Azul Zima, por Alastair Reynolds

Tras la primera semana, la gente comenzó a marcharse de la isla. Las gradas alrededor de la piscina estuvieron más vacías de lo común aquel día. Las enormes naves turísticas zarparon de vuelta al espacio interestelar. Los críticos y sanguijuelas del arte empacaron sus maletas en Venecia. Su decepción flotaba sobre la piscina cual perniciosa emanación nauseabunda.

Yo fui una de las pocas que decidió permanecer en Murjek, regresando diariamente. Durante horas admiré el trémulo fulgor azul reflejado sobre la superficie del agua. Boca abajo, la pálida silueta de Zima se desplazaba tan lánguida de un extremo al otro de la piscina que fácilmente podría ser confundida con un cadáver. Mientras le observaba flotar me pregunté la manera como narraría su historia, y quien estaría dispuesto a comprarla. Intenté recordar el nombre de mi primer periódico, allá en Marte. No pagaban tan bien como algunos de los más grandes, pero una parte de mí disfrutaba con la idea de regresar al viejo trabajo. Había pasado mucho tiempo… Continúa leyendo Azul Zima, por Alastair Reynolds

Inspiración, de Ben Bova

Estaba tan cerca de la desesperación como sólo un joven de diecisiete años puede estarlo.
-Pero tú oíste lo que dijo el profesor –gimió-. Se acabó todo. No hay nada más que hacer.
El joven habló en alemán, por supuesto. Y yo tuve que traducirlo al Sr. Wells.
Wells sacudió su cabeza –No puedo entender por qué tan estupendas noticias han trastornado tanto al muchacho.
Le dije al joven –Nuestro amigo Británico dice que no debieras perder las esperanzas. Quizás el profesor está equivocado.
-¿Equivocado? ¿Cómo puede estarlo? ¡El es un hombre famoso! ¡Un noble ¡Un barón!”
Sonreí. Un día sería mundialmente famoso el terco desprecio de aquel joven por las figuras autoritarias. Pero eso no era evidente en aquella tarde de verano de 1896 D.C.

Estábamos sentados en un café en la acera, con una magnífica vista del Danubio y la ciudad de Linz. Deliciosos olores, de salchichas cocinándose y masa de pan, flotaban desde la cocina del local. A pesar de la cálida luz del sol, me sentía entumecido y débil, drenado de la escasa fuerza que conservaba.

-¿Dónde está la maldita camarera? –se quejó Wells- Hemos estado esperando una hora, por lo menos.
-¿Por qué no se relaja y disfruta de la tarde, Señor? –sugerí cansado- Es la mejor vista de toda el área.
Herbert George Wells no fue un hombre paciente. Sólo había tenido un pequeño éxito en Inglaterra con su primera novela y había decidido tomarse unas vacaciones en Austria. Tomó esa decisión bajo mi influencia, por supuesto, pero no se había dado cuenta todavía. A la edad de 29, el tenía un aspecto delgado y hambriento que se suavizaría sólo gradualmente con los años venideros de prestigio y prosperidad.

Albert tenía la cara redonda y todavía tenía encima su grasa de bebé, a pesar que había comenzado a dejarse un bigote, como la mayoría de los quinceañeros lo hacía en esos días. Era un bigote delgado, negro y despoblado, ni cerca del escobillón blanco en que un día se convertiría, si todo iba bien con mi misión.

Me tomó una gran cantidad de manipulaciones hacer que Wells y el quinceañero estuvieran en el mismo lugar al mismo tiempo. Esfuerzo que casi había agotado todas mis energías. El joven Albert había venido a ver con sus propios ojos al Profesor Thomson, por supuesto. Wells había sido más difícil. El quería visitar Salzburgo, la ciudad natal de Mozart. En vez de eso, le había llevado a Linz, asegurándole que el viaje valdría la pena.

El no dejaba de quejarse de Linz, por la falta de belleza de la ciudad, el olor amargo de sus calles estrechas, la incomodidad del hotel, la carencia de restaurantes donde comprar una comida decente –lo que para él quería decir carne de cordero quemada. Ni siquiera le gustaba el Linzertorte, con justicia famoso. –No tan bueno como un decente trifle- Refunfuñó-, ni la mitad de bueno.

Yo, por supuesto, conocía varias versiones de Linz incluso menos placenteras, incluyendo una en la cual la ciudad no era más que escombros radioactivos carbonizados y un Danubio tan contaminado que brillaba en la noche en todo su trazado hasta el Mar Negro. Me estremecí por aquella visión y traté de concentrarme en la tarea a mano.

Por poco tuve que usar la fuerza para hacer que Wells diera un paseo, cruzando el Danubio por sobre el antiguo puente de piedra hasta Pöstlingberg, y a este pequeño café en la acera.
Tenía mucha rabia cuando partimos desde nuestro hotel ubicado en la plaza de armas de la ciudad, y estuvo resoplando fuertemente mientras subíamos el cerro empinado. A mi también me faltaba el aliento por el esfuerzo. Años más tarde un tranvía haría el ascenso, pero en esta tarde en particular nos vimos obligados a caminar.

Se sorprendió un poco de ver un joven caminando con dificultad la empinada calle, a no más que unos pasos delante de nosotros.

Reconociendo esa desordenada mata de cabello negro en la audiencia de la charla de Thomson de esa mañana, Wells invitó graciosamente a Albert para que viniera a tomar un trago con nosotros.
-Nos merecemos una cerveza o dos, después de esta maldita subida- Dijo, mirándome disgustado.
Jadeando por la subida, traduje a Albert – El Sr. Wells… te invita… a tomar una bebida… con nosotros.
Es joven estaba lastimosamente agradecido, a pesar que él no ordenaría nada más fuerte que un té. Era obvio que la lectura de Thomson lo había dejado muy afectado. Nos sentamos en unas incómodas sillas de fierro fundido y esperamos – ellos por los tragos que habían ordenado, y yo por lo inevitable. Dejé que la tibia luz solar me empapara y esperé recuperar al menos parte de mi fuerza.

La vista era poco menos que impresionante: el soñoliento castillo sobre el río, el Danubio mismo corriendo suavemente y realmente azul al brillar bajo la luz solar, los lagos más allá de la ciudad y las cimas de nieve blanco-azulinas de los Alpes Austriacos cerniéndose en la distancia como fantasmales pétalos de una inmensa flor de otro mundo.

Pero Wells se quejó –Ese debe ser el castillo más horrible que haya visto.

-¿Qué dijo el caballero? –preguntó Albert.
-Está impresionado por la vista del Castillo del Emperador Friedrich –Contesté dulcemente.
-Oh, sí. Tiene una cierta grandeza. ¿No lo cree?
Wells tenía toda la impaciencia de un periodista frustrado.
-¿Dónde está la condenada camarera? ¿Dónde está nuestra cerveza?
-Buscaré la camarera –dije, levantándome inseguro de mi dura silla de hierro. En mi rol de guía turístico, tenía que mantenerme en ese papel un poco más, no importando cuan cansado me sintiera. Pero entonces vi a quien había estado esperando.
-Miren –apunté hacia abajo de la calle empinada -. Ahí viene el mismísimo profesor.

William Thomson, Primer Barón Kelvin de Largs, venía cruzando el pavimento a trancos con más elasticidad y energía que la mostrada por ninguno de nosotros. Tenía 71 años, sus cabellos grises plateados más finos que su impresionante barba gris, delgado al punto de parecer frágil. Y sin embargo había subido la cuesta, que había hecho que mi corazón me retumbara en los oídos, como si estuviera paseando tranquilamente a través de los prados del campus.

Wells se levantó y se apoyó en la barra de hierro del café –Buenas tardes su señoría-. Por un momento pensé que se darían un cabezazo.

Kelvin le miró con los ojos a medio cerrar –Estuvo en mi audiencia esta mañana, ¿No es así?
-Si, señor. Permítame presentarme: soy H.G. Wells.
-¿Es usted físico?
-Escritor, Señor.
-¿Periodista?
-Hace tiempo ya, ahora soy un novelista.
-¿De veras? Qué fantástico.

El joven Albert y yo también nos pusimos de pie. Wells nos presentó formalmente e invitó a Kelvin a que nos acompañara.

-Mas debería decir –Murmuró Wells mientras Kelvin daba la vuelta a la barrera y tomaba la silla libre de nuestra mesa-, que el servicio deja mucho que desear.
-Oh! Tienes que aprender a lidiar con el temperamento teutónico- Dijo Kelvin jovialmente mientras todos nos sentábamos. Golpeó con la palma de sus manos en la mesa tan fuerte que nos hizo saltar a todos. –Mozo –Bramó- ¡Necesitamos atención!

Milagrosamente, la camarera apareció por la puerta y se acercó fríamente a nuestra mesa. Parecía muy infeliz; de hecho malhumorada. De mala cara cetrina, ojos marrones y boca arqueada. Movió hacia atrás un mechón de cabello que estaba sobre su frente.

-Hemos estado esperando por nuestras cervezas- Le dijo Wells.
-Y ahora éste caballero se nos ha unido.
-Permítame señor –dije. Después de todo era mi trabajo. En alemán le pedí a ella que nos trajera tres cervezas y el té que Albert había ordenado y que lo hiciera rápido.
Nos miró a nosotros cuatro como si fuéramos traficantes o criminales de algún tipo. Sus ojos se posaron brevemente en Albert, entonces se dio vuelta sin una palabra y sin siquiera asentir con la cabeza y retornó al café.

Miré de reojo a Albert. Sus ojos estaban clavados en Kelvin. Sus labios estaban separados como si quisiera decir algo pero no se atreviera. Se pasó la mano nerviosamente por su gruesa cabellera. Kelvin parecía perfectamente cómodo con la situación, sonriendo amablemente, sus manos enlazadas sobre su estómago justo bajo la barba. El era un hombre de autoridad, reconocido por el mundo como la figura científica más importante de su generación.

-¿Será posible que sea cierto? –Albert dijo desatinadamente, al fin – ¿Hemos aprendido de física todo lo que puede conocerse?

Él hablo en alemán, por supuesto, el único lenguaje que conocía. Yo le traduje simultáneamente al momento de hacer su pregunta.

Una vez que comprendió lo que Albert preguntaba, Kelvin asintió con su vieja cabeza gris, sabiamente.

–Sí, sí. Los jóvenes en los laboratorios están poniendo los puntos finales sobre las “i-es”, la raya final en las “t-es”. Acabamos de completar la física. Sabemos todo lo que hay por saber.
Albert parecía demolido.

Kelvin no necesitó de un traductor para entender la emoción del joven.

–Si estás pensando en una carrera en física, jovencito, entonces de corazón te aconsejo que lo pienses de nuevo. Para el momento en que termines tu educación no quedará nada por hacer.
-¿Nada? –preguntó Wells y yo traduje -¿Nada en absoluto?
-! Oh! Añadir unos pocos decimales aquí o allá, supongo, ordenar un poco, esa clase de cosas.
Albert había fallado en su prueba de admisión al Politécnico Federal de Zurich. Él nunca fue un extraordinario estudiante. Mi objetivo era hacerlo que postulara otra vez al Politécnico y que aprobara sus exámenes.

Visiblemente armándose de coraje, Albert preguntó –¿Pero qué hay del trabajo de Roentgen?
Al terminar de traducir, Kelvin arrugó la frente -¿Roentgen? –Oh, quieres decir el reporte sobre rayos misteriosos que atraviesan paredes sólidas, ¿no es así?

Albert asintió impaciente.

-¡basura sin sentido! –el anciano subió la voz- ¡tontería pura! Quizás impresione a algunos médicos que saben muy poco de ciencia, pero sus rayos x no existen. ¡Es imposible! ensoñaciones alemanas.

Albert me miró, con su vida entera temblando en sus ojos apenados. Interpreté.

-El profesor teme que los rayos x sean una ilusión, a pesar que no tiene todavía suficiente evidencia para decidir si es cierto o no.
La cara de Albert irradió -¡Entonces hay esperanza! ¡Aún no se ha descubierto todo!
Estaba pensando en como traducir aquello a Kelvin cuando Wells perdió la paciencia -¿Donde está la maldita camarera?

Agradecí la interrupción.

–La encontraré, Señor.

Forzándome a alejarme de la mesa, dejé a los tres, con Wells y Kelvin conversando amigablemente mientras Albert movía su cabeza de atrás para adelante, sin entender una palabra. Me dolía cada articulación del cuerpo y sabía que no había nada que nadie de este mundo pudiera hacer para ayudarme. El interior del café estaba oscuro, y olía a cerveza vertida.

La camarera estaba parada en el bar, hablando rápidamente con el grueso barman, furiosa, en un tono bajo y venenoso. El barman estaba limpiando los vasos con su delantal, y se veía serio y, una vez que notó mi presencia, avergonzado.

Tres jarrones de cerveza estaban en la bandeja al lado de ella, con un solitario vaso de té. Las cervezas se estaban entibiando y aplanando, el té enfriándose, mientras ella ampollaba los oídos del barman.

Interrumpí su venenoso monólogo –Los caballeros quieren sus tragos –Dije en alemán.
Ella se tornó hacia mí, con furia en sus ojos – ¡Los caballeros tendrán sus cervezas cuando se deshagan de ese judío del demonio!

Tomado desprevenido, miré al barman. El me dio vuelta la cara.

-No pierda el tiempo pidiéndolo –la camarera silbó como reptil-, ¡Yo no sirvo a judíos y él tampoco lo hará!

El café estaba casi vacío, ya bien entrada la tarde. Entre las sombras pude ver sólo un par de caballeros de edad, lentamente fumando sus pipas, y un cuarteto tomando cerveza, aparentemente dos parejas casadas. Un niño de seis años arrodillado al final de la barra, laboriosamente pulía el suelo de madera.

-Si es mucho problema para usted…- dije, y comencé a acercarme a la bandeja.
Ella agarró mi brazo extendido -¡No! Ningún judío será atendido en este lugar! ¡Jamás!
Pude haberla empujado. Si mi fuerza no se hubiera agotado, pude haberle roto cada hueso de su cuerpo, y también del camarero. Pero estaba acercándome al final de mi soga y lo sabía.
-Muy bien –dije suavemente –. Llevaré sólo las cervezas.

Ella me miró furiosa por un momento, y entonces retiró su mano. Saqué el vaso de té de la bandeja y lo dejé en la barra. Entonces me llevé las cervezas afuera, al calor de la tarde soleada.

Puse la bandeja en la mesa. Wells preguntó -¿No tienen té?
Albert lo comprendía mejor –Se niegan a atender judíos-, especuló. Su voz era plana, sin emociones, sin sorpresa ni tristeza.
Asentí mientras decía en ingles –Sí, se niegan a atender judíos.
-¿Eres judío? –Preguntó Kelvin, alcanzando su cerveza.
El quinceañero no necesito de traductores. Dijo –Nací en Alemania. Ahora soy ciudadano Suizo. No tengo religión. Pero, sí, soy judío.
Sentándome a su lado, le ofrecí mi cerveza.
-No, No- Dijo con una pequeña y triste sonrisa -. Sólo los enfurecería todavía más. Creo que quizás debiera irme.
-Todavía no –dije -. Tengo algo que quiero mostrarte- Busqué en el bolsillo interior de mi chaqueta y saqué un grueso envoltorio de papel que portaba desde que comenzara esta misión. Noté que mi mano temblaba levemente.
-¿Qué es? –preguntó Albert.
Hice una pequeña reverencia en la dirección de Wells –Esta es mi traducción de la excelente novela del Sr. Wells: La Máquina del Tiempo.

Wells miró sorprendido, Albert curioso. Kelvin apretó los labios y bajó su jarra a medio consumir.

-¿Máquina del tiempo? –preguntó el joven Albert.
-¿De qué están hablando? – preguntó Kelvin.
Les explique –Me he tomado la libertad de traducir la historia del Sr. Wells sobre la máquina del tiempo, con la esperanza de atraer un editor Alemán.
Wells dijo –Nunca me contaste…
Pero Kelvin preguntó -¿Máquina del tiempo? ¿Qué demonios puede ser una máquina del tiempo?

Wells forzó una pequeña sonrisa, humilde y avergonzada –Es sólo el tema de un cuento que he escrito, Señor: una máquina que puede viajar en el tiempo. Al pasado, usted sabe… o el, eh, futuro.

Kevin le miró con los ojos brillosos -¿Viaje al pasado o al futuro?
-Es ficción, por supuesto- Dijo Wells, disculpándose.
-Por supuesto-.

Albert se veía fascinado -¿Pero cómo podría una máquina viajar a través del tiempo? ¿Cómo lo explicaría?

Luciendo muy incómodo bajo la mirada cansada de Kelvin, Wells dijo dubitativo –Bueno, si consideramos al tiempo como a una dimensión.
-¿Una dimensión? –preguntó Kelvin.
-Tal como las tres dimensiones del espacio.
-¿El tiempo es como la cuarta dimensión?
-Sí, tal cual.

Albert asintió rápidamente mientras traducía – ¡El tiempo como dimensión! ¡Sí! Cuando nos movemos en el espacio nos movemos en el tiempo, ¿no es así? ¡Espacio y tiempo! ¡Cuatro dimensiones, todas ligadas entre si!

Kelvin murmuró algo indescifrable y buscó su cerveza a medio terminar.

-¿Y uno podría viajar a través de esa dimensión? –Albert preguntó – ¿Hacia el pasado o al futuro?
-Tonterías- Murmuró Kelvin, golpeando su jarra vacía en la mesa –Es imposible.
-Es sólo ficción –dijo Wells, casi gimiendo-. Es sólo una idea con la que jugué para…
-Ficción, por supuesto –Dijo finalmente Kelvin, con grandeza. De improviso se puso de pie –Temo que tengo que marcharme. Gracias por la cerveza.
Nos dejó sentados ahí, y comenzó a caminar de regreso, su cara mostraba gran emoción. Por la manera en que su barba se movía podía ver que estaba murmurando a sí mismo.
-Temo que le hemos ofendido- Dijo Wells.
-¿Pero como se podría enojar por una idea? –Se preguntó Albert. Pensarlo le abrumaba-. ¿Cómo es que una nueva idea puede enfurecer a un hombre de ciencia?

La camarera apuró el paso hacia nuestra mesa -¿Cuándo se irá éste judío? –Silbó como serpiente, con los ojos quemantes de furia – ¡No le permitiré que siga apestando el café!

Obviamente ofendido, pero con toda dignidad que un joven de 17 años podría reunir, Albert se paró –Me iré, Dama. Ya he soportado lo suficiente su amable atención.

-Espera –Le dije, agarrándolo de la manga de su chaqueta –. Llévate esto. Léelo. Creo que te gustará.
Me sonrió, pero pude ver en sus ojos esa pena que le seguiría para siempre- Gracias, señor. Ha sido muy amable conmigo.

Tomó el manuscrito y nos dejó. Le vi leyendo el manuscrito de inmediato mientras bajaba lentamente la calle, caminando hacia el puente, de vuelta a Linz. Rogué que no se tropezara y se rompiera el cuello mientras descendía lentamente la empinada calle, con su nariz pegada al manuscrito.

La camarera también le observaba –Asqueroso judío. ¡Están en todas partes! Se meten en todo.

-Demasiado para usted- Dije, con toda la dureza que pude manejar.

Me miró furiosa y retornó al bar.

Wells parecía más intrigado que irritado, incluso después de explicarle lo ocurrido.

-Es su país, después de todo- Dijo, encogiendo sus hombros pequeños –Si no se quieren juntar con judíos, no es mucho lo que nosotros podemos hacer ¿No lo crees?

Tomé un sorbo de mi cerveza, ya tibia y aplanada, desconfiando que pudiera responderle con amabilidad. Había sólo una línea de tiempo en la cual Albert había vivido lo suficiente como para provocar un cambio en el mundo. Había docenas donde languidecía en la oscuridad o era gaseado en los campos de muerte.

La expresión de Wells se tornó curiosa –No sabía que habías traducido mi novela.
-Para ver si quizás un editor alemán pudiera estar interesado en ella –Mentí.
-Pero regalaste el manuscrito al amigo judío.
-tengo otra copia de la traducción.
-¿Tienes otra? ¿Para qué?

Mi tiempo casi había terminado, lo sabía. Sentía una gran urgencia por finalizar ésta farsa –Ese joven judío bien podría cambiar el mundo.

Wells rió.

-Es verdad –Dije- Tú piensas que tu historia es una mera obra de ficción. Déjame decírtelo: es mucho más que eso.
-¿En serio?
-El viaje en el tiempo será posible un día.
-¡No seas ridículo! –Dijo, pero podía ver en sus ojos un asombro repentino. Y recordó. Fui yo quien le había sugerido la idea del viaje en el tiempo. Lo habíamos discutido por meses en aquella época en que trabajaba para los periódicos. Había mantenido esa idea al frente de su imaginación hasta que finalmente se sentó y escribió su novela a la carrera.
Me encorvé acercándome, apoyando mis codos cansadamente en la mesa – ¿Quizás Kelvin está equivocado? ¿Quizás hay mucho más en la física que lo que él sospecha?
-¿Cómo podría ser eso? –Preguntó Wells.
-El joven está leyendo tu historia. Abrirá sus ojos a nuevas perspectivas, nuevas posibilidades.
Wells me dirigió una mirada de sospecha –Me estás tomando el pelo.

Forcé una sonrisa –De ninguna manera. Harías bien en tomar en cuenta lo que los científicos descubrirán en los años venideros. Podrías hacer carrera escribiendo sobre eso. Podrías convertirte en un profeta. Si juegas las cartas de manera adecuada.

Su cara tomo la más extraña expresión que he visto: ni siquiera quería creerme y sin embargo lo hacía; tenía sospecha, curiosidad dudas y ansiedad… todo al mismo tiempo. Por sobre todo era ambicioso; sediento de fama. Como todo escritor, quería que el mundo reconociera su talento.

Le conté tanto como me atreví. A medida que pasaba la tarde y las sombras se alargaban, el sol se puso detrás de las montañas y la tibieza del día se transformó lentamente en un frió desagradable y descendiente, cuidadosamente le di veladas claves sobre el futuro. Un futuro. Aquel que yo quería que promoviera.

Wells no tenía una concepción acabada de las realidades del viaje en el tiempo, por supuesto. No había marco de referencia en su ordenada mente de inglés del siglo diecinueve de las infinitas ramificaciones del futuro. El era incapaz de imaginar los horrores que estaban en espera. ¿Cómo podría? El tiempo se ramifica sin fin y sólo pocos, un precioso puñado de entre aquellas ramificaciones, sirven para prevenir mayores desastres.

¿Debí mostrarle su amado Londres borrado del mapa por bombas de fusión? ¿O todo el hemisferio norte de la Tierra despoblado por plagas de manufactura humana? ¿O un mundo desvastado y vuelto salvaje al punto de hacer parecer a los Morlocks como seres compasivos?

¿Debí explicarle las energías que demandaban el viaje en el tiempo o el daño que producía en el cuerpo humano? ¿Explicarle que los viajeros del tiempo eran voluntarios enviados a misiones suicidas, tratando desesperadamente de preservar una línea de tiempo que salvara al menos una fracción de la raza humana? El mejor futuro que pude ofrecerle fue un siglo veinte torturado por guerras mundiales y genocidio. Eso fue mejor que pude hacer.

Y todo lo que hice fue darle claves, tan suave y sutilmente como pude, tratando de guiarlo al mejor de los futuros posibles, a pesar de lo horrible que a él pudiera parecerle. No podía controlar ni forzar a nadie; todo lo que podía hacer era ofrecer un poco de guía. Hasta que la dosis de radiación recibida en el viaje en el tiempo terminara matándome.

Felizmente, Wells no percibía mi dolor. Ni siquiera notaba la transpiración que salpicaba mis cejas, a pesar de la fría brisa que anunciaba el anochecer.

-Al parecer me estás contando –dijo al fin-, que mis escritos tendrán cierto efecto positivo en el mundo.
-Ya lo han tenido –contesté, con una sonrisa genuina.
Levantó las cejas.
-Ese adolescente está leyendo tu historia. Tu concepto del tiempo como una dimensión hizo que su fértil mente comenzara a trabajar.
-¿Ese joven estudiante?
-Cambiará el mundo –dije-, para mejor.
-¿En serio?
-En serio –dije, tratando de parecer seguro. Sabía que todavía habría miles de escollos en el camino del joven Albert. Y yo no viviría lo suficiente para ayudarlo a superarlos. Quizás otros podrían, pero no había garantías.

Sabia que si Albert no alcanzaba todo su potencial, si era rechazado nuevamente por la universidad o asesinado en el holocausto que se avecinaba, el futuro que trataba de conservar desaparecería en una catástrofe global que podría terminar con la raza humana para siempre. Mi tarea era salvar tanto de la humanidad como pudiera.

Ya había avanzado algo en mi propósito de salvar una parte de la humanidad, pero era sólo el primer paso. Albert estaba leyendo la historia de la máquina del tiempo, y comenzaba a pensar que Kelvin estaba ciego al mundo real. Pero había mucho más por hacer. Demasiadas cosas más por hacer.
Nos sentamos en las sombras crecientes del crepúsculo que se avecinaba, Wells y yo, cada uno encerrado en sus propios pensamientos sobre el futuro. A pesar de su mejor autocontrol inglés, Wells sonreía feliz. El vio un futuro en el cual sería celebrado como un profeta. Yo esperaba que pasara de ese modo. La tarea que había acometido era inmensa. Me sentí cansado, sombrío, desalentado por la inmensidad de la tarea. Lo que es peor, nunca sabría si había tenido éxito o no.

Entonces la camarera se dirigió rauda a nuestra mesa –Bueno, ¿han terminado? ¿O van a quedarse aquí toda la noche?

Incluso sin una traducción Wells comprendió su tono –Vamos-. Dijo, raspando su silla sobre las losas.
Me levanté y lancé unas escasas monedas en la mesa. La camarera las recogió inmediatamente y llamó hacia el café – ¡Ven a fregar esta mesa! ¡De inmediato!

El niño de seis años llegó caminando con dificultad por la terraza, arrastrando un pesado balde de madera lleno de agua. Tropezó y casi la desparrama; el agua salpicó las piernas de su madre. Ella lo tomó de la oreja y casi lo levantó del suelo. Un débil grito de tortura se le escapó al niño, a pesar de su valentía.

-Mantén silencio y haz bien tu trabajo –Le dijo a su hijo, en voz terriblemente baja –Si permitiera que tu padre supiera cuan flojo eres…

Los ojos del niño de seis años se agrandaron de terror cuando su madre dejó que la amenaza pendiera en el aire entre ambos.

-Friega bien esa mesa, Adolph – Le dijo su madre. Deshazte de ese apestoso olor a judío.

Miré al niño. Sus ojos ardían de vergüenza, rabia y odio. Salva lo más que puedas de la raza humana, me dije a mí mismo. Pero ya era muy tarde para salvarlo a él.

-¿Vienes? –Wells me preguntó.
-Sí –Contesté, con lágrimas en los ojos -. Ya está obscureciendo. ¿No crees? [x]

Autor: Ben Bova
Traducción: Omar E. Vega (2007)
Imagen: Protoguy

¿Sueña un científico con ovejas científicas?

Editorial TauZero 24¿Huele distinto la rosa cuando la huele una científica? Hay un cuento de Julio Cortázar en que una persona compra un diario y lo lee en un banco de la plaza, donde lo que abandona ya no es un diario sino un montón de papeles. Lo encuentra alguien que aún no ha leído las noticias, de modo que convierte aquel montón de papeles nuevamente en un diario. Con el mundo pasa algo similar, pues aunque la realidad entra por los ojos, ello no es lo que vemos. Creo que fue Thomas Kuhn quien planteaba un ejemplo de esto mismo con más sabor histórico: dos personas, una de la Edad Media y otra del Renacimiento, observan un atardecer. Ambas presencian el mismo atardecer, pero mientras la persona de la Edad Media ve el Sol moverse en busca del horizonte, la persona del Renacimiento ve la Tierra rotar sobre sí misma y perder el Sol de vista. El mismo mundo se convierte de persona en persona en una ilusión, en una cárcel, una fiesta, un infierno, una empresa, un lupanar. ¿En qué se transforma cuando llega a los ojos de un científico?

Tienes en tus manos (o ante tus ojos) uno de los números más audaces de Tauzero. Aunque la revista carga un rótulo, por voluntad del Gran Ingeniero, que la anuncia como un medio que se dedica parcialmente a la “valoración de la ciencia”, en la práctica son aún pocas las personas que asocian Tauzero con divulgación científica, no importando que como referente de CF ya se halle bien consolidada en el medio nacional. Seguramente se debe a que en Chile creemos encontrar buenos medios de divulgación científica si visitamos el kiosko. Es una creencia que no comparto, pero no oso predecir qué día esto cambiará. Que el país “no está maduro” (por usar una excusa con que postergamos hacer muchas cosas que en el fondo sabemos que están bien, pero que preferimos dejar para unos 20 o 30 años más adelante, cuando en el extranjero ya sean algo añejo) para una publicación de divulgación científica que al mismo tiempo sea de buena calidad y un buen negocio, es una posible explicación del panorama que hoy encontramos; que es posible hacer ese tipo de publicación, y hacerla entretenida, es algo que este número intenta probar. O al menos es la audacia que quisimos intentar.

Así las cosas, en esta edición de TauZero, tanto los contenidos como sus autores están relacionados de una u otra forma con la ciencia. [TZ]

Eduardo Unda-Sanzana
Astrónomo

De científico a escritor de ciencia ficción: Alastair Reynolds

Uno de los nuevos valores de la Ciencia Ficción anglosajona es Alastair Reynolds, quien con su cuento “Azul Zima”, reconocido en la antología “The Year’s Best Science Fiction: Twenty-Third Annual Collection” de Gardner Dozois (2006), es parte de esta edición de TauZero.

Nacido en Gales, con un doctorado en astronomía y varios años de trabajo en el mundo científico, desde el año 2004 Reynolds decidió dejar los telescopios y los análisis matemáticos para dedicarse de tiempo completo a su otra pasión, escribir Ciencia Ficción.

Con siete novelas ya publicadas, más varias compilaciones de historias cortas, Alastair Reynolds construyó al inicio de su carrera un universo imaginario que abarca desde un futuro cercano (con cuentos situados a un par de siglos del presente) hasta un remotísimo futuro distante, en que la humanidad pierde ya su esencia. Este es el universo de “Espacio Revelación”, y es un marco general en la mayoría de sus obras. Continúa leyendo De científico a escritor de ciencia ficción: Alastair Reynolds

H.G. Wells y la cuarta dimensión

HG Wells y la cuarta dimensionEn septiembre de 1945, el bombardero norteamericano Enola Gay dejó caer una bomba solitaria sobre la ciudad de Hiroshima, destruyéndola completamente junto a cientos de miles de sus habitantes. El hongo atómico que de ella surgió marcó el destino de la humanidad para siempre y contribuyó en gran medida a controlar las guerras entre las naciones. De ser un deporte civilizado, la guerra pasó a ser el preámbulo del holocausto final, por lo que de ese momento en adelante las potencias lo pensaron mejor antes de iniciar sus periódicas carnicerías de las nuevas generaciones. Continúa leyendo H.G. Wells y la cuarta dimensión

Zetética y la desmitificación científica de las supersticiones

Henri BrochHenri Broch, Doctor en Ciencias, es el fundador del Laboratorio de Zetética de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Niza. Es autor de más de 150 publicaciones y 6 libros. Uno de ellos, “Conviértase en Brujo, conviértase en sabio”, co-escrito con el premio nobel de física George Charpak, fue el que nos introdujo en el concepto de Zetética, disciplina que promueve el pensamiento escéptico al analizar y desmitificar científicamente los fenónemos paranormales, pseudociencias y supersticiones de toda clase.

Para indagar más sobre la Zetética (que en griego significa búsqueda, inspección) contactamos a Henri Broch, quien amablemente accedió a responder las interrogantes que le planteamos. Sus respuestas y reflexiones, a continuación. Continúa leyendo Zetética y la desmitificación científica de las supersticiones

¿Podría un elefante sostener el mundo?

Laura VenturaPor Laura Ventura (*)

¿Podría un elefante sostener el mundo? Obviamente, no. Lo lógico es que la Tierra soporte a los elefantes, al igual que a todos sus moradores. Aún suponiendo que pueda existir un elefante lo suficientemente grande y robusto como para soportar en su lomo el peso del mundo entero, se plantearían inmediatamente algunos problemas como, por ejemplo, las interacciones gravitatorias del sistema Tierra-elefante dentro del Sistema Solar, el funcionamiento biológico del elefante, su falta de redondez gravitatoria, su resistencia a la radiación cósmica, etc…

Corre el tercer milenio de una historia cuyo punto 0 ha sido escogido de forma arbitraria entre los innumerables instantes que han transcurrido, a partir del origen del Tiempo, durante 13.700 millones de años.

¿Y antes? Absolutamente nada o, mejor dicho, la Nada Absoluta que no es un espacio vacío cuyo estado se mantiene constante en el tiempo. La Nada está fuera del Espacio y del Tiempo.

En otras palabras, no existe ni un “fuera” ni un “antes” del Universo pues este mismo es el Espacio-Tiempo, a la vez que la Materia y la Energía.

Y, por si no fuera bastante complicado, el Universo se expande, estirando el Espacio-Tiempo y diluyendo esa energía que, en el instante 0 fue enorme e infinitamente concentrada y que se habría generado de la Nada por una “pura cuestión de probabilidades” técnicamente llamada “fluctuación cuántica del vacío”. De ahí se habría producido el Big Bang, la Gran Explosión cuyas cenizas constituyen nuestro Universo actual.

Nuestro planeta es menos que un grano de arena en un universo inmenso y todavía desconocido en su mayor parte.

Sin embargo, el universo así como lo conocemos hoy, apenas tiene un siglo.
El comienzo de la exploración espacial todavía no cumple 50 años y hace poco más de 30 que el Hombre pisó la Luna.

Después de 25 años, las sondas Voyager siguen su viaje por el Sistema Solar externo, mientras que dos vehículos robots (Spirit y Opportunity) rastrean la superficie de Marte.

En julio de 2004 la nave espacial Cassini llega a Saturno; unos seis meses más tarde, el 14 de enero de 2005, la sonda Huygens se posa en la superficie de Titán, protagonizando el aterrizaje más lejano jamás realizado.

En 1964, dos ingenieros de telecomunicaciones norteamericanos, Penzias y Wilson descubren (accidentalmente) la radiación del Fondo Cósmico de Microondas, considerada la prueba más contundente de la Gran Explosión.

En 1940 George Gamow formula, a partir del cálculo de las abundancias primordiales, la teoría del Big Bang.

En 1929, Edwin Hubble descubre la expansión del Universo: las galaxias se alejan de nosotros con una velocidad proporcional a la distancia que nos separa de ellas.
Seis años antes, el mismo Hubble determina la distancia de la galaxia de Andrómeda (M31) y resuelve su estructura espiral, demostrando así que nuestra galaxia no es el Universo sino una de las muchas estructuras que lo habitan.

Hace un siglo, Albert Einstein formula la Teoría de la Relatividad. Espacio y Tiempo no son absolutos. La Materia es Energía concentrada según un factor igual al cuadrado de la velocidad de la luz y su distribución determina la geometría del Espacio-Tiempo.
Paralelamente nace la Mecánica Cuántica: a partir de los experimentos sobre la emisión térmica, Max Planck deduce la cuantización de la energía. La radiación electromagnética es onda a la vez que partícula y, al mismo tiempo, una partícula puede ser descrita como una onda. Se da así transición del determinismo a la probabilidad y el nacimiento de la física que constituye los cimientos de nuestro actual modelo de universo.

Hace poco más de tres siglos no se podía explicar el por qué, si la Tierra era redonda, un elefante en el hemisferio sur no se caía del Planeta.

En 1666, sir Isaac Newton descubre la Ley de la Gravitación Universal. Dos cuerpos celestes se atraen según la misma ley por la que un elefante puede pasearse por el hemisferio sur sin miedo a caerse al vacío. El Cielo y de la Tierra se rigen por las mismas leyes físicas, lo que representa un cambio importante en la cosmovisión.
Hoy sabemos que la interacción gravitatoria, una de las 4 interacciones fundamentales de la naturaleza (junto con la electromagnética, la débil y la fuerte), es la que domina en el Universo a gran escala.

Hace poco más de cuatro siglos, el Cielo pierde irremediablemente su naturaleza divina. Los cuerpos celestes no son perfectos y sin mancha. Tampoco se mueven perfectamente sobre esferas perfectas, sino que describen elipses. Y lo peor de todo es que la Tierra no es el centro de esos movimientos, ni, menos aún, el centro del Universo. Por consecuencia, el Hombre tampoco es el centro de la Creación.
Copérnico, Tycho, Kepler y Galileo son las figuras más destacadas de esta revolución que cambiaría radicalmente (aunque no sin dificultades) la perspectiva del Hombre sobre el Cosmos, marcando así el comienzo de una nueva era científica y filosófica.

Hace más de dos milenios, Aristarco de Samos propone el primer modelo heliocéntrico. Sin embargo, habrá que esperar más de 1.500 años para que la revolución copernicana retome ésta perspectiva.

En el siglo IV d.C., el incendio de la biblioteca de Alejandría y el asesinato de Hipatia marcan el comienzo de la cristianización del imperio romano. La teología absorbe el modelo aristiotélico-ptolemáico, que mantiene la superioridad del Hombre cual obra maestra de la Creación Divina. La Iglesia se hace cargo que dicho modelo perdure durante toda la Edad Media.

¿Y qué era de los elefantes hace, por ejemplo, 3.000 años?

Desde los albores de la Historia, el Hombre ha observado la Naturaleza y se ha interrogado sobre los orígenes de todo lo que le rodea. Igual que la imaginación para un niño, el mito representa la primera herramienta del Hombre para conocerse a sí mismo y dar razón de los fenómenos observados atribuyéndoles, frecuentemente, cualidades humanas. El mito como interpretación de la realidad constituye el embrión del conocimiento científico. De ahí ha cobrado vida la Filosofía como suma universal de conocimientos de todo tipo para luego diversificarse en las ciencias especializadas así como las conocemos actualmente.
Pese a la enorme variedad de representaciones, los mitos de todas partes del mundo revelan un hilo conductor común y hablan a través de los mismos arquetipos o símbolos universales. El mito es el espejo del imaginario colectivo, como los sueños son el reflejo del subconsciente individual. Citemos, a título de ejemplo, algunos de los más notorios entre los temas recurrentes en los mitos del mundo.

El Cosmos como universo ordenado, luminoso y vital ha sido creado por una o más divinidades a partir del Caos primigenio, es decir, de las tinieblas, del frío y de la materia inerte.

Unos dioses primigenios más impersonales van dando vida a divinidades cada vez más humanas.

Existe una separación muy definida entre lo terrenal y lo celestial: lo primero es identificado con lo perecedero, lo humano y lo imperfecto, y lo segundo con lo inmortal, lo divino, lo eterno e inmutable.

El ultratumba es asimilado al tenebroso mundo subterráneo, vestigio del Caos primordial.

Las fuerzas de la Naturaleza, los fenómenos sociales y los propios sentimientos humanos asumen figuras antropomorfas o de animales a los que se atribuyen virtudes y vicios humanos.

Las representaciones más antiguas, en una gran variedad de formas, pintan el Planeta como un objeto plano, en cuyo centro se halla la Tierra, normalmente dominada por una gran montaña y rodeada por las aguas. Arriba está la bóveda celeste, manifestación de lo divino y debajo el oscuro mundo subterráneo. En numerosos casos se habla de siete cielos, uno por cada uno de los astros que dominaban el firmamento: el Sol, la Luna y los cinco planetas visibles a simple vista, los únicos conocidos desde la antigüedad.

Algunos de los grandes temas bíblicos como la Creación del Hombre a partir de una estatua de arcilla, el Pecado Original y el Gran Cataclismo (el Diluvio Universal), se repiten, en múltiples formas, en la gran mayoría de los mitos del mundo.

A continuación, algunas de las versiones más antiguas de los mitos de la Creación.

Para los Griegos antiguos (~ siglo VIII a.C.), al principio reinaban el Caos y Nyx (la Noche); el Caos es destronado por su propio hijo, Erebus (la Oscuridad), y éste a su vez por Eros (el Amor), Éter (la Luz) y Hemera (el Día), principios creadores del Cosmos. De ahí nace Gaea (la Tierra) que a su vez engendra a Urano (el Cielo), que será luego su esposo. De esta pareja nace la dinastía de los Titanes, que son arrojados al Tártaro por el propio Urano, temeroso de fuerza descomunal de sus hijos gigantes. Destacan aquí el miedo y el apego al poder como cualidades típicamente humanas. Entre los titanes, Cronos (el Tiempo), apoyado por su madre, encabeza la rebelión, derrota a su padre y se hace con el trono, liberando a sus hermanos. Urano lanza una maldición a su hijo, profetizando para él la misma suerte. La separación entre el Cielo y la Tierra es una figura recurrente en los mitos de la creación. Cronos se une a su hermana Rhea, de la que tiene seis hijos a los que devora uno por uno. Cronos es la personificación del Tiempo que todo lo destruye. Sólo uno se salva: Zeus, quien, tras derrotar a Cronos en una guerra de diez años, cumple la profecía y da comienzo a la dinastía de los dioses olímpicos.

El mito de la creación del Hombre es protagonizado por Prometeo y Epimeteo, hijos de Japeto, uno de los titanes. Prometeo moldea una estatua de barro y roba el fuego sagrado de los dioses para darle la vida. Por este acto de bondad creadora, será sometido a atroces torturas. El pecado original toma forma en la Caja de Pandora y el tema del diluvio universal aparece explícitamente en el mito de Deucalión y Pirra. Otras versiones antiguas acerca del Gran Cataclismo están relacionadas con el mito de la Atlántida.

Para los antiguos Egipcios la creación tenía que ver con la fertilización de la tierra por las aguas del Nilo. Las versiones más antiguas narran que, del “montículo primigenio”, centro de la creación y personificado en el dios Tatjenen, se genera Atum, el señor de la Ciudad del Sol, del que nacen Shu (el Aire) y Tefnut (la Humedad). Estos últimos engendran a Geb (la Tierra) y a Nut (el Cielo), de los que nacen Osiris (el Orden) y Set (el Caos) con sus respectivas esposas, Isis y Neftis. Otras versiones cuentan que una guerra entre ocho divinidades primigenias (4 masculinas y 4 femeninas) genera un gran cataclismo. De eso surgiría el montículo primordial conteniente el huevo cósmico del que nace Ra, el dios del Sol. A nivel simbólico, pueden encontrarse similitudes entre este mito y la moderna teoría del Big Bang. Todas las noches Ra, asumiendo forma de gato, lucha contra la serpiente Apofis, símbolo del Apocalipsis. Las pirámides representan el montículo primigenio y el regreso del faraón hacia el Sol después de la muerte.

Para los antiguos Chinos, es la separación de los opuestos, el Yin y el Yang, lo que da forma al Universo. Dentro de la teoría del Big Bang, se vuelve a encontrar el tema de las simetrías, aunque, según la Cosmología moderna fue precisamente la ruptura de dichas simetrías lo que hizo que la materia domine sobre la antimateria y se separe luego de la radiación para que las partículas elementales puedan existir por separado.

En la mitología Hindú existe una enorme variedad de mitos de la Creación. Se repite la creación del Orden a partir del Caos y, en numerosas versiones, el acto creador toma forma de sacrificio. El ser primigenio se divide o es cortado en pedazos, formando así el cielo, la tierra y todas las criaturas vivientes. Otros mitos cuentan como Brama, el primer dios y principio creador, aflora de las aguas en un huevo dorado. Brama nace y muere en ciclos continuos de destrucción y resurrección que duran millones de millones de años. El orden cíclico de la Naturaleza representa un tema central de la filosofía hindú. Existen modelos cosmológicos modernos que soportan la idea de un universo pulsante. La misma teoría del Big-Bang prevé, como una de las posible soluciones, un universo cerrado que, alcanzada la máxima expansión, acabaría en una “Gran Implosión” (Big Crunch). Un nuevo universo surgiría así de las cenizas del anterior, como una especie de Ave Fénix. La figura central de Brama como principio creador es posteriormente suplantada por Visnú, la divinidad conservadora, de la que brota, dentro de una flor de loto, el propio principio creador. Ésta última, a su vez, se inclina antes la superioridad de Siva, Señor de la vida y de la destrucción, la divinidad que mejor encarna la naturaleza cíclica del Universo que es la base de la cosmogonía hindú.

El Cosmos, en una de sus representaciones más antiguas es descrito como un inmenso océano de leche, rodeado por la cobra sagrada, o “serpiente de la eternidad”. En el océano nada una enorme tortuga y, en su caparazón, cuatro elefantes se encargan de sujetar la Tierra (obviamente plana) por los cuatro puntos cardinales…

Hace tan sólo 3.000 de los 13.700 millones de años de vida de este universo, los elefantes sostenían el mundo.

En el año 2007 d.C., los mitos ya no pueden explicar de forma satisfactoria el Universo, pero siguen siendo válidos en su simbolismo.

Vivimos pues en un mundo donde los elefantes ya no son los de entonces…

(*) Laura Ventura es astrónoma de ESO Chile (European Organisation for Astronomical Research in the Southern Hemisphere) dedicada a labores de extensión. El presente artículo es una versión aumentada del texto del mismo nombre aparecido en http://www.caosyciencia.com, publicación divulgativa del Instituto de Astrofísica de Canarias.

Ansia de Nieve

Vladimir SpiegelHabía visto imágenes estáticas y holográficas de nieve. Había visto en filmaciones tridimensionales la caída de miles de copos de nieve que iban tapizando todo de blanco. Había visto borrascas fabulosas, que podían, según lo que había leído, matar a la gente.

Sin embargo nunca la había visto realmente. Nunca mis ojos la habían visto caer en realidad, ni mi cuerpo había sentido el contacto frío en la piel.

A los trece años no era algo que me mantuviese despierto por las noches, pero a medida que ese otoño avanzaba mi curiosidad iba en aumento. Continúa leyendo Ansia de Nieve

Nippon2007: La Worldcon más Lejana

Rodrigo JuriLa primera “Convención Mundial de Ciencia Ficción” se llevó a cabo en Nueva York en julio de 1939. Sin embargo el ostentoso nombre de la cita no tenía mucha relación con su carácter internacional (que no poseía), sino más bien con la realización en la misma ciudad de la Feria Mundial, y que se había inaugurado solo unos meses antes. ¿Acaso las exposiciones futuristas de la Feria ayudaron a estimular la imaginación y el entusiasmo de aquellos jóvenes escritores y aficionados que incursionaban en un nuevo género literario llamado ciencia ficción? Por lo menos debió haberles hecho comprender que era el momento y lugar propicio para reunirse y dar inicio a una tradición que ya se prolonga por casi siete décadas. Continúa leyendo Nippon2007: La Worldcon más Lejana

Palabras Finales

Rodrigo MundacaY eso sería todo por esta edición (la 24). Esperamos que hayas disfrutado de la lectura. Con el ejemplar que acabas de leer, celebramos cinco años de vida digital. Un recuento en cifras duras: 24 números, 10 ediciones especiales, 1 concurso de cuento, 1 concurso de novela corta. Y en preparación la edición de un par de novelas.

Quisimos celebrar este aniversario con una selección de contenidos “clásicos”, en donde la ciencia ficción de estética pulp-y-hard estuviera presente junto a textos de divulgación científica. El resultado nos dejó contentos tanto por el contenido, como por los nombres que firman los aportes.

En primer lugar, contamos con la presencia de Alastair Reynols, un autor escocés bastante prolífico del que poco y nada se ha leído en estas latitudes, pues la gran mayoría de su obra permanece en inglés. Su reputación la obtuvo por su serie de novelas, ambientadas en un universo de particular cosmogonía, que colectivamente se conoce como “Revelation Space”. Alastair amablemente accedió no sólo a contestar nuestras preguntas, sino que presto nos autorizó para traducir y publicar uno de sus cuentos más famosos y bellos, Zima Blue.

Por otro lado, enmendamos un gran pendiente. Hace un tiempo, Contactamos a Ben Bova, un autor contemporáneo de Isaac Asimov, quien gentilmente también nos cedió un relato para traducir y publicar. Por motivos que no vienen al caso señalar, la publicación del relato de tintes ucrónicos fue postergada para una edición más propicia, y creemos que la espera ha valido la pena.

¿Qué es lo que estudia la zetética? Hasta antes de leer “Conviértase en brujo, conviértase en sabio” nosotros lo ignorábamos, y cuando lo supimos nos sorprendimos gratamente al saber que sigue existiendo la cordura en el mundo y esfuerzos concretos para no ceder terreno frente a las seudociencias y supersticiones. Entrevistamos a Henri Broch – autor del mencionado libro – quien nos explicó el concepto de zetética y de paso nos contó sobre su muy original área de investigación. Como curiosidad valga señalar que el entrevistado es de nacionalidad francesa y que no gusta mucho del inglés. Eso nos planteó el interesante desafío de tener que realizar la entrevista en idioma galo. Fue un interesante esfuerzo colaborativo muy en la onda 2.0.

Si bien nuestra visión ha sido siempre lo global, creemos que no hay que obnubilarse y sólo mirar hacia fuera. Como publicación chilena especializada en el género fantástico el espacio para compatriotas está garantizado. Es por ello que hacemos público nuestro compromiso de publicar en cada número de TauZero al menos un cuento de escritores chilenos. En este número el turno es de Vladimir Spiegel, seudónimo de Iván Sanhueza. Como dato anexo, señalar que en el año 2006 Iván fue sindicado por el Mercurio y la Universidad Adolfo Ibáñez como uno de los 100 jóvenes líderes chilenos, distinción que también han recibido nuestros amigos Jorge Baradit y Francisca Solar.

Para finalizar, una reflexión personal. En estos últimos cinco años vinculado al quehacer cienciaficcionesco, he tenido la oportunidad de ver los acontecimientos editoriales desde primera fila, los que se han ido documentando tanto en el e-zine, en el blog y en el foro de discusión. A veces, cuando me siento algo nostálgico, reviso esos mensajes antiguos y es gratificante darse cuenta de aquello que alguna vez fue una quimera o una idea lanzada al viento, cuando se la multiplica por cinco años y por personas comprometidas con la causa, el resultado no puede ser otro que el éxito.
Amigos y amigas, muchas gracias por vuestro trabajo, empuje y energía. Gracias por la paciencia, fidelidad y, por sobre todo, gracias por creer en este proyecto colectivo que se alimenta, crece y evoluciona con la visión de todos nosotros. Cinco años de vida no se logra con buenas intenciones, se logra con trabajo concreto y mucha alegría. Gracias por la buena onda y a seguir pedaleando en nuestro clásico cohete a pedales.