La Hermandad del Viento [Fragmento]

Todo permanecía en silencio, hasta que sobrevino el caos. Al unísono, las tres enormes puertas del templo de Trepal estallaron convertidas en una tormenta de fuego, madera y metal, asustando a todos los animales de la isla. La mayoría de los Monjes Púrpura cayeron al suelo, en medio del humo y los fragmentos incandescentes. Estaban perdidos.

Durante tres días, el templo más sagrado de la Orden había resistido un incesante ataque con flechas incendiarias, proyectiles lanzados desde catapultas y arietes que intentaban una y otra vez derribar alguna de sus tres centenarias puertas. Y finalmente sus misteriosos atacantes lo habían conseguido.

Sólo cuando el humo se comenzó a dispersar, los monjes apreciaron en su real magnitud el daño causado por las explosiones. De las tres entradas, dos tenían sus puertas completamente destruidas y aunque la tercera –la más resistente– no se había derrumbado, sí tenía un enorme forado circular justo al medio. Y de pie, mirándolos fijamente, había al menos unos treinta hombres en cada acceso del templo.

La mayoría llevaba ballestas o espadas de múltiples largos y diseños; otros además portaban escudos de distintas formas geométricas. Casi todos usaban el cabello muy largo, amarrado con pañuelos o aros de metal. Sus ropas eran tan diferentes entre sí como la cantidad de colores en cada una de ellas. Varios también lucían grandes tatuajes en sus brazos y algunos que no llevaban camisa, mostraban orgullosos sus grabados en el pecho y la espalda.

No había ninguna duda, eran piratas.

–¿Quién está a cargo? –dijo una voz grave y gastada.

Pero no hubo respuesta.

Entonces, de entre los hombres apostados ante los restos de la puerta oeste del templo, una figura alta y delgada avanzó hacia los desconcertados monjes. Su cabello era largo y blanco. Vestía completamente de negro, incluyendo guantes y botas del mismo color. Y alrededor de su cuello colgaba un collar hecho con una docena de afilados dientes de turgón, un temible depredador que habitaba las aguas del lejano Mar de Hielo Sur.

La atemorizante figura empuñaba en su mano derecha una espada fabricada con alguna clase de metal rojizo, ya que lanzaba intensos destellos cobrizos bajo la luz del sol. Extrañamente, casi nadie reparó en que a su ancha hoja le faltaba un trozo, de casi un tercio del largo.

–¡No lo diré por segunda vez! –gritó el hombre–.
¿Quién está a cargo?
–Yo…

Uno de los monjes se puso trabajosamente de pie, limpió sus ropas llenas de tierra y hollín, y tras tomar una larga bocanada de aire, avanzó hacia el pirata.

–Yo soy el hermano Betner –dijo mirándolo hacia arriba, ya que el monje era de baja estatura–. Yo… yo… estoy a cargo del templo y…

Pero el monje no pudo terminar su frase, ya que el pirata lo tomó por el cuello y lo acercó violentamente a su rostro. Fue en ese instante cuando el hermano Betner, abrumado por el miedo y la sorpresa, descubrió en una fracción de segundo que el cabello blanco que caía sobre la mitad derecha del rostro del pirata, ocultaba lo que parecía ser una larga y profunda cicatriz. Resultaba imposible saber si era producto de un accidente o una certera estocada. Lo único cierto era que había perdido el ojo.

–Insecto miserable… ¿Acaso piensas que voy a creer que tú eres el líder de estos monjes? Un enano panzón como tú no puede estar a la cabeza de quienes resistieron durante tres días mis ataques.
–Por favor… suéltelo.

Entonces todas las miradas se dirigieron hacia un anciano de barba blanca y medio calvo que caminaba apoyado en un largo bastón de madera verde oscuro. Su vestimenta era púrpura, igual a la del resto de los miembros de la orden, salvo por un detalle: los bordes de sus mangas tenían una banda plateada.

–No es necesario que el hermano Betner proteja mi identidad –dijo con voz calma el anciano–. Yo soy el hermano Monzet, Gran Kir de la Orden de los Monjes Púrpura, y Guardián Supremo del Templo de Trepal. Dime qué deseas y por qué nos atacas.

Satisfecho, en ese instante el pirata soltó el cuello del hermano Betner, quien cayó pesadamente al suelo, jadeando. Todos los piratas estallaron en risas y burlas.

–¿Sabes quién soy?
–Sí –respondió el Gran Kir–. Eres el pirata Talbor, al que muchos llaman El Destructor.
–Entonces, si sabes quién soy –masculló el pirata–, explícame por qué no estás de rodillas suplicando por tu vida.
–Porque no te temo. Ni a ti ni a tus hombres. Mi fuerza no está en las armas, sino en mi espíritu.

Nuevamente los piratas comenzaron a gritar y a burlarse de los monjes. Pero entonces Talbor levantó su mano derecha y al instante todos enmudecieron.

–Eres un viejo valiente… o muy torpe. Lo reconozco –comentó el pirata, caminando lentamente alrededor del monje–. Pero eso hoy no te va servir de mucho.

–Puedes hacerme lo que quieras, no me intimidas. No te tengo miedo –respondió Monzet.
–Es verdad, los Monjes Púrpura son famosos por su paciencia, generosidad y sacrificio –recitó el pirata en voz alta–. Cada uno está dispuesto a padecer hambre, sed, frío… incluso dolor extremo si fuese necesario. ¿Pero qué pasaría si el sacrificio fuese para otros?
–Hable claro…
–¿Quiere que hable claro, hermano Monzet? Pues bien, si no me entrega la Garra de Famir, le diré a mi tripulación que comience a decapitar a todos sus monjes. Uno por uno, hasta que no quede nadie. Y usted será el último.

Un murmullo en voz baja recorrió tanto a monjes como a piratas, todos igual de sorprendidos por las palabras de Talbor.

–No sé de qué habla.
–Hermano Monzet, después de tres días de asedio a su templo, que por cierto más parecía una fortaleza, no me queda mucha paciencia. Créame.

Sin decir palabra, Talbor chasqueó los dedos y tres de sus hombres se acercaron corriendo. Y al llegar hasta él, los piratas se arrodillaron con las cabezas gachas, en muestra de respeto.

–Elijan a tres… cualquiera.

Rápidamente cada uno miró a su alrededor, buscando al azar, hasta elegir al monje más cercano. Luego desenvainaron sus espadas, aguardando la orden de Talbor.

–A la cuenta de tres, córtenles las cabezas.
–¡No! –exclamó el hermano Monzet– ¡Somos hombres de paz!
–Uno.

Los tres piratas levantaron al mismo tiempo sus brazos, listos para descargar el filo de sus espadas sobre sus víctimas.

–¡Por favor! ¡Ellos no tienen que correr esa suerte!
–Dos.

Los monjes cerraron sus ojos y cruzaron serenamente sus brazos sobre el pecho. Ninguno de los piratas estaba familiarizado con el ceremonial de los Monjes Púrpura, así que nunca supieron que sus víctimas estaban rezando.

–¡No lo haga! ¡Ellos ni siquiera saben lo que es la Garra de Famir!
–Y…
–¡Está bien! ¡Está bien! –exclamó el hermano Monzet–. Yo le daré lo que busca, pero con una condición.
–Hermano Monzet, usted puede ser el Gran Kir de los Monjes Púrpura, pero no está en posición de exigir condiciones. Mire a su alrededor, nosotros controlamos ahora su templo y toda esta isla.[x]

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Más información: Crónicas de Kalomaar

3 comentarios sobre “La Hermandad del Viento [Fragmento]”

  1. Je, este caballero fue uno de los que me indujo a la laboriosa y dificil tarea de intentar escribir un libro sobre fantasia epica, no he leido nada de el, pero lei un par de criticas que hicieron de su primer libro, la lanza rota, y si el es tan malo y asi y todo logro publicar y hasta ganar un premio ¿Que oportunidades tengo yo? Pues mucho mejores.

    Saludos.

  2. Me parece que los comentarios despectivos están demás. Puede que escribas mejor, es una posibilidad como cualquier otra, pero, ¿dónde está tu premio? ¿Dónde, tu libro publicado? Yo celebro que un autor haya tenido la valentía de enviar su libro a un concurso y de escribir sin otra pretensión que entretener. No le conozco, pero desde ya le felicito. Y le agradezco que abra caminos para los que pretendemos venir después.

    León de Montecristo.

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