Editorial TauZero #19

Si el asunto fuera siempre hacer y decir cosas sensatas y probadas y nunca jamás dar pasos en falso, entonces no estarían leyendo esto. Sucede que, desde un tiempo a estar parte, he comenzado a sentir (más que pensar) que existen cosas que uno simplemente tiene que hacer porque sí: por alguna extraña responsabilidad autoimpuesta, o para no sentir que vas pasando por esta vida sin realizar ningún aporte, o simplemente para matar el tedio; para hacer algo distinto, tal vez algo con cierto valor cultural y que sea satisfactorio intelectualmente…motivaciones para nuestras acciones de cada día hay tantas como ángeles bailando en infinitas cabezas de alfileres…

El peridódico chileno El Mercurio, en su edición del 23 de julio de 2006, señala que la venta de libros en el mercado chileno está bastante alicaída. En un artículo dedicado al mercado literario local, todos los editores entrevistados, concordaron que el negocio editorial no es negocio, considerando lo inconcebiblemente mala para leer que es nuestra sociedad y los precios altos que convierten al libro en un producto elitista, un artículo casi suntuario.

Entonces, si ya el mercado para los libros en general es pequeño y poco rentable, ¿qué queda para el tipo de literatura que me mueve a mí -la que mueve a los tauzerianos-, la literatura fantástica? Hago la pregunta, pero voy a evitar respondérmela, y no escucharé a nadie quien crea sabérsela :).

Más arriba hablaba de alguna extraña responsabilidad autoimpuesta. El asunto es que desde el año 2003 implícitamente me autoimpuse la responsabilidad de dar a conocer la literatura de ciencia ficción chilena/latino-hispanoamericana, para luego ir ampliando el espectro y considerar a todo el género fantástico… con todas las vertientes, subgéneros y variantes que puedan tener. Adicionalmente decidí incluir contenidos de divulgación científica debido a que poseo la convicción que es un tipo de conocimiento que fomenta la curiosidad y el escepticismo, características que yo considero fundamentales para considerar persona a un ente con forma humanoide. El medio donde quise implementar todo lo anterior fue (y es) precisamente esto que ahora estás leyendo: TauZero, siendo un de sus objetivos el realizar el rescate patrimonial del género fantástico hispano, en particular el chileno.

Me gusta repetir -como loro- que un pueblo que no posee imaginación no puede visionar su futuro y que el género fantástico es precisamente un medio para estimular la imaginación de las personas, para que estén en condiciones de idear un mejor futuro para nuestra sociedad.

Sé que todo esto puede sonar tan utópico como desear la destrucción del capitalismo y la llegada de comunismo vegano fundamentalista. Pero ser fantasioso y desear imposibles es nuestro negocio, de modo que todo este latoso preámbulo sirva para presentar una iniciativa que sentí tenía que realizar.

Me refiero a TauZero Shop, proyecto de e-tienda que pretende estar especializada en género fantástico; una vitrina online donde los autores de género puedan ofrecer sus obras al público lector:

http://shop.tauzero.org

Podría señalar que la característica fundamental de esta e-tienda es que los autores que se ofrecen corresponden a autores locales de literatura fantástica *y* cuyas obras son muy difíciles de encontrar en el mercado o derechamente es imposible, debido a que son autoediciones, de tiraje limitado o bien son obras descatalogadas hace tiempo.

Desde este punto de vista, adquirir un libro que pertenece a ese *patrimonio fantástico* se convierte en un acto de coleccionismo, que llegado el momento su venta podría asegurar la universidad de algunos nietos… si se me permite el fantaseo.

No está de más señalar que con el tiempo se espera que la tienda crezca en cantidad y diversidad de obras, abarcando ya no sólo la CF, sino que permeando además con contenidos de ciencia y, en general, con literatura que abarque todos los tópicos que se traten en el e-zine.

Si tu recepción a todo lo anterior es positiva, permanece cerca y memoriza la dirección dónde dirigir los clicks. En cualquier otro caso, vamos a lo que nos interesa aquí: la lectura de TauZero.

La frontera del olvido

Kneser tanteó una vez más con el fragmentador la pared para asegurarse de que había elegido el punto más apropiado para poder abrir un agujero. Hizo una seña a Séradim, su único compañero en aquellos túneles oscuros y profundos, y éste se apartó, ajustando con firmeza su máscara de oxígeno. Kneser apretó el botón y el fragmentador comenzó su trabajo, usando vibraciones ajustadas a la longitud de onda de la pared para romper ésta lentamente y sólo en los sitios apropiados. Kneser estaba tenso con el instrumento en las manos. Había estado en muchas excavaciones a lo largo de su vida, pero nunca se había sentido tan embargado por la emoción como en aquel instante.

El fragmentador terminó su trabajo, a lo que Kneser y Séradim se colaron por el estrecho agujero que el primero había abierto, el mínimo necesario para avanzar. Miraron fijamente y encontraron otro pasillo oscuro. Cuando encontraron el primero, varios días atrás, sintieron miedo. Ese miedo estaba siendo sustituido por una naciente frustración. Otro nuevo pasillo. Avanzar más hondo aún. Encendieron las antorchas atómicas y prosiguieron su andar.

–¿Qué lectura dan tus instrumentos, Séradim? –preguntó Kneser mientras examinaba las inscripciones del lugar.

–Está cerca. Tiene que estar cerca –respondió a su compañero sin levantar la vista de sus aparatos, cuyos nombres técnicos Kneser apenas era capaz de pronunciar.

Estaban más cerca de lo que cualquier aparato podía medir, y Kneser lo sabía, de lo contrario no se habría separado del resto del grupo. No en vano por algo era uno de los mayores conocedores de los Profundos, la raza alienígena cuyas ruinas estaban recorriendo.

Los Profundos… Kneser recordó la primera vez que encontró señales de ellos. Un accidente. Una explosión incontrolada que abrió una sima en pleno fondo del mar. Cuando la zona fue asegurada, él y su grupo de estudiantes de arqueología penetraron en las profundidades de la entrada que habían encontrado, porque no tenían duda alguna de que se trataba de una entrada. Construcciones muy alejadas de los cánones griegos, llenas de amplias estancias que se hubieran podido decir dominadas por gigantes. Un estudio geológico reveló que estaban en la frontera de lo que se podía llamar la superficie terrestre, a punto de entrar en las capas superficiales. Tiempo atrás, en los primeros milenios de la humanidad, la empresa de penetrar más allá del manto, incluso a las proximidades del núcleo, era considerada poco menos que una locura sólo propia de la ciencia ficción, en la que se relataba que había dinosaurios y perdidas culturas.

Pero la ciencia ficción se empezó a convertir en ciencia. Se encontraron ruinas de ciudades. No ciudades de los hombres; ciudades con proporciones que desafiaban los escritos de la época clásica, donde era posible imaginarse al monstruo Tifón sepultado en un cráter, donde era posible imaginarse a un hombre luchar contra una legión de titanes. Los estudios geológicos revelaron que estaban a tanta profundidad que resultaba necesario remontarse a cuando la Tierra no podía ser aún llamada como tal, cuando sólo se trataba de una bola incandescente asediada por eternos volcanes y mortales lluvias de meteoritos, sin atmósfera ni agua. Un erial que, por increíble que le resultara a Kneser y todo su equipo, alojaba vida.

No caldos primitivos ni sopas de genoma. Vida inteligente, habitable. Y el ser humano nunca la había encontrado porque la presencia de su civilización estaba oculta bajo la corteza terrestre, más hondo de lo que se pensó que los estratos podrían llegar jamás. Al principio Kneser se negó a la evidencia. No era lógico ni probable, simplemente se habían confundido en las mediciones y no estaban tan cerca del núcleo, sólo eran ruinas de hombres de una impensable tenacidad, sólo una prueba de que los seres humanos podían en verdad adaptarse a las condiciones más adversas.

Tuvo que ver las inscripciones de las paredes para convencerse de lo contrario.

Nunca, jamás, había visto nada remotamente similar. No conocía idioma terrestre alguno que tuviera tal sintaxis, no podía apenas hablar de términos linguísticos. La hipótesis de la cultura extraterrestre empezó a tomar forma, y así fue presentada al mundo, pero Kneser no los consideraba extraterrestres, sino tan terrestres como nosotros. Tal vez, incluso, con más derecho a llamarse así. Sin embargo, fueron bautizados como los Profundos, los habitantes de las profundidades.

Entonces comenzó su estudio. Su búsqueda de Atlántidas perdidas, de Acrópolis canónicas, y una de las etapas más fascinantes de la historia de la humanidad. Eran inteligentes, posiblemente mucho más que los humanos. Cada nuevo yacimiento traía consigo tecnología devastada, pero tecnología al fin y al cabo, y la medicina, la biología, todas las ciencias en general se enriquecieron con pobres retazos de lo que debió ser un imperio de prosperidad en un entorno de caos.

Y así fue como Séradim conoció a Kneser. Como científico no tardó en compartir el deseo de Kneser de encontrar más muestras de su cultura, y por lo que se apuntó con el equipo de expertos del mundo entero a la expedición al núcleo del planeta. La mezcla de arte y ciencia en los Profundos era notable, para dicha cultura los misterios no eran incompatibles con los descubrimientos, y no existía la aridez del conocimiento ni la irracionalidad de las supersticiones. Pero aquellas cosas sólo Kneser las sabía, el único arqueólogo capaz de descifrar las inscripciones de los Profundos, una raza que no creaba libros pues su conservación en aquella época resultaba imposible.

Y ahora estaba cerca. Sabía que estaba cerca de conseguirlo. Las lecturas de Séradim eran claras. Detectaba radiación ordenada, actividad rítmica allí abajo. Los Profundos no eran un montón de ruinas sin sentido. Había algo allí abajo. Una máquina aún estaba funcionando.

El resto de los miembros de la exploración no le tomaron en serio, por supuesto. Qué sabría él de máquinas, él que había encontrado el mayor hallazgo de su época por mero accidente. Otros le creían, argumentaban que también la penicilina se había descubierto por accidente, pero tenían miedo de desobedecer a los jefes de excavación. De modo que Kneser y Séradim se separaron del resto del grupo y prosiguieron por su cuenta con las señales de los instrumentos de Séradim como única guía.

–Las expresiones son más modernas en esta zona –dijo Kneser tras pasarse un buen rato ojeando las paredes lisas y puntiagudas–. Nos encontramos en la cúspide de su civilización.

–¿Qué dice? –preguntó Séradim nervioso, apuntando a las paredes con el haz de luz. Se sentía como un profanador de tumbas egipcias.

–Convertido a nuestra manera de ordenar las palabras dice algo así: ‘Éste es el camino que conduce a todos los caminos. El Tiempo está ahora en tus manos.’

–Curiosas palabras para una raza supuestamente más avanzada que nosotros. Pensaba que no tenían religiones.

–Y no las tienen –objetó Kneser–. Su mezcla entre arte y ciencia es tan homogénea que tratan los conceptos científicos con un fervor filosófico que sería la envidia de la escuela griega.

–Las lecturas se incrementan en esa dirección –dijo Séradim ansioso, pensando en las palabras de Kneser y comprendiendo en parte a los Profundos.

–Ya hemos llegado, amigo –dijo Kneser con entusiasmo–. De no ser así no habríamos encontrado esa inscripción, esa advertencia. Y mira –comentó apuntando la antorcha atómica contra las altísimas paredes–. Todos esos mensajes… nunca había visto tanta solemnidad en las palabras de los Profundos. Si no fuera porque estoy usando un término de dudosa aplicación, diría que nos acercamos a un templo, o por lo menos a un lugar sagrado para ellos. ¿Qué puede haber que consideren tan importante que haya aguantado incluso los procesos de formación de la corteza terrestre?

–No estoy seguro de querer saberlo –dijo Séradim mintiendo para sí.

Anduvieron muy lentamente por el pasillo, saboreando cada paso que daban como si estuvieran a punto de encontrar la fuente de la eterna juventud, como si supieran que nunca querrían regresar. Kneser trató de ponerse en contacto con el campamento base. Era inútil. Sacó su indicador de profundidad sólo para cerciorarse que la aguja se había roto hacía varias horas.

Finalmente encontraron una luz brillante al fondo, tan brillante que no sólo pudieron reservar la energía de sus antorchas atómicas, sino que además tuvieron que sacar sus gafas de protección. Séradim pensó que era la primera vez que las usaba desde que sintetizó un cuásar en su laboratorio.

Al final del pasillo encontraron un pórtico alto como ocho hombres por el que entraron sobrecogidos de humildad. Justo al cruzarlo, los instrumentos de Séradim recogieron una alteración en el pulso de las ondas. Las gafas no eran suficiente para protegerse, por lo que tuvieron que moverse casi a ciegas.

–Hemos activado algo –dijo Séradim analizando los cambios.

–¿Una trampa? –preguntó Kneser, que nunca antes se había encontrado con ninguna.

–No, más bien parece como si nuestra presencia hubiera alterado las órdenes preestablecidas.

–La luminosidad disminuyó hasta tal punto que pudieron distinguir una enorme máquina al fondo de la habitación. De un vistazo Séradim, experto en maquinaria Profundos, no pudo identificar qué era ni qué utilidad podía tener, pero comprobó que era más moderna que cualquiera que hubiera visto antes tanto en persona como en trabajos ajenos.

–Creo que tenemos ante nosotros la obra maestra de la cultura Profundos –aseveró Kneser con gravedad.

–Entonces será mejor que nos demos prisa en descifrarla, porque mis instrumentos indican que se está desvaneciendo.

–Kneser se acercó a la base del colosal objeto y buscó inscripciones que traducir.

No tuvo muchas dificultades, pues como pudo comprobar en cuanto estuvo al pie del artefacto se encontraba casi enteramente cubierto por ellas. Muchas de ellas rezaban principios básicos de la cultura Profundos que ya conocía, junto con otros que no había leído nunca antes.

–Sea lo que sea este chisme, le tenían mucho aprecio –comentó en voz alta. La luminosidad era cada vez más reducida, aunque seguían sin necesitar las antorchas atómicas.

–¿Qué ponen? –preguntó Séradim.

–Son sólo proverbios, pero no aparecen muy a menudo, y menos aún todos juntos.

–Busca las Instrucciones Maestras.

–¿El qué?

–En algunas inscripciones se alude a las instrucciones maestras, tres frases elementales que indican el funcionamiento de las máquinas más complejas, como pistas para desentrañar su funcionamiento.

–¿Cómo sabías eso?

–Un artículo reciente de mi colega Golvan. ¿Le recuerdas? Os presenté en una conferencia hace tiempo.

–Debo suponer que nunca se ha encontrado una máquina que las tenga.

–Supones bien.

Kneser siguió buscando hasta que se detuvo junto a una sección destacada de las demás.

–Recuérdame que invite a Golvan a cenar un día de éstos –comentó satisfecho.

-¿Lo has encontrado?

–Creo que sí. Signos ordinales Profundos, pero éstos son de la primera época. Creo que esta máquina fue concebida en los albores de su cultura. Estamos ante un aparato que para ellos debió ser la culminación de sus sueños.

–Y ahora se está apagando –comentó Séradim cada vez más preocupado en lo que miraba los indicadores. Ya no tenían necesidad de las gafas.

–La primera instrucción dice, si deseas la paz y la redención visita el Eje, pero nunca vayas a su mismo centro o el Vórtice te atrapará en el eterno Pasado.

–No suena muy halagueño –dijo Séradim.

–La segunda dice, si deseas viajar, deberás ir a los… no entiendo bien esta palabra, creo que no la había visto antes. Dudo que tenga homólogo en ninguno de nuestros idiomas. La tercera dice, no te acerques a la Frontera del Olvido.

–¿Qué querrá decir?

–No lo sé, pero no es poesía sin más, eso está claro. Menos aún con esta máquina de por medio. Estas instrucciones hablan de lugares. Tiene que haber un mapa por alguna parte…

–¿Y eso de qué nos serviría? ¿Acaso no ha cambiado la superficie terrestre?

–Te sorprenderías de saber lo avanzados que están los estudios de la cartografía Profunda –dijo Kneser en lo que seguía buscando.

–Bueno, finalmente la obra maestra de nuestros anfitriones se ha apagado –dijo Séradim haciendo lo mismo con sus instrumentos. Se acercó a la máquina y examinó sus bordes–. Aquí hay un mecanismo de tensión, Kneser. Lo he visto en otros aparatos Profundos antes. Suele servir para dejar al descubierto nuevas secciones. Éste parece que no ha sido usado nunca.

Kneser se quedó pensativo un momento. Al fin habló.

–A quién quiero engañar, no podría resistir la tentación de dejarlo intocado. Acciónalo.

Así hizo Séradim, y de repente una sección completa de pared, grande como una ciudad, comenzó a deslizarse. Por la velocidad que llevaba parecía que se disponía a aplastarles y a barrer la sala entera, pero al momento se dobló como un complicado rompecabezas y recuperó su posición original para revelar un enorme planisferio.

A pesar de que había luz, era demasiado tenue para poderse leer con claridad, por lo que Kneser encendió su antorcha atómica para rastrear por zonas el recién aparecido mapa.

–Es un mapa físico de los últimos tiempos de los Profundos –explicó con calma–, pero no entiendo los símbolos ni las líneas que los surcan.

–Es que son símbolos científicos –añadió Séradim–. Son líneas de campo.

–¿Estás seguro?

Séradim vaciló un momento.

–Completamente. En muchas cosas la notación científica de los Profundos difiere de la nuestra, pero en esto… son como dos gotas de agua. Junto a cada línea hay números Profundos. Esto es un campo escalar, Kneser. Como las líneas isobaras de las predicciones meteorológicas. Como las líneas de altitud de una montaña –dijo pensando que el ejemplo sería apropiado para ilustrar a su compañero.

–¿Y qué es lo que miden?

Séradim dirigió la antorcha de Kneser inquisitivamente hasta encontrar las unidades de medida. Una vez lo hizo sus pupilas se dilataron.

–Esto, amigo… es un campo de tiempo.

–No te entiendo –comentó Kneser intrigado. La mención de la palabra tiempo en relación a una máquina desconocida le asustaba más si se la oía decir a un científico que si la leía en unas instrucciones arcanas.

–Aunque parezca imposible, estas líneas unen puntos con el mismo tiempo. ¿Dónde… dónde estamos nosotros?

–Aquí –dijo Kneser apuntando con la luz.

–Ahora mismo estamos en una… creo que sería apropiado llamarlo isocrona… de magnitud dos, según el mapa. Es decir, que el tiempo aquí avanza el doble de rápido de lo normal.

–Yo no noto ninguna diferencia respecto a cómo ha avanzado siempre –objetó Kneser.

–Ahí está lo inquietante. Creo que lo que tenemos delante refleja cómo es la Tierra realmente, y lo que nosotros hemos conocido, que el tiempo avance por igual en todos los puntos, o al menos de manera relativamente similar, era producto de esa máquina.

–Entonces… entonces insinúas que en realidad nuestra percepción del tiempo siempre ha sido el doble de la normal…

–¿Qué es normal, Kneser? Todo depende de nuestras unidades, aunque siempre existen ciertas directrices para elegirlas. ¿Cómo eran las instrucciones?

–Una de ellas decía que si se necesitaba… –hizo memoria– la paz y la redención se visitara el Eje.

–Apuesto a que esto es el Eje –dijo Séradim apuntando un punto rodeado de deformados círculos concéntricos. Kneser miró la leyenda cartográfica, y efectivamente lo denotaba como el Eje.

–Los números son el equivalente de nuestros negativos. Cuando se está ahí, el tiempo no sólo no avanza, sino que retrocede. De ese modo podían olvidar los malos acontecimientos, como reza la instrucción. Sin embargo, en el centro de esta zona, el retroceso es infinito, es como un logaritmo en el cero, una asíntota que nunca se detiene. Sólo Dios sabe qué fenómenos físicos le ocurrirán a aquel que estuviera ahí. Sólo Dios sabe qué le habrá ocurrido a los que estuvieran ahí en el momento en que se ha apagado este trasto… dijo mirando a la máquina.

–El centro… es lo que la instrucción llamaba el Vórtice –añadió Kneser.

–Ahora sabemos por qué. La segunda hablaba de poder viajar, ¿verdad?

–Sí, así es. Ponía nombre a los lugares donde hacerlo, y son los mismos que aparecen aquí –dijo señalando a múltiples puntos del mapa–. Todos están cerca de donde hubo grandes ciudades Profundos.

–Dios santo… –dijo Séradim en voz casi imperceptible–. La velocidad. La velocidad, Kneser. La velocidad es inversamente proporcional al tiempo, espacio partido tiempo, como se cuenta a los niños. A más tiempo, menos velocidad y viceversa. En esos puntos las líneas indican tiempos cercanos a cero… y por tanto, velocidades cercanas a infinito, así como aceleraciones. Dios mío, pensábamos que eran avanzados, pero son mucho más que eso. Con este sistema podrían acelerar tanto las naves que irían a velocidades ya no mayores que la luz, sino cientos, miles, millones de veces mayores que la luz.

–Pero eso es imposible, la luz es lo más rápido en el Universo, ¿no?

–¿No lo ves? ¡Hemos vivido en una mentira toda nuestra existencia! Pensábamos que el tiempo se comportaba de manera similar en todas partes, y no es así ni remotamente. Hemos estudiado el Universo sin saber que nuestra percepción de él estaba distorsionada, sin sospechar que estábamos en un campo de tiempos artificial que siempre valía dos en todos los puntos. Éramos peces en un acuario y desconocíamos las olas del mar.

–Y nosotros hemos desactivado la máquina… –pensó Kneser.

–La tercera instrucción… hablaba de no acercarse a la Frontera del Olvido. Si el campo en el que está la Tierra no sufre variaciones, si los cambios son suaves, sin brusquedades, al ir de aquí al Vórtice, donde el tiempo retrocede, como en este lugar avanza deberíamos pasar por algún lugar donde sea cero… –trazó una línea recta entre ambos sitios, y se paró en un anillo de color rojo–. Eso es. Todo ese anillo es la Frontera del Olvido.

–Efectivamente, así es –corroboró Kneser leyendo el mapa–. Pero ¿por qué es tan peligroso?

–Un lugar en el que el tiempo no avanza ni retrocede… es como la parálisis eterna de todo, el fin último. Es ridículo pensar en los movimientos sin pensar en el tiempo, Kneser. Sin tiempo, todo es bello, estático, pero también carente de vida alguna. Y no se puede escapar de algo así. No se puede huir de la Frontera del Olvido. Como… como les habrá pasado a los que estuvieran allí ahora.

–Así que… se fueron de aquí y dejaron este chisme para eliminar todas estas… estas anomalías, tal vez se activó solo una vez estuvieran suficientemente lejos –reflexionó Kneser–. Tal vez tenían miedo de que el experimento saliera mal y por eso se fueron antes.

–Quién sabe. Para ellos el tiempo siempre había sido así. Intuyo que este campo de tiempo artificial afectaba a todo el Sistema Solar. Hay buenas y malas noticias, claro. Ahora el Universo es accesible, podemos viajar en él, y eso es esperanzador. Pero hemos descubierto nuevos monstruos, como cuando descubrimos los agujeros negros. Lugares que se tragan nuestro tiempo, que nos roban el alma.

–Sin embargo –pensó Kneser–, también hemos ganado control sobre el tiempo. Si ahora somos felices, sólo tenemos que ir allí donde el tiempo sea más lento. Si somos tristes, podemos volver atrás… o incluso avanzar más deprisa. Si deseas la paz y la redención… –dijo mirando en el mapa al Eje.

–Tal vez querían encarcelar a los futuros habitantes de la Tierra. O tal vez querían que ellos experimentaran un tiempo uniforme, como dejarse mecer por el viento. Algo que ellos nunca tuvieron.

–En ese caso, ¿por qué se fueron en vez de probarlo ellos?

–Toda la vida con lo mismo y de repente un cambio… aun sabiendo que el cambio es a mejor, se hace duro de sobrellevar.

–Y nosotros lo hemos provocado al llegar aquí. Al entrar a este lugar apartado incluso para su época. ¿Qué haremos? ¿Qué diremos?

–¿Decir? –pensó Séradim mirando al mapa–. La verdad. Lo que encontramos, y cómo va a cambiar el curso de la humanidad. Y les advertiremos sobre la Frontera del Olvido.

–Tienes razón –dijo su compañero cruzando el pórtico sin mirar atrás. Es lo único que podemos hacer.

Séradim se quedó un momento atrás mirando aquel aparato que no hace mucho funcionaba y debido al cual la humanidad vivía una mentira, tal vez piadosa, tal vez no, pero mentira al fin y al cabo.

–Y el tiempo decidirá si los que vinieron antes que nosotros fueron dioses o monstruos –pronunció en voz baja antes de salir.

(A Fede)

2006, Miguel Ángel López Muñoz.

El Suicida

–¿Nunca has sentido un temor especial cuando has transitado por una acera desértica en una calle igual de sólida? Más aún, ¿nunca te has sentido como capturado por la angustia cuando has caminado por un paraje inhabitado, una carretera vacía, quizá a altas horas de la noche? dijo el viejo Martín, y al decir estas frases, su rostro se puso más pálido, su arrugada piel mostró una expresividad inusitada.

–Sí, lo he sentido, ¿pero qué? ¿Qué hay con eso?
–No has notado que caminas y alguien o algo te sigue…
–¿Una persona? ¿Te refieres a una persona? Eso se llama delirio de persecución, producto de una mente algo trastornada…
–Sabes exactamente lo que digo, puntualmente no una persona, más bien un… “algo”, una existencia, como si un escalofrío te rozara la piel. Varias veces lo he vivido, a veces temo que suceda, yo hombre que he recorrido mucho en esta vida, en algunas ocasiones regresando de la chacra he oído un cascabeleo, una agitación…
–Una serpiente o un bicho de esos seguramente Martín… interrumpió Román al anciano, éste le miró con imprecación.
–No es una cascabel, ¿crees que no conozco de animales? Hay algo que hace sinuoso el aire, a menudo en algunas partes de un determinado camino, no te comenté la terrible influencia -botó el humo de su cigarro- que se siente al pasar por el camino que conduce hacia aquella huaca, donde ese Gilberti se perdió.
–Sí, en eso te doy la razón, aquel lugar esta demasiado viejo o maldito si queremos utilizar una palabra más adecuada, algunos dicen que hay días en que el camino es visible y otros en los que no, temporadas en que nadie lo puede encontrar…
–La naturaleza…
–¿La naturaleza?
–Sí, Román, la madre naturaleza es sabia, oculta el camino para que otros no se pierdan, rechaza y oculta a sus hijos enfermos y perdidos, pútridos…
–¿La naturaleza o Dios?
–Llámalo como desees mi amigo, pero pon más leña al fuego, aviva esas llamas pues no deseo quedarme a oscuras… en un paraje como éste – comentó preocupado el viejo Martín.
–Román se paró no sin demostrar cansancio, la jornada de aquel día lo había agotado. Al poner un par de pequeños troncos en la rústica cocinilla, la luz iluminó vivamente la estancia, las sombras de aquellos hombres se reflejaban como un teatro ambulante en la pared de adobes de la pequeña sala.
–El miedo… retomó la conversación el viejo Martín.
–¿El miedo? No entiendo – dijo Román.
–El miedo, el temor fue el que hizo que se matara.
–¿A quién? preguntó, sin seguir sin entender Román Rivas.
–A Ignacio Mejía, estoy seguro, así como yo siento esos escalofríos, esa especie de contacto de este mundo con el otro universo inmaterial, muchos mortales pueden sufrir una experiencia mucho más “material”, que pasa de las ligeras sensaciones a otros planos de experiencias.
–¡Bah! Era un vago, un individuo muy afecto al alcohol y a pensar cosas – dijo en tono despreciativo Román, y con ese gesto trató de quitarle fuerza a la palabra del viejo.
–Era una buena persona en el fondo, lo conocí, ¿sabes? Nunca me demostró un lado necesariamente hostil o una personalidad díscola. Pero si me habló de su temor a la soledad.
–Un temor que casi todas las personas tienen.
-Seguramente, pero es en la soledad cuando más personas sienten esas vibraciones, esas conexiones con aquella dimensión.
–Pareces muy seguro de todo eso, ¿por qué?
–Te acuerdas de la vieja Telma, ¿No?
–Sí. ¿Pero?
–Predijo su muerte.
–Sí lo recuerdo, era medio cartomancista o cartomántica, leía el tarot.
–Profetizó su fallecimiento, adivinó exactamente el día que iba a fallecer, dicen que alguien del otro lado se lo comunicó…
–¿En verdad crees eso Martín?
–¿Cómo adivinar la fecha exacta en que te vas a morir casi tres años antes de que suceda?
–La gente suele sugestionarse, vamos, Lambayeque esta llena de esas historias, aparecidos, pactos con el diablo, gente que regresa del más allá para recoger sus pasos, historias que se cuentan a los niños para que no se queden hasta muy tarde en la calle o despiertos.
–¿Y los Gilberti?
–Román recompuso su rostro, repentinamente se le fue la incredulidad.
–Tienes razón, pero insiste en que el muchacho era un vago, bebía mucho.
–Mucha gente bebe mucho, y jamás tiene el tipo de experiencia que tuvo Ignacio Mejía, y sobretodo no se esfuma para luego aparecer muerto, sobre todo luego de ese misterioso viaje al monte, el campo esta lleno de huacas, de tumbas, de lugares fantasmagóricos, muchos indios murieron aquí en la colonia, las antiguas culturas hacían sacrificios humanos, ¿cuánto crees que pesa eso? Muchas puertas han sido abiertas y no se han cerrado. Quizá todo esto pierda fuerza porque pocas son las personas que se aventuran por lugares remotos en busca de tesoros y esas cosas, por lo tanto pocos hombres tienen éste tipo de experiencias.
–Martín, pero él no fue en busca de tesoros, simplemente se remontó adentro en las campiñas, fue por una carretera abandonada a fin de sortear un problema de tránsito, las lluvias habían arruinado todas las vías, muchas personas hacen lo mismo.
–Pero él equivocó el camino, transitó largo trecho solo, por terrenos que no deben ser frecuentados…
–La gente dice que cargó en su mochila algunos estupefacientes y alcohol. Bajo esas condiciones cualquiera pierde el control.
–Supe que llegó a la ciudad luego de varios días, además también los aldeanos manifiestan que no tenía rasgos de haber ingerido alcohol, tan sólo mostraba un aspecto decaído, y actuaba como fuera de si.
–¿Como loco?
–No, solamente estaba ido y anodino.
–¿Qué crees exactamente que pasó? interrogó Román mientras jugaba débilmente con el humo que salía de su pucho, luego prestó atención a las palabras de Mejía.
–Aquellas sensaciones, aquellos roces desde otro mundo lo atraparon, ¿por qué crees que demoró tanto? Una travesía que por lo general la concluyes en un día.
–No lo sé, dímelo tú.
–Se encontró con la muerte…
–¡Vamos, no seas ridículo! vociferó Román, en su rostro un gesto de incredulidad.
–¡Él me lo contó por Dios!
–¡Por favor amigo, la muerte tan sólo es una abstracción! ¡Una idea! ¡No creerás algo diferente! ¿O si?
–Si tú no lo crees, es tu problema…
–Pero, ¿qué fue lo que te dijo? Te conozco, ¿por qué a un hombre como tú lo ha conmovido tanto ésta historia?
–Él había decidido encauzar su vida, había desperdiciado mucho de su valioso tiempo en borracheras y en exceso de todo tipo. Por fin había logrado conseguir un trabajo estable o había una posibilidad de conseguirlo, y ¡zas! El problema de las lluvias lo arruinó todo!
–Pero no se rindió. Empezó a pensar y a pensar, había oído de un viejo camino hacia la sierra, una antigua vía no usada desde 1800, antes de que se proclamase la Independencia, pero también tenía conocimiento de que ese camino era peligroso, por lo intransitable y por que se contaban extrañas historias acerca de él. Se decidió a tomarlo, consiguió un mapa y apuntó todas las sugerencias que le dieron acerca de cómo llegar por el a su destino. En primer lugar cargó varios víveres ya que le habían dicho que el viaje tardaría por lo menos día y medio a dos días a pie, debo mencionarte que la primera parte del viaje podría tomar un transporte motorizado, ya que sería hasta la ciudad de Ferreñafe, la segunda parte de la travesía sería a lomo de mula y más allá aún sería a pie.
–Más o menos, ¿ochenta kilómetros?
–Si los haces en línea recta, sí, pero ¿qué camino es en línea recta?
–¿Lo acompañó alguien en el viaje?
–Sí, cuando fue a lomo de mula un indio, y la vía que sólo podría transitarse a pie, la hizo él solo.
–¿Llevó algún tipo de droga consigo?
–No, conversé con él, ni bien hubo llegado de su viaje, como te dije al principio no presentaba rastros de haberse perdido en alcohol o alguna otra sustancia…
–¿Pero exactamente que vio? Aún no me lo has dicho -preguntó Martín, impaciente y movido de alguna forma por el giro que estaba tomando el relato.
–Te lo he dicho ya, y no te sonrías así -se apuró a decir el sexagenario narrador.- Me refirió una experiencia extraña, abandonó al indio y a la mula, dejándole instrucciones que si en dos días no llegaba regresara, que de ser así seguro había encontrado el campamento minero y se quedaría a trabajar, te mencionaré con la mayor aproximación sus palabras:

“Me despedí de Rogelio, así se llamaba el muchacho y seguí mi rumbo, eran cerca de las cuatro de la tarde, seguro me agarraría la noche caminando pero no tenía otra salida… acamparía… tomaría mi merienda en la oscuridad a la luz de un pequeño fuego… a medida que avanzaba mis pasos se hacían más sonoros, no se por qué, pero al continuar y al alejarme de mi acompañante, la soledad era más y más grande, una sensación de soledad tremenda, era como navegar a la deriva solo, como derivar en un barco fantasma, sintiendo el nauseoso movimiento de la barcaza, no estoy seguro de cuanto camine, me refiero a que distancia pero una oscura noche se cernió sobre mí, disminuí velocidad de mis pasos, me senté, con la ayuda de mi linterna y busque algunos pequeños leños de algarrobo y prendí fuego, calenté algo y prendí un cigarrillo para pasar el rato. El viento silbaba fuerte, escuchaba sonidos extraños, a la manera de ecos, no les tomé importancia, hasta que algo ¡De pronto me sobresaltó! ¡El silbido del viento se había convertido en música! Una rarísima danza volaba en los aires, busqué desesperado -aunque tratando de conservar la calma- más leños para aumentar el fuego, el calor y la luz de mi fogata. Así lo hice. Sin embargo, la danza seguía surcando los cielos, se tornaba más y más denso y pesado el aire que me rodeaba, encendí mi linterna, dirigiéndola hacia uno y otro lado, ¡nada, no se veía nada! ¿Alguien me estaría jugando una especie de broma? ¿Pero en esa inmensa soledad? ¿En medio de la nada? Era muy poco probable, casi imposible.”

“¿Quién esta ahí? Grité. ¡Responda! Dije una vez más. Volví a preguntar. Nada. Entre tanta tensión me quedé dormido. Amaneció, muy temprano, puedo jurar que vi el sol enrojecido. Eran las cinco de la madrugada y su luz taciturna me inquietaba ya. Me incitaba a levantarme. Tomé algo de comida y seguí mi camino. A mitad del día y habiendo caminado ya varias horas, empecé a sentir que alguien me seguía, mas volteaba y aquel hombre se ocultaba tras los matorrales. Como medida de previsión saqué mi revolver y a la segunda vez que lo vi, inmediatamente volteé y logré verlo. Debo decir necesariamente que era un hombre, no, no era un hombre, me equivoque, era una especie de ser. ¡Disparé! el escopetazo sonó como una bomba en tan asfixiante soledad. Una carcajada provino de “eso” corrí en su persecución, más fue en vano. Al darme la vuelta, “eso” se encontraba detrás de mí; el acosado fue perseguidor, mas no huí, lo enfrenté. E incluso debo decir lo “miré”; mas no puedo describir que observé: un rostro amorfo, sin ojos ni boca ni nada de lo que pudiera haber visto nunca, por eso mi descripción es torpe. Atiné a dispararle nuevamente. Me tomó del brazo ¿con qué brazos o manos? No lo sé, no vi ninguna, pero me tomó de la muñeca. Le increpé que me soltara, pero mi voz se perdía en su cuerpo, el que había adquirido una enorme dimensión, tanto que ensombrecía el sol. Me arrastró, me arrastró con fuerza… ¡Mire! ¡Mire! ¡Cómo ha quedado mi brazo! Está quemado, completamente quemado. Al parecer es una gangrena, tan fuerte fue como aquella bestia me tomó, que vea cómo ha quedado, mas aún pude escapar, no sé como lo conseguí. Encontré al indio, al pequeño, al muchacho que me acompañó, no supo que decirme, más pronto me llevó donde su padre, me dijo que era curandero… Me desmayé… desperté y muchos indios me miraban… estaba justo en una ceremonia de limpia, el padre del muchacho era en efecto un brujo reconocido. La sesión fue agotadora. Mi mano me seguía doliendo horriblemente, desafortunadamente el brujo no me dio muy buenas noticias: no era ningún hechizo o mal conocido el que tenía yo, me dijo que ¡¡LA MISMA MUERTE ME HABÍA TOCADO!! Varios de los presentes se santiguaron y empezaron a condolerse de mí, mas no tardaron mucho en irse, el dolor sigue aumentando… sigue aumentando…”

–No sé que decirle, Martín, no lo sé, el muchacho se volvió loco…
–Le hubieras visto la mano, amigo, he visto gangrenas en mi vida, he presenciado enfermedades y mutilaciones pero eso, no se qué sería…
–¿A los cuantos días murió Ignacio?
–Luego que conversamos, a los dos días creo, se envenenó, pero su brazo nunca se encontró, nunca lo encontraron… ¡Se lo cercenó!

por Paul Muro

Atlantis

“Y en un solo día, en una noche fatal, todos los guerreros que había en vuestro país fueron tragados por la tierra que se abrió, y la isla Atlántida desapareció entre las olas”
Platón (427–347 A.C.)

Timeo

Desde que lo cantó Platón, hace más de dos milenios, nunca hubo otro testigo de la tragedia del continente perdido. Ese mundo cuyo paso por la existencia se esfumó en la bruma de la prehistoria, convirtiéndose en nada más que sueños y especulación; dudándose incluso que alguna vez existiera. Continúa leyendo Atlantis

¿Por qué el mundo necesita a Superman?

por Jorge Baradit M.

Si Lois Lane no pudo escribir el artículo, al menos déjenme intentarlo a mí.

¿Por qué el mundo necesita a Superman? Creo que la pregunta se responde sola, ¿no? Basta con mirar CNN, la vieja copuchenta de la cuadra en esta era global, que te dice al oído lo mal que está todo; de cómo Osama parece que se está metiendo con la mujer del vecino, de Georgie que al parecer gusta de encargar ropa interior femenina que no es precisamente para su señora, de cómo Juanito fabrica bombas nucleares en el patio de atrás de su casa; o de Juanita, que llevó sandwiches de lomitos cortados de los cadáveres de sus padres a la toma del Carmela Carvajal.

En fin, NUNCA hemos estado más necesitados de un hermano mayor que nos diga lo mal que lo estamos haciendo, que nos zamarree y nos diga que no hay que descuartizar, rostizar, bombardear, envenenar a nuestro prójimo. Rogamos, igual que los psicópatas asesinos, que llegue el policía adecuado y recibamos nuestro merecido porque no nos vamos a detener nunca. ¡¡Dios!!!…¡Si, tú!!!…¡allá arriba!!!!…es que no te diste cuenta que el primer hijo que mandaste no resultó??!!! Fué como mandar a Mahatma Ghandi a parar los stealth que destrozaron Bagdad. No, Dios, las cosas no funcionan así. Fué una buena idea, lo admito. Eso de inocular en cada persona el amor por el prójimo para asegurarnos de que todos viviríamos happily ever after no funcionó…no pasaron cien años y ya estábamos amando al prójimo a espada limpia. Esta película te lo dice a gritos, necesitamos que nos envíes a your only son otra vez, pero en versión cowboy!! que vaya por ahí amándonos pero kicking tha bad guy asses también!! Alguien que no dependa de la realpolitik o que no responda a los intereses de las transnacionales o que necesite el apoyo de tal o cual facción para defender al pobre peatón de las Isapres y de los suicidas explosivos. Alguien limpio, bueno y amoroso que nos defienda, que ponga el pecho ante las balas de los malditos, porque hay que decirlo: esto es como si los matones y pesados del curso se hubieran hecho cargo de todo el colegio. Los hijos de papi y los tontones de 1.80 mt manejan ésto y no hay carabinero que nos defienda porque trabajan para ellos, ni cura que nos defienda porque trabajan para ellos, ni gobieno que nos defienda porque los financian ellos. Por eso inventamos superhéroes, porque lloramos por alguien que nos defienda DE VERDAD. Somos huérfanos, estamos abandonados, desde que tu otro hijo se fué estamos solos y a expensas de los lobos y las hienas, desamparados cuando prometiste defendernos. Mándanos a tu único hijo de nuevo, por la cresta, pero en versión John Wayne, amable con las mujeres, bien peinado y buena onda con los niños. Alguien que de verdad pueda hacerle frente a los matones del curso que nos quitan el almuerzo y nos sacan la cresta cuando quieren, de los georgies, los adolfos, los osamas, los sharones y los augustos señores de la patria.

¿Por qué el mundo necesita a Superman? Porque nos están sacando la cresta y tú no haces nada.

Se que me cuesta un poco que alguna película me guste del todo. Pero también es cierto que hay temas en los que no puedo ser objetivo. Para ser más franco todavía, comenzaron los títulos con esa música que ustedes conocen y quedé más entregado que novia en luna de miel. Mi corazoncito latiendo allá por 1979, sentado en el cine Velarde de Valparaíso, volvió a latir hoy y frente a eso no hay mucho por hacer.

Pero intentaré ser objetivo: la película es ¡la raja! Si bien no tiene un ritmo fácil y se toma su tiempo en comenzar a contar la historia, uno agradece que no hayan cedido a la tentación de hacer un nuevo producto muscular y adrenalínico lleno de ritmo frenético. Los estudios estaban concientes que ésta debía ser una buena película, “”cine” como le gusta decir a algunos amigos.

Desde que escuché del proyecto, hace ya varios años, me preguntaba ¿para qué? Batman de Burton pasó de moda, envejeció, había que actualizarla. Pero el SUPERMAN (1978), de Richard Donner, es una película definitiva. La película sigue siendo joven, fresca, contemporánea. Hacer un nuevo Superman era tan estúpido como hacer un remake de A NEW HOPE. Gracias a dios los estudios entendieron lo mismo y se embarcaron, sensatamente, en una película que entroncara con la anterior, usando lugares comunes, iconografía y homenajes hasta el cansancio (si, admito que casi me cansé. Si la señorita Tessmaker…perdón…miss Kowalski, llegaba a decir que su mamá vivía en las tierras que desaparecerían vomitaba ahí mismo), pero, ¿en qué estaba?..ah, si….siendo cochinamente condescendiente con una película de un guión tan lleno de hoyos como un queso grouyere. SUPERMAN RETURNS (Bryan Singer, 2006). Es tan grande el peso de la historia que hay momentos en que se vuelve un espéctáculo de trivia, como reconocer a Glenn Ford en una de las fotos sobre el piano de Martha, la escena donde Superman baja con el auto de los frenos cortados de la misma manera en que aparece en la famosa portada de Action Comics, el meteorito robado pertenece al mismo evento que el de 1978 (Addis Abbeba), y un largo etcetera. Pero, en fin, nadie le hubiera perdonado a la Warner vendernos un Superman estilo Tim Burton, como el que se perpetraba hace 10 años atrás, ni siquiera uno sin el mítico cachirulo en la frente, así de claro estaba lo que había que hacer. A pesar de que el homenaje se pasa de rosca y hay momentos en que el deja vu deja lugar a la certeza de que hay gato encerrado (no puede ser el mismo conflicto de aumentar la plusvalía de bienes raíces que aún no existen, por dios!), el espectador se deja llevar por los hechos suavemente aún cuando las razones para las cosas que ocurren no tengan patas ni cabeza (bien, finalmente entró a ver una película acerca de un hombre que vuela).

Quizá lo más interesante de la película es la manera como insisten cada cierto tramo en la divinidad de Kal-el, en un declarado paralelismo con Cristo. Porque la película es mesiánica, Hay un espíritu que habla diciendo haber enviado “a su único hijo” para ayudar a los seres humanos, está la escena de la mujer encontrando “la tumba vacía” y al resucitado desaparecido; Serrano mencionaría que es kristiana (con k) y seguramente haría notar el biotipo ario de kal-el (el “obermensch”) y su relación con la Hiperbórea ártica, las bases arias en el polo, el rayo verde y la tecnología de cristales. Es una película mesiánica, es el Cristo de la segunda venida, poderoso y destructor. Un poco gay eso si, pero qué estereotipo masculino de hoy no lo es?

Lo que nunca entendí era de qué le servía al guión que Superman “volviera de Krypton”. No sirvió para nada más que para hacer un juego de palabras con el título y la expectativa marketera. Lois se podría haber casado igual, todo habría podido suceder sin ese pie inicial que no fué desarrollado en absoluto. No hubo conflicto interior en Kal el después de saberse solo en el universo, después de confirmar quie toda su raza estaba extinta, nada, solo tomó sus maletas y volvió a sentarse a su escritorio como si nada. Quizá los gringos querían perdonarle el no haber estado ahí para el “septiembre 11” y haber detenido esos aviones. De hecho los 5 años coinciden perfecto.

En fin, como veo que no voy para ningún lado, prefiero detenerme aquí y confesar mi incapacidad para analizar esta película. No me pueden pedir que mantenga mi mente equilibrada cuando el azuloso rescata un avión en plena caída, y se pasa toda la película evitando que ocurran esas cosas que en la realidad ocurren y destrozan nuestro corazón. Cuando reparte second chances a diestra y siniestra y evita que tengamos pesadillas con esos momentos en que nuestra vida cambió y no hubo ningún encapado que lo evitara. Cuando soñamos con ese accidente que destruyó nuestro futuro, con ese instante en que un revólver, o un avión, o un tren se cruzan en nuestros caminos y nada hay por hacer. Sups es un sueño doloroso, una esperanza del mismo tamaño del problema: imposible.

Cómo analizar, entonces, el sueño imposible de toda la humanidad?

Se puede, la película está llena de problemas, pero, ¿sabes qué? prefiero quedarme con el gustito a cine Velarde, año 1979, y la emoción que todavía tengo en el corazón. Para lo otro está Pasalacqua.

Jorge Baradit M.

Clave de acceso incorrecta

por Miguel Ángel López M.

El arte de la codificación ha llevado siglos interesando a la humanidad. La necesidad de ocultar datos ha motivado al hombre a ser tremendamente ingenioso a la hora de hacerle la vida imposible a otros que pretenden descifrar mensajes o claves, ya sea por motivos bélicos, de espionaje o meramente lúdicos. Esta disciplina no ha pasado desapercibida en el mundo de la ciencia ficción y fantasía, ni mucho menos. Eso sí, ha sido usada y abusada hasta el punto de hacer de ella poco menos que una ridícula anécdota o un fallo a comentar al salir de la sala de cine o charlar acerca de una novela con otro que la ha leído.

Por poner algunos ejemplos:

En la película Superman Returns, Clark Kent y el marido de Lois deben acceder a los datos del ordenador de ésta, pero se les solicita una contraseña. Tras probar toda clase de palabrejas al final deciden usar la que todos estábamos pensando, Superman. Bingo. De ese modo queda claro que, para Lois, Superman es importante en su vida, o al menos lo fue cuando instauró la clave. Traído por los pelos, pero pasable.

En el libro El Código Da Vinci (y espero que esto no apareciera en la película), bajo circunstancias especiales que no vienen al caso el protagonista, Robert Langdon, se encuentra en el Louvre con un mensaje cifrado, que reza como sigue:

13-3-2-21-1-1-8-5
¡Diabole in Dracon!
Límala, asno

Según comentarios de otro personaje, los criptógrafos de la policía francesa estaban trabajando sin éxito en ello, y Robert Langdon, el protagonista, “volvió a observar aquellos dígitos, con la sensación de que tardaría horas en averiguar alguno”. Bien, para empezar, una creencia popular bastante arraigada es que a la hora de descifrar un mensaje numérico como el de arriba, olvidándonos por un momento de las letras, como posee ocho números, pues debe haber ocho palabras, ocho letras ú ocho sílabas. Falso. Esa es sólo una de tantas maneras de cifrar, muy antigua de hecho, y relativamente fácil de descifrar en nuestra moderna era de ordenadores e incluso a mano con paciencia y conocimientos del idioma. Lo más importante es que un servidor, de un vistazo y tras unos pocos minutos de observación, obtuvo una relación entre los números. Veámoslos en orden ascendente:

1-1-2-3-5-8-13-21

Y, tachán, tenemos la secuencia de Fibonacci. Esta secuencia se caracteriza por empezar con 1, 1 y seguir la sencilla regla de que cada número es la suma de los dos anteriores. Una secuencia, por cierto, que debe gustar mucho a los profanos de las matemáticas porque aparece también en El Ocho, de Katherine Neville, con desigual suerte, y también, y de manera magistral y maravillosa, en la película Pi (Fe en el Caos), relacionándola, como en efecto lo está, con las espirales.

Volviendo al controvertido Código Da Vinci, estuve más tiempo rompiéndome los sesos y tratando de pensar en qué influiría el orden, cuando esa respuesta me llegó leyendo el libro de manera casi ofensiva: ninguna. “Se trata de una broma criptográfica muy simple. Algo así como coger las palabras de un poema famoso y mezclarlas aleatoriamente para ver si alguien reconoce lo que tienen en común”, como dice otro de los protagonistas. Si lo de Superman estaba traído por los pelos, esto ya roza, en efecto, la broma, pero al lector. Para rematarlo, el narrador suelta que “igualmente rara era la serie numérica”, cuando ya no para un criptógrafo sino para un matemático, incluso de primeros años de carrera, saltaría a la vista enseguida la secuencia de Fibonacci, y por si el grado de mongolismo de Langdon no fuera ya claro, pocas líneas después dice que “[Langdon] estaba acostumbrado a las progresiones simbólicas que parecían tener algún sentido”.

Pero más adelante en la narración lo de los mensajes cifrados roza el infantilismo. Capítulo 71, Langdon se encuentra con unos “extraños caracteres”. A mí y a mi madre (con los mismos conocimientos de mensajes cifrados que yo de botánica) nos bastaron cinco segundos para darnos cuenta de que era un párrafo escrito al revés. Langdon especula con que quizá sea una lengua semítica, entre otras grotescas teorías. Para colmo de males las pistas son claras pues mucha gente sabe de la afición de Leonardo Da Vinci a escribir al revés.

Es una pena que Dan Brown se aproveche de las matemáticas de un modo tan burdo y falaz y encima pretenda hacerse pasar por un gran documentador, agradeciendo a su padre, que es matemático, su ayuda en lo relativo a la secuencia de Fibonacci. Este desconocimiento de las matemáticas a la hora de presentar códigos en una obra de ficción ha sido parodiado en muchas ocasiones, como por ejemplo en el Manual del Perfecto Tirano de Peter David, un famoso guionista de comics, el cual habla de tópicos en los que un supervillano no debe incurrir:

Uno de mis consejeros será un niño normal de 5 años. Cualquier fallo en mi plan que sea capaz de detectar será corregido antes de ser llevado a cabo […]. Mi consejero de cinco años también será requerido para descifrar cualquiera de mis códigos. Si lo descifra en menos de 30 segundos no será usado. Nota: lo mismo para las contraseñas.

Otra parodia aparece en la película de Mel Brooks La Loca Historia de las Galaxias. Los Spaceballs raptan a la princesa del mundo de Drudia y proponen cambiarla por el código que otorga acceso a las reservas de aire del planeta. El monarca de Druidia accede y procede a dictar el código: 1, 2, 3, 4, 5. Uno de los Spaceballs comenta que “es la combinación más estúpida que he visto en mi vida, es la que un idiota pondría en sus maletas”. Poco después llega el mandamás de los Spaceballs, y al escuchar el código exclama que “es asombroso, yo tengo la misma combinación en mis maletas”.

En ninguno de estos ejemplos entra la criptografía como ciencia. Ni siquiera se recurre a técnicas elementales de codificación, siendo algunas de ellas de una sencillez abrumadora. Ya desde la antigüedad se conocen interesantes procesos como el cifrado del César. Este procedimiento, llamado así por razones obvias, consistía en lo siguiente:

Elegimos una palabra que no posea letras repetidas, por ejemplo gato. A continuación escribimos el alfabeto, pero saltando las letras ya incluidas en nuestra palabra, en este caso g, a, t, o. Al acabar obtenemos la siguiente asociación entre el alfabeto estándar y el codificado:

abcdefghijklmnopqrstuvwxyz
gatobcdefhijklmnpqrsuvwxyz

Llamaremos a este cifrado “cifrado gato”. De ese modo la palabra poema en cifrado gato sería nmbkg. Cuanto más larga la palabra, más compleja su desencriptación, y las posibilidades son tantas como palabras sin letras repetidas nos dé por usar. Este sistema, actualmente, está en desuso, pero en su momento debió ser muy eficaz. Y es que la criptografía, al ser una ciencia práctica, no perdona. Si algún método empieza a ser poco fiable, nadie lo usará. De más está decir que los bancos están muy interesados en todo lo que tenga que ver con criptografía, y que hay muy poca bibliografía de libros de criptoanálisis, la rama de la criptografía que muestra cómo desencriptar (en el argot romper) códigos.

La criptografía moderna nació a partir de una premisa básica que mucha gente de hecho desconoce acerca de las matemáticas: las matemáticas no son una ciencia donde todo está hecho. Ojalá. Hay muchos, muchísimos problemas sin resolver en absolutamente todas sus ramas, que son una gran cantidad. Allá donde exista un aspecto de la física no resuelto las matemáticas pueden ayudar, y los problemas abstractos también están lejos de ser un cuerpo cerrado en términos de investigación. Por lo tanto se aprovecharon estas premisas con una idea tan simple como brillante: descifrar un mensaje sin conocer el código debe implicar enfrentarse a un problema no resuelto de las matemáticas.

Ojo, un problema no resuelto no quiere decir que no se puede obtener la solución, aunque parezca un absurdo. Los problemas que interesan a la criptografía son los llamados problemas intratables. Son problemas para los que se conocen procedimientos que, aunque son teóricamente válidos, a la hora de la aplicación práctica su utilidad es nula.

Por ejemplo, los números primos son aquellos tales que sus únicos divisores son 1 y el propio número, como 7 o 103. Dado un número, es un hecho conocido que se puede descomponer de manera única en factores primos salvo el orden. Cien, por ejemplo, se descompone como . El problema de, dado un número, hallar sus factores primos, es intratable. Claro, con cien es fácil, pero traten de hallar a mano los factores primos de 25780432047204727. Y aunque una computadora puede echar una mano en el asunto, no lo tiene mucho más fácil. A medida que el número crece, la cantidad de operaciones a realizar crece demasiado en proporción.

Este problema es muy complicado, y de hecho no está resulto, es decir, no existe una manera buena de descomponer un número en sus factores primos. Pero pensemos el problema inverso: dada una serie de primos, encontrar el número del que son factores. Este problema no es que sea fácil, es que es trivial, pues basta con multiplicarlos. Por ejemplo, dados los primos 5, 7, 3 y 3 (pueden ser repetidos), el número del que son factores son .

Resumiendo, tenemos un problema que es muy fácil en un sentido y casi imposible en el otro.

Ésta es la base de la criptografía moderna. En criptografía moderna, llamada de clave pública, existen dos claves, de encriptación y de desencriptación. La clave de encriptación es conocida por todo el mundo, y todos podemos usarla para encriptar mensajes. La de desencriptación, por el contrario, es secreta, pero se sabe que se puede obtener a partir de la de encriptación. Todo el mundo sabe cómo obtenerla. El único problema es que se tarda tanto en hacerlo (pues el proceso involucra un problema intratable de las matemáticas) que para cuando lo conseguimos la clave ya ha sido cambiada. Ese es el gran secreto de la criptografía moderna: no hacer códigos imposibles de descifrar, sino códigos para los que se sabe que se tardará tanto que con sustituir la clave cada cierto tiempo prudencial será más que suficiente.

En el caso de los primos, lo que se usa es un número enorme, muy grande, el cual se sabe que es producto de sólo dos primos. Todo el mundo puede usarlo para codificar un mensaje, pero para descodificarlo hay que conocer los primos. Si no se conocen, la alternativa es factorizar el número, pero éste es un problema intratable. Este procedimiento, uno de los mejores de la actualidad, es conocido como RSA, y cuando fue inventado en 1977 se pensó que era el procedimiento perfecto, infranqueable incluso para los ordenadores del futuro. Pero sus autores (Ron Rivest, Adi Shamir y Len Adleman, del MIT) no contaron con una cosa: Internet y su capacidad para hacer trabajar a muchos ordenadores como uno solo. El RSA fue derrotado, pero sentó las bases de futuros procedimientos. De hecho, los bancos compran números primos que aún no hayan sido descubiertos.

Por último, como no todo son críticas, mencionar un relato corto en el que el uso de la codificación es ejemplar, no incurriendo en errores fáciles como los del Código Da Vinci. Me refiero a El Escarabajo de Oro de Edgar Allan Poe, un relato donde los protagonistas se encuentran con un mensaje cifrado que, a pesar de resultar sencillo, es explicado, justificado y desmenuzado por el autor, tanto desde el punto de vista de la elección del método de cifrado como del procedimiento para resolverlo. Una explicación que llena varias páginas y resulta muy divulgativa y didáctica, además de ser tremendamente verosímil, pues llega a emplear aspectos concretos del idioma en el que el mensaje está escrito. Una prueba más de la maestría de Poe para tratar temas en los que otros menos experimentados han naufragado.

por Miguel Ángel López M.

No por ventura la noche es oscura

El Sol flota a 150 millones de kilómetros de la Tierra. Para captar esta distancia en su debida escala, imaginemos al Sol como una esfera de 1 metro de diámetro. Para guardar las dimensiones correctas, la Tierra sería una bolita de 9 milímetros situada a una cuadra. Es una distancia que sorprende a mucha gente. Pero aún desde tan lejos, el Sol descarga una tremenda cantidad de energía sobre la cara iluminada de nuestro globo. Cada metro cuadrado enfrentado perpendicularmente a los rayos solares recibe una radiación de 0,7 kilowatts, cuya potencia podría mantener encendidas 7 ampolletas de 100 watts cada una. Esto explica el agradable entibiamiento de una habitación santiaguina orientada hacia el inclinado Sol del invierno. O la fantástica evaporación en los mares tropicales. La ciudad de Antofagasta recibe el total de dicha radiación alrededor del 21 de diciembre, época en que los rayos del sol caen al mediodía perpendicularmente sobre el terreno. Y esto es a nivel del mar, después de que los rayos solares se han fatigado atravesando toda la atmósfera. En Chuquicamata, que yace a una altitud de 2.850 metros, la radiación sube a casi 1 kilowatt por metro cuadrado. En el límite superior de la atmósfera, a unos 1.000 kilómetros de altitud, se recibe una radiación cercana a 1,3 kilowatts, que se llama La Constante Solar.

Como vemos, la Tierra recibe por el hemisferio diurno una cantidad enorme de energía solar, casi la única responsable de todo el flujo energético en la superficie del planeta. Desde el crecimiento de una planta hasta el desarrollo de un tornado, todo es a causa del Sol. El petróleo contiene energía solar producida hace millones de años y envasada convenientemente dentro de la Tierra para el consumo de que hoy gozamos. Pero es fácil comprobar como desciende la temperatura al ponerse el Sol bajo el horizonte. En los desiertos la noche se pone gélida rápidamente. Si el Sol se extinguiera, pronto cesaría todo intercambio calórico en la biosfera. El calor interno procedente desde el radiactivo interior del globo no sería capaz de contrarrestar al intenso frío del espacio, cuya temperatura general es de 180 grados centígrados bajo cero. Los vientos cesarían, las plantas dejarían de crecer, los mares se helarían. Cortado el suministro de energía solar, en pocos meses toda forma de vida moriría. Sería la noche más absoluta y oscura.

Que el cielo nocturno sea oscuro parece un hecho trivial. Pero la noche no tendría porqué ser oscura. En realidad tendría que ser brillante. Más brillante que nuestros actuales días. De acuerdo a los cálculos cosmológicos, el cielo debería ser 50.000 veces más brillante que el sol, de manera que el supremo astro sería totalmente invisible en el cielo diurno, perdido en la inmensidad del brillo sideral. En la Tierra debería reinar una temperatura de 5.000 o 6.000 grados y ningún ser vivo poblaría su calcinada superficie. Estas increíbles afirmaciones son el resultado del más puro análisis científico, como tantos otros asombrosos ejemplos deductivos que la ciencia astronómica ha regalado a la humanidad a lo largo de la historia. Trataré de relatar como es que se arribó a conclusiones tan interesantes.

La invención del telescopio permitió descubrir que las lechosas nebulosidades de la vía láctea eran estrellas y más estrellas. A medida que se perfeccionaba el telescopio, el límite del universo se alejaba más y más, como el arco iris. Los espejos de los grandes reflectores condensaron las imágenes de lejanas galaxias, descubriéndose que también estaban compuestas por miríadas de estrellas. Los astrónomos comprendieron que nuestra propia vía láctea era también una galaxia. Todo el cosmos estaba repleto de estrellas, pero extrañamente la noche era oscura. Es posible que mucho antes del telescopio, espíritus geniales hayan vislumbrado ya la inconsistencia entre un universo presuntamente infinito repleto de estrellas y la oscuridad del espacio. Se sabe que el gran Kepler analizó el problema. Edmund Halley, el predictor del más famoso de los cometas, se refirió por escrito al asunto. Pero la historia de la ciencia registra que el campeón del problema de las oscuridades intergalácticas fue Heinrich Wilhem Olbers, nacido en 1758 en Arbergen, Alemania, la nación imperial que en medio del bélico ambiente del teatro europeo donde brillaba Bonaparte, regaló a la humanidad enormes genios de la filosofía, la ciencia, las letras, la música y las demás artes. En aquella dorada época de los imperios brillaron los germánicos espíritus de Kant, Goethe, Kirchhoff, Beethoven, Gauss y aún del ficticio profesor Otto Liddenbrock, aquel iracundo y excelso explorador de las entrañas terrestres creado por el gran Verne.

Olbers quedó huérfano de padre a los 14 años de edad. Desde aquel instante comenzó a dedicarse con ardor al estudio de la Astronomía. Sin embargo, con soberbia mentalidad práctica, el joven eligió la carrera de Medicina para ganarse el sustento y en 1777 entró a estudiar para médico a la Universidad de Gotinga, al mismo tiempo que estudiaba por su cuenta la ciencia sideral. Pero Olbers no era un simple aficionado que dejaría a la astronomía como un hobby lateral. Al tiempo que estudiaba Medicina, aprendía también el cálculo infinitesimal. Mientras atendía a sus enfermos como médico general en Bremen, calculaba órbitas cometarias. Desarrolló un método nuevo para el cálculo de órbitas, que hizo época en la historia de la astronomía. Alcanzó la gloria eterna con el descubrimiento en 1802 y 1807 de los asteroides Pallas y Vesta, dos de los cuatro mayores asteroides conocidos. Descubrió su cometa propio en 1815, un cometa periódico que vuelve cada 70 años y que por cierto se llama cometa de Olbers. Mientras que de Medicina escribió casi nada, de Astronomía publicaba sistemáticamente en el Anuario de Bode. Finalmente, abandonó la práctica médica en 1822 y en 1826 publicó en dicho anuario una elegante memoria llamada “De La Translucidez De Los Espacios Celestes”, donde presentó el antiguo problema en la forma de una paradoja, que desde aquel entonces se conoce como la paradoja de Olbers. El doctor, que murió en Brema, Alemania, en 1840, se distinguía por su claridad y elegancia literaria, pero como no disponemos de la traducción de la obra original, presentaré libremente la famosa paradoja de la manera más ilustrativa que se pueda:

El universo puede ser concebido como una esfera de radio infinito, compuesta de innumerables capas concéntricas comparables a las capas de una cebolla. Sólo para ilustrar el punto, podemos figurarnos que cada capa tiene un grosor de 1 millón de años luz. Si suponemos a la Tierra ubicada al centro de la cebolla cósmica, recibirá la luz acumulada de las galaxias contenidas en cada una de estas capas. Ahora bien, la luz de las galaxias más lejanas se debilitará por la distancia, pero esta debilidad será compensada por el mayor número de galaxias que pueblan las capas más remotas, puesto que éstas son de mayor volumen, tal como las capas superiores de un lago contienen más agua que las capas del fondo. Se demuestra matemáticamente que el empobrecimiento de la luz por efecto de la distancia, es exactamente compensado por el mayor número de galaxias contenidas en aquellas capas más distantes, resultando en resumen que cada capa haría llegar a la Tierra la misma cantidad de energía.

Puesto que hemos admitido que las capas son infinitas, no queda más que aceptar que el cielo debería estar inundado por una infinita cantidad de luz y calor. Pero en cambio, la noche es oscura. Esta es la paradoja de Olbers, cuya resolución ha resistido varios intentos que en su día parecieron sólidos.

La oscuridad del cielo nocturno, siendo paradojal, es una de las muchas condiciones ambientales que han determinado el progreso de la vida terrestre. Nuestros organismos se han adaptado a un mundo en que las variables de temperatura, luminosidad, gravedad, presión, radioactividad, magnetismo, vulcanismo, tectonismo, nivel del mar, velocidad de los vientos, meteoritos por milenio, etcétera, se mueven dentro de rangos relativamente estrechos. Las reglas del juego son estables. Figúrese el lector que de pronto los vientos alisios comenzaran a soplar a 1.200 Kph, en lugar de la moderada velocidad de 25 a 30 Kph con que suelen empujar a los veleros hacia el oeste. O que la Tierra temblara cada 30 minutos con un terremoto grado 12. O que la paradoja de Olbers no existiera y el cielo fuera en toda su extensión tan brillante como el disco solar. Ciertamente, la vida no sería posible tal como la conocemos. Hoy, luego de un tiempo estimado en 15 mil millones de años de inexorable evolución, vivimos en un universo bastante estable, donde el homo sapiens es el producto más perfeccionado y reciente del progreso evolutivo, aunque tal vez no el último.

La paradoja de Olbers permite que el espacio sideral sea frío y oscuro, en lugar de un horno reverberante donde el desarrollo de las especies hubiera sido imposible. ¿Por qué el cielo nocturno es oscuro y no brillante como el día? El primer intento de resolución de la paradoja se debe al mismo Olbers, postulando que la materia oscura del universo atraparía la luz de las estrellas más lejanas, haciendo así al cielo oscuro. El material absorbente bien puede ser polvo cósmico o gas sideral. Y aunque efectivamente flotan considerables masas de tales elementos opacos en los espacios interestelares, la hipótesis no resistió demasiado, por una razón muy sencilla: la materia oscura no podría absorber por mucho tiempo la energía estelar sin saturarse para luego calentarse y brillar, emitiendo por fin el mismo flujo de calor y luz recibido. Sería como tratar de resistir el calor de un incendio con una plancha de acero. Pronto el metal se pondría al rojo vivo, emitiendo por un lado el mismo calor que recibe por el otro. Por lo tanto, esta primera hipótesis fue descartada y la noche siguió siendo inexplicablemente oscura.

A continuación se intentó dar solución al enigma mediante el argumento de que las estrellas y galaxias más próximas a la Tierra deberían bloquear con sus cuerpos la luz procedente de aquellas que pueblan la profundidad del universo. Este es un razonamiento muy lógico y en verdad así ocurre. Pero no es suficiente para resolver la rebelde paradoja: a pesar del bloqueo, el cielo debería ser en toda su extensión tan luminoso como la superficie del sol, debido a que las estrellas y galaxias disponibles para hacer de pantalla también son infinitas, y aparecerían en último término pegadas unas a otras, aportando luz para llenar cada punto de la esfera celeste. En consecuencia, esta idea también fue descartada y la noche siguió siendo inexplicablemente oscura.

La paradoja no volvió a ser amenazada durante un largo tiempo, hasta los trabajos que realizó el astrónomo norteamericano Edwin Hubble durante los años 20 del siglo XX. Hubble fue un personaje interesante y atractivo, que estudió derecho en Oxford, Inglaterra y luego, obedeciendo a su corazón tal como hiciera mucho antes el Dr. Olbers, estudió astronomía obteniendo su doctorado en la Universidad de Chicago en 1917. Para no dejar ninguna duda respecto de su condición de personaje interesante, Hubble era aficionado al boxeo. Su elección de carrera fue un gran acierto no sólo personal, sino también para la ciencia universal. Estudió las estrellas de remotas galaxias con el gran reflector de Monte Wilson, situado en Pasadena, California, e inaugurado en 1917, el mismo año del doctorado de Hubble. A la sazón el telescopio era el mayor del mundo, dotado con un espejo de 254 centímetros de diámetro. Con la inmensa capacidad recolectora que posee el espejo (hasta hoy perfectamente operativo), se puede condensar suficiente luz de una galaxia lejana como para obtener de ella un espectro aceptable. Los espectros (una especie de arco iris hipertecnificado de la fuente luminosa), contienen una sorprendente cantidad de información de los cuerpos celestes. Gracias al análisis espectral, se pudo determinar la composición química de las estrellas. La técnica obtuvo sus primeros éxitos luego de los descubrimientos del alemán Kirchoff en 1859, apenas 34 años después de que el filósofo francés Augusto Comte, el padre de la sociología, afirmara en su libro Filosofía Positiva que el hombre jamás podría resolver el misterio de la composición de las estrellas.

Pero además de la química del cuerpo emisor de la luz, el genial análisis espectral puede entregar casi toda la información que caracteriza a una estrella. Entre muchos otros datos, el espectro permite medir el movimiento radial del astro. Esto es posible gracias al famoso fenómeno llamado “corrimiento de las rayas del espectro” debido al efecto Doppler-Fizeau. Si las líneas espectrales del cuerpo celeste se corren hacia el extremo rojo del espectro, significa que las ondas originales se están alargando y que la galaxia se aleja de la Tierra. Por el contrario, un corrimiento de las rayas hacia el extremo violeta significa que las ondas emitidas se acortan y el cuerpo celeste se aproxima. A mayor desplazamiento de las rayas, mayor velocidad radial del cuerpo y Hubble descubrió además que la velocidad estaba directamente relacionada con la distancia. Mientras más lejos se encuentra una galaxia de la Tierra, más rápido se aleja. Y esto condujo al fantástico descubrimiento de que el universo se expande, como un anillo de humo que sale de una pipa. Cada partícula de humo se aleja de cualquiera de las demás partículas del anillo y eso exactamente es lo que están haciendo las galaxias. La noticia de que el universo se expandía causó un enorme impacto. Hubble alcanzó la gloria eterna junto a su fiel ayudante Milton Humason, quien se quemó las pestañas noche tras noche fotografiando galaxias, tomando espectros y comprobando cada una de las predicciones que hacía Hubble.

La expansión del universo iluminó instantáneamente las mentes de aquellos que seguían preocupados de la paradoja de Olbers: la respuesta por fin parecía haber llegado. Puesto que el universo se expande, la luz de las galaxias más remotas debía alargarse y debilitarse. La paradoja parecía haber recibido una solución definitiva. Sin embargo, hay un problema: resulta que así como la luz visible de las galaxias se corre hacia el rojo y hacia el infrarrojo debido a la velocidad de recesión del cuerpo emisor, así también la luz invisible (ultravioleta) se corre hacia el sector de luz visible del espectro, compensando el efecto. En otras palabras, la luz visible que se escapa hacia el infrarrojo, es repuesta desde el lado del ultravioleta. A pesar del fenómeno expansivo, la noche debería ser brillante como el sol. Pero la noche continúa siendo inexplicablemente oscura.

A la fecha, la mejor respuesta para la paradoja de Olbers parece estar en una combinación de dos factores fundamentales: primero, las estrellas no viven eternamente y segundo, el enorme tamaño del universo. La paradoja de Olbers asume que la luz de todas las galaxias alcanza simultáneamente a la Tierra, a menos que sea bloqueada por otra galaxia o estrella ubicada en la línea visual de la Tierra, que para el caso es lo mismo. Pero resulta que jamás nos alcanzará simultáneamente la luz de todas las estrellas que pueblan el espacio, porque el universo es demasiado grande. Una estrella puede vivir cuando mucho 4 o 5 mil millones de años. Supongamos que una estrella nace en una galaxia situada hoy a 5 mil millones de años luz de la Tierra. Para cuando su luz alcance a nuestro planeta, otra estrella más vieja ya habrá perecido, descontando así la luz de la estrella nueva.

Bueno, el tema es verdaderamente fascinante y pertenece ciertamente a los profundos dominios de la cosmología, la rama astronómica que investiga los orígenes y la evolución del universo. Cuando el gran telescopio de Monte Paranal quede integrado por sus cuatro espejos adaptativos, la capacidad detectora de la astronomía habrá dado un salto significante. Como ha ocurrido tantas veces en la historia de la ciencia, es posible que las actuales hipótesis sean sustituidas por otras.

©1999, Juan Antonio Bley

Este artículo fue publicado en mayo y junio de 1999, en la serie de Astronomía Conozca el Cielo, de la Revista Conozca Más (Chile).

El silencioso retorno del mago

por Raúl Pinto

“Mucha gente piensa que mis trabajos son terroríficos. Personalmente, yo los encuentro hilarantes. Terroríficos para mi son, por ejemplo, los videos de las Spice Girls”.

Chris Cunningham

ADVERTENCIA: El siguiente artículo está hecho por un fanático, así es, me declaro fanático de Chris Cunnigham, tengo sus DVD y he seguido su carrera desde que me tropecé con el primer video que vi de él. Por lo tanto, trataré de ser lo más objetivo posible, pero todos sabemos que eso es como que el director de TauZero haga una review de Superman.

Chris Cunningham ha regresado después de 7 largos años de silencio, y ha vuelto de la manera que sabe hacer, con su arte. Pero muchos preguntarán ¿Quién diablos es Cunningham? Bueno, lo relataré con mi experiencia…

El primer video que vi de Cunningham fue “Come to daddy” de Aphex Twins a mediados de los 90. Nunca antes había visto algo como eso. Niños con cara de adultos destruyendo la ciudad. Desde un televisor sale un bizarro ser, desnudo y asexuado, reúne a los niños y espantan a una anciana indefensa. El realismo de las imágenes, lo terrorífico del arte, la frialdad calculada de la fotografía y el montaje salvaje en sincronía con la ensordecedora ensalada de bits de Aphex Twins cambiaron mi visión de lo que es un video clip.

Pero la historia de Cunningham empieza mucho antes. De niño aficionado al dibujo empieza su carrera artística en la revista de cómica 2000AD bajo el seudónimo de Chris Halls. Luego incursiona en la escultura hasta que es descubierto por el equipo de Alien 3 y comienza a trabajar en los FX de la película, desde ahí no ha parado, le siguen los trabajos Alien Resurrección, el Juez Dredd y las maquetas de Hardware y Nightbreed. Hasta Kubrick lo llamó para el proyecto de AI.

En la música, de la mano de Warp Records en 1995, incursiona con el video de Second Bad Vibel para el grupo de electrónica experimental Autechre. Con la estética CF siempre involucrada, logra un video inquietante, cómo si constantemente estuviéramos mirando una pantalla de seguridad en medio de un proyecto alienígena. La sincronía entre música, imagen y edición es llevada al límite de lo conocido en la época. Cada imagen corresponde a un sonido, cada beat a un corte, cada ruido a una interrupción o movimiento de un personaje. Desde ahí no ha parado con el video clip, elevando lo que normalmente se conoce como un producto de marketing de una banda a un status de arte experimental. El mismo asegura que jamás se involucrará en una banda que, estéticamente, no le interese. Luego siguió haciendo videos para Squarepusher, Björk, hasta Madonna (el conocido video de Frozen, donde Cunningham reconoce nunca haber tenido tantos recursos para hacer un clip). Pero es en el trabajo con Aphex Twins donde más se ha involucrado, con un trabajo en conjunto logrando la perfecta combinación entre imagen y sonido,con trabajos como Widowlicker (1999), video censurado por MTV y luego el célebre Come to daddy en el que inauguró una nueva forma de hacer videoclips. Pero a pesar de esto no fue hasta el trabajo de All is full of love de Björk, video en donde construye dos androides blancos, asépticos, femeninos, que hacen el amor, ambos con el dulce rostro de la Islandesa, donde llega el reconocimiento total como el mejor director de videoclips del mundo.

Pero la creatividad de Cunningham no sólo se limita el videoclip también en la publicidad, realizando comerciales de televisión para marcas internacionales como Nissan, Sony y Xerox, siempre con su retorcida estética futurista

Entre sus otros trabajos destacan la videoinstalación Flex y los cortometrajes Monkey Drummer y Rubber Johnny, este último protagonizado por el mismo, todos ellos con música de Aphex Twins. Estas obras son el medio perfecto para que el artista insista en su particular estilo, caracterizado por su retorcida imaginación, su obsesión por las anatomías enfermas, sus sincronizaciones exactas y su particular sentido del humor Hi Tech.

Cómo dato curioso: el sueño de Cunningham ha sido dirigir una adaptación de Neuromancer de Gibson o Scanner Darkly de Phillip K Dick, espermos que esto suceda en algún futuro cercano, si es así, yo seré el primero en estar sentado en la sala con mi tubo de chocolates y mi agua mineral.

Ahora vuelvo a la noticia original, Chris Cunningham ha vuelto, sin grandes aspavientos, con el clip “Sheena is a Parasite”, para The Horrors, es su primer vídeo nuevo en siete años. Y espero que esté bombardeando nuestras retinas por mucho tiempo más.

por Raúl Pinto

Más info:

http://videos.antville.org/stories/1428557
http://www.director-file.com/cunningham/
http://www.rubberjohnny.tv/ (su trabajo rubber johnny)
http://www.imdb.com/name/nm0192260

Ilión: el asedio

Supuestamente en este número de TauZero debía continuar con mi nota sobre el Punto Omega, específicamente con el segundo apartado que llevaría por título Las enseñanzas de San Teilhard, pero ocurre que para ello se me hace imprescindible disponer de mi ejemplar de El ascenso de Endimión que ingenuamente presté hace ya medio año. De acuerdo a Jorge Tellier los libros prestados no se devuelven. De lo contrario no existirían muchas bibliotecas. “Hay dos tipos de tonto”, le escuché decir alguna vez al viejo cascarrabias de Daslav Merovic, “el que presta un libro y el que lo devuelve”. De todas formas no pierdo las esperanzas y que esto sirva de presión para que el malicioso rufián que capturó cual Helena de Troya el último tomo de la tetralogía de Dan Simmons salga de su fortificada ciudadela y me restituya mi libro. Sólo entonces podré continuar con mi nota sobre el Punto Omega, saldando así mi débito con rmundaca, único a quien el Gran Espíritu de TAU habla en sueños.

Y ya que mencioné a Helena de Troya, supongo que podría aprovechar de hacer un breve comentario de Ilión, una de mis últimas lecturas a la fecha. ¿Qué puedo decir de un libro de Simmons que ya no se haya dicho? Nada supongo. ¿Cuál puede ser mi aporte? El característico sello autorreferente y digresivo que suele endilgarme el Sr. Director de este e-zine para quien yo soy un sujeto que goza del conflicto. Y como eso aparentemente es cierto según atestiguan mis más cercanos, ¿cómo no iba a disfrutar Ilión que se apropia de uno de los conflictos más célebres de la historia de la humanidad? Pero antes de perderme en las rizomáticas callejuelas de mi propia verbosidad presumida y jactanciosa, concentrémonos en el libro en sí.

Desde ya la portada nos dice todo cuanto debemos saber del libro:

Es de Dan Simmons.
Tiene a unos tipos en armadura combatiendo que parecen salidos de la película Troya.
Es la Iliada de Homero en clave de ciencia ficción. Y la Iliada, por supuesto, versa sobre la Guerra de Troya.

Todos estos son antecedentes más que tentadores para adquirir el libro, pero si nos queda alguna duda, basta leer la contratapa. Asistimos al desarrollo del asedio de Troya guiados de la mano de erudito Thomas Hockenberry. Se trata de un personaje misteriosamente revivido y presente en este Marte del futuro, cuyo Monte Olimpo se ha convertido en la morada de los posthumanos, quienes, con nombres como Zeus, Palas Atenea, Ares y otros ya conocidos, se comportan como los dioses de la saga homérica. Hockenberry tienen como misión constatar si lo que ocurre ante las murallas de Troya se ajusta precisamente a lo narrado por Homero y, desde el distanciamiento del estudioso, nos proporciona, además, una sugerente lectura comentada de la Ilíada. Una novela absorbente, fruto de la maestría de un escritor con múltiples registros y de inusitado talento. Una obra única, maravillosa e irrepetible.

Debo mencionar aquí otra obra de Simmons, se trata de Los vampiros de la mente una novela de 1214 páginas leí de un tirón allá por el verano del 2001. Escrita en 1989, su título original es Carrion Comfort y recomiendo encarecidamente su lectura. Es cierto que el título en español es pueril y nos remite a lo peor del cine clase-B, pero no permitan que eso los ahuyente de la lectura de este verdadera joya del horror que no cuenta con páginas de más ni de menos. Si menciono esta antigua novela de Simmons (que tuve la fortuna de encontrar a un precio ridículo) es porque me hubiese sentido muy defraudado de llegar a la mitad y no poder seguir la lectura, y lo que es peor, esperar a que llegara la segunda parte si es que imprimían la segunda parte. De lo contrario, obligado a comprar la versión en inglés por Amazon y comenzar a leer desde el principio ya que no es lo mismo. Me ocurrió con los Cantos de Hyperion. Tuve la suerte de encontrar Hyperion y la Caída de Hyperion al mismo tiempo. Luego pude adquirir Endimión pero El ascenso de Endimión no llegó nunca y pese a que mi hermana lo tenía en inglés me negué a leer una versión (aunque fuese la original) donde al Alcaudón le llamaban the Shriek. Pasó el tiempo y por fin y gracias a mi hermanita que viajó a España, pude tener mi copia de El ascenso de Endimión en spanish, la misma que está capturada en la fortaleza de López junto al Parque Forestal.

Lamentablemente lo que no me pasó con Vampiros de la mente, sí ocurrió con Ilión ya que lo que leí de esta obra, titulada por Ediciones B como Ilión: el asedio, es la mitad del primer libro de Simmons que comprende esta trama (el segundo es Olimpo). Miquel Barceló explica en el prologo que la extensión de la traducción (de Rafael Marín) los ha obligado a publicar Ilión en dos volúmenes al igual que se ha hecho en Italia (y posiblemente en Francia). Esa dilatada extensión y las bajas tiradas de la ciencia ficción en algunos países europeos como España explican esa mala costumbre en la que hemos incurrido la mayoría de los editores europeos de ciencia ficción en concreto, al menos en los últimos años. Debo reconocer que no me gusta tener que hacerlo, pero la realidad, y sus presiones, es la que acaba decidiendo.

Dados los antecedentes anteriores me sorprende que Ediciones B haya publicado e Los vampiros de la mente de Simmons en un tomo que dobla en páginas a Ilión y que seguro habría sido la forma que debió haber tomado la novela de haberse salido Barceló con la suya. Ahora no me queda más que esperar que llegue a nuestras librerías la segunda parte de Ilión titulada La rebelión. Pero no esperaré de brazos cruzados, no señor, sino que me sentaré a escribir una reseña en mi ordenador como dicen por allá en España. ¿Qué ya lo estoy haciendo? Ah, sí. Bueno, entonces hablemos del libro.

Tal y como dice Miquel Barceló los lectores que conocen a Simmons, recuerdan (diré con suma satisfacción) el carácter absorbente y dinámico de sus novelas, escritas con las mejores y atrayentes técnicas de los best-selleres más al uso, pero dotadas de una profundidad reflexiva y emotiva mucho mayor. Ilión no es una excepción a la regla (cómo si lo fue para mí por lo menos la lectura de El bisturí de Darwin que dejé botada a las 50 páginas) y no cabe la menor duda que Simmons es un autor en cabal domino de sus herramientas narrativas como suelen serlo los norteamericanos. Claro que esto a veces significa caer en ciertas fórmulas o gratuidades innecesarias y de escribir algo que puede terminar siendo muy predecible, pero eso sí que nunca aburrido, no señores. Nadie quiere leer libros aburridos, ¿no?

Sobre las virtudes de Dan Simmons como escritor ya me extendí lo suficiente en mi nota sobre el Punto Omega, pero ya que no pretendo que el lector de esto tenga que perder tiempo buscando y leyendo aquel artículo recurro al copy and paste: De acuerdo, Simmons es un autor exitoso tanto en ventas como en críticas y gracias a ello es que tipos como yo hemos podido leerlo. Pero finalmente no voy a recomendar su lectura por estas razones, sino por su eclecticismo; su falta de pudor a la hora de meter en la coctelera todo lo que se le vino en mente; por amalgamar con maestría géneros y subgéneros como la space-opera, el cyberpunk y la novela negra; por beber de las fuentes mitológicas y religiosas; por llevar las ideas a sus últimas consecuencias; por ser extremadamente original a la vez que sumamente conservador; por crear personajes entrañables; mundos espectaculares; sociedades increíbles…

Y en Ilión: el asedio, Simmons vuelve a meter elementos de diversa índole a la coctelera brindándonos un trago refrescante y adictivo porque seamos honestos, ¿quién sino Simmons puede poner a dos robots a discutir sobre las virtudes literarias de Marcel Proust y William Shakespeare y hacerlo de forma amena y creíble? ¿Y qué tiene eso que ver con el asedio a Ilión y los humanos de la Tierra del futuro llevando una existencia propia de los Eloi de Wells? Puesto así aparentemente nada, y avanzada la lectura del libro tampoco, pero pronto las piezas van encajando hasta que todo tiene sentido, al menos hasta donde el mutilado libro permite.

Siempre he tenido una particular cercanía con la mitología griega. Mi bisabuelo, Panayotis Amirás Stamnás, era griego y en casa de mis abuelos paternos había varios objetos griegos, principalmente esos jarrones negros con estilizadas figuras blancas. Creo que mi interés por la mitología griega se despertó con películas como Furia de titanes y las criaturas del maestro Ray Harryhousen. De ahí derivé a la lectura de dos libros que fueron clave: Los mitos de los dioses griegos y Los mitos de los héroes griegos de las chilenas María Luisa Vial Cox y Gabriela Andrade Berisso, una excelente forma de introducirse al cuerpo mitológico de la antigua Grecia pensada especialmente para el lector adolescente (cosa que yo era en aquella época). Luego leí Los mitos griegos de Robert Graves (célebre autor de Yo Claudio quien es citado por Simmons en los agradecimientos de Ilión), La Iliada y La Odisea, por supuesto, En el palacio de Cnossos de Nikos Kazantzakis, Los reyes de Cortazar, etc. ¿A qué quiero llegar con toso esto? A que si Dan Simmons hubiese tenido en mente el perfil de un “lector ideal” para su obra habría sido alguien similar a mí (aunque de seguro más simpático).

Debido al pequeño background que acabo de proporcionarles entenderán con cuanto entusiasmo y placer leí Ilión en el lapso de dos días y lo ansioso que estoy por seguir la lectura. Sobretodo al localizar numerosos puntos de coincidencia entre la obra de Simmons y la que debería ser mi primera novela en ser publicada, escrita entre el 2001 y el 2003 y revisada y corregida desde entonces. Por suerte la inscribí en el registro de propiedad intelectual durante el 2004 por lo que nadie podrá acusarme (como de seguro querría hacerlo para su propia diversión rmundaca) de “plagiar” el Ilión de Simmons, que juro solemnemente no haber leído sino hasta el presente mes de julio, 2006.

La narración ha sido articulada por Simmons en torno a tres ejes: la guerra de Troya escenificada en el planeta Marte por un lado, con los posthumanos dioses olímpicos y sus observadores escólicos; la existencia disipada y epicúrea de los escasos e ignorantes humanos que habitan la Tierra; y la expedición a Marte emprendida por los moravecs (organismos autónomos, sentientes y biomecánicos) que han evolucionado por su cuenta y han construido una civilización en los planetas exteriores del Sistema Solar. Al principio del libro cada uno de estos ejes narrativos parece correr por su cuenta, inconexos y como si de tres novelas distintas se tratase (como es el caso de Fin de las noticias del mundo de Anthony Burgess que es una biografía de Freud, una novela de ciencia ficción apocalíptica y un espectáculo musical sobre la visita en 1917 de Trotsky a Nueva York). Esto al principio me descolocó un poco mientras intentaba imaginar como se las arreglaría Simmons para hilar juntas sus tres madejas. Debo confesar que en comparación a la guerra de Troya marciana o los preparativos y desventuras de la expedición de los moravecs (alternadas por las discusiones acerca de Proust y Shakespeare sostenidas entre Orphu de Io y Mahnmut) los capítulos dedicados a los bucólicos humanos en la Tierra me parecían bastante flojos y exasperantes y Simmons debe haber estado conciente de eso por que incluye el ataque de un Alosaurio para sacudir la pereza. ¿Qué necesidad había de incluir dinosaurios en Ilión? Pues ninguna fuera que nuestra hamburguesa extra-queso con pepinillos, lechuga y tomate tenga también tocino. De cualquier forma la trama de los humanos en la Tierra mejora sustancialmente cuando parten en busca de la judía errante y terminan hallando a Odiseo en persona.

Varios elementos presentes en los Cantos de Hyperion se reiteran en Ilión, incluso algunos conceptos. Si bien los humanos no utilizan los teleyectores poseen nódulos-fax que cumplen la misma función aunque mediante un mecanismo diferente. También se menciona a los ARnistas “artistas del ARN, independientes de la recombinación, rebeldes sociales y bromistas graciosos con tanques regen-piratas y secuenciadotes”(sic) que en el universo de Hyperion son los responsables, entre otras cosas, de las patas de chivo del poeta Silenus y de las deformaciones inhumanas de los pandilleros en Lusus. La aparición de los ARnistas en Ilión es empleada por Simmons para justificar la presencia de criaturas prehistóricas como la macrauchenia y los phrorushracos. En cierto momento Odiseo pregunta que hay de comer, y como el menú consiste en la misma insípida comida de siempre decide llevar a los recién llegados a cazar Aves Terroríficas (o macrauchenia). ¿Qué necesidad había de esto fuera de crear una instancia para que Odiseo se luzca combatiendo avestruces prehistóricas? Como en el caso del Alosaurio que se come a Daeman, ninguna, y es en estos detalles que notamos las “técnicas de best-seller” a las que alude Barceló y que son nuestro placer culpable, algo que sabe muy bien Simmons.

De más está decir que Shakespeare y Proust cumplen una función similar a la de Keats en Hyperion (el Bardo incluso aparece en persona, aunque sea en un sueño), creando un puente entre la “baja” y la “alta” cultura que hace tiempo fue derribado de cualquier forma. Y tenemos nuevamente la presencia de un personaje sabio, viejo, astuto y manipulador como es el rol que cumple Silenus en la segunda parte de la tetralogía. Savi es la judía errante con algo de Silenus y una pizca de Sol Weintraub. En fin, la enumeración podría continuar pero con eso basta.

Si usted, estimado lector, no ha leído aún a Dan Simmons, pues le recomiendo que lo haga inmediatamente. No se defraudará.

©2006, Sergio Alejandro Amira.

Ajústense el cinturón… de fotones

Navegando y curioseando en uno de mis nocturnos accesos a Internet con mi trasnochado (y gastado) Pentium II me he encontrado con una historia de ciencia ficción que casi parece de terror. Una historia que clasificaría, a juzgar por su falta de rigurosidad científica, para filmar una producción hollywoodense con mucho CGI y sonido Dolby Surround 3D. Sí, muy adecuada para homenajear los múltiples fallos que tiene la industria espacial-cinematográfica que sigue mostrándonos, por ejemplo, explosiones en el espacio sin que haya aire que transmita los sonidos (aunque claro… ¿qué sería Star Wars y muchas otras joyas sin esos efectos? :)). Pero la historia de ciencia ficción a la que en seguida me referiré tiene una falla tremenda, un blooper de magnitudes astronómicas que paradójicamente está expresada como si así lo fuera: un real suceso astronómico que está a punto de freírnos a todos… tal historia se conoce como El Cinturón de Fotones.

¿De qué se trata esta historia abominable? Que nuestro Sistema Solar estaría conformado por una estrella central, Alcyone (ubicada en el cúmulo las Pléyades de la constelación de Tauro); que en torno a ella orbitan en total doce soles y que rodeando a la estrella central existe una zona (un cinturón) que posee cierta radiación de fotones, tan fuerte que sería capaz de derretir los polos, detener la rotación terrestre, hacer bailar sin control a nuestro campo magnético y tener 24 h continuas de luz durante 2.000 años… más aún: estamos a punto de entrar a este cinturón del terror. Ese es el resumen más acabado que puedo dar luego de haber corroborado -lamentablemente- que este hecho pseudocientífico anda apareciendo en diversas páginas y foros de discusión, con leves variaciones en cada relato.

En primer lugar: los fotones son partículas fundamentales e indivisibles, en realidad son la mínima cantidad de energía que puede transportar la luz ya que ésta está cuantizada (o sea ubicada en un sistema físico donde hay un “cuanto” o valor mínimo que puede tomar cierta magnitud; en el caso de la luz su valor mínimo es el fotón). Al hablar de fotones con mucha energía (como los mencionados en el cinturón de fotones), en el plano astronómico podría citarse lo que ocurre con los rayos gamma, considerados los fotones más energéticos de todos (éstos se forman al aniquilarse un electrón y un antielectrón). Ante esto tendríamos que, si existe alguna zona altamente energética (llámese “anillo”, “cinturón”, etc.) en donde se encuentran las Pléyades, probablemente sólo se trate de una fuente de rayos gamma.

Los rayos gamma, por otro lado, no representan ningún peligro para el ser humano aquí en la Tierra. Nuestra atmósfera es lo suficientemente poderosa para retener esta radiación cuando llega al planeta y no dejarla entrar.

Las Pléyades son un cúmulo de estrellas jóvenes (datan de hace ~100 millones de años) y nuestro Sol tuvo su origen mucho antes, hace ~5.000 millones de años. Nuestra estrella gira en torno al centro de la Vía Láctea en un periodo de 225 millones de años, en dirección a la constelación de Sagitario (mirando hacia ella se ve el centro de nuestra Galaxia). Las Pléyades están distantes 380 años luz de nosotros, no puede hablarse de “girar en torno a Alcyone” debido a la prácticamente nula influencia gravitacional de esa estrella sobre nosotros. Y aún en el burdo caso que nosotros “giráramos” en torno a ellas (las Pléyades), no se gira en torno a una estrella en particular sino a un centro de gravedad común, tal como sucede con las galaxias, los cúmulos estelares o los sistemas estelares binarios y múltiples.

Entre algunas cuestiones que son totalmente incoherentes, según la teoría del Cinturón de Fotones, se cuenta la detención de la rotación terrestre. Si la Tierra deja de girar en torno a su eje, el efecto más inmediato es que rápidamente un hemisferio del planeta quedaría abrasado (aquél que esté “apuntando” hacia el Sol), mientras que el otro se congelaría (aquél “apuntando” hacia el frío espacio); los océanos hervirían, grandes huracanes arrasarían el planeta, todos los objetos en él tendrían un aumento de peso debido a la ausencia de fuerza centrífuga… en fin, definitivamente un hecho como éste sería muy mortífero en el corto plazo, tanto así que no tendríamos ni tiempo de observar este Cinturón de Fotones… que por cierto, nunca se ha visto que los fotones sean capaces de detener la rotación de un planeta.

¿Cómo sería tener 24 h continuas de luz durante 2.000 años? Wau, supongo que nos haríamos llamar como esa secta/agrupación de los Illuminatti… pero no, es muy improbable. No se especifica cómo sería esa “luz”, pero imaginando que sea algo que proporcione tanta luminosidad y calor como nuestro Sol, volvemos a tener problemas. Imagino que las 24 h de luz se darían porque supuestamente nos rodearía un halo de luz, pero esa luz tendría un efecto devastador en el planeta. No nos sentiríamos más bronceados ni iluminados, sino que se calcinarían los continentes y derretirían los océanos; los humanos pereceríamos, y aún si aquella “luz” no fuera tan potente como el Sol, tener 24 h de luz provocaría severas alteraciones en nuestros ritmos circadianos.

Sin embargo, un supuesto Cinturón de Fotones, en el caso que estuviera muy cerca de nosotros, sería visto sin problemas por astrónomos profesionales y aficionados, ya que supuestamente es una fuente/halo de luz tan poderoso que puede contener a nuestro planeta entero… en realidad, a un área que abarcaría más de 300 millones de km, asumiendo que durante todo el tiempo (y km recorridos) que la Tierra orbita al Sol, estaremos dentro de esta zona fotónica. Razón más que suficiente para que ese tremendo “monstruo” sea fácilmente visible. Pero no hay nada de eso, ningún cinturón a la vista…

Otro aspecto importante a destacar, es que esta “teoría” intenta avalar nuestro presunto acercamiento a dicho cinturón con determinados fenómenos que actualmente ocurren en la Tierra, como las auroras, el derretimiento de los polos o los terremotos y tsunamis debido a alteraciones geomagnéticas. Las auroras (boreales y australes) es un fenómeno normal que se produce por el impacto del viento solar contra el campo magnético terrestre, y dado que el Norte y Sur magnético se hallan prácticamente en nuestros polos geográficos, las auroras aparecen en latitudes cercanas a esos puntos. Un aumento de auroras (o su aparición en latitudes más alejadas a los polos) tiene directa relación con la actividad solar, que el aumentar provoca éste y otros fenómenos más bien nocivos, como el daño de algunos satélites artificiales o apagones en centrales eléctricas. No obstante las auroras y estos fenómenos no tienen ninguna relación con un cinturón de fotones/fuente de rayos gamma.

El derretimiento de los glaciares, como muchos sabrán, es parte de un proceso natural terrestre que se ha visto acelerado por el calentamiento global, cuyo mayor culpable es la irresponsabilidad humana al contaminar la atmósfera con gases industriales y agente químicos como CFC. Asimismo los terremotos y tsunamis no se han visto correlacionados de ninguna manera con alguna alteración de nuestro campo magnético. Es sabido que nuestro campo se debilita alrededor del 10% anualmente y se desplaza a razón de 10~40 km en este mismo lapso, pero esto no quiere decir que nuestra protección magnética esté gravemente alterada o sea la causa de estos fenómenos naturales, cuya explicación se haya más bien en el proceso de tectónica de placas que ha castigado a nuestro planeta a lo largo de toda la historia.

Uff… eso en cuanto a las aclaraciones más pertinentes. Hay otros disparates que son simplemente irrisorios (al igual como se observa en otros web sobre el tema), porque ya estamos hablando de contradecir leyes de la física, fuerzas centrípetas, termodinámica y muchas otras… y todo eso, como decía al principio de este artículo queda para los genios de la ciencia ficción o los burros hollywoonautas. Aunque si ponen a actrices como Liv Taylor de Armagedón o Tea Leoni de Impacto Profundo, no duden que reservaré asientos en primera fila para ver el cinturón de fotones en la pantalla grande…

©2006, Farid Char.

Referencias y agradecimientos: El autor agradece a Claudio Aguilera, astrónomo del Observatorio Interamericano Cerro Tololo, por algunas referencias técnicas suyas que ayudaron a hacer más completo y preciso este artículo.