Confesiones de un semidiós agobiado

¿Que por qué temo al compromiso y la responsabilidad, dices? Nena, ¿cómo quieres que te cuente eso? Que es una cosa tan íntima como el perfume que usa uno, el recuerdo de su primer amor o la marca de esa crema depilatoria que le deja las piernas tersas como el culito de un bebé recién salido de su baño de la mañana. Y esas son cosas muy íntimas, no sé si me quieres entender…

Oh, está bien: ya que siempre te empeñas en tratar de sonsacarme por qué tengo tanto miedito al asunto de la paternidad esa, te lo explicaré ahora que estás tan rica, dormidita con la mano derecha acariciando por puro instinto ese enorme barrigón de cuatrillizos que hace que me entren urticarias. Te lo dejaré bastante clarito con la mayor brevedad posible:

a) Son cuatro.
b) Son cuatro.
c) ¡¡¡Son cuatro!!!

Y cuatro churumbeles son muchos churumbeles, cariño… Las cosas como son. ¡Ah! Y además está aquella vieja historia.

Una historia que se remonta a hace mucho, mucho tiempo, cuando este mundo era todavía tan joven que, de haber podido, hubiera tenido acné. Tú no siempre has sido la semidiosa de la tierra, ¿me equivoco? Vale, sí: desde niña se te dio bien el dichoso tema agrario y ya en el principio cultivabas los mejores pepinillos de tu región, a los que dicen solo les faltaba nacer con el vinagre incluido. Pero antes no podías hablar con los repollos, ni conspirar en secreto con tus tomates contra la vecina del chalecito de la colina. Y… en fin, antes no te crecía una lechuga en la cabeza. A lo que voy es a que también hubo un tiempo en el que yo, Fildor del Soplete Divino, Señor del Fuego Fogoso, fui totalmente humano. Escalofriante como pueda sonar…

Todo comenzó allá por el primer eón de nuestro universo —oséase, en el año en que reinó Cipriolo—, cuando los dioses aún eran primerizos en esto de llevar las riendas de un mundo. Por aquel entonces, los Sumos Creadores todavía no eran unos vagos de órdago; y dominaban todas las tareas que debería dominar un buen ser superior que se precie, en vez de dedicarse a jugar a la videoconsola usando como peones de su juego a los pobrecitos mortales. No había semidioses que valiesen y yo aún era un humilde muchacho de Khemaré, una pequeña población nómada que se desplazaba, como si tuviese el hormiguillo, a lo largo y ancho del vasto desierto de Jorobah, donde moran esos misteriosos tipos mitad hombre y mitad camello —centellos, se hacen llamar— que se empecinan en malgastar su aburrida vida leyendo en las estrellas los designios del destino.

Servidor no era, en aquellos años, tan arrebatador y molón como ahora. Como buen poblador de las tribus errantes del desierto, todavía no era consciente de lo rematadamente sexy que resulta uno luciendo un traje ajustado de licra naranja, ni sabía lo guapo que es peinarse los pelos de punta. Tendía a llevar ropas holgadas, cubría mi rostro con un amplio turbante que me protegía del calor; y mi cabello, castaño y ensortijado, siempre caía con rebeldía sobre mi frente morena. Cuando había de deshacerme del turbante en la intimidad o al caer la noche, solía encontrarme con que el tradicional atuendo Khemarehino, de color fucsia intenso, me había desteñido en la piel, dejándola del mismo color que un chicle de fresa mascado. Y luego tenía el valor de preguntarme por qué narices nunca ligaba… A pesar de todo, aquel pringadillo que era yo llevaba una vida feliz, o eso creía.

Hasta aquella mañana.

El negocio familiar de churros y chocolate caliente no acababa de marchar del todo bien a determinadas horas del día, cuando el sol derretía literalmente las piedras, la gente andaba buscando con desesperación las famosas máquinas expendedoras de Desert-Cola y los espejismos engañaban a los transeúntes, que acostumbraban a ver inexistentes tías buenas portando inexistentes jarros de inexistente agüita fresca extraída de algún que otro inexistente manantial. Harto de que no pasase por allí cerca ningún lunático capaz de hacerme un pedido, decidí escaquearme del trabajo como quien no quiere la cosa y me deslicé lejos de mi tienda para dar una vuelta. A la salida del campamento, encontré a aquel fastidioso centello tarado de siempre.

—El momento se acerca, pequeño —me dijo, guiñándome el ojo enigmáticamente al llegar.

Pasé de él como quien pasa de una cáscara de plátano: llevaba diciéndome cosas raras desde que tenía uso de… de la poca razón de la que yo he podido tener uso en mi vida. El día de mi nacimiento, aquel loco había descubierto que grandes señales brillaban en el cielo, se lo había soltado a mi señora madre y se había quedado tan pancho; después le había hecho jurar que me llamaría Fildor, que en nuestra lengua significaba algo así como «el que todo lo chocarra». Nunca entendí por qué le hizo caso la tía; pero tiempo después tendría que darle las gracias, visto que hoy el nombrecito me va de perlas.

—Sí, Haldjal, sí. Yo también te amo —suspiré con una sonrisa resignada—. Como la llama al «llamo». Pero déjame tranquilo por un rato, ¿sí?

Sin mediar más palabra, seguí mi camino. Y lo seguí y lo seguí… hasta que la vi, no más de media hora corta de caminata después.

Ahí me estaba esperando ella.

La salamandra.

Se trataba, en efecto, de una de esas salamandras que suelen salir en los documentales sobre fauna exótica: una especie de lagartijilla grande, brillante y carente de escamas, con la piel negra como la noche moteada de manchas amarillo chillón. Había leído sobre ellas en algún antiguo libro de leyendas de mi abuelo, de esos que hablaban sobre el mundo de más allá, donde existían las plantas y la arena era solo una pequeña parte del todo. Según este, las salamandras eran criaturas anfibias que tendían a habitar en lugares húmedos y gustaban de darse buenos chapuzones. En un desierto, una salamandra estaba más perdida que un punkarra en una fiesta de pijamas.

—De veras que sí, macho. Me estoy achicharrando viva —dijo ella, como si acabase de leer mis pensamientos de cabo a rabo—. Y esta mierda de piel viscosa se me está quedando de un reseco que da gusto. Creo que tiene que ver con un error de cálculo: según los cuentos de viejas y los mitos de los de aquí abajo, las salamandras son poderosos seres mágicos amigos del fuego, capaces de sobrevivir a la furia de las llamas más sobrecogedoras e intensas.

»Es todo pura patraña, claro; pero vengo a concederte el don y la carga del poder elemental ígneo. Necesitaba un cuerpo terrenal en el que encarnarme para que mi presencia no causase estragos irreparables, lo cual sería una broma macanuda para los idiotas de los mortales, ahora que lo digo; pero no es mi plan para hoy. Hablando en términos de superstición, este disfraz me pareció adecuado. Eso es todo.

La salamandra se encogió de hombros de la manera en la que se encogería de hombros una salamandra. Chillando como un crío miedica al que le han metido una serpiente de goma en la mochila, eché a correr como alma que lleva el diablo y batí todos los récords de quinientos metros dunas. Me detuve con la mano en el corazón, sin resuello, y me atreví a abrir los ojos de nuevo. El animal bufó de impaciencia a menos de dos palmos de mí.

—¡Venga ya, tío! Me pareciste un tipo valiente cuando te elegí para esta misión. ¿Qué se supone que te pasa?

—Eeeer… Tengo una… salamandra parlante…, esto…, delante de las narices… Básicamente.

—¡MUAAAAAAAAAAJAJAJAAAAAA, ERA ESOOOOOOOO! —El anfibio mostró un aire demente—. Tranqui, no soy una salamandra; solamente una diosa. La Señora del Mal, para ser más exactos. Me llaman Muajajá. Por mi risa, supongo.

—Ahm. Mucho mejor —carraspeé tragando saliva.

La salamandra me miró con insolencia.

—Mucho más guapa, por lo menos, aunque no te daré el honor de comprobarlo con tus propios ojos. Fildor, este bichejo que tan amablemente me ha cedido su cuerpo no aguantará demasiado: pronto morirá. De modo que al grano, majo: serás el semidiós del fuego.

Creí haber oído mal.

—Aaaaaah, ¿cómo te lo diría…? ¿Mande?

—Serás el semidiós del fuego.

—Aaaaaah, ¿cómo te lo diría…? ¿Mande?

Con sus deditos diminutos, Muajajá tamborileó en la roca sobre la que permanecía recostada.

—¡No me fastidies, Fildor! Hasta Haldjal lo sabía, y nunca has querido hacerle ni caso. Te lo diré en pocas palabras: nos aburrimos, colega. ¡NOS ABURRIMOOOOOS! Sí, ser un dios es muy bonito: creas tu propio universo cuajado de rutilantes estrellas y lo adornas con planetas teñidos del color de mil bosques floripondiosos; llenas tus mundos de criaturitas saltarinas y tienes el orgullo de ver cómo se matan entre ellas por conquistar un cacho de cemento y pedruscos puestos uno encima de otro. Entretenido. Muy instructivo.

»Pero acaba siendo taaaaan tedioso… ¡Tienes miles de tareas! ¡Miles! Y da igual que seamos infinitos y eternos: ¡NOS DESGASTAMOS MUUUUUUUUUUUUCHO! El dios del bien y yo podemos no ser lo que se dice amigos; pero convivimos en tregua desde la creación, e incluso estamos de acuerdo a veces. Y esta es una de esas veces, tío. ¡QUEREMOS DESCANSAAAAAAAAAAAAAAAR! Así que pensamos en la idea de los semidioses: seres mortales de gran potestad que se repartan entre ellos esas tareas chungas y asquerosas que a los de arriba nos sientan tan mal como un enorme grano en el culo. Queremos que tú seas uno de ellos. Mi gordo amigo Amismor, siempre pensando en los seres inferiores y desfavorecidos, no estaba tan de acuerdo como yo con la idea de explotaros vilmente, claro; y, sin embargo… soy convincente.

—¡Un momento! Si la tarea que me queréis encomendar es como un enorme grano en el culo… ¿no me sentiría yo como si tuviese un enorme grano en el culo? Jo, ¿y si te digo que NO ME CONVENCE?

Me dispuse a irme por donde había venido, dejando a la divina salamandra con una metafórica puerta en las narices; no obstante, las palabras que escuché de su boca hicieron que sintiese un temblor de emoción a lo largo de la espina dorsal:

—Si bien un gran poder conlleva una gran responsabilidad, chico, también comporta ventajas. Serás longevo, Fildor, casi eterno. Y ligarás. Ligarás cantidubi.

¡¿ACABABA DE ESCUCHAR QUE YO…?! Aquel dardo había golpeado justo donde Muajajá pretendía; y, en el fondo, yo tenía aptitudes para cumplir como Señor del Fuego: era más que impulsivo y me iba la marcha. Me giré enérgicamente, las pupilas titilando de locura; golpeé la roca tan fuerte que incluso conseguí sorprender a la diosa.

—¡¿DÓNDE HAY QUE FIRMAR?! —pregunté sin dar lugar a vacilación alguna.

La salamandra sonrió.

—Así me gusta, Fil —repuso—. Sabía que serías inteligente y no rechazarías una oferta como esta. Te habría hecho acceder de todos modos, no hace falta decirlo; pero así la escenita queda mucho más lacrimógena y navideña. Ni siquiera hace falta que firmes nada, en realidad. Tan solo toma esto, pequeño, y acepta tu destino en el curso del mundo.

La tierra se convulsionó; la arena se arremolinó en torbellinos de inquieto polvo desértico. Aquel que fue, es y seguirá siendo mi tesoro surgió de las profundidades del mar de dunas, majestuoso y puesto a la potencia máxima. Era tan de última generación que ni siquiera se había inventado en aquellos tiempos e irradiaba un fulgor de llamas que lo hacía sobrecogedoramente bello.

Era la cosa más bonita que había visto en mi joven existencia.

—El Soplete Divino —pronunció la Señora del Mal con aire solemne—. Úsalo con sabiduría.

Cuando temblando lo tomé entre mis manos, algo cálido inundó todas las venas de mi cuerpo como una poción muy cargada de vitalidad ilimitada. Me sentí más imparable, más activo, más nervioso y descontrolado de lo que me había sentido jamás… Me sentí más Fildor que nunca y tuve ganas de gritar.

De hecho, creo que lo hice. Fue algo así como «¡SOY EL AMO DE LA FIESTAAAAAAAAA!». A continuación, me vi reflejado en un espejo que Muajajá había materializado y descubrí a un hombre nuevo: el cabello de tonos rojizos se elevaba muy alto, como una lengua de fuego pretenciosa que quisiese alcanzar el cielo; los ojos, henchidos de un nuevo arrojo que no conocía en mí mismo, rezumaban sex appeal. A pesar de que mi fisonomía continuaba siendo más bien delgada, encontré mi musculatura mucho más potente, fibrosa, como la de uno de esos príncipes del desierto de los que siempre hablaban los cuentacuentos cuando me reunía con los amigotes a beber en alguna tasca unas copitas de más. Y la ropita ceñida era la pera, ya lo sabes: siempre me dices que parezco un superhéroe hortera de cómic, pero en el fondo sé que te pone.

Aquel tipo no era yo. ¡Estaba buenísimo!

—¡CÓMO MOLOOOOOOOOOOOOOO! —dejé escapar con aire triunfal.

Sintiendo que la sangre hervía a borbotones en mi interior, me arranqué a saltar como un loco sin calibrar las consecuencias; me monté yo solo mi propia party para celebrarlo y convertí aquel sector del desierto en la juerga del milenio. Reflejándome de nuevo en aquel agradecido cristal ahumado, practiqué un par de poses de culturista, satisfecho. Después acusé la repentina necesidad de probar mi nuevo soplete allí mismo. Funcionaba bien.

Demasiado. Y debemos agradecer a todos los dioses y santos, espíritus sagrados y profetas auténticos y profanos que el desierto estuviese desierto; porque, si no hubiese estado desierto, yo lo habría dejado… bueno, desierto. Absolutamente increíble.

La diosa, ya casi moribunda en su cuerpo prestado, dejó escapar un pequeño “muajajá” de incredulidad.

—¿Qué significan para ti las palabras «úsalo con sabiduría»? —inquirió divertida—. Tío, debo irme ahora: esta salamandra está ya más seca que la mojama.

—Está bien, esto… gracias —dije como despedida—. Eeeer… yo también tengo prisa. Plan de Fildor para esta noche: ¡montarla! ¡TEMBLAD, GACHÍS DE KHEMARÉ, PORQUE EL GRAN FIL…! —Se me iluminó la bombilla un instante—. ¡Espera! ¡No te vayas todavía! Esa salamandra…, ¿crees…? En fin, eres todopoderosa, ¿no? ¿Crees que podrías transformarla… en una verdadera salamandra de fuego? Es tan mona… No quiero que se muera.

—Aaaarg, de acuerdooooooo… Disfruta de tu salamandra, pesado.

Con estas palabras, la Señora del Mal abandonó el lugar. Yo recogí al animal entre mis manos con mimo y continué mi caminata con una sonrisa de oreja a oreja.

—Vamos, Hoguerita —susurré a mi nueva mascota—. Deberíamos construirnos un nuevo hogar. Una tiendecita de solteros, ¿te parece? La llamaré Villa Marada, jujuju. ¡Es un buen juego de palabras!

Lo demás, cariño, ya lo conoces: al día siguiente, cuando andaba yo seduciendo a la hija del orfebre mayor, vinieron los dos de arriba a buscarme porque querían presentarme al resto del Cuarteto Elemental. Así fue como conocí a Dalheiven y Mardeleem, señores del aire y del agua, que hoy son buenos amigos nuestros. Y así te conocí a ti, Nimlee.

La otra cosa más bonita que había visto en mi joven existencia, ahora que no me oyes (y menos mal: uno todavía tiene un poquitito de dignidad).

Y así fue, en definitiva, como me convertí en el semidiós del fuego. ¿Qué? No, no me ronques así… ¡Ya sé que iba a contarte por qué temo a la paternidad; pero es que…! Es que me da mucha vergüenza, ¡maldita sea! ¡Vale, vale, ya voy! Fildor, respiremos hondo; te vendrá bien desahogarte. Allá vamos…

Maté a Hoguerita. ¡LA MATÉ DE HAMBRE, POR EL AMOR DE AMISMOR! ¡Me fui con una novieta, nena; y la dejé semanas sin comer!

Por eso tengo miedo, ¿contenta? Si yo fuese tú, con lo que es el padre de tus hijos, ya estaría firmando una orden de alejamiento. Soy horrible… Soy lo peor, soy… soy… ¡Ya lo has logrado, Lechuguina! Ya me has hecho sacar mi condenado lado sensible, y eso me pone del hígado.

Esta tarde no pienso grabarte Pasión de elfo. Que lo sepas.

5 comentarios sobre “Confesiones de un semidiós agobiado”

  1. Me gustó. Captura muy bien la onda Pratchett, y eso no es fácil. Un poco abarrotado de terminología ibérica, pero nada que uno no entienda a estas alturas de internet.

    Eso sí, Mundaca, ¿de dónde carajo sacas esas horribles ilustraciones?

  2. Aquí la autora…

    Jaj, la imagen es una bobada que hicimos una amiga y yo en un momento de aburrimiento… El personaje está hecho con el programa Hero Machine; y te aseguro que se parece a la imagen del personaje en mi cabeza XD.

    Me alegro mucho de que te haya gustado el relato, guayec. Siento mucho lo de los términos típicos de España; pero escribir el lenguaje coloquial y ser española es lo que tiene. Te digo lo mismo que le dije a Rodrigo -o Mundaca, como más os guste- en su momento: siempre es un honor ser comparada con el amigo Pratchett. Un honor demasiado grande que no acabo de merecer, dicho sea de paso :D.

  3. Un relato entretenido, sin mayores pretensiones (creo, es mi interpretación)que divertir en un contexto fantástico.
    No conozco nada de Pratchett, así que no corroboraré ni refutaré las afirmaciones anteriores.
    Lo del lenguaje coloquial español, a los latinoamericanos nos puede complicar, ya que tanto en la traducción literaria, como en el doblaje cinematográfico (“vale tío”, “la ostia” “joder”,etc.), a veces lo utilizan para rellenar textos que el traductor no tiene idea de como transcribir a nuestro idioma.
    Pero esos son pelos de la cola (en el caso de tu relato, escamas de la cola).
    Al principio no entendía muy bien para donde iba la historia, ya que los términos del universo en que se mueven los personajes no me son para nada familiares, pero entre el relator y su dormida auditora si lo son, y eso se va evidenciando a medida que avanza el texto. Esto es para mi relevante, ya que le da naturalidad a lo que dice Fildor. Uno no conversa con alguien,explicandole el origen de cada término que uliliza en su charla, por ejemplo, “jesucristo! , que como tu bien sabes es el mesias ..bla bla bla “.
    Lo mejor, la salamandra poseida, con su humor sucio.
    Lo peor, que a veces se me iba la mente hacia otras cosas mientras leía el relato, lo que quiere decir que en ciertos pasajes el hilo se pierde (o estaré muy distraido?…)

    1. ¡Hola, Francisco!

      Ya sé que te comento algo tarde; pero la verdad es que leí esto en su momento y olvidé responderte… En todo caso, estoy igualmente agradecida y me alegro de que te gustara ^^.

      En efecto, es obvio que no pretendo descubrir las grandes filosofías de la vida… sólo escribí esto para un concurso (aunque me pasé de palabras…) con la intención de que fuese una lectura cómica agradable. Lo del lenguaje… ya digo que para mí es un poco inevitable. Y lo de no introducir los términos en plan explicación a alguien que en teoría ya los sabe (o no de una manera obvia) es algo que creo que he mejorado últimamente, respecto a otros textos un poco más viejos.

      Y nada, que me alegro de que pasaras un buen rato leyéndolo a pesar de esas idas de cabeza. A ver si algún día de estos puedo enviaros algo… quizás una cosilla más seria.

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