Centinela de la noche y el silencio

El cuarto donde la niña estaba era un minúsculo cubículo sin ventanas donde apenas cabía el lecho donde permanecía postrada. Su existencia prolongándose tan solo debido al constante trabajo de máquinas a las que había estado conectada desde el momento de su nacimiento. Sumida en el silencio y la oscuridad, incapaz de mover un solo músculo, quizás destinada a una muerte temprana. Pero los años habían transcurrido y había vivido para llegar a ser testigo de esos días.

Pues podía contemplar la enorme flota destacada nítidamente a la luz de un sol resplandeciente; naves de las mas diversas formas y tamaños, que avanzaban internándose en la negrura infinita, y que iban dejando atrás una tenue estela de color rojizo. También podía mirar por última vez aquel mundo devastado que alguna vez había sido su hogar. Armas terribles habían hecho que la atmósfera escapara, que los océanos se evaporaran, y que ya nunca más pudiese ser habitable.

Observaba estas cosas y muchas más. Porque aunque sus ojos resecos eran ciegos, ella veía, y a pesar de que sus oídos eran sordos, también escuchaba. Su mente tenía la habilidad de escapar de la prisión de su propio cuerpo, de deslizarse dentro de los otros, de entender sus pensamientos, y de captar el mundo a través de sus sentidos.

Por eso ahora podía ver, oír y sentir la febril actividad que agitaba a la nave en la que viajaba y también a todas las demás. Era observadora privilegiada de como los últimos sobrevivientes de su raza intentaban desesperadamente huir antes de que las hordas enemigas los alcanzaran y los aniquilaran. Podía sentir la tremenda tristeza, la angustia, la desolación. Y sobre todo, el miedo. Ya que el enemigo podía estar ahí afuera, en algún lugar, esperando el momento oportuno para lanzar su asalto final.

Pero eso que para los suyos era una temida posibilidad, para ella era una horrible certeza. Porque distante, justo en el límite de sus capacidades, o aún mas allá, podía distinguir la silueta de una sombra contra la noche. El enemigo. Lo sabía. Pero no había nada que pudiera hacer, porque su don era un flujo en una sola dirección. Podía escarbar en las más recónditas profundidades de las mentes de quienes visitaba, pero era imposible comunicarles nada. Lo quisiese o no, su paso no dejaba ningún rastro. No había forma de advertirle a su gente sobre lo que había visto, o al menos aun no había encontrado ninguna.

A pesar de ello seguía intentándolo. Gritando, llorando. Tenía que poder. Tenía que haber una forma. Pronto sería tarde. Estarían a merced de sus verdugos y ese sería el final. El fin de todas las cosas para ella y para toda su especie.

* * *

Aquel que era el líder de todos los que ahora se aventuraban al destierro, también observaba la partida, pero desde el amplio puente de la más grande de las embarcaciones. Era viejo, mucho. Sus sienes eran blancas e incontables arrugas surcaban su rostro. Pero aún había brillo en su mirada, y astucia en su intelecto. Por eso comprendía perfectamente lo crítico de la situación. Ocultos en refugios bajo la superficie del planeta quizás habrían podido resistir unos meses más, obligando a los agresores a buscarlos casa por casa, escondite tras escondite. Habrían comprado algo de tiempo aunque el resultado habría sido inevitablemente el mismo. La derrota y la extinción.

En cambio habían escogido arriesgarlo todo, ahora. Reunieron una gran flota y subieron a bordo a todos los que quedaban. Millones de seres se prepararon para una travesía sin retorno hacia lo desconocido. Porque lo que intentaban era una medida extrema y desesperada. Acelerar hasta alcanzar una velocidad cercana a la de la luz, de modo que el tiempo se dilatara en forma considerable y así poder dirigirse a cualquier punto del universo en lo que serían solo breves instantes. Apenas eso, para ellos que viajaban. Pero no para sus perseguidores que quedarían atrás, a una distancia inconcebible, y lejos, muy lejos, en el pasado.

Pero todo dependía de que lograran dicha velocidad antes de que ellos se percataran de sus intenciones. Porque entonces no tardarían en concentrar todo su poder destructivo sobre la flota. Ya habían recibido reportes de actividad hostil en el borde del sistema. El plazo se les acortaba y cada vez era mayor el peligro de encontrarse con una sonda espía o algún caza enemigo. Si eso sucedía, mientras aún andaban lento, estaban condenados.

Sin embargo, no había mucho que pudiese hacer. Tan sólo dar animo a sus subordinados y contar el paso de los minutos. Quizás atreverse a preguntar, simulando despreocupación, por alguna novedad, rezando en silencio para que la respuesta continuase siendo negativa.

Pero a pesar de su casi absoluta incapacidad de modificar el rumbo de los acontecimientos, él era responsable. De él dependía la vida y la muerte de todos esos individuos. Él era quien tenía que guiarlos a salvo en medio de ese océano infestado de los más crueles depredadores.

Si tenía éxito sería honrado. Si no, nadie de su pueblo quedaría para enrostrarle su fracaso.

* * *

Pasaron algunas horas. Nada parecía haber cambiado, excepto que el hogar ancestral de su raza se había convertido en tan sólo en una estrella, ni siquiera la más brillante. Los otros seguían elevando sus oraciones. Ella no. Sabía que los rezos eran vanos. Que ya una enorme horda de enemigos se había puesto en camino para interceptar a la flota. Contingentes menores se desplegaban alrededor dispuestos a dar cacería a las naves que amparadas en el caos lograran alejarse de la masacre.

Conocía esos detalles porque las mentes alienígenas ya estaban a su alcance.

Al principio había tenido temor, miedo a lo desconocido y al odio que emanaba de ellos. Pero la curiosidad pudo más. También la esperanza de hallar alguna solución o algo; cualquier cosa. Por supuesto se sorprendió de lo que encontró cuando finalmente se atrevió a mirar.

Simpleza. Ausencia de complejidad. Nada de decisiones ni consideración. Solo propósito. Un único y terrible motivo dirigía sus acciones y ese era el de exterminar a todos los miembros de la raza que habitaba ese sistema. Sin más. Ni razones, ni dilemas morales, sin siquiera otra preocupación aparte de aquellas secundarias, como alimentarse, pero que aportaban al objetivo esencial.

Sí, había inteligencia. Esas mentes acumulaban enormes cantidades de conocimientos. De pronto tenía acceso a los secretos científicos y tecnológicos de un pueblo que les llevaba una ventaja de mil años. ¿Un pueblo? No. Decenas y decenas, quizás cientos. Este descubrimiento la dejó perpleja.

Se preguntó, ¿Qué había hecho su gente para merecer el concierto de todas esas distintas especies con el propósito de destruirlos? Vio a través de ojos facetados organismos de largas articulaciones y abdómenes segmentados. Seres que flotaban en un líquido denso, semejantes a enormes medusas. Otros, como gusanos con largas capas de color púrpura. Todo un zoológico de criaturas sentientes, todos respondiendo sincronizadamente a las instrucciones que se les daban. Órdenes que, de pronto, se percató, eran dadas de un modo que ella conocía; a través del pensamiento.

Entonces comprendió lo que estaba mal. Ante ella no tenía un cúmulo de mentes, como había interpretado inicialmente, sino que sólo una, grande, poderosa, terrible. Una sola entidad que imponía su voluntad sobre todos esos incontables seres, cuyos cerebros eran ahora cascarones vacíos habitados por su presencia.

Se sintió aterrada. Porque, aunque la fuente de toda esa maldad estaba todavía lejos, su identidad reflejada en esa multitud de criaturas que eran sus esclavos, no dejaba duda sobre lo abominable de sus intenciones, de la corrupción y degeneración. De la carencia absoluta de compasión.

Nadie en ese rincón del universo era más poderoso que él. Todos aquellos que alguna vez se habían cruzado en su camino habían sido derrotados.

* * *

Una vez hubo una civilización amante de la paz, y que tenía la maravillosa facultad de comunicarse mediante la telepatía, compartiendo conocimiento, sueños y propósitos. Solo ellos tenían esa cualidad entre todas las razas inteligentes con las que alguna vez habían establecido contacto. Aquel era pueblo al que él había pertenecido.

Él los había asesinado a todos. Sus bondadosas conciencias fueron incapaces de reaccionar a tiempo cuando uno de entre ellos mismos los traicionó, y antes siquiera de empezar a entender por qué estaban siendo atacados, ya habían sido diezmados, todos, a excepción, claro, de él. Luego todas esas especies menores que sus congéneres tanto se habían esmerado en ayudar, fueron subyugadas. Sus mentes doblegadas, y sus cuerpos convertidos en una mera extensión de aquel al que ahora servían.

Entonces se dedicó a expandir su imperio. Mundo tras mundo fueron cayendo bajo su dominio, y todos sus habitantes sometidos. Los pocos que esbozaban la mas mínima resistencia, aquellos pueblos cuyas voluntades eran un poco mas fuertes que las de los demás, esos eran eliminados.

Así habían pasado cientos de miles de años. Nunca había vuelto a sentir el cálido contacto de otra inteligencia junto a la suya. El ya no estar solo. La empatía total, el amor exaltado, las mentes que se abrazaban y se fundían, y juntas eran como dios. Pero no le importaba. De hecho era mejor así. Sabía muy bien cuanto sufrimiento había provocado, que si alguien veía en su interior no podría sentir nada excepto odio y repugnancia. Estaba bien. No pretendía otra cosa. ¿Afecto? ¿Misericordia? Eso es lo que había presente en los pensamientos de sus semejantes incluso mientras se desintegraban. Sólo por eso habían merecido morir. ¿Quiénes eran ellos para compadecerlo? Temor, eso era lo que deberían haber sentido. Odio quizás. Pero no, hasta el último instante lo trataron como alguien que debía ser comprendido y perdonado. Sólo por eso le habían quitado, le habían robado, el indescriptible gozo del triunfo.

Se había vengado. Su obra, una estela de destrucción y muerte que señalaba su paso como una herida cada vez mas grande a lo largo y ancho de la galaxia.

* * *

En la intimidad de su mente, cerrada a todo lo que había afuera, la niña sufría desolada. Había rozado los bordes de esa entidad, y había percibido la tremenda fuerza de su odio. La experiencia de una criatura de casi un millón de años de edad, toda dedicada a la obtención de más y más poder. El quería que sus víctimas sintieran el mas absoluto terror, la más absoluta impotencia, antes de morir, y al menos en su caso, lo estaba logrando.

Y el momento estaba cerca. La flota se aproximaba a los límites del sistema y ya estaba adquiriendo una velocidad significativa. De hecho quizás ya se podrían verificar leves diferencias, tal vez segundos, con los relojes dejados en casa.

Consecuentemente los enemigos habían equiparado dicha velocidad y se aproximaban desde varias direcciones, desplegándose como un manto que pronto los envolvería completamente.

Ella miró.

En la cabina de un caza, un ser de tentáculos mucilaginosos revisaba sus instrumentos. Adelante, las estrellas y una línea de pequeños cometas que en realidad eran su objetivo. Atrás, el cautivo. Ahí, aprisionada en su propio cerebro, había una mente, mutilada y deshecha por el dolor, la impotencia y la soledad. Subyugada por esa conciencia despiadada que le había arrebatado el control de su cuerpo hacía ya tanto tiempo que casi no recordaba como era ser libre, cuando era apenas un niño entre los suyos.

Observó en otra dirección.

En la nave insignia, el viejo líder. Intensamente concentrado en los datos que le entregaban sus subordinados. Se mantenía impasible y calmado, pero bajo esa actitud se ocultaba una intensa preocupación y angustia. Intuía el peligro. Pero rechazaba esas ideas y emociones. No podía dejar de creer que aún era posible sobrevivir.

Finalmente había un lugar del que ya no quería ver nada más, pero al cual se sentía irresistiblemente atraída.

El mismísimo centro de comando donde él permanecía, un bulto flotando en un estanque lleno de líquidos nutritivos y regenerativos que aseguraban su inmortalidad. Toda la disposición táctica de sus fuerzas expuesta en un luminoso holograma. Invulnerable, invencible. Tan seguro de sí mismo y de su propia crueldad.

Sí, él estaba ahí. Atrás, protegido de cualquier eventualidad por un enjambre impenetrable de naves blindadas y campos de fuerza. Porque tenía que estar ahí. Siempre junto a la horda, como la reina de una comunidad de insectos coloniales. No era su destino permanecer cómodamente instalado en alguno de los idílicos mundos que había conquistado. No. Eso significaría que el control sobre su monumental ejército se atenuaría al mediar entre ellos la distancia. Años luz, la eternidad que demorarían sus ordenes en llegar. No importa cuán poderosa fuese su flota, en esas condiciones estaría sentenciado a perder cualquier batalla.

Así que como siempre, él estaba junto a los suyos, aquellos que le pertenecían completamente, listo para iniciar la refriega. Una escena que ya había presenciado en muchas ocasiones. El último desesperado intento de una raza a punto de desaparecer. Él, como asesino despiadado que era, dejaría que llegaran casi hasta el final, que por unos momentos creyeran que lo iban a lograr. Entonces los aplastaría, y quizás alcanzara a ver la total decepción en sus rostros, y entonces obtendría un triunfo completo.

Pero mientras saboreaba el placer de la victoria anticipada, mientras se replegaba un instante sobre sí mismo, supo que algo inesperado había sucedido. Atareado como estaba dando los últimos ajustes a su estrategia, no se había percatado, pero ahora podía ver con claridad el luminoso rastro que otra inteligencia había dejado al incursionar en su mente, algo que no había sucedido en incontables edades. Una huella clara que pudo seguir con facilidad, y cuando lo hizo se encontró frente a frente con ella.

La criatura intento escabullirse pero él pudo seguirla sin dificultad con el enorme ojo de su mente omnipotente. Primero fueron la sorpresa e incredulidad. Luego la vergüenza. Ella había visto en su interior. Había visto todo el inconmensurable sufrimiento que había inflingido a tantos y tantos seres indefensos. Había visto su egoísmo y toda la extensión de su perversidad. El monstruo despojado de sus máscaras, y desvelando a un ser desamparado, torturado por su propio ego, mutilado en su capacidad de ser feliz. Pudo ver como ella sentía tristeza y compasión por él, y por supuesto, la odió por eso. La odió como no recordaba que era posible. Todo el rencor acumulado, toda su frustración, toda su increíble habilidad de provocar dolor ahora no tenían otro destinatario que ella.

De pronto, en medio de esa marea de ira surgió el miedo. ¿Miedo? ¿De la niña? No. No de ella en sí misma, sino de lo que su presencia implicaba. Allá iban sus tropas invencibles a aplastar lo que hasta entonces parecían ser tan solo desprevenidas criaturas. Pero no. Ella lo sabía y por lo tento su gente también. Sin embargo seguían adelante. Algo iban a hacer, algo para lo cual él no estaba preparado. Por un instante vaciló.

Pero ella permanecía inmovilizada en su lecho de enferma, aquejada de una parálisis general. Inevitablemente estos pensamientos emergieron y él pudo percibir la desesperación de la niña, impedida de comunicar la preciosa información que poseía. Rió, sabiendo que no había nada que temer.

– Por favor. Se lo ruego, no lo haga.- Vocalizó en su mente con palabras nítidas. -Déjenos ir y no sabrá nunca mas de nosotros. Se lo ruego.

– Si los dejo ir en verdad no sabré mas de ustedes, pues se irán lejos, tan lejos en el futuro, tan lejos en la distancia, que estarán mas allá de mi alcance.- Explicó.- De ninguna manera. Los destruiré a todos, pero no a ti. A ti te reservaré para que padezcas tanto que aprendas a odiarme. Entonces quizás, y solo quizás, te permita reunirte con el resto de los tuyos.

Ambos observaban como ya la flota en fuga entraba en el rango de las armas de los primeros cazas. Su líder, aun ignorante, mantenía su curso inmutable. Pronto, ante el primer disparo, se desbandarían y comenzaría la matanza. Más atrás miles y miles de naves enemigas convergían hacia ese punto, cerrando todos los huecos de la red.

– ¿Por qué?- Pregunto ella.

– Ya lo sabes. Lo sabes mejor que yo mismo.

– Pero, ¿por qué nos exterminas? ¿Por qué no te somos útiles como esclavos?

– ¿Acaso consideras ese un destino mejor que la muerte?- Le contestó. Como pensando para sí mismo agregó.- Esa no es opción. Las razas como la tuya no me son útiles, y sólo me queda destruirlas. Vuestras voluntades son demasiado potentes. La unión entre vuestros cuerpos y vuestras mentes es demasiado fuerte como tú misma has comprobado.- Y en ese mismo instante aquel ser abominablemente sabio supo que había cometido un error fundamental.

* * *

El anciano jerarca seguía en el puente. Durante todas esas horas no se había movido de ahí. Ansioso como estaba. Faltaba tan poco. Sólo unos minutos más y llegarían a una velocidad y una dilatación temporal tal que sus enemigos quedarían imposibilitados de intentar alcanzarlos.

El sudor se acumulaba en su frente y en sus manos. El silencio llenaba la extensa habitación. Los controladores permanecían en quieta expectación en sus puestos. Muchos visitantes se agolpaban atrás, queriendo estar en primera fila en ese momento decisivo. Uno de sus subordinados se giró hacia él con preocupación en el rostro.

– Señor. Naves hostiles acercándose directamente al frente. Detecto gran cantidad de fuego…

Antes de que terminara la frase todo el cielo a su alrededor, en todas direcciones, se inflamó con explosiones y disparos. La sala se convirtió en un pandemonio. Los controladores dando cuenta de una multitud de formaciones que repentinamente surgían en todas direcciones, unas a estribor, otras a babor, a los lados, en curso de intercepción, o tomando posiciones fijas. Otros oficiales dando instrucciones a las unidades de defensa, otros reclamando más aceleración a los motores. Los espectadores la mayoría gritando, unos pocos elevando plegarias.

Él estaba abrumado, pero en solo un segundo recuperó la compostura. Harían una última batalla. Morirían luchando, no había nada más que hacer.

– Maniobras evasivas.- Ordenó. -Fuego a discreción. Informe de daños, rápido.

Tras esta última instrucción hubo un momento de vacilación entre sus subordinados. Algunos se miraban con extrañeza. Otros atendían expectantes a su superior. Al fin uno, tras revisar los datos, contestó.

– Señor. No se reportan daños. El fuego no está dirigido contra nosotros.

Ahora lo veía él también. Los enemigos se habían enzarzado en una enconada lucha entre ellos mismos. Enjambres de naves se precipitaban unas contra otras, rayos de increíble poder arrasaban con formaciones completas, y a lo lejos se observaban titánicas explosiones.

– Adelante con todo. Salgamos de aquí mientras podamos.- Ordenó finalmente.

* * *

Sometida a los crecientes efectos de la relatividad temporal, su dominio sobre aquellos billones de cuerpos comenzaba a debilitarse. Las conciencias cautivas comenzaban a salir del calabozo oscuro donde habían permanecido por tanto, y ya dejaban de pertenecerle. Estaba bien así. Por un tiempo había tenido ojos, manos y los más increíbles miembros que jamás hubiese soñado tener. Había visto el mundo a través de frecuencias infrarrojas, o interpretando las oscilaciones de un campo magnético. Había respirado metano, se había alimentado de luz.

Y había ganado la más gigantesca batalla que se hubiese librado en la galaxia. Todo en un instante. Cuando el ejército del enemigo, al unísono y como una parte de ella misma, respondió a la orden de alto. Luego él había intentado recuperar el control, pero ella era más joven y más rápida. Pasado los primeros momentos de confusión e incredulidad, ambos comprendieron que él estaba derrotado.

Tras una desesperada y fútil defensa, el enemigo había muerto replegado en su baluarte, cuando los campos de fuerza que lo protegían fueron golpeados por una seguidilla de bombas de antimateria, una tras otra, hasta que colapsaron.

Pero ya se había acabado. Apenas si podía controlar a unos pocos miembros de las razas más débiles. Más de un minuto transcurría entre cada una de sus instrucciones. Muy pronto volvería a estar ciega, sorda, eternamente inmovilizada. Nadie nunca entre su gente sabría como les había salvado a todos. No le importaba. Era feliz. Inmensamente feliz al constatar como esa inimaginable cantidad de cautivos ahora salían de nuevo a la luz, libres. Si, ellos sabían, habían estado ahí, y en un clamor mudo le expresaban las más absoluta de las gratitudes. Le decían adiós. Ella volvía a su prisión, pero era feliz.

Tuvo un impulso, un deseo nunca expresado y que ahora era posible, por única vez.

Aprovechando uno de los apéndices vermiformes de aquella criatura, en la cabina del pequeño caza, y sobre un cristal empañado por gases extraños…

Escribió su nombre. [x]

3 comentarios sobre “Centinela de la noche y el silencio”

  1. que gran remate.

    me gustó el relato, bien narrado, un historia original.
    Bastante temible este ser primigenio y omnipresente.
    felicitaciones.

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