Padme: Mujer de Verdad

por Armando Rosselot

¿Que puedo decir de La Venganza del Sith que ya no se haya dicho? La verdad, que sí me gusto y más que por su despliegue de efectos y batallas espaciales de space opera fue la incorporación de un elemento muy importante en el cine y que hasta ahora esta saga no la había demostrado (sólo un poco en el Episodio V, que no fue precisamente dirigida por George Lucas) que es internarse un poco en el alma de los personajes, y al ser la más oscura de la nueva trilogía ayudó en ese cometido, esto indudablemente me pareció un gran acierto de Lucas para revindicarse aunque sea un poco. También disfruté al ver como cerró las dos trilogías inteligentemente uniéndolas esta vez en torno a la figura de Darth Vader, y no precisamente de los Jedis.

Pero lo que más me llamó la atención de esta entrega es la figura de Padmé Amidala interpretada por la hermosa Natalie Portman, por primera vez en lo que a mí respecta en esta saga, veo a una mujer de verdad, de carne y hueso, deseada, en conflicto y sufriendo (no tomo en cuenta a Leia en El Imperio Contraataca, ya que nunca me ha gustado mucho como actriz Carrie Fisher) se me hizo el único personaje REAL de la historia, sin quitarle méritos a algunos otros, aunque Christenssen estuvo muy bien en la parte final de la película. Para mí la mejor de las seis no sólo por su despliegue de efectos especiales, personajes e historia, y obviando los típicos errores de continuidad y guión de esta saga, sino porque me hizo soñar una vez más al igual que aquella muy pero muy lejana navidad de 1977 y eso, no tiene precio.

por Armando Rosselot

Lucas y la ansiedad de la influencia

por Sergio Alejandro Amira

La Guerra de las Galaxias o Una nueva esperanza (A New Hope) se estrenó el 25 de mayo de 1977 en los EE.UU., no tengo idea cuanto tardó en llegar a Chile ya que en aquél tiempo las películas se tomaban su buen tiempo en ser estrenadas por estos lares (hoy en día pareciera que eso sólo ocurre con la filmografía de David Lynch), pero creo haber contado con seis años cuando la vi por vez primera en el cine junto a mi abuelo. A continuación mis recuerdos entran en una nebulosa hasta 1980 y el estreno del Imperio Contraataca, junto al cual llegaron los anhelados juguetes. Recuerdo muy bien un helado de Savory llamado Láser junto al que te daban un sobre con láminas de los personajes para pegar en un póster y si te salía una premiada te ganabas el Halcón Milenario, un At-At o un Alas-X. Comenzó así mi compulsiva exigencia a mis padres por que me compraran las action-figures de Star Wars, lo que se prolongó hasta El Regreso del Jedi.

Cómo las figuras del primer episodio no llegaron nunca a Chile me sentía frustrado al no poder adquirir varias de las que aparecían al reverso de las cajas, sobretodo las de los alienígenas de la cantina de Mos Eisley como Hammer-Head. Con el tiempo llegué a poseer prácticamente toda la colección de action-figures tanto del Episodio V como el VII incluyendo el Slave-1, la nave de Bobba Fett y su Han Solo congelado en carbonita. Recuerdo que mi figura favorita era la del Almirante Ackbar, y lo mucho que me frustré cuando un “amigo” hurtó la insignificante vara que tenía por todo accesorio el Calamari (después recuperé el adminículo, luego que varios niños fuimos a protestar frente a la casa de éste ladrón de juguetes).

Conservé mi colección de Star Wars hasta los doce, cuando la vendí con todo y nave de Bobba Fett a un compañero de curso. ¿Qué hice con ese dinero? La verdad es que no lo recuerdo pero no debe haber sido nada que pudiese equiparar la pérdida de esa colección.

Para cuando tenía 13 años olvidé a Star Wars por completo.

Luego vinieron un par de olvidables películas protagonizadas por los ewoks que me vi obligado a ver por culpa de mi hermana menor, el vergonzoso especial navideño que vi por la tele y supe de la existencia de una serie de dibujos animados protagonizada por los peluches de la Luna de Endor y otra por C3P-O y R2D2, pese a que nunca seguí ninguna parecían del todo infantiles y olvidables (en esa época me parece que alucinaba con las aventuras del Agente Cobra y las voluptuosas figuras de Sabrina y Samantha Fox que cantaba Touch, touch me, I wanna feel your body).

Corte a: 1997, creo, y la reedición de la Trilogía original como preámbulo para La Amenaza Fantasma estrenada en mayo de 1999. Se reactiva mi interés por Star Wars justo cuando ingreso al Magíster en Artes Visuales de la Universidad de Chile, para el curso de Metodología de simbolización Social escribo un paper donde menciono a Han Solo, Chewbacca y el Halcón Milenario, obtengo la calificación más alta (gracias, Federico).

Voy al estreno de La Amenaza Fantasma junto a gran parte de mi familia y salgo tan o más decepcionado como ellos (incluyendo a mi hermano menor que nada sabía de los episodios anteriores). La verdad es que más que decepcionado salí enfurecido, ¡cómo podía Lucas hacernos esto a los fans! Bueno, técnicamente yo no era un fan, pero me sentía igual de decepcionado (¿o acaso los fans no se defraudaron? La verdad es que nunca conocí alguno).

Sin lugar a dudas lo más defraudante de la película fue que no lograra brindarnos ni un solo personaje memorable como la primera, un lenguaraz y forzadamente amistoso Jar Jar Binks no le llegaba ni a los talones al gran Chewbacca, dotado de menos locuacidad pero de mucha más “presencia escénica” por decir lo menos. Y si de hablar poco se trata, Darth Maul se llevó el premio como un pobre sucedáneo de Vader por más sable-láser doble más piruetas que desplegara. Otro personaje que al igual que el anfibio Gungan había sido forzado hasta los límites del ridículo en su caracterización, si solo le faltó una cola terminada en flecha y las patas de chivo al oscuro Sith para ser la personificación más cliché de Satán. ¿Y que es eso que Darth Vader construyó a C3-PO? ¡Por favor, Lucas, está bien que quieras atar cabos pero ésta no es la forma! También me defraudó Yoda ya que el títere se veía más falso que el de El Imperio Contrataca y, además, le agregaron unas estúpidas patillas. Lo único memorable además de volver a encontrarme con Natalie Portman tras esa película con Jean Reno donde veía a los Dinobots en la tele fue el personaje del Senador Palpatine, que alguna gente cercana a mí (muy para mi sorpresa) nunca sospechó que era Darth Sidious. El actor escocés Ian McDiarmid logró dotar al Emperador en El Regreso del Jedi de una maldad que hacía que Vader pareciera un cachorrito y considero memorable y digno de aplaudir su desempeño en la nueva trilogía, tanto en su rol de benévolo canciller Palpatine como en el del oscuro Darth Sidious. Aunque no lo crean para mí fue más emocionante ver a McDiarmid convertirse por fin 100% en el Emperador que a Hayden Como-se-llame en un Darth Vader tan escuálido comparado al de David Prowse como resultó ser Chewacca al lado de los corpulentos wookies (aunque me agrada el pensar que Chewie fuese un debilucho enclenque de su raza, eso explicaría porqué andaba de mascota del perdedor nº1 de la galaxia –pero que al final se queda con la princesa, sí).

Con un precedente tan malo no es de extrañarse que El Ataque de los Clones me haya gustado tanto, lo extraño es que con el tiempo y a medida que veía una y otra vez La Amenaza Fantasma por el cable cada vez me desagradaba menos (incluso llegué a saltar de emoción cuando vi a dos ETs en el senado de la república por vez primera).

Ahora bien, como ya he confesado nunca me documenté de material anexo a las películas mismas, a excepción de las novelizaciones de la trilogía original que leí a partir de los 11 años, las cuales no estoy seguro a cargo de quien estuvieron pero que aportaban algunos datos extras que a la larga resultarían incoherentes (recuerdo muy bien cómo en la novela del Episodio IV se decía que Jabba había perdido el cabello a raíz de una “mezcolanza de enfermedades”), por lo que no se cuanto de ese enorme universo repartido entre novelas, cómics y videojuegos tomó en cuenta Lucas para la precuela (según Juan Carlos Sánchez, nada). Hablo por lo tanto desde mi ignorancia de no-fan pero sí desde el sentido común.

En El Ataque de los Clones me pareció genial la idea que los aludidos clones fueran los stormtroopers. Que el ejército de la república estuviese compuesto de clones de Jango Fett y que Bobba, a su vez, fuese un clon de éste, me pareció un tanto ilógico. ¿No podrían los estilizados y tecnológicamente superiores Kaminoanos crear un humano perfecto como el Adam Kádmon hebreo en vez de hacer duplicados del maorí Temuera Morrison?

Y si bien me encantan las criaturas alienígenas, ¿no era la escena del coliseo romano una especie de intento por sacar partido al resucitado género “peplum” traído a nosotros por Riddley Scott? (a quien parece la cf ha perdido para siempre, por lo demás).

Y sí, eso de Conde Dooku para el actor más recordado por interpretar al Conde Drácula después de Bela Lugosi me pareció más que un homenaje una obviedad tan sosa como el cura Tomas Aquinas de esa impresentable película donde Schwarzenneger harto de Depredadores y Terminators lucha contra Satán.

Lo mejor lejos: Yoda luchando con sable láser aunque se asemejara más bien al Zooboomafu en esteroides.

Y llegamos finalmente a La Venganza del Sith. Luis Saavedra se consiguió la adaptación al cómic de la película y tras una breve ojeada me dije a mi mismo “si éste cómic es sólo un resumen de la película va a ser la mejor de las seis”.

Tras verla puedo asegurar que al menos, es la mejor después de El Imperio Contraataca, mucho más sutil que éste espectáculo de pirotecnia e incluso gore.
Estoy de acuerdo con todo lo que elocuentemente expone Juan Carlos en el primer artículo de éste especial. Sobretodo en lo que se refiere a la “compasión” y el “amor” en los Jedis. …la idea de controlar la emotividad se contradice en numerosas ocasiones como en la primera parte con el furioso ataque de Obi Wan a Darth Maul luego que éste matara a su maestro… O como en la primera vez que vemos ser usado un sable láser en la cantina de Mos Eisley. De acuerdo, el doctorcillo ese y su amigo cara-de-morsa estaban molestando bastante a Luke, Obi Wan amablemente les pidió que desistieran, pero en vez de un comando psíquico (como el dado a los stormtroppers minutos antes) o uno de esos golpes telekinéticos con la palma abierta el viejo Obi Wan opta por su espada para mutilar a los malosos, supongo que principalmente para advertirles a los demás alienígenas que no se metan con ellos, aunque a nadie parece importarle mucho de cualquier forma.

La pregunta es ¿Era necesaria tanta brutalidad? Claro que sí, para que viéramos que el vejete era cool y que la espada podía servir como algo más que una linterna, pero en términos argumentales, no se justifica como no se justifica nada de lo que compone la filosofía pseudo New Age de los Jedis.

Hay una escena entre Yoda, el insoportable Mace Windu y Obi Wan donde se habla de la profecía aquella del “elegido” que supuestamente sería Anakin, “el que traería equilibrio a la Fuerza”. “Una profecía mal interpretada podría ser” dice Yoda y puede que sí, desde el punto de vista de los Jedis, pero no del mío a menos y disculpen el egocentrismo pero sólo puedo hacerme cargo de mis palabras.

Anakin efectivamente trajo aquel anhelado balance a la Fuerza, exterminando a la absurda orden Jedi en el Episodio III y a los Sith (con la ayuda de Luke) en el Episodio VI. Ese era el equilibrio que se necesitaba, que tanto Jedis como Sith se desvanecieran para siempre. Estoy seguro que no es así en los cientos de novelas y cómics posteriores a El Regreso del Jedi, pero confío en que Luke no fundó ninguna academia Jedi tras la muerte de su padre o que si efectivamente lo hizo, se trató de una nueva orden que combinaba lo mejor de ambas escuelas que según las propias palabra de Palpatine “no se diferenciaban prácticamente en nada la una de la otra”.

Antes de concluir debo quebrar una lanza por Luke. Jorge Baradit asegura que aquellos que …en el futuro vean la saga en orden no van a entender muy bien por qué a partir del capítulo IV se le dan tantos minutos en pantalla a ese pendejo rubio medio gil, cuando lo realmente interesante está detrás de esa máscara negra. Cabe notar que el pendejo rubio medio gil no tuvo un entrenamiento formal de Jedi en una Academia como su padre (¡que ya era considerado viejo para ser un padawan a los seis años!). Luke comenzó a entrenarse tardíamente, a la muy avanzada edad de 18 años que es lo que supongo el personaje tenía al momento de encontrarse con Obi Wan. ¿Y cuanto lo entrenó Obi Wan? Lo que toma el viaje en Halcón Milenario a la velocidad de la luz desde Tatooine hasta Alderan. Antes de partir a Dagobah a entrenar con Yoda suponemos que Luke ha sido un autodidacta, luego, cuando Yoda deja de hacerse el payaso cuanto tiempo lo entrena, ¿una semana? Y eso sería todo hasta que Luke aparece en el Palacio de Jabba demandando se le entregue a su amigo Han. ¿Se imaginan lo que éste “pendejo rubio” habría logrado con un entrenamiento Jedi formal? Y no dejemos de lado que acometió la mayor hazaña de todas, no cayó en el lado oscuro y venció al Jedi y Sith más poderoso de todos y más aún, como bien dice Jorge, lo redimió. Porque Anakin en esos últimos minutos de vida se ha arrepentido del camino doloroso al que fue empujado por los incompetentes Jedis y el astuto Emperador, y guste o no, desde un prisma cristiano y pese a ser el responsable de la muerte de miles y millones (incluyendo los pequeños padawans del templo y los hijos y mujeres de los moradores de las arenas) el “maligno” Darth Vader se arrepiente y todos sus pecados son perdonados al punto que se sitúa a la derecha en aquella Santa Trinidad Jedi compuesta por el Padre (Yoda), el Hijo (Anakin) y el Espíritu Santo (Obi Wan). Después de toda esa amalgama mitológica (que se comprende aún mejor tras leer El héroe de los mil rostros de Joseph Campbell), Lucas termina con una referencia cristiana que también sitúa al principio de la hexalogía al señalar que Anakin ha sido concebido por los midiclorianos que son la fuerza misma o el “dios” de este aparente universo ateo.

Por último cabe agregar que no encuentro necesariamente negativo el basarse, copiar, inspirarse, homenajear o dejarse seducir por eso que Harold Bloom denominó la “ansiedad de la influencia” (claro ejemplo de ello es el general Grievous, sospechosamente similar al Alcaudón de Dan Simmons y al Hierofante del juego House of the Dead 2 a un mismo tiempo), lo que importa es que de aquello emerja algo que pese a todo tenga un sello propio y cierta honestidad y coherencia, algo que la nueva trilogía de Star Wars, pese a sus muchos aciertos, no posee. De todas maneras me quedo con Las Guerras Clones de Tartakovsky.

por Sergio Alejandro Amira

Es genial pero… no la entiendo

Rodrigo Mundaca Contreras

Me gustó la película. Visualmente impecable, argumentalmente coherente. Completa la cadena con el eslabón más importante en la historia. Esa misma que se inició hace casi tres décadas y que de facto impuso un nuevo paradigma en la historia del cine de ciencia ficción.

Los fanáticos están dispensados para dedicarme sus más ponzoñosos epítetos cuando les diga que puedo resumir Star Wars en pocas frases. Podría decir, por ejemplo, que la segunda trilogía es la historia del descubrimiento de un héroe destinado a destruir la Maldad, la aventura que vive conforme va madurando y adquiriendo nuevas habilidades necesarias para su misión, y el enfrentamiento y ulterior triunfo sobre la Maldad.

La primera trilogía está centrada evidentemente en otro héroe, pero esta vez marcado con un sino desfavorable que lo lleva, finalmente, a convertirse en la Maldad, contra lo cual el héroe de la segunda trilogía debe enfrentarse. La motivación principal que impulsa a este héroe/antihéroe y que lo lleva a la perdición es lo que motiva a todo ser humano en algún momento de su vida: amor erótico y ansias de crecimiento personal/profesional.

Obviamente la película me entretuvo muchísimo. ¿Y a quién no? Ver todas esas naves espaciales disparando, esquivando, luchando, huyendo y destruyendo con un nivel de efectos especiales tal, que sencillamente uno se olvida que todo esas imágenes no tienen mayor realidad que la de un algoritmo computando soluciones (*).

Al cine fui con dos amigos. Uno de ellos a su vez fue con uno de sus hijos, de unos diez años de edad. Cuando las grandes y amarillas letras STAR WARS comenzaron a subir por la pantalla, uno de ellos me dio un pellizco en el brazo. Parecía no creer estar presenciando el capítulo final de una historia que, para él, había comenzado a la edad del crío de diez años que estaba sentado un poco más allá.

Yo, a mi vez, estaba impactado, pero lamentablemente no en la intensidad de mis amigos, ni tampoco por la mismas razones. Ellos, si se me permite la imbecilidad (**), “crecieron con Star Wars”, e imagino que poner punto final a esta historia, después de tanto tiempo, algún tipo de significado debía tener.

Como decía, yo estaba impactado, pero básicamente por la música y la vertiginosidad de la acción. Viendo esas imágenes era como transportarme a alguna de esas clásicas space ópera que tanto me gusta leer. Yo no crecí con Star Wars, y no vi las películas sino hasta cuando las estrenaron en la TV. Sólo me llamaba la atención aquel caballero oscuro de respirar dificultoso y, por supuesto, los sables láser.

Más de una vez he llegado a pensar que si bien existen millones de personas que van al cine a ver la saga, y rezan a sus respectivas divinidades pidiendo la buena salud de George Lucas, creo que la mayoría de ellas no entiende lo que está viendo. Creo que la mayoría no lee el texto que telonea cada película. Creo que la mayoría sólo recuerda la frase “yo soy tu padre” y que Harrison Ford aparece jovencito en las películas. Para decir esto me baso simplemente en mí mismo. No fue sino hasta hace poco tiempo que decidí entender la historia completa. Y aún ahora hay cabos que no he terminado de atar. El punto es que si yo, un ávido lector de ciencia ficción, apenas está enterado de la historia detrás del paradigma de la ciencia ficción parafernálica y multimillonaria, entonces la mayoría necesariamente debe tener un conocimiento aún menor. Todo esto, obviamente, no impide disfrutar del espectáculo que son las películas; del mismo modo que no es necesario entender por qué dos mujeres pelean en el barro: sólo importa el espectáculo y el placer visual.

por Rodrigo Mundaca Contreras

(*) De todas formas ¿quién conoce una definición satisfactoria de realidad?
(**) Nadie que sea saludable mentalmente crece con un show de TV.