Pisadas

Hacia las afueras de Punta de Piedra hay un bar, allá lejos, en la extensión agreste que separa al pueblo de la carretera que va a Castillos. Se trata del único lugar que conozco ubicado la vez en más de un universo; mi abuelo iba a veces a tomar grappa con yuyos, acompañado casi siempre por uno de nuestros vecinos, un dentista cincuentón y viudo por el que yo tenía un gran cariño y al que llamaba Tío Pepe. En cierta ocasión les pregunté si podía acompañarlos y mi abuelo se negó; cuando seas más grande, dijo, y yo asumí que lo decía por las bebidas alcohólicas, los juegos de cartas por dinero o, también, por los chistes subidos de tono que Continúa leyendo Pisadas

Algunos de los otros

Solía frecuentar la librería, además de por todas las rarezas inconseguibles, por el café y la comodidad de los sillones. Al entrar uno se encontraba con aquel espacio tan acogedor, la mesa de novedades, la bandeja con galletitas, los asientos con almohadones mullidos, y el mundo parecía cancelarse de repente, ahogado el ruido de la calle por las últimas reverberaciones de la campanilla de la puerta. Entonces saludaba al librero, elegía dos o tres libros y me sentaba a examinarlos en paz. Solía pasar por allí los viernes por la tarde, a veces –las menos, porque no me caían bien los clientes que iban ese día- los domingos pasadas la una o una y media, en los últimos remanentes de la Feria. Continúa leyendo Algunos de los otros