el fondo el movimiento nazi es un movimiento pagano.

Te quiero preguntar de donde salieron ciertas escenas, que son como un botón de muestra del mundo Ygdrasil. En un ritual alguien penetra a cierto personaje, la viola, pero a través de una herida en el costado, como la de Cristo por la lanza de Longinos?

Como mi cultura proviene con mucha fuerza del arte moderno, hay una cosa que son las instalaciones… En realidad estoy nada más que mezclando palabras. Están las palabras Cristo mujer, penetración, imágenes y palabras que son caras para mí. Y lo que hago yo es combinarlas en una composición, nada más. Cuando tengo que pensar en que a esta mujer le ofrecen un último sacramento antes de matarla, pienso en cuál es el sacramento más grande que le pueden ofrendar, mezclado con tortura, con violencia, y pienso que es una mujer, que es una violación, que es la cultura mística, que es la crucifixión, pienso que es la tortura física y pienso en una herida, y en la cabeza se me arma como una composición, nada más. De la misma manera como seguramente David Lachapelle compone sus fotos: pone un piso acá, un zapato aquí, los pone en una fuente de soda gringa, y qué sé yo. Es la misma dinámica: una composición, con elementos son relevantes para mí, ordenada la frase de una manera que diga lo que estoy queriendo decir en ese minuto. El nivel de violencia o el nivel de ofensa que pueda haber no me interesa. Es más, me gusta. O sea, me gusta que haya un grado de ofensa.

¿Y la crueldad?

Por supuesto que hay un factor de provocación ahí. Pero no es lo más relevante. Es placer. Es el placer que siento mientras lo estoy escribiendo. Que es el placer que uno siente… es tanto como el placer que siente cualquier hombre cuando se habla de una violación, que tú sabes que es negativo sentir placer, pero lo sientes igual. En la violencia con la mujer, que la reprimes, es lo natural.

¿Por eso aparece tanta crueldad explícita en Ygdrasil?

Es desatar algo. Es abrir los demonios y ver cómo se comportan. Es abrir la puerta del sótano y ver como arman estas orgías, mirarlos, como espectador. Total, sé que no van a salir de la página.

“No conozco la literatura chilena”

¿Cómo fue que tu novela llega a publicarse?

Siempre todo esto tiene que ver con retos, como te contaba recién. Primero el reto fue escribirla. Cuando se terminó de escribir, me dijeron: ¿por qué no la publicas? La verdad, yo pensé que nadie la iba a querer publicar, primero porque es un género que no se publica en Chile, segundo porque había tópicos en la novela que consideraba medio incompatibles con los criterios de edición en general. Y porque la verdad no me sentía un escritor, no tenía la necesidad de ver editado mi trabajo. Después vi un concurso de cuentos que estaba realizando Luis [Saavedra, director del fanzine Fobos, único espacio para la ciencia ficción literaria en Chile a finales de los noventa y principios del siglo XXI], y dije: a ver, veamos si puedo escribir un cuento. Lo mandé y obtuve una mención honrosa, y me sirvió para contactarme con este grupo de gente de Fobos.

Ahí nos conocimos tú y yo.

Claro. De ahí conocí a Sergio Amira [que acaba de ser publicado en la Antología Visiones 2005, en España], a Pablo Castro [el único autor chileno de ciencia ficción de los últimos años publicado en inglés, con traducciones de su cuento en Cosmos Latinos, antología del género en Latinoamérica]. Y como en el calor de ese grupo me hice a la idea que quizás sí era un autor de ciencia ficción. Al rato caché que en realidad no. Y empezó a surgir esta posibilidad. ¿Por qué no publicar? Incluso pensé en publicarla online, pero desistí. Quedó guardada hasta que ocurrió el milagro. Conocí a un tipo que había publicado en Ediciones B, en Ficcionario, Carlos Labbé, autor del Libro de Plumas. Él me dijo: ¿y por qué no se la pasas a la editora? Finalmente parece que las razones por las que yo pensaba que no se iba a publicar son justamente las que hicieron que se publicara.

¿Sientes que tienes algo en común con otros escritores de Chile actual?

No, nada. Con ninguno.

No sueles leer literatura chilena.

No. Primero no conozco la literatura chilena, y la que conozco me parece súper lejana a lo que a mí me interesa. Ese afán, ese amor por el realismo del arte chileno… lo único que hace es alejarme. A mí me interesa lo maravilloso, a mí me interesa la fantasía. Y esta como herencia izquierdosa que carga el arte chileno todavía, lo hace apegarse a la cosa social, andar con la palabra escapismo muy a flor de labios.

Son pocos los que han logrado escaparse de eso, en Chile se menciona ahora el nombre de Bolaño.

Bueno, no he leído a Bolaño. Pero eso me llama la atención: estamos en un país rodeado del mar más grande del planeta, la cadena montañosa más larga del mundo, el desierto más seco, los hielos más antiguos, con unos pueblos que vivían casi en la edad de piedra en el sur, con unas cosmologías y mitologías alucinantes. Y como en toda América, con nuestros pueblos originales vivos, ahí. A diferencia de Europa, donde los tienes que ir a ver a los museos, nosotros nos cruzamos con ellos. Y a pesar de todo eso, a pesar de toda esa carga mágica, nuestra literatura fantástica es pobrísima, nuestra producción fantástica es…

¿Y Jodorowski?

Jodorowski, pero él no es chileno… Jodorowski, demás que sí. El es un tipo que ya hizo mezclas entre tecnología y culturas mágicas hace harto rato. A lo mejor es una veta que se va a ir explotando cada vez más…

¿No lo consideras un precursor de lo tuyo?

No, no, porque… esto va a sonar como disculpa, pero es cierto que yo nunca leí nada de Jodorowski que tuviera relación con esto, antes de publicar Ygdrasil. De hecho, todavía no leo ni el Incal, ni la Casta de los Metabarones. Pero supongo que yo debo haber bebido las mismas aguas donde bebió él, y nací en Chile, donde nació él, y a lo mejor hay un… De nuevo, sin atreverme siquiera a hacer un paralelo, algo en común habrá. Me siento cercano a dos tipos, pero no los puedo considerar escritores chilenos. Me siento cercano a Jodorowski y Miguel Serrano.

¿Cuál es tu relación con Serrano? ¿Cuál es tu valoración de su obra?

La misma que hay con la Biblia. Me interesa su lado… me interesan esos libros como literatura fantástica, mucho. Su obra, su imaginería, como alguien dijo, su maravillosa fantasmagoría, es alucinante. Ajena a su proselitismo, a sus inclinaciones políticas particulares, el tipo es alucinante.

¿No te sientes en la línea de gente como Hugo Correa u otros que han hecho literatura fantástica?

Primero no tengo idea, porque no los conozco. Nunca he leído a Hugo Correa. Con suerte he leído a autores de ciencia ficción extranjeros. Autores chilenos he leído; porque fui a su taller, leí algo de lo que escribió Pablo Castro… Pero en general, lo que me pasa con los escritores de ciencia ficción chilenos que he conocido es que, en general, tratan de escribir ciencia ficción, y es como propio de estas comunidades que son medias endogámicas. Leen lo que lee el otro, entonces cuando escriben, escriben más o menos lo mismo, porque se alimentan de pocas hueás. Terminan dándose vuelta en un universo súper diminuto. Y la producción termina siendo re similar. Entonces para qué voy a leer a alguien que escribe muy parecido a Philip K. Dick. Mejor leo a Philip K. Dick. No me interesa, no tengo tiempo para eso.

Tu libro se venderá como ciencia ficción, pero parece que a ti no te gusta leer del género.

La verdad es que no me interesa si un libro es de ciencia ficción o no. Si es raro, lo leo. Leí Neuromante, me gustó. Leí Solaris, me encantó. Pero no voy a leer ciencia ficción sólo porque es ciencia ficción. Eso tiene este género: genera unas adhesiones medio fanáticas.

¿Qué estás leyendo ahora?

He podido leer poco los últimos meses, porque he tenido más pega que la chucha. Pero estoy leyendo ahora lo que te he comentado: un libro sobre las raíces históricas, políticas, sociales del nazismo. Estoy leyendo “Tú eres eso”, que es un libro de Joseph Campbell, el autor de “El héroe de las mil caras”, donde el tipo analiza desde un punto de vista psicoanalítico los mitos judeocristianos. Y estaba leyendo, pero hace como dos semanas que no lo pesco, “El Cielo y el Infierno” de Emanuel Swedenborg. Lo tengo en el baño. También tengo ahí, pero todavía no los leo, “La era neobarroca”, de Omar Calabrese. Un diccionario… en realidad no es un diccionario, es como un compendio de herejías occitanas. Me interesa mucho el período entre el siglo XI y el XII, en Europa. Un período de una explosión mística terrible, algo pasó ahí, un continente completo se movilizó con el sueño de ir a recuperar el sepulcro de Cristo, se generaron una cantidad de herejías y religiones alternativas y sectas en torno al cristianismo, tremendas, algunas extrañísimas. Se persiguió, se quemó, se torturó en nombre de Dios… una época increíble. Extrañísima.

Desde aquí veo un libro de la Anaïs Nin. ¿Te gusta la literatura erótica?

Ah, un libro de cuentos de ella que se llamaba “Pajaritos”. También un comic, un manga dibujado por una japonesa, y el guión de un chico francés, “Mariko Parade”. Me gusta la literatura erótica, pero no soy asiduo lector. Prefiero la pornografía en video, dura. No me atrae mucho la poesía en torno al tema.
Por alguna razón, nunca me he sentido movido a leer ningún escritor chileno. Creo que esto le pasa a muchas personas. No son súper ventas ni mucho menos, no creo que porque no tengan buena promoción o qué sé yo. Los que me interesan son los poetas chilenos. Adoro a Gonzalo Rojas, me encanta Huidobro, me encanta Mahfud Massís, Enrique Lihn. Y el mejor libro de ciencia ficción que se ha escrito en Chile: “Los Sea Harrier” de Diego Maquieira. Increíble, increíble. Le tengo por ahí un homenaje también en Ygdrasil, medio escondido. Ese libro me encantó.

¿La redacción de Ygdrasil es toda tuya?

No, no es toda mía. Ningún problema con decirlo. Como yo no tengo formación académica, la novela no estaba bien escrita. Aunque no estaba tan mal tampoco. Se la entregué el Caco Labbé, para que la corrigiera. Su intervención se remitió a cambiar comas por puntos seguidos, y puntos apartes, y muchas comas y puntos y comas. Pero no hubo un párrafo que se moviera, ni una oración que se moviera. Salvo una de esas… ¿hipérbaton? Cuando una parte de la oración no está en el lugar que corresponde. Ediciones B tampoco tuvo ningún grado de intervención.
¿Qué cosas te han criticado de la novela, cuáles son sus puntos débiles?
El mayor punto débil que tiene la novela no es la novela en sí, sino el mundo. Es un mundo particular que puede aburrir. Es recurrente, tiene una manera súper reconocible, al que le guste le va a gustar mucho, y al que no, se va a aburrir mucho. Y eso me parece muy bien, porque como comunicador, trabajo en publicidad, sé que lo que le gusta a muchas personas no es bueno.

Hay gente que ha dicho que se nota que no eres un escritor. ¿Lo tuyo son las palabras o las imágenes? ¿Te sientes cómodo haciendo algo sólo con palabras?

Lo que pasa es que para mí son inseparables. Es como, por deformación gráfica. Yo pongo la imagen y el texto, y en este libro, en los cuentos, se me juntan las dos. No concibo no ser “cinematográfico” en mis cuentos, cuando hay una voz en off y una imagen que se está mostrando. ¿Qué es lo mío, la palabra o la imagen? La palabra sola la encuentro muy latera. Esto típico de los escritores chilenos, esta voz introspectiva, que habla, de lo que le ocurre, me latea. Y tampoco es pura imagen, tampoco es un video clip. Pero creo que está por ahí entre medio.

¿Por qué razones crees que una editorial decidió publicarte?

Creo que justamente porque es una manera distinta de enfrentar el tema de la ciencia ficción. Una de las críticas que le hizo uno de los lectores encargados de evaluar la novela, fue que esta novela respondía a la pregunta acerca de cómo escribir ciencia ficción desde estas latitudes. Eso le parecía a él. Creo que como en todo el resto del mundo del arte, esto se trata de encontrar la propia voz, y no de parecerse a otra voz. Se trata de, solito, con su propia imaginería, con su propia producción, aislado, aunque nadie te pesque, producir algo tan propio que no se parezca a nada más. Que es un poco uno de los paradigmas del arte moderno: que el tipo se sumerja tan hondo en sí mismo que sea imposible que se parezca a lo de al lado. Yo creo que ésa materia, de esa materia hay hambre. Mi identidad, mi propio ser situado en un punto geográfico, contexto cultural específico, con influencias específicas, eso es lo que puedo ofrecer para competir. Lo particular es lo que me va a hacer poder competir. Competir en términos de poder ser elegido para ser publicado.

¿Qué advertencia le harías al lector de Ygdrasil?

Que se entretenga… Hasta hace unos años atrás, siempre que un chileno filmaba una película, escribía una novela, estaba haciendo la gran obra de su vida, y estaba enviándole un mensaje a la humanidad… no sé, un texto definitivo. Y ha habido muy poca soltura en ese sentido, y a los que asumen esa soltura se les tacha de superficiales. Parece que yo soy un superficial. Y yo lo único que quiero es que la gente que lea la novela la pase bien, que se sorprenda. Hay mucho de qué sorprenderse, creo yo. Y que se sienta estimulada a pensar distinto, a pensar diferente, a divergir. Sin divergencia no hay universo. La divergencia produce plantas, dinosaurios y cuásares. Entonces, más que una advertencia es una invitación a que la disfruten, la pasen bien, se entretengan, y entren a un mundo súper distinto. Pero reconocible por lo menos para la gente del territorio, creo.

Para terminar, ¿te considerabas un escritor?

No, no me considero un escritor. Es muy grande esa palabra.

por Gabriel Mérida

2 comentarios en “Jorge Baradit: “La crueldad en Ygdrasil es abrir los demonios y ver cómo se comportan””

  1. TODO BIEN, PERO JORGE NUNCA ESTUDIO EN LA PUCV, NI MENOS ARQUITECTURA, EL ESTUDIO EN LA ESCUELA DE ARTE Y DISEÑO DE LA UNIVERSIDA DE VIÑA DEL MAR, ME SORPRENDE O ES UN ERROR DE LA ENTREVISTA? PORQUE SI EL DICE ESO ALGO NO ESTA FUNCIONANDO, ENTODO CASO COMO COMPAÑERO DE UNIVERSIDAD ME ALEGRA QUE PUEDA EXPRESAR Y COMPARTIR SU PARTICULAR MIRADA DEL MUNDO , LO CUAL EL SIMPRE LO VIO COMO ALGO NATURAL O UNA MALDICION PERO HOY ES UN MEDIO DE EXPRESION QUE TIENE CANALES DE PRESENTACION
    A LO LEJOS LE ENVIO A JORGE UN ABRAZO
    JORGE MUJICA
    DISEÑADOR UVM

  2. No, no es un error. La pregunta es por qué entré a estudiar a la PUCV Arquitectura y le respondí. Efectivamente entré el año 1987 a la PUCV a la carrera de Arquitectura, pero no terminé mis estudios ahí (no me consideraron parte de la tribu) sino en la Escuela de Diseño de la UVM.

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