Nunca he visto una araña

A veces, cuando estoy triste, vuelvo a escuchar las conversaciones. Es un arma de doble filo, porque cuando se acaban el silencio es más asfixiante que nunca, la soledad casi insoportable. Son grabaciones viejas, de hace diez años, incrustadas en preciosa cinta magnética, y cada vez que pongo una a correr me estremezco al pensar que pueda ser la última, que la cinta se rompa y toda una tarde de Sami hablando se esfume para siempre. Todo lo demás, la música y las películas, los libros y protocolos y fotografías, todo esta archivado y rearchivado y respaldado hasta la saciedad en las cajas de datos de la estación, pero la voz de Sami, su risa, sus suspiros, las palabras que saltaron el vacío hasta aquí, eso está en las cintas. Viejas cintas de cuando la estación fue inaugurada. Mucho antes del Fin.

Sami está muerto. Lleva muerto una década, pero todos los días apunto los platos a su búnker y abro todos los canales, y hablo como una tonta y escucho como una idiota. Llamo una y otra vez hasta que Francia desaparece o me pongo a llorar, lo que pase antes.

Las plantas crecen de una forma extraña en gravedad cero. No es que yo las haya visto en vivo y en directo, claro, ni siquiera con el telescopio, pero se lo que es el geotropismo negativo y he leído los libros de botánica y bueno, he visto cientos de horas de metraje amateur y profesional así que sí, se cómo es un árbol y un campo de trigo y puedo distinguir entre una enredadera y una planta rastrera.

Aquí arriba los tallos tienden a retorcerse y achatarse y formar espirales. Es natural. También crecen mucho más rápido. No hay estaciones, sólo filtros solares, y no tienen que gastar energía en llevar el agua tronco arriba. El jardín es más bien una pequeña jungla, y probablemente la parte de la estación que más atención requiere.

Papá siempre se quejaba de lo insípido que era todo lo que crece ahí, comparado con las frutas y verduras de verdad. Papá distinguía constantemente entre nuestro pequeño mundo de plástico blanco y el mundo de verdad, y eso molestaba muchísimo a mamá. Una de las pocas cosas que recuerdo de Gupta, porque se fue cuando yo aún era pequeña, tiene que ver con la actitud de papá. Según Gupta, lo que la falta de gravedad le hace a las plantas también se lo hace a nuestra mente. Es posible, pero cómo voy a saberlo. La psicología nunca ha sido lo mío y esto es todo lo que conozco.

Si puedo confiar en los archivos, una de las pesadillas más comunes tiene que ver con el miedo a caer.

No tiene ningún sentido para mí. Mi vida es una caída continua.

A veces me acurruco como un feto y dejo que la estación gire a mi alrededor. Apago todas las luces y me quedo muy quieta, abrazada a mí misma, y soy el centro del universo, un pedacito de algo blando y tibio rodeado de nada, y en el silencio y la oscuridad siento que crezco y que soy tan grande como una estrella. Alargo un brazo como una llamarada solar y sólo hay vacío. No hay nada allá afuera.

Las lágrimas se aferran a mis ojos. Aprieto los párpados y las dejo ir como planetas de hielo.

Cuando cumplí doce, Sami me cantó feliz cumpleaños. Las cosas son distintas aquí arriba, del día a la noche en sesenta minutos, pero en general nos guiamos según el calendario terrestre.

Nos guiamos. Yo y todos los fantasmas.

El punto es que cada año vuelvo a tocar esa cinta, cada seis de septiembre, mientras el mundo se llena de lluvia y yo busco paraguas en los monitores. Es mi canción favorita. Es algo estúpido, porque es tan simple, una rima tan idiota, y sin embargo ninguna otra me conmueve tanto. Cumpleaños feliz.

Hubiera hecho lo mismo por Sami pero nunca supe la fecha. Al principio, después de su muerte, me dio por cantarle todos los días, y poco a poco la costumbre agarró fuerza y se convirtió en la firme determinación de cantar feliz cumpleaños 365 veces seguidas. Al menos una de las veces sería la correcta. Es obvio que a Sami ya no le importaba, pero de alguna forma me ayudó a sobrellevar aquella horrible temporada. A veces me atormentaba pensar que Sami hubiera nacido un 29 de febrero. ¿Pero qué probabilidades hay de eso?

De todos modos fue año bisiesto dos años más tarde, y por las dudas, canté de nuevo.

Gupta era un hombre pequeño y silencioso, y recuerdo que sus ojos me daban miedo, con esa aureola oscura típica de los indios, pero nunca me hizo daño alguno, aparte de llevarse el último trasbordador de la estación.

En ese entonces yo era muy chica para querer ir a ninguna parte, me aterrorizaba pensar en salir de la estación y mucho más ir a la Tierra. Es normal, creo, porque todo lo que veía u oía de la Tierra tenía que ver con el Final.

Supe más tarde, porque mamá me lo dijo, que Gupta tenía cáncer y que su viaje no tenía ningún objetivo real. No iba a buscar o averiguar nada, sólo quería morir abajo.

Si me guiara por los periodos de luz y oscuridad, dormiría una hora de cada dos, más o menos. Vivir aquí es como ser una ficha en un tablero de ajedrez e ir saltando al espacio adyacente cada cincuenta minutos. Pero la consolidación de la memoria requiere entrar en sueño REM y para eso se necesita tiempo, así que mi rutina es parecida a la de un terrestre promedio.

Creo.

Nada de alcohol. Nada de drogas. Esto es una estación espacial y soy el último ser humano en el universo. Aquí arriba, la descompresión es la hermana gemela de la depresión.

En los archivos la Tierra siempre es verde y azul, con el blanco de las nubes aquí y allá y en los casquetes polares. Es más o menos igual desde la escotilla. Resulta que no importa demasiado que no haya gente, a trescientos cincuenta kilómetros de altura todo se ve igual.

Al principio, durante los primeros años, todo era gris, ceniza y nubes de tormenta y nada más. De vez en cuando el telescopio captaba el suelo a través del ojo de un huracán, pero en general la Tierra era casi tan aburrida como la luna o el resto del sistema solar. Mamá podía pasarse días enteros mirando el oleaje atmosférico, cambiando los filtros de visible a ultravioleta o infrarrojo, calculando el grosor de la capa de nubes y la dirección del viento como si de alguna manera importara. Para mí era sólo una bola de algodón sucio, y prefería ocupar mi tiempo viendo documentales del mar.

Hay una cosa que deben entender. El canibalismo dejó de ser una opción hace muchos años. Antes de suicidarse, papá escribió una carta de despedida, y una de las cosas que decía era que no desperdiciáramos su cuerpo. Gupta se había ido cuando todavía había provisiones de sobra, y antes de él el cadáver de Charlie, a quien nunca conocí, fue lanzado al espacio tras una breve y emotiva ceremonia. Papá decía que ya había pasado el tiempo de ser románticos, era hora de ser pragmáticos.

Yo tenía cinco años y muy pocos tabúes. Mamá procesó y almacenó el cuerpo y esa fue nuestra principal fuente de proteínas durante los siguientes veinte meses. Resultó que la carne era mucho más sabrosa que la de los ratones.

Mamá nunca me mintió al respecto. Un lustro más tarde me enseñó el procedimiento paso a paso, y aunque tal vez podría haber vivido un par de décadas más, decidió que era mejor una persona bien alimentada que dos personas desnutridas. Además, pasados los cincuenta el cuerpo empieza a encogerse, y mamá quería dejarme una buena provisión.

Murió con una sonrisa.

A veces pienso en el cuerpo de Sami, allá abajo, pudriéndose en alguna caverna francesa, y espero que los gusanos le hayan sacado provecho. Porque si no, qué triste desperdicio.

Cada cien días me pongo el traje y salgo veinte minutos. Odio salir. El vacío se extiende en todas direcciones, y tengo miedo de la Tierra, azul y blanca y hambrienta. Se que es una tontería pero imagino la gravedad tirando de mí, dedos invisibles rasguñándome las botas, palpándome el casco. La Tierra me odia porque estoy viva. Susurra muerte y silencio. Me aterroriza con sueños de hielo y de piedra y de huesos rotos.

Odio salir pero es necesario. Hay que cambiar los filtros y revisar los paneles y de vez en cuando parchar una placa o aislar un cable. El universo entero juega a matarme.

Quiere completar el trabajo.

Un mes y medio después del nacimiento, una hembra de Mus musculus está lista para embarazarse. Veinte días más tarde, voilà, media docena de ratones. El postparto inmediato es el mejor momento para volver a aparearla, y en general las sacrifico tras un máximo de cuatro camadas, a menos que sea especialmente productiva.

Sea como sea, nunca como más de un ratón al día. Rara vez hay de sobra, pero cuando los hay los congelo. Espacio para almacenar alimentos es lo único que de verdad abunda en la estación.

He leido muchos libros sobre computación, y sin embargo nunca me he enfrentado a un virus informático, excepto tal vez los que he escrito yo misma. Me encantan las novelas y películas sobre inteligencia artificial, pero son sólo tonterías. Nada me gustaría más que tener alguien con quien hablar, pero si no sucedió en tiempos de internet no va a suceder ahora. Ceros y unos, nada más.

Mamá, papá, Sami, Gupta. Todas las personas que he conocido en mi vida.

Uno de mis cuentos favoritos es Todos vosotros, zombies. Yo soy yo y mis circunstancias, y mis circunstancias no me han hecho un animal social. Tiendo al solipsismo.

A veces pienso que no soy humana en lo absoluto. Mis músculos son débiles y media atmósfera bastaría para romper mis huesos. Sé que nunca visitaré el fondo del mar. No viva, al menos. Lo otro sigue siendo una opción.

Pero más allá de la carne, hay tanto que no comprendo.

Todo es tan repetitivo. Tan predecible.

Sami vivía en una especie de búnker francés. Una enorme instalación subterránea cerca de la frontera con Suiza, donde físicos y filósofos intentaban desentrañar los misterios del universo haciendo chocar partículas elementales entre sí. A mí el universo no me parece muy misterioso, pero todo el mundo necesita hacer algo.
Según Sami, el refugio era bastante grande, pero el frío y la oscuridad hacían inhabitable casi todas las habitaciones, por no hablar de los varios kilómetros de túneles. En general dividía su tiempo entre una pequeña sala de estar y una enorme despensa.

Yo tengo al sol casi seis horas de cada diez, pero para Sami no era tan fácil. Incluso en un templo de la ciencia los generadores necesitan combustible, y un colisionador de hadrones no es un pozo petrolero.

Cuando por fin consiguió hacer llegar su antena a la superficie, después de desatascar un tubo de ventilación, ya había consumido tres cuartos de las provisiones y decenas de latas de gasolina. Eso fue como doce años después del Fin. Al principio eran cuatro, pero los otros tres murieron antes de aquel fantástico 8 de marzo en que su saludo llegó a la estación.

Lo escuché otras veinte veces hasta que pude responderle, tres días más tarde.

Me lo sé de memoria.

¿Hola? ¿Hay alguien ahí afuera? Mi nombre es Samuel. Samuel Monteverde. Soy ingeniero eléctrico del programa SCARF, en Francia. ¿Todavía existe Francia? Según mi calendario hoy es 15 de marzo del 2024, pero puedo equivocarme. Aquí abajo los días son todos iguales. Hay… ¡je! Hay como veinte relojes de pared en el complejo pero ninguno tiene pilas. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Tal vez es de noche. ¿Hola? ¿Hola?

Y eso fue todo, la primera vez. Sami siguió hablando pero la estación perdió la señal al pasar sobre las Bahamas, y no la recuperó hasta dar media vuelta a la Tierra, cuando Sami ya se había vuelto a callar.
No era de noche, por cierto.

Murió el 31 de octubre, 2027, aunque se despidió de mí mucho antes. Quería hacerlo bien. Casi nunca escucho esa cinta, y no voy a hacerlo ahora.

Siguió transmitiendo todos los días, pero su voz se fue llenando de muerte. Lo último que dijo fue “cierra las ventanas, Violeta, está entrando el frío”. Deliraba, supongo, por el hambre o la falta de aire. Luego, un suave crujido de estática radial, prolongándose por cuatro días hasta que las baterías se agotaron. Y después nada. Silencio.

Pasas toda la vida pensando en algo ingenioso que decir al final, y cuando llega el momento no hay tiempo. Tu cerebro te juega una mala broma. Una sinapsis de menos y dices algo estúpido, recuerdas a alguien sin importancia, balbuceas algo sin sentido.

La enfermera de Einstein no entendía alemán. Sus oídos se comieron las últimas palabras del genio y eso fue todo.

Al menos yo estuve ahí para escuchar a Sami.

No habrá nada ni nadie cuando me llegue el turno.

Voy a dejarlo todo en modo automático, en un año o un mes, cuando me canse. Cuando ya no pueda convencerme de seguir esperando por ti.

Seas quien seas, si estás escuchando esto, llegaste demasiado tarde.

Voy a dejarlo todo encendido y la antena seguirá lanzando estas cosas a la Tierra, hasta que el sol se apague o algo se rompa. Tal vez alguien atrape mi voz un día. Quizás incluso comprenda, y mire al cielo nocturno y vea una estrella moviéndose, una estrella llena de historia. Toda la historia del mundo en una chatarra flotante. O tal vez no.

Los dinosaurios nunca volvieron. ¿Por qué debería volver el hombre?.

2 comentarios sobre “Nunca he visto una araña”

  1. Me encanta el milenarismo, veo que a ti también te va. ¿Crees que puede derivar de alguna inquietud intelectual o se trata de simple enfermedad?

    Como quiera que sea, el cuento es bueno. Creo que la sensación de soledad, imprescindible en todo buen cuento postapocalíptico que se precie, está bien lograda.

    Un saludo.

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