El pasado remoto del hombre: ficción literaria y ficción científica
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por Rodrigo Pinto

El pasado remoto del hombre es aun materia de investigación y polémica. Quizás lo más controvertido es precisamente aquello que constituye la condición humana. ¿En que momento de la prehistoria es posible afirmar la distinción entre el hombre y sus antepasados? ¿Cuál es el rasgo diferencial decisivo para marcar el hito? De ahí se desprenden muchísimas otras preguntas y temas de investigación a los que trata de responder la paleoantropología. Esta ciencia se asemeja mucho a una labor detectivesca del estilo Sherlock Holmes, en cuanto reconstruye, a partir de indicios a veces mínimos, tanto la estructura física como el hábitat ecológico y social de los primeros humanos. Es lo que el historiador Carlo Ginzburg, en su libro Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia, denomina paradigma indiciario. Desde ese punto de vista, dado el despliegue de imaginación necesario para dar coherencia a los breves indicios, es posible darse la licencia de hablar de ficción científica, aún a riesgo de despertar las iras de los investigadores. Y puesto que en este campo las interrogantes son mucho más numerosas que las certezas, las discusiones y el planteamiento de diferentes hipótesis para la interpretación del mismo hecho son habituales.
El pasado remoto del hombre, por otra parte, no sólo interpela a los científicos. También algunos novelistas han aportado su propia lectura del hecho evolutivo, en una suerte de ciencia ficción al revés. El género, muy poco cultivado, bien podría llamarse paleo-ficción. Este artículo revisa algunas obras que caben dentro de él, así como uno de los libros de divulgación más relevantes del ultimo tiempo en el ámbito de la paleoantropología.

Aventuras en la prehistoria

Un best seller sumamente popular es El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel. La autora parte de un hecho que, por ahora, sólo se presume: el contacto y el intercambio entre el hombre de neardenthal, última versión primitiva del género humano, y el homo sapiens, que finalmente predominó. A partir de un hecho a todas luces excepcional y que, por cierto, aun no está probado (ver recuadro), Jean Auel despacha tomo tras tomo las aventuras de Ayla, joven sapiens recogida por una tribu de neardenthales -el Clan del Oso Cavernario-, con una completa propuesta de mitos, costumbres y hábitos de ambos géneros. Tan difícil de responder como la pregunta del huevo y la gallina es la incógnita de si Auel planificó desde el comienzo el monumental tamaño de la serie, o si, por el contrario, el éxito del primer volumen la llevó a ampliar las aventuras de Ayla. Pregunta, al fin y al cabo, no tan irrelevante, puesto que las culturas prehistóricas propuestas por Auel ganan en detalles tanto cuanto pierden en revelar el hecho antropológico por excelencia, el posible encuentro del ser humano actual con una especie de primos menos inteligentes y de repulsivo aspecto. La lectura de la prehistoria se reduce a los rasgos exteriores, los dioses, las costumbres de apareamiento, los mecanismos de designación de los jefes y detalles similares, sin ahondar en el profundo abismo que separa a unos y otros, o reduciéndolo simplemente a los estereotipos del encuentro entre culturas diferentes como los que se produjeron con la llegada de los españoles a América.
Reducir la cuestión a un simple enfrentamiento cultural que tiene como resultado el triunfo del grupo más avanzado tecnológicamente escamotea el hecho fundamental de que se trata no de culturas distintas, sino de especies diferentes. Ni siquiera los indios australianos, con sus rasgos físicos tan radicalmente distintos a los de los anglosajones que colonizaron ese continente, dan una idea de la extrañeza total que debe haber producido en un neardenthal el encuentro con un sapiens. Y si bien Jean Auel es a veces ingeniosa para inventar estilos de comunicación y ritos tribales, sus especulaciones tienen mucho de gratuito y finalmente se encaminan a los consabidos mecanismos estructurales de todo best seller que se respete: aventuras a granel con los adecuados matices de sexo y violencia.

Golding vs. Rousseau

La famosa tesis de Rousseau –el hombre es bueno, la sociedad lo corrompe- tiene en William Golding (premio Nobel de Literatura 1983), a uno de sus más enconados enemigos. La novela más popular del autor, El señor de las moscas, narra la rápida decadencia e involución hacia el primitivismo de un grupo de niños que queda abandonado a su suerte en una isla. La ausencia de control social es, según Golding, la razón de la aparición de conductas violentas y primitivas que desencadenan la ruptura del molde aprendido de los padres. Inversamente, puede decirse que la sociedad mantiene sus leyes y su funcionamiento sólo mediante la represión de sus tendencias al desorden, el caos y la violencia.
El pesimismo de Golding acerca de la condición humana está presente también en una de sus novelas menos conocidas, Los herederos (Minotauro, Buenos Aires, 1968), que también relata, como la vasta saga de Jean Auel, el encuentro entre una tribu de neardenthales y una de sapiens. La tribu más primitiva, transportando una brasa entre sus ropas, se mueve hacia un terreno de caza más favorable; cuando lo descubren, está ocupado por una especie nueva a la que espían con cautela y asombro ante su extraño comportamiento. La catástrofe se precipita rápidamente: los sapiens, sin atender siquiera a su posible condición de primos en el árbol evolutivo, desplazan a los neardenthales no mediante las artes de la guerra, sino simplemente mediante su mayor dominio del ambiente en que viven. Golding apunta aquí a la presunta naturaleza agresiva del homo sapiens, cuestión a la que han echado mano diversos filósofos y teóricos de la guerra para justificarla. La tesis es discutible incluso desde la paleoantropología, como veremos mas adelante.
Pero volviendo a la novela, la reconstrucción de época, por así decirlo, es brillante. Casi todo el libro esta narrado desde la óptica de los neardenthales, es decir, con un punto de vista voluntariamente reducido al abanico de percepciones, reflexiones y acciones de un tipo humano más primitivo, que manifiesta su extrañeza ante el comportamiento incomprensible, desaprensivo y juguetón de la tribu más avanzada. Sólo en el capitulo final, cuando el inevitable curso de los hechos ya se ha cumplido, la óptica cambia de dirección, dando cuenta también de la extrañeza de los sapiens ante sus peludos y atemorizantes visitantes. La razón de su desplazamiento y virtual pérdida de todas las oportunidades de supervivencia no está dada entonces por percibirlos como una amenaza, sino, simplemente, como unos seres extraños. En esta novela, todo lo que escamotea Auel esta recuperado y desarrollado. Es más, se trata precisamente de eso, de la imposibilidad del contacto entre unos y otros.
Golding volvió sobre la prehistoria en otro texto, más lúdico y menos sombrío, Clonc clonc, una de las tres historias breves contenidas en El dios escorpión. Estamos de lleno en la era del homo sapiens, pero muy atrás en la prehistoria, cuando el matriarcado era la institución dominante. Las mujeres, en este cuento largo o novela corta, son las que organizan y dirigen la vida de la comunidad. El hombre sigue siendo el cazador, pero de una manera que se asemeja mucho más al juego de niños grandes que al papel del padre proveedor. Ritos ceremoniales, lugares tabú, conflictos personales, todo ello se da en el espacio femenino; en el masculino, los cazadores, con nombres tan ambiguos como Rinoceronte en Celo, Dulce Pájaro o Luciérnaga, intentan hacerse responsables mediante la captura de una buena pieza de caza.
Golding quizá lleva muy lejos esta hipótesis antropológica. A fin de cuentas, su caricatura prehistórica del cazador afeminado es tan reductora y simplista como la caricatura histórica de la mujer débil y tonta que ha dominado por siglos la imaginería masculina. Con todo, el mayor interés de la obra radica precisamente en su concepción del mundo femenino y en la audaz proposición de aunar tanto el necesario cuidado de los hijos, que liga firmemente a la mujer al hogar, con las funciones de conducción de la comunidad.

Paleo ficcion humorística

Crónica del pleistoceno (o lo que no dijo Engels en El origen de la familia y el Estado) es el título de una de las novelas más curiosas de este reducido ámbito de la ficción. Roy Lewis, periodista y novelista a ratos, la publicó por primera vez a comienzos de los años sesenta. Desde entonces, con diferentes títulos (“El hombre de la evolución”, “Había una vez una era glacial” y “Lo que le hicimos a papá”), ha circulado por diversas editoriales y colecciones, a veces bajo el rubro de la ciencia ficción. En español la publicó en 1994 Anaya y Mario Muchnik (una editorial que tenía el buen gusto de ofrecer un catálogo bastante ajeno a las modas y tendencias del día, y que, quizá por lo mismo, desapareció recientemente del mercado). Esta editorial también le publicó La verdadera historia del ultimo rey socialista, otra vuelta de tuerca a la historia escrita bajo el supuesto de que el socialismo triunfó en la revolución de 1848.
La novela se sitúa en algún momento del pleistoceno, es decir, entre 500 mil y 10 mil años atrás. Los protagonistas son homínidos que en una sola generación llevan a cabo un recorrido que a la especie humana le llevó millones de años: desde los árboles al bipedismo, desde el bipedismo al control del fuego, desde el control del fuego hasta la caza con lanzas y trampas, la cocción de los alimentos, los matrimonios exógenos, la manifestación artística, la domesticación de los animales y las modernas formas de subversión y gobierno. Todo ello con un humor desbordante, expresado sobre todo en la figura del padre, Eduardo, un visionario que sabe exactamente cual es el contenido de la condición humana y se esfuerza lo indecible para arrastrar a su tribu hasta lograr esas conductas, y de su hermano Vanya, decidido a continuar en la copa de los árboles porque, según afirma, el progreso atenta contra las leyes de la naturaleza.
El famoso bioquímico francés Jacques Monod la leyó y señaló a su autor que había un par de errores, pero que no había parado de reírse desde la primera hasta la última página. Puede ser un poco exagerado, sobre todo considerando que muchos de los chistes tienen pleno sentido sólo para un antropólogo. De todas maneras, es un insólito y brillante intento de desmitificación del tema, que se burla desconsideradamente de las ideologías fundadas en el derecho natural o en la inmutabilidad de la naturaleza humana.

La aventura científica

Y, si a principios de los sesenta un antropólogo podía señalar dos o tres errores, a comienzos de los noventa podría señalar muchísimos más. Es lo que se desprende de la lectura de “Nuestros orígenes” (Critica, Barcelona, 1994), del paleoantropólogo Richard Leakey, uno de los mas eminentes y conocidos especialistas en el pasado remoto del hombre. Leakey, con la colaboración, para los efectos de la escritura, de Roger Lewin, ofrece un texto que sigue la tradición de los libros de viajes, exploraciones y aventuras, género que fue especialmente prolífico durante el siglo pasado y la primera mitad de este, cuando vastos territorios del globo permanecían inexplorados para la cultura occidental dominante.
Leakey se inspira en esta tradición para dar cuenta de la ampliación de otra frontera, la del conocimiento acerca de nuestros antepasados remotos. Uno de sus más famosos descubrimientos, el de un adolescente de un millón y medio de años de antigüedad, cuyo esqueleto fue hallado casi completo en las márgenes del lago Turkana (en territorio de Kenya, África), es el hilo que guía la narración.
El joven Turkana -conocido así familiarmente en los anales de la antropología- emergió del pasado en 1982. Lo más espectacular del descubrimiento fue que se trató de prácticamente todo el esqueleto, excepto las manos y los pies. Normalmente, los hallazgos fósiles se limitan a fragmentos, preferentemente del cráneo. Poder disponer de casi todo el cuerpo permitió espectaculares avances en la investigación de la morfología y del ciclo vital de este antepasado del hombre, conocido genéricamente como homo habilis, así como la revisión de buena parte de la teoría acerca de nuestros orígenes.
Sería demasiado largo dar cuenta de los principales temas en discusión. Para los efectos de este artículo, basta señalar que el libro de Leakey se lee como una apasionante novela. Sólo en aislados fragmentos, y llevado por la pasión, Leakey se sumerge demasiado en los detalles para confrontar su opinión con la de otros antropólogos, tornando la lectura más lenta. Pero generalmente el texto fluye con rapidez y amenidad, avanzando incluso en argumentos acerca de la condición humana que podrían desprenderse de la evidencia fósil (apoyada por modernísimas técnicas y avances de la biología, así como por herramientas de uso insólito en este contexto, como el scanner).
Y ya que estamos en ello, digamos que Leakey discute esencialmente la noción de la violencia intrínseca a la condición humana, tesis con la que se pretende avalar antropológicamente los impulsos agresivos y el enfrentamiento de comunidades humanas a través de la guerra. Según Leakey, el recurso de la violencia sólo comenzó en el momento en que el hombre se hizo sedentario y debió defender sus territorios (como habría dicho Marx, cuando el hombre se adjudicó un bien como propiedad privada). No hay evidencia de que el cazador-recolector, que dominó la historia del hombre durante millones de años, agrediera a sus semejantes y disputara violentamente por la supremacía territorial (aunque, como el mismo Leakey recuerda, la ausencia de evidencia no indica necesariamente la evidencia de ausencia). Pero Leakey, obviamente, enlaza más con Rousseau y su teoría del buen salvaje que con Golding y su tesis del control social como el factor aglutinante de la civilización. Para él, la descripción de los sapiens como “Rambos africanos, matones, expandiéndose por toda Europa y Asia”, debida a su colega Milford Wolpoff, es a lo menos injusta y carente de evidencia; por el contrario, Leakey no cree que “la violencia sea una característica innata del género humano, sino meramente una adaptación desafortunada a una circunstancias determinadas”. El tema es ampliamente debatible, por cierto, pero esta postura y su fundamentación en el texto es un claro desmentido a los belicistas de todo tiempo y lugar.

La Eva africana

Sólo para invitar a la lectura del ameno texto de Leakey, vale la pena decir que uno de los capítulos esta dedicado a la discusión y el análisis de dos tesis contrapuestas sobre el origen del homo sapiens. Una es la de la Eva africana, que señala que el nacimiento del hombre actual se produjo en una zona específica de ese continente. Ello significa, nada más y nada menos, que hubo una primera y única radiación de seres humanos como nosotros. Es, por otra parte, la teoría que Leakey suscribe. Desde ese punto habría comenzado la expansión del sapiens hacia otros territorios, ocupando, en el lapso de cien mil años, toda la superficie del globo.
La segunda postula que el nacimiento del sapiens se produjo en una numerosa serie de puntos, como si la tendencia de la evolución hacia un tipo humano mas avanzado fuera tan poderosa que brotó casi simultáneamente en África, Asia y Europa. Ello explicaría, con relativa comodidad, la aparición de diferentes razas en el mundo. Sin embargo, hasta el momento, la evidencia disponible no es concluyente para afianzar una u otra teoría; pero los argumentos de Leakey en favor de la Eva africana (o, para ser más precisos, a favor de una comunidad de primeros sapiens) son convincentes y desde luego, abren un interesante espacio para la imaginación de los escritores que deseen fabular sobre este tema: en un olvidado rincón de África…

¿Sapiens vs. Neardenthal?¿Se encontraron alguna vez los sapiens y los neardenthales? Es muy probable, puesto que ambas especies coexistieron durante decenas de miles de años; pero, ¿tuvieron un intercambio entre sí? Es bastante menos probable, por las radicales diferencias entre unos y otros. El neardenthal no solo tenía un cerebro de menor tamaño, sino también un aspecto muy diferente, más similar al de los grandes simios que al del hombre. Pero vayamos a algunos hechos concretos.
Los únicos datos que hasta ahora confirman el posible contacto entre ambos tipos de hombre radican en los hallazgos arqueológicos de la cultura chalterperroniense, que revelan el uso de herramientas propias de los sapiens por parte de los neardenthales. Según los antropólogos, los intercambios tribales se fundaban básicamente en el intercambio de mujeres por otro tipo de bienes, ya sea tecnológicos o alimentarios, sobre la base de la necesidad de prolongar la especie mediante la incorporación de individuos ajenos al grupo. El matrimonio exógeno era una necesidad de supervivencia para grupos reducidos que enfrentaban enormes y constantes amenazas, lo que, de paso, abre una interesante perspectiva sobre el tabú del incesto. De acuerdo a los estudiosos del tema, la hipótesis de que ello pueda haber ocurrido entre tribus de distinto género es extremadamente remota, dadas las radicales diferencias físicas y de inteligencia entre neardenthales y sapiens. El intercambio, sostienen, tiene que haber sido el de un bien por otro, o bien la apropiación de una técnica por la vía de la observación del uso.
Son muchos los factores que apoyan esta hipótesis. El de más peso es que en los territorios en donde se han encontrado huellas de ambos grupos –Israel y diversas zonas europeas-, no hay indicio alguno del posible encuentro. De ahí que la cultura chalterperroniense sea uno de los grandes misterios de la antropología, así como una demostración más de que la excepción confirma la regla.
Tampoco hay indicios de que la extinción de los neardenthales se deba a la agresión armada de los sapiens. Hay que recordar que estamos hablando de periodos de tiempo de vasta extensión, de decenas de miles de años. Leakey cita al antropólogo Ezra Zubrow, quien sostiene que, para tales periodos, la simple aplicación de variables estadísticas entrega la evidencia más razonable: el índice de crecimiento demográfico del homo sapiens era levemente superior al del hombre de neardenthal. Esa pequeña diferencia basta para explicar la desaparición de los segundos. Salvo la citada cultura, no hay indicios ni de la confraternidad ni del enfrentamiento. Las tribus, si llegaron a compartir un territorio de caza, no tuvieron que luchar por su dominio. Simplemente ignoraron a los extraños. Y los que llegaron después -gracias a sus mayores capacidades intelectuales, que les ofrecían claras ventajas en la captura del alimento y en las tácticas de sobrevivencia- tenían un índice de crecimiento demográfico levemente mayor.

Archivado en: Articulos, Rodrigo Pinto, TauZero #03 | Tags: | noviembre 1, 2003

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