Evacuación, por Sebastián Gúmera

Despierta a la mujer la linfa evaporada de la ciudad. Sus neuronas adormecidas intentan huir del hedor, se marean y vomitan, desesperadas, palabras de auxilio.
― ¿Dónde estoy?
― ¿No la habían amordazado? ― oye la mujer, vendada y atada.
― No era necesario, ¿Quién la oiría aquí? Nadie. Luisa, estás sola aquí, ¿estás asustada? ¿no? Pues deberías estarlo. No por nosotros, ya no presentamos ninguna amenaza cuando queda tan poco tiempo.
― ¿Quiénes son?― la mujer era casi inaudible, pero serena. La voz de quien le hablaba la tranquilizaba.
― Somos quienes te necesitan para intentar redimir a la humanidad. Tu marido es el culpable de que estés tú aquí. Si nos ayudas, podrás morir satisfecha y en paz cuando llegue el momento, de lo contrario no aseguramos que tu muerte ni la de tu hijo sea indolora.
― ¡¿Miguel?! ¡¿Está él aquí?!
― No. Sigue en su seguro hogar, jugando. A su padre no lo hemos encontrado, por eso te trajimos. De todas formas nos eres más útil.
El captor quitó la venda que cubría los ahora asombrados ojos de Luisa. Frente a ellos se extendían miles de tuberías perdiéndose en el horizonte oscuro y subterráneo como hilos entrecruzados reflejados en el verdoso océano artificial de desechos que comenzaba a rodear el manto de la tierra.
― Estás en el esqueleto de América, la base de la supervivencia de toda industria es el lugar donde tiran su mierda para no ahogarse en ella. Ya está abandonado, y pretendían utilizarlo como albergue antes de que los glaciares terminaran de derretirse y que la tormenta del 52 arrasara con la economía. – dijo el hombre cuyo rostro era cubierto por una capucha y un pañuelo. Apenas se veía el tenue brillo de sus ojos, que parecían tener luz propia. – Pronto la tierra terminará con su vendetta y si no hacemos algo la raza humana desaparecerá. Le hemos pedido algo de tiempo para intentar corregir sus errores, al menos para que en el futuro el ser humano pueda volver a desarrollarse.
― ¿Le han pedido? ¿Son acaso un grupo fanático new age?― se burló Luisa. La voz de su anfitrión mantuvo su tono neutral y dijo:
― No exactamente. Ellos son del Frente Ecológico del Fin del Mundo, antes miembros de la ALF. Dudo que no hayas oído de éste. Asesinaron al gerente de la Texaco y a funcionarios de Chevron, entre otros, por no cumplir las condiciones de reducir las emisiones de gases. Dicen ser la mano armada de Pachamama.
― Sí, sé quienes son, mi esposo me lo dijo.
― Claro, ¿y sabes por qué? Él estuvo involucrado en que ciertas empresas fueran liberadas de las legislaciones internacionales que la ONU impuso y que nunca se preocupó en hacer valer. Eduardo ganó mucho en esos tiempos, incluso no le importó haber sido despedido, ¿no es así?
La mujer no responde. El silencio se apodera del pequeño cubículo en el que se encuentran, utilizado antaño por la manutención de las cañerías. Luisa mira a su izquierda y cuatro encapuchados que muestran la mitad de su rostro la observan impertérritos.
― Y yo ― continuó el hombre, mientras comenzaba a descubrirse ― también sirvo a los propósitos la madre tierra, pero mucho antes de que ellos nacieran. Siglos antes.
La luz se apodera del cuarto, un destello emitido por lo que parece ser la cabeza de la criatura. Varios segundos después, cuando los ojos de Luisa se acostumbran, unos leves rasgos dibujan un rostro inhumano e indescriptible.
― ¿Un…un extraterrestre? – pregunta la mujer, sorprendida al punto de dudar si había despertado o no.
― No, Luisa. Un agente del alma de tu planeta. Se me ha concedido la oportunidad, como te dije, de ayudaros por última vez.
* * *
El monitor se plagó de gráficas luego de que Eduardo, temeroso, presionara Enter. Todas señalaban descensos abruptos, relámpagos letales para la precaria economía actual, agujas punzantes para los bolsillos del hombre.
― Una lástima, Bolivia ya está deshecha y pronto lo estará Ecuador.― pensó en voz alta, luego de enterarse de que tanto los sectores eléctricos como agrícola ganaderos de unos de los pocos países sobrevivientes de Sudamérica presentaran crisis irreparables, después que las aguas que los abastecían gracias a los glaciares se hubieran reducido a más de la mitad.
― ¿Qué dices, papá?― preguntó Miguel, quien jugaba en un computador plegable a su lado. El hombre ignoró al niño de ocho años, y comenzó a teclear frenéticamente buscando en vano alguna buena nueva, algo que le dijera que no todo andaba tan mal. Desde su humillación al perder su trabajo en la ONU, luego de ver su bien acomodado hogar inundado por las abruptas precipitaciones, y más tarde ser contratado por la principal compañía eléctrica de México (y pronto del mundo) que le otorgaría un espacio en su refugio, el trabajo y el miedo lo han absorbido y alienado. Su rostro moreno y delgado, cansado, se refleja en la pantalla como la sombra de un alma en pena, la materialización de la agonía y la inseguridad. Su teléfono móvil vibra.
― Lo necesitamos aquí, señor Bastías.― se precipita a decir una voz desconocida y rasposa apenas el hombre ha contestado.
― ¿Quién es? ¿Para qué?
― No hay mucho tiempo, debemos hacer los arreglos para el traslado. Supongo que ya fue informado de que es uno de los seleccionados.
― Oh, ¿habla del desesperado plan de habitar aquella zona con expectativas de vida algo más altas que estas tierras? No me lo trago, pero no tengo nada más que hacer así que estoy dispuesto a participar en esto. No se qué tanta utilidad les presenta hoy en un día un economista, la ingeniería comercial ya no es más que una pantalla, pero en fin ¿adonde quieren que vaya?
― Preséntese en el puerto. Adiós.
El hombre guardó el aparato, tomó su abrigo de material térmico y un maletín.
― Miguel, tengo que salir, mamá te cuidará, así que quédate tranquilo. Supongo que ya llegará.
Eduardo desciende por las sucias escaleras del hotel/refugio cinco estrellas. Observa su borroso reflejo en los pasillos vacíos. Quizás ya nadie viva aquí, piensa. Quizás muchos no quisieron esperar lo que vendría y se suicidaron junto a sus familias, aun cuando no se ha hecho público. Será un espectáculo interesante, el desastre total, como llamaron a la predicción de un desencadenamiento de tormentas y olas de calor abrasadoras a lo largo y ancho del planeta. No entiendo como pretenden salvar a este puñado de idiotas en los que me incluyo, cuando ni siquiera saben a ciencia cierta donde y cuando comenzará la limpieza de la tierra. Porque en definitiva es eso lo que es: una limpieza, un exterminio del virus que infectó el planeta hasta su propia destrucción. La lluvia y el fuego son los anticuerpos del universo, y no creo merecer ni una pizca de misericordia. Para ninguno de los que seguimos con vida.
Luz exterior luego de media hora buscando la salida por los laberintos del tercer y último refugio humano. Ciudad de México se alza ante la vista apagada de Eduardo, humeante y desesperanzadora cual desierto. Es eso en lo que se ha convertido gran parte de Norteamérica, y sin el traje térmico el hombre que camina por sus calles no sería más que otra chatarra fundida.
Poco antes de llegar al puerto, un automóvil protegido por gruesas placas metálicas se cruza frente a él.
― Por favor entre, señor Bastías.― dice a través de su ventanilla un hombre con el rostro cubierto.
― ¿Es usted quien llamó?― preguntó Eduardo ya en el interior.― ¿Es uno de los seleccionados?
― Yo lo llamé e influí para que fuera elegido, pero no soy uno de ellos.
― ¿Influyó?
― Usted se convertirá en nuestro infiltrado, y hará que quienes sean salvados no sean esos viejos sino los niños y jóvenes que aun quedan en este lugar. Tenemos a su esposa así que dudo que llegue a negarse.
― ¿Luisa? ¡¿Qué mierda le hicieron, cabrones?!
― Nada, tranquilo. Nada aún. Pero si no accedes a convencer a esos ambiciosos y temerosos hijos de puta que esperan destruir lo poco que queda de tierra habitable de que el futuro debe quedar a manos de quienes estén dispuestos a construir en él, entonces ella si sufrirá. Incluso Luisa está de acuerdo con esto.
― Estúpidos fanáticos, ¿como creen que podré convencerlos yo? según entiendo fueron ustedes quienes hicieron que estuviera entre los elegidos. Me niego…
― ¡Eduardo!― gritó Luisa a través de una radio que la comunicaba con los del Frente.― Quizás ya poco importe lo que pase con nosotros, el desastre ocurrirá y nadie sabrá como enfrentarlo, pero sí supimos como evitarlo y no lo hicimos. No temimos, sentados en la comodidad del hogar creímos que todo estaría solucionado si estaba en manos de nuestros queridos gobernantes, ¿no? Eso fue cuando éramos jóvenes, cuando podíamos actuar, pero jamás tomamos el peso de lo que sucedía, y de lo sucias que pueden ser esas manos en las que confiamos. Ahora, si de cualquier modo esto acabará, prefiero que la humanidad tenga la oportunidad de…qué se yo, ¡evolucionar!, y ni tú ni esos impotentes egoístas que siempre creyeron que el mundo era suyo podremos hacer más que entregarle esa oportunidad a los que sí son capaces de empezar de nuevo, y bien. Si esos empresarios obsoletos y políticos corruptos consiguen salvarse, pronto se destruirán entre sí.
― Por favor, Eduardo – dijo el líder.― Yo te acompañaré cuando te reúnas con ellos en el puerto. Te elegimos a ti porque eres el único de ellos a quien aún le queda familia, algo que atesorar, algo con qué amenazarlo quizás. Sólo necesitamos una distracción, algo en lo que enfoquen toda su atención, ya que si no los convences nos tomaremos los barcos a la fuerza pero no somos suficientes y no debemos perder a muchos de nosotros. Después de todo, si logramos lo que deseamos, guiaremos a los jóvenes elegidos para que no se repitan los mismos errores.
― No. Que la tierra haga lo que tenga que hacer para su propia salvación. La humanidad no merece seguir en pie. [x]

Autor: Sebastián Gúmera Díaz
(relato ganador Segundo Concurso Escolar de Cuentos Ambientales, en la temática “Cambio climático”)

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