Tungunska 9

Godard abría los ojos de nuevo dentro del cine. En la oscuridad. Le picaba la piel de los muslos y las canillas. Pulgas. Amaba y odiaba a la vez los cines viejos. Las luces estaban apagadas. Tenía a veces esos blackouts, esas pérdidas de memoria. Godard estaba viejo. En la pantalla, las imágenes mostraban a Andy Warhol caminando por Nueva York. Godard sonrió. Warhol era una mierda, pero era una mierda simpática, una mierda conocida. Siempre le dieron risa sus películas. Ese hijo de puta de Paul Morrisey no sabía demasiado de cine pero era divertido. Tenía buenos títulos, por lo menos, pensó. Luego puso la mente en blanco. Zen de cinematógrafo, zen de auteur. Miró la película. Warhol caminaba por una calle de tierra en un suburbio de una ciudad americana. Todo era en blanco y negro o, mejor dicho, color sepia. Un color de foto antigua, de cinta sudamericana al modo de un neorrealismo involuntario provocado por la precariedad, la pena o la imposibilidad de filmar en mejores condiciones. La película era muda. Warhol caminaba por el suburbio y luego las casas desaparecían y la ciudad se acababa y todo –la pantalla, lo que podia aguantar el ojo de Godard- se convertía en un sitio baldío. Había caído una bomba ahí, una bomba tan grande que la pantalla no alcanzaba a cubrir la extensión de un cráter. Eso. Todo lo que Godard veía de la cinta era un cráter. Un inmenso agujero en la tierra. Warhol decía algo a la cámara pero solo se veían sus labios moverse, sin posibilidad de entender nada. Luego la cámara enfocaba la cara de Warhol. Warhol en el centro del cráter como una tela blanca que aún no ha sido pintada. Warhol como una mancha. Finalmente, la cámara hacía un zoom hacia la cara de Warhol. Veíamos sus arrugas, aquellas otras extensiones de tierra arrasada. Luego, la cinta acababa y Godard, por fin, salía de la sala.

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