El anillo del Tigre

por Jorge Baradit

Tengo un amigo que, como todos los amigos de verdad, es prácticamente un hermano. Pasamos la Educación Media juntos, tocamos en la misma banda de punk rock, nos interesaban más o menos los mismos temas y teníamos el clásico perfil del “hermano grande que mete en sus aventuras al hermano chico”.

Eduardo, como lo llamaremos, es una de las personas más gentiles, amables, honestas, inofensivas y respetuosas que he conocido jamás. Odia (si es que Eduardo puede odiar) el autoritarismo, la agresividad y la discriminación. El es un espíritu gentil que cayó a este país por algún error administrativo del encargado de las reencarnaciones. Porque él es en realidad un amable y sonriente monje chino metido en el cuerpo de un chileno anónimo.
Imagínense mi sorpresa el día que lo vi, sonriente y amable como siempre, caminando al sol con un voluminoso libro rojo desde donde se asomaba, flamígera, la mirada amenazante de Adolf Hitler. Eran años donde cualquier cosa con uniforme quedaba de inmediato timbrada como perteneciente al “enemigo”, aunque fuera guardia de banco o cartero.

–¿Qué mierda haces leyendo esas huevás? –pregunté con mi peor cara de rebelde (en esos años, algo confuso entre Che Guevara, Johnny Rotten y William Blake…al menos para mí).

–Es Miguel Serrano y el libro está la raja –comentó con su habitual cara de “la vida es bella y todo está bien”.

Pasaron un par de años antes que me decidiera a tomar entre mis manos aquel mamotreto blasfemo. Entre tanto, veía con horror como mi amigo se estaba volviendo incapaz de opinar, sobre una gran variedad de temas, sin anteponer un insistente “Serrano dice…” como preludio de alguna descabellada afirmación de sorprendente originalidad.

Cuando leí La Resurrección del Héroe, entendí la nueva mecánica que mi querido amigo había adoptado. Serrano hace interpretaciones libres, a la luz de una particular imaginería, de numerosos temas religiosos, históricos y esotéricos de una manera entretenida, atractiva y muy inteligente, y quién no tenga conocimiento previo de esas materias, corre el riesgo de conocerlas a través de su particular visión. El Lector corre el riesgo de terminar viendo el mundo a través de los ojos de Miguel Serrano. Sin entender que lo que Don Miguel persigue es “ajustar” los eventos con tremenda destreza para hacerlos coincidir en su cosmogonía desaforada hecha de infinidad de capas, sin importar la rigurosidad histórica y desechando a veces, con pasmosa arbitrariedad, todo aquello que atente contra su cuidada estructura de causas y efectos. El entrega una “visión del mundo” completa, redonda, coherente. Es muy seductor abrazarla y hacerla propia. Serrano no es lectura para neófitos. Es un licor poderoso que puede emborrachar y volver adicto al que lo bebe sin tener experiencia etílica previa.

Miguel Serrano es un personaje único y genial. Es triste que su “políticamente incorrecta” adherencia política lo haya condenado a un ostracismo infame. Amigo personal de Carl Gustav Jung, Hermann Hesse, Ezra Pound, Nehru y muchas otras figuras de primer orden del siglo XX, debe conformarse con ser conocido en su país como “ese viejito nazi” y soportar, además, la adoración de grupos de pobres neo nazis que creen ver en él una bandera para una lucha de la que él es el primero en descreer. Estuve presente en el instante en que le aconsejaba paternalmente a un skinhead “salirse de esos grupos” con un gesto de disgusto.

Este artículo es más autobiográfico que académico, de manera que voy a sentar un par de puntos antes de proseguir. Soy una persona a la que le encanta creer. Me gusta decirlo, me gusta repetirlo. Me encanta creer en los UFO, en la Atlántida, en las sesiones de espiritismo y en que Elvis aún vive…en Marte, por supuesto. Creo en la entrada de las almas al paraíso, pero también en el ciclo reencarnatorio (quién soy yo para decidir que uno existe y el otro no). Creo en el Anka mapu, el Mictlán, los círculos infernales y las cinco mil habitaciones de Kali. Creo en casi todo, pero creo porque es entretenido creer ¿Cómo no va a ser entretenido creer en Majestic 12, en el área 51, los MIB, el proyecto Montauk, el proyecto Filadelfia, los Illuminati y la conjura templaria? Como no va a ser lindo creer que un dios abrió un mar por la mitad para que su pueblo pudiera escapar de sus enemigos. Imagínense entonces lo que sentí al adentrarme en el corpus de la obra Serraniana y descubrir que Hitler (me da lo mismo el nombre del personaje histórico, me habría producido el mismo efecto Kennedy o Chaplin) no está muerto, sino que habría huído en un vimana de piedra hasta Sudamérica, desde donde habría alcanzado la Antártida y habría penetrado por el agujero que comunica el exterior con la Tierra Hueca (porque la tierra es hueca, por supuesto), donde habitan los hiperbóreos, seres de luz y origen de las razas arias. Allí espera para regresar con su “Wildest Heer” y dar la batalla final. Imagínense lo que sentí al saber, por ejemplo, que el saludo nazi era un mudra que toma la energía desde el plexo solar y la dispara a través de los dedos de la mano derecha hacia las tropas. Sentí placer, mucho placer frente a la maravillosa y abismante fantasmagoría que Miguel Serrano desplegaba ante mí. Un drama cósmico que mezclaba psicoanálisis, tantrismo, teosofía, espiritismo, geopolítica y esoteria desatadas. No había sentido tanto placer desde la lectura de las Revelaciones de Juan de Patmos; Cielo e Infierno de Emmanuel Swedenborg o Viaje al país de los Tarahumara de Antonin Artaud.

Personalmente no tengo mucho interés en los alcances políticos de su obra. Incluso me parece que cuanto más contingente se vuelve, más decrece en calidad. Su obra es, para mí, un hecho inédito y maravilloso de nuestra literatura, porque para mí Serrano es, antes que cualquier otra cosa, literatura y del género más escaso en estas latitudes: la literatura fantástica.

La esoteria busca comunicar un supuesto conocimiento tradicional. Serrano obra el milagro y “crea” una tradición (aunque suene paradojal) de la misma manera en que los enciclopedistas de Tlön creaban alguna otra.

Borges escribió sobre unos conjurados que imaginaban un mundo.
Serrano creó un mundo.

Es cierto que la mayoría de las piedras angulares de su discurso no le son exclusivas. La teosofía de Madame Blavatsky, que inspirara a Guido Von Listz para agregarle fondo esotérico a su germanismo; la Thule Gesselschaft, demostrando que una doctrina esotérica puede parir una ideología contingente; la obra de Evola, la obra de Jung, la entretenidísima investigación de Trevor Ravenscroft en su The Spear of Destiny. Incluso ese panfleto perpretado por Pauwels y Bergier. Sus fuentes son diversas y heterogéneas. Pero la originalidad de Serrano es innegable. Su aplastante erudición tiende lazos intrincados, a veces insólitamente rebuscados, con gran belleza entre hechos y tradiciones distantes, como un gran lector de Tarot que ve sentidos y significados en los lugares más inesperados. Su técnica, que parece una mezcla desaforada de mitología comparada, escritura automática y geopolítica obsesa, está en el borde de lo patológico. Su paranoia, tan bien llevada por su talentoso intelecto, lo impulsa a tejer una cosmogonía tolemaica en torno a la figura de Hitler de una manera muy similar a como la tejió ese otro paranoico, Pablo de Tarso, en torno a la inocente historia de un curandero nazareno. El resultado es notable. Serrano triunfa.
Hace un par de años acompañé a mi amigo Eduardo a la Feria del Libro de Estación Mapocho. Nos enteramos, a través de un “boca a boca” muy cuidadoso de la representante de la Editorial Manquehue, que “don Miguel” estaría ese día firmando libros. Eduardo llevaba uno de sus tesoros, un ejemplar en perfecto estado de la edición original, impresa en India, de Las Visitas de la Reina de Saba. Yo llevaba una pregunta.

Luego de una espera algo prolongada lo vimos llegar del brazo de una joven y acompañado de algunos hombres que miraban insistentemente en todas direcciones. Se sentó junto a una pequeña mesita dispuesta para la ocasión y procedió a recibir al primer visitante: un entusiasta muchacho de unos 18 años, de cabello muy corto (no está de más mencionarlo) que le extendió el voluminoso Manu, el hombre que vendrá. Luego de la firma con dedicatoria de rigor, el muchacho le pidió fotografiarse con él. Don Miguel se sacó los lentes y pasó de ser un afable anciano, a través de una lenta transformación, a convertirse en un tótem de otra era. Lo ví crecer en su asiento, ganar pecho, porte y dignidad para enfrentar la cámara con actitud desafiante. También vi su mano izquierda dibujando sutilmente un mudra que apuntaba su anillo hacia el lente, seguramente para protegerse de la magia negra de la tecnología.

Eduardo lo asombró con su edición, que el propio Serrano confesó no tener. Yo conseguí que me firmara, no sin alguna incomodidad, la página inicial del artículo “Wotan”, de Jung, del libro Civilizaciones en Tránsito. Luego le hice una extensa y ensayada pregunta en que puse en juego toda mi elocuencia, bagaje cultural y artillería de términos rebuscados a la espera de alguna revelación, pero Serrano esperó un par de segundos y me dijo: “No”, y se quedó en silencio, mirándome. Estaba frente al último vidente vivo producto de estas tierras y me quedé mudo. Ahora que lo recuerdo me da risa…en fin.

Durante esa misma Feria del Libro tuve la ocasión de cruzar tres palabras con Jodorowsky y asistir a la grabación de “La Belleza del Pensar” dedicada al autor de Psicomagia, que estaba en Chile por ese entonces presentando su autobiografía. Me fue imposible no comparar al guerrero con el payaso, la dignidad con la impostura. Así que tomé el dinero que tenía reservado para comprarle la historia de su vida (o por lo menos la que él cuenta) y lo invertí en La leyenda del Grial, de Marie-Louise von Franz, la discípula dilecta de Jung, para saber más sobre la piedra luciferina con que Eschenbach identificaba el Grial. Serrano la nombraba con insistencia y necesitaba un punto de vista más objetivo. Porque eso es para mí Serrano: un poeta iluminado que mistifica en sus torbellinos creativos. Querer aprender a través de él es como querer aprender Historia Latinoamericana a través del Canto General de Neruda. Hay que tener cautela.

Como chiste le pedí a Jodo que firmara el libro, “lo compré en vez de tu autobiografía, pero fírmamelo igual”, le dije, él sólo esbozó una sonrisa pepsodent de pop star y estampó su rúbrica. Debo confesar que me dolió la parafernalia que rodeó a Jodorowsky versus el silencio que acompañó los pasos de Serrano.

Me duele que uno de los grandes personajes chilenos del siglo XX esté condenado a la invisibilidad por su inclinación política, por excéntrica que ésta sea. Serrano es un poeta-vidente de enorme fuerza telúrica. Su obra es única e indiscutiblemente especial.
¿Quién que lo haya leído no ha disfrutado la manera en que construye sus férreas estructuras ontológicas? Cómo no alucinar con los conjuros con que levanta sus torres argumentales, con hechos históricos que confirman la leyenda y leyendas que confirmarían algún hecho histórico.

Serrano trepa apoyándose aquí y allá, escogiendo con delicadeza ese preciso peldaño que le resulta útil para alcanzar la cumbre. Ahí está lo que admiro en su literatura.

Es cierto que al hombre le quedan pocos años, pero su palabra tiene un olor a eternidad que no se la puede.

Su empeño, su triunfal voluntad de relacionar con elegancia lo irrelacionable. Su maravillosa paranoia.

¿Lo admiro?…si, lo admiro. Apostó todo en su juego.

¿Su credo? No soy nadie para evaluar el grado de validez, moralidad o veracidad en su discurso. Eso es algo que le atañe a los dioses.

Ellos pusieron al tigre sobre la tierra por alguna razón, su ferocidad debe tener algún significado, el misterio de su dibujo debe esconder un arcano quizás terrible. Yo no levanto mi voz al respecto, soy sólo un hombre incapaz de juzgar tanta maravilla. Yo sólo me conformo con asombrarme.

por Jorge Baradit

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