Alucinaciones.TXT: Impresiones personales

¿Qué puedo decir de este libro? Todo y nada a la vez. Todo, porque conozco la mayoría de sus detalles y recovecos. Nada que sirva para dar una dimensión real. Es que la cercanía me hace pensar que lo único que escribiría es un reflejo paralelo de su verdadera dimensión.

Una antología de esta naturaleza siempre ha estado en el aire. Desde los años 1980’s que se viene hablando sobre poner en firme a los autores del instante en el género fantástico chileno. Lo intentó Andrés Rojas-Murphy en 1989, pero su enfoque, al igual que Años-Luz (2006), fue abarcar todos los períodos históricos y no ser un testimonio con relatos inéditos de lo que había en el momento. Por eso, Alucinaciones.TXT es una evolución en las antologías de género en Chile: la misión ya no es ser un historiador o arqueólogo, sino tomar una cámara fotográfica y hacer click en el aquí y ahora. Continúa leyendo Alucinaciones.TXT: Impresiones personales

La Críptica Ciencia Ficción

por Luis Saavedra V.

Cuando era más joven –o menos viejo, como algunos me han sugerido–, me jactaba de poder expresarme de manera académica y culta con una pobre agilidad mental y un lenguaje muy poco floreado y en forma alguna culto. Una vez que me di cuenta de ese defecto intenté durante mucho tiempo subsanar esta falencia leyendo a los grandes pensadores como Hegel y Kant, y sus devaneos titánicos entre el ser y el no-ser. Sin embargo, en esa desigual lucha salía triste y angustiado, sin haber sacado en conclusión nada sino dolores de cabeza. Creía, a veces –en esas rondas de depresiones tan características–, que mi entendimiento era tan corto que me consideraba un poco por debajo de la escala evolutiva. Como siempre, la duda es terrible… Con el tiempo aprendí a diferenciar las frases aparentemente lacónicas de estos intelectuales, llenas de oscuras referencias, y a notar una fuerte tendencia que muchos de ellos, a través de 200 años de existencia del mundo contemporáneo, han ejercido: el amor a lo críptico.

Efectivamente, los intelectuales caen enamorados frente a adjetivos, adverbios y sustantivos como ortodoxos que dificultan el entendimiento, así como de las metáforas de alto vuelo que son difíciles de visualizar. Quizás es debido en parte a que la acumulación del conocimiento ha requerido de neologismos que, con la rapidez con que se acumulan, el hombre común no ha tenido el tiempo de digerirlos antes de la próxima hornada de términos, por ejemplo en la ciencia. Pero mi certidumbre es que nuestra sociedad rinde culto a quien logre confundir la razón con palabras poco tópicas, diciendo en su dialéctica poco y nada con mucho.

Ejemplar de esta naturaleza ha sido Jean-Jacques Rousseau, reverenciado en la civilización occidental por la profunda influencia de su pensamiento, pero que en la práctica era un mentiroso compulsivo y casi nulo como ente político, y sólo hoy nos venimos a dar cuenta debido a la magnífica filigrana retórica que construyó a su alrededor. Otro tótem que hemos entronizado es Jean-Paul Sartre, el gran existencialista, que sufría de una verborrea hasta el límite de que se le reverenciara por ello –como un antiguo rey se rodeó de una corte siempre dispuesta a escucharle–, y si bien tuvo el privilegio de denunciar la insubstancialidad del hombre no dejó ningún cuerpo de doctrina ni verdad luminosa como para merecer la honra de tantos. Todo esto, y muchos otros ejemplos más, me ayudan a describir la base de mi teoría: la ciencia ficción es críptica.

Por definición ya es casi imposible delimitarla sin hacer uso de teorías sociales y literarias para iniciados. En fin. Pero concretémonos:

El carácter críptico incomprensible no responde casi nunca a la hondura o dificultad real del pensamiento. Depende del uso de términos abstrusos, de neologismos o ‘términos’ en vez de palabras de la lengua viva, que tienen que ser definidos –y no lo son o muy imprecisamente–, con lo cual los textos resultan escritos en un alfabeto desconocido. Por eso son incomprensibles, aunque en su contenido sean triviales, como es ininteligible un anuncio de aspirina en caracteres que no podemos leer.

La cita corresponde a Julián Marías, miembro de la Real Academia Española de la Lengua, y pretende expresar, básicamente, que no es culpa del concepto la incomprensión sino la representación que se hace de éste. Análogamente, en la ciencia ficción podemos encontrar muchos e indicadores ejemplos de esto; uno de ellos son las novelas de ciencia ficción dura y su sobreexplotación de términos científicos y técnicos, cuya función se dirige a la necesidad de establecer un marco altamente probable para la trama, pero si bien fomentan ese apego a la realidad también la confunden a quien asiste a estos esfuerzos, su abuso es contraproducente en el ambiente de la novela. En Mundo Anillo, de Larry Niven, se introducen términos como “terminátor” y “Roseta de Kemplerer” que se nos revelan a través de la trama y resultan, la mayoría de las veces, gratuitas, pero que parecen complacer una secreta tendencia del autor para demostrarnos cuánto sabe de ciencias duras. Por otra parte, se nos brindan las explicaciones correspondientes al término pero el remedio es peor que la cura, una “Roseta de Kemplerer” es como sigue: “Se cogen tres o más masas iguales. Se sitúan en los vértices de un polígono equilátero y se les dan velocidades angulares iguales respecto a su centro de masa.” La gratuidad de la palabra no queda anulada con la explicación, en cambio, la explicación queda anulada por sí misma, se vuelve gratuita cuando resulta más críptica que la palabra. Los efectos gratuitos brindados al lector entorpecen el objetivo mismo de la novela, haciéndola difícil y elitista. No, a una película no la hacen los efectos especiales.

En el seno de la actividad que genera la ciencia ficción –o fándom, cayendo en el juego–, también vemos esta misma inclinación. Aunque en Latinoamérica sólo seamos herederos de las convenciones del Norte y, creo, nos llegan más inofensivas, en general, tendemos a demostrar nuestra encriptación encerrándonos en un lenguaje de redefinición de nuestras actividades ligadas al género. Una publicación de aficionados es un “fanzine” y una columna de correspondencia es una “lettercol”. Estas convenciones de la lengua sólo sirven al entorpecimiento de las comunicaciones entre nosotros y la corriente principal, generando un ghetto autoimpuesto.

Vamos a Julián Marías nuevamente:

Cuando un autor hace afirmaciones que no son evidentes y no justifica, la intelección queda en suspenso; reclama una especie de acto de fe, fundado en el prestigio que se le atribuya, y hay una adhesión provisional a la tesis recién leída o escuchada; pero cuando a ésta siguen otras y otras, en las mismas condiciones, se pierde pie, ya no se sabe de qué se está tratando, y en lugar de claridad, se cae en una oscura conclusión. Por eso no es posible resumir, formen términos propios la doctrina recibida; esto significa que no ha sido posible apropiársela, hacerla ‘propia’, conseguir que forme parte de la realidad del lector o del oyente. Es la fórmula misma de la esterilidad.

El problema subyacente en una sociedad –o grupo– que ha decidido crear sus propios códigos, es el que exige un acto de fe tan grande que la obliga a permanecer desconectada de los demás acontecimientos y ser desconectada cuando no ha sido posible entenderla y asumirla. Un ejemplo representan las diversas asociaciones que se forman alrededor de las series de cf televisiva, en donde las sesiones regulares se transforman en una Torre de Babel: además de exigir un nivel de conocimientos muy alto, la diversidad de temas compone un ambiente propicio para que el recién llegado se sienta cohibido y, entre los complejos de inferioridad y frustración, parta hacia rumbos donde no le exijan un prerrequisito tan alto. En general, la ciencia ficción es un grupo tan hermético por su propia cripticidad que su esfera cognitiva no admite más elementos que los propios.

Cuando leemos o escribimos en nuestros “fanzines”, damos por sabido qué fue de “La Edad de Oro”, en condiciones que en todo campo existe una edad de oro, o “La Nueva Cosa”, y se da por sentada la importancia de escritores como Robert Silverberg y George R.R. Martin. Omitimos toda referencia a procesos científicos, técnicos o ficticios como la descomprensión, la teoría cuántica, las distopías, ucronías, etc. Sin darnos cuenta hacemos abuso de nuestra condición críptica y nos jactamos de ella autoproclamándonos un grupo intelectual de élite.

Sin embargo, ésta no es una denuncia para el derrocamiento completo del género y sus convenciones, y muchos menos una justificación. De hecho, el asunto incluye lo que ha sido el desarrollo histórico de la ciencia ficción, de la que todos nos consideramos herederos, en el hecho de que no nos podemos negar toda nuestra base que, después de todo, ya se ha vuelto tan compleja que se hace ineluctable la encriptación de códigos, por medio de la especialización. Pero lo críptico conlleva al descrédito del pensamiento teórico, en general, y la distorsión de la visión de quienes están afuera como observadores se desvirtúa más. Esta es una de las principales razones del desconocimiento del género.

Si constituirse un ghetto –como el “ghetto dorado” que indica el historiador James Gunn– trajo beneficios en las primeras décadas del género en los Estados Unidos, desde el punto de vista de preservación y recombinación de sus ideas fuerza, ahora existen argumentos suficientes para una mayor apertura. En Latinoamérica, el ghetto sigue siendo una forma de autopreservación, no obstante en España, al tenor de los últimos años de expansión de mercado, la ciencia ficción se ha vuelto lo suficientemente buena a ojos de un público más amplio y generalista, y es necesaria una reconfiguración de sus paradigmas, o al menos una moderación de su uso. Ya no es necesario que una columna de correspondencia en una revista sea una “lettercol”, ni un aficionado un “fan”, por ejemplo, de modo que el género tenga la suficiente tolerancia para dejar de ser considerado uno menor, bajo el prisma de los críticos.

@1992, 2004 Luis Saavedra V.

Sobre el autor: Luis Saavedra nació en 1971 en Santiago de Chile, es Analista de Sistemas y siempre se interesó en lo fantástico por su estética de colores chillones y sus monstruos enfurecidos con buen gusto por las mujeres. En 1988 se incorporó como un activo miembro de la SOCHIF, de la que fue secretario al poco andar. Luego formaría parte del grupo Ficcionautas, que realizaron cinco convenciones de fines del siglo pasado, y editaría los fanzines Wonderlands y Nadir. Actualmente trabaja en el Banco de Chile y ocupa el resto del tiempo en el fanzine Fobos.

Primer Lugar: Misión en Miroa – Luis Saavedra

Para Arthur C. Clarke

Unsool descendió envuelta en una bola de fuego desde la nave matriz, suspendida a 5000 km. en órbita geoestacionaria. Aún en estado latente podía sentir la turbulencia traspasar el líquido de amortiguación inercial que hacía vibrar todo su cuerpo con un molesto cosquilleo. En el sueño frunció el gesto y el servo de biología le inyectó 30 mg. más de ketamina. Separándose de su cuerpo flotó lejos de su capullo-nave y la vio arder con un crepitar apagado, mientras la curvatura del planeta se hacía menos evidente a medida que se internaban más en la atmósfera alta, en ruta directa al ojo de un tifón. Y luego las nubes y la oscuridad la envolvieron con una violencia de vientos cruzados y relámpagos que enmudecían por el silbido de la nave al contacto del aire frío. A cuatro kilómetros de la superficie, el servo de biología disolvió benzodiazepinas en el torrente circulatorio de Unsool y entró en estado de latencia. El navegante de atmósfera se activó y tomó el control de los subsistemas procediendo a un plan de reconocimiento topográfico, usando cortos chorros de plasma cada cinco segundos para decelerar. A quinientos metros extendió las alas translúcidas y planeó sobre las turbulentas corrientes hasta una meseta cerca del naufragio. El suelo fuertemente compactado por la hierba absorbió el peso del capullo y luego las tuberías absorbieron el líquido del interior, mientras Unsool recuperaba lentamente el control de su conciencia. Como una nuez, el capullo se abrió dejándola libre y húmeda. Durante cinco minutos comprobó que su musculatura y cognición le respondieran con una serie de ejercicios de calistenia y matemáticos, para luego ordenarle a la armadura que se irguiera en modo instintivo. Su primera impresión de Miroa II fue la de un planeta donde solo existía una única estación: la tempestad.
Con una gravedad casi tres veces mayor a la terrestre, el planeta estaba a merced de una turbulenta actividad climática y eléctrica. No había grandes elevaciones y las nubes migraban por el cielo rápidamente en colgajos, mientras la intensidad de la luz variaba hasta una visibilidad de 3 kilómetros. Una hierba corta y de tallo fuerte era la única vegetación que se veía por doquier y varios ciclones rondaban la meseta en forma errática. Para Unsool era un paisaje sacado de un holo de entrenamiento: nunca había tenido la oportunidad de estar en misión en un lugar tan inhóspito, pero a la vez la combinación de violencia y profundidad le otorgaba una belleza temeraria. Sin embargo, ni siquiera la gravedad aumentada podía ser problema para una agente de fisiología adaptable y su armadura. Estableció comunicación con Gio, la IA de la nave madre, pero el enlace demoró más de lo debido, quizás debido a la alta ionización de la atmósfera. De pronto el logo corporativo de Gio apareció reflejado en su subretina. “G:I:O operativo”.
-Gio, estoy bien, no es un bonito paisaje pero al menos es interesante -dijo dando una larga mirada en derredor, mientras la IA descargaba rutinas compiladas y chequeaba el estado general de la humana. “Objetivo de misión: entrando”. Al mirar hacia el oeste, su visión se transformó en un túnel que indicaba el lugar del naufragio de la Anoita en colores incandescentes. El escáner de la armadura no mostraba señales de vida electrónica o biológica.
-Necesito ruta de vuelo, por favor. -Inmediatamente se estableció un cuadro tridimensional que cruzaba la meseta, evitando los tornados, hasta la otra nave.- Gracias. Por favor, asegura el capullo y activa una baliza de radiofaro.
“Ok, asegurado, activado radiofaro,” refulgió en sus ojos. Tomando impulso, dio tres zancadas y saltó haciendo que los motores inerciales hicieron el resto. Siempre era una gran experiencia para ella sentir que se batía un record de salto largo. Y la turbulencia de la atmósfera también era parte de la diversión. Gio había aprendido que el explosivo aumento del ritmo cardíaco era parte de la biología de Unsool.
La armadura se encargó que el aterrizaje fuese tan suave que tocó tierra casi dentro de la bahía de carga de la Anoita, que yacía en dos grandes pedazos, ambos sobre un costado. No perdió tiempo en establecer comunicación con la difunta IA y fue directo a la estación de mando, en donde encontró dos de las tres camas criogénicas. Ambos agentes estaban definitivamente muertos, sin posibilidad siquiera de un escaneo cerebral. En cuánto a la tercera cama, lo más seguro era que estuviera esparcida en los dos kilómetros de la trayectoria del aterrizaje. El faro de emergencia aún funcionaba pero ya no había nada vivo que rescatar y la bitácora de la caja negra indicaba un daño mayor en uno de los motores de hipersalto que obligó a la nave a salir al espacio normal. La IA de la Anoita trató de resolver el problema por sí misma pero sólo logró que un incendio se propagara por las alas de navegación y afectaran los giróscopos de estribor, descoordinando los sistemas autónomos de estabilidad que comenzaron a emitir chorros de plasma sin ritmo, mandando a la nave a una espiral descendente sobre Miroa II. La reentrada estabilizó un poco la caída, dándole tiempo a los motores de proa para desesperadamente intentar decelerar, pero la tensión reventó la cubierta en dos y ambos pedazos cayeron. Era un milagro que quedase algo de la nave.
Unsool vio desapasionadamente la destrucción y luego dijo: -Gio, desencripta objetivos, por favor. -Dos de ellos habían sido cancelados. Asegurar las cargas nucleares era ahora su objetivo primario.
La nave siniestrada iba a Sere, un planeta especializado en anular material fisionable y de riesgo biológico, donde se iban a destruir doce cargas nucleares confiscadas por la Novus Seclum a un reyezuelo que tenía planeada una escaramuza privada contra sus vecinos. El itinerario de las naves de carga era secreto y enrevesado para evitar los crecientes asaltos de los piratas. Se usaban los corredores más inestables y poco frecuentados de las corrientes hiperespaciales, pero siempre más de alguna cosa podía salir mal. Unsool no estaba segura si esto podía ser algo más complicado que un desastre fortuito, de modo que ordenó a Gio armar las baterías de torpedos y estar alerta a los nodos de salida de los corredores por si llegaban visitas inesperadas.
La cuna de armamentos estaba diseñada para resistir el ataque de un misil de plutonio, era lo que decían los fabricantes. El uso y el envejecimiento habían hecho que una de las placas de seguridad fuese arrancada de cuajo, dejando expuestas las ojivas en sus cámaras, con el aviso de peligro de radiación en una de las paredes. El compartimiento estaba lleno de agua y algún tipo de vegetación resistente a los altos niveles radiactivos que eufórica había comenzado a colonizar todo. El escaneo de Gio y Unsool de los doce nichos verificó que ninguno estaba filtrado, con excepción del número 5 que no contenía ninguna ojiva. Gio rápidamente intentó ubicar la carga perdida, haciendo telemetría sobre la trayectoria de caída de la Anoita, pero no pudo localizarla. Unsool, más pragmática que la IA, rebuscó la superficie de una ojiva hasta hallar el bajorrelieve: un sello de claves ADN.
-Gio, ¿qué modelo son las ojivas? -Pero la IA no pudo encontrar nada en su base de datos de armamentos.- Bien, son antiguas o artesanales, pero aún pueden funcionan como cualquiera -se replicó a sí misma, acariciando el sello con las dos claves.- ¿Puedes decodificar ambas claves de ADN y emitir un pulso de radio por la banda protegida militar con ellas, por favor? Ojalá estemos aún dentro del rango.
Unsool le explicó a la IA que creía que las bombas se podían rastrear como todos los armamentos con el estándar de la Novus Seclum. Una de las dos claves de ADN era el catalizador para que un pulso radial comenzara a fluir desde el arma, en una banda y con una secuencia especial que estaba contenida en la segunda clave. Teniendo todos los sellos de claves ADN de las bombas se podía deducir cuál podría ser la secuencia del sello de la que estaba perdida.
Gio moduló varias claves en la banda de los 800Mhz a intervalos de tres segundos y luego esperaron. Afuera el viento rugía y la lluvia se aproximaba y alejaba, los tornados derivaban perezosamente hacia el sur. “Ojiva localizada, 80 km. punto cero, cuadrante 44-27, en movimiento”.
-¿Pero, cómo? -Espetó Unsool, sorprendida, no obstante se recuperó y volvió a preguntar.- ¿Existe biología importante en el planeta?
“No clasificada. Humanoide. Estadio: edad de metal, sobrevivencia precaria. Solicitando más resultados.” Bueno, no estaba muy lejos de la verdad, aunque no eran el tipo de piratas que ella esperaba. Una raza que recién construía puntas metálicas no tendría idea del peligro de una ojiva nuclear. Con un gesto de nerviosismo, decidió pasar la misión a clave amarilla de nivel 4. Una urgencia moderada, pero que despertaría las sospechas sobre ella en Control de Misión, a 150 años-luz de allí.
Desde afuera, Unsool activó la granada de espuma que inundó la cuna de armamentos y se solidificó en un muro más fuerte que el concreto. Luego, tomando impulso saltó hacia el sur tras la huella de la ojiva nro. 5.
Desde arriba, el paisaje era una secuencia violenta pero monótona de colores ocres y austeros con ninguna gran elevación a la vista. Según cálculos de Gio, los humanoides habían raptado la ojiva hacía cinco o seis días y seguían una ruta directa hacia el sur con destino desconocido. Unsool discutió la posibilidad con la IA de que aquella gente fueran meros recolectores de todo lo que fuese o pareciese metálico, lo que era una muy mala perspectiva. Se imaginaba a los humanoides intentando fundir la ojiva y detonando su carga, pero hasta ahora esas eran meras divagaciones. Miroa II solo había sido visitada en tres oportunidades en dos siglos y nunca fue declarada una fuente de recursos de nada, estando la galaxia poblada de miríadas de planetas más ricos y preciosos.
“Ingreso de nuevos datos. Ver panel.” Gio había encontrado algo interesante. Unsool ordenó a la armadura continuar en piloto automático y cambió la visión hacia el panel que titilaba en el ámbito más externo de la subretina. En él se mostraba una vista superpuesta del exterior cuya cromática derivaba al rojo hacia el oeste hasta un cráter, como a 12 km. de su posición actual. Los niveles de radioactividad degradados indicaban un antiguo incidente nuclear. Decidió que bien merecía echarle una ojeada y retomó el control de la armadura. Cinco minutos más tarde, se encontraba en el borde del cráter de 1 km. de diámetro, que ahora era una laguna de aguas revueltas y ríos tributarios. La explosión nuclear que abrió ese agujero pudo haber sido un torpedo táctico de alguna expedición anterior. Pero lo más interesante fue observar las grises y embarradas casuchas de los humanoides en toda la costa de la laguna y a una prudente distancia. No había nadie fuera de las construcciones y todas estaban conectadas entre sí. Gio configuró la hipótesis de que la vida social pasaba dentro de las construcciones mientras las tempestades azotaban el exterior, mas no había encontrado bibliografía completa sobre esta raza o sus métodos de supervivencia. Hacia el centro del poblado había un claro y un tótem pesado y tosco, igualmente gris con una mancha amarilla. Unsool descendió en aquel patio interno verificando que estaba sola, su mirada derivó desde las varias esclusas en las paredes que despedían un vapor blanco, que se arremolinaba hacia la tempestad, hasta el portal con una cerca que contenía unos durmientes y arracimados animales anaranjados. Sin embargo, luego se tropezó con el símbolo de fondo amarillo que había visto desde el aire.
-¿Ves lo que yo veo, Gio? -Obviamente la IA le devolvió la misma imagen simbólica, en el contexto que se entendía a lo largo de toda la Novus Seclum: Peligro de radiación. El trébol de tres hojas estaba dibujado sobre una placa de metal arañada y desgajada por fuerzas de reingreso.- Gio, ¿existe algún tipo de naufragio anterior a la Anoita?
El cursor en el panel de búsqueda parpadeo un par de ciclos y luego devolvió siete resultados en el cuadrante, ninguno con rescate confirmado. Un momento más tarde, Gio envió una instantánea de escáner topográfico donde destacaba un rastro similar al que había dejado la Anoita en su descenso, dirigiéndose hacia el centro del cráter inundado. La mala suerte había hecho que algo de carácter nuclear, divino en su furia, cayera sobre Miroa II marcando la vida de esa raza.
-Esta gente cree en un dios, Gio, que no es precisamente bondadoso. -Unsool tocó con delicadeza la superficie de metal y luego retiró la mano como si le hubiera quemado; al hacerlo la placa se tambaleó y golpeó contra la superficie de piedra del tótem, emitiendo un sonido profundo que se sostuvo en la atmósfera. Una de las bestias desperezó unos zarcillos violáceos, abrió una boca perfectamente redonda y aulló con una voz gutural que alertó a las demás. Todas comenzaron a chillar y azotar los zarcillos en el aire. Hubo movimiento al interior del poblado, Unsool oyó a muchos que venían. Era hora de pasar de las elucubraciones a la acción y saltó al aire de nuevo, perdiéndose en la bruma que salía del patio interior.
Gio le indicó que la ojiva no se había movido mucho, avanzaba a razón de unos 15 km/h, quizás tirada por algunos humanoides a mano limpia. Unsool creía que la llevaban a algún templo de adoración donde la podían activar y esta explosión no iba a ser tan gentil como el simple naufragio de una nave con reactores anticuados. La ojiva era un arma militar de 1500 megatones.
Demoró otros treinta minutos en darle alcance a la ojiva. Parecía reposar al borde de una fortificación más grande que la que había visto al borde del cráter inundado. Suspendida a 100 metros de la superficie, decidió analizar detalladamente el escenario, antes de tomar cualquier acción. En sus paredes asomaban agujeros de ventilación por donde se arracimaban los rostros de muchos humanoides gesticulantes. Al lado de la ojiva estaba un grupo de cinco seres envueltos fuertemente en ropajes gruesos y embozados, inmóviles, esperando algo.
-¿Tú que crees, Gio? -preguntó Unsool. Gio utilizó los sensores de la armadura para hacer un análisis sistémico del interior de la bomba. “Estado: Seguro pero con contusiones en el gatillador”, apareció en su subretina. Y luego dirigió su atención a los seres, pero estaban muy lejos para los escáneres biológicos. Gio revisó la normativa de contactos de la Novus Seclum y decidió que había resquicio legal para una acción directa y sin permiso. “Desciende. Asumir divinidad”, sugirió.
-Siempre y cuando esta gente quiera verme como una diosa y no como una alimaña.
“No hay muchas opciones. El gatillador puede ceder. No pueden tocarte.”
El grupo seguía inmóvil alrededor de la bomba, mientras una imagen igneográfica de Gio le indicó a Unsool que la gente se iba agolpando detrás de los ventanucos de la fortaleza. Entre la espada y la pared decidió jugar a ser Dios.
Le ordenó a la armadura descender expeliendo tantos chorros de vapor por las toberas como pudiera, generando una cortina de humo para una entrada en escena espectacular. No obstante que la charada surtió cierto efecto en la gente en los ventanucos, no fue así para el grupo arracimado alrededor de la ojiva, que se mantuvo impertérrito. Apareció ante los ojos de todos los humanoides como una diosa de armadura roja y azabache, excelsa. De cerca los seres eran más pequeños y gruesos y tenían la estructura clásica de todos los humanoides de la galaxia. No muy segura de tener las cartas a su favor, extendió un brazo hacia la ojiva y luego se indicó a sí misma.
“Háblales”, sugirió Gio.
-¿En qué idioma?
“Solo es un efectismo”. Unsool lo pensó un momento mientras la tormenta rugía alrededor de ella y del grupo y la ojiva. Había muchos espectadores observando.
-¡La ojiva es mía, me la llevaré! -gritó hacia el grupo y luego de nuevo hacia la fortaleza. Volvió a indicar la bomba y después hacia sí misma. En ese instante uno de los seres del grupo se levantó y comenzó a gesticular, hablando en una lengua rasposa y lenta que salía de lo profundo de sí. Las palabras alcanzaron a la multitud que se removió intranquila. Gio postuló que se había hecho una presentación de Unsool como una divinidad por parte de una especie de sacerdote, pero ella no lo creyó, era una explicación muy sencilla y nunca lo había sido en los casi mil mundos habitados de la Novus Seclum. Unsool intentó un nuevo enfoque.
Abrió manualmente la carcaza de uno de los motores de impulso de la armadura, en su cintura, adentro se veía la celda de energía con el trébol sobreimpreso. No era muy grande pero quizás fuese suficiente para demostrar que ella y la ojiva estaban relacionados. Se acercó más, lentamente, al grupo y su supuesto líder, pero sabía que no le temían, tal vez ya habían visto a alguien como ella. Indicó el símbolo y esperó a que las criaturas hicieran la conexión, pero no vio ningún síntoma de reconocimiento. Se estaba comenzando a poner nerviosa. La tormenta que no cesaba, la multitud muda y expectante, demasiados pares de ojos sobre ella influyeron para que, en un paso falso, se adelantara a revisar la ojiva desde más cerca. Otro de los seres se incorporó como el rayo y la amenazó con una lanza de un mineral cristalino, mientras un tercero corría hasta la ojiva y le daba un golpe con un mazo en la ya abollada superficie. Unsool analizó sus opciones y decidió seguir las prioridades de su misión. Con un brazo de la armadura le dio un duro garrotazo a la lanza que se quebró y luego disparó lancetas desde el arma de su guante contra el humanoide con el mazo, que saltó hacia atrás muerto. Otro de los seres le lanzó inesperadamente y con inaudita certeza una especie de petardo arrojadizo sobre el reactor abierto de su cintura. El reactor estalló abrasando su carne a través de la ropa con una oleada de dolor y cortando el circuito de energía de los periféricos, matando a otro de los humanoides que estaba más cerca. Sintió la ausencia inmediata de Gio, que debió perder el enlace ante la falla. Otros dos seres se le arrojaron y comenzaron una sesión de mazazos inmisericordes sobre la armadura, obligándola a inclinarse y caer al suelo. Intentó defenderse antes que se les uniera el sacerdote y con una mano de la armadura pudo detener un mazo y lo descargó contra la cabeza de su dueño, que cayó como un muñeco desarticulado. Con el otro brazo descargó un puño sobre el pecho de otro que lo envió a diez metros de distancia, consumiendo la mayor parte de la energía de emergencia de los servomotores. Así y todo, sintió la punta de una lanza entrar por debajo de la pechera de la armadura, clavándose peligrosamente cerca de su hígado. Lanzó un grito ahogado, mientras el sacerdote esgrimía la lanza roja con orgullo hacia la multitud y la tormenta.
Gio logró el control parcial de la armadura y reconectó los sistemas de periféricos. Se puso al tanto de los últimos sesenta segundos pero seguía sin saber nada, analizando datos en bruto, en estado de emergencia. Las voces de toda la multitud sonaban como un coro profundo de mareas que subían y bajaban. Unsool, inutilizada en el suelo, a dos metros de la ojiva, observaba impotente cómo el sacerdote alzaba el mazo de su compañero y lo dejaba caer pesadamente sobre la bomba. Una grieta surgió, negra como la pez. La multitud comenzó a arrojarles cosas desde los ventanucos y el sacerdote arremetió contra ella con una voz que se mezclaba con la ferocidad de los vientos.
Unsool lo comprendió todo, como en una revelación. Gio leyó su escáner mental y erigió una advertencia. “Detener humanoide/daño”.
-Eso es muy fácil de decir.
El sacerdote rugía contra la multitud y la multitud gemía. Era un gemido de espanto. La gente huía hacia el interior de la fortaleza. El trébol, la laguna, el miedo, la destrucción. Esto no era un culto, era una guerra. Una represalia que demoró trescientos años desde la primera hostilidad cuando la nave arrasó una ciudad del bando del sacerdote. El ser menudo enviaba enérgicas muestras de odio contra la ciudad y luego arremetía contra la ojiva. Otro par de grietas se sumaron a la superficie. Unsool intentó hacer un buen blanco con las lancetas sobre el humanoide pero estaba demasiado débil para sostener el peso muerto de la estructura de la mano biónica. Un par atravesó tangencialmente las vestiduras, lo cual solo logró atraer la atención del sacerdote. El ser levantó el mazo y se dirigió hacia Unsool.
-¡Mierda, Gio, viene hacia mí!
Gio reunió lo que pudo de las energías de reserva de la armadura y la concentró en accionar el brazo. “Úsala”. El golpe aplastó el pecho del sacerdote que salió proyectado hacia la ojiva, desestabilizándola. Como en un mal sueño de reentrada, Unsool observó impotente cómo la bomba caía y su superficie se resquebrajaba dejando salir la muerte amarilla del trébol negro.
-¡Gio, sácame de aquí! -chilló Unsool, aterrada.
Un momento de tormenta y luego un día de sol intenso y fuego devorador. El segundo que había visto Miroa II. Unsool solo había alcanzado a esbozar un grito.

***

Gio demoró diez ciclos más de tiempo estelar en Miroa II, esperando, aunque fuera una señal aleatoria de la voz de Unsool. No hubo nada. Solamente el rugido electrostático de las violentas tormentas, azuzadas ahora por el caos de la radiación que consumía todo un hemisferio del planeta. Esperó pacientemente hasta que todos los objetivos quedaron cancelados, debido a que las últimas ojivas detonaron accidentalmente estando como estaban tan cerca del primer impacto, y en forma previsible, con un día de desfase, dejando la llanura central de Miroa II convertida en una zona de muerte. El eje del planeta se inclinó medio grado e inició un bamboleo que no cesaría en milenios con devastadoras inundaciones y huracanes de cientos de años. Gio lo registró todo, o casi: borró de sus registros las referencias a las detonaciones nucleares y creó una nueva defunción para la agente, según su programación de instancias de seguridad de la Novus Seclum. La información la codificó en un haz cuántico que cruzó el hiperespacio directamente a Control de Misión.
“Estado de la misión: ejecutada satisfactoriamente. Condición verde. Bajas: Brendei, Unsool, agente rango 15.”
Gio solo podía saber de estadísticas y resultados.
Con un espasmo de plasma desde babor, la nave sincronizó un nodo de entrada a una corriente del hiperespacio y Gio despertó al Navegante para que retomara sus funciones. Como un animalito al borde del invierno, la IA se sumergió en un estado de hibernación y tuvo una fugaz imagen de alguien volando en un cielo deslumbrante .

© 2004, Luis Saavedra

Sobre el autor: Luis Saavedra nació en 1971 en Santiago de Chile, es Analista de Sistemas y siempre se interesó en lo fantástico por su estética de colores chillones y sus monstruos enfurecidos con buen gusto por las mujeres. En 1988 se incorporó como un activo miembro de la SOCHIF, de la que fue secretario al poco andar. Luego formaría parte del grupo Ficcionautas, que realizaron cinco convenciones de fines del siglo pasado, y editaría los fanzines Wonderlands y Nadir. Actualmente trabaja en el Banco de Chile y ocupa el resto del tiempo en el fanzine Fobos.

Esferas de Carey

por Luis Saavedra

Para Michael Ende. El que avisa no es traidor.

Antoinette lleva un vestido largo y negro de encajes. El vestido es suave y reluce con brillos vinosos cada vez que ella hace un movimiento, la tela se extiende a sus pies hasta el infinito de la habitación y sube por las paredes, allá a lo lejos. Seguramente, cuando levantes la cabeza la verás por todo el cielo hasta donde la vista te alcance, envolviéndote. Sin embargo, hay luz como si fuera de día y eso es algo que no puedes explicarte porque no hay sol ni luna que alumbre, ni foco o incendio que arda. También corre una brisa, como de la tarde, fresca y rebosante de buenos presagios que mueve las cosas frágiles con delicadeza, mientras crecen las espigas de un pasto sin color. Si escuchas bien podrás precisar los sonidos de una gaviotas lejanas graznando y un violín murmurando una dulce melodía eslava. Hay dos sillas barrocas y esbeltas, orgullosas de su origen, de una caoba acaramelada y respaldar de cuero repujado en la figura de un dragón chino. Junto a las dos sillas hay una mesa de cristal de tres patas y en la mesa un conjunto de platería fina para tomar el té.

Tomamos el té con Antoinette.

Ella se sienta muy derecha, mirándome fijamente, esperando que yo haga alguna pregunta o responda alguna respuesta, ya no lo recuerdo claramente. No es que sea importante, pero si ustedes preguntaran cuánto llevamos en este sitio yo no sabría qué responder y Antoinette ni siquiera les miraría. En realidad, el tiempo no importa aquí puesto que no pasa como lo hace en las oficinas o en el amor; sencillamente languidece en grandes gotas escurriéndose por el vestido negro y suave y se acumula en grandes charcos que se evaporan para condensarse de nuevo. En cuánto a ella, no podría describir ser más bello. Las manos de Antoinette contrastan violentamente contra el género de su falda porque son blancas y finas con unos dedos delgados y ahusados con bellísimas y casi invisibles filigranas azules y rosadas con uñas traslúcidas, dando al conjunto una sensación de improbabilidad y desaparición. Su rostro como un gajo de uva estilizado comparte la misma cualidad de las manos y sus ojos son grandes y negros, tanto que resultan azabaches, pero no como su vestido sino con un ligero brillo de vivo fuego; en ellos es fácil encontrar tu reflejo y fácil perderte, también. Su pelo negro cae hacia atrás hasta un lugar en su espalda que no puedo ver, y solo un mechón ralo se enrosca sobre sus pechos pequeños como palomas durmientes. Tiene unos labios curvos y ligeramente rosados que dan la apariencia de una sonrisa, pero no irónica sino pacífica como diciéndote “No tengas miedo, confía en mí”. Yo acato esa orden sin ningún reparo y tú también deberías hacerlo.

Es fácil enamorarse de Antoinette.

Toma la taza más cercana y se la lleva a los labios y bebe un pequeño sorbo. Se lleva una mano al pecho como si el esfuerzo de degustar el líquido fuera demasiado; me preocupo innecesariamente porque al otro instante se recupera y ya todo está bien. Le pregunto si alguna vez ha estado fuera de la habitación y me contesta que ya esa pregunta la he hecho antes, muchas veces antes, pero yo no me acuerdo y estoy condenado a hacerlo muchas veces después. Me disculpo y le hago otra pregunta. Cuando sea necesario, me responde y sonríe e inclina la cabeza, ocultando un albur sobre sus mejillas. Siento que la amo más que nunca y yo también bajo la cabeza. Bebo un sorbo de mi taza para no tener que tomarme las manos en un gesto de impaciencia.

Antoinette tiene un bolsillo amplio.

Ella pregunta y yo le respondo que nunca ha sido así, que en realidad no me preocupa morir siempre y cuando la última imagen sea ella. Antoinette pregunta y yo le respondo que no tengo mucha fé en nada y que hace tiempo que dejé de vivir en el mundo de la gente normal y que ahora llevo una ligera melancolía encima. Ella pregunta y yo le respondo que me gustaría volver a tener 10 ó 5 ó nada de años, hasta ser solo una mota de polvo que ella respire.
A continuación, ella introduce su mano en un pliegue de su vestido y saca una esfera que flota y gira en la palma y emite un albedo que se difumina en el espacio. Ella extiende el brazo para ofrecérmelo y yo lo recibo con ambas manos ahuecadas. Me dice que las esferas son tan frágiles que el solo soplar sobre ellas las despojaría de su luz y se congelarían, de modo que la atraigo hacia mí con el mayor de los cuidados y la observo detenidamente.

Al principio solo se distingue una pálida esfera amarilla que gira sobre un eje muy inclinado, casi horizontal, y desprende una nube de polvillo como iridisado que mancha mis palmas. Antoinette me señala que mire más de cerca o me perdería los detalles. Veo campos de una hierba amarilla infinitos y vías de un agua azulenca lleno de peces de colores eléctricos. Seres parecidos a palmeras se mueven lentamente siguiendo una línea invisible, en manada, dejando tras de sí una herida en el territorio. La herida se llena prontamente de hierba y ya no hay huella del paso de los ciclópeos. Hay muchas manadas en toda la esfera que parecen converger en el mismo sitio: un edificio en forma de pirámide babilónica con incontables mesetas, descansos y escalinatas. Está tallado en una piedra blanca con vetas negras como una cucharada de chocolate disuelta en leche y adornada de estatuas de dioses de cuernos terribles, que adoptan posiciones de tal modo que el conjunto cuenta una historia muy antigua, tan antigua como el mundo amarillo. Pero cada vez que una manada entra en la avenida que lleva a la puerta de la pirámide, ésta desaparece dejando solo el paisaje de hierbas infinitas; inmediatamente aparece en otra parte de la esfera con su misma grandeza. Todas las manadas parecen darse cuenta porque al unísono cambian su dirección y toman otras líneas invisibles y convergentes; todas menos la manada que alcanzó la avenida. Yacen impávidos y desalentados se dejan morir, languideciendo, hasta que el último cae marchito. Ella dice que no hay nada más triste que el tiempo de esperar la muerte; yo no recuerdo si mi tiempo fue precisamente ese, hace mucho. Su mano danza sobre las mías y el mundo amarillo se va con ella hechizado por su belleza, y es tragado por un pliegue placentario.

Uno no puede enojarse con Antoinette.

Uno no puede, en serio. Si tú vinieras con una inmensa furia y te encontrases con ella lo único que lograrías es levantar una mano y tratar de descargársela en la cara, pero en ese momento tendrías que mirarla a los ojos y todo se volvería impreciso y ya no recordarías porqué tienes la mano alzada, ¿quizás para bailar?.. Ella toma un traguito del té y es como si fuera veneno porque arruga el entrecejo y por un momento su faz se transforma con el dolor. Pero nada, vuelve a su pacífica existencia y me regala una sonrisa, viendo mi incertidumbre. Luego dice, a veces es necesario morir un poco. Por supuesto que lo sé, le respondo. Toma una nueva esfera que reluce con una luz negra, un borde de intenso negro que casi no deja distinguir que la bola es tan pulida y sin accidentes que es como una inmensa loza de porcelana, surcada por fracturas perfectas y geométricas que forman diseños desde arriba. Sus habitantes jamás lo han sabido ni lo sabrán porque sus preocupaciones los mantienen en constante movimiento. Me acerco más a la mano extendida de Antoinette y veo una estatua blanca en el paisaje curvo: representa un héroe blandiendo una espada hacia el cielo, mientras que algunos seres, pequeños y sin rasgos definidos debido a que se mueven a mucha velocidad, se detienen un momento y le dan una oración para partir al siguiente; no vuelven más. En su base, hay una placa conmemorativa, pero el agua y el viento han suavizando tanto el bajorrelieve que ahora es difícil adivinar si aquella es una letra “A” o ésa una “K”. El mismo efecto ha tenido sobre el rostro del héroe que ahora cada oferente se imagina el rostro que más le acomoda. Sin embargo, está rodeada de racimos de flores marchitas y plegarias escritas con mano presurosa; a todo su alrededor hay monedas de todos los colores y formas y vasijas con órganos de ganado, y en el suelo han dibujado paradigmas con tizas de colores que se entrelazan unos con otros. El héroe sin rostro es esporádicamente visitado, rápidamente como la muerte en una navaja, y cuando está solo baja de su sitial y encaja profundamente la espada en la cerámica negra del suelo.

Ahora corre un viento más intranquilo con presagios de malos sueños. La luz se ha vuelto crepuscular y siento un poco de frío. Pero eso a ella la tiene sin cuidado: mientras que a mí la atmósfera me ha obligado a ponerme un abrigo y un sombrero, ella permanece inmutada y pacífica.

No hay nada malo en Antoinette.

Ella es el reflejo de las cosas y su totalidad solo puede dar como resultado algo eterno, inmutable… Ahora viene flotando hacia mí una esfera azul, sin intervención de nadie; parece haber venido de ninguna parte, pero sé que algún pliegue de su vestido se ha descorrido como un velo y la ha liberado. Ella parece no notarlo porque ahora parece ensimismada en la observación de una esfera verde que gira muy rápidamente, en su palma. La esfera azul ha tomado un aire muy sereno con un eje un poco inclinado y unas nubes se deslizan por su superficie, el azul se lo dan los mares que ocupan todo a excepción de una isla pequeña pero plagada de seres que caminan en dos patas. La isla no tiene mayor vegetación y los seres se mueven cerca de las playas donde descansan y pescan. Parecen llevar una buena vida, pero la mayoría muere violentamente ahogadas, mutiladas por enredaderas marinas y atrapadas por enormes bocas desdentadas. Sin embargo, hacia el centro de la isla hay una construcción monótona, baja y cuadrada que desentona con el color terracota del terreno. La habitación, que así la podríamos llamar, posee una única ventana sin puertas ni otros accesos y el interior no se divisa bien. Adentro, y si te acostumbras a la oscuridad, verás a un hombre sentado ante una máquina de escribir antigua que teclea lentamente palabras. Parece visiblemente desganado porque tiene los hombros hundidos, la cabeza inclinada y sus movimientos indecisos pesan toneladas. Viste una sencilla tenida de dos partes y del cuello le cuelga una pieza de tela negra y estrecha por delante. Hay silencio en la habitación, a excepción de algunos carraspeos y las teclas que disparan sonidos secos sobre el papel que hacen más alienante la atmósfera. El hombre se acomoda mejor en la silla. No le puedo ver el rostro pero puedo distinguir su complexión delgada y su piel blanca, casi mortecina. Tiene el pelo de un color castaño desvaído que cae en mechones simétricos. De pronto, el hombre se detiene en medio de una frase y se va irguiendo lentamente, toma la posición de alguien que escucha el rumor de un motor lejano, quizás evoca el sabor de un helado a los cinco años. Yo permanezco sin respirar siquiera y presiento que estoy importunando en su tarea, aunque sé que no es así: yo aquí soy menos que un fantasma en esta esfera. Pero la tensión continúa y me veo obligado a alejarme un poco; justo en ese momento, el hombre se voltea y me mira fijamente. Reconozco inmediatamente ese rostro, a pesar que sus ojos y boca están cerrados por unas coseduras de un hilo espartano. Husmea el aire como un topo y me localiza y espera algo de mí. Tengo un momento de revelación y después nada, pero ha sido suficiente para sentir lástima por esa criatura atada a sus trabajos estúpidos… Como no hay nada más que ver lo abandono y él vuelve a teclear en la máquina lo que desde hace eones está condenado a escribir: “Soy y no puedo ser”.

Vuelvo a mi asiento y la esfera azul comienza a retirarse hasta el borde donde el vestido de Antoinette cae en un abismo sin posibilidad de ver el fondo. La esfera cae. Me angustia saber que con la bola se va el hombre que escribe y tengo deseos de levantarme y seguir su trayectoria, pero está ella y me mira con ojos que me retienen. Sus manos están sobre sus faldas, con las palmas hacia arriba.

Si quizás tú estuvieras aquí te habrías ido con una pregunta respondida y te alejarías hasta el borde aterciopelado desde donde ya no hay nada, y te lanzarías al espacio hasta convertirte en un punto de luz. Pero ya no sirve para mí, yo no tengo memoria.
Antoinette lleva un vestido largo y negro de encajes y yo estoy con ella.

FIN

Luis Saavedra

Santiago, 07 de Enero de 2003