Exerion

El niño permanecía inmóvil frente a la máquina, concentrando sus fuerzas en las manos que comandaban una palanca y dos botones de disparo. El ruido-ambiente saturaba los sentidos, pero más le preocupaban los sonidos de las naves y pájaros enemigos cayendo sobre él como sueños hostiles. Y mientras mataba pequeñas aves y destrozaba grandes pájaros de origen galáctico, sus manos aprendían a moverse rápido, a deducir los ángulos de ataque y disparar en el momento justo.

Enemigos. Uno a uno fueron cayendo. Uno a uno fueron destruidos. Y en medio del paisaje planetario de ese mundo lejano, casi sin notarlo, pudo ver de pronto como los ojos se volvían pantallas…

La primera noche fue la noche que comenzó a ser su padre.
Ahora le quedaba como una hora antes de que lo mataran y entre todas las cosas que podía hacer pensó que quizás lo más apropiado era dejar que las pantallas de la terminal se cubrieran con el paisaje de algún antiguo juego de video. Buscó uno en especial. En realidad todos eran especiales, aunque EXERION parecía el más adecuado. Lo inició, tomó uno de los comandos y bajó la luz del sótano hasta muy cerca de la oscuridad.

Parte de su cara se reflejaba en las pantallas y las luces estimulantes del juego se entremezclaban con la negrura del visor que cubría sus ojos y gran parte de su rostro. Rápidamente las luces se perdieron a medida que su vista se concentraba en los gráficos destellantes y en la pequeña nave que disparaba, esquivando enemigos.

EXERION no era un juego difícil. La nave que uno comanda se mueve por toda la pantalla, eludiendo pájaros y pequeñas naves-mariposas y naves-círculos que caen en fila, especialmente para que uno las destroce en ese orden. El disparo es opcional: tiro a tiro o una constante ráfaga automática. El único problema es que las balas se acaban, pero si te mantienes matando lo suficiente puedes ir recargándolas. Un verdadero círculo cerrado.

Como juego EXERION es definitivamente prehistórico. Hasta hace veinte años era posible emularlo, pero ya no se encontraba en ninguna parte y sólo descansaba en la memoria dura de algunos fanáticos. Además, para los adictos del gamewave EXERION no tenía ninguna gracia, como muchos otros juegos de esa época. La mayoría gastaba su tiempo combatiendo en neurored, aniquilando enemigos reales estacionados en otras regiones del globo, o sencillamente siendo víctima de una emboscada en algún suburbio de la hypernet. A veces él se dejaba arrastrar por el vértigo de estar en varias partes al mismo tiempo, combatiendo, pero se necesitaba demasiada habilidad y energía para mantenerse vivo, algo de lo que carecía constantemente.

Sin embargo, EXERION había sido, por allá en 1986, un verdadero vicio para él. Era el tiempo en que los juegos descansaban en pantallas semejantes a los antiguos televisores, puestos en cabinas negras adornadas con dibujos espaciales que representaban los distintos juegos. Bajo las pantallas había una palanca de control y un par de botones, lo suficiente para mover una nave y disparar. El juego se activaba con una ficha, que comprabas a la entrada de la galería. Después de un tiempo, que no era demasiado largo, el juego se volvía familiar y si te entusiasmabas lo suficiente podías alcanzar un puntaje sobresaliente, que permanecía luminoso en la pantalla con las iniciales de tu nombre. Entonces sabías que había algo en lo cual eras el mejor o sencillamente superior al resto.
Se volvió fanático cuando apenas rozaba los diez años. Quizás menos. Ahora tenía cincuenta y seis, de eso sí estaba seguro, aunque a veces sentía el doble. Su cuerpo descansaba casi inerte sobre un sillón hidráulico que se movía por toda la habitación, mientras su único brazo le servía de grúa. Sus piernas no tocaban el suelo, porque ya no estaban. A veces trataba de recordar cómo era sentirlas pero rápidamente volvía en sí, concentrándose en las pantallas de su terminal o en algo más llamativo. Pero sólo las pantallas parecían lo suficientemente reales, lo suficientemente activas para reanimarlo. De ellas salían cables que se unían a él a través de pequeños enlaces, puestos en su cabeza y en el muñón de un brazo que tampoco estaba. Era un sistema de conexión anticuado, pero él se sentía así.

Recordó esos tiempos cuando el juego lo agarró fuerte, tanto como después lo harían los computadores y terminales, aunque aquella sensación de recuerdo era más difícil de precisar. Bastaba, claro, activar el programa de recuperación neural y sus recuerdos volverían con formas más reconocibles, volverían a parecer un poco más claros, como sueños transparentes con algo qué decir. Pero cada vez el programa se hacía insuficiente, mientras el invisible e indestructible nanoraser devoraba rostros y lugares, cubriendo los vacíos con un vacío nebuloso y onírico que no alcanzaba para germinar alguna emoción o sentimiento que aguardaba su oportunidad. Pero estaba seguro que algo temblaba todavía en su espíritu, un lugar que el electro-borrador sub-atómico no podía alcanzar y, aunque lo hubiese hecho, quien lo hubiera programado no le había enseñado todavía a desaparecer pedazos de algo que era, por esencia, inmaterial. Bueno, eso es lo que él creía.

El recuerdo de EXERION había sobrevivido al nanoraser y a veces creía que era lo único que podía quedar en su mente. En ese momento no lo sabía (quizás nunca), pero tenía la impresión que era capaz de recordar pequeños y significativos detalles: la vez que aprendió el truco de las maniobras generales para despistar a sus enemigos; la vez que alcanzó el primer challenge stage antes que sus compañeros de colegio; el día que logró llegar más allá de donde solía morir el resto, siendo el resto adolescentes del liceo y escuelas públicas (los mejores), tipos desconocidos, universitarios y jugadores eternos. Cuando dejó por primera vez su nombre en el registro y se abrió paso entre la masa que esperaba su turno, sintió algo que podía ser felicidad o una extraña satisfacción, cómo cuando hacía un gol y sus compañeros corrían detrás de él para abrazarlo. Entonces regresó a la casa y ya no volvió a ser el mismo de antes.
Se habían llevado a su padre.

La casa estaba en desorden, como si un viento hubiese penetrado y remecido las cosas y los rostros. Su madre hablaba por teléfono, y esa voz le hacía creer recordar su rostro deformado por la angustia, asustándolo. Parecía que el rostro acogedor y cercano se hubiese perdido, o nunca existido. Luego llegaron sus hermanos, preguntando qué había pasado y tratando de calmar a su madre, mientras poco a poco llegaban otras personas para enterarse con cuidado de lo que había ocurrido. Vio rostros familiares y otras personas que sólo creía conocer a la distancia, pudo ver otras muchas cosas y también nada, pero en ningún momento creyó o sintió que era parte de ellas. Observaba una película, una película inquietante que no parecía terminar y que amenazaba con volverse todavía más aterradora. Se quedó entonces mirando, tratando de hacer algo pero sus manos eran sólo capaces de destruir enemigos en EXERION y no podían reparar lo que ocurría en casa. Sólo cuando descendió la noche su hermana lo abrazó y él sintió el llanto que deseaba emerger pero que ella retenía con dificultad. Durante muchos días observaría a cada uno de ellos caer y volverse sollozos ahogados, a medida que el tiempo pasaba y su padre se volvía una figura borrosa o extraña.

Parecía que aún sostenía en su mente algo de esas cosas. Creía recordar los rostros de su familia, sus características, aunque el recuerdo no era tan potente, volviéndose en algunos momentos un sueño. ¿Había sido así? ¿Lo había abrazado de verdad su hermana? ¿Había desaparecido la sonrisa siempre irónica de su hermano que en algo recordaba al papá? ¿Era la madre la que lo acariciaba una noche en que ambos descubrieron que no podían dormir?

¿Había jugado realmente EXERION ese día?
A veces, cuando despertaba en noches más oscuras que otras, las cosas emergían confundidas y llegaba a dudar de que alguna vez se hubiesen llevado a su padre. Quizás, pensaba, no era él, sino su madre, o tal vez sí era el papá, pero lo habían soltado y estaba todavía vivo o probablemente muy enfermo esperando morir. Tal vez ya había muerto y él no recordaba eso. Quizás, luego de una lenta agonía había fallecido y él, muy indiferente y sin sentir nada, se había puesto al margen. Entonces llegaba a estremecerse algo desesperado tratando de hacer coincidir todo y estar seguro de que nada de eso había ocurrido y que su padre de verdad no había vuelto ni su cuerpo encontrado. Era entonces cuando creía que era capaz de volver a cerrar sus ojos, pero ya los recuerdos verdaderos estallaban poderosos y debía enfrentarlos sin conciliar el sueño, mientras buscaba en la oscuridad encender las pantallas de su terminal, activando los enlaces.

Y cuando lo hacía, siempre semejaba ser la primera noche.

Dentro de media hora lo van a encontrar y lo van a matar. Cuando se dio cuenta de eso hace cinco años pensó en cómo podía escapar y salvarse. Pero luego entendió que no valía la pena y que cuando todo estuviera cerca algo se le ocurriría. Bueno, se le ocurrió lo de EXERION. No estaba mal. De seguro era algo importante. ¿Lo era? Aunque hacía tiempo el juego estaba en el disco antiguo, no se había atrevido a activarlo y jugar. No por los recuerdos, sino porque podían liquidarlo muy luego y entonces los cincuenta y seis años se volverían más reales y pesados. Tenía presente en sus ojos esa vez cuando entró a una galería y descubrió el juego en un rincón, colocó una ficha y no duró más que un par de minutos, mientras sus manos eran incapaces de maniobrar con agilidad y sus naves eran destrozadas una y otra vez con demasiada facilidad sobre el reflejo de su cara ya media envejecida y escéptica.

Pero ahora tenía tres grandes pájaros encima y mientras los llenaba de balas y sus colores cambiaban hasta que estallaban, sentía que era capaz de alcanzar los diez años.

“Lo primero era desactivar todos los enlaces”, pensó como si estuviera explicándoselo a alguien en especial. Y no sólo eso. También debía cortar el circuito eléctrico (a veces usaban una onda de detección de flujo electrónico), cubrirse con una manta dispersora de calor y rezar para que las señales de ultra sonido del satélite metropolitano se perdieran gracias a una tormenta. En realidad lo mejor era abandonar el lugar y escapar muy rápido.

Cuando activaban una alarma de IEP (Intruso en Progreso) y luego pasaba a “fuga neural” (Robo de Datos Clasificados) los tipos iban con todo, menos una orden de detección. Sabía lo que les pasaba a quiénes desafiaban los sistemas de seguridad. Desaparecían completamente. No era posible recuperarlos ni siquiera en la hypernet.

Observó la hora. Todavía le quedaba tiempo. Aún era posible llegar muy lejos en EXERION…

No supieron nunca más de él. La casa tampoco volvió a ser la misma. Y claro, tuvieron que pasar por toda la rutina ineludible de esos años: primero un espantoso miedo que los llevó a abandonar la casa, viviendo con parientes, apelotonados en una pieza. Luego abandonaron Santiago por un buen tiempo hasta que las cosas se calmaron.

Entonces emergió la rabia, expuesta en su hermano que juraba volar algún día un cuartel o liquidar a alguien, mientras su madre contemplaba impotente como el odio amenazaba con destruirlos. Tardes cuando su madre regresaba de una dolorosa revisión de listas.

Querellas sin esperanza y eternos abogados que saben mejor que uno
que no se puede lograr nada. Largos procesos. Fallos en contra que derrumban en un día lo que iba quedando de ellos. Las fantasmales fotos en blanco y negro de su padre puestas en carteles, que alejaban el recuerdo de su cara entusiasta, irónica y paternal.
Marchas en conjunto. Velas a medianoche.

Y cuando se apartó de todo aquello, cuando se aburrió y dio media vuelta se quedó solo.

Solo, pensó, justo cuando por un descuido unos misiles lo destruían. Al igual que su familia… y él sin sentir nada. Durante años se preguntó por qué, cómo había llegado a ese estado tan distante.

¿Dónde se había ido la pena, el dolor, la furia y los deseos de venganza? ¿La impotencia? Algo, algo mucho más poderoso que el nanoraser que infestaba su cabeza lo había devorado todo, todo lo que debió emerger de su corazón, dejándolo así, como un muñeco escéptico que no espera nada y que no daba nada, sólo disparos contra enemigos virtuales y noches enteras frente a las pantallas. Pero al principio había estado junto a su ellos, en los inicios de la rutina. Había expuesto su rostro triste y perdido, buscando no desentonar con los sentimientos del resto, hasta que se le hizo insoportable.

Se alejó y el resto de su familia no se lo perdonó. Nadie lo hizo. Pero estaban equivocados. Él quería al viejo. Él amaba a su padre. Pero todo había sido tan rápido, tan abrumador y aplastante que sentía que también se habían llevado su sensibilidad y la posibilidad de seguir creyendo. Esa tarde, cuando volvió a su hogar también sintió que algo dentro de él había desaparecido. Tenía la impresión que aún estaba frente a EXERION y que las fichas no se le habían terminado. Esa persona, ese niño de diez años estaba por ahí en algún lugar, y mientras destrozaba una fila de naves-círculos, pensó que durante todos esos años se había convertido en una torpe y confusa continuación o imitación envejecida de ese niño distante, simulando estar vivo y presente.

El niño siguió disparando y eludiendo naves con asombrosa habilidad.

Faltaban como quince minutos para que llegaran. No tenían nombre oficial, pero en el ambiente se les conocía como “rastreros”. Una división especial que agrupaba a personal de Inteligencia Informática de las Fuerzas Armadas Unidas (FAU). La habían creado luego que un estudiante argentino neutralizara el sistema insular de alerta temprana durante la crisis de Ushuaia. Pero con el tiempo sirvió para ayudar a la policía para detectar crímenes menores. Claro que no faltaban los tipos vivos que se daban una vuelta por los archivos militares y en eso la ley de intra-seguridad era muy clara: veinte cinco años. Claro que la orden no escrita lo era todavía más: cinco balas en la cabeza o un láser de desintegración molecular de alto poder.

Le metió unas cincuenta balas a una bandada de pájaros que lo estaban bombardeando constantemente. Las aves se volvían pedazos que luego desaparecían al instante mientras otro grupo los reemplazaba. Hizo una maniobra general, subió hasta el borde superior de las pantallas y luego esperó que lo atacaran de nuevo. No alcanzaron. Mientras descendía los fue acribillando en orden, desapareciendo.

Sonrió.

Mantenía aún tres vidas de reserva y el indicador señalaba 356 balas. A ese ritmo llegaría muy lejos. ¿Qué tan lejos se podía llegar? No tenía idea. Había un tipo en Italia que aseguraba haber alcanzado los 3.679.100 puntos. Podía probarlo. Y aunque fuese mentira, él lo creyó, pensando que alguna vez alcanzaría esa cifra, sólo con el anhelo de sentir que lo había logrado. Pero aún así, llegaba un punto en que los juegos antiguos se ponían repetitivos y cansaban como una rutina. Podías cruzar cuantas etapas pudieras y siempre era casi lo mismo.

Buscar al papá había sido siempre lo mismo. ¿Y cómo podía entender el resto que para él ya no significaba nada seguir con todo aquello? ¿Cómo podía explicarles que él no sentía nada y que no había nada peor que no poder sentir nada cuando sabes que tienes que hacerlo? Que unos hombres lleguen a tu casa, tomen a tu padre, se lo lleven a un lugar donde poco menos que lo fríen, donde se divierten interrogándolo, y luego terminan arrojándolo como un saco de papas o una bolsa de basura algún hoyo muy frío a medio hacer, al mar oscuro o… algo más terrible que no sabes, pero que tu intuición te estremece. ¿Cómo podía sentirse distante de eso?

Cuando lo contrataron como consultor táctico y les ayudó a proteger archivos y enseñarles que tan lejos se podía llegar a través de redes interactivas el porcentaje de la población que todavía recordaba el asunto no superaba el diez por ciento. ¿Eran todos tan insensibles como él? En algún momento todos olvidaron lo que pasó, lo que podía volver a pasar, lo que a veces pasaba y lo que aún no había sido enterrado, no porque fuesen malvados u otra cosa sino porque se vivía en un olvido constante. A veces observaba la ciudad y se preguntaba cuántas personas que vivían ahí no tenían a nadie o no eran nada, simulando tener una vida que nadie con exactitud sabe que de verdad existe. Cuánta gente bondadosa y especial existía caminado entre la multitud, personas que si desaparecieran no llamarían la atención de nadie. Cuántas estrellas había en esa galaxia fría que al apagarse no eran notadas por los miles de observadores escépticos. El mundo era un campo de desaparecidos. ¿No era posible recuperar algo con un poco de voluntad y algo de empatía? Como le había dicho un oficial de inteligencia de la FAU: “Con un poco de suerte se pueden recuperar nombres, edades, fechas de nacimiento, cargos públicos, militancias, fechas de detención, destinos finales, fotografías… no de todos, claro. Pero por supuesto que podrían recuperarse y conservar datos claves. La información no desaparece, sólo se transforma… Si esas personas se pudieran reconstruir, podríamos hacer que vivieran de nuevo. Sólo para volverlas a desaparecer”.

“Lo cierto, es que nada de lo que recordamos alguna vez, permanece
lo suficiente”.

Veinte minutos y estaré muerto.

La voz daba vueltas en su mente sin delinear los labios. Hacía mucho tiempo que prefirió mantener el silencio, aún cuando recordaba tardes enteras hablar con los fantasmas de otros tiempos, de todo momento. Y es así como uno comienza a comprender el sentido de la soledad. Primero le hablas a un cigarrillo, luego a las pantallas, y si no hay espacio para un perro que te escuche, entonces las palabras dan vueltas en el vacío hasta que imaginas que alguien está frente tuyo, escuchando sin responder.

Pero necesitas respuestas, necesitas delinear un pensamiento ajeno, que al principio es sólo lo que quieres escuchar para que exista un poco de diálogo, para que tus propias palabras tengan una oportunidad. Así empieza a tomar forma la personalidad de un ser que ya no existe o que no puede existir cerca de tuyo. Y así se empieza a imaginar a una persona, a partir de sus contornos, de sus ropas o de su cara. Era difícil crear un rostro, y un cuerpo existiendo al mismo tiempo. Pero vio los rostros de los familiares empapados de una última fe, vio los cuerpos cobrar vida cuando les mostraba primero un cuerpo, luego un movimiento, y al final una voz que sonaba familiar o que la necesidad convertía en algo verdadero.
Y vio las lágrimas, el dolor diluido por un nuevo amanecer para quienes la oscuridad de la pérdida era el único ambiente conocido. Devolvió la vida a muchos. Ganó dinero. Y ahora esperaba que lo destruyeran sin importar si eso le dolía demasiado.

A los lejos, escuchó la ciudad temblar. Algún satélite de la policía bombardeaba una población del oeste de Santiago. Unos pájaros bombardearon su nave, pero pudo esquivar eso, hacer un nuevo giro y hacerlos pedazos.

Si la vida fuera EXERION, serías inmortal.

La cantidad de gente desaparecida en esos años variaba de acuerdo a distintos informes. Pero su padre nunca se aferró a ninguna ideología y lo que es peor, nada tenía que ver con los partidos políticos ni con los movimientos subversivos. Entonces, ¿por qué se lo habían llevado? La familia entera denunció el caso como una persecución política, pero en secreto intuían quizás que no tenía nada que ver. Fue la necesidad de ser tomados en cuenta por los movimientos que buscaban la verdad, todas esas familias que con el retorno de la democracia fueron indemnizadas por el Estado. ¿Había sido entonces esa la razón para alejarse de ellos? Nunca se sintió de izquierda ni de derecha. En verdad, todos esos grupos le incomodaban, ya sea por un problema de temperamento o algo más oculto.

Nadie de quienes lo conocieron entendió que trabajara para los militares, los que supuestamente habían detenido a su padre. La FAU no puso problemas. Por el contrario, le interesaba que estuviera en sus filas, siendo experto en algo que recién comenzaba a inundar la estrategia militar. Les ayudó a crear sistemas de detección y búsqueda, así como también tácticas de combate. Pero no pudo evitar la búsqueda de ese hombre que llevaba su apellido. Después de todo, reprogramar los códigos de acceso que protegían la memoria de la FAU de los últimos cincuenta años, no era más difícil que jugar por primera vez a EXERION.

La primera noche hizo un simulacro de infiltración. Activó un cultivo de bacterias de división acelerada, cuyo objetivo era despertar los sistemas de alerta temprana. En paralelo, activó un sistema metástasis de escaneo evolutivo. La idea era configurar un mapa de acceso, extrapolando los niveles de entrada, y registrando cualquier sector vulnerable. El objetivo final no era, sin embargo, encontrar una puerta de acceso. Lo que buscaba era emular los sistemas de vigilancia y convertirse en uno de ellos cuando decidiera entrar. Era como colocarse el mismo uniforme para luego traicionarlo.

Un par de horas después descifró la anatomía de los alertas temprana. Ahora era cuestión de esperar. Chequear que no lo habían descubierto y concentrarse en su búsqueda.

Sería la primera noche del fin de su vida.

Los ojos comenzaban a cerrarse, pero EXERION seguía ahí. Más pájaros, más naves, sucesión infinita de enemigos que destruir. Quien diseñó EXERION nunca pensó, quizás, que hubiese alguien dispuesto a jugarlo casi eternamente.
Giorgio Bonetti. Ese era el nombre del italiano que mantenía el más alto score en el EXERION. Debió ser un gran tipo. Y George Anastasiadis, el griego que creó una página tributo en la antigua Internet. La página sobrevivió después de su muerte, como una casa abandonada en la oscuridad de la ciudad, hasta que la red desapareció en la Guerra de las Seis Horas, llevándose a la tumba todos sus registros. Cierto, nada permanece. Nada, quizás puede permanecer lo suficiente.

Y mientras acribillaba un ave alienígena, pensó que quizás había un cielo digital donde los archivos espirituales tuvieran una segunda oportunidad.

En el infierno del olvido, siguió disparando. Uno a uno los enemigos caían. Uno a uno, los recuerdos sucumbían bajo el demonio llamado nanoraser.

Los secretos militares se cruzaban con decisiones estratégicas, así como las operaciones encubiertas se confundían con actividades de rutina. Planes de batalla, informes de situación militar vecinal, desarrollo de componentes para misiles furtivos, entrenamiento de niños para control a distancia de vehículos remotos, misiones especiales, estadísticas de UFO sobre las principales ciudades del país, infiltración de satélites venezolanos… Si hubiese sido un espía, al servicio del Perú o de lo que quedaba de Bolivia, habría estallado en tensa euforia. Y sin embargo, todo parecía virtual en el vacío que dejaba el nombre de su padre.

¿Dónde estaban los archivos del pasado distante? ¿1986, 1978, 1973? ¿Los detenidos, los oficiales al mando de los interrogatorios? ¿Los encubrimientos?

Si la información había sido eliminada era mejor devolverse, mientras podía hacerlo. Sin embargo, convertido en una alerta temprana, podía engañar a los verdaderos vigilantes que seguían luchando contra los sistemas de infiltración que había introducido como señuelos. Usando un haz de visión simultánea, pudo revisar cada suburbio de información sospechoso de contener algún indicio de la verdad perdida. No tendría mucho tiempo. Si había algo que encontrar debía estar muy oculto o quizás muy distante.

De pronto apareció un fragmento que parecía un nombre. Uno como cualquier otro. Lo extraño era que no debería figurar en ese lugar: un antiguo manual de simulador de vuelo. El nombre estaba adosado a ese paquete de información, y al diluir la densidad de datos por giga/nanom pudo sumergirse entre los párrafos de especificaciones técnicas para instalación y uso. Y entre medio de palabras aéreas, números de elevación y coordenadas de ataque, emergieron frases que hablaban de ese nombre, lo suficiente para saber que era un fragmento de historia olvidada. Un tipo como cualquier otro que fue detenido, interrogado y que nunca más se supo de él.

Comprendió, entonces, que se trataba de un sistema de archivo zodiaco. Una modalidad de constelación de datos que permitía diseminar la información adherida a otros archivos que no guardaban ninguna relación. Los archivos de personas desaparecidas que buscaba eran sólo huéspedes de archivos más grandes, y eso evitaba un rastreo directo. Sabía de qué se trataba, pero le sorprendió no haberse enterado antes. Después de todo, seguía siendo un consultor táctico de la FAU.

Utilizando el registro temporal de adhesión de datos, pudo detectar otros archivos huésped. No todos habrían sido adheridos durante un único momento, por ende sería imposible encontrar todo. Sin embargo, no lo necesitaba. Al registrar una cantidad suficiente de datos-huésped logró lo más importante: configurar parte del mapa de constelación que los unía.

Se alejó a una distancia de noventa gigas/nanom. Los fragmentos de palabras e imágenes se convirtieron en destellos fugaces, iluminando la estela vacía que dejaba su presencia. Y mientras se alejaba, mientras su perspectiva cruzaba los espacios semánticos de millones de fragmentos que hubiese querido asimilar, pudo sentir simultáneamente rastros de personas, nombres y vidas que de pronto supo que nunca alcanzaría a amar. Diseminadas, estaban por lista y cada uno guardaba una ficha y su posible destino. Había distintos nombres que llevaban a distintas imágenes. Gente tan olvidada como los créditos finales de una película.

Pero sintió que el tiempo se le terminaba y su padre no aparecía por ningún lado. Probablemente descansaba en algún lugar de la constelación de archivo y en ese caso, lo mejor era registrar toda la constelación de datos. Extrapoló los enlaces de conexión, para configurar el link de entrada, que en jerga infowar se denominaba punto aries. Una vez configurado, podría escanear fácilmente toda la información relacionada y registrarla en su memoria.

Inició la secuencia y su perspectiva comenzó a retroceder nuevamente, mientras el torbellino de información comenzaba a tomar forma. Los destellos comenzaron a delinearse en un conjunto de fragmentos axiales, en millones de píxeles que dieron forma a un trazo todavía difuso, y unas letras que buscaban dar forma a un pedazo semántico.

Las letras se volvieron un nombre, y cuando la distancia fue suficiente pudo ver con claridad qué decían.

Era el nombre de su padre.

Un pájaro multicolor estalló herido de muerte antes que pudiera iniciar el descenso. Era el último del vigésimo escuadrón que atacaba y sintió remordimiento por liquidarlo tan rápido. En las pantallas no había dolor, eso estaba claro. Por eso era fácil matar.
Si había tiempo para que las personas sintieran dolor, nada tenía que ver con la muerte de los recuerdos. El dolor, comprendió, emergía cuando de una u otra forma no tenemos conciencia real de que en alguna parte existimos. Y que en ningún lugar podemos existir.
Sin embargo, la urgencia de las respuestas iba disminuyendo. Faltaba sólo él. Llegarían dentro de muy poco. Siempre lo supo. Siempre supo que llegaría la hora de morir, incluso en EXERION.

Su padre había muerto, y él también dentro de poco. Sin duda, los rastreros ya estaban borrando todo, confiscando las memorias de esos programas reflejos. La resurrección es peligrosa e ilegal en un mundo acostumbrado a morir. En un mundo donde todo debe perecer, donde nada puede permanecer.

Y si para el resto de las personas funcionaba de igual forma, entonces un recuerdo detallado, preciso, coherente desde cualquier ángulo podía ser quizás tan fuerte como algo real.

O quizás más verdadero.

Y a esa hora de la noche, minutos antes que lo mataran, EXERION era lo único real.

2 millones de puntos…
2 millones 530…
2 millones 867…
3 millones…

En algún minuto, o quizás desde siempre, el nanoraser comenzó a transformarse en el único recuerdo.

Debió saberlo. Ningún consultor táctico podía salir ileso luego de infiltrarse el punto neurálgico del sistema militar. El nanoraser estaba dentro de él un segundo después de salir de la memoria de la FAU. El nanoraser en su cabeza podía acabar lentamente con él y hacerlo desaparecer sin necesidad de cavar un hoyo o sobrevolar un mar profundo y oscuro. Cuando logró detectarlo ya había coagulado las arterias de sus extremidades y sólo pudo salvar su brazo derecho. Luego se llevaría los nombres de su familia y gran parte de sus rostros. Recuperó algo con un programa neural de emergencia, pero el nanoraser siguió ahí, transformándose en parte de su vida y de su insensibilidad. Nublando las imágenes del pasado, disolviendo su propio cuerpo, transformando su interior en un vacío infinito, hasta que ya no hubiera nada a qué aferrarse.

Por escasos momentos lograba recordar un tímida sensación de lo que había hecho. Porque un nanoraser es sólo una represalia inmediata, no una sentencia de muerte. Guarda para sí el registro de lo que está disolviendo. Si venían a matarlo, era porque nadie podía crear mundos sintéticos, ni reflejos de antiguos muertos, sin permiso. No era un asunto ideológico, ni siquiera de seguridad interior. Era sólo un mandato legal, que él había violado, y para lo cual la muerte era un destino como cualquier otro. Todos robaban datos, incluso información de defensa. Eso ya era una media sentencia de muerte, si el robo era excesivo.

Y los nombres de los perseguidos, de los muertos eran parte de un punto de entrada en la memoria de la FAU. La única razón posible de esa configuración que llevaba su apellido y el nombre de su padre era que todos estuvieran conectados a él.
“Podemos recuperar la información”, le había dicho el oficial de la FAU.

Y en algún momento, pensó, pudieron obtenerla. Pudieron saber quienes eran los que había que capturar. Pudieron configurar una lista de quienes había que interrogar.

El supo desde siempre hacia dónde había que disparar en EXERION, cómo liquidar a las naves pequeñas, cómo evadir el peligro inminente, los movimientos para sobrevivir más tiempo. Durante años sus tácticas fueron un secreto que nadie estaba interesado en conocer.

Y esa noche, cuando entendió quién había sido en realidad su padre, no perdió tiempo en compartirlo con nadie. Las historias de los delatores siempre excitan a las masas, pero lo que yace en lo profundo de la motivación de un hombre es impenetrable. No hay código de acceso que romper, no hay secuencias de infiltración que activar.

Cuando los ojos se vuelven pantallas, cuando los muertos observan desde la eternidad del recuerdo, sólo queda buscar un pedazo de redención lo suficiente para cerrar los ojos sin la angustia de la rutina.

Así que un minuto antes de abandonar la memoria de la FAU absorbió los rasgos de los desaparecidos. Se los llevó en su mente, en el archivo cuyo nombre era su padre.

Pero los rastreros vendrían esa noche a cobrar otra cuenta: los cientos de mundos y las cientos de personas desaparecidas recuperadas ilegalmente.

¿Y por qué nadie luchaba por hacerlo legal? ¿Por qué sólo existía la firme voluntad de un tipo desconocido por recuperar a los muertos?
Quizás, pensó una vez, porque esas creaciones mitigaban el dolor. Y una sociedad se sostiene económica y socialmente gracias al dolor. Y quizás también, gracias al olvido.

Una mujer viuda que había perdido a su hijo… reconstruido en forma de un programa interactivo. Tomar una foto, delinear un cuerpo, darle movimiento a partir de los recuerdos y las evocaciones. Colocar esa imagen, ese reflejo de alguien y hacerlo vivir nuevamente en una realidad algo más que virtual… Entonces una mujer podía reencontrarse con su hijo, hablar con él, abrazarlo en algún espacio que simulara un hogar ya muy lejano, el hogar que ya no existía… el momento único cuyos contornos aún temblaban en algún lugar de la memoria. Habría quizás tiempo para decirse tantas cosas, porque aunque fuese mentira – y lo era – ésta podía ser mejor que el vacío o la nostalgia dolorosa de lo que nunca fue. Habría quizás tiempo para volver a sentir al ser ya muerto. Y a través de esa resurrección pasajera, recuperar un segundo que fuese eterno en la memoria.

Buscó entonces a los parientes de las víctimas que aún vivían. Por una suma de dinero razonable les ofrecía estar de nuevo con los seres queridos ya olvidados.

Y para probar que el proyecto era posible, comenzó por él mismo y ese padre ahora muy distinto.

La primera noche cerró los ojos y buscó el recuerdo.

Las imágenes se comprimieron sin límites de tiempo y espacio, sólo sensaciones lejanas imposibles de sintetizar. De pronto comprendió que en su mente no había algo concreto a qué aferrarse, algo con forma definida que pudiera emular. ¿Y qué era entonces un recuerdo? ¿De qué estaba hecho? ¿Eran sólo impresiones vagas que la intensidad emocional transformaba en cuadros vívidos engañando la psiquis de cada persona? El recuerdo de un primer beso a la persona amada, o del proceso que la llevó a la muerte… ¿Eran algo que tuviera verdadero sentido, si ya no existían en el tiempo y en espacio? La mente no reconstruía el tiempo; lo vivido no era posible de repetir. El recuerdo parecía sólo un ejercicio de la mente para convencer a la conciencia que algo había sucedido, sin importar lo difuso, lo distante y lo ajeno que podía ser. Las emociones hacían el resto.
Siento, luego existo.

Y él no sentía nada. Y si buscaba sentirlo, no había algo seguro a qué aferrarse. Sólo imágenes sin sustancia. Lo hecho y sucedido con su padre no era más que una secuencia de episodios marcados como pautas de un suceso histórico, pero del cual comenzaba a sentirse parte. Sí, podía creer recordar. Podía creer que los hechos estaban dentro de él, pero no parecía existir ninguna imagen donde ese padre fuese tan claro y preciso. Además, no sabía qué padre recordar. ¿El que habitaba su hogar cuando niño? ¿El delator? Si pensaba reconstruirlo, debía definir quién era ese hombre, qué había dentro de él que definiera contornos y rasgos precisos. Si tenía una voz, cómo sería el tono de las palabras, la historia de ellas. Cómo serían sus ojos cuando observaban las ruinas internas de su alma. ¿Había disturbios en ellos? ¿Había distancia y melancolía cuando miraban a ese niño que jugaba frente a la pantalla?

La primera noche fue la noche que comenzó a ser su padre.

Iban a llegar muy pronto, pero no le importaba. Estaba todo listo y no podía evitarlo. Durante años calculó exactamente el tiempo en que demorarían en encontrarlo luego de que supieran quién les extrajo la información. Durante todo ese tiempo no había podido encontrar la forma para escapar y salvar su vida. Su vida, los cincuenta y seis años que llevaba en el cuerpo. ¿Su cuerpo real? Todos esos años… ¿qué había sucedido a través de ellos? ¿Era el vacío sobre los vacíos lo que diluía el tiempo y lo convertía sólo en cifras de referencia? Pensó que quizás era culpa del nanoraser que aún seguía activo que quitaba algo de aquí y que lo había dejado como muñeco mutilado. Pero muy pronto entendió que era algo más. Algo, una sensación que no se podía borrar y que era capaz de traspasar los sentidos y la memoria. Era a veces la soledad, o también una noche interminable frente a las pantallas. Era un trabajo insulso y agobiante o una noche de año nuevo observando el reloj fijamente sin moverse. Era un caminar entre la multitud inexpresiva y hostil antes que perdiera sus piernas o sólo el sillón hidráulico que a veces se atascaba. Era un corazón que se hacía cada vez más frío, que pierde su forma y color… un nombre demasiado común hundido en miles de nombres comunes, un hombre en una ciudad de diez millones de seres que saben o conocen algo que tú perdiste. Era la inutilidad de las redes que no podían llevarlo a ese pasado tan necesitado. Era un brazo que se extiende en la cama y que no encuentra a nadie, una caricia a un cuerpo que sólo imaginas y que deja su forma delineando un agónico sentir.

Entonces comprendió instintivamente que no valía la pena escapar. Después de todo, no vendrían a matarlo, ni tampoco a hacerlo desaparecer. Él ya no estaba. Quizás nunca había estado. La vida se había encargado de hacerlo desaparecer como un holograma que pierde su fuente de energía y luz, la poderosa vida que se agitaba allá afuera y de la que el resto parecía beber, excepto él.

Escapar. Una palabra emitida fácilmente… escapar de ellos no tenía sentido. No había adónde ir. Se hallaba prisionero en mundo que no tenía pasado ni futuro, sólo un presente oscuro de evocaciones que el vacío diluía. Como su padre.

Observó las pantallas. EXERION permanecía inalterable, el mismo paisaje, los mismos enemigos. Era increíble la fascinación que surgía en su interior. Era imposible no dejarse arrastrar por el paisaje y repetir los movimientos, en una indolencia casi eufórica que no lograba comprender.

No lo recordaba, pero existía una razón más allá de la simple y resignada elección, más allá de cualquier impulso adolescente e irresponsable para jugar EXERION. La intuición estremecía con rara fuerza, en silencio, como suele golpear dentro de cada ser la revelación. Había una razón para estar ahí, en medio de una oscuridad, y observando el rostro en las pantallas. Una razón certera y comprometida que hablaba de la verdadera búsqueda y fe. La fe, había sentido siempre, es poderosa cuando carece de apellido y a esa hora de la noche, faltando poco para que lo mataran no había otra cosa a la cual aferrarse.

Había una razón…

O quizás una convicción. La idea clara que al final del juego, al final del más alto score existía una puerta esperando abrirse lo suficiente. Y al otro lado, de forma irreal o soñada, un espacio con su propia forma o con sus propios contornos de conciencia y recuerdos buscando convertirse tiernamente en el paisaje que esperaba.

Si llegaba al final, si llegaba a ese score imposible… existía la posibilidad de que sólo quedaran las pantallas luminosas mil veces repetidas. ¿Qué tan seguro podía sentirse para esperar lo que siempre se ha esperado?

Lo suficiente. Al final del juego, intuía, debía existir algo. Eso era un fragmento de fe. Un pedazo infinitamente irrelevante, quizás, pero suficiente para esa noche, para la última noche.

Al final de EXERION, cuando el juego no podía soportar más puntos, o más aves derribadas, sobrevivía algo suyo. Por eso estaba ahí, disparando como si el destino de la galaxia estuviera en sus manos. No había nada más. Cuando se tiene por fronteras los límites de un cuerpo semi-destruido, cuando el espíritu parece ser sólo una materia inerte consumida por el miedo y la amargura, por el cansancio o el tiempo, sólo el pedazo de conciencia que sobrevive puede imaginar lo suficiente. Cuando no queda nada, pensar puede ser un placer y el pensamiento faltando poco del score era que el fin del juego daba paso a otra cosa.

Final del juego, código de acceso.

Fin de una vida, acceso a la eternidad de un paisaje delineado noche tras noche.

Vívido, de límites cercanos y familiares.

¿Quién juega al final del juego?

Estaban cerca. Muchos años atrás su padre también debió sentir que estaban cerca. Encerrado en una celda, o refugiado de forma anónima en un pueblo de la zona austral. Las personas pasan la mayor parte de sus vidas tratando de olvidar que se espera la muerte. Su padre nunca había vuelto, sabía demasiado para volver a la rutina, y era mejor mantenerlo furtivo en algún lugar. Encerrado, debió entender que ya estaba muerto. Era sólo cuestión de esperar el momento en que lo llevaran a un lugar elegido para que no existiera nunca más. Quizás siempre lo supo. Quizás entendió que en el plano de una vida sin nada, lo mejor era pavimentar su propia muerte.

Observó el score. Pronto llegaría a donde nadie se había asomado. Concentró entonces sus fuerzas en el juego y empezó a destruir sin vacilar, acabando con todos rápidamente. Disparó, moviéndose con demasiada habilidad, mientras los pájaros gigantes y las naves-mariposas se sucedían, volviendo a desaparecer. Y de pronto, como si no lo hubiese notado, vio que ya había pasado la marca y que fácilmente se extendía por los sobre 5.555.555 puntos. Echó su cuerpo atrás y una pequeña sonrisa rejuvenecedora que podía volverlo atrás, a 1986 o sólo dejarlo ahí, emergió, dejándolo completamente liviano, en una extraña suspensión que atraía cosas a su mente, penetraban en su espíritu y eludían al nanoraser. Era tal vez la figura de su pasado o quizás los ojos de su madre, y la sonrisa de su hermano o hermana, el cabello de ella, o sólo todos juntos en alguna fotografía o en una apacible Navidad. Quizás era sólo él, frente a una máquina, en una galería de juegos antiguos, usando sus últimas fichas, colocando su nombre e imaginando el rostro de su padre reflejado en la pantalla, viendo cómo lo había logrado, recordando el nombre del juego.

Su único brazo abandonó el comando y dejó que lo destruyeran una y otra vez hasta que las pantallas se volvieron borrosas y registraba en el ranking parte de su nombre. Entonces creyó que algo volvía. No estaba seguro, tal vez fue sólo un estremecimiento, pero era real y hacía que algo temblara aún dentro de él.

Tal vez el nanoraser titubeó o sólo era su pasado reconstruyéndose en segundos, reconstruyéndolo en partes que se reconocían y que se estrechaban en una hermosa y extraña felicidad. No podía estar seguro, quizás fue sólo un estremecimiento…

Volvió a sentir.

Sintió que se acercaba, que el paisaje alrededor cobraba otra dimensión. Una parte suya se alejó de la terminal, mientras al otro
lado de las pantallas se abría un nuevo mundo.
Las pantallas todavía parpadeaban en la oscuridad del sótano, iluminando a un extraño cuerpo que permanecía conectado aún, esperando en silencio o sólo silenciando la espera.

El sonido de las máquinas de juegos llegó hacia él como un recuerdo distante, elevando la imaginación de los sentidos. Aquí y allá se podían ver adolescentes y niños jugando u observando el ritmo de los juegos. Su cuerpo deambuló por las máquinas, echando miradas por sobre las espaldas de los jugadores y curiosos que miraban embobados las cadenas de disparo, los diferentes niveles y las tácticas para cruzarlos. Como un fantasma, su rostro deambuló por las pantallas sonoras, un reflejo crepuscular que nadie distinguía en medio del estallido de píxeles que daban forma a nuevos paisajes, insert coin y game over.

De cualquier forma, su rostro no existía. Bastaba con ser una sombra para reforzar la existencia.

Dejó que el sonido de las máquinas lo llevara a EXERION. Al principio escuchó un rumor, luego lo que parecía una caída de naves-mariposas, y finalmente el sonido inigualable del disparo ametralladora. Dejó entonces que sus ojos atravesaran el paisaje humano, y ahí, en un lugar que podía ser un rincón o el centro de todo, estaba el niño que buscaba.

No había sido difícil reconstruirse, aunque en ese momento era quizás lo menos importante. Le bastaba con saber que ese niño era él, o algo programado para ser el niño que había sido, en su versión de 1986.

Ahora caminó despacio, manteniendo la realidad. Construir un pedazo de mundo que no se derrumbe en poco segundos es la primera misión que exige la vida. Se acercó entonces lentamente, buscando la distancia necesaria.

El niño evadía los peligros, las naves hostiles, mientras el score sumaba puntos. Uno a uno los enemigos eran destruidos. Uno a uno, las manos aprendían a matar.

Durante largos minutos, la escena se repitió constantemente. Inmortal, sin miedo a la muerte, sin imaginar que existía algo así, el niño se hizo eterno en la vastedad de EXERION. Los minutos se volvieron pantallas, niveles inalterables modificados sólo por la presencia de enemigos.

Hasta que de pronto el niño fue destruido. Nadie pareció darse cuenta. Así parecía ser la vida: un paisaje inalterable, hasta quede pronto algo te vence y te destruye, en medio de un universo indiferente.

El niño permaneció quieto frente a la pantalla. Al mirarlo, sintió un impulso intenso. Pero fue el niño quien levantó sus brazos para tomar la palanca y el botón, sólo para poner su nombre en el registro del día.

Y en el primer lugar del ranking, el nombre de Víctor Morales resplandecía con fuerza propia. Sus letras se volvían trazos luminosos en el paisaje nublado.

Y antes que pudiera cerrar los ojos, antes que el paisaje terminara, pudo ver como el niño daba media vuelta. Su cara parecía no tener rasgos, sólo contornos desplegados con dolor o con un poco de ternura. La cara algo muerta, algo viva, el registro distante de una extrapolación exo-genética, fragmentos de un rostro que esperaba morir al otro lado de las pantallas.

El niño avanzó hacia él, y antes que pudiera moverse atravesó su cuerpo, como si ambos fuesen espectros.

Ahora las pantallas yacían oscuras. EXERION estaba muerto.
No quiso abrir los ojos, sólo poder recordar la secuencia completa. No era el pasado, ni siquiera el presente. La emulación y el momento que había construido era esa secuencia que ahora se mantenía constante, él y su padre, los dos en silencio, como siempre había sido. No había podido recrear ni falsear nada. Aún el intento de crear algo distinto era inútil. La verdad permanece, la esencia de las cosas no puede cambiarse.

Cada noche que reconstruyó a los desaparecidos pareció ser siempre una primera noche. Había buscado que los seres queridos tuvieran una segunda oportunidad. Que los rostros volvieran a mirarse, o sólo que los corazones volvieran a sentirse. Nunca se está solo si aún muy lejos está el ser amado. Buscaba recuperar lo que pudo haber sido, un pedazo lo suficiente para imaginar un instante, un ambiente o sólo un fragmento de extraña e irrepetible ternura. Buscaba ser otra vez el niño que con una solo una ficha y una pantalla muy luminosa podía imaginar un mundo y suficiente felicidad para todos dentro de él.

Había buscado sentirse como su padre, mirándose a sí mismo. Y en ese pedazo ficticio, sólo sintió distancia y dolor.

Hay algo que ningún nanoraser, ninguna técnica puede borrar y es el dolor que nace en cada uno de nosotros. El dolor siempre permanece, nunca se olvida, y si por alguna razón parece distante, siempre habrá forma que las circunstancias lo recuerden.

Las circunstancias convirtieron la vida en un juego eterno, un niño que se eleva para caer. Para morir en el recuerdo.

Mátenme… mátenme igual que a él.

Pensamientos como ecos imperceptibles.

Porque siento tu dolor… el dolor de tu perspectiva. Sin dolor no sabías quién eras. Disturbios en tus ojos… Hasta que el sueño vuelva a caer…

Un segundo después un láser de alto poder penetró la pared de la habitación y atravesó su cabeza. El cuerpo se desplomó inerte mientras otros disparos destruían las pantallas y la oscuridad cubría lo que quedaba del crepúsculo de la habitación.

Fui recuperado en medio de un vértigo que me costó entender, aunque ya estoy en suspensión, lo suficiente para poder ser parte de lo que sucedía más allá de las pantallas. No estaba activado. Puedo ver y me he visto a mí mismo desde hace una hora, aunque me costó reconocerme, porque no tengo forma, ni sentido. Han pasado muchos años… no estoy seguro. Aquí siempre parece ayer y mañana. Soy EXERION… soy Víctor Morales… soy también voces y ojos perdiéndose en pantallas difusas… un padre irreconocible… un
delator… un niño que juega hasta morir.

Soy NANORASER 808… suspendido, esperando que me encuentren para renacer… o desaparecer para siempre. Puedo ser un juego que termina más allá de los cinco millones de puntos donde se puede acceder a una imagen del pasado. O puedo ser una emulación que flota en una galaxia de emulaciones y que espera su oportunidad. No tengo vida, pero si alguien me activa, podría parecer vivo. Será una larga espera. ¿Quién podría querer recodar la vida un hombre y su padre muertos? ¿Quién eres tú para sentir serlo?

¿Hay alguien que haya jugado EXERION y recuerde su nombre como solía hacerlo un niño cuyos recuerdos diluidos parecen temblar en mí?

Pablo Castro Hermosilla

Editorial (2) TauZero #9

El asunto es así: hace un par de días me junté con Sergio, quien me comentó sobre la inminente salida del número 9 de TauZero. Al preguntarle que cosas traía me respondió diciendo que casi todos los artículos eran de mi autoría o estaban relacionados directamente con mi participación. Y no, no es que TauZero haya decidido configurar un especial dedicado a mi persona. Sólo se trataba de una extraña coincidencia o quizás de una especial sincronía.

Bueno, aproveché para sugerirle a Sergio la posibilidad de que este número tuviera no sólo el material ya considerado, sino también hacerme cargo de la editorial. Así aprovechaba de esbozar una tímida despedida, en virtud de que hace ya unos meses que abandoné el comité editorial de TauZero.

No voy a dar detalles de las razones que me impulsaron a dejar el comité, aunque debo decir que con el tiempo descubrí que la mejor razón tenía directa relación con el factor tiempo, junto a una complicado asunto de logística. No voy a mentirles, me saqué un peso de encima, un peso que en otras circunstancias no hubiese tenido problemas para lidiar con él, pero que ahora se me hacía imposible encauzar.

En ese sentido debo felicitar a Sergio y a Tino, porque como dije alguna vez, trabajar en esto de producir proyectos de ciencia ficción es extremadamente agotador y pocas veces la gente lo agradece. Es un tema que me preocupa, porque cada vez veo que las nuevas generaciones son poco agradecidas y que por el contrario, actúan como si la vida les debiera algo. Señores, la vida no les debe nada y menos los que llevan años trabajando en la ciencia ficción.

Años atrás, cuando comencé a tomar contacto con diversas personas del género en Chile, no había revistas ni fanzines ni concursos, y las pocas convenciones temáticas se encontraban en un estado de enfermedad terminal. Hoy por lo menos hay espacio para publicar historias, realizar concursos y lo mas importante, personas con profunda dedicación para seguir adelante con estas instancias.

El panorama no es mejor en otros países de Latinoamérica y la verdad es que si bien existen algunos interesantes y auspiciosos proyectos, la cosa no pinta para una visión utópica. Ignoro si alguna vez tendremos una verdadera ciencia ficción latinoamericana. Tampoco sé si la mayoría de las personas se toma esto como un hobby o como un componente importante en sus vidas, lo que sí tengo claro es que a estas alturas no tengo ningún interés en relacionarme con personas que no me son ningún aporte y que han probado no tener capacidad para aportar en función de un compromiso general, y que sólo husmean en la ciencia ficción porque les da la posibilidad de hacer sentir su propia excentricidad. Los que se sientan aludidos pueden sacar sus propias conclusiones.

Para terminar, agradezco públicamente a Sergio, quien día a día y con una mentalidad ejecutiva envidiable hace lo posible para configurar de la mejor forma a TauZero. Lidiando todos los meses con los vaivenes de una compleja situación económica. Y agradezco también a Rodrigo quien tuvo el coraje para confiar en varios de mis consejos y de abrirme las puertas a TauZero.

¿Sobre el material? Léanlo ustedes mismos. No pienso adelantarles nada.

Pablo Castro Hermosilla
Septiembre 2004

Greg Egan: La Cercanía de un Escritor

por Pablo Castro Hermosilla

Siendo la ciencia ficción escrita y la divulgación científica los puntales que mueven a TauZero, uno podría esperar que gran parte de la ficción que publica tenga elementos científicos y tecnológicos como componentes principales. Es lo que comúnmente se llama hard science fiction, es decir, un tipo de literatura donde de alguna forma las especulaciones científicas y tecnológicas definan una estructura o una trama que muy bien sustentadas.

Sin embargo esto no es así.

La gran mayoría de la ciencia ficción que se escribe y publica no utiliza a la ciencia y tecnología a partir de un tratamiento que escape a una visión más bien general, ambientes o sólo a simples divagaciones y usos esteticistas. Muchos escritores, y sobre todo los más jóvenes, usan la ciencia ficción como un campo propicio para experimentar y explorar situaciones bizarras, inusuales e incluso excéntricas. Lo que importa ahí es el impacto emocional de ciertos ambientes y artefactos, la gran mayoría descritos a base de un lenguaje postmoderno que le entregue al lector una idea de cómo funcionan dichos ambientes y elementos tecnológicos.

El ciberpunk hizo escuela (y abusó) de esta forma de hacer ciencia ficción, privilegiando de sobremanera un estilismo recargado para describir tramas y ambientes. Cualquier escritor medianamente informado de los avances en los campos de la ciencia y tecnología puede escribir una historia de ciencia ficción, donde en vez de explorar los alcances de la ciencia escuela (y abusó) de esta forma de hacer ciencia ficción, privilegiando de sobremanera un estilismo recargado para describir tramas y ambientes. Cualquier escritor medianamente informado de los avances en los campos de la ciencia y tecnología puede escribir una historia de ciencia ficción, donde en vez de explorar los alcances de la ciencia y tecnología, se dedique a explorar el lado humano de las cosas.

El hard science fiction no deja de lado lo que ocurre con los personajes, pero su interés se basa más en probar en detalle el funcionamiento de nuevas tecnologías y nuevas formas de aplicar la ciencia. Para muchos se gana en profesionalismo, verdad y solidez. Para otros se vuelve un ejercicio tedioso y frío.

Greg Egan es de esos pocos escritores que logran combinar ambas cosas y pienso que hoy en día no existe nadie que lo supere dentro de ese estilo. En sus cuentos y novelas, Egan destaca por una descripción minuciosa del funcionamiento de asombrosas tecnologías e insospechados caminos tomados por la ciencia, aplicados de forma casi enfermiza a la trama y evolución de los personajes. Sus historias se vuelven inquietantes, precisamente porque al conocer el funcionamiento último y progresivo de los elementos técnicos y científicos podemos creer con firmeza la posibilidad de éstos.

He tenido el agrado de tener contacto con Greg Egan y descubrir que se trata de un escritor muy alejado de las grandes luces, con un trato bastante cordial. Eso dio pie en el año 2002 a que Egan accediera a la traducción y publicación de uno de sus relatos llamado Closer, iniciativa que fue posible gracias al excelente trabajo realizado por Sergio Alejandro Amira. Su traducción del relato (titulado Próximos) es de primer nivel y siendo la obra corta de Egan aún escasa en español, debo decir que lo realizado por Sergio es un logro de categoría internacional que no debiera pasar por alto.
Closer fue parte de la colección Axiomatic que Egan publicó en 1995 y representa muy bien el carácter de la obra de este escritor absolutamente recomendable para los amantes del hard science fiction y de las cosas hechas con originalidad y fuerza.

© 2004, Pablo Castro Hermosilla.

Greg Egan, nació en 1961 en Perth, Australia. Se graduó en matemáticas por la Universidad del Oeste de Australia, y se dedica tanto a la escritura como a la programación. Ha escrito varias novelas entre las que destacan Ciudad Permutación (1994), Distress (1995) y Terranesia (1999), como también numerosos cuentos. En 1999 fue galardonado con el premio Hugo por su relato Oceanic.
Closer fue publicado en 1992 en la revista Eidolon y luego en la colección Axiomatic, publicada por el autor en 1995.

Pedro Jorge Romero

por Pablo Castro

Para quienes han seguido de cerca el desarrollo de la ciencia ficción en España el nombre de Pedro Jorge Romero no debiera ser desconocido. Gran entusiasta y divulgador del género, Pedro editó durante una década junto a Joan Manel Ortiz, Ricard de la Casa y José Luis González la revista BEM, transformada hoy en día en un referente ineludible de los sitios webs dedicados al género. Jorge además ha sido editor, traductor, crítico, e incluso escritor, publicando en el año 2001 la novela El Otoño de las Estrellas junto a Miquel Barceló.

Como se ve Pedro es un hombre de muchas facetas y su larga experiencia lo ha llevado a transformarse en un observador lúcido y asertivo de los avatares del género. En medio de tanta actividad tuvo la gentileza de darnos esta entrevista para compartir algunas cosas que muy probablemente nos interesan también a nosotros.

Licenciado en Física, Programador informático, Editor, Traductor, Crítico, Escritor de ciencia ficción… ¿Cuál de éstas categorías te identifica mejor?

Pues todavía no la he encontrado. Me gusta leer, así que quizá optaría por lector. También me gusta ver series de televisión, así que telespectador tampoco estaría mal. De las que citas, programador probablemente, pero tampoco por completo. Soy demasiado curioso.

Durante varios años estuviste involucrado en varios proyectos relacionados con la ciencia ficción. ¿Qué evaluación haces de todo ese trabajo, especialmente lo realizado en BEM?

Fueron diez años muy, muy cansados. Lo interesante del proceso es que la labor fue continuada y que se mantuvo durante un buen periodo de tiempo. Claro está, hubiese sido imposible de haber sido sólo una persona. Un equipo de cuatro lo hizo durante mucho tiempo y sacó 75 años. Ésa es la valoración que yo haría: un grupo de personas puede mantener en marcha una actividad sin lo hace con cierto tesón.
Además, gané unos muy buenos amigos. No se puede pedir más.

Después de todo ese tiempo en el cual fuiste un verdadero activista del género, ¿qué piensas de la ciencia ficción que se escribe en tu país? ¿Sientes que la calidad ha mejorado con los años o todavía se encuentra en un estado embrionario en comparación con el mundo anglosajón?

En muchos aspectos, creo que la ciencia ficción está siempre en estado embrionario, se escriba donde se escriba. La mejor ciencia ficción nace de algunas personas haciendo algo ligeramente diferente a lo que se hacía antes, y eso se encuentra en casi todas las nacionalidades del género. En aspectos empresariales y crematísticos, pues parece que el género en España ha avanzado bastante y que ya es posible publicar con normalidad una novela de ciencia ficción. Eso hemos ganado.

Te hacía esta pregunta porque recuerdo que alguna vez dijiste en una reseña a la novela Distress de Greg Egan, que la ciencia ficción española por muy buena que fuese no tenía el empuje, la fuerza o la masa crítica de la ciencia ficción en inglés. ¿Mantienes ese juicio?

Ah, comprendo ahora la pregunta. Pero claro, ésa es una situación diferente. En aquel momento lo que venía a decir es que no había masa crítica suficiente para producir y crear la cantidad ingente de nuevas ideas que es capaz de producir una ciencia ficción tan grande como la anglosajona. ¿Eso es malo? No necesariamente, claro, porque las ideas al final no son más que el primer elemento de trabajo. Si uno sabe tomarlas de una tierra más variada y consigue que arraiguen en su propio terreno, pues no hay problema. Por eso es interesante leer.
Con respecto al tipo de ciencia ficción que a mí me gusta practicar, lo que sí me da la impresión es que los autores en español no leen tanta ciencia como debieran. Parece tender siempre más hacia la fantasía que hacia la ciencia ficción.

En algún momento se dijo que la ciencia ficción estaba muerta. ¿Crees que los excesos del mainstreaming contribuyeron a esgrimir ese juicio o respondió más bien a otras prerrogativas?

Estoy seguro que tras la salida del segundo número de Astounding ya había alguien prediciendo la muerte de la ciencia ficción. Se ha venido repitiendo tantas veces que el mismo Gardner Dozois se recochinea en las introducciones a sus antologías del año comentando que sigue sin morir.
Lo de la muerte de la ciencia ficción es simplemente un mito que se usa como arma arrojadiza (más que nada para asignar culpas y eso). Morirá, claro, como mueren todos los géneros literarios. Pero no deja de ser un proceso natural.
Por otra parte, no creo que el mainstreaming tenga mayor influencia. Se ha ganado muchos con las influencias del mainstream en la ciencia ficción, y se ha ganado mucho con las influencias de la ciencia ficción en el mainstream. Lo que ha propiciado una fertilización mutua y la aparición de muchos libros interesantes. No sería inteligente quejarnos teniendo más libros para leer.

Como lector habitual del género, ¿piensas que hoy se escribe mejor ciencia ficción que hace 30 o 40 años?

Sí.

Tú también has hecho crítica literaria ¿Qué elementos consideras o deben estar presentes en una obra que consideras de calidad?

Pues no tengo ni idea. Podría decir cosas como “que no aburra”, pero incluso eso es un juicio subjetivo, porque lo que es aburrido para unos no lo es aburrido para otros. Básicamente lo que creo es lo siguiente: todas las obras malas son iguales, todas las buenas son diferentes. Cuando tenemos una obra mala sabemos lo que ha pasado: ha fallado la trama, ha fallado el estilo, ha fallado esto o aquello. Pero cuando una obra es buena, ¿por qué lo es? No se puede aislar un elemento. La obra es buena y nos gusta en su conjunto. Por esa razón, me parece muy difícil hacer un juicio a priori o dar una receta para escribir una buena obra.

Volviendo a Egan. Tú fuiste un gran divulgador de su obra en España . ¿Es un caso excepcional y aislado de poco probable repetición o crees que existen o existirán otros autores que se pueden o podrían comparar a lo logrado en su obra?

Espero que sí, en caso contrario, ¿qué sentido tendría seguir leyendo ciencia ficción? Pero sí, lo tengo claro. Egan reflexiona desde una óptica filosófica e incluso metafísica sobre problemas científicos muy modernos. Dentro de 20 años habrá problemas científicos muy modernos y habrá escritores que crearán sus obras reflexionando sobre ellos. Egan lo hace muy bien, con una voz clara y en su época. Los demás lo harán con su voz y en su momento.

Tu cuento El día que hicimos la transición fue incluido en el libro Cosmos Latinos, publicado en Estados Unidos, y que reunía a diversas obras de autores iberoamericanos. ¿Crees que la ciencia ficción en español tiene alguna oportunidad en el mercado anglosajón?

Sí. El único problema es la traducción. Las ventajas son un cierto exotismo que bien empleado puede ser un gran punto a favor de la obra. Pero la traducción es el problema. Traducir es caro y en Estados Unidos ya tienen muchísimos autores que hacen ciencia ficción y fantasía. Traducir obras de fuera simplemente no tiene demasiado sentido a menos que se sepa que van a vender mucho y compensar el esfuerzo. Ahora, si se resolviese ese problema de la traducción, sí, creo que hay una oportunidad.
Además, hay que tener claro que la traducción debe ser tan buena como para competir con autores experimentados que escriben en su lengua materna. Muy complicado. Pero no dudo que se pueda hacer.

Dentro de ese plano, ¿existe presencia de obras latinoamericanas en España?

Si nos circunscribimos a lo puramente genérico, no parece haber mucha presencia. Por otra parte, si uno rebusca entre otros estantes encuentra mucho material de autores sudamericanos y españoles. No necesariamente viene catalogado como ciencia ficción o fantasía, pero ahí está.

Cada vez se publican menos libros de cuentos y se privilegia la novela. ¿Es un error de las editoriales o está justificado desde una óptica no-literaria, privilegiando aspectos económicos?

Tiene una justificación puramente económica. Las novelas se venden mejor que las recopilaciones de cuentos. Todo el mundo dice que prefiere los cuentos a las novelas (o al menos lo dice mucha gente), pero la realidad de las cifras es otra.
A mí me resulta curioso, porque yo soy muy borgeano en esos aspectos y prefiero un buen cuento a una novela regular. De hecho, las novelas me cansan un poco. Sin embargo, un buen relato bien trabajado es una delicia siempre.

Luis Saavedra, director del fanzine Fobos ha manifestado que la ciencia ficción tiene su futuro en el fanzine como único medio capaz de erosionar las políticas de las editoriales que determinan la carrera de un autor. ¿Estás de acuerdo con ese juicio? ¿Siguen teniendo las revistas y los fanzines el papel que asumieron antiguamente?

Habría que analizar exactamente que dijo, pero ciertamente me suena un poco exagerado. Aparte de esos editores de fanzines que luego han pasado a convertirse en editores o en asesores editoriales, no se me ocurre cómo un fanzine podría influir en la política de una editorial más allá de algún caso anecdótico. Eso sí, casos de editores de fanzines convertidos en editores profesionales hay bastante, y es bien cierto que a la ciencia ficción le sientan muy bien la editoriales pequeñas.
Por ejemplo, el boom actual de la ciencia ficción en España viene de la mano de editoriales más o menos modestas. Para una editorial muy grande, quizá vender los ejemplares de una novela de ciencia ficción no sea interesante, pero para una pequeña puede ser un negocio más que aceptable, con la ventaja de que además puede publicar autores que ya se saben que van a vender poco pero que se consideran de buena calidad.

¿Por qué en España a nivel de escritores y jurados de concursos existe tanta fascinación por las obras de corte religioso? Te lo pregunto porque en concursos como el UPC siempre he visto una gran presencia de obras de ese tipo dentro de los premiados.

Me toca cerca esa pregunta. Pues sí, la hay. Pero creo que la hay porque el tema es francamente jugoso. La religión ofrece una imaginería muy rica y apasionante, y por otra parte, la existencia de un dios o varios ofrece interesante oportunidades para la reflexión filosófica y especulativa.
A mí me encanta reivindicar la palabra metafísica. Es una de las ramas más interesantes de la filosofía y creo que la ciencia ficción es muy buena cuando se dedica a la metafísica.

A propósito de premios. En España existen varias e importantes instancias de este tipo. ¿Crees que se privilegia lo mejor en cuanto a la calidad de las obras premiadas o el currículum de algunos participantes genera ciertas actitudes frente a una obra en particular?

No, no tengo problemas para creer que es la calidad la que determina el ganador. La calidad, por supuesto, siempre entendida desde el punto de vista del jurado. Una vez más, hay que recordar eso de que lo que es bueno para unos no es necesariamente bueno para otros.

Junto a Alejo Cuervo escribiste la novela El Otoño de las Estrellas. ¿Quedaste satisfecho con lo logrado? ¿Lo suficiente para repetirlo?

Una corrección. Escribí la novela junto con Miquel Barceló. Y sí, quedé muy satisfecho con lo logrado? ¿Lo suficiente para repetirlo?
Una corrección. Escribí la novela junto con Miquel Barceló. Y sí, quedé muy satisfecho con la experiencia. ¿Tanto como para repetir? Pues sí, la verdad. Me encanta colaborar (también escribí El día que hicimos la Transición con Ricard de la Casa) y ahora mismo estoy hablando con otra persona sobre la posibilidad de colaborar en una novela. Vamos, que no escarmiento. Tiendo a llevarme bien con la gente y me preocupan más la trama y la estructuración de la narración que las palabras concretas empleadas. No me importa tanto que me corrijan las frases mientras me dejen los párrafos en su sitio.

Se dice que en Estados Unidos ser escritor de ciencia ficción se transformó en buen negocio. ¿Podría ocurrir lo mismo en Hispanoamérica?

No creo que sea buen negocio en Estados Unidos. Será muy buen negocio para algunos pocos autores (como también lo es en España, o si no pregúntale a Reverte). Los demás se limitan a vivir normal o no con el dinero que ganan con las novelas. A menos que se pongan a escribir novelizaciones o continuaciones de series famosas.
Creo que la profesionalización es uno de esos mitos persistentes que hacen más por impedir el desarrollo del género que por ayudarlo. Si nos tranquilizásemos un poco, no pensásemos tanto en vivir de escribir, se producirían más obras.

Bueno, Pedro agradecemos tu tiempo y disposición. A ver si algún día te das una vuelta por Chile.

Jo, ya me gustaría. Hay tantos países para visitar y tan poco tiempo.
Gracias a ti.

Sobre el entrevistado: Pedro Jorge Romero (37) es Licenciado en Física, y hoy en día es una de las figuras más importantes de la ciencia ficción española. Ha sido traductor, crítico, y durante el período 1990-200 co-editor de la revista BEM. Ha publicado en colaboración con Miquel Barceló la novela Testimoni de Narom, (Pagès Editors, Lleida, 2000,) que obtuvo el Premio Julio Verne 1998 y El Otoño de las estrellas, (Ediciones B, Barcelona, 2001). Su cuento El día que hicimos la transición, escrito junto a Ricard de la Casa, fue publicado en Estados Unidos en el libro Cosmos Latinos e incluido también en la antología Year’s Best SF 9 compilada por David G. Hartwell y Kathryn Cramer, y actualmente es finalista al premio Sidewise, que se entrega todos los años a historias de ciencia ficción (relato y novela) relacionadas con periodos históricos alternativos. Actualmente trabaja tanto como programador como traductor y es webmaster de los sitios: Archivo de Nessus (www.archivodenessus.com) y BEM WEB (www.bemmag.com). Para más información ver su página personal: www.pjorge.com

Yo, Robot

por Pablo Castro Hermosilla

Es curioso que al cine de ciencia ficción siempre se les exija ser casi perfecto para avalar una buena crítica o recomendación. Los prejuicios no sólo los debe soportar la vertiente literaria, si no que cualquier otra manifestación artística de este complejo género. El caudal de películas burdas o sencillamente malas sirven como perniciosos antecedentes para desestimar cualquier producto que pueda ser catalogado como ciencia ficción o algo semejante. Pero también es cierto que cualquier director o guionista de cine debe lidiar con los puntales que ha entregado el género, con películas como 2001 o Blade Runner, que no sólo se enmarcan dentro de lo mejor que ha dado la ciencia ficción, si no también el mismo cine. Esta pesada mochila es injusta y no es posible que cada vez que un estudio se arriesga a filmar ciencia ficción la crítica deba esperar una obra maestra, como si filmar ciencia ficción fuese un tabú visual que debe estar plenamente justificado.

Por cierto que Yo, Robot no es Blade Runner ni 2001, y tampoco tiene por qué serlo. Alguien dirá que un tema profundo como la creación de máquinas pensantes posee tantas reflexiones filosóficas que una película que trate dicho tema debe estar a la altura de tal premisa. Bien, eso significa entonces que la ciencia ficción de por sí trata temas profundos, por ende no debería ser prejuzgada de forma tan facilista e inmediata en cada una de sus variantes. Ah, dirán, es que no es el tema que trate lo verdaderamente importante, si no la manera cómo una novela o una película logre darle coherencia a una temática de esa envergadura.

Como respuesta, podríamos recurrir a la célebre frase de Theodore Sturgeon, quien al responderle a un periodista que lo inquiría por sus razones para escribir un género que olía a basura, respondió: “El 90 por ciento de lo que se escribe es basura”. Y claro, no es que Sturgeon creyera firmemente en eso. Sólo apelaba a la idea de que la ciencia ficción es un género legitimo y que no se le puede dejar al margen sólo porque muchas de sus obras no sean de excelente calidad.

¿A qué viene todo esto? A que Yo, Robot, con todas falencias, no es una mala película. Incluso por momentos funciona como una buena película de acción, lo que no es poco. Es, creo la mejor manera de disfrutarla. Insistir en que la película es una mera sucesión de efectos visuales no sólo es injusto si no un mero discurso predecible y casi amargo.

Tal vez lo mejor de Yo, Robot es que no tiene pretensiones, salvo la de constituir un gran éxito de taquilla, cosa que no tiene nada de malo. Ahora bien, es cierto que la premisa detrás daba para crear un filme de categoría, pero rápidamente el director Alex Proyas deja establecido que por ahí no va la cosa. Estamos, ojalá, ante un director que sabe lo difícil que es crear desde Hollywood una película de esa magnitud. Por ello corta por lo sano, y diseña una película visualmente atractiva, donde los efectos especiales cumplen con su rol y nada más.

Claro, a estas alturas del partido es demasiado complejo realizar una obra sobre seres artificiales que pueda tener la masa, el empuje, y dimensión visual que tiene Blade Runner. En términos fílmicos es difícil volver a plantear con esa fuerza una idea reflexiva sobre el hombre y seres mecánicos que lo imitan. Quizás se podría ahondar más en el terreno de lo científico, cosa que aun pueden aportar las novelas y que por momentos hace esta Yo, Robot. El guión fue escrito por Jeff Wintar y Akiva Goldsman (los gringos tiene nombres cada vez más raros) siendo el primero el más interesado en dichos temas. De hecho fue Wintar quien escribió el guión original llamado “Hardwired” y que trataba sobre una rebelión de los robots en el futuro. Además Wintar está trabajando en el guión para llevar al cine la serie Fundación de Asimov, por ende estamos frente a un tipo que ha leído lo suficiente y que le interesa el tema. Imagino entonces que él es el responsable de todas las elucubraciones tecnológicas relacionadas con las famosas tres leyes asimovianas y con el planteamiento sobre la posibilidad de que los robots puedan adquirir algo similar a una consciencia.

Precisamente ese planteamiento es expuesto en la secuencia más poderosa y emotiva que tiene esta Yo, Robot. Ahí no sólo hay una reflexión importante, si no un uso maravilloso de imágenes sugerentes y relacionadas con lo que se plantea. A veces pienso que al cine sólo le queda profundizar en dicho ejercicio, en una época en que si no todo está casi dicho, por momentos lo parece.

Sería inútil describir la trama de la película, pues imagino que la mayoría sabe que trata sobre un crimen que debe investigar un detective llamado Spooner (Willy Smith), crimen imputado a un robot, cosa que en la sociedad del futuro es imposible. Hay que develar este misterio y por supuesto que Spooner lo logra. Hay personajes secundarios, los consabidos robots, efectos visuales seductores, mucha acción y un guión que si no es completamente efectivo, sí resulta redondo tanto en los giros argumentales como también en las motivaciones de los personajes, sobre todo en Spooner.

Descrita así la película puede gustar o servir para ejercitar la crítica despiadada. Dejemos de lado sí cualquier juicio referente al mal trabajo del director para tratar temas relevantes, pues como dije Proyas no apunta a eso. Para los que quieran develar los misterios de hombres y máquinas lean ciencia ficción o a científicos como Roger Penrose. Yo, Robot es una película que merece no ser destruida con argumentos ya revisitados, predecibles o inútiles. Por el contrario se trata de un filme interesante que bajo su capa de acción esconde un logrado tratamiento escénico sobre los siempre sugerentes y enigmáticos robots, tratamiento muy superior a películas como el Hombre del Bicentenario. Cierto que poco hay de Asimov en esta película, salvo la escena final que parece sacada de una vieja y clásica revista de ciencia ficción, final visualmente estupendo para una película que vale la pena ver.

por Pablo Castro Hermosilla

Introducción – Concurso de Relatos Tau Zero

Reflexiones

Escribo este artículo a título personal, cosa que me gustaría dejar bien en claro para evitar cualquier problema a futuro con mis amigos de TauZero. Lamento cualquier controversia suscitada por algún artículo anterior, pero bueno, hace algunos meses que ya no soy parte de este e-zine, aunque mi retiro no afectó para nada mi presencia en el concurso de cuentos TauZero, y esa es la razón por la cual me siento en condiciones de escribir este artículo.
El concurso nació en función de la necesidad que existía dentro del comité editorial de TauZero para fomentar instancias que ayudaran tanto a la divulgación como a la promoción de nuestra querida ciencia ficción. En ese sentido es bueno agradecer tanto a Rodrigo Mudaca como a Sergio Alejandro Amira su disposición para encauzar, apoyar y trabajar en este concurso, más aún que ambos fueron también jurados, lo cual no es poco.
Por lo general los organizadores de los concursos literarios no hacen evaluaciones públicas de éstos, lo cual pienso es una carencia que fácilmente podría repararse. Ciertamente las evaluaciones existen a nivel interno y es también cierto que algunas de ellas no serían urgentes exponerlas en público, total, muchas de las conclusiones pertinentes sólo tienen alcance e interés para los mismos organizadores.
Yo discrepo un poco de esta realidad, aunque la entiendo. Sin embargo, creo que siempre es necesario realizar alguna que otra evaluación, pues de alguna forma el género siempre se está re-inventando o bien actualizando. No hablo de aspectos conceptuales, sino de quienes están al otro lado de la página leyendo y escribiendo ciencia ficción. Me refiero pues al público, a los seguidores y los fanáticos del género, un universo complejo que no siempre es fácil de medir y sopesar.
Precisamente los concursos literarios de ciencia ficción sirven en algo para testear no sólo a posibles escritores, sino también posibles tendencias. Aquí entro ya en dimensiones más conceptuales, que trataré a su debido tiempo. Como ya entenderán, este artículo no sólo se enmarca como una sucesión de conclusiones iniciales, sino como una reflexión general del oficio de escribir ficción para un concurso público.

Participantes

Hay dos cosas importantes que debe definir una persona que quiera escribir ciencia ficción: primero, estar dispuesto a jugarse a fondo por tal oficio. Segundo, asumir que este apuesta está llena de sacrificios, sinsabores, y que por lo general no sólo no reditúa dinero, si no que tampoco redención. Una vez asumida la intención de escribir hay que determinar si se tiene talento o no. Esto es difícil, porque no es fácil tener la claridad para discernir un posible talento literario. Pero lo que el conocimiento no da, lo entrega el instinto.
Uno se da cuenta rápidamente cuando el talento fluye de los dedos. El escritor talentoso puede escribir apresurado o muerto de sueño y siempre le saldrá algo que como mínimo llamará la atención. En el teatro un actor lo puede hacer mal, pero alguien que no es actor hace siempre el ridículo. En literatura es algo parecido, aunque quizás no tan taxativo.
Bueno, si se tiene talento, sólo se necesita dedicación, tiempo y algo de suerte. Si en cambio no se tiene talento, debe volverse a la primera pregunta. En ese punto es bueno entonces pensar si vale la pena dedicarse a escribir, ya sea en forma completa o parcial (aunque para mí esa diferenciación no existe).
Si no se tiene talento, pero están las ganas de seguir por el camino de la escritura, sólo queda trabajar, trabajar mucho, escribir, reescribir mucho, llenarse de paciencia, acumular convicción y amor por el género, y sobre todo tener claro que el proceso de escribir no parte con encender el computador, sino también con elucubrar ideas, desarrollar estructuras, investigar lo más posible, y configurar los elementos pertinentes. Tomar apuntes, crear carpetas de trabajo, intercambiar ideas y por cierto, leer una diversidad de obras del género.
Este proceso es largo e incluso gastador, pero se supone que nadie nos está obligando a escribir, y que por ende se trata de una decisión soberana. Si se quiere abandonar, la puerta está abierta. Todo depende de cuán lejos se quiera llegar.
Desarrollado en parte este camino se llega a la etapa de los concursos. Digamos las cosas por su nombre: por lo general casi nunca se gana. La utilidad de los concursos es que uno se auto obliga a escribir y en las instancias donde existen las menciones honrosas se puede acceder a ellas, más que al primer premio, lo cual es siempre bienvenido: primero, porque ganar una mención implica que el cuento tiene algún elemento que al jurado le pareció interesante o bien hecho. Segundo, porque sirve para tomar contacto con los organizadores, lo cual es bueno, si se está un poco aislado, sobre todo en un género donde lo más probable es que el vecino no sepa qué es ciencia ficción. Por otra parte, un cuento que tiene algo de interesante siempre se puede mejorar. Y eso ya es una buena motivación.
En fin. Existen interesantes opciones relacionas con el género, sobre todo en España, donde abundan varios concursos. Mi experiencia me dice que no hay que apuntar inmediatamente a los premios grandes, si no que es mejor participar en concursos de cuentos más pequeños. Hay además varias revistas y sitios online (como Tau) que acogen de buen agrado colaboraciones literarias. Por lo general los escritores incipientes no hacen eso, porque la ansiedad los mata antes, debido a la necesidad de ganar un concurso que pueda legitimar socialmente su opción. Esto es entendible, todos hemos pasado por lo mismo. Por eso, lo mejor es ir paso a paso, y así ganar experiencia.

El concurso en sí.

El concurso TauZero estuvo enmarcado dentro de la modalidad llamada “relato corto”, que responde sólo a una configuración personal para hablar de aquellos cuentos que están muy por debajo de parámetros como la nouvelle, novellette, y otros que han popularizado los norteamericanos. Doce páginas es creo yo un cuento corto. Además el concurso Púlsares que realiza el fanzine Fobos estaba dirigido a cuentos de 20 páginas, una modalidad que está por encima del relato breve y por ende se hacía necesario cubrir otros espacios.
Pero además existían otras razones: en principio la idea de que un cuento corto implicaría un ejercicio de creación más contenido, en el cual los autores pudieran configurar todo el potencial de una idea en un espacio limitado. A veces por la necesidad de cumplir con los parámetros solicitados, los participantes alargan de forma innecesaria una historia, por ende el relato breve daba más posibilidades a los autores de trabajar mejor una historia en particular. Bueno, eso era lo que el jurado pensaba.
A estas alturas es difícil poder afirmar si la elección de ese espacio de hojas fue acertado o por el contrario un error. Vistos los resultados, es un tanto complejo acceder a una conclusión satisfactoria, pero bueno, sean 12 o 20 páginas, un buen escritor sabrá usar los espacios a su favor. En ese sentido es claro que muchos de los que participaron todavía no dominan técnicas de escritura, como tampoco ingenio para construir tramas, estructuras, o desarrollo de una idea. Otros, los menos, tienen ya una cierta experiencia, y unos pocos demostraron capacidad suficiente para elucubrar de forma certera una historia.
Pero también hay otras cosas que no pueden quedar atrás y que es necesario decir para conocimiento general: cuando se participa en un concurso se deben cumplir con todas las indicaciones expuestas en las bases. No es concebible que haya personas que manden sus cuentos en formatos distintos, a veces ilegibles, o sencillamente desordenados. Se me dirá que el aspecto formal es lo de menos y que lo que realmente importa es el fondo, pero no es así. Si se pide un formato en particular es por alguna razón y no se entiende que uno deba leer un cuento en un formato que no cumple con las bases. Legitimarlo sería despreciar a quienes sí lo cumplieron. Es un asunto de política de trabajo que lamentablemente se debe cumplir, pues escribir será un arte, pero también un oficio y una profesión, y en ese aspecto se debe ser profesional cuando se participa en instancias de este tipo.
Ahora bien, se recibieron en total más de 95 relatos, lo cual es una buena cifra para un primer concurso. Ayudó por cierto el hecho que pudiera enviarse por correo electrónico. Nunca es tarde para agradecer a todos quienes participaron, cosa que puede sonar a demagogia, pero la verdad es que para el jurado fue muy excitante la participación de tantas personas, algunas con un currículum más que notorio. En ese sentido se aplicó un criterio objetivo y si revisan la lista de ganadores verán que los datos de los participantes no pesaron en el veredicto final.
Decía que es importante creer en las bases y sobre todo respetarlas. En todos los concursos se exige cumplimiento de las disposiciones y los que no lo hacen se van al tarro de la basura. Por ello insisto en que quienes participen en instancias de este tipo cumplan con todo lo que se pide. Si son 12 páginas el máximo, que sean 12. Si se pide letra verdana, que sea verdana. No hay nada más fastidioso que ser jurado y lidiar con un relato que no cumple con estos sencillos reglamentos.
La mayoría de los participantes cumplieron bien y se agradece. Sin embargo, un punto que llamó fuertemente la atención estuvo referido al hecho de que la gran mayoría de los relatos que participaron no se enmarcaban dentro de lo que entendemos por ciencia ficción. Y sí, la mayoría de los cuentos no eran ciencia ficción, si no que cualquier otra cosa, llámase fantasía, terror, existencialismo, etc. No quiero dar cifras, pero al decir gran mayoría, me refiero a un gran, pero gran número de relatos que no tenía nada que ver con el género.
Sé que en este punto muchos alzarán su voz. Después de todo ¿qué es ciencia ficción? Claro, existen muchas definiciones, muchas elucubraciones intelectuales, pero algo es seguro: la gran mayoría de éstas dejan en claro las diferencias entre la CF con la fantasía, el terror u otro tipo de géneros. A menos que elementos de estos géneros estén dentro de una historia de ciencia ficción la cosa puede funcionar, pero no si estos elementos son el punto central de la obra.
Quizás en las bases se debió dejar en claro qué entendía el jurado por ciencia ficción, pero me parece algo redundante e inútil. Cualquier definición que hubiésemos habría moldeado el género y no era la idea. Además creo que el problema con los cuentos recibidos no fue debido a una marcada diferencia conceptual. Creo que la personas que enviaron cuentos de terror, fantasía o de otro tipo piensan que el carácter casi exclusivo o excéntrico de esas obras las hacías parte de la ciencia ficción. Esto ha pasado muchas veces. Sin embargo es necesario señalar que la ciencia ficción por más excéntrica o rara que pueda ser, tiene su carácter y su estructura conceptual bien entendida.
Un cuento de duendes, de fantasmas, de hadas, etc., no es CF, a menos, como dije, que estos elementos estén presentes como parte de la historia y no como elementos conceptuales en sí. Siempre se ha dicho que la ciencia ficción no es sólo la proyección fantástica de una idea científica o tecnológica, sino más bien la construcción de un mundo donde los avatares de la ciencia y la tecnología tengan tal presencia, que si esos elementos desaparecen el mundo en cuestión también. Stanley Schmidt, editor de Analog Science Fiction Magazine lo señalaba al plantear lo que ocurriría con la historia de Frankenstein si se le quitara toda la ciencia presente en ella. Claro, la historia no funcionaría tal cual como está escrita.
Insisto que no se trata de comparar distintos criterios de cómo ver o escribir la CF. El género a mi juicio está bien delineado, incluso dentro de su evolución histórica y todos los sub-géneros que han aparecido en dicha evolución, como los mundos paralelos, ucronías, etc. El tema en cuestión es que la CF debe tener su identidad y no ser un nombre más para referirse a un inmenso estilo o universo narrativo no-realista.
¿Será que en Hispanoamérica la ciencia ficción no es más que un estilo que puede también llamarse fantasía o postmodernismo mágico? La verdad que no lo sé. Sí tengo la impresión que el fenómeno de la fantasía anglosajona ha terminado por disolver la identidad que tenía la CF en los 50′ o 60′. Tal vez el science-fantasy sentó las bases para esta realidad. Science fantasy, se supone, es un sub-género de la CF en la cual se unen los mundos fantásticos con mundos propios de la CF. En realidad no lo sé. Pero siento que la ciencia ficción, tal como yo la entiendo, se está escribiendo y leyendo poco.
En ese sentido el concurso TauZero dejó en claro que se trataba de un concurso de ciencia ficción, no de fantasía, ni terror u otra cosa. Si todos los cuentos presentados no hubiesen aplicado este criterio entonces seríamos nosotros los llamados a auto-evaluarnos. Pero la presencia de varios escritores con obras claramente de ciencia ficción nos lleva a pensar que el género subsiste y que su presencia es clara y definida, que existen lectores y escritores que saben de qué hablamos cuando hablamos de ciencia ficción. En ese sentido, creo que el jurado debe sentirse satisfecho. Lo ideal, por supuesto, es que existan premios para todos los géneros. Pero es importante que los participantes entiendan que la CF no es un término amplio donde cabe cualquier tipo de narración fantástica.
En fin, la discusión puede quedar abierta. Felicitaciones a los ganadores y gracias a quienes participaron. A esto últimos no me queda más que decirles que escribir ciencia ficción es el oficio más difícil dentro de la literatura, porque hay que pelear con dos frentes: contra uno mismo, para escribir mejor, y contra el mundo en general que casi siempre no tiene idea lo que es ciencia ficción.

Pablo Castro Hermosilla

Agosto 2004

Fobos Negro: ¿Postmodernismo o ciencia ficción?

por Pablo Castro Hermosilla

Desde sus comienzos (por allá en 1998) el fanzine Fobos, comandado por Luis Saavedra se ha transformado en uno de los principales puntales de la ciencia ficción en nuestro país. Sin embargo lo más destacable de este proyecto ha sido su interés por la ficción literaria, publicando una larga variedad de relatos, que si bien no destacan por una calidad extraordinaria, sí son obras más que interesantes para el lector comprometido. Al mismo tiempo Fobos ha organizado tres concursos de cuentos junto con la publicación del libro Pulsares que reúne a los ganadores de la primera versión de dicho certamen.

Estos hechos deberían colocar a Fobos como un referente histórico dentro de la literatura y ciencia ficción nacional, pero ya sabemos que en Chile la ciencia ficción es tan promocionada, protegida y recordada como el régimen militar. No queda más entonces que seguir bregando con fuerzas propias, organizando más concursos y ediciones especiales que tengan a la literatura como caballo de batalla (como debe ser).

Fobos Negro se enmarca entonces dentro de lo que ha sido Fobos en los últimos años y en los propios intereses de Luis, quien como buen escritor entiende y valora como principio fundamental e inicial a la ciencia ficción como un verdadero género literario. Discúlpenme seguidores del animé, del cine o de la plástica, pero la ciencia ficción será siempre literaria, por fundación, desarrollo y futuro.

¿Pero qué es entonces Fobos Negro? En principio, un especial de Fobos que alberga cinco historias a modo de una colección. Es un número temático, pero que a diferencia del recordado Fobos #15, centra todo su esfuerzo y espacio en la creación literaria. Lo negro por cierto apela a un elemento extra, que el editor encargado de este especial no tarda mucho en dilucidar.

Es aquí donde la figura de Saavedra desaparece para abrir paso al nombre de Marcelo López, quien debuta como editor de este Fobos. López, un veterano de los entusiastas del género y que también se inscribe como escritor explica en su editorial las razones que motivaron la conformación de este Fobos Negro y al mismo tiempo ensaya una tesis sobre la ciencia ficción que vale la pena comentar.

López comienza y termina afirmando deliberadamente que las ideas, conflictos y posibilidades infinitas de la literatura de ciencia ficción son una fórmula eminentemente perversa, siendo lo perverso para López algo sumamente malo, que causa daño intencionadamente, que corrompe las costumbres o el orden y el estado habitual de las cosas. Dice: Las visiones de lo perverso también pueden encajar perfectamente en nuestro planteamiento cuando decidimos quebrantar la ordenación mal elaborada en la cual estamos inmersos… pretendemos lograr un tratamiento más arriesgado en los temas elegidos; someter las reglas intocables a un replanteamiento personal y carente de todas las ataduras que nuestra sociedad exige a los hombres de buena voluntad.

La lógica de lo planteado por López es que la ciencia ficción es perversa porque quebranta una forma de hacer literatura, entendiendo esto como la literatura convencional de todos los días. Sin embargo creo que López equivoca los términos. Quebrantar una forma de hacer arte no es otra forma que hacer un arte trasgresor, pero no por eso tiene que ser perverso. Transgredir o quebrantar una forma convencional de arte no implica corromper estructuras ni tampoco causar daños intencionales. Si esa fuese la esencia verdadera de la ciencia ficción el ochenta por ciento del género sería otra cosa.

Lo que la ciencia ficción hace es plantear posibilidades y conflictos que den paso a una discusión de la realidad en todas sus dimensiones. No existe el interés premeditado de provocar un daño, ni de promover controversias en contra de la literatura convencional, que ojo, también puede ser transgresora. Esto no quiere decir que no existan los escritores y las obras de ciencia ficción que puedan ser perversas. Pero la mecánica del género apunta hacia otros objetivos. Me atrevo a decir incluso que sus objetivos terminan siendo más conservadores que transgresores, aunque eso da para otro artículo.

Lopez insiste en que las historias presentadas en este número juegan con las convenciones totémicas de lo sagrado(¿?), desgranan la moral y retuercen los cuellos almidonados del buen lector, recombinando los elementos, repugnantes y prohibidos, para enhebrar historias que ataquen la estructura anquilosada de lo “normal”.

Que nadie diga que López no cree en lo que dice. Su propio estilo declamatorio deja en claro nuevamente el carácter combativo y supuestamente provocador de su tesis. Atacar la estructura de lo normal, aúlla. Bien, pero ¿cuál estructura de lo normal? ¿La de la actual ciencia ficción o la de la literatura convencional? ¿La estructura de la sociedad?

No me queda muy claro. López crea su tesis a partir de una escueta definición de lo perverso y de una simplista configuración de la sociedad y su funcionamiento. Es, en síntesis, una tesis artificial, con el ánimo de potenciar una actitud y una mirada que justifiquen la publicidad de los cuentos presentados. No es más que un discurso que huele a propaganda y que nos recuerda a Harlan Ellison, que en sus sobrevaloradas Visiones Peligrosas destilaba también un discurso lleno de frases rimbombantes y adjetivos rebuscados en su intención de destruir algo desesperadamente molesto. Ellison tampoco dejaba en claro qué era aquello que merecía una pronta disolución y los cuentos de su antología mostraban lo poco claro que tenían en sus mentes los escritores de tal discurso y propuesta.
Fobos Negro se plantea entonces como un conjunto de relatos que pretende en principio jugar con aquellos aspectos que rozan lo tabú, lo perverso o lo trasgresor. El problema es que tales aspectos parecen más bien conceptos vacíos, pues no está claro cuál es la normalidad o la convencionalidad que se intenta cuestionar o poner en duda. ¿Qué es en realidad un cuento perverso o trasgresor? Para López el mero hecho de hacer ciencia ficción lleva implícito tales características. Pero cualquier lector asiduo al género tarda tres segundos en concluir que la ciencia ficción no es perversa porque ejercite un ángulo especial de análisis de la realidad. La ciencia ficción no busca dañar, ni siquiera provocar un daño injustificado, sólo juega con la idea de “¿qué pasaría sí…?” como punto de partida. Que obras particulares toquen temas difíciles o intenten derribar tabúes es parte de un ejercicio propio de cualquier literatura, no de la ciencia ficción en forma absoluta.

¿Por qué será que los artistas insisten en pleno siglo XXI en plantear discursos artísticos combativos cuando ya no hay nada que disolver, cuando la misma sociedad es perversa en sí misma y cuando esta perversión ha ayudado a que todo lo que se hace contribuya a la normalidad? ¿Es necesario plantear un discurso de estas características para justificar una colección de cuentos cuyo máximo interés es que estén supuestamente dentro de lo que llamamos ciencia ficción? La única gran revolución que se puede hacer en el género y en cualquier otro es hacerlo bien. Eso es lo único que quedará. Lo más trasgresor, lo más innovador y vanguardista es hacer bien las cosas dentro del marco elegido. En este caso escribir buenas historias de ciencia ficción.

Vamos a los cuentos entonces.

Pero momento. Antes debo hacer referencia al artículo Zapatos Rojos de Remigio Aras. En el artículo se nos explica la génesis de Fobos, que como casi todos los proyectos parte con una discusión entre amigos. Lo interesante del artículo es ver cómo todo comenzó con un proyecto de cuento en el cual López fantaseaba con una niña gigante caminando por en medio de una ciudad. Aras aprovecha entonces para develarnos las intrincadas segundas lecturas del Mago de Oz, donde por cierto abunda la sátira social, pero donde también no faltan las interpretaciones sexuales de la recordada protagonista Dorothy.

Cito estos elementos porque es curioso ver cómo el tema sexual es elegido casi automáticamente para plantear historias o escenarios atractivos, seductores o chocantes. Parece inevitable que cada vez que se quiera romper un tabú de cualquier tipo o cada vez que se quiera elevar de categoría una idea o propuesta se elija al sexo como elemento seguro. El sexo parece la dosis inevitable para jugar a lo extremo, a lo prohibido, a lo atractivo en todas sus manifestaciones. Pero honestamente creo que si hay una razón para elegir el sexo dentro de estas circunstancias es también por una abismante y dramática falta de imaginación. Si no somos capaces de crear algo de categoría entonces apelamos al sexo. Es curioso porque son los artistas los que más critican el abuso del tema sexual en los programas de televisión, pero basta echar un vistazo al cine y literatura para observar que ellos mismo caen en la misma trampa.

En fin. Ahora sí, vamos a los cuentos.

El asunto parte mal con La luz al final del túnel, de Jorge Baradit (cuyo título se reemplazó a última hora por el de Karma Police). ¿Es esto un cuento? Más bien parece un estornudo cuasi-literario. La historia trata por un lado sobre un asesino en serie que se reencarna una y otra vez, y por otra parte un policía que espera una próxima reencarnación. C’est tout. La idea, que por cierto no es original como creo ha manifestado Jorge por ahí (el tema del asesino reencarnado está presente de forma genial en Esparce mis cenizas de Greg Egan) está usada de forma simplista e incluso mal expuesta desde el punto de vista narrativo: Hay un uso deficiente de párrafos, frases mal escritas, información incongruente que no está bien configurada con el ritmo de la narración, motivaciones de los personajes mal expuestas, poco explicadas y por ende poco creíbles, y sobre todo un montón de datos que el lector debe aceptar y absorber sin que el escritor se de la molestia de decirnos o explicarnos el por qué de dicha información. Frases rimbombantes y adjetivos vacíos como: había sido el protagonista de la serie de asesinatos más espeluznante de la historia conocida o enchufada a potenciadores electrónicos de intrincada belleza, no sólo fracasan en su intento de darle una dimensión extraordinaria a los hechos, sino que sencillamente lo debilitan, restándole la sutileza, que en un relato sobre crímenes oscuros era necesaria e idónea.

Por ahí va entonces la falla global de este cuento: nada de lo escrito es idóneo con lo que se quiere contar. Ni la narración, ni las descripciones, ni las motivaciones, ni el ritmo, ni la estructura, ni siquiera la sintaxis… nada.
Jorge juega de forma pretenciosa con una idea que hubiese sido interesante para explorar las motivaciones últimas de los personajes, para describir hechos y situaciones que tuvieran una concordancia dramática con la historia, pero hace rato que ha demostrado tener muy poco talento para esto, cosa ya percibida en su protonovela Ygdrassil y en los cuentos derivados de ésta. La luz… es también un derivado conceptual de Ygdrassil, cosa que ya debiera cansar al propio Jorge, si es que no quiere transformarse en una versión tardía y burda del ya agotado William Gibson. El cuento, que no es más que un ejercicio escrito con rapidez para cumplir el plazo de entrega, mata cualquier interés por su injustificada y débil brevedad y sólo destaca por el uso esteticista de ambientes, elementos que, lamento decirlo, se alejan mucho de la ciencia ficción y se acercan al postmodernismo fácil tan en boga hoy en día. Tirón de oreja para el editor, por usar un relato que más bien parece un relleno. Y tirón de oreja para Jorge: la flojera no es buen copiloto para un escritor.

A continuación aparece Marcelo López con su relato La Segunda Venida. Es justo que su cuento sea juzgado usando como parámetro su tesis inicial. ¿Es un relato perverso? La temática gira en torno a la clonación de figuras religiosas como Buda o el mismo Jesús. Imagino que para el Vaticano resultaría perversa y maligna tal posibilidad, en vista de su rechazo a la clonación de seres humanos. Sin embargo en el futuro un clon de Jesús podría ser tan beneficioso y bienvenido como una especie de reafirmador de la fe que los rechazos del pasado pasarían al olvido.

Esta dicotomía o contradicción no está muy presente en la Segunda Venida y se echa de menos. Marcelo centra su historia en el personaje principal, que como clon de Jesús es adoctrinado por un extraño hombre, relación que llega hasta él a partir de sendos recuerdos, mientras observa por televisión los acontecimientos cuasi apocalípticos del mundo. ¿El resultado? Un cuento escrito desde el humanismo, que destaca por interesantes pasajes descriptivos de la enseñanza a la cual se ve sometido este Jesús-clon, situación que López transmite como una anticipada sensación de inutilidad y fracaso.

La Segunda Venida es más bien el esbozo correcto de una idea interesante, idea que en otro formato y con más trabajo puede ser aprovechada en toda su potencia, explorando otras muchas posibilidades. Todo esto sólo se insinúa, a veces de una forma apresurada, generalizada y confusa. El conflicto que produce la clonación no está muy claro en su lógica y el desarrollo del personaje en función de lo que ocurre en relación al caos mundial no es plenamente satisfactorio al igual que el desenlace. Me parece una buena historia, pero que debiera ser re-escrita con las páginas que se merece. Marcelo, cono ya lo mostró en su relato Vatik-no (Fobos #17, marzo 2003) tiene una particular fascinación por el tema religioso-social y debiera aprovechar esta idea que condensa mejor un ambiente incómodo no tanto para las Iglesias, sino para la fragilidad de la fe automática y rutinaria.

Lo que sí me parece un logro es haber centrado la historia en el personaje principal, dejando de lado esas miradas un tanto pomposas que Marcelo acostumbraba a describir al momento de develar momentos de crisis sociales de nivel mundial. A veces basta con mostrar lo que ocurre en el mundo de las personas para dejar en claro de forma sutil el caos y confusión del actual mundo.

Y no, no creo que sea un relato perverso; su estilo lo aleja de esa posibilidad. Al igual que Jorge, Marcelo olvida que es la carga dramática la que vuelve transgresora y perversa una historia y no sólo el tema, como si hablar de dioses clonados o asesinos que matan niñas fuese suficiente para embaucar al lector.
En seguida aparece Soledad Véliz quien nos presenta Maniquie, una historia de fantasía densa y poblada de imágenes que más de alguien tildará de alucinantes.
Debo reconocer en principio que tengo poca afición a la fantasía, pues la considero una forma a veces demasiado facilista al intentar escribir ficción especulativa. La fantasía da para cualquier cosa y a veces más que configurar una buena historia sólo ayuda a configurar la confusión temática y narrativa del creador. En este caso, Maniquie me parece una historia bien escrita, pero también confusa y algo desequilibrada. Como experimento narrativo funciona, pero el cuento cae en situaciones e imágenes que no aportan mucho a la trama, que por momentos cuesta ver con claridad. El texto nos describe un cuadro de aislamiento en el cual los recuerdos y los sentimientos van cobrando extrañas formas que atormentan al personaje principal. Están también las citas inevitables al sexo y a ciertas perversiones, pero más parecen ideas forzadas que proporcionales a la trama misma.

Soledad es una escritora joven, que recién comienza pero que me parece aún no tiene muy claro qué historia narrar. Esto no es algo pernicioso o carente de legitimidad, pero no es recomendable si pretende crear una obra más consiste y con algo que decir. Le recomendaría intentar hacer algo más de ciencia ficción, pues le ayudaría a ordenar sus ideas; tiene un lenguaje interesante y una vívida imaginación, elementos que siempre la ciencia ficción recibe con los brazos abiertos.

Luis Saavedra reaparece con El Río del Mundo. Quienes conocemos a Luis sabemos su poca afición a los relatos breves cosa que nos es simple capricho: Luis es quizás una de las pocas voces nacionales capaz de convertirse en una real figura literaria a nivel hispanoamericano. Su madurez y su excelente nivel en todas las dimensiones que configuran una buena historia de ciencia ficción lo alejan de meros ejercicios breves y lo sumerge en la mejor tradición de un Sturgeon o Delany, escritores de primer nivel que hicieron del relato largo (o nouvellete para los norteamericanos) su mejor y más adecuado espacio de expresión. Estamos ante un escritor que me atrevo a definir como el único capaz de alcanzar un nivel comparable a dichos autores anglosajones. Le falta sólo tiempo y confianza. Mucho de su trabajo ha quedado postergado por su labor de activista del género como alguna vez lo hizo el gran Horace Gold y que pocos agradecen y valoran.

Bien, vamos al cuento. El Río del Mundo es un relato breve a modo de ejercicio estructural-narrativo. Luis elige un estilo de frases muy cortas y rápidas para contar una trama que en manos convencionales hubiese tomado muchas páginas. Es un estilo que deambula entre la euforia narrativa y la saturación de información, pero que es proporcional a la trama del relato, que no es más que una anécdota sobre supuestos alienígenas y buscadores de ovnis. Hay violencia, quizás demasiado gratuita, pero se agradece la falta de pretensión, algo del cual abusan los otros escritores de este especial.

El Río del Mundo no es el mejor cuento de Luis (en ese sentido Old Fairry’s Bar sigue siendo su mejor obra) y la verdad es no tendría por qué serlo. Desde un principio la historia es presentada por Luis como un sin sentido, un fragmento mundano de nuestra sociedad y, si me dan tiempo para otra interpretación, una metáfora de lo inútil que puede resultar escribir una historia con propósitos estilísticos. Luis ama la sátira, y en ese sentido no es posible determinar si su relato no hace una alusión a los relatos expuesto en Fobos Negro y a sus particulares motivaciones.

El cuento, al igual que los precedentes no tiene nada de trasgresor y menos de
perversión, por ende debo concluir que Marcelo López armó esta colección sin tomar muy en cuenta sus palabras o delimitado por un evidente apuro para tener las cosas a tiempo.

El que sí se tomó en serio el asunto de lo perverso fue Gabriel Mérida con su relato Arráncate los ojos. Gabriel elige las morbosidades del sexo para eyacular de forma precoz una historia que pretende por todos los sentidos ser chocante.
Hay que decir en principio que en Chile son los escritores homosexuales quienes se han sentido fascinados con usar el sexo de la forma más dura e incómoda para los sentidos comunes de la sociedad, buscando siempre el extremo burdo y a veces patético, donde la reiteración de palabras que aluden a partes del cuerpo y acciones de ellas se convierten en una verdadera exigencia. Normalmente la comunidad gay literaria chilena alude a que tales ficciones sólo intentan reflejar la realidad y los deseos ocultos de la gente, pero lo cierto es que se trata de un doble juego donde es difícil establecer la línea de lo escrito por genuina creación o por fascinación personal.

¿Por qué ocurre esto? Quizás porque un ser obligado a practicar un acto sexual anormal sólo alcanza un estado de tranquilidad cuando expande, multiplica y extiende cualquier anormalidad a todo el resto de los mortales. Los escritores gays gustan de crear personajes heterosexuales que cometen actos sexuales perniciosos, como forma de disminuir sus propias culpas y contradicciones sexuales.

Mérida se vuelve un muy buen representante de dicha comunidad con su Arráncate los ojos. Para ello crea un personaje cuyos extraños deseos sexuales incluyen violar a su madre, a sus hijas, a ser el mismo violado, entre otras cosas, tanto en la realidad misma como en las fantasías virtuales del cual es adicto.
El problema es que uno no tiene muy claro si es el abuso de un tema como el sexo el que hace interesante e inquietante esta historia o es el trasfondo de ésta que la sustenta por sí solo. Y en ese sentido debo decir que a pesar del buen uso del lenguaje que caracteriza a Mérida, basta quitar los pliegues del sexo explícito para que Arráncate los ojos cojee por varias partes.

Quizás el principal defecto del relato es que resulta inverosímil tanto en las motivaciones del personaje principal (¿qué lo lleva a violar sistemáticamente a madre e hijas?), como también en sus propios pensamientos y razonamientos (esas frases que aluden a la mitología griega me parecen cursilería intelectual de segunda, y al mismo tiempo artificiales porque son esgrimidas por un personaje tan plano como desconocido). Mérida parte de supuestos clichés como que un hombre de 48 años que vive con su madre debe ser de por sí una persona reprimida, tanto para querer embestirla sexualmente y al mismo tiempo destrozar a sus hijas. Quizás sean extensiones de las fantasías del propio Gabriel, cosa que no me sorprendería, pero en su historia resultan gratuitas, poco exploradas y por lo mismo, poco creíbles.

Dejo de lado la falsedad de los diálogos que parecen sacados de la peor teleserie tipo Teleduc, la pobreza de los personajes secundarios que son simples maquetas, la reiteración casi enfermiza de pene-orgasmo-clítoris-jadeo-culiar… pene-culiar-jadeo-clítoris-orgasmo… que pueden explicar quizás los gustos fálicos del escritor pero que deja al cuento reducido nada más que como una pobre sucesión de actos sexuales deformados más que una detenida exploración de la decadencia moral de un individuo. De ciencia ficción hay muy poco: sólo el uso de fantasías virtuales, donde es posible observar la influencia (por no decir copia) de Einherier 5.0 (TauZero #5, enero 2004). Rescato sí el buen manejo descriptivo y el buen uso de las palabras, pero en el fondo Arráncate los ojos es un relato débil, sostenido nada más que por su forma explícita y chocante, una forma que tiene tanta solidez y consistencia como una típica película snuff.

En fin. Si debo esgrimir una opinión personal diría que por un lado este Fobos Negro me resulta interesante como colección de relatos, como suelen serlo casi todas las colecciones. Pero por otro lado no puedo dejar de manifestar mi decepción, no tanto por la tesis que supuestamente justifica estos cuentos, sino por la poca ciencia ficción que hay en ellos. Salvo La Segunda Venida y de alguna forma El Río del Mundo, el resto no es nada más que postmodernismo sofisticado, alejado de lo que para mí es la buena ciencia ficción, cosa que el editor debió tener en cuenta y exigirlo a la hora de compaginar este especial.
El tema da para extenso y de seguro muchos me dirán que lo importante es la calidad literaria y no el género. No estoy de acuerdo. A mi me gusta e interesa la ciencia ficción. No me interesa ni el realismo mágico ni el postmodernismo, aunque estén bien escritos. Cuando compro un libro del género espero leer eso y no otra cosa. Pero además, valoro a la ciencia ficción, porque su rigurosidad y masa crítica en ideas serán siempre un ejercicio vigente que dará pie a historias sorprendentes. No sucede así con el postmodernimo sofisticado. La gran mayoría de los defectos de los cuentos de Fobos Negro que juegan con tal propuesta se deben a los defectos propios del postmodernismo, que en el fondo es un estilo que funciona con ideas, ambientes, descripciones, frases, personajes, etc., ya hechos. Los autores por ende terminan como meros armadores de relatos, usando todo un conjunto de elementos prefabricados que el lector debe aceptar porque sí. Y lo más lamentable es que la gran mayoría de esos elementos son meros clichés, a veces mediáticos, a veces literarios, donde no se requiere ninguna explicación, y donde no existe la necesaria relación personaje-trama-ideas, sino que prevalece una simple exposición de cosas supuestamente interesantes.

La ciencia ficción es otra cosa. Exige un tratamiento total de las ideas, una correlación entre temática y narración, donde por muy irracionales que sean los actos no carecen de lógica. La buena ciencia ficción construye un hueso sólido a modo de estructura que permite la supervivencia del relato.

Poco hay de esto en por lo menos la mitad más uno de este Fobos Negro. Mucha carne y poco hueso. Mucho interés y fascinación en cómo se escribe, y muy poca consistencia y rigurosidad en lo que se está contando.

por Pablo Castro Hermosilla

FOBOS NEGRO es una colección de relatos que viene a inaugurar la nueva modalidad de publicación en papel del proyecto Fobos. Liberados cada dos meses estos monográficos serán temáticos y solo se los podrá conseguir con previa reserva. Para mayor información ver la página de Fobos: http://www.iespana.es/fobos/

Philip Dick y La Guerra

Por Pablo Castro Hermosilla

Introducción

Aunque la guerra es un tema muy presente dentro de la ciencia ficción, curiosamente no se la ha estudiado ni analizado en forma debida. Resulta extraño, pues gran parte de las obras que consideramos clásicas dentro del género fueron escritas en medio de una escena mundial repleta de situaciones de conflicto bélico. La misma ciencia ficción más contemporánea comienza a fines de la Segunda Guerra Mundial y le toca convivir de sobremanera con la llamada Guerra Fría. Por otra parte, la gran cantidad de autores que popularizaron la ciencia ficción representan al país que más ha luchado por desarrollar una hegemonía militar en todos los frentes. Sin embargo hoy en día no sólo es EE.UU. el país que más invierte en tecnología militar. Lo es también Inglaterra y en general todas las potencias desarrolladas. El estudio de la guerra en las obras de ciencia ficción ha sido más bien de tipo referencial, pero nunca se ha tratado de descubrir si existe una relación inmanente entre la guerra y la ficción especulativa. Las obras de ciencia ficción de los últimos cincuenta años reflejan bien el mundo belicista de ayer y hoy, aunque sólo reflejan la existencia y el peligro de la guerra en contra del hombre y la sociedad. Salvo quizás Robert Heinlein, no existen otros autores que hayan intentado hablar de la guerra en sus obras que no sea sólo para rechazarla o criticarla.
La guerra no es tema fácil y casi siempre genera muchos anticuerpos. Pero esto no quiere decir que al hablar de la guerra en una obra se esté abogando por ella, aunque debo decir que no es tampoco una actitud equivocada o perniciosa. Sabemos todavía muy poco de la guerra y me parece interesante que existan autores que intenten explicarla o incluso justificarla, salvo que exponga argumentos sólidos y no simples discursos. Lo peor que se puede hacer es cerrar los ojos frente a la guerra y negarla sólo porque sí. Para entenderla y dominarla es necesario enfrentar todos sus aspectos, desde todos los ángulos posibles de análisis. Este artículo intenta explicar el significado de la guerra en uno de los autores más emblemáticos de la ciencia ficción de los últimos años. La elección de Philip K. Dick no es al azar: en él la guerra está presente de sobremanera, pero también entre sus estudiosos se ha desarrollado una imagen antibelicista del autor. ¿Es esta imagen coherente con lo descrito en sus obras? ¿Qué papel juega la guerra en Dick y porqué el autor desarrolló muchas de sus tramas en escenarios bélicos?

Dick y la guerra

En su introducción al primer tomo de los cuentos completos de Philip K. Dick, Steven Godersky habla sobre la fascinación y terror que despertaba la guerra en Dick, como uno de los puntales no reconocidos de su obra. Esta visión de Godersky es tremendamente certera y tal vez una de las más lúcidas respecto a la obra del escritor norteamericano. Curiosamente pocos han recogido el guante. En los últimos años la tendencia ha sido destacar a Dick sólo por su cuestionamiento permanente de la realidad, como si fuese lo único destacable en él. Se trata de otro cliché: Los cientos de artículos que hablan de esta característica de Dick sólo reflejan la obsesión del autor, pero no explican su motivación última de tal cuestionamiento. En ese sentido Godersky tampoco logra en su introducción develarnos el por qué de la fascinación por la guerra que sentía Dick. Explica sí en parte su temor. Dice: Tal vez Dick, que inició su carrera de escritor en Berkeley, California, absorbió la sensibilidad de una ciudad que había contraído un firme compromiso liberal. Tal vez Joe McCarthy y la guerra de Corea sensibilizaron la imaginación de un autor principiante. Conocemos muy poco sobre sus años juveniles durante la segunda guerra mundial, pero no es posible identificar un temprano y consistente recelo hacia la mentalidad militar, el temor causado por lo que había visto de la maquinaria bélica de ambos bandos… Esta apreciación es correcta, pero es necesario explicarla. En principio, digamos que el liberalismo de Dick no fue consecuencia de su estadía en Berkeley, si no de su propia personalidad. En varias oportunidades tuvo discusiones con compañeros de universidad que no le perdonaban ciertas actitudes de Dick consideradas como reaccionarias. Aquí vemos un primer signo de lo que sería más tarde la personalidad del escritor norteamericano: una constante confusión de tipo existencial, basada en el principio instintivo de que todo lo que existe alrededor es una farsa o mejor dicho una trampa ilusoria. De ahí que Dick sintiera una motivación casi instintiva en su búsqueda por cuestionar la realidad adyacente. Fue el producto de su propio carácter no conciliador con posiciones dogmáticas y preestablecidas, sean liberales o conservadoras. Por eso es que es inútil seguir calificando a Dick de liberal o anti-reaccionario. Su espíritu no calzaba con ninguna de esas apreciaciones. De ahí su crisis metafísica en sus años posteriores. Ciertamente, como dice Godersky, las guerras sensibilizaron a Dick. Pero como bien dice, el recelo del escritor fue más que nada contra la mentalidad militar y la maquinaria bélica. La guerra es otra cosa, por más que aquellos elementos estén demasiado relacionados. Hacemos aquí una división fundamental para entender la fascinación de la guerra para Dick. Guerra no es sólo servicio militar, armas, sistemas de combate, o uniformes. Esos pueden ser condimentos, pero no la guerra en sí misma.

El porqué de la guerra

No existe en el área de las ciencias sociales un fenómeno más controvertido y difícil que la guerra. Desde las obras de Tucídides hasta Toffler, la guerra ha despertado una fascinación sólo comparable a las religiones. La razón es muy simple: la guerra acompaña al hombre desde sus inicios y sigue siendo un elemento fundamental de su sociedad. Lo que llama la atención es que por más que las guerras sean sinónimo de muerte y destrucción (material y simbólico) el hombre sigue empeñado en librarlas. ¿Cuál es entonces la motivación última que generan las guerras? Se han esgrimido causas de todo tipo (desde la economía al psicoanálisis), y cada una puede resultar certera en su momento, pero aún así, no se ha logrado un consenso teórico para explicar este fenómeno. En un relato de Dick llamado La Calavera (1952), se muestra a una civilización cuyos dirigentes aprueban la guerra como una forma de selección social, donde sobreviven los mejores y más aptos.

Ahora bien, guerra (vista en forma tan despectiva) no es sinónimo de reclutas o militares, a pesar de que estos son preparados durante toda su vida para enfrentar con éxito una guerra. Esto sucede una vez en sus vidas o a veces nunca, por ende el militar no puede emularse con las guerras. Su existencia no siempre las ha desencadenado. En realidad los militares existen justamente para que las guerras sean desarrolladas de una forma profesional y ordenada, lo que por supuesto no ha sido siempre así. Las guerras se han hecho más destructivas, pero también más cortas si las comparamos con las campañas de la antigüedad o de siglos recientes.

Cuando Godersky nos habla del recelo de Dick a la mentalidad militar, ¿a qué se refiere exactamente? Si apelamos a lo obvio, se refiere a la visión convencional de que los militares son seres distintos a los civiles, inmersos en una cultura, formación y valores distintos a los nuestros y cuya vertiente más despreciable es su visión estrecha y chata de cómo deben hacerse las cosas, sobre todo cuando hay una guerra de por medio. Hablamos de la caricatura del militar, del ser disciplinado, solapado y aferrado a pensamientos incomprensibles e inaceptables para la sociedad civil. Sin embargo, esta caricatura es a veces bastante errónea. Flota sí en las mentes de muchos. En países como el nuestro se une a tristes episodios de tortura y desapariciones. Sin embargo, esa mala imagen viene incluso desde antes y responde a la necesidad de ciertos círculos culturales y sociales de desprecio del militar como el enemigo a vencer, sinónimo de reaccionario y conservador.

Esta situación no debe de haber sido muy distinta en los Estados Unidos que se involucraron en la SGM, en Corea o en Vietnam. Dick fue testigo de esos conflictos y pudo percibir la mentalidad militar inserta en ellos. ¿Pero hablamos de la mentalidad militar del soldado común o del general que dirige la guerra a distancia y que calienta el asiento en el Pentágono y que va al Congreso a lidiar con los senadores para obtener mayores fondos militares? Vietnam, por ejemplo, fue una guerra librada en su mayoría por conscriptos, es decir, por hombres con una muy básica preparación militar. La gran mayoría de la tropa no estaba constituida por soldados profesionales, esto es, por hombres de armas que eligen la carrera militar, que aceptan y hacen suyos tradiciones, códigos y en especial, un modo de vida. Pero también los hace compartir con los suyos una cultura muy especial, en la cual son parte de un cuerpo o institución que tiene memoria viva como así también valores especiales. En realidad, cualquiera que pertenezca a una organización en particular absorberá características especiales, que los diferencian del resto de los mortales. Sin embargo hay una diferencia abismante entre, por ejemplo, los boy-scouts y los militares. Y ésta es dada porque los últimos son entrenados toda su vida para enfrentar la guerra. Siendo la guerra un fenómeno tan complejo, es obvio que los militares tendrán diferencias con los civiles, pero ¿qué pasa cuando los civiles se convierten en soldados de un día para otro, cuando son lanzados a una guerra sin estar preparados?

La SGM fue el conflicto en el cual millones de civiles tuvieron que ponerse el uniforme y salir a combatir. Se hicieron soldados en el campo de batalla, no en entrenamientos. La división SS Hitlerjugend, por ejemplo, estuvo compuesta por muchachos de no más de 19 años. Estos jóvenes fueron capaces de detener a las fuerzas anglo-canadienses en Caen por casi un mes. Su valor y entrega fueron extraordinarios. Y así en ambos bandos hasta el fin de la guerra. Los civiles demostraron en el campo de batalla que su espíritu de lucha era comparable al de un militar de carrera. Sin embargo, las batallas fueron dirigidas por hombres adiestrados para el combate, por profesionales. Entenderemos entonces que si bien la guerra es un fenómeno que afecta a todos los seres humanos, el militar está algo más familiarizado con sus características. Pero la diferencia fundamental entre el militar y el civil se construye precisamente cuando no hay guerra, o bien cuando parece no haberla.

La guerra que no fue

El advenimiento de la llamada Guerra Fría entre EE.UU. y la URSS manejaría los hilos del mundo por casi 50 años. Las armas nucleares evitaban un enfrentamiento directo. Las guerras serían ahora limitadas en ciertas regiones del mundo, donde ambas potencias velaban por sus intereses, apoyando a uno u otro bando.
Dick fue un observador de este momento especial y extraño de la historia en la cual existía una guerra indirecta que desangraba a terceros y en la cual se luchaba por ideales que terminaban siendo tan contradictorios como ajenos. Sin duda que la Guerra Fría, como momento social y político influyó a Dick para tratar el tema de la guerra en sus primeras narraciones. El tema nuclear, por ejemplo, tan presente en la ciencia ficción de esos años, tuvo en Foster estás muerto (1955) una desgarrante llamada de atención sobre la inutilidad del esfuerzo militar para enfrentar una amenaza apocalíptica. En este cuento ya Dick cuestionaba la guerra convertida en negocio, donde los búnkers se venden como electrodomésticos y versiones mejoradas inundan el mercado, mientras un niño abrumado por el advenimiento de un apocalipsis nuclear deambula por las calles sucumbiendo emocionalmente.

La crítica de este notable relato se entiende a la luz de lo acontecido en EE.UU. durante la década del cincuenta, donde la propaganda política minimizaba los efectos de una guerra nuclear. Pero Dick va más allá: nos previene del peligro de vivir en una sociedad en la cual la guerra es sólo una parte de un sistema económico, tan brutal como injusto. Esto se puede desprender del Hombre Variable (1953), un relato largo donde la humanidad ha pasado por varias guerras nucleares pero se ha organizado para estar constantemente preparándose para una nueva guerra (esta vez de tipo interestelar.) Es el esfuerzo social y económico por la guerra que viene, la que define la estructura de la sociedad. Dick apostaba ya por un mundo sin paz o lo que es peor, por un mundo donde la paz no existe como ideal o propósito. La crítica entonces no es la guerra en particular como fenómeno ineludible, sino a la sociedad que se organiza para una guerra que no tiene por qué necesariamente venir. ¿Es la guerra entonces una consecuencia directa de una preparación para realizarla? En el Hombre Variable, los dirigentes de esa sociedad no libran una guerra hasta el momento en que las computadoras le entregan resultados estadísticos que aseguran el triunfo, en una relación de variables que está constantemente cambiando. Vemos en ese relato una gran lucha política por decidir el momento para una guerra. Pero esta decisión es compleja. La razón es la permanente confusión a decidir si las estadísticas son objetivas o dependen de las acciones de los hombres que preparan la guerra: un verdadero círculo cerrado. Pero si lo analizamos no es muy distinto a lo que sucede hoy.

Este asunto del esfuerzo de la guerra, que podríamos analogar como “carrera armamentista” es decidor al ver que gran parte de la obra de Dick se escribió bajo ese particular estado de cosas. La Guerra Fría comenzó como una carrera entre dos bloques para ver quién podía obtener un poder militar capaz de intimidar y presionar al otro. En una importante novela llamada Tiempo desarticulado (1959), Dick alude al problema del complejo militar-industrial en Estados unidos. El término “complejo militar-industrial” fue acuñado por un discurso de Eisenhawer, y creció como una especie de teoría para explicar la necesidad de las guerra en nuestra época más actual. Esta teoría es atractiva e interesante y diría que en gran medida, certera. Sin embargo no explica aún muchas facetas de la guerra, pero alude a un problema más inquietante: la posibilidad de que las guerras sean el resultado no de causas sociales ni causas inciertas, sino de un plan hecho con anterioridad, es decir, la teoría de la conspiración, de la cual Dick también alude en varios libros. Esto explica el interés de Dick por la guerra moderna y futura: por un lado, la denuncia de un sistema que planea guerras para fines oscuros; y por otro lado, como metáfora de un mundo controlado desde el principio de los tiempos.
Hay ahí una crítica ya no a la guerra en sí misma, sino a la guerra como un instrumento. Para Dick una guerra de ese tipo sólo trae beneficios para unos pocos, en medio del sufrimiento de muchos. Y por otra parte, una guerra como instrumento avanzado de control trae consecuencias para los sobrevivientes de tal guerra. Si esta guerra es instrumento de control o si bien es efectuada por sofisticados robots que han sido programados para librar tal guerra, ¿quién garantiza que esos sistemas no continúen funcionando después?

La Post-guerra

Los relatos de Dick que se sitúan en escenarios de post-guerra tiene un común denominador: muestran cómo sistemas automáticos de defensa han despersonalizado la guerra, librándola bajo consideraciones que nada tiene que ver con, por ejemplo. Un auténtico y legítimo derecho a defensa. En El Gran C (1953). Dick nos muestra a una supercomputadora que ha sobrevivido a una guerra nuclear, guerra que por lo demás no tiene sentido al colocar como fin último la aniquilación total. En medio de ese escenario, la supercomputadora sólo lucha por su existencia, alimentándose de los sobrevivientes, quienes se mueven por la Tierra como los antiguos pueblos aborígenes. El mensaje es claro: en un mundo que crea máquinas para librar guerras sin sentido, la sociedad es finalmente aniquilada. En principio no es sólo la guerra el problema en sí: son las motivaciones y los objetivos que convierten la guerra en un ejercicio autodestructivo y sin sentido. En otro relato titulado El Cañón (1952), un grupo de humanos vuelven a la Tierra y se encuentran con toda la civilización acabada. Un cañón automático abre fuego contra lo que ve y la única forma de destruirlo es acercarse por tierra y anularlo. Los humanos lo hacen, pero al emprender vuelo unos sistemas reconstructores arman otro cañón. La moraleja parece obvia: las máquinas terminan por rebelarse contra quienes las construyeron. Pero en realidad Dick nos está diciendo que estas máquinas de guerra no se detendrán cuando termine la guerra. Vemos aquí un ejemplo de la deshumanización de los conflictos, entendiendo la deshumanización no como actos de crueldad o destrucción, sino corno el reemplazo del hombre en la conducción y control de la guerra por sistemas que luchan de forma automática, sin consideraciones morales o sociales. En otras palabras, una guerra sin objetivo y en la cual no existen motivos moralmente justificados para la lucha.

Aún así, Dick se da el tiempo de ofrecer otras variaciones: la posibilidad de que las máquinas se liberen de la programación humana y reconstruyan el mundo, tal como sucede en Los Defensores (1953). Aquí las máquinas mantienen una guerra ilusoria, mientras se dedican a limpiar y diseñar un mundo mejor. Es una visión insólita por la confianza que pone Dick en los sistemas autónomos. Pero estos sistemas están en el fondo luchando contra la propia sociedad humana que sigue estructurándose en función de una guerra que creen que aún continúa. Sean máquinas o humanos. Dick critica la conformación de una sociedad basada en dichos preceptos. Como dice Godersky: La victoria a cualquier precio en pro de la Democracia, la Libertad y la Bandera devienen aforismos carentes de sustancia cuando el precio de la victoria es la sumisión totalitaria a una burocracia militar despiadada: Phil temía que ése fuera el futuro que nos aguardara.

Podríamos decirlo de otra forma: la lucha por la Democracia y la Libertad es sospechosa cuando, nuevamente, se transforman en instrumentos de control. Pero creo que Dick iba más allá de lo que señala Godersky en cuanto a sus temores. No era sólo la posibilidad de una burocracia militar despiadada, sino la posibilidad de un sistema social y económico que libra guerras sin sentido, porque responden al interés de unos pocos, que en Dick me parecen son los intereses de los grandes conglomerados capitalistas o en otras palabras, a los intereses generados por la fuerza del dinero y la usura. Dick no fue un defensor de los sistemas de tipo marxista, sino que defendió un sistema donde la libertad económica garantizara la existencia de pequeños artesanos y empresarios en pos de la creación de productos para garantizar el bien común. Y en ese plano la existencia de una poderosa industria de defensa sólo crearía problemas y escenarios para alentar la existencia de conflictos y guerras.

La guerra del mañana

Si el esfuerzo de la guerra y la guerra misma carecían de sentido en los años en que Dick escribía sus obras, era imposible vislumbrar para el futuro un cambio sustancial a este estado de cosas. Los grandes poderes manejarían los hilos para destruir el esfuerzo del hombre en una guerra permanente sin victoria y sin derrota, sin gloria, sólo olvido. Veterano de guerra (1955) muestra el desprecio de los civiles por el soldado valiente que vive en un mundo que ya no valora a quienes dan su vida en el combate, a la posibilidad de los héroes. La guerra del mañana sería sólo una actividad de tipo empresarial, una especie de emulación falsa y vacía de las guerras pasadas, manejadas por burócratas o entes autoritarios. Esta es una visión común en otros escritores de ciencia ficción. La diferencia en Dick, es que en sus relatos, como el recién nombrado, podemos encontrar pequeños ejemplos en los cuales el autor admira, respeta y valora a los verdaderos combatientes, el verdadero sentido del combate, que no son otros que aquellos que por valentía o decisión dan su vida o parte de ella. Una anécdota fundamental de sus años en Berkeley, contada en el libro de Capanna, muestra a varios amigo de Dick denostándolo por tener un póster donde se mostraba a civiles alemanes luchando contra un tanque soviético. En otra ocasión se le ve abandonando un cine donde muestran a un japonés devorado por las llamas, mientras el público aplaude. Dick no detestaba precisamente la guerra. Lo que detestaba era la estupidez, el odio, la entropía, la maldad que emergía de los hombres cuando libraban la guerra de una forma carente de sentido y de necesidad. No podemos dejar de lado la relación entre hombres y máquinas, tan presente en toda la obra de Dick. Si relatos como El Cañón o Los Defensores muestran el papel de las máquinas en escenarios futuristas, otros cuentos exponen bajo esa ambientación la clásica pregunta dickiana sobre qué significa ser humano. La Segunda Variedad (1953), cuento que dio pie a la película Screamers, muestra cómo sofisticados sistemas de armas pueden copiar la identidad humana con el fin de derrotar la capacidad combativa de los hombres (en ese sentido, Terminator es también por esencia un fume típicamente dickiano). En La Segunda Variedad las máquinas son capaces de evolucionar y de decidir por sí mismas a sus enemigos, en este caso los humanos. Pero en este caso, y a diferencia de cualquier película, Dick comprende que si la guerra tiene su propia lógica no puede ser distinta también para las máquinas. Estas se vuelven humanas precisamente cuando al final del relato el protagonista advierte que están ya luchando entre sí. Dick reconoce en este cuento la permanencia de la guerra en este mundo, pero fundamentalmente la existencia de la guerra como una actividad humana, en la cual hombres y máquinas son sólo instrumentos. ¿Pero qué fascinaba entonces a Dick?

A mi juicio, la influencia de la guerra en el hombre y su relación indivisible con el pasado y con el futuro. Por ejemplo, desde el punto de vista estético las armas tienen un perfil futurista y su diseño está amarrado a tecnologías del mañana. Pero también subyace siempre en el inconsciente de la gente la posibilidad del estallido futuro de una guerra, como pasa con los terremotos o huracanes, pues siempre nos han acompañado. La guerra también, y no es raro que Dick eligiera escenarios o situaciones de guerra para retratar de forma más certera e ilustrativa cómo sería el futuro de nuestra sociedad. Dime qué guerra y te diré qué sociedad eres. A diferencia de otros escritores, Dick no muestra la guerra como un hecho meramente simbólico, sino que por el contrario se preocupa de mostrar con inusitado interés el diseño y funcionamiento de naves, soldados, armas, adelantándose a muchos escritores en la actualidad, cuando hablan de M-16 o Kalashnikovs. En La Calavera, Dick llama SLEM a un fusil especial, y no por simple creatividad, sino para caracterizar de forma más certera el futuro. Pero por cierto que hay también una fascinación cultural por éstos detalles, por darle a los elementos de la guerra una sustancia más reveladora y por ende más cercana. A primera vista parece contradictorio, pero a mi juicio no es más que una genuina preocupación por Dick para darle a la guerra en su totalidad un lugar de primera importancia, para observaría y entenderla a cabalidad en todo su funcionamiento y no despreciarla porque sí. Pero también una certera visión de cómo la guerra en sus detalles estéticos y de funcionamiento seria abordada por una cultura popular cada vez más amplia y adherida a todo.

El complejo militar-industrial, que hoy identificamos como la industria de defensa se ha diversificado de tal forma que no existe ciencia o tecnología que no pueda ser usada o aplicada en ese campo. Su fin es diseñar y construir sistemas de defensa para los servicios armados dependiendo de las nuevas tácticas de combate que ellos desarrollan. Si lo analizamos, es tema muy relacionado con la ciencia ficción. Hoy en día esta relación surge casi de forma natural. Los videos juegos y su relación con los sistemas de armas es el ejemplo más patente de esto último.

Sin embargo, la idea de la guerra que vendrá no es tratada por Dick como un ejercicio de especulación social o científica. También hay un interés en la idea de que una guerra siempre está por venir, de que es un fenómeno social ineludible e inquietante, que está presente en el inconsciente colectivo de las personas. En un excelente relato llamado Desayuno en el crepúsculo (1954) Dick sintetiza mucho de esto y de lo que ya hemos expuesto con anterioridad. El relato trata de una familia típica norteamericana que se prepara para enfrentar un nuevo día. Súbitamente su casa es transportada siete años en el futuro. Una patrulla militar entra violentamente en el hogar y el resultado es un diálogo tenso y dramático entre dos mundos completamente diferentes: los soldados están en plena guerra y su mundo se haya organizado de forma fría y proletariada para aguantar ataques de los soviéticos. La familia descubre que está en el futuro y el lector puede observar de forma impactante los contrates de ambas realidades. Mientras los soldados muestran los efectos terribles de la guerra, tanto en indumentaria como en su lenguaje, la familia parece una flor a punto de marchitarse. Al final la familia logra retornar al pasado, pero en sus espaldas cargan con el estigma de saber que la guerra estallará pronto.

Hasta ahí, Dick juega brillantemente con los detalles y con el desmoronamiento de la realidad. Pero no se queda ahí: cuando la familia vuelve se encuentra con los vecinos que de forma instintiva sienten que estas personas han visto algo terrible que llegará muy pronto. Es un efecto psicológico extraordinario, donde Dick nos muestra a una sociedad norteamericana temerosa aún en su poderío. Pareciera que Dick hubiese adivinado el advenimiento de la guerra de Vietnam, que destruiría toda esa paz e inocencia que se muestra en los integrantes de la familia cuando comienza el cuento.

Si la ciencia ficción de esos años era en gran parte sobre el futuro, hay que decir que Dick veía tal futuro como un escenario permanente de guerras, en todos los niveles.

La verdadera guerra

En palabras de Godersky, para Dick la única contienda aceptable era contra el mal, que reconocía como “las fuerzas de la disolución”. Este es un punto interesarle si tomamos en cuenta la visión metafísica de Dick presente de forma explícita en obras como Valis (1981) o la Invasión Divina (1981) Esta lucha no se libraría con el poder de las armas en un ambiente externo, sino en un plano interno del ser humano, en una búsqueda incesante por encontrar una verdad o un mundo que no estuviera dominado por fuerzas oscuras. Aunque no creo que Dick haya logrado desarrollar una cosmogonía coherente en función de estos preceptos, sí creo que de forma instintiva pudo llegar a un punto en el cual tuvo claro que el mundo real funciona más bien como una trampa que intenta disolver o destruir al ser humano. Vemos acá una reedición de la lucha entre el bien y el mal, que siempre estuvo en su obra. Basta recordar su cuento El Ahorcado (1953) o Estabilidad (1947). Donde el mal espera su oportunidad para penetrar en este mundo. Me parece sin embargo que en sus relatos posteriores ya Dick tenía claro que estas fuerzas de) mal se habían infiltrado en este mundo hacía muchos años.
La idea de un combate entre el bien y el mal es importante en Dick porque rescata la idea de que la lucha es necesaria e importante, por la sencilla razón de que es eterna. En ese sentido las palabras de Godersky me parecen certeras y explican en gran medida la fisonomía de la obra y de la vida de Dick en sus últimos años. Sin embargo no creo que Dick haya sido un antimilitarista, tal cual como este concepto se popularizó en la década de los sesenta. Un antimilitarista no sólo está en contra de la guerra, sino también en contra de los mismos militares, que por lo demás son seres humanos. Curiosamente, la palabra militar tiene más relación con creencias y mitos de la antigüedad: Militar viene de milicia, que a su vez viene de mile, el soldado, y corresponde a un grado de la religión esotérica de Mithra.

Pero Dick, insistimos, no cayó en posiciones rígidas como el antimilitarismo, sino que escribió y analizó el fenómeno de la guerra desde una perspectiva más profunda, como los efectos de la guerra en la alteración de las relaciones humanas y en la exigencia que hace de las personas para ir hasta las últimas consecuencias. En otros relatos podemos ver el interés de Dick en los efectos psicológicos profundos que acarrea la guerra, como en ese hermoso relato llamado El Constructor (1954), en la cual un veterano de guerra se siente incapaz de seguir relacionándose con la sociedad humana y decide construir un barco en su casa.

Una pregunta queda sin respuesta en Dick: la razón última de por qué el hombre sigue librando guerras, si éstas dejan una amarga estela de horrores y tragedias. ¿Son las guerras el producto de una sociedad cruel e imperfecta? ¿Es imposible vivir sin ellas? ¿Son los horrores que vemos por televisión la consecuencia directa de una sociedad que se ha edificado sin sentido? ¿O bien esos horrores son parte de un plan misterioso y diabólico programado desde el comienzo de los tiempos para destruir al hombre? “Puede que la guerra no te interese, pero tú le interesas a la guerra”, decía Trotsky. ¿Qué habrá querido decir? ¿Que la guerra tiene conciencia de sí misma y establece los designios del hombre? Es un tema no resuelto. Pero aún así Dick fue un escritor visionario sobre la influencia de la guerra en nuestro mundo y sorprende la cantidad de relatos y obras que se sitúan o se relacionan con este particular fenómeno. Creo que a medida que pasen los años encontraremos más aspectos de la guerra en nuestra sociedad que ya estaban descritos en el mundo dickiano. Otra razón para seguir disfrutando de sus notables obras.

por Pablo Castro Hermosilla

Amor en Vano

por Pablo Castro

El teléfono sonó un minuto antes de salir. Era Verónica. Quería saber de mí, que por qué no la había llamado y que cuándo podíamos juntarnos.
–¿Te parece el viernes? –Pregunté. Era lunes.
–Bueno. ¿Dónde y a qué hora?
–Yo te llamo.
–Eso dijiste la última vez. ¿Por qué no nos juntamos hoy?
Hoy voy a salir con Jimena. Jimena Urzúa.
–Verónica, voy saliendo. Te llamo el jueves en la noche para confirmar.
–Bueno. Pero trata de ir. –Su voz notaba la frustración. Como psicóloga era buena, pero como amiga le costaba convencerme de sus motivaciones.
Salí en dirección a Jimena. Me esperaba en un restaurant del centro, pero como de costumbre llegué antes. Pedí un vaso de agua, mientras me dedicaba a observar otras mujeres. Había un par de tipas interesantes, otras demasiado bien acompañadas y algunas que se atrevían a mirarme de cuando en cuando.
Me concentré en algunos rostros. Sí, podía ser. No, no hay opción. Demasiado exigente. A esa no le gusta lo que hago. Esa es muy católica. Esa es muy atea. Esta es resentida social, aunque lo finge bien. No, no estoy dispuesto a soportar el izquierdismo cultural de ésta. ¿Lesbiana? Lo descubro tarde.
Apareció Jimena. Vestía bien, igual que esa primera vez, cuando concluí que era una mujer elegante. También era atractiva. Del tipo de belleza que puede enamorarte.
–¿Estás hace mucho rato?
–No. Siéntate.
Jimena Urzúa era ingeniero comercial. Trabajaba en una empresa de headhunters e imaginaba que sabía cómo tasar a una persona. Quizás me ofrecía trabajo. Bueno, por eso nos conocimos.
Logramos superar la conversación vacía y llena de frases sin dirección hasta la comida. Pidió un par de tragos. Yo encendí un cigarrillo.
–Estuve viendo la posibilidad para un trabajo y creo que algo puede salir.
–Te lo agradezco.
–Cuéntame un poco qué planes tienes.
–¿En caso de que no resulte?
–No, en general, independiente del trabajo. ¿Piensas casarte, formar una familia?
Cuidado, me está probando. Necesito el trabajo.
–Sí. Es algo que he pensado más de una vez.
–¿Y?
–¿Y qué? ¿Por qué no estoy casado? No sé. Imagino que todavía no encuentro a la mujer adecuada.
–¿Y cómo puedes saber qué mujer es esa? –Dijo sonriendo. Me tomé unos segundos.
–Buena pregunta. Supongo que con la que pueda vivir.
–Pensé que ibas a decir con la me enamore.
–Aparte de eso, claro. Una mujer con la que me enamore, me case y quiera formar una familia.
–Dime una cosa –Se acercó coqueta–: ¿Cuántos hijos te gustaría tener?
–Tres.
Sonrió:
–Igual que yo.
Sonreí.
–¿Tampoco has encontrado al tipo adecuado?
–Quién sabe. A lo mejor está al frente mío y no me he dado cuenta.
Pagó la cuenta y dejamos el restaurant. Nos fuimos directamente a su departamento en Alto Barnechea, no sin antes que pidiera el día libre. Después de varias horas de sexo necesitado supe que la cosa iba en serio. Me dijo “te quiero” como mil veces y tuve claro que llevaba años deseando decirlo con ganas a alguien dispuesto a recibirlo de igual forma.
Fueron tres meses de una relación más que plena. Intensidad y cariño se fundieron en una misma frecuencia. Jimena buscaba ese amor capaz de engendrar libertad y tranquilidad. Aunque vestía de forma dura y moderna, su cuerpo era un mar de sentimientos tradicionales, los sentimientos que las mujeres querían siempre por más que las revistas de modas aconsejaran lo contrario. Nada de experimentos, nada de sensaciones extremas, ni juegos peligrosos.
Quizás vio en mí esa misma mirada de los seres que buscaban algo tan simple como un amor bien correspondido. El amor que se basaba en una necesidad mutua y en el trabajo por mantenerlo. Amor basado en lo que debemos ser y no en lo que podemos ser. Así que nos llevamos bien. Y encontré trabajo.
De pronto algo sucedió. Llegaba más tarde que de costumbre y se sentía cansada. Ya no tocaba el tema de los hijos y por momentos buscaba irritarme en discusiones sin sentido. Un día domingo me despertó a las seis y media de la mañana y noté por su cara que no había dormido. La pieza olía a cigarro.
–Luis, tenemos que hablar.
–¿Qué pasa?
Se había enamorado de otro tipo. Un gringo que llevaba un año al frente de su empresa. Quería la nulidad porque se irían a México. ¿Se había percatado de sus verdaderos sentimientos estando ya casada o es que su jefe era la persona adecuada y no yo?
–Quién sabe. A lo mejor está al frente mío y no me he dado cuenta.
–No lo creo –respondí muy sereno mirándola con absoluta tranquilidad.
Desilusión. Su rostro se aleja y su cuerpo está preparado para moverse automáticamente. Pagó la cuenta y prometió llamarme “si tenía alguna novedad”.
Nos separamos. Caminé hacia el metro, recordando que era una pérdida de tiempo llamar a Verónica. Me subí a un carro. Frente mío había una pelirroja de unos 25 años, probablemente estudiante de periodismo. No, tampoco. Ni siquiera alcanzamos a cumplir seis meses.

Creo en el amor. El problema es que el amor no cree en mí.
Escribí esa frase a los 24 años, una madrugada después de una fiesta universitaria. Fue la primera cosa que escribí con olor a escritor. Desde entonces he estado escribiendo y publicando. Es mi oficio, no mi profesión, aunque de alguna forma la primera se las arregla para comerse a la segunda. Por eso me cuesta tanto encontrar trabajo.
En los últimos siete años después de graduarme mi vida se había mantenido en un estado de cosas que podía definir como bloqueada. No iba a ninguna parte, pero tampoco retrocedía. Bueno, si no se avanza, tampoco se retrocede.
Tenía muchas teorías y una de ellas era que sin amor la vida se olvida de ti. Te deja a un lado, fuera del plan eterno y constante de la vida. Todos debemos amar y ser amados. Si eso no pasara no habría más raza humana. En algún momento la evolución creó o fomentó el amor como una fuerza para asegurar la continuidad de la especie. Si llegáramos a la conclusión que amar es una pérdida de tiempo y energía no tendríamos ningún interés en crear relaciones interpersonales. No habría intimidad, es decir, la creencia de que se conoce a los seres amados casi de la misma forma que uno mismo.
Puedo conocer a una mujer apenas la vea. No su vida, ni sus sentimientos personales, sólo su vida respecto a mí. Es como una visión simultánea, una imaginación espontánea que surge como una película en todos sus ángulos y tomas exactas.
–¿Hablas en serio? –Preguntó la doctora Verónica Sanhueza.
–¿Diría una mentira tan poco creíble para justificarme?
Pero no fue algo inmediato.

Se llamaba Alejandra y había llegado al colegio a principio de año. Yo tenía 17, y recién me daba cuenta que las mujeres eran algo más que compañeras de clase. Qué puedo decir, el amor no me importaba. Había siempre cosas más importantes que hacer. Me entretenía solo esperando que nadie me interrumpiera. ¿Mujeres? ¿Fiestas? ¿Pero cómo iba a perder toda una noche batiendo el récord de algún video-juego?
Pero Alejandra también detestaba las fiestas. Nunca iba, según me contaban. Bueno, para todos era una tipa extraña, silenciosa y siempre mirando a cada uno de nosotros como si no fuera a olvidarlos. Me topé con esos ojos una vez y creo que me habló. Escuché sus palabras silenciosas que decían algo, algo que tardé en comprender. Por eso se acercó. Por eso me llamó un día para invitarme a su casa.
Fui casi corriendo.
La belleza o lo que nosotros consideramos bello es en el fondo algo que ya hemos visto. La belleza es el reconocimiento; el mirar por segunda vez. Esas eran las palabras que escuché de ella. Era eso lo que me decía, mientras me hablaba de otras cosas.
Describir a Alejandra es inútil. Yo ya casi no la recuerdo físicamente. ¿Para qué recordarla? Prefiero esperar a reconocerla otra vez.
Fue mi primer amor, claro. Mi primera relación íntima y completa. La primera vez que mi cuerpo habló por sí solo el lenguaje de lo imposible. Fue extraño y noble. El tiempo pareció dilatarse, mientras el paisaje alrededor se hacía más comprensible y cercano. Sentí que había salido de las aguas de la realidad. Y que ahora flotaba sobre ellas.
Alejandra dormía y no dejé de observarla todo el tiempo del mundo. Estábamos solos, y aún era temprano. Puse mis ojos en su rostro e imaginé lo que sería de nosotros dos hasta el fin.
Imaginé que nos gustaban las mismas cosas, los mismos detalles reveladores. Las mismas impresiones y los mismos comentarios. Imaginé que nuestras palabras eran parte de una misma historia, de un mismo párrafo. Imaginé que seguíamos juntos, estudiando, sacándonos las mejores notas, celebrando los cumpleaños, bailando los mismos temas, juntos en todas las fiestas, con otros amigos u otras parejas, las mismas vacaciones, en el sur a dónde le gustaba, postulando a la misma universidad o a la misma carrera, bueno en lo que quisiéramos, en la misma ciudad o en distintas, hablando por teléfono, sincronizando nuestros viajes para estar juntos los fines de semana, en distintos buses, esperándola que llegase a la hora que me dijo, esperando, esperando, hasta que un llamado me dijera que había muerto.
Me estremecí. La visión fue tan potente, tan vívida que no me di cuenta cuando mis ojos se volvieron lágrimas y su cuerpo se hizo borroso.
Me levanté con cuidado, temiendo horriblemente despertarla.
Al poner los pies sobre el suelo sentí que volvía a hundirme en las aguas que conocía bien.

–¿Y qué pasó?
–Exactamente lo que imaginé. Ocurrió exactamente lo que vi. Un año y medio de relación y Francisca terminó muerta. El bus en que viajaba se hizo pedazos. Igual que ella. Tal como lo había visto.
La sensación de que veía más allá del tiempo y del espacio se hizo algo común. Las veía a ellas y a mí mismo. Cada detalle, cada sensación juntos. Cada silencio y cada final sin sentido y sin explicación. Pensé desde que se trataba de alguna enfermedad, alguna de esos males con sabor a psicología: paranoia, esquizofrenia, alucinaciones. Ninguna se ajustaba a lo que veía, pero tampoco deseaba arriesgarme a que un tipo de blanco decidiera por sí mismo que estaba loco o completamente enfermo.
Néstor Niemand, el escritor famoso por sus relatos de mutantes y evolución dice en uno de su libro Tiempo de Evolución que existen personas productos de genes latentes que se escapan a los márgenes de la evolución y de la vida conocida. Dice conocida, porque, agrega, no todas las funciones del hombre son aquellas que reconocemos como tales y que pueden existir algunas que se nos escapan.
–Por ende, una persona puede ser un mutante sin saberlo, pues tiene alguna cualidad sobrenatural que le permite hacer o no hacer algo en su propio beneficio. Las cualidades o también llamados “poderes” responden a una necesidad y a un fin, así como la vida ha dotado a ciertos animales a ver en la noche o rastrear el sonido a kilómetros de distancia.
Nadie tiene un poder sólo porque sí. Hay un plan oculto y misterioso que otorga cualidades a ciertos seres para que se desenvuelvan mejor. ¿Es eso lo que quiere decir Niemand? Si es así, entonces, ¿en qué me beneficia saber lo que ocurrirá con cada una de mis parejas antes de relacionarme con ellas?
He pensado mucho en eso y no encuentro aún una respuesta clara. Debo aplicar la lógica: si puedo ver lo que ocurrirá con cada pareja errónea quiere decir que puedo evitar relacionarme con ellas sin pérdida de tiempo y energía. Esos serían los beneficios. Me ahorro tiempo y energía gastada en un amor en vano.
ex¿Pero de qué me sirve eso?
Si ahorro tiempo y energía quiere decir que debo ocuparlos en otra cosa. Usarlos en otra actividad más importante o más idónea. No gastarlos en amor.
O puede ser que mi mente y corazón resistan sólo un amor y al ver simultáneamente mis futuros con otras mujeres puedo discriminar para acceder a eso. Suena razonable. Entonces sólo debo ser paciente y esperar.
Y así lo he hecho.
Uno puede perder las esperanzas cuando las cosas no son como se desean. Digamos que tengo esperanza en algo y al mismo tiempo una magnífica convicción. En los días de verano salgo a caminar por los cafés del centro o por Providencia.
Como un reptil me poso en alguna parte y espero. El sol cae sobre mi espalda y a través de mis lentes oscuros observo los rostros de las mujeres que deambulan alrededor. Las hay de todo tipo y de todo gusto. Las acecho con mi mirada, mientras las visiones dentro de mí se multiplican. Extraigo de ellas cientos de posibilidades, cientos de variables y las conjuro con mi vida.
Nada. Puros esfuerzos en vano. Sólo sueños malheridos que caen al final.
No hay nada qué hacer. Nada qué probar.
El reptil se levanta y vuelve a su refugio antes que llegue la noche.

Verónica no dejaba de fumar y mirarme. Yo le hacía el quite a sus ojos, mirando el relieve de los rostros femeninos alejándose o caminando cerca.
–Me gustaría ayudarte.
–Después de tres meses de sesiones creo que es suficiente.
–No como psicóloga.
–Para eso sirven ustedes. Para asegurarle a la gente que van escucharlos. Si le cuentas a tu mejor amigo algo, nunca estarás seguro que te escucha en verdad. En cambio tú estás obligada por ética profesional. Pero tengo mis dudas. ¿De verdad escuchan? ¿De verdad se sienten con la obligación de hacerlo?
–No me cambies el tema. Estoy acá como amiga. Los amigos se ayudan.
–Eso dicen. Pero tú no me puedes ayudar.
–¿Por qué no?
–Porque ya no siento que esté sumergido en un problema. Ahora lo entiendo. No debo amar. Ni siquiera tratar de imaginarlo.
–Esa no es una solución. Nadie vive sin amor. Sin ser amado.
–Mentira. Yo he vivido sin amor. ¿Por qué el resto no podría hacerlo?
–Te sientes diferente. Y así justificas tu actitud.
–Soy diferente. Puedo ver qué ocurrirá con mi corazón. Tengo esa ventaja. Sólo debo buscar la forma de aprovecharla.
–¿Y qué has pensado hacer?
–Lo que sea. Un hombre que no es consumido por el amor, tiene mucho tiempo y energía para hacer muchas cosas.
–¿Cómo cuáles?
–En eso estoy.
Podría seguir escribiendo. Concentrar todos mis esfuerzos en escribir y publicar. Tengo 32 años, todavía soy joven. Y lo seré si no sigo amando. Definir mi camino en forma paralela a la vida, sin mezclarme con ella.
–Luis, mírame a la cara.
–¿Qué cosa?
–Que me mires. Cada vez que hablo contigo evitas mirarme.
–Veo muchas cosas cuando veo un rostro.
–¿Y qué ves en mí?
–No querrás saberlo.
–Si quiero.
–¿Por qué?
–Porque te amo.
No era una novedad. Sólo un contratiempo. La había visto una vez y fue suficiente. Pero ella no lo sabía. Esa primera vez era sólo un paciente común, con algún problema típico.
La miro fijamente, con mucha tranquilidad. Noto sus ojos expectantes y nerviosos esperando algo. Entonces bajo la vista y enciendo un cigarrillo.
–¿Y? –Pregunta temerosa.
–No hay ninguna posibilidad.
–No te creo –dice molesta.
–¿Acaso viste algo?
–Lo he visto desde que entraste a mi oficina. Tus ojos no mienten. Hasta una psicóloga sabe eso. Pero también veo miedo. Miedo y resignación.
–No importa lo que veas. Importa lo que crees. El amor nunca creyó en mi. Y ahora yo no creo en él. Esa es la razón de mi visión remota: convencerme a mí mismo de que el amor es un acto en vano. Esa fue su labor: ver cientos de fracasos, cientos de frustraciones. Sólo desilusión. Y ahora que estoy convencido, soy libre. Libre para hacer lo que la vida reservó para mí.
–Espera, dime antes qué fue lo que…
–Es irrelevante.
Me alejo del café dejando que Verónica pague la cuenta. Camino tranquilo, sin necesidad de escapar de nadie y de nada. Ni siquiera de mí mismo.
Me detengo frente a una librería y busco algún libro de Niemand. Veo que está Tiempo de Evolución y me las arreglo para dejarlo en algún lugar donde todos puedan encontrarlo. Quizás haya otros que necesitan respuestas claras de alguna ciencia. Saber qué se mueve dentro de uno, que genes increíbles esperan su oportunidad.
Tal vez seamos capaces de activar nuestros propios genes latentes. Quizás la muerte de Alejandra activó en mí la capacidad de ver más allá del presente. Un hombre que no ama, crea. Un hombre que es soledad, piensa.
Todo puede contribuir a la normalidad si así lo aceptamos. Podemos siempre encontrar una salida, si en verdad lo deseamos. Podemos inventar un mundo si nos rechazan. Vamos, nada es imposible. Sólo hay que aceptar los sacrificios, la pérdida y el dolor como algo propio de las cosas.
Camino durante una hora hasta mi departamento y siento la enorme satisfacción de alcanzar mi hogar sin que mis ojos se perdieran en el rostro de ninguna mujer.

Pablo Castro Hermosilla

Einherier 5.0

Por Pablo Castro Hermosilla

1.0
Anarquía. Caos y disolución.
La ciudad se llama Santiago. El país, Chile.
Mas, se trata de cualquier ciudad. Podría ser el pueblo donde naciste o la capital de un país que está en las noticias.
El caos es a veces una noticia en vivo y en directo o a veces, una fuerza invisible y silenciosa carcomiendo los cimientos, las bases de una nación.
Entropía, corrupción, desidia, injusticia, estupidez… Todo parece algo deliberado y siniestro. Alguien o algo está detrás de todo.
Creadores del cáncer social, diseñan metástasis en las zonas vulnerables del corazón, de la mente humana.
Les llaman sueños vivos. Neurofantasías de alta definición. Sistemas cyberorgánicos que emulan vivencias, imaginaciones, deseos ocultos… Simuladores de realidad sintética que atrapan a las mentes débiles, a las conciencias agotadas y sin esperanzas.
Los sueños vivos. La gente los compra en distintos formatos: pistolas lásers que cargan neuronas sintéticas, pastillas con proteínas de información, cultivo de células digitales para visores oscuros y viejas consolas de RV.
Por algo de dinero puedes introducir un sueño en tu mente y vivirlo como si fueras el protagonista de una película. Hay muchos sistemas, versiones distintas y actualizadas. Hay sueños que sólo te permiten vivir lo que un guionista ha escrito para sí. Hay sueños que puedes jugar en línea con otros soñadores. Hay paquetes especiales donde puedes modificar el sueño a tu voluntad y colocar patrones de comportamiento de gente que conoces. Puedes emular a tu mejor amiga muerta para que te acompañe en un viaje a un país distante. O sueños inteligentes que moldean tu entorno absorbiendo tus propias emociones y sentimientos. O bien puedes encargar un sueño específico donde te devuelven a la infancia o a ese momento que siempre has querido revivir, con las personas que en verdad te querían.
Todo sería soportable si no fuese por los sueños ilegales, lo sueños proscritos. Neurofantasías distorsionadas y con una moral desconocida. Sueños vivos que erosionan lo establecido, sin reconstruir nada. Sueños donde alguien le provoca un aborto a la mujer que amaba. Sueños donde alguien mata al sujeto que odia. Sueños donde cientos destruyen el país que no soportan. Sueños que atacan a la nación que tú amas.
Si durara un momento podrías aceptarlo. Si sólo fuese un sueño de vez en cuando…
Las neurofantasías son adictivas. Sumergen al individuo en un deseo del que la mente no puede escapar. Te vuelves adicto, te vuelves esclavo del sueño. Aunque no haya dinero, aunque destruyas tu propia vida no puedes vivir sin el sueño.
Si sólo durara un momento…
El dinero no es eterno. Los sueños deben recargarse. Y cuando los adictos deambulan en su desesperante realidad buscan transformarla, buscan convertir la realidad en sueño.
Y entonces matan al sujeto que odian. Destruyen el país que no soportan. Atacan a la nación que tú amas.
Eres capitán de la policía. Quince años de servicio. Muchos problemas, mucho combate en vano. Pero no te quejas. Entraste porque tenías vocación de servicio. Porque creías en lo que hacías. Dejaste de lado profesiones de lucro y una vida confortable, porque amas el país que se llama Chile. Has visto tantas cosas, tanta locura, que parece que nunca solucionas nada. Eres policía. hacías. Dejaste de lado profesiones de lucro y una vida confortable, porque amas el país que se llama Chile. Has visto tantas cosas, tanta locura, que parece que nunca solucionas nada. Eres policía. Orden y patria es tu lema. Tantas horas a pie por la ciudad, tantas noches lluviosas soportando el frío.
Y sin embargo te odian. Ves como se ha fomentado el odio a tu uniforme. Ves como algunos adictos te miran como lobos, acechándote, esperando un descuido para poder liquidarte.
Cinco meses atrás una pandilla de adolescentes ha acribillado en el suelo a tu compañero de unidad. Se llamaba Sergio Gutiérrez. Tenía esposa e hija, igual que tú. Treinta tiros en la espalda.
Conoces la pandilla. Son adictos al DeadPolice, Mataverdes o CopKiller, sueños donde tú eres el objetivo a matar.
La pandilla sale en libertad dos semanas después gracias a un abogado que factura diez veces más que tú.
Lo recuerdas todo. Lo analizas y no logras entenderlo. Manejas de noche en dirección a tu casa. Tu superior acaba de informarte que habrá una rebaja de sueldos. Cultura es más importante, más necesaria dicen los opinólogos.
Puedes ver como los adictos extienden sus fantasías en el mundo entero, en la ciudad donde habitas, en el país llamado Chile. Puedes ver como distorsionan las relaciones humanas, volviéndolas ajenas y los Puedes sentir como las leyes protegen a los criminales y liquidan a la nación. Queman tu bandera, cambian tus escudos. Destruyen tus héroes, postergan la vida. Puedes sentir como las leyes protegen a los criminales y liquidan a la nación.
Vas al cementerio de la policía y dejas una flores sobre en la tumba de tu compañero. Lloras en silencio.

2.0
Noviembre 15, 2056.
05:43 AM
Santiago-Este.
La Unidad de Contra-Informática decomisa miles de sueños vivos ilegales encontrados en el subte de una discoteca. La gente reacciona y ataca a los agentes. Llega la policía, pero algunos exaltados portan armas de fuego. El tiroteo es intenso y parece un antiguo video-juego, lo que excita a los sueño-adictos. Mueren tres policías. Hay más de veinte heridos. El gobierno decreta estado de alerta urbana y ordena clausurar las salas de neurofantasías clandestinas que bullen en los sectores donde un sueño vivo es aún algo…
La violencia surge como un cáncer alimentado por fuerzas extrañas y sin rostro. Santiago se vuelve campo de batalla. Los sueño-adictos no toleran vivir demasiado fuera de sus fantasías. Grupos de vándalos desalojan las tiendas de sueños emulando sus propios sueños y fantasías. Descubren que pueden extenderlas y llevarlas hasta límites inconcebibles. La realidad los excita, los vuelve en entes virtuales sin miedo y sin ataduras.
Adictos a Vandalik destruyen las casas comerciales y oficinas públicas. Adictos a Anarkia queman banderas y monumentos, destruyen estatuas de antiguos héroes nacionales. Adictos a Violator rasgan las vaginas y los traseros de mujeres en sus casas. Adictos a DarkPark y Urban Sniper disparan desde la oscuridad. Adictos a Sodoma buscan niños en las zonas marginales.
Una noche noviembre el caos y la violencia dejan a la policía incapaz de reaccionar. No hay efectivos suficientes y por tres días seguidos amplias zonas de Santiago se vuelven tierra de nadie. El gobierno declara estado de sitio y recuerda que tiene fuerzas armadas. Unidades del Ejército cubren las principales avenidas mientras los mantarrayas de la Fuerza Aérea apoyan desde el cielo con disparos certeros ahuyentando a la masa enloquecida y desbocada.
mientras los mantarrayas de la Fuerza Aérea apoyan desde el cielo con disparos certeros ahuyentando a la masa enloquecida y desbocada.
El gobierno está impotente, pero la Fuerza Aérea (Fach) y el Ejército ya ha hecho planes de contingencia, formando en silencio grupos de respuesta urbana. El Ejército y la Fach tienen experiencias después de múltiples misiones de imposición de paz bajo mando de la ONU.
Aparecen las primeras SA o Secciones de Ataque. Al parecer las fuerzas armadas están ya preparadas, acostumbradas a la entropía y estupidez de la sociedad civil. En menos de dos días, logran controlar la situación. Los adictos entienden que las SA no están para juegos. Comprenden que no tienen vidas extras para enfrentar secciones de ataque. Y que no hay sueños que las hayan concebido.
Todo vuelve a la normalidad. La mayoría de la población aplaude el accionar de las fuerzas armadas y respeta su autoridad. La población de Chile, por mandato histórico y racial, puede tolerar la corrupción y el mal gobierno, pero no el desorden. Los medios internacionales se sorprenden de este fenómeno y lo comparan con lo sucedido en Sao Paulo, Vancouver y Liberia.
Pero el saldo aterra al gobierno y a la clase política liberal. Hay más de 350 muertos, entre ellos 60 policías. Temen que en las próximas elecciones la gente desapruebe su accionar. Al parecer no han leído bien el momento histórico. Saben que sin la fuerza no hubiesen podido frenar la situación. Pero se ven abrumados por las hordas de opinólogos, sociólogos, grupos de derechos humanos y ultraizquierdistas que piensan lo contrario. Los atacan de reaccionarios, fascistas, asesinos, criminales y exigen justicia para condenar a las SA. Piden un plebiscito para sacarlos del poder. No quieren un estado militar y piensan que lo sucedido prueba que las fuerzas armadas no debieran existir.
Al final el gobierno cede. Manda un proyecto de ley al Congreso y éste lo aprueba inmediatamente. Surge la Ley 616 de contingencia urbana. Sólo la policía puede disparar contra los ciudadanos, pero con armas de corto calibre. Las SA seguirán actuando, pero sólo en caso de alerta urbana. No podrán dispararle a nadie menor de 17 años, no importando si se trata de terroristas, vándalos comunes, criminales o simples ciudadanos.
La ley no gusta a nadie y siguen los problemas. Aparecen los sueños donde despedazan a las SA. Las Fuerzas Armadas buscan que sean ilegales, pero nadie los escucha. Todos tienen derechos a soñar que los maten, dice un opinólogo en tv neural.
Ves ese programa: sientes la rabia y la desilusión. Es el peso de la noche que se traga la verdad y extiende la mentira. Es el manto oscuro que cubre los hechos inmediatos y disuelve el pasado distante. Sabes que en poco tiempo nadie recordará a tus camaradas muertos. Sabes que no habrá monumentos a esos caídos. Sabes que nadie recordará el accionar de las SA y su responsabilidad histórica. La misma responsabilidad que sentiste desde niño, la responsabilidad que a nadie le gusta asumir, que todos quieren olvidar, la responsabilidad disuelta en una maraña infinita de derechos de miles de ciudadanos que no aceptan sus deberes y que mandan a otros para que se hagan cargo de ellos, los mismos ciudadanos que después no toleran el olor a sangre en sus uniformes.
Un rumor llega a tus sentidos. Las SA están escasas de personal. La reducción de personal en la Fach y también en el Ejército hace imposible mantener un servicio extra de apoyo a la policía en la lucha urbana. Recuerdas las leyes aprobadas para transformar los ejércitos en fuerzas espectrales, en virtud de los nuevos escenarios de combate: guerras infoneurales, ataques furtivos, centros de bio-información, etc. Escenarios donde el campo de batalla no necesita grandes contingentes y unos pocos pueden producir igual daño.
La policía decide trasladar gente experimentada a la Fach. Se puede renunciar al servicio y formar parte de las filas de la Fuerza Aérea, pero eso significa perder parte importante de tu jubilación. Lo discutes con tu mujer y le dices que siempre serás policía, pero que las fuerzas armadas son el último refugio que le queda al país. No lo entiende, pero ya lo tienes decidido. No te importa el dinero o las asignaciones. Sientes que el policía que solías ser murió la noche de noviembre. Y ahora quieres renacer como algo nuevo.
Ingresas a la Fach. El entrenamiento es intenso y por momentos crees que no lo vas a lograr. Te instruyen con tácticas de lucha urbana. Te dicen cómo moverte en ciudades semi-destruidas, a discriminar blancos, a saber descubrir cuándo o quién te acecha. Te enseñan a disparar con armas de largo alcance. Te enseñan a usar sistemas de combate que nunca has visto: fusiles de alta precisión, visores de proximidad. Te sumergen en sueños vivos donde vuelas hacia un foco de lucha y desde el aire debes liquidar a tus enemigos. Sueños donde estás bajo fuego y debes reaccionar con rapidez, mientras decides las acciones certeras a seguir. Cumples de forma extraordinaria y bates cada vez tus propias marcas. Tu rango de capitán de policía te da autoridad y te asignan cuatro hombres, policías igual que tú:

Gustavo Valenzuela: 31 años. Teniente.
UCI, Inteligencia, Experiencia de lucha callejera.
Separado, sin hijos.
Tu brazo derecho. Leal y decidido. Futuro líder de sección.

Rodrigo Sáez: 28 años. Sargento.
Miembro de Operaciones Especial. Zona Norte.
Soltero.
Un verdadero soldado. Capaz de acertarle a un tipo desde dos kilómetros de distancia.

Juan Escalona: 26 años. Cabo Primero.
Sector Oriente.
Soltero.
Antes que le des una orden ya la ha cumplido.

Francisco Hernandez: 24 años. Cabo Segundo.
Sector Centro.
Casado, un hijo.
Lo miras y te ves a ti mismo. Es joven, lleno de entusiasmo. Aplicado, valiente. Aprende rápido.
Todos se reflejan en él. Todos lo cuidan. Sabes que en el futuro soldados como él, serán escasos y necesarios.

Esos son los hombres a tu mando. Toman nombres claves que serán sus distintivos, siguiendo la tradición de la Fach: Vectra, Siegfrid, Exel, Husar. Junto a ti son ya la Sección de Ataque Aerotransportada 505 o SA-505.
Te sientes parte de algo grande, como cuando eras niño y algo inmenso latía dentro de ti. Eres el capitán Emilio Enríquez. Líder de la SA.
Eres Einherier.

3.0
Desde el cielo puedes ver tu nuevo hogar.
La Fach te asigna a Arauco-1, la base del escuadrón Luftwaffe, que alberga a cinco secciones aéreas. La base está situada al sur de Santiago. Las mantarrayas vuelan a gran velocidad y pueden alcanzar su objetivo en cinco a diez minutos.
Arauco-1 es una base pequeña, acondicionada para albergar a las SA. Sin embargo, el gobierno ha colaborado para construir un lote de departamentos dentro de la base, pues es preferible que en caso de emergencia extrema estén todas las secciones y no sólo por turnos.
Es ideal, pues no sólo estás lejos de Santiago sino que además muy cerca existe una pequeña comunidad que dispone de todos los servicios de la gran exxEs ideal, pues no sólo estás lejos de Santiago sino que además muy cerca existe una pequeña comunidad que dispone de todos los servicios de la gran ciudad. Hay un colegio para tu hija y la posibilidad de un trabajo para tu esposa. Toda el área es una zona tranquila, donde sabes que habrá seguridad para tu familia.
Tu sección sobrevuela Santiago en turnos preestablecidos. La sensación es increíble. Nunca ha sentido tanta ansiedad, tanto estremecimiento como cuando atraviesas el cielo nocturno de Santiago la ciudad. Aunque las noches se han calmado un poco, igual sientes algo inmenso, potente cada vez que sobrevuelas la ciudad junto a tus hombres.
Alerta Urbana. La policía descubre el escondite de un guionista de sueños vivos ilegales. Un par de tipos armados lo protege. Seguramente trabaja para algún cartel que distribuye los sueños en las salas de simulacros que abundan en los barrios bajos o bien las vende directamente.
La policía inicia la redada y se trenza a tiros con los delincuentes. Estos suben a un auto, y dejan atrás a los policías. El coche vehículo avanza rápido pero antes de tomar una vía rápida el mantarraya desciende y bloquea la huída. Bajas con tus hombres y avanzan hacia el vehículo.
Uno de los tipos dispara su M-66 desde la ventana. Grave error. Todos arriba del auto superan los 17 años. El auto hace un giro pero ya es tarde. Húsar abre fuego y les destroza los neumáticos. Los hombres salen del auto en distintas direcciones, pero Exel y Siegfrid les cierran el paso, con sus fusiles apuntándoles. El tipo de la M-66 cae herido. El guionista va hacia él y toma su arma. No se da por vencido y trata de recargar el M-66. Te cercas a él, con la mira láser en su cuerpo.
–Vamos, hazte un favor y dispárame –le dices, con el fusil sin apuntar.
El hombre duda y cree poder ganar. Ha matado SA antes en los nuevos sueños vivos y no siente que ahora sea distinto. Pero tiene miedo. Si falla, no tendrá otra sesión de sueño para superar ese nivel. Lo sabe. Y ahora es cuando el frío de la noche alcanza su piel y se le mete por los poros.
–¿Eres el guionista? –le preguntas.
–La realidad dura una sola vez, ¿verdad?
El tipo bota el arma. Tus hombres reúnen a los otros delincuentes y los tiran al suelo, con las manos en sus espaldas.
–¿Cómo te llamas? –le preguntas.
–Gabriel Castell
–No. Tu otro nombre. El que usas cuando firmas tus sueños.
-No… no tengo por qué decírtelo.
Vectra le coloca una pistola en la sien.
–Este no es tu sueño. Es la realidad. Y yo pongo las reglas. O me dices tu nombre o te vuelo los sesos.
El tipo sabe que no podrían matarlo, de acuerdo a las leyes, pero ya nada existe en ese momento.
–Me dicen Cuervo.
Tu cuerpo se pone rígido. Tus manos apretan el fusil. Cuervo, el guionista de sueños mata policías. Los adictos que mataron a tu compañero.
–Arrodíllate. Vectra, Exel, las manos.
Te acercas y sacas tu corvo. Colocas el filo en una muñeca.
–¿Digitas con una o mejor te corto las dos?
–Por favor, no me cortís las manos… – aúlla.
–Entonces elige.
–No, no, no me cortís… ¡Perdónenme!
Lo agarras del pelo y enfrentas su rostro.
–Deja de diseñar porquerías, porque si te vuelvo a pillar en la realidad te cortaré todo lo que tienes. ¿Me oíste?
Lo sueltan y lo juntan con el resto. Minutos después llega un vehículo de la UCI. Se bajan dos agentes y se te acercan.
–Buen trabajo –dicen.
–¡Milico culiados, me iban a cortar las manos! –gritan desde atrás.
–¿Qué le pasa?
–Nada. Debe estar soñando. ¿Sabe quién es?
–No.
–Un asesino de policías.

Vuelves a la base. Tus hombres ríen y conversan entre sí. Los espera el hogar, sus seres queridos. Esta noche han dado un buen golpe y el descanso sabrá distinto.
Pero cuando entras a casa encuentras a tu mujer llorando. No entiendes qué pasa. Le preguntas qué ocurre, pero la mujer no puede hablar en medio del llanto histérico y desesperante.
–¡La violaron! –grita de pronto–. ¡Violaron a tu hija!
Logras calmarla y te cuenta cómo ocurrió, aunque ya lo sospechas. Vas entonces a la pieza de Ignacia y está durmiendo. Te quedas mirándola, pensando en qué vas a hacer. Mientras eso ocurre sientes que te vuelves nada. Sientes otra vez la inutilidad de la vida. De tu propio trabajo.
La violaron…
Le das un beso con cuidado para no despertarla. Luego vas a un velador y sacas tu pistola no reglamentaria. Te quedas toda la noche con ella, pensando, mientras el ruido de los mantarrayas se introduce en tu mente.
Por la mañana recibes un mensaje por canal neural.
–Einherier. Preséntese a líder de escuadrón.
Le dices a tu mujer que duerma. Ella te mira cómo si no fuese capaz de proteger nada de lo que te rodea. Tú también lo sientes así. Sales del departamento y caminas hacia el puesto de comando. Ves salir una SA a bordo de un matarraya volando hacia Santiago. Deseas más que nunca ir con ellos.
Tocas la puerta y entras. Menasor está sentado detrás de un escritorio.
–¿Quería verme coronel?
–Siéntate, Emilio.
El coronel Meneses es alto, pelo al rape y un cigarro en la mano. Ha estado en numerosos combates, en las antiguas operaciones de imposición de paz. Es un hombre valiente, duro y despiadado: el prototipo de lo que debe ser un comandante a cargo de un escuadrón de SA.
–¿Cómo está tu hija?
–Durmiendo. Pero no sé qué le voy a decir cuando despierte.
–Tu mujer dio aviso y requisamos el sueño. ¿Dónde lo compraste?
–Lo encargamos vía red. Era un simulador para aprender francés básico. Petit Francais, versión 2.0. Ignacia llegaba del colegio y lo cargaba sola. A la hora de once se ponía a recitar cosas en francés. Une table… le pain… le fromage. Lo hacía muy bien.
–Sé por lo qué estás pasando. Cuando estuve en el Caúcaso, vi cómo violaban a mujeres y niñas frente a mí sin poder hacer nada.
–Coronel, esto no es el Caúcaso. Tampoco Angola, ni Kachemira. Es Santiago. Chile. ¿Cómo vamos a dejar que violen a nuestras familias así no más?
–Tú cumples un trabajo que trata de terminar con eso. Ahora esta situación te pilló fuera de tu casa y a lo mejor tu mujer piensa que podrías haberlo evitado.
–¿Y qué podría haber hecho yo? La niña cargó el programa, apareció la maestra digital que se convirtió en un tipo que comenzó a golpearla y penetrarla por detrás. Fue lo que la niña le contó a mi mujer. Pero no sé qué otras cosas le habrán hecho.
–Mira es mejor que no los sepas. Trata de olvidar el asunto. Sé que es difícil, pero tienes un trabajo que debes hacer con mucho cuidado.
–¿Qué quiere decir?
–Vamos, Emilio, ¿a quién engañas? ¿Crees que no sé lo que estás pensando? Quieres que llegue un alerta urbana lo más rápido posible y sacarle la cresta al primero que encuentres. Ojalá un sueño adicto. O mejor todavía, exx–Vamos, Emilio, ¿a quién engañas? ¿Crees que no sé lo que estás pensando? Quieres que llegue un alerta urbana lo más rápido posible y sacarle la cresta al primero que encuentres. Ojalá un sueño adicto. O mejor todavía, un diseñador, un guionista. Si tuvieras enfrente al tipo que diseñó la violación de tu hija que infiltró su sueño lo mataría sin pensar. ¿Cierto?
–No lo sé.
–Ahora no, ¿pero y en el momento en que lo tengas frente a ti?
–No sé… bueno quizás lo mataría.
–No puedes dudar, Emilio. Ese es el punto. Y me preocupa. Porque no tenemos mucha gente y no puedo permitir tener a un líder de sección que pierda el control frente a sus hombres. Estamos en una guerra que nadie quiere reconocer y no tenemos la iniciativa. No es mucho lo que podemos hacer y tú lo sabes. Nadie nos va a ayudar, nadie va a hacer campaña por nosotros. Lo único que tenemos es a nosotros mismos. Por eso quiero que te mantengas con la moral en alto. Tú y tu sección. Y que controles tus impulsos. Fuiste un buen policía, pero ahora eres militar. Un soldado. Y acá no somos asesinos. Somos secciones de ataque. ¿Entiendes?
–Sí coronel. No se preocupe. No voy a manchar este uniforme.
–Bien. Ahora escúchame. Hay una persona que he asignado para que investigue lo que pasó con tu hija. En realidad la pedí personalmente porque la conozco y sé lo capaz que es.
–¿Inteligencia está investigando?
–Sí. Creen que el diseño vino de algún tipo escondido quién sabe dónde. De seguro un maricón que se cree especial imaginando y diseñando porquerías. Si fuera por mí lo mataría inmediatamente, sin compasión.
Piensas que tú también lo harías, si supieras quién fue. Sientes que la duda sigue sobreviviendo dentro de ti.
–Pero no son ellos exactamente los que van a encontrar al guionista o diseñador o cómo se llame. Hay otra gente trabajando ya en esto. ¿Has oído hablar de Los Espectros?
–Sí.
Los Espectros. Nadie sabe mucho de ellos. Se supone que son la sección especializada de las Fuerzas Armadas en el combate de sexta generación: infiltración de centros de comando y control, ataques furtivos a los sistemas de inteligencia artificial, destrucción de puntos neurálgicos, tácticas de bio-informática, control de conciencias emuladas… toda una zona de combate invisible pero en permanente conflicto.
No se conoce mucho sobre la identidad de Los Espectros, pero hay rumores que se trata de mentes emuladas en ambientes digitales. Mentes de oficiales ya muertos o bien en estado de suspensión neural permanente. Los norteamericanos usan fetos que cultivan en órbita para entrenarlos en combates de bio-redes. Quizás son puros rumores y se trata de personas comunes y corrientes entrenadas para el combate de sexta generación.
–No es fácil que Los Espectros hagan este tipo de trabajo porque están siempre en modalidad de combate, pero uno de ellos se dará el tiempo de trabajar en esto. Se llama Minerva. Es una de las mejores oficiales de rastreo y búsqueda. Te ayudará a encontrar quién fue el tipo que infiltró el sueño.
–¿No daremos cuenta a la UCI?
–No, esto lo llevaremos nosotros. La UCI está lenta y abrumada por los reglamentos.
–¿Dónde encuentro a Minerva?
–Ella te encontrará. Pero no esperes verla. Los Espectros casi no existen en la realidad.

4.0
Durante varios días esperas el llamado de Minerva.
A tu sección le dan unos días de descanso. Aprovechas de estar con Ignacia, pero la niña no habla, y sus ojos están fijos en algo que tú no puedes ver. La llevas al psicólogo de la base, pero no hay demasiado progreso. Tendrá no puedes ver. La llevas al psicólogo de la base, pero no hay demasiado progreso. Tendrá secuelas permanentes. ¿Cómo explicarle a una niña que lo sufrido no fue real? ¿Cómo explicarle que sólo lo bueno es real y lo deforme un sueño?
No tienes respuesta. Sabes que necesitarás de mucho tiempo para que sane esa herida. En ti y en tu hija. En todos.
Pero en medio de los vuelos de reconocimiento, de las noches sin turno, te preguntas qué sentido tiene encerrar a criminales y violadores, cuando un tipo puede destruir la vida de tu hija a distancia, sin necesidad siquiera de salir de su casa.
Te preguntas cómo combatir eso. Te preguntas si tiene demasiado sentido.
Desde el mantarraya se pueden ver las luces de la ciudad como una galaxia, expandiéndose y alcanzado la oscuridad. Pero sientes que es al revés. Es la oscuridad la que se mantiene ahí, en silencio, esperando el momento.
–Sección de Ataque A505, este es Arauco-1, cambio.
–Arauco-1 este es SA-505, cambio.
–Diríjanse al cuadrante K16, Santiago-Oeste. Policías bajo ataque, repito, policías bajo ataque.
–Enterado Arauco-1, este es SA-505. Vamos hacia allá.
El mantarraya zumba y sus hélices silenciosas susurran en la noche sin viento, en dirección oeste. El piloto inicia los sistemas furtivos y un par de minutos después alcanzan el objetivo.
Es un antiguo barrio de Santiago-Oeste, la parte más afectada por el terremoto del 2040. Sus edificios bajos y grises parecen ruinas de bombardeo. Es territorio de nadie hasta que sin previo aviso llegan las pandillas de tecnokupas a someter los escombros.
–Exel, termográfico. Enfoca a la patrulla.
En la pantalla aparecen fantasmas de colores vivos en medio de un azul oscuro y vacío. Una llamarada emerge incesante, mientras a pocos metros unos tonos rojos y amarillos forman una figura humana desplomada sobre sí misma.
–Escáner médico.
El hombre se mueve con dificultad sobre la calle mientras en la pantalla las líneas de la vida forman pequeños montículos, moviéndose lentamente.
–Arauco-1, tenemos patrulla incendiándose. Oficial muerto dentro de ella. Oficial herido necesita ayuda. Solicito neutralización de posibles blancos hostiles, repito, solicito neutralización de posibles blancos hostiles.
–¿Cuál es el estado del oficial vivo?
–Contusiones múltiples, heridas de balas en la pierna, brazo y cadera.
Estado crítico.
–¿Edad de los blancos?
–No lo sabemos. No hay rastro visible de ellos.
–Desciendan e investiguen. Rescaten al oficial. Silencio de fuego, repito, silencio de fuego. Esperen confirmación de atacantes.
El mantarraya gira sobre sí mismo y busca un lugar protegido. Desciendes con tus hombres y preparan sus armas.
–Ya saben, silencio de fuego. Avancen por la calle hacia la patrulla. Siegfrid, Vectra, primero. Húsar, tu conmigo. Vamos.
Avanzan por la calle en dirección a la llamarada que ilumina la oscuridad del sector. La calle desemboca en un pasaje rodeado de edificios bajos, de no más de cuatro pisos.
–20 metros. Capitán, no veo nada –dice Sigfrid.
–¿Manta, que ven?
–Nada capitán.
–Bien. Siegfrid, Vectra, saquen al policía. Arrástrenlo hacia la pared de ese edificio.
–Comprendido.
Los hombres avanzan hacia la patrulla con los fusiles en alto.
Ráfagas de disparo.
–¡Emboscada, emboscada! –grita Exel
–¡Emboscada, emboscada! –grita Exel
Un hombre cae al suelo. Vectra.
–Le dieron, le dieron.
–¡Mueran milicos fascistas! –se escucha desde algún lugar.
Ráfagas… Gritos de júbilo.
–Vectra, Siegfrid, retrocedan.
Siegfrid se incorpora y toma del brazo a Vectra.
–Arauco-1, tenemos oficial herido de la policía bajo fuego. Solicito permiso de netralización.
–Confirme edad e identidad de los atacantes.
–¡Están en las ventanas de los edificios!
–¡Exel, que ves!
Optrónica de alta densidad.
La visión cruza los muros derruidos por la humedad, el polvo en suspensión y alcanza la piel. Capta los píxeles de colores. La visión se aleja para ver el tatuaje. La calavera negra y roja de un feto atravesado por una cuchilla, rodeada de un rápido nombre:
Deadheads
–Capitán, son Cabezas Muertas.
Cierras los ojos.
Los Cabezas Muertas usan adolescentes como vanguardia de combate. Sus cabecillas los dirigen a distancia. Quienes te disparan no tienen más de 17 años.
No podrás disparar.
–Arauco-1, este es SA-505. Ninguno de los atacantes supera los 17 años. Solicito permiso de neutralización.
–Negativo. Repito, negativo. Rescaten al herido y salgan de ese lugar.
–Arauco-1, imposible rescatar al herido. Estamos bajo fuego, repito estamos bajo fuego.
–SA-A505, conserve su posición y espere refuerzos. Unidades de la policía se dirigen al sector. Mantenga su posición.
–¿Tiempo estimado de llegada?
–Veinte minutos.
–¿Veinte minutos? ¡Capitán, van a hacer mierda a Vectra en cinco minutos!
–Arauco-1, tenemos hombre seriamente herido en la línea de fuego. No podemos evacuarlo y está bajo fuego. Si no neutralizamos a los atacantes estará muerto.
–SA-A505, conoce la situación. No puede hacer fuego a menores de 17 años. Mantenga su posición y espera los refuerzos.
–¿Están cagados de la cabeza?
–Siegfrid, silencio.
–¡Están matándolo! ¡Lo están matando como si fuera un juego, esos hijos de puta! –grita Exel.
–Capitán, tenemos que responder –dice Vectra. Notas que tiene una voz distinta.
–Los voy a liquidar. Puedo verlos. Un disparo más y los liquido a todos – Siegfrid no deja de apuntar.
–Siegfrid, ¿qué cresta estás haciendo? Si disparas te retirarán del servicio.
–No me importa. No dejaré que maten a ese hombre.
Una disparo hace estallar el lector de audio y se incrusta en la pierna del oficial. Se escucha un grito.
–¿Qué hacemos? –Pregunta Húsar.
Las llamas se han ido apagando y una tenue lluvia comienza a caer. El policía sigue desplomado y ya casi no se mueve.
–No creo que sobreviva –apunta Vectra.
Desde el otro lado se escuchan gritos.
–¡Vengan milicos de mierda! ¡A ver si son tan valentones los hijos de puta!
–Capitán…
Otro disparo. Ahora el grito es ahogado, casi con rabia.
No sabes qué hacer. Tienes ahí un tremendo poder en tus manos, equipo que vale casi millones y no puedes usarlo. Sólo esperar a que llegue la policía que sí puede disparar. Pero tienes claro que apenas aparezcan los Cabezas Muertas se esfumarán buscando otros escombros donde pasar la noche y dispararle a la nada.
El policía sigue aún vivo y desde el mantarraya monitorean sus signos vitales.
El policía sigue aún vivo y desde el mantarraya monitorean sus signos vitales.
–Manta, ¿cómo sigue el oficial?
–Grave, capitán. Espere, creo que dice algo.
–Retransmite.
Todos se mantienen alerta.
–Salgan… de… a… quí.
Otro disparo.
–¡Conchesumadres! –Grita Siegfrid.
Entonces ves a un Cabeza Muerta, casi un niño, avanzar con una molotov en su mano. Se acerca sonriente al cuerpo del policía. Le lanza una patada y luego su brazo hace estallar la botella ardiente en todo su cuerpo. El policía se retuerce en el suelo, aullando, mientras se escuchan gritos de júbilo y disparos. Luego todo queda en silencio.
Observas la escena, el cuerpo ya inerte del policía que se hace borroso a pesar de no llueve.
Minutos después una patrulla llega al lugar.

Vuelas en silencio hacia Arauco-1. Observas el rostro de tus hombres y puedes ver la amargura e impotencia convertidas en silencio.
–Maldita ley… maldito Congreso.
–Calma Siegfrid. Esa es la democracia. Que no te sorprenda si después nos quitan las armas –dice Vectra.
–A la mierda la democracia. Capitán, ¿vamos a quedarnos así, viendo cómo nos matan?
No sabes qué responder. Sabes que no hay posibilidades de cambiar las cosas. Sabes que el cáncer jamás se cura, sólo se pospone, con medicamentos inútiles: Policías, UCI, SA. Nunca serán suficientes. La enfermedad está ya demasiado extendida, demasiado protegida para causarle un daño quirúrgico.
¿Entonces qué queda por hacer? ¿Qué sentido existe para seguir luchando?
Una voz te trae una respuesta. Penetra en tu canal neural privado, rompiendo tus barreras de protección. Sabes quién es. Sabes quien puede penetrar así, como un espectro.
-Einherier, soy Minerva. Coordenadas 4-5-67. La policía va en camino. Necesitarán el apoyo de tu SA.
Miras a tus hombres, desmoralizados. Piensas en el cuerpo de ese policía, sin vida, sin forma buscando una respuesta. Recuerdas a Sergio. Piensas en Ignacia.
–Piloto. Fija nuevo rumbo a estas coordenadas.
–Pero volvemos a la base.
–Aún no. Hay trabajo que hacer. Vectra, Exel, Siegfrid. Preparen armas.
Los hombres se sorprenden por unos cuantos segundos, pero pronto vuelven sus rostros serenos, los rostros del deber que de tanto en tanto ves en alguna esquina de tu ciudad.

El sueño termina. La versión 4.0 se eclipsa.
–¿Qué te pareció? –Le pregunto, a través del canal neural.
–Extraño. Me sentí como si fuera yo.
–Bueno, pero si eres tú –le digo.
–Es un decir.
Se levanta y sacude la cabeza. Después del retiro las cosas siguen existiendo, piensa y yo capto ese pensamiento, con dos minutos de retraso.
–Es extraño sentirse uno mismo después de tanto tiempo –dice.
Después del incidente con los Cabezas Muertas tuvo que abandonar la Fach. Estuvo en prisión cinco años y en ese tiempo pensó mucho en todo lo ocurrido, en todo lo que estaba pasando. Los sueños ilegales eran casi invencibles; nadie los combatía en la realidad. ¿Y por qué no entonces combatirlos en su propio territorio, con sus mismas cartas?
¿Por qué la gente no podía sentir ni vivir lo que él estaba pasando? Quizás si alguien se metía en la vida de un policía juzgaría mejor sus convicciones. Si todos viviéramos las vidas de otros, comenzaríamos a entender nuestros propios errores, creía.
Fui yo quién se lo sugirió, aunque la idea rondaba en Fach desde hacía tiempo. Pero siendo su caso emblemático, de conmoción nacional, sería bueno errores, creía.
Fui yo quién se lo sugirió, aunque la idea rondaba en Fach desde hacía tiempo. Pero siendo su caso emblemático, de conmoción nacional, sería bueno presentar otra perspectiva, más personal que juegos como NATIONAL STATE 3.0, FRENTE INTERNO 2.3, HUSAR 4.0, o FRONTLINE 5.0.
Diseñar un sueño vivo, a partir de una experiencia vivida no es tan difícil cuando es tan intensa o tan significativa. Por eso creí que era mejor mostrar la cosa poco a poco. Una versión progresiva de los hechos tras otros. Unos fragmentos de vida.
EINHERIER 1.0 había llamado la atención de varios soñadores y tanto las versiones 2.0 y 3.0 dejaban en claro hacia donde iba el sueño. Bueno, en realidad hacia dónde va, pues no todo terminó ahí después que le envié la posición de Sade, el diseñador-guionista que había violado a su hija.
La versión 4.0 era acaso la más difícil pues no reflejaba la realidad de lo que había ocurrido. Es una frase curiosa tratándose de un sueño vivo, pero creo que era un secuencia muy fiel a lo que pudo haber pasado.
–Creo que igual ha quedado bastante bien. Pero hay todavía hay mucha gente que espera una versión 5.0 o 6.0 donde por fin liquidan a los Deadheads. He rastreado esa parte de tu memoria. Aún es una imagen muy viva.
–No habrá necesidad. Cada vez que termine la versión 4.0 sentirán esa rabia inmediata, pero después se calmarán. La rabia se volverá entonces pensamiento y el pensamiento convicción. Y cuando llegue el momento, cuando la lucha sea abierta y completa, todos ellos serán como Einheriers luchando por salvar este país. Combatiendo a las fuerzas de la disolución. La lucha se dará en la mente, como ha sido siempre. Pero tú ya lo sabes ¿verdad?
–¿No quieres que diseñe lo que realmente pasó esa noche? Digo, si no piensas aún emularla de tus recuerdos y quieres revivirla.
–Me parece que el dolor no se olvida. Y es más real cada vez, aunque difuso. Quizás por eso duele tanto. Quizás en la versión 5.0 puedas diseñarlo de esa forma: como un recuerdo fragmentado, que te alcanza de distintas formas, de distintos lugares. No una imagen directa. Sólo una sensación de cómo fueron las cosas. O de cómo uno las siente y recuerda.
Ignacia lo sorprende cerrándole los ojos. La joven es extrañamente silenciosa. Gracias a un programa de disolución mnemotécnica ha podido olvidar por momentos lo ocurrido. Pero su silencio es especial. Quizás llegue a ser un espectro como yo.
Los dejo solos y me alejo de su mente. Vuelo a través de las corrientes invisibles hacia alguna zona de combate.

5.0
–Arauco-1, solicito permiso de netralización.
–Negativo, no pueden disparar.
El Deadhead caminando, con su sonrisa joven, ya distorsionada. La molotov en su mano. El fuego consumiendo al policía y sus gritos sin esperanza.
–¡Vectra, Siegrid, Exel! ¡Prepárense a disparar! Neutralicen objetivos. A mi señal.
–Capitán, pero…
–Yo asumo la responsabilidad.
–¡Al fin! Estoy con usted Capitán. ¡Vamos Exel!
–¡Abran fuego! A la mierda la ley 616.
–A la orden líder. ¡Vamos Sección de Ataque, disparen a matar!
Seleccionaron sus blancos. Luego los fusiles de pulsos hicieron fuego: dos, tres, cinco, diez cuerpos silenciados.
–¡Nos disparan, nos disparan!
Luego todo terminó.
Los SA corren ahora hacia los edificios para registrar los cuerpos.
Un cuerpo joven, agonizando.
Un cuerpo joven, agonizando.
El niño estaba envuelto en una angustia terrorífica, en una inmensa sensación de desamparo. Su cuerpo se agita, con desesperación.
Te acercas y le tomas la mano.
Los Cabeza Muertas eran sólo niños indefensos, niños que habían llegado demasiado lejos. Nadie les había advertido, nadie les había dicho la secuela más dura de los sueños vivos:
El miedo primitivo y humano a la realidad.

Pablo Castro Hermosilla