Ahora lo sabemos con certeza, la explosión marcó el ingreso de un cuerpo extraño a nuestra atmósfera. Llegamos desfalleciendo por el esfuerzo con nuestros guías y trineos, todos al borde del congelamiento. La roca verdosa fue rápidamente transportada por tierra, a través de las tundras, montada en un gigantesco catafalco tirado por cientos de perros aterrorizados, que más que tirar de la carga buscaban huir de ella con desesperación.
El capitán Mauricius Kent sabía que si eran descubiertos por el ejército ruso sus restos quedarían esparcidos en el olvido blanco para siempre. El acorazado estuvo en el punto acordado, las mareas actuaron a favor, el puerto en Alaska estaba preparado, las carretas desaforadas y el tren hicieron el resto del trabajo. Lloraban de alegría, habían llegado con un día de adelanto respecto de la expedición de Hermann Rauschning, desbaratando el sueño de levantar una granja de procreación usando la semilla caída del cielo. Su sueño del ubermensch deberá tomar otros atajos. Nosotros queremos actuar en las sombras, queremos dar golpes precisos, queremos aprender de él y creemos que en el lapso de un siglo nuestra nación se levantará sobre las otras gracias a él.
Aún recuerdo con emoción, el momento en que llegamos a las instalaciones subterráneas en Kansas y rompimos la gruesa cáscara. El llanto de un bebé surgiendo del interior nos sonó al llanto de nacimiento de un nuevo orden mundial.