Y cuando el teniente Charles Taylor volvió en sí, se descubrió tirado en medio de una habitación circular. Todo era blanco, brillante e insoportablemente limpio. Sacudió su cabeza e intentó juntar las partes más recientes de su memoria. Sólo recordó el sol. Ese sol brillante y naranjo que de la nada surgió junto al sol de siempre. Y luego el horizonte esfumándose y la luz, más luz… Luz, más luz y silencio…
Taylor descubrió que no estaba solo. Un hombre delgado y vestido de negro lo observaba. Era joven y usaba un bigote pequeño y ridículo. El oficial de la marina norteamericana se levantó rápido y sacando la pistola que llevaba al cinto apuntó al extraño.
-No se mueva -le dijo.
-Tranquilo, teniente, no vengo a hacerle daño -le contestó el recién aparecido, con un acento extraño y alargado, como si el inglés no fuera su idioma natal.
-¿Dígame dónde estoy? -prosiguió Taylor, sin bajar su arma.
-Creame, ni yo lo sé. Y llevó un buen tiempo aquí arriba.
-¿Arriba?
-Es una forma de decir.
-Dónde están mis hombres.
-Sus hombres y sus aviones están bien. Es mejor que vaya calmándose, teniente Taylor.
-¿Cómo sabe mi nombre?
-No es lo único que sé, pero ya entenderá muchas cosas. Confío en que pronto podremos trabajar bien juntos.
-¿Y usted quien es?
-Primero guarde su arma.
Taylor lo dudó un momento, pero después bajó la pistola.
-Bien, así es mejor. Mi nombre es Alejandro Bello y soy piloto de la Fuerza Aérea Chilena. Y como usted, hace algunos años me perdí volando. Pero ellos ha guardado bien mi nave.
-¿Ellos?
-Si, ellos, no sabemos quienes son ni de donde vienen, pero están aquí, entre nosotros.
Taylor no respondió.
-Lo entiemdo, teniente, yo me sentí igual cuando me tomaron, pero todos nos hemos acostumbrado.
-¿Todos?
-Mi estimado teniente, debe creerme cuando le digo que no somos ni seremos pocos…