El Hombre que salvó al mundo

De todas formas el éxito de Nik hubiera sido tranquilizador si no fuera porque Ofelia todavía no había terminado la novela. Según me dijo mientras conducía hacia el centro de la ciudad, lo último que había escrito era que la vacuna anti-zombie funcionaba y los monstruos eran derrotados, pero Nik había sido gravemente herido y se encontraba al borde de la muerte.

Entenderá usted que eso no me hizo ninguna gracia, y fue todavía peor cuando al doblar una esquina vimos el cielo abrirse.

Literalmente.

Es lo más terrorífico y sorprendente que he visto en mi vida, doctora. Las nubes se separaron y por un segundo la luz del sol entró a raudales y el día se hizo más luminoso. Pero entonces aparecieron. Eran… Eran enormes, gargantuescos. ¡Imposibles! Eran como nubes de tormenta, pero orgánicos. Terriblemente orgánicos. Sus cuerpos, si es que se les puede llamar así, sus cuerpos eran de color negro, rojo y violeta, y de la base les colgaban racimos de tentáculos, como los zarcillos de una medusa… ¡Sí, eso es! Eran como medusas gigantes, cada una de kilómetros de envergadura.

Ofelia y yo nos quedamos mirándolas en silencio, igual que toda la demás gente en la calle. El momento se alargó interminablemente, hasta que los que habíamos estado conteniendo el aliento nos acordamos de respirar otra vez. Algunos empezaron a gritar, y otros a correr. El caos se extendió como… Bueno, como sólo el caos es capaz de extenderse.

Ofelia apretó el acelerador. Lo primero que hicimos fue comprar un par de máscaras antigases en un allstore. No eran tan buenas como las de bioseguridad que tenemos en el laboratorio, y en realidad no servían de nada, porque el ataque de las medusas gigantes no tenía nada que ver con esporas. Pero entonces no lo sabíamos, y confiábamos al pie de la letra en el argumento de la novela inédita, así que nos pusimos las máscaras y nos sentimos a salvo.

Hasta que empezaron los disparos.

Primero fueron disparos al aire, hacia el cielo y los invasores, pero pronto se transformaron en disparos contra la gente. La población había empezado a caer bajo el influjo hipnótico de los extraterrestres, y las calles comenzaron a llenarse de… bueno, ya he usado el término “zombie” varias veces, y la verdad es que no se me ocurre otro más apropiado.

Entiéndame, no estaban muertos ni comían cerebros, no, y algunos se comportaban de manera diferente, aunque igualmente errática. Pero en general eran un inmenso rebaño moviéndose lentamente, babeando y murmurando incongruencias, indiferentes al peligro, al dolor, a la culpa… Era como si la mitad de la población se hubiese puesto demasiados parches de Escopol y todos sufrieran de la misma alucinación masiva. Individualmente no eran peligrosos, no más que cualquier neuroyonki, pero en conjunto… Aquella horda descerebrada no era consciente de nada. No trataban de esquivar los automóviles ni se escondían de quienes les disparaban, y quienes disparaban no siempre lo hacían contra los zombies. Pronto hubo incendios por todas partes, vehículos humeantes, gente… Gente ardiendo, insensibles al dolor, bamboleándose y chocando con otra gente hasta que el fuego los consumía tanto que no podían seguir en pie…

Discúlpeme, doctora. Deme… deme un segundo. No me afectó tanto en el momento, ¿sabe? Supongo que estaba demasiado asustado para sentir la pena. Pero ahora, al pensar en ello… ¡Buf!

De acuerdo.

Si la radiación, porque eso era lo que pasaba, como supe más tarde, si la radiación hubiera afectado solamente a los civiles tal vez las cosas no hubieran ido tan mal. Pero la radiación no discrimina, obviamente. Los policías afectados por el ataque apuntaban a todo lo que se movía, y seguían apretando el gatillo una vez que el cargador se había vaciado. Los médicos y los pacientes se arrojaban por las ventanas de los hospitales, los bomberos esgrimían sus hachas… Por todas partes, a la distancia, brotaban hongos de fuego y humo, y la visibilidad disminuía por momentos. Vi un par de aviones caer sobre la ciudad, y una estación de recarga explotó a menos de cincuenta metros de Ofelia y yo. ¡Y todo eso en menos de treinta minutos desde la aparición de los aliens!

Por supuesto, habíamos dejado el coche. Nos desplazábamos de callejón en callejón, saltando a través de las llamas y los escombros. Y los cadáveres. Estábamos ocultos tras unos contenedores de basura cuando Ofelia dijo:

– Si nos separamos, debes llegar al edificio azul que se ve allá -y señaló una estructura que sobresalía entre las demás, a unas veinte manzanas de distancia-. Es el edificio de Microsony. Me basé en él para escribir la novela. Allí es donde Nik Tirma diseña el…

En ese momento Ofelia se convirtió en zombie.

El resto de la frase fue incomprensible. Sus brazos cayeron a los costados y vi sus pupilas dilatarse tras el visor de la máscara. De inmediato se lanzó contra mí, tratando de derribarme, pero no había ningún plan, ninguna metodología en su ataque. Sus movimientos eran torpes por decir lo menos, y no me costó mucho reducirla. Le até los brazos y las piernas con su chaqueta y mi camisa. No quería dejarla tirada allí, pero no había forma de llevármela sin comprometer mi propia seguridad y la suya, así que aseguré los nudos y la escondí lo mejor que pude, tratando de dejarla protegida contra el fuego y los derrumbes.

Me costó muchísimo abandonarla, doctora, créame, sobretodo porque Ofelia no me había dicho si en la novela su personaje sobrevivía a la invasión. Pero al parecer soy de esas personas que reacciona con la frialdad necesaria en estos casos.
Soy un sobreviviente, doctora. O un hijo de puta egoísta.

El caso es que salí del callejón y comencé a correr.

Corrí durante unos quince minutos. Los zombies eran mucho más fáciles de esquivar que las balas, pero por suerte no me dio ninguna. Un par de veces me perdí y tuve que volver sobre mis pasos, pero el rascacielos de Microsony, que es la versión alternativa de nuestro Sonysoft, era claramente visible desde el medio de cualquier calle, y después de un rato llegué a la Plaza Gates, que supongo que se llama Plaza Bates o Plaza Games en esa dimensión. Nunca llegué a saberlo.

Entré al edificio por la puerta principal, lo que ahora que lo pienso puede no haber sido muy inteligente de mi parte. Entonces me di cuenta de que no sabía qué hacer. Me quedé de pie en medio del hall vacío, tratando de imaginar qué habría hecho Nik Tirma en la novela de Ofelia, o de qué servirían todos mis conocimientos en neurobiología en el cuartel general de la mayor empresa de informática y telecomunicaciones de una realidad paralela.

Mientras pensaba en ello una figura comenzó a formarse en el espacio frente a mí. Y lo digo literalmente. Apareció de la nada, como un holograma, excepto que no brotó de ninguna esfera de espejos ni tenía la transparencia típica de los hologramas. Era completamente opaco, pero no del todo sólido. Era… Era más bien como un hombre de niebla. Nunca había visto algo parecido, así que me quedé pasmado como un idiota mientras la cosa, fuera lo que fuera, levantaba algo parecido a un brazo y me apuntaba. El láser que disparó pasó a medio centímetro de mi oreja y atravesó el cráneo del tipo a mis espaldas, que dejó caer su machete. Tampoco supe nunca si era un zombie o se había salvado de la hipnosis masiva. El miedo volvió a golpearme como un martillo y me lancé al suelo, buscando refugio bajo la mesa de informaciones, pero una voz… Una voz muy parecida a la del viejo Jack Twotter en la grabación del futuro, intentó tranquilizarme.

– No tengas miedo, Jack Oneill -dijo-. No tengo intenciones de hacerte ningún daño.

Y luego me dijo por qué:
* * *
Llegué a este planeta hace cincuenta y seis años, proveniente de la estrella-prisión Goo Lag, llamada Denébola por los astrónomos de tu propio mundo y dimensión. Allí era conocido como Jak Zree, único encargado de las celdas del sector 876.
Hace cuatrocientos dieciseis años, fui el causante involuntario de la liberación de un grupo de gurlaks, las gigantescas criaturas flotantes que hace menos de una hora atravesaron la atmósfera terrestre. Siendo éste el planeta habitado más cercano a la prisión, se me encomendó la misión y castigo de transferirme al mismo y disponer las condiciones para la captura o eliminación de los gurlaks fugitivos y la defensa de la especie nativa, en ese orden de prioridad.

Para tal efecto, mi superestructura cerebral de nivel uno, lo que tú llamarías árbol de probabilidades sinapsoidales o sencillamente intelecto, fue codificada y transmitida a la Tierra camuflada como radiación cósmica de fondo. La estructura orgánica subyacente fue destruida de acuerdo a la ley.

Trescientos sesenta años más tarde, después de viajar por el vacío estelar como una onda inconsciente de altísima frecuencia, la información llegó a la Tierra. De la misma manera que un retrovirus contiene a la vez el mensaje y las instrucciones para su lectura, el pulso fue traducido e integrado automáticamente al lenguaje informático del planeta. Las memorias y los aspectos más relevantes de la personalidad de Jak Zree continuaron descargándose durante aproximadamente una década terrestre, hasta que por fin, hace cuarenta y cinco años, recuperé del todo la conciencia y los recuerdos.

De inmediato puse varios planes en marcha.

El primero de ellos fue acelerar el desarrollo local de la robotecnología. Pese a formar parte indisoluble de lo que tanto en esta realidad como en la tuya se conocía entonces como internet, y actualmente como extranet, la carencia de un cuerpo resultaba a la vez incómoda y extremadamente limitante. El control remoto de vehículos y dispositivos electrónicos fue y sigue siendo indiscutiblemente útil, pero la humanidad no había incorporado aún el automatismo requerido para mi labor. Gracias a mis vastos conocimientos en el área y a una constante pero silenciosa influencia, los ingenieros y programadores de esta dimensión fueron capaces de crear la colonia de nanocomputadoras que ves ante tus ojos y que, si me permites mencionarlo, acaba de salvarte la vida.

La tecnología capaz de proteger la psique humana contra la radiación gurlak, sin embargo, está a siglos de distancia de las capacidades actuales de tu raza. Las peculiaridades del viaje pulsátil interestelar y la naturaleza inorgánica de mi composición semicorpórea me impiden contraatacar e inutilizar a los invasores, si bien soy inmune a su canción.

Por ello, y en segundo lugar, preparé la llegada de un héroe.

Sólo existen dos especies en el universo conocido capaces de resistir el ataqué psiónico de los gurlaks de forma innata. Una de ellas habita un sistema binario en el tercer brazo de una galaxia localizada a tres millones de años luz del Sol. Teniendo en cuenta que Goo Lag se encuentra a sólo treinta y seis años luz de la Tierra, decidí que el éxito era más probable si dirigía mis esperanzas hacia la otra especie.

Irónicamente, esa otra especie es la humana. Sin embargo, como habrás deducido si eres al menos tan inteligente como confío, no cualquier especie humana es resistente. Sólo aquellos seres humanos provenientes de la dimensión adecuada presentan la superestructura cerebral de nivel dos necesaria.

Por supuesto, tu dimensión natal es la adecuada.

Hace cuatro décadas escogí a dos de los matemáticos más brillantes de su generación, un hombre llamado Zack Twotter y una mujer de nombre Priscilla Deant. Manipulando subrepticiamente su correspondencia electrónica y utilizando todo tipo de artimañas tan ingeniosas como sutiles, conseguí hacer de ellos una exitosa pareja. El resultado de su matrimonio fue tu propia contrapartida dimensional, Jack Twotter.

Desde su nacimiento estuve siempre presente en la vida de Jack, guiando sus pasos desde las sombras cibernéticas y dejando caer aquí y allá las migas que lo llevarían por el camino de la matemática de las probabilidades y la física de entramado profundo. El penúltimo peldaño en esta escalera hacia la salvación del mundo fue preparar la grabación que viste en su casa esta mañana. Por supuesto, no era realmente un mensaje del futuro, pero mi acabado conocimiento de la psicología de Jack y las incontables horas de audio y video de que dispongo, sumadas al control absoluto e ilimitado del software de artificio y modificación me permitieron crear una película creíble, a todos los efectos perfecta.

Finalmente, utilicé la tecnología de inserción y estimulación neurostereotáxica remota para despertar la inspiración en la artística mente de Ofelia Nidako, cuyo primer encuentro con Jack fue también, por supuesto, parte del plan. Sembrando las ideas apropiadas en la imaginación de Ofelia, y reescribiendo ocasionalmente algunos pasajes de su novela, conseguí dos cosas. En primer lugar, dar el empujón definitivo que sacaría a Jack Twotter de este mundo. Y en segunda instancia, y tal vez más importante aún, dirigir tus propios pasos hasta este preciso momento y lugar.

Ahora Jack, debemos subir al vigésimo segundo nivel del edificio y proceder con la operación. Trataré de responder cualquier pregunta que tengas en el ascensor.
* * *

4 comentarios en “El Hombre que salvó al mundo”

  1. Muy buen cuento Guayec. Te felicito, me gustó mucho.
    Ya lo había leído, eso sí. Alncancé a leerlo en el poco tiempo que alcanzó a estar publicado en la factoría. Es un relato que tiene hartas fintas dentro de la finta, por lo que cuesta un poco descifrarlo lo que lo hace sorprendente y entretenido. Incluso en lo de la “doctora” me engañó.
    Saludos y sigue así.

  2. Me gustan mucho los cuentos de guayec. Es dueño de una prosa muy amena, elocuente y ligera que provoca que sus relatos se lean con mucha fluidez. Uno ni se da cuenta que está leyendo hasta que se acaba el texto!!

    Ojalá se animara a escribir una novela 🙂

  3. “Me gustan mucho los cuentos de guayec”….. Guayec tiene novia…… XP

    bromas aparte, ha sido el cuento de guayeco que mas me ha gustado, tiene ese aire a lo P. K Dick (a propósito de tu Ubik) pero consigue su propia vida.

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