Caro Data Archangeli

No se suponía que yo estuviese allí, pero Natalia era mi amiga y a mis cortos cinco años creía tener todo el derecho a ser partícipe de sus exequias.

Me escabullí entre los arbustos hasta situarme a una distancia prudente y observé detenidamente la escena cautelando no ser sorprendido. El cuerpo de Natalia yacía recostado sobre un lienzo añil con las manos cruzadas sobre el pecho. Ninguna muchedumbre se congregaba en torno a mi pequeña amiga. A su alrededor se encontraban solamente sus padres, el corregidor y el sacerdote, una situación bastante anómala ya que todo funeral por decreto era público, pero la ley no se aplicaba de la misma forma con gente como ella. Lo dice el viejo proverbio, una misma ley para el león y para el buey es opresión y mi amiga era hija de un león. Su padre era uno de los hombres más acaudalados de la zona, además de íntimo amigo del corregidor designado por la Gran América. Su fortuna provenía de los viñedos que se extendían como un interminable manto sobre las riberas del río y a los pies de la cordillera. Más de trescientas hectáreas plantadas de las cuales se extraía una uva deliciosa cuyo destino era trasmutarse en aquel licor que tanto deleitaba al buey de mi padre.

El rostro de Natalia y su cuerpo tan blancos se asemejaban más bien a una imagen de cera que a la niña con quien tantas veces mis hermanas y yo habíamos jugado; bañándonos desnudos en el río; trepando a las ramas de los árboles; persiguiendo a los potrillos que huían de nosotros alzando sus colas como plumeros; hartándonos de los aromáticos racimos de uva de los huertos de vides de su familia… no lograba convencerme que Natalia estuviese muerta, pese a que yo mismo viera a Khartoum, el caballo preferido de su padre, descargar aquella mortífera patada que le fracturó las costillas perforando sus pulmones. Tampoco creía que fuera a bajar nada del cielo para llevársela, aunque los adultos aseguraban que eso era precisamente lo que ocurría en estos casos.

Durante un tiempo que se me antojó interminable mantuve la mirada fija en las nubes viendo tan sólo una bandada de golondrinas surcando el viento. El sacerdote repetía una y otra vez su monótona cantinela:

Per signum Sanctae Crucis
de inimicis nostris
aceppi et caro data archangeli
Domine Deus noster.

Los demás permanecían en silencio con los ojos clavado al suelo. Uno de los hermanos de Natalia cansado de estar de pie se sentó sobre el césped pero recibió un duro coscorrón por parte del padre que hizo que se pusiera de pie enseguida como un resorte. Me alegré de no estar en su lugar, si yo hubiese hecho tal cosa me habría ganado una reprimenda mucho más severa.

Después de esperar cerca de una hora comencé a sentir hambre. Era pasado el mediodía y en mi premura por llegar a tiempo a la parcela de nuestros vecinos ni siquiera había desayunado. Justo cuando consideraba seriamente la idea de marcharme aquella cosa finalmente bajó del cielo. Huí aterrado de mi escondite y corrí y corrí sin parar hasta llegar a casa y refugiarme bajo las faldas de mi hermana mayor a quien confesé horrorizado lo que momentos antes presenciara. Isabel prometió no hablar sobre mi escaramuza con nadie, ni siquiera con Román.

Esa fue la primera ocasión que avisté un arcángel.

Dieciséis mil años han transcurrido desde aquel primer encuentro y los arcángeles han sido la única inteligencia no-humana con la que nos hemos topado en nuestra vasta exploración galáctica. Los únicos seres cognoscentes del Universo somos nosotros, eso es lo que hemos venido diciéndole a la humanidad desde que salimos al espacio. Los arcángeles por supuesto no cuentan, ellos estuvieron sólo de paso y pertenecen a otro reino que ni siquiera es el mismo al que la humanidad emigra tras la muerte, un sitio por cierto al que ninguno de los Athanatoi podremos acceder jamás.

La responsable de esto es Constanza. Sí, me refiero a Nuestra Amada y Santísima Señora Constanza, la esposa de Román el Redentor; el Matrimonio Sagrado, la Unio Mystica, Máximos Dirigentes de la humanidad. Gracias a ellos, a su guía y visión, abandonamos nuestro planeta de origen y sembramos nuestra estirpe entre las estrellas. Desgraciadamente Román y Constanza llevan muertos miles de años, y jamás pudieron ver los frutos de su labor. Fuimos nosotros, los doce inmortales conocidos como Athanatoi, los encargados de otorgar cuerpo a sus ideales.

Ser inmortal es como vivir en un sueño que no termina, donde el tiempo y los recuerdos se funden y refunden en imágenes propias y ajenas llenas de imprecisiones. Hay pocas cosas que recuerdo nítidamente, el rostro de mi amada hermana Isabel, es una; la mañana en que abrí los ojos nuevamente a la vida y descubrí que no había sido pasto de los arcángeles, es otra.

El ser humano tiene la peculiaridad de que no puede vivir si no mira al futuro: sub specie aeternitatis, yo sin embargo prefiero refugiarme en el pasado, que finalmente es lo único que existe. Es por ello que la historia se ha convertido en mi pasión más duradera. Su estudio permite aprenderlo todo por la sencilla razón que todo cuanto es, fue y será, posee historia. Mi preocupación por esta rama del saber tiene su origen en mi gusto por la lectura, actividad que retomé luego del matrimonio de Román y Constanza. Por supuesto que durante varios años seguí leyendo principalmente obras de ficción, pero ya entrado en la adolescencia —al menos cronológica— derivé en los textos filosóficos de Platón, Tomás de Aquino, Hobbes, Locke, Marx, etc. Fue entonces cuando me percaté que mi ignorancia sobre el contexto histórico en que fueron escritas estas obras limitaba mi entendimiento de las mismas, y fue sí como derivé hacia el estudio de la historia y comenzaron a denominarme sin ningún asomo de originalidad: “el Historiador”, pese a lo ridículo que parecía llamar de esta forma a un “pequeñuelo”.

Cierto filosofo alemán oriundo de Stuttgart aseveró que la experiencia nos enseña que la gente y los gobiernos nunca han aprendido nada de la historia y mucho menos actuado en base a principios derivados de ella. Por supuesto que el gobierno de los Athanatoi no es una excepción a la regla, no importa cuan “iluminados” o aptos se consideren, son todos parte de la misma escoria esclavizante. Fariseos de la peor calaña. Los Athanatoi no toleran la variedad ni el caos, quieren un cosmos uniforme, libre de toda incertidumbre: una sociedad unipolar, sin conflictos no planificados. Claro que existen Athanatoi disidentes a esta doctrina totalmente ajena a lo enseñado por el Sacrosanto Matrimonio; Patrick el Trovador, por ejemplo; el Innombrable y también Judith —aunque nunca lo confesaría en público—. Pero todos temen enfrentarse al Primer Acólito, guardián de las Doce Plumas del Fuego Divino…

Me estoy adelantando demasiado, debo ordenar mis ideas, encajar las piezas…

Para comprender la razón por la cual mi hermano decidió enfrentarse contra Dios mismo debemos remontarnos a la más brutal epidemia conocida por la humanidad y que en los registros históricos figura simple y prosaicamente como La Plaga. Este mortífero y en extremo contagioso mal ya había cobrado al menos treinta muertos en distintas ciudades de la nación más poderosa de la Tierra cuando fue detectado por los epidemiólogos. Las bacterias esparcidas por las víctimas originales generaron esporas que, transportadas por el viento, fueron inhaladas e ingeridas de todas las formas posibles por cientos de miles de ciudadanos de aquel país, quienes a su vez esparcieron La Plaga por los cinco continentes.

En tan sólo dos meses La Plaga cobró la vida de algo así como tres billones y medio de personas. Una cifra insignificante comparada a la cantidad de humanos que habitan el Imperio Athanatoi hoy en día pero relevante en aquella época al constituir el 48% de la humanidad.

La Iglesia Católica se apresuró a tocar sus campanas anunciando el castigo divino que por fin separaría a los “justos” de los “pecadores” mientras que otras religiones de inspiración cristiana hablaron de un nuevo libro de Job escribiéndose con la caligrafía corrosiva de Lucifer. Interpretaciones extrañas de videntes afiebrados, como todo lo perteneciente a la época previa a la Segunda Venida.

Las fatídicas esporas contagiaron a todo el mundo provocando en sus víctimas una muerte que sobrevenía de forma rápida en medio de un intenso dolor de estómago acompañado de vómitos, sudor y diarrea. Por causas que en su momento fueron desconocidas los infectados con el virus del VIH al ser expuestos a La Plaga tuvieron una tasa de mortalidad menor al resto e incluso vieron frenada la replicación del virus. Aún así murió muchísima gente, todo fue tan repentino que los gobiernos mundiales no supieron cómo reaccionar y sólo los más fuertes sobrevivieron al derrumbe de sus instituciones. Los cadáveres se acumulaban interminablemente en plazas y avenidas. La infección flotaba sobre las ciudades y la Tierra se convirtió, de la noche a la mañana, en un gigantesco cementerio planetario navegando silenciosamente por la noche del Universo.

Los anales señalan que una muchachita natural de Zenica, en Bosnia-Herzegovina, elevó una súplica tan bella al Altísimo que atravesó todas y cada una de las esferas celestes hasta posarse cual jilguero en su oído que todo lo abarca. De pronto, tras un instante en que hasta las olas se detuvieron, bajaron de entre las nubes ingentes bandadas de seres andróginos, esbeltos y pálidos, de negros e inexpresivos ojos abisales y enormes alas emplumadas que batían desde sus omóplatos.

Como si de una plaga de langostas arrasando un campo de trigo se tratase, los arcángeles dieron cuenta de los cuerpos sin vida que cubrían la tierra devorándolos con premura. No fueron pocas las personas que aterrorizadas —como fue mi caso la primera vez— huyeron a esconderse, aunque la gran mayoría optó por presenciar sobrecogidos el macabro festín. Unos pocos incautos intentaron ahuyentarles agrediéndolos físicamente, los arcángeles simplemente los ignoraban y continuaban engullendo hasta no dejar rastro alguno del cadáver. Las armas blancas y las de fuego no los dañaban, nada parecía herirlos. No podían ser registrados, ni grabados por ningún ingenio humano; no proyectaban sombra ni tampoco imagen en los espejos, el agua ni superficie bruñida alguna. Sólo era posible ver sus reflejos en las pupilas de los gatos.

Luego de alimentarse, los arcángeles desaparecieron entre las nubes tan imprevistamente como habían surgido.

Existían dos variedades de arcángel, los de dos alas, que eran la mayoría, y los de cuatro. Estos últimos fueron avistados sólo durante el primer descenso conocido como el Gran Festín y no se alimentaron de cadáver alguno. Aparentemente comandaban al resto por lo que se especuló que tal vez serían los generales de los ejércitos celestes. Pese a que este tipo de arcángel fue atisbado en locaciones geográficas tan diversas como Helsinsky, Osaka y Montevideo, fueron los de Rhode Island y Ciudad del Cabo quienes sirvieron para incrementar el poder de Iglesia Católica que fundó allí sus dos nuevos Vaticanos, autoproclamándose intercesora ante los seres alados y desarrollando nuevos y complejos ritos para ahondar el misterio de su supuesta conexión con las Huestes Celestiales. ¡Ilusos! Tal y como enseñaron Román y Constanza es imposible representar lo que constituye el contenido de la fe porque el Reino de Dios no es de este mundo. ¿Cómo podría, pues, hacerse perceptible lo que no ha visto el ojo de ningún ser humano?

Tras el descenso de los arcángeles se desataron las más encarnizadas discusiones teológicas, dignas de la época en que Servet y Chauvinse se enfrentaban para determinar cual de los dos terminaría en la hoguera —hecha con paja húmeda, para que así el hereje se fuera lo más limpio de los pecados que se pudiera—. Una de las más inquietantes dudas decía relación con aquellos devorados por los arcángeles, ¿qué sería de ellos cuando Dios resucitara la carne el día del Juicio Final? La Iglesia Católica se desdijo de sus declaraciones previas y aseguró que los muertos por la Plaga en realidad no eran los pecadores sino los justos, y que al ser devorados por los arcángeles habían ingresado inmediatamente al Reino del Señor sin necesidad de juicio alguno. Esa explicación dejó tranquila a la gran mayoría, como solía hacerlo cualquier encíclica emanada del Vaticano.

Desde el Gran Festín los arcángeles regresaron a alimentarse cada vez que alguien era llamado ante la presencia de Dios. Acostumbraban a manifestarse dentro de un lapso que abarcaba desde las tres horas hasta los tres días de la muerte, por lo que se hizo una costumbre sacar los cadáveres desnudos a la intemperie y tenderlos sobre un lienzo preparado para la ocasión. Una vez hecho esto, por lo general el arcángel no tardaba en descender a saciar su apetito.

Tras la Plaga ya no ofrendábamos los cuerpos de nuestros seres queridos a las lombrices, sino a los divinos arcángeles, primogénitos de Nuestro Dios Padre. Las funerarias dejaron de existir, los ataúdes fueron cosas del pasado y los cementerios cerraron sus puertas.

Para cuando yo nací el escenario mundial era muy distinto a su estado previo a la Plaga. Las naciones africanas se habían unido en una federación bajo la tutela de la Iglesia-Estado y gozaban de una prosperidad como nunca antes conocieran, manteniendo una economía basada en la autoproducción y una redistribución interna eficiente, con focos de tecnología controlados por la Iglesia. De todos los continentes, África fue el que sufrió menos las consecuencias de la Plaga —debido, irónicamente, a sus altas cifras de personas con VIH— y no aceptaban inmigrantes a menos que su piel tuviera el color adecuado. Europa estaba en manos de la Confederación Helvética, y la Gran América aliada con Japón y Australia. El Medio Oriente seguía aferrado a sus creencias ancestrales pero no podían romper relaciones con Europa, los únicos compradores para su petróleo.

América se recuperó tan rápido como África al anexar al resto de los países del continente desde Canadá hasta la República Patagónica en una gran federación bajo su control absoluto. Mi abuelo solía decir que los “gringos” finalmente se habían salido con la suya: “conquistar el mundo”. Aunque cómo el Primer Acólito me revelaría posteriormente, pese a que La Plaga se liberó en los antiguos Estados Unidos de América, su origen se hallaba en los laboratorios de cierto “visionario” suizo, el mayor genocida que la historia haya registrado jamás. En cuanto al escenario vigente en la tierra de Chili-Mapu, éste no cambió mucho en relación a los poderes dominantes. Para hablar de esto debo, sin embargo, extenderme un poco en la situación socio-económica previa a la Plaga.

La desigualdad social que dominó a mi país desde prácticamente su fundación llegó a incrementarse a tal nivel a principios del siglo XXI que llegaron a formarse dos castas de ciudadanos divididas básicamente en ricos y pobres. Claro que entre los pobres había distintos niveles, estaban los que lo eran sólo en comparación a los ricos —es decir, no poseían aeronaves privadas por ejemplo—, pero también estaban los realmente pobres que sobrevivían recolectando y alimentándose de basura. Esta brecha entre acaudalados y desposeídos alcanzó su máxima expresión en la capital de Chile: Santiago. Los ricos representaban no más del diez por ciento de la sociedad chilena pero su poder era tal que prácticamente dirigían la nación. Escapando de la ciudad y los pobres, terminaron instalándose cada vez más cerca de la cordillera creando verdaderos ghettos amurallados, casas-fortalezas y barrios inexpugnables situados lo más lejos posible de las clases media y baja. La endogamia que esta casta venía practicando desde siglos finalmente produjo una “raza” aparte del resto, totalmente blanqueada de rasgos “autóctonos”.

Tras la Plaga el aún más reducido grupo de ricos —amparados por el gobierno de la Gran América que necesitaba urgentemente líderes para afianzar el dominio de sus nuevos “estados federales”— construyó una ciudad-fortaleza en las cumbres cordilleranas que bautizaron como Nueva Santiago. Pero no todos los ricos se mudaron a la nueva urbe, algunos como la familia de Natalia permanecieron en los latifundios milenarios de sus ancestros, donde se convertirían en una suerte de señores feudales.

Mi familia durante muchas generaciones se dedicó a la siembra y la ganadería. Eran gente de campo como solía decirse en aquella época y estaban satisfechos con su condición. Román era distinto y pese a lo mucho que amaba a su familia continuamente soñaba con el momento en que podría marcharse de Inframérica rumbo a las grandes ciudades del Norte. Sin duda lo habría hecho de no ser por la promesa efectuada a nuestro padre.

Crecí en un ambiente bastante religioso, que era lo normal en aquella época posterior a la Plaga —antes había imperado un materialismo utilitario y ateo abominable—. Mi abuela rezaba el rosario tres veces al día, silenciosa pegaba sus manos a las cuentas como si estuviera amasándolas; mi padre fue monaguillo, mi hermana mayor quiso ser monja, mi madre cantaba en la misa y nos obligaba a asistir todos los domingos. La Iglesia era prácticamente como nuestro segundo hogar.

Papá murió de un ataque cardíaco mientras ordeñaba una vaca, una forma muy estúpida de morir sin duda pero el viejo no se merecía más. Pese a no ser una persona muy apreciada a su funeral asistió toda la comarca aunque de no mediar la inminente aparición de un arcángel es probable que nadie hubiese asistido. Yo nunca le quise, aparentaba ser un hombre amable y temeroso de Dios pero en realidad era un sujeto proclive al alcohol y la violencia. Solía golpearnos a todos con una fusta a la que bautizamos “Doña Disciplina”, a Román jamás le puso una mano encima pero le insultaba y le decía cosas muy humillantes. No soportaba el alto grado de independencia que Román mostró de niño, esa aura de autosuficiencia que irradiaba le molestaba más que cualquiera de nuestras travesuras o desobediencias.

Desde muy pequeño, además, mi hermano manifestó preocupantemente su espíritu aventurero. Isabel me contó que cuando Román tenía siete años huyó de casa dejando sólo una nota donde expresaba su deseo de “vivir como un buen salvaje”. Todo el pueblo se organizó para ir en su búsqueda pero no lo encontraron sino hasta cinco días más tarde en el bosque que rodeaba el Lago Peñuelas, a quince kilómetros de Casablanca. Según mamá parecía un pequeño salvaje, desnudo y cubierto de tierra, aunque no estaba desnutrido ya que se alimentó cazando conejos, hurtando huevos de las aves del lago y recolectando frutos y bayas. Papá lo tuvo encerrado en el gallinero durante tres días como castigo hasta que prometió no volver a escaparse. Nuestro padre casi mató al profesor de la escuela que le habló a Román del ideal romántico de Rousseau centrado en el individuo que vive en comunión apasionada con su medio, y reforzó sus sospechas sobre el colegio como un sitio poco conveniente para los demás hermanos. Incluso intentó impedirle a Román que siguiera asistiendo a clases pero éste se negó firmemente y consiguió el apoyo de mamá, y aunque prometió que no volvería a huir de nuevo, volvió a hacerlo.

A los doce años, Román se marchó solo a escalar la cordillera, para “hacer crecer el alma” según dijo a Isabel antes de emprender viaje. En esta ocasión nadie fue a buscarlo y regresó tras una semana y media en deplorables condiciones físicas pero “cambiado” espiritualmente. De acuerdo a Isabel tras su aventura todo lo que Román dijo fue: “Estoy dispuesto a morir, dispuesto a nacer de nuevo”, y no habló más del tema. Subir la montaña es un ceremonial de obediencia y culto de latría. El monte es el altar, es la cita con Dios, es el templo sublime. Para escuchar un aliento se debe estar muy cerca, y no se está más cerca de Dios que en las alturas de las cumbres. El más peregrino de los peregrinos es quien camina hacia la belleza de las cimas. Desde la montaña, dechado de belleza, Dios resplandece. Como reza el Salmo 95: “…y las cumbres de los montes son de Él…” Pese a que nunca lo dijo, yo sospechaba que Román había ido en busca de Dios, y no me refiero a una búsqueda metafórica, fue a buscar a Dios y a charlar con Él tal yo como hiciera Moisés en el Sinaí.

Una vez más mi hermano prometió no irse de nuevo pero nadie le creyó. Nuestro padre, además, le impidió regresar a la escuela “ya estaba en edad como para olvidarse de aquella actividad improductiva y dedicarse a los cultivos”.

Román trabajó duramente y a los catorce años comenzó a frecuentar el bar de doña Berta donde escuchó las increíbles historias de los viajeros que pasaban por Santiago, la antigua capital de Chile. Y ocurrió que un buen día Román decidió irse con una caravana de gitanos que partía rumbo a la derruida metrópolis y no se volvió a saber de él en tanto tiempo que incluso se le dio por fallecido, aunque mamá siempre se negó a creerlo.

El valle de Santiago se encontraba a ochenta kilómetros de distancia del nuestro y antes de la Plaga había albergado a más de la mitad de la población de nuestro país. Era una ciudad moderna, ultra-tecnológica y carcomida por todos los males que solían afligir a las grandes urbes del pasado, las dos peores: la delincuencia y la contaminación. Todos los recién nacidos debían recibir un tratamiento de modificación genética para soportar los inmundos aires invernales, cuando el frío de las nieves cordilleranas no dejaba escapar la polución. Y en cuanto al crimen, se llegó a tales extremos que hubo de importarse policías autómatas de fabricación japonesa para mantener a los delincuentes a raya. Pese a todos los inconvenientes nadie se mudaba, y cada año llegaban más y más personas a vivir en aquella ciudad enferma. Fue necesaria otra clase de enfermedad para acabar con todo aquello.

Para cuando Román visitó Santiago, muy pocas personas habitaban la antigua capital, esparcidas en pequeñas comunidades alejadas del centro, donde aún operaban los autómatas policíacos y moraban todo tipo de bestias.

Cuando ya todos creían que no regresaría, apareció Román en Casablanca tras el volante de un anticuado vehículo a gasolina tirado por una yunta de bueyes. Se le había agotado el combustible en las inmediaciones de Curacaví, pero consiguió a los animales permutando uno de los arcaicos y valiosos objetos que encontró en la gran ciudad.

Accediendo de mala gana ante la imperiosa solicitud de mi madre, papá organizó una fiesta en honor del hijo pródigo que había regresado al hogar y le hizo prometer en medio de la celebración y delante de todos, que jamás volvería a abandonar la comarca. “No mientras mi madre viva”, contestó Román, promesa que al menos para mi padre fue suficiente. Como de costumbre mi hermano no contó mayor cosa sobre su escapada, al menos no hasta un mes antes de su deceso, cuando me reveló la existencia de su hijo… pero esa es otra historia.

Durante su visita a Santiago, Román consiguió varios artilugios de uso doméstico muy ingeniosos y útiles, pero el verdadero tesoro que reclamó para sí en aquella extinta Sodoma fueron los cientos de añosos libros con los cuales repletó la carreta metálica. Papá, que rechazaba la idea de leer cualquier texto que no fuese la Sagrada Biblia, advirtió a Román que no quería ver ninguno de esos volúmenes al interior de la casa o en manos de sus otros hijos. Si contravenía esta regla, él personalmente se encargaría de prenderle fuego a su biblioteca. A Román no le quedó otra opción más que estar de acuerdo.

De todos mis hermanos, sólo Román asistió a la escuela. Él le enseñó a leer a Isabel y ella a su vez, a todos nosotros. Mamá era analfabeta pero nunca se quejó, Papá le leía la Biblia todas las noches y cuando se ausentaba lo hacía alguno de sus hijos. Papá no creía en la educación escolar, decía que no era más que acondicionamiento para servir al Gran Estado Americano. Según él, todo lo que valía la pena saber y aprender estaba en la naturaleza, las Escrituras, o esa Biblia con paredes que era la Iglesia. Cuando yo tenía unos seis años, Román comenzó a entregarme a escondidas algunos de los volúmenes de su biblioteca. Me tomó dos meses leer el primero de los libros que me facilitó, principalmente porque era una actividad clandestina que debía realizar en la más completa de las soledades, condición por cierto escasa para el hijo menor de la familia, constantemente vigilado por sus padres y hermanas.

Aquel primer libro fue La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga, que refería “cosas harto notables de gente que a ningún rey obedecen y temerarias empresas memorables que celebrarse con razón merecen”. La lectura de aquel libro aunque trabajosa me impactó mucho. Por primera vez en mi vida era conciente de mi herencia ancestral y en las palabras de aquel antiguo autor español descubriría las razones por las que Román y Constanza germinaron en estas tierras, ¡cómo olvidar aquellas palabras del Canto Primero!: “Chile, fértil provincia y señalada en la región antártica famosa, de remotas naciones respetada por fuerte, principal y poderosa…” ¿Es de extrañarse que así como “Arauco” nunca pudo ser domado por los conquistadores, tampoco lo fuesen Román ni Constanza? Claro que no, y ellos hicieron mucho más que enfrentarse a simples seres humanos, se opusieron al mismísimo Creador de la Tierra, el océano y los cielos.

A La Araucana le siguieron varios otros libros tan variados como Veinte mil leguas de viaje submarino, Cien años de soledad o la Trilogía de Peleranda… hasta que mi padre me descubrió leyendo. Tras propinarme la mayor tunda de mi vida, papá prendió fuego al vehículo donde mi hermano atesoraba sus preciados volúmenes. Román nada pudo hacer pues había faltado a su promesa cómo bien se encargó de enrrostrarle papá.

Como ven razones para odiar al viejo no me faltaban, y no lamenté su muerte así como tampoco fingí tristeza, creo que todas las emociones se pueden fingir menos la tristeza y si bien no lloré durante el sepelio de papá, sí hubo un hecho que me sobrecogió muchísimo.

Luego de los preparativos de rigor habíamos ubicado el cadáver desnudo de mi padre a la sombra de la higuera que había plantado el abuelo y esperamos pacientemente al mensajero de Dios que devoraría su cuerpo. Un clima excelente bendecía aquella tarde y las nubes tenían un aspecto aborregado como capas de algodón dispuestas en grupos. El arcángel bajó poco antes del ocaso, en medio de la expectación de la gente e interrumpiendo la invocación del sacerdote que presidía la ceremonia. Batiendo sus emplumadas extremidades se posó con gentileza junto a mi padre, replegó sus alas, se inclinó junto a él y tiernamente le acarició su escaso cabello. Luego, la bellísima criatura que había descendido del cielo extendió aquella estructura plumosa que suelen mantener escondida dentro de la boca y empleando sus mandíbulas de doble filo abrió la piel del cuerpo de mi padre para luego introducir una saliva sumamente pegajosa en la herida, capaz de disolver la carne y los huesos en cosa de segundos. El cadáver de mi padre adquirió un aspecto gelatinoso y el arcángel procedió a devorarlo rápidamente. Concluida su misión, se puso de pie y estiró sus grandes alas blancas que esplendorosamente brillaron a la luz del sol. Antes de marcharse, sin embargo, me dedicó una mirada que me puso los pelos de punta. Dicen que todos los arcángeles poseen todos las mismas facciones, este era ya mi cuarto sepelio y ciertamente que no podía distinguir a este arcángel de los que habían venido por Natalia, mis abuelos y por la madre del corregidor respectivamente. Había quienes pensaban que Dios les tenía adjudicado a los arcángeles distintos sectores del planeta para que cumplieran sus funciones, pero sobre este punto y muchos otros no existía ninguna certeza. Todo esfuerzo por comunicarse con los arcángeles —pese a que los representantes de la Iglesia aseguraban lo contrario—, había probado ser infructuoso.

Puede que el arcángel que bajó aquel día fuese el mismo que viera en los otros funerales, puede que no, pero de una cosa sí estuve seguro. Ese Arcángel me conocía y así se lo hice saber a Román mientras la multitud se dispersaba para retornar a sus hogares.

—Por supuesto que te conoce —respondió mi hermano—, los arcángeles nos conocen a todos, nos espían como buitres esperando el momento de arrojarse sobre nuestras carnes y…

—Nada de blasfemias, Román, no en este día —interrumpió mi madre aferrándolo del brazo—. Vamos, regresemos a casa.

El hecho que Román y yo fuésemos los únicos hombres de la familia hizo que nos uniéramos aún más. De alguna forma éramos el alfa y el omega, él era el primogénito y yo el séptimo hijo. Siempre admiré a Román, él era mi ídolo, mi héroe, nunca olvidaré como se enfrentaba a mi padre para evitar que nos golpeara a mí o a alguna de nuestras hermanas. Algunas veces tenía éxito, otras no, pero siempre lo intentaba. Ésa era la más grande cualidad de Román, nunca se daba por vencido, aunque cayera siempre se levantaba, era terco como una mula y su determinación no conocía límites. Siempre supe que estaba destinado a realizar grandes cosas, creo que todos lo sabían, a excepción de papá.

Desde un principio me pareció extraña la forma displicente y hostil con que nuestro padre trataba a Román, sobre todo porque era el único que se mostraba de esta manera ante él. Todos quienes conocían a Román le estimaban, especialmente las muchachas que se derretían a sus pies. ¿Sería eso que los antiguos griegos llamaban phthónos lo que sentía mi padre?, ¿envidia?, ¿de su propio hijo? Mi hermana Isabel, que había viajado a otros pueblos y conocido a otra gente aseguraba no haber visto nunca a un joven más apuesto que Román, las amigas de Isabel reafirmaban sus dichos, lo mismo que sus madres, y sus abuelas. Era tal la devoción de Isabel por Román que recuerdo haberle preguntado, a la edad de seis años, si quería casarse con él.

—¿Cómo se te ocurre que podría querer casarme con mi propio hermano, Nicolás? —dijo Isabel con las mejillas claramente sonrojadas.

—¿Que no se puede? —pregunté ingenuamente.

—¡Por supuesto que no, tontillo! —exclamó ella.

—¿Por qué? —volví a preguntar, intrigado ante aquella revelación que nadie se había molestado en aclararme antes.

—Bueno, porque… ¡no se puede y punto! —afirmó escuetamente mi hermana.

—¡Ah!, ¡qué lástima! —respondí metiendo las manos en los bolsillos en señal de frustración—. Y yo que quería casarme contigo cuando fuese mayor.

Isabel rió y se puso de rodillas quedando así su hermoso rostro a la altura del mío.

—Para cuando tú seas mayor yo seré muy vieja, Nicolás, pero te aseguro que no faltará una niña que quiera casarse contigo.

—¿Y será tan bonita como tú?

—Más bonita aún —dijo Isabel besando dulcemente mi frente. Luego me tomó de la mano y regresamos a casa.

Poco después del deceso de papá nos llegaron noticias de una especie de Mesías que sumaba acólitos en cada pueblo que visitaba. Pero a diferencia de la Primera Venida, este supuesto vástago de Dios era mujer, se llamaba Constanza y aparentemente además de sanar a los enfermos resucitaba a los difuntos, práctica antinatural o milagrosa —dependiendo de quien opinara— que venía realizando sistemáticamente desde los nueve años de edad tras un fallido intento de asesinato. El frustrado homicida se había convertido en su guardián y primer acólito, único sobreviviente del grupo original de discípulos inmortales, despedazados por un horroroso ser que la mesías regresó al abismo del cual se había arrastrado. ¿Cómo pudo esa criatura matar a aquellos que Constanza trajo de vuelta?, sólo ella lo sabía mas nunca lo reveló. Durante aquel enfrentamiento Victorino perdió el pulgar y el índice de su mano derecha y así se la dejó como recuerdo hasta el día de hoy.

La apariencia de Constanza era tan atípica como la de Román, su cabellera era roja, no cobriza sino roja como la sangre más espesa y sus ojos eran tan verdes como la hierba que acaricia el viento por las tardes. Constanza era muy pálida, tanto así que eran claramente visibles las azulosas venas de sus brazos y grácil cuello, cual filigranas adornando su piel. Contaba con sólo doce años de edad cuando llegó a nuestras tierras, pero lideraba a sus seguidores con la férrea autoridad de una matriarca.

De acuerdo a testigos tras el incidente en la cabaña de Pumalín donde fueron masacrados cuatro de sus discípulos, Constanza había resucitado a diez personas de ambos sexos cuyas edades oscilaban desde los dieciséis hasta los cincuenta y tantos años, resucitados que voluntariamente se unieron a su séquito en calidad de apóstoles. Román nos aseguró a mis hermanas y a mí que dicha mujer era una embaucadora, que los arcángeles nunca permitirían que alguien les arrebatara su alimento, que los supuestos “resucitados” en realidad no habían fallecido y señaló lo absurdo de una Segunda Venida en un sitio tan poco importante como la olvidada tierra de Chili-Mapu y, por sobre todo, lo absurdo de una Cristo femenina.

—¿Y por qué no podría Dios decidir que el Mesías fuese mujer en vez de hombre nuevamente? —preguntó Isabel mientras ayudaba a mamá y a mí a desgranar porotos—, ¿por qué fue hombre y no mujer en primer lugar?

—Bueno, supongo que debido a que si el Verbo se hubiese encarnado en una mujer de aquella época no habría logrado cumplir su misión —explicó Román tomando otro choclo para pelar—. Recuerda que en los tiempos de Jesús era legítimo apedrear hasta la muerte a una mujer por “adúltera”.

—Tu punto de vista es razonable —concedió Isabel—, pero eso no justifica que regrese hombre de nuevo. Las cosas hoy en día son muy distintas, hombres y mujeres son iguales…

—Es que no puede regresar de otra forma, hermanita —aseguró Román sacando bien las pelusas del choclo—. Recuerda que Jesús resucitó en cuerpo y alma, y cuando regrese será el mismo que ascendió a los cielos. No existe necesidad que vuelva a nacer o encarnarse en otro cuerpo.

—De cualquier forma no me parece justo —protestó Isabel—. No veo porque Dios debería privilegiar al hombre por sobre la mujer.

—Bueno, tal vez sea porque Dios también es hombre —contestó Román socarronamente.

—¡Sabes que no es así! —replicó Isabel propinado a Román un pequeño golpe en el hombro.

—¿Dios no es hombre?, pregunté desconcertado. ¿Es mujer acaso?

—Ni lo uno ni lo otro —contestó mi hermana— más bien las dos cosas. Recuerda lo que dice el Génesis, Nicolás: “Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó.”

—¿Estás diciendo entonces que Dios es hermafrodita? —preguntó Román con tono burlón.

—¿Qué es un hermafrodita? —dije yo a mi vez.

—Ya he escuchado suficientes tonterías —interrumpió mamá—, basta de meterle ideas blasfemas en la cabeza a sus hermanos menores ustedes dos. Vergüenza debería darles.

Tras aquella discusión nos olvidamos de Constanza y seguimos con nuestra existencia, algo más apacible ahora que no estaba nuestro padre para golpearnos y regañarnos. La única que parecía extrañarlo de verdad era Isabel, siempre fue su favorita y no es de extrañarse dado que según lo que él pensaba, era ella y no Román, su primogénito.

Efectivamente, en sus momentos de mayor encono, nuestro padre solía decirle a Román que no era hijo suyo. Recuerdo que le pregunté a mamá si esto era cierto pero ella lo negó rotundamente, “ya sabes cómo es tu padre”, dijo, “cuando se enfada suele nublársele la mente y dice muchas cosas que no son ciertas, puede que él las crea verdaderas en su delirio, pero ten por seguro que no lo son”. Pero como seguí escuchando aquellas imputaciones, no sólo de boca de papá sino de otros niños e incluso algunos adultos, planteé a mi hermano la misma pregunta que a nuestra madre. “El viejo dice muchas estupideces cuando se emborracha, no hagas caso”, contestó Román restándole importancia al asunto. Dicha respuesta no me satisfizo, por lo que acudí a la persona a la que más amaba en el mundo, Isabel.

Una ligera brisa hacía más soportable el calor de aquella tarde estival en la que junto a Isabel y a otras dos de mis hermanas recolectábamos frambuesas. Leticia y Amanda, aburridas de la faena, decidieron hacer un alto e ir a mojarse los pies al río cercano. Fue sólo entonces cuando me atreví a preguntarle a Isabel sobre la acusación que nuestro padre le hacía a Román. Lo que mi hermana dijo a continuación para mi asombro no fue la misma vieja respuesta que todos esgrimieran hasta ese momento sino algo muy distinto:

—Esto que voy a contarte, Nicolás, me lo transmitió nuestro padre cierta vez que la bebida, en vez de propiciar su cólera, abrió su corazón. No puedo asegurarte la veracidad de esta historia, ya que mamá negó todo cuando la consulté al respecto, pero de seguro que para nuestro padre es tan cierta como que el sol emerge de la cordillera todas las mañanas. ¿Me prometes que no compartirás esto con nadie?

—Lo prometo —respondí.

—¿Palabra de hombre? —insistió ella extendiendo su mano.

—Palabra de hombre —repliqué sellando nuestro pacto que sólo ahora me he permitido quebrantar.

—Muy bien —dijo Isabel tomando aliento como si fuera a narrarme una historia muy larga—. Cuando papá se casó con nuestra madre ella estaba embarazada y hay quienes dicen que de otro hombre, aunque ni ella ni papá lo han admitido nunca. Cierta noche, faltando muy poco para que mamá diera a luz, abandonó la cama matrimonial y se internó en el bosque hasta llegar a un claro. Allí se tendió y sin esfuerzo ni ayuda alguna parió a su primogénito. Regresó caminando a la casa con la criatura en brazos y despertó a papá explicándole lo sucedido. Cuando éste le preguntó por qué se había ido sola al bosque ella le contestó que Dios se lo había ordenado. “Quiero ver a mi hijo cuando salga de tu vientre”, le habría dicho Nuestro Señor en sueños.

—¿O sea que es cierto que Román no es hijo de nuestro padre?

—Eso nadie puede asegurarlo, Nicolás, y en verdad poco importa ya que bajo toda circunstancia Román es un hijo para nuestro padre y un hermano para nosotros.

—Sí, pero, ¿Román entonces es hijo de Dios?

—Todos somos hijos de Dios, Nicolás, Él es nuestro Santo Padre.

—Pero…

—Shhhhh –dijo Isabel posando su dedo índice sobre mi boca–.Ya es suficiente sobre este asunto. Debemos regresar a casa, vamos por las gemelas.

La confesión de mi hermana pobló mi infantil mente de dudas. ¿Era realmente Román hijo de Dios y no de nuestro padre? La idea parecía algo descabellada, aunque explicaría ciertas cosas, como lo distinto que físicamente era a nosotros. Mientras que el color del cabello de mis hermanas y el mío variaba desde el castaño al rubio el de Román era de un negro tan negro que parecía índigo. Todos nosotros, al igual que nuestros padres y la mayoría de los lugareños, teníamos los ojos color café, mientras los de Román eran intensamente azules. La verdad es que mi hermano mayor no sólo no se parecía absolutamente en nada a nuestro padre, de quien se supone debía ser un claro reflejo, sino que tampoco a la demás gente que poblaba nuestra comarca. Nunca antes de oír las palabras de Isabel se me había hecho tan evidente tal situación. Como todas las cosas relativas al Divino Creador estos hechos eran simplemente inexplicables e intentar comprender a aquella Vasta y Espléndida Inteligencia Superior era como si una bacteria pretendiese entender a un humano, por lo que me olvidé del asunto, pero he aquí que un extraño sueño vino a turbar nuevamente mi corazón:

Estaba tendido boca arriba, en medio de una pradera. El Sol brillaba alto en el firmamento confirmándome que era mediodía. Intenté levantarme y sólo entonces me percaté de la inmovilidad a la que me veía forzado, ya que mis muñecas y tobillos estaban firmemente sujetos al suelo por unos gruesos nudos semejantes a raíces que brotaban de la tierra. Forcejeé hasta quedar sin aliento, pero todo fue inútil. Mientras más me retorcía más fuerte me aferraban las raíces. Intenté tranquilizarme, pero entonces una pequeña mancha en el cielo llamó mi atención, era un ave, un cóndor. No, eran dos, tres majestuosos cóndores que revoloteaban sobre mí. Pensé entonces que el responsable de mi actual situación, fuese quien fuese, pretendía que los cóndores me devoraran vivo. El horror se apoderó de mí y pese a saber que era totalmente inútil me retorcí de nuevo intentando liberarme. Los cóndores dejaron de volar en círculos y se quedaron inmóviles como si de las cometas que junto a mis hermanas elevábamos en septiembre se tratasen. Y he aquí que a mi lado derecho se erigía un conejo tan blanco como las cumbres cordilleranas y grande como un ternero. Al ver al conejo, los cóndores rompieron su formación en línea y comenzaron a describir cabriolas chocando unos contra los otros para terminar fusionándose en una única y enorme ave negra.

A diferencia del cóndor, el conejo se dividió en dos versiones suyas más pequeñas y se apresuró en roer las raíces que envolvían mis muñecas al tiempo que la temible ave descendía a toda velocidad. “No lograrán desatarme a tiempo”, pensé mientras los conejos continuaban con las raíces que aprisionaban mis pies. El cóndor estaba cada vez más cerca, los conejos roían cada vez más aprisa, el cóndor ya estaba casi sobre mí y yo me cubría el rostro con mis manos libres… Desperté gritando y con el corazón latiéndome tan aprisa que parecía a punto de salir por mi garganta.

—¿Qué ocurre Nicolás? —escuché decir a Isabel, de cuclillas junto a mi lecho.

—Nada —le contesté con la voz entrecortada—, sólo una tonta pesadilla.

—Casi despiertas a toda la casa.

—Lo lamento. Fue un sueño muy extraño, ¿dónde está Román?

—¿Por qué lo preguntas?

—No está en casa, ¿verdad?

—Aún no llega de la parcela doña Magali. ¿Quieres contarme lo que soñabas?

Gesticulé que no con la cabeza.

—Si cuentas tus pesadillas éstas no se cumplen, Nico —me recordó mi dulce y bella hermana.

—Isabel…

—¿Sí?

—Tengo miedo.

—¿Miedo de qué?

—De los arcángeles, de la oscuridad, de la muerte, de todo, soy un cobarde…

Dicho esto me arrojé en sus brazos y rompí a llorar. Isabel me estrechó contra su pecho y acariciando suavemente el cabello dijo:

—Eres sólo un niño pequeño, Nicolás, nada más, pero tampoco nada menos. Estoy segura que algún día serás tan valeroso y tan grande como nuestro hermano Román. Vamos, hazme sitio. Yo te acompañaré si no quieres dormir solo.

Isabel se metió en mi cama, apoyé mi cabeza sobre su hombro y dentro de muy poco estaba nuevamente dormido.

La tierna y compasiva Isabel; de todos los seres humanos que he conocido durante mi larga existencia ninguno llenó mi corazón como ella lo hacía y por ese sólo hecho me aseguré que la canonizaran. En cientos de mundos en este instante millones de fieles le rezan con devoción. Es lo menos que un alma tan pura y bondadosa se merecía.

Isabel se equivocaba, por supuesto, nunca llegué a ser más valeroso que Román, y ni siquiera más grande que un preadolescente, pero sí algo más sabio. Aunque no es un gran mérito considerando los más de seis mil años de edad que he pasado recorriendo los senderos que el Divino Creador me ha señalado.

En cuanto al sueño, éste resultó ser de naturaleza profética, algo que por supuesto no comprendería sino hasta mucho después.

Ya les he hablado de lo testarudo que era Román y fue por esta causa que a nadie le extrañó que se negara a sacar mi hinchado cadáver a la intemperie y que insistiera en esperar la llegada de Constanza, a quien había enviado a buscar con urgencia pues yo había muerto.

Antes de la Plaga se criaban cangrejos en el embalse construido originalmente para abastecer de agua potable a las comarcas cercanas. Cuentan que había tantos que los cogían hasta con harnero. Los que abundaban en nuestros arroyos venían río abajo desde el antiguo embalse. Mi madre preparaba unos cangrejos guisados deliciosos. Los lavaba bien, los limpiaba y a continuación los freía en una sartén con un poco de aceite de oliva hasta quedar colorados; los volcaba en una cazuela y los apartaba del fuego mientras preparaba una salsa con un refrito de cebolla, guindilla, harina, pimentón, tomate frito previamente, una hoja de laurel, sal, ajo y agua. Vertía la salsa encima de los cangrejos, y tras quince minutos de cocción estaba listo el plato más delicioso del mundo. ¡Cómo me gustaba ver cocinar a mamá, y más aún degustar sus platos! Su cocina era el mejor lugar del mundo, repleto de aromas y actividad de las que generalmente nos hacía partícipes.

Para comer el exquisito guiso de mamá había que conseguir la materia prima, y esa era justamente una de mis labores: la pesca de cangrejos en el arroyo cercano a nuestra casa. Para capturar a los deliciosos crustáceos me valía de un retel, que es un aro metálico con red y tres cuerdas unidas a una común, equipado del correspondiente cebo y ayudado de una horqueta.

Dicen que cuando uno se confía se vuelve descuidado, ése fue justamente mi caso. No sé cómo resbalé y caí boca abajo golpeándome la cabeza con una roca, a consecuencia de esto, y pese a que el río no era profundo, morí ahogado.

Román no pudo resignarse a que su hermano menor dejara de existir y si antes no creyó en los poderes de Constanza ahora esperaba impaciente que la resucitadora llegara antes que el arcángel. Pero la Mesías estaba muy alejada de nuestra comarca, y era muy probable que no arribara sino hasta dentro de cinco días. Sería muy tarde, para entonces el arcángel ya habría dado cuenta de mi cuerpo y no habría nada que reanimar. Pero esto no desanimaba a mi hermano que siguió esperando pese a que mi madre, mi abuela e incluso Isabel, temerosas de la ira de Dios, le rogaban que me sacara fuera.

La mañana del tercer día una turba encabezada por el corregidor y el sacerdote del pueblo se apostó fuera de nuestra casa exigiéndole a Román que les entregara mi cadáver, pero mi hermano tozudamente siguió negándose. En eso las nubes se abrieron y en medio de la consternación de la gente bajó el arcángel. Este arcángel, sin embargo, no era como los habituales según narrarían posteriormente quienes allí estaban. Era más grande, más corpulento, y no tenía dos ni cuatro, sino seis alas repletas de ojos.

La gente formó una hilera a ambos costados de la puerta de nuestra casa, frente a la cual se plantó el arcángel profiriendo un fuerte rugido que heló la sangre de todos menos de Román, que emergió desde las sombras hogareñas con los puños en alto.

—¿Quieres a mi hermano, desgraciado? —le gritó Román al arcángel desde la puerta para asombro de todos los allí presentes—. ¡Pues tendrás que alimentarte de mi cadáver primero!

He allí algo que nadie nunca hubiese pensado. ¿Podría un arcángel dar muerte a un ser humano? Nunca había ocurrido, siempre se habían alimentado sólo de los cadáveres. Pero dado el caso, ¿podrían dar muerte los arcángeles a los hijos de Dios?, ¿a los hijos predilectos de Dios que habían provocado los celos y posterior caída de Lucifer por negarse a arrodillarse ante nosotros?

El arcángel avanzó decidido hacia la puerta de la casa pero antes que pudiese dar otro paso, Román se le arrojó encima y se trenzaron en una feroz lucha como nadie hubiese visto jamás. Al principio Román prevaleció, aquella fortaleza que lo había acompañado toda su vida estaba presente en él aquella mañana y no estaba de humor para someterse. Entonces aconteció lo inesperado, cuando el arcángel vio que no podía con Román, utilizó una vieja artimaña y tocó en el sitio del encaje del muslo de mi hermano, descoyuntándolo. Román cayó al suelo pero no dejó de resistir y se asió fuertemente del arcángel que se disponía a entrar en la casa, aferrándole un tobillo con toda la fuerza de su corazón.

—Necio, no te interpongas entre mí y mi cometido –dijo el arcángel con una voz atronadora que parecía emerger de todo su cuerpo y que erizó el cabello de los allí reunidos.

—¡Nunca! –gritó Román.

Se produjo un silencio que pareció prolongarse eternamente, y en ese momento, en ese ominoso momento, arribaron Constanza y su séquito.

El arcángel desvió la mirada hacia la Mesías, luego a mi hermano que continuaba aferrándose a sus pies y luego nuevamente a Constanza.

—Ven ante mí —le ordenó. La muchacha descendió de su cabalgadura y con paso firme y sin demostrar temor alguno se dirigió hacia donde el arcángel y Román se encontraban. El mensajero de Dios alzó su cabeza, desplegó las seis alas con sus cientos de centelleantes ojos y dijo con una voz que escucharon simultáneamente todos los seres vivos de la Tierra:

—A partir de ahora la carne regresará a la tierra y nunca más será alimento de arcángeles.

>>Román y Constanza son los hijos del Padre. Ellos son los cimientos sobre los que se edificará la nueva alianza entre Dios y sus hijos.

>>Constanza, serás conocida como la mujer que da la vida. Y sólo a través tuyo encontrará vida aquel que la busca. Román, serás conocido como el hombre que se enfrentó a la muerte. Y sólo a través tuyo vencerá a la muerte aquel que busque hacerlo.

>>Quienes os sigan serán bienaventurados, quienes se os enfrenten condenarán sus almas al Infierno. Tal es la voluntad del Creador.

—Dime, por favor, tu nombre —dijo Román, que al igual que Constanza permanecía de rodillas frente al arcángel.

—¿Por qué preguntas mi nombre? —inquirió la criatura celestial, y acto seguido, emprendió vuelo perdiéndose entre las nubes.

Román se puso de pie y tendió su mano a Constanza, ambos se miraron y parecieron reconocerse, estaban destinados a estar juntos y a amarse como ningún hombre y mujer lo habían hecho nunca. Román rápidamente llevó a la Mesías ante mi cadáver, ella posó sus manos sobre mi pecho e irradió esa poderosa energía suya capaz de restituir los tejidos dañados y la carne putrefacta.

Y aconteció que mientras Román y Constanza estaban preocupados conmigo, un incauto cogió del suelo una de las plumas que durante la pelea con mi hermano, se le cayeron al arcángel. El pobre diablo aulló de dolor al sentir como la carne y huesos de su mano se fundían al contacto de la pluma angélica y perdió el conocimiento. Victorino se aproximó alzando la pluma sin temor alguno. Su mano no sufrió la misma suerte que la del infeliz, pero la pluma comenzó a emitir una luminiscencia dorada que aumentó progresivamente hasta transformarse en un poderoso haz que en su camino incineró las copas de varios árboles.

De vuelta en nuestro hogar, Constanza seguía esforzándose por traerme de vuelta al mundo de los vivos. Tras media hora de bañarme con su divina luz había logrado reparar mi cuerpo pero no mi alma. Mi corazón latía, mis órganos funcionaban pero yo no seguía sin reaccionar como si estuviese en coma. Entonces escuché la voz de Isabel, de mi amada Isabel y abrí los ojos contemplando por vez primera el bello rostro de aquella niña sólo un poco mayor que yo. De inmediato fui estrechado entre los fuertes y gruesos brazos de Román mientras mi madre y hermanas lloraban y daban gracias a Dios.

Ciertamente que sólo al morir nos acordamos que ya estuvimos muertos antes de nacer. Ésa fue la sensación con la cual volví a la vida, la muerte no era algo que yo no hubiese experimentado antes. Séneca decía que los humanos sitúan la muerte ante ellos, en el futuro, mientras que ya la tienen detrás en el pasado, siendo aquello que ya no son, lo que perdieron o no pudieron alcanzar. Efectivamente la nada no se halla enfrente del ser, sino que es un componente del ser que sólo puede ser llenado con el amor de Dios.

Tras oír por boca de Isabel sobre los eventos que habían transcurrido desde mi muerte y de cómo Román se había enfrentado al arcángel, el extraño sueño que tanto me había perturbado cobró sentido. Los tres cóndores representaban a la Divina Trinidad, al arcángel que pretendía devorar mi cuerpo en definitiva. La relación entre los cóndores y el arcángel con sus tres paras de alas era bastante obvia, lo que representaba el conejo era menos evidente… la nariz y labio superior escindidos del conejo se relacionaba en varias mitologías a una incipiente “gemelitud”, es decir, que la criatura estuvo a punto de dividirse en dos. Concibiendo entonces al conejo como un doble-ser, éste no era otra cosa sino una representación de Román y Constanza, pero más que una alusión a su trabajo en conjunto para rescatarme de la muerte, el conejo operaba como alegoría de la Unio Mystica, del Matrimonio Sagrado, el Binomio, la Dupla, Los-Dos-Que-Son-Uno, la Progenie Divina del Todopoderoso. Ahora bien, no faltaron las suspicaces mentes heréticas que denunciaron incesto en el sacro amor de nuestros redentores al ser ambos hijos de un mismo padre, algo por supuesto absurdo al reconocer tanto a Román como a Constanza manifestaciones del mismísimo Creador, que pasó de entidad triple a quíntuple.

Tras mi regreso al mundo de los vivos Constanza siguió sanando gente pero ya no resucitó a nadie. Mi hermano le ofreció hospedaje a ella y a sus seguidores y al cabo de un par de días ambos anunciaron que contraerían matrimonio e informaron que Constanza abandonaría su periplo para asentarse junto a mi familia, que ahora sería también la suya. El Sagrado Matrimonio comenzó a propagar su palabra capaz de vaciar de trigo los silos de los avaros y enmudecer las antenas de los amos de juglares y nuestra pequeña comunidad se convirtió en poco tiempo en el centro del mundo, y luego, de todo el universo. Las necrópolis de todo el mundo volvieron a abrir sus puertas, lo que fue bastante extraño ya que no quedaba nadie vivo que recordara haber enterrado a un muerto alguna vez y ni siquiera cómo fabricar un ataúd, pero pronto todo volvió a ser como antes de la Plaga, por lo menos en lo que a los ritos funerarios respecta.

Pronto los resucitados descubrimos que al traernos Constanza de regreso lo había hecho permanentemente. ¿A qué me refiero con esto? Pues a que no podíamos morir ya que nuestras heridas se regeneraban instantáneamente y tampoco envejecíamos. Lo que Constanza había hecho no era otra cosa sino devolvernos al estado que la humanidad poseía antes que Adán comiera del fruto del Árbol del Conocimiento. Después de todo la mujer y el hombre fueron creados inmortales por el Altísimo, y se hicieron merecedores de la muerte por el pecado original.

Los doce habíamos sido sumergidos en las aguas negras de la muerte y vueltos a sacar por Constanza en un bautismo de salvación definitivo que nos dejó puros y salvos para guiar a la humanidad cual inquebrantables faros en su camino por el oscuro y vasto océano cósmico. El milagro que obró el Altísimo a través de Constanza no sólo nos privó de la muerte, sino que también de esa simulación de la muerte que es el sueño. Los Athanatoi no dormimos, y nuestro estado es la permanente vigilia, tal es la voluntad del Todopoderoso.

Los cambios traídos por la unión de Román y Constanza en nuestras vidas fueron recibidos gozosamente por todos, menos por Isabel que no le perdonaba a Constanza el quitarle a Román porque, tal y como en mi ingenuidad intuyera, Isabel estaba enamorada de nuestro hermano. Amor platónico tal vez, amor imposible, pero amor al fin y al cabo. Los otros dos que tampoco parecían felices con la decisión de Constanza por establecerse y contraer nupcias con Román eran Victorino y Judith, los Athanatoi más cercanos a la mesías en todo sentido.

La verdad es que yo me percaté muy poco de lo ocurrido durante las semanas posteriores a mi resurrección. Pero algo si fue evidente para mí: Isabel no era la misma. Aquella dulzura, aquella paz espiritual disminuyó drásticamente, si bien no para su trato conmigo y mis hermanas, si para todo el resto. El chismoso de Aramis me contó mil años después que mi amada hermana se había acostado con Victorino, y con Judith, y también con él mismo y Genivania. No le creí, me niego a creerle. Aramis me detesta como todos los demás, como todos esos criminales, ladrones y asesinos elevados a Apóstoles…

Cuando se cumplió un mes del matrimonio de Román y Constanza, Isabel desapareció. Había hablado con mi madre y varios de los Athanatoi sobre sus intenciones de marcharse de Casablanca por lo que todos creyeron que esa era la causa de su ausencia. Pero Román no estaba convencido, y Constanza tampoco.

Recuerdo aquella fría mañana cuando Constanza me tomó de la mano y me llevó a pasear por los viñedos. “Estamos recorriendo el mismo camino que Isabel” cuando se marchó me dijo. Caminamos durante media hora hasta llegar a los lindes del Bosque, muy cerca de las zarzamoras.

—Aquí desaparece su huella —dijo Constanza deteniéndose—, fue sustraída de este mundo por una fuerza inconmensurable.

—¿Por Dios? —le pregunté.

—Por una fuerza cercana —contestó ella con los ojos cerrados como si escrutara el infinito— muy cercana.

—¿Y donde está?

—Muy lejos, tanto que apenas puedo visualizarla entre la bruma del tiempo. Pero sé que ella y tú se reencontraran, un arcángel acudirá a ti a anunciarte el momento en que deberás ir en su busca. Y la hallarás, ten seguro que la hallarás, Nikos. No importa cuantos años pasen, tú y ella volverán a estar juntos. Esto será un secreto entre tú, Román y yo. No debes divulgarlo a nadie, ni siquiera a los Athanatoi, ¿me das tu palabra? ¿palabra de hombre?

Un escalofrío recorrió mi espalda al recordar las mismas palabras dichas por Isabel en este preciso lugar.

—Palabra de hombre —contesté estrechando la mano de Constanza y sellando así nuestro compromiso. Sus palabras, pese a ser algo crípticas, me tranquilizaron. Ella tenía ese efecto, era imposible no creer, creer en lo más profundo de tu corazón, en lo que ella te decía. Y desde entonces espero a ese bendito arcángel que me anunciará el momento en que nuevamente estaré junto a Isabel.

De más está decir que hasta el día de hoy sigo luciendo como un niño de ocho años. Mi aspecto y posición entre los demás Athanatoi hace que me traten con un poco de condescendencia pero en la medida que favorezca mis planes no me quejo. Continuamente engañados por mi apariencia, los otros no son capaces de vislumbrar mis verdaderas intenciones. “Cómo este pequeño niño de mirada tan dulce va a ser capaz de constituir una amenaza para nuestro poder”, pensaban reduciéndome a algo así como la mascota Athanatoi. Pero una mascota también puede morder a su dueño sin previo aviso, el Primer Acólito sabe muy bien esto y ha comenzado a realizar los preparativos para sacarme del mapa. Si le entregué mi pluma tan tempranamente fue a cambio de su palabra de no perseguir a los romanos, pero han llegado a mis oídos rumores que anuncian un posible cónclave para votar el exterminio de todas las sectas herejes y mi expulsión de los Doce. No importa que yo sea el hermano de Román, el esposo de Nuestra Santísima Señora Constanza, el hombre que logró unir a todos los pueblos de la Tierra, que lideró a la humanidad a la colonización de otros mundos y que luchó contra su padre, y lo venció. Me he convertido en una molestia. Mis continuos votos en contra del exterminio de razas no-humanas inteligentes y mi defensa a ultranza de la secta herética fundada por el hijo de mi hermano tienen a Victorino hasta más arriba de su falsa corona.

De seguro votarán la destitución de mi cargo y probable el exilio. Pero este es un escenario que anticipé, por lo que he tomado mis precauciones.

Y mientras los traicioneros Athanatoi deliberan, yo sigo esperando al arcángel… y a la única mujer que he amado en mi vida.[x]

Sergio Alejandro Amira, Julio 2004

1era publicación: Visiones 2005, julio de 2005. Editado por la AEFCFT.
2da publicación: Años Luz, Mapa Estelar de la Ciencia Ficción en Chile, 2006. Universidad de Valparaíso-Editorial / Puerto de Escape.
Imagen: Ángela Gonzalez

8 comentarios sobre “Caro Data Archangeli”

  1. “Dicen que cuando uno se confía se vuelve descuidado, ése fue justamente mi caso. No sé cómo resbalé y caí boca abajo golpeándome la cabeza con una roca, a consecuencia de esto, y pese a que el río no era profundo, morí ahogado”.

    El relato más humano que he leído en mucho tiempo, me gusta la candidez que cruza entre las palabras. Pero soy consiente de un cinismo lejano que vive tras la muralla de la historia, creo que me retiro feliz después de leerlo, ya saben uno se pone ácido con los años, esto es parte de mi terapia contra aquella afección.

    Pd: el dibujo de Angela esta impresionante con el relato, saludos.

  2. Nunca es tarde para repetirlo: este cuénto no sólo es excelente, sino que además es de esos que abre caminos, que inspira. Felicitaciones al autor.

  3. Gracias amigos, aunque las felicitaciones vengan de tan cerca nunca dejan de ser agradecidas.

  4. Me encantó el cuento. Está lleno de detalles que hacen más compleja la visión de la circunstancia en que viven los personajes. Ahora, perdonen si lo siguiente pone en evidencia mi ignorancia, pero al leerlo me parece que fuera un pieza de una obra mayor, mucho más larga y compleja. Es como que faltara el 90% de la historia. Donde está? En la cabeza del autor todavía o en otro sitio web?

  5. En efecto, es sólo uno de los tantos cuentos que componen un fix-up que de momento está en el disco duro de mi viejo tarro. Hay otro cuento de esta saga publicado en NGC 3660, se llama Melek Taus y trata sobre la familia de Constanza.

  6. Que gran historia.
    Original, y bien contada.Tiene los personjes precisos y no se esmera en dar detalles que no vería un narrador en primera persona, sobre todo un niño (se que sólo vive en el cuerpo de niño pero que su sabiduría es mucho mayor, pero me da la impresión de que la pureza de su espiritu es la del niño antes de fenecer).
    Lo mejor y lo peor es que me dejó intrigadisimo de cuales son los planes de nikos.

    pd. Quiero ser un arcangel necrofago de seis alas!!!

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