Tres cosas que aprendí de Sergio Meier

por Luis Saavedra

Un caballero de perfecta sincronía.

Hay una escena en “Tempest”, una rara joya de los 1980’s que está libremente emparentada con “La Tempestad” de Shakespeare, donde John Cassavettes, solo ante la inmensidad del océano en una isla griega, invoca la tormenta. Tímidamente al principio, casi inaudible, le pregunta en dónde se esconde hasta que los nubarrones se adueñan del cielo y comienza a llover. La escena es una sincronía con el estado anímico del personaje, puro realismo mágico. Me imaginaba a Sergio haciendo lo mismo cuando Patricio Alfonso contaba cómo una vez lo recibió en su casa una noche con un eclipse total de Luna, eso estaba en su estilo. Primero, preparar el velo; segundo, esperar el momento que el satélite asomara la cara; tercero, dejar caer la trampa. Ver cómo Luna se eclipsa.

Y lo volvió a hacer en el día de su funeral, en ese día tan helado y ventoso, subiendo la cuesta hacia el cementerio de Quillota. Desde arriba se domina toda la ciudad y se ve abajo serpenteando el que supongo es el río Aconcagua. Los árboles se arqueaban ante las ráfagas y hacía un frío que calaba, el perfecto escenario para una película de la Hammer. No sé cómo lo hacía, pero ese sentido de la puesta en escena se reflejaba en él, en su vestir, en su pensar, mantener siempre la estatura de la circunstancia. Así aprendí que su elegancia no era solo un tema estético sino un principio a contracorriente con la época, una forma de rebeldía. ¿Quién convocará ahora las nuevas tormentas? Aunque juguemos a tender trampas a la Luna, solo habrá uno que lo pudo hacer. Sergio Meier era un caballero en perfecta sincronía consigo mismo y el orden cósmico le daba toda la razón y lo acompañaba. Continúa leyendo Tres cosas que aprendí de Sergio Meier

A las puertas de Golgonooza, Sergio Meier habla con Aurelius Cabdeguur

por Cristián Arregui Berger

Hay un tiempo y un lugar donde la derrota no existe, Cabdeguur
hay zonas de nuestra mente que se abren y despiertan, más allá
de los laberintos de citas que repiten estas nostalgias y alegrías.
Son apenas la postrera imagen de otra imagen, nacida en luz
antes de cualquier dilatación. Esas penumbras más brillantes que el sol.
Hay un tiempo y un lugar donde la muerte no existe, Cabdeguur
Si podemos imaginarlo, entonces ES. Pero esa gnosis no se alcanza
con siniestros cálculos ni bienhechoras esperanzas.
La múltiple planicie sin planicie de la mente, la cuarta dimensión del deseo
los sephirot y las precisas notas que cada runa entona y enciende
en el oscuro concierto que somos. El bien total y absoluto, sin mancha
y el mal que nuestra sobrevivencia crea, como escoria. Hay matrices, Cabdeguur
que no vemos y que acaso sean alcanzables con fórmulas y sueños.
Exactitudes que deben buscarse e inventarse cada vez. Algo muta
desde el más allá y en el más adentro. Tú no eres tú, ni yo soy yo.
Somos una lejana inscripción en el Universo – en su Origen
y una expansión de onda que partió hace milenios.
Mira: las frutas ya están maduras, el té servido. Bebámoslo antes que el frío cumpla
con su programación y lo enfríe. Antes de que la cuenta regresiva del fruto
avance hasta un punto en que éste pierda su plenitud y gusto.
Mírame, Cabdeguur ¿por qué desesperar? La enfermedad que me aqueja
cumple también la lógica de su propio programa. Lejanos son los tiempos
en que el hombre persiguió el supremo bien y la estoica elegancia.
Te lo diré así: Dios es algo muy distinto a lo que las religiones han querido.
Pero aquí estamos y aquí debes luchar, descubrir cuál es el Enemigo verdadero
y cómo lograr la secreta conjunción de los opuestos, entrar
en el tabernáculo donde el rabbi y el ariya se reúnen.
Más allá de las fronteras del siglo, Cabdeguur, en el umbral
de una Era que casi no existe. Tanto es su futuro acumulado
tanta su expectación y profecía. Es el Juego de la Mónada por conocerse.
Somos otros y los mismos a la vez, en tiempos y espacios paralelos.
Tan cerca, Cabdeguur, que casi logro escuchar sus voces y vivir sus pasos.
No soy yo este cuerpo delgado y cansado que desea.
Nos han despojado de todo el Recuerdo; quizá la ciencia pueda retornarlo
siguiendo las sendas de la fantasía y del poema.
Cabdeguur, es tarde, es temprano. Ya es hora que me dejes. Sal tranquilo.
Afuera está Silvita y ella te abrirá la puerta. Pero escucha antes un momento –
en el jardín conversan las mujeres. Sus palabras parecen tan fugaces y bellas
como si el agua pasara de un cántaro a otro, y algo nos dijera
que están a punto de romperse. No te preocupes, no tengo frío.
Me he acercado al fuego sólo por costumbre. Ahora subiré a mi cuarto.
Que tengas un buen viaje, debo irme.
El Universo es completamente blanco ya.

© 2010, Cristián Arregui Berger.

Vida y muerte de Sergio Meier

por Karlés Llord

En el origen de un hipotético ‘canon oculto’ de la literatura chilena, veo a una monja, Ursula Suarez, llevada por la alucinación de escribir, en un ambiente inquisitorial y jesuítico. En el epígrafe Materialidad de la confección, de su prólogo a la Relación Autobiográfica de sor Ursula, Mario Ferreccio Podesta explica cómo “Ursula relata su vida a instancias de confesor y con los recados de escribir -papel, pluma, tinta- que éste le proporciona. El papel se le entrega en la forma de hojas de formato aproximadamente de oficio, usualmente en número de cuatro y plegadas, constituyendo así cuadernillos de ocho hojas y dieciséis páginas. Agotado el papel de que disponía, éste era retirado por el confesor y se le suministraba nuevo material. Tal ritmo de avance llega a hacerse tan determinante de la redacción, que el cuadernillo pasa a convertirse en unidad de medida interna de la materia narrada.” Asimismo, al parecer la libertad de expresión de sor Ursula quedaba restringida en más de un sentido. “Ursula da clara seña de no tener delante en su poder los cuadernillos ya escritos, como cuando manifiesta no estar segura de si el paso que se propone relatar ya está narrado. ‘Paréseme que esto no está en los otros cuadernos’; de haberlos tenido delante, bien hubiera podido verificarlo para no arriesgarse a repetir lo ya dicho.” El confesor, al parecer, guardaba los papeles ya escritos, con celo digno de personaje en situación kafkiana, donde la parte es más importante que el todo, y no solo es más importante, sino que impone primacía tiránica sobre el todo desinflado y descontextualizado. Y así el confesor, el albacea, adquiere un rango infinitamente superior al autor, cuyo rol se reduce al de ser un esclavizado transcriptor al servicio de un poder parasitario, cuya autoridad moral se impone por el don de la humillación, consagrado institucionalmente. En el estudio preliminar de Armando de Ramón, descubrimos que sor Ursula, a lo largo de sus escritos, ‘juró e insistió que había sido forzada a escribir la Relación de las singulares misericordias por orden de su confesor. Así lo dijo en el título con que encabezó su relato y así lo reiteró en diversas partes del texto manifestando su repugnancia a escribir y confesando que debió luchar tenazmente consigo misma para obligarse a revelar los sucesos de su vida…” Continúa leyendo Vida y muerte de Sergio Meier

El multidimensional y eterno Sergio Meier

por Rafael Cheuquelaf

No quiero hablar aquí de quien fue Sergio Meier ni de lo que hizo. Eso es algo sabido por mucha gente, que lo conoció tanto a través de su persona como leyendo los productos de su audaz imaginación de escritor. Tampoco es mi intención lamentar aquí su ausencia, sentimiento que comparto con muchos y del cual no me atrevo siquiera a intentar ser portavoz. Pero me permitiré imaginar (o simplemente desear ver) en que podría ocupado ahora.

Cierro los ojos. Y lo veo:

Deslizándose a través de las eras. Sentado entre los alumnos de Pitágoras, mirando como el Maestro dibuja su Teorema en la arena. Buscando un manuscrito en la Biblioteca de Alejandría con la ayuda de Hipatia. Jugando ajedrez con un filósofo árabe que se mueve como autómata. Sosteniendo en sus manos La Piedra Filosofal y discutiendo con Nicolás Flamel acerca de sus reales propiedades. Ocultando en su vieja casona de Quillota libros prohibidos, destinados al fuego por el Index de la Inquisición. Recibiendo junto Borges el fulgor hipnótico del Aleph en un sótano porteño.

Navegando por los océanos estelares que separan y unen los universos, a bordo de una nave dorada con un mascarón de proa que tiene el rostro de la mujer que amó. Trazando su ruta con el compás del Tiempo y el sextante del Espacio.

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Te conozco de algún lado

por Daniel Guajardo

Con Sergio no fuimos amigos. Alguna vez nos saludamos en un evento por aquí y por allá, en la presentación de Poliedro 2 y alguna feria del libro. Me dicen que cuando le hablaban de mí, se le venía a la mente otra persona. Y aunque esta distancia era evidente, mi anhelo era conocerle, escucharle, aprender de él. Tal vez encontrarlo algún día en otro evento del que no tuviera que salir corriendo, invitarle un café, hablar de cosas banales y en el proceso recibir algo de su sabiduría.

Porque Sergio Meier era un sabio amable y terrenal. Tantas veces oí hablar de él y sus charlas con otros amigos escritores, sus presentaciones en público, y podía ver en mis interlocutores ese brillo que se enciende cuando alguien de verdad apasionado te contagia con su fuego. Yo quería ser uno de ellos.

En la presentación de Poliedro 3 en noviembre de 2008 lo tuve frente a mí, no me salieron palabras, quería hacerle preguntas que no se formaban. Parecía cabro chico, sin soltarle la mano por varios segundos a ver si por lo menos se me pegaba algo de su elocuencia, y el pobre Sergio ahí sonriéndome, tratando de retirar su mano, “sáquenme a este loco”. Continúa leyendo Te conozco de algún lado

Constructor de mundos

por Alberto Rojas

La primera vez que me topé con Sergio Meier fue en octubre de 2007, en la Biblioteca de Santiago, una calurosa tarde de sábado, durante el ciclo de charlas titulado —precisamente— “Octubre Fantástico”.

En esa oportunidad nos presentamos y me sorprendió que él supiera quién era yo y qué habría escrito, porque ya habían transcurrido varios meses del lanzamiento de la reedición de mi primera novela, “La Lanza Rota”. Además, nunca antes nos habíamos encontrado frente a frente. Sin embargo, eso a él no le importó y nos pusimos a conversar como si nos hubiéramos conocido de toda una vida.

Sergio me pareció una persona muy cálida, cercana y atenta. Un hombre capaz de escuchar con atención lo que uno decía y demostrar su infinita curiosidad a través de preguntas oportunas y certeras.

De nuestra conversación también me quedó claro que además de escritor, era una persona extremadamente culta, llena de inquietudes y un claro devorador de libros; de esos que pertenecen a las ligas mayores.

Al momento de despedirnos, Sergio abrió el maletín que traía y me regaló un ejemplar de su libro, “La Segunda Enciclopedia de Tlön”, con una dedicatoria llena de sincero afecto. Continúa leyendo Constructor de mundos

El bromista en la galaxia

TAZA DE LECHE

Alguna foto

no de ahora

quillotana

de algún muerto enterrado

en el Cerro Mayaca

me alegra el almanaque

porque este muerto

está muerto

de la risa

por Patricio Alfonso

Me imagino que una nota de este tipo, si se refiriera a otra persona, empezaría con las palabras “va a hacer un año que se fue” o “por estos días hace un año que no está entre nosotros”. Pero ocurre que estamos hablando de Sergio Meier, es decir, de un bromista tan inveterado y absoluto – en su propio estilo, que no excluye sino más bien lo contrario la máxima pulcritud y corrección – que ni la muerte ha sido capaz de detenerlo. Es más; al parecer no ha hecho sino proporcionarle nuevos materiales para su lúdico quehacer. Prueba de ello es el texto, que no sé si llamar poema, que figura a manera de epígrafe al comienzo de estas líneas. Lo escribí cuando Sergio estaba vivo y nada me hacía suponer siquiera que pudiera encontrarse enfermo. Fue luego de un paseo de ambos al cementerio situado en las no tan altas alturas de Quillota, el mismo que ahora alberga su tumba. Sólo Sergio es (no voy a decir “fue”) capaz de hacer este tipo de bromas cósmicas, de coger la materia del universo y enlazar de este modo lo cósmico y lo cómico, que acausalmente en el papel difieren por sólo una letra, y también lo trágico ( En vida perpetraba jugarretas parecidas, como cuando programaba un eclipse para recibir a sus amigos).

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En memoria de Sergio Meier

por Patricio Robles

En una noche de primavera de 2008, a la hora de cenar con mi esposa después de una jornada de nuestro trabajo, tratando de sintonizar un canal de televisión que transmitiera algún programa relacionado con arte o cultura, me encontré con Cristián Warnken que en su programa Una belleza Nueva, entrevistaba a un personaje que nunca había visto antes. Usaba lentes, un chaleco corto sin mangas y un reloj de cadena que salía de su bolsillo. Parecía un escritor o intelectual de una película ambientada a fines del siglo XIX, sin duda una época que me imagino fue muy romántica e idealista.

Siempre me ha atraído la física, la filosofía y la literatura, a pesar que no tengo conocimientos profundos de las dos últimas disciplinas y solo de la primera creo conocer más por la actividades de docencia e investigación que hago en esa área de la ciencia, en la que nunca se deja de aprender si se trabaja con entusiasmo y en forma sistemática.

Después de escuchar un poco la forma y contenido de lo que expresaba el entrevistado de Cristián Warnken, no me pude despegar del televisor. Era un lenguaje que me atrajo de sobremanera porque mezclaba la poesía, la literatura y la ciencia en una forma que nunca antes había escuchado. No solo era un lenguaje hermoso sino que los temas los abordaba con suma claridad conceptual y en una forma accesible para no especialistas en estos temas. Continúa leyendo En memoria de Sergio Meier