Ciencia ficción: El Futuro de Chile

Fracisco Ortega

(artículo originalmente publicado en revista Muy Interesante, julio 2007. Reproducido con permiso del director)

Vivimos en un país fantástico y bajo esa premisa una nueva camada de escritores se ha embarcado en la misión de aventurar cómo serán nuestros próximos días. Esta es la historia, el pasado y el renacer de la fantaciencia criolla.

El ciberespacio es un animal marino.
En el fondo de sus intestinos, tras las sucesivas cortezas de software abandonado, bajo los estratos de códigos en desuso y fantasmas digitales; una marea en lenguaje de máquina llora de temor al escuchar los murmullos y chasquidos de dientes que arañan el “otro lado”.
—Ayúdame, Magdalena—, susurra entre el óxido y las líneas de programación mutiladas que ennegrecen los bordes.
—¡Montenegro! Voy a entrar a la net—, gritó la mujer mientras caminaba hacia la pared para extraer los line-in de conexión. “Viejo hardware cableado, nada más seguro”, pensó antes de hundir el aparato en su vagina y esperar los efectos con los dientes apretados. Dos sondas se desplegaron y se engancharon a sus ovarios, cada una con un pequeño anzuelo de cobre. El dolor fue intenso, pero breve, necesario para levantar la frecuencia mental hasta los niveles de tráfico de la net. Ese nivel funcionaba con la misma frecuencia humana del dolor físico extremo.
Magdalena abrió los ojos de su segunda cabeza y no notó la diferencia, salvo que Rayén Montenegro, el cadáver digitalizado que servía de estructura para el software del edificio, estaba de pie frente a ella, mirándola con la peor cara de odio que había visto en su vida.
—Estoy a tus órdenes—, masculló sin quitarle los ojos de encima. El largo cabello negro de la IA astral flotaba en el aire como si estuviera sumergida en un lago turbio de musgo, con el sol entrando en extraños reflejos sobre su rostro aplastado, su cráneo quebrado, sus hombros dislocados.
—Necesito entrar al bunker de las corporaciones.
Montenegro cambió levemente de color y comenzó a sangrar por el oído.
—Son empresas privadas. Si descubren que ingresamos a una empresa privada desde una terminal estatal…
—No te estoy preguntando.
Montenegro comenzó a derramar un líquido espeso. El charco bajo ella crecía en un perfecto círculo.
—El acceso al Bunker Corporativo es un acto de fe.
Magdalena no recordaba haber tenido una pistola en la mano.
—No sabes si es una trampa, no sabes si es el acceso. Sólo dispárate en la boca.
Magdalena no lo dudó, apuntó el revolver y se voló la cabeza. Ella misma iba dentro de la bala que penetró en su interior, hacia su propio cielo. Metió la mano por la boca y se sacó el password como a un gusano. Abrió el cielo con un cuchillo—coder y la introdujo a través de la hemorragia. El conjuro se extendió en la forma de una plaga de langostas por todo el organismo, en una infección que tenía la forma de Magdalena a los 8 años, volando a 28.8 cuadros por segundo por los amplios espacios de las catedrales de su inconsciente.


Ella llenó el lugar.
>Engaged
—Ave María, llena eres de gracia…
>Full Access
—…el Señor es contigo…
>Choose log
Suspendida en su océano transparente, desplegó sus brazos y sangró por las palmas de las manos. Durante una mínima fracción de segundo los sistemas del búnker se detuvieron. Para Magdalena fueron como horas. Recorrió innumerables galerías y almacenes derruidos abarrotados de código basura y entidades digitales fracturadas, que le suplicaban reintegrarlas a la programación. La creían algún tipo de mesías o un sicario. Magdalena avanzaba cruzando una atmósfera espesa como aceite quemado. Pronto los sistemas de seguridad desplegarían cargas de profundidad en su psique más personal.
—…bendita eres entre todas las mujeres…
“Magdalena, ayúdame…”. Escuchaba entre los strings y el desorden.
La imagen de los niños estaba frente a ella. “Proyecto ENKELI, necesito saber para qué usan la médula espinal, quién está detrás del tráfico. Proyecto ENKELI…”
Nadie navegaba mejor que ella. Nadie era un aparato con desperfectos tan singulares, como ella.
>pass:xxxxxxxx
>Granted
>Gerhardt Fachel >Planilla A
Magdalena cae violentamente al suelo desde quince kilómetros de altura. El suelo estalla y salpica arena de cuarzo. En el siguiente cuadro está de pie. Televisores en señal muerta, en los que apenas se distinguen rostros suplicantes y otros llenos de ira, se acumulaban bajo el tablón que sostenía en vilo a Gerhardt Fachel.
—Por favor—, Alcanzó a decir antes que Magdalena le hundiera el puño en el pecho y digitara los códigos necesarios en el teclado escondido detrás de la enorme culpa del anciano, condenado a servir de puerto de acceso hasta que el software se pudriera en la eternidad.
Ante Magdalena se desplegó un planeta cien veces más pequeño que la Tierra girando bajo el mar, dentro de la pupila de Fachel. Sus satélites parecían réplicas de la batalla de Verdún y giraban a velocidad más lenta de lo usual. La mujer entró a una de las trincheras y avanzó entre la metralla y los moribundos. Su intuición única la dirigía como a una loca olfateando por el bosque. Bajo un cadáver de traje azul, encontró lo que buscaba: una pequeña niña de unos trece años, pelirroja y de enormes ojos grises que lloraba muerta de frío.
—Angélica—, murmuró
—Ayúdame—, suplicó.
El mito más difundido entre los coders era el de la IA del “Escándalo Fachel” convertida en una virgen al interior de la net. Una madonna digital santificando el nuevo espacio abierto por las máquinas. Sin embargo, ahí estaba, un andrajo cubierto de barro, hedionda a orines y casi incapaz de moverse.
—Necesito información, Angélica—, murmuró casi con ternura—. Creo que eres la única que sabe todo lo que pasa.
—No sé qué está pasando—, lloraba desconsoladamente—, hace años que me arrastro y pido ayuda pero nadie viene, Algo quiere salir a través mío. Tengo miedo. Sácame de aquí. ¡Hay ruidos y alguien me amenaza!..
Magdalena levantó la mano y le enterró su cuchillo-coder en la frente, le pidió excusas y comenzó a extraerle su memoria.
>Search word?
>Médula espinal, proyecto ENKELI
Angélica comenzó a tomar coloración amarillenta y a respirar cada vez más pausadamente. Magdalena le pedía perdón en voz baja.

El fragmento pertenece a Trinidad, novela del chileno Jorge Baradit, que hace un par de meses se adjudicó el primer premio del concurso UPC, el certamen de literatura de ciencia ficción y fantasía más importante de habla hispana y uno de los tres eventos de su tipo más influyentes a nivel mundial. El libro acaba de ser editado en España y a Chile llegará en noviembre, para la Feria Internacional del Libro de Santiago, donde será presentado con todos los bombos y platillos que merece. Guardando las obvias distancias, lo que Baradit logró con Trinidad no es menor que adjudicarse un Cervantes o ser nominado para el Nóbel.

El premio a Trinidad significa muchas cosas, desde el reconocimiento de la calidad de la obra en particular a un espaldarazo a la carrera de su autor. Pero por encima de ello, es un tremenda llamada de atención al actual estado de la ciencia ficción y la narrativa fantástica en general en nuestro país. Fue el mismo Baradit quien se encargó de destaparla hace un par de años, cuando Ediciones B se arriesgó a publicar su primera novela, Ygdrasil, un golpe a la cátedra a la tradición narrativa local que dejó a lectores y críticos literalmente en ruido blanco ante un texto que en teoría no tenía nada que ver con lo que se había publicado antes en Chile. Pero en la que no pocos vieron una suerte de continuación en lenguaje futurista de las pesadillas góticas que José Donoso desarrolló en El Obsceno Pájaro de la Noche. Lo que tanto narrador de la llamada nueva narrativa chilena se había obsesionado en conseguir lo logró un anónimo diseñador gráfico, con nula trayectoria en talleres literarios pero un gigantesco background de cómics y películas, además de una certeza no menor de vivir en un país enmarcado por mitos de los cuales es imposible desentenderse. El propio Hugo Correa, nuestro prócer más legendario de la literatura fantástica criolla, lo dijo en una entrevista publicada en la Zona de Contacto de El Mercurio en 1999, “con tantos Caleuches, Pincoyas y Ciudades de los Césares, en Chile debería escribirse solo ciencia ficción y fantasía”.

Recién escribimos que lo de Baradit e Ygdrasil había resultado, en teoría, un golpe a la tradición realista de la narrativa nacional. Y debe recalcarse nuevamente aquello de en teoría, ya que con el recién nombrado Hugo Correa a la cabeza, más una buena legión de desconocidos al hombro, la ciencia ficción local gozó de una más que buena salud durante la primera mitad del siglo XX. Luego, vaya uno a saber por qué, fue relegándose hasta prácticamente desaparecer de la atención oficial, para sobrevivir de un modo subterráneo y anónimo de la mano de fanáticos y cultores refugiados en colectivos como Ficcionautas o TauZero.

VISIONES PELIGROSAS

“Una país sin ciencia ficción es un país sin futuro”, dice el protagonista de la novela Mantra, del argentino Rodrigo Fresan, máxima amenazante y tan espeluznante como el peor de los futuros que nos pueda ofrecer el género. Pues podemos dormir tranquilos, dicen algunos, a Chile lo salvó Baradit y la generación de jóvenes talentos que empezaron a desenrollarse a partir de la publicación de Ygdrasil y cuyo trabajo ha comenzado a ser reconocido fuera de nuestras fronteras. Ahí aparecen los nombres de Francisca Solar, con un contrato editorial inédito por una serie de 5 novelas de enigmas paranormales. Pero no es la única, el joven Pablo A. Castro es citado y antologado en colecciones especializadas en el género publicadas en Europa y Estados Unidos. Castro además ha sido objeto de análisis en un par de universidades norteamericanas, detalle bastante decidor para un autor cuyos manuscritos en Chile han sido rechazados por más de una editorial. Profeta en territorio extranjero, no sería el primero ni será el último.

Ya lo hemos repetido, Chile es un país de fantasías y maravillas. Así no es casual que la ciencia ficción nacional funcione como un pastiche con lo fantástico. Más que ciencia ficción dura, poblada de anticipaciones, lo que se ha hecho (y se está haciendo) en Chile es más cercano a la fantasía con ingredientes científicos. Leyendas de ciudades perdidas y barcos fantasmas se mezclan con raptados por alienígenas e incluso fascinaciones espirituales de nuestros gobernantes. César Parra, en Guía mágica de Santiago, asegura que Pinochet tuvo al menos tres asesores paranormales. Verdad o mito, la anécdota da para redactar una docena de buenos cuentos, como la serie de fantasías ucrónicas que los integrantes del colectivo Ucronía Chile (htttp://ucroniachile.blogspot.com), otro proyecto encabezado por Baradit, publican en la red con aterradora frecuencia.

La fantaciencia nacional no es cuento nuevo. Ygdrasil no inicia ni termina nada, es más bien el siguiente paso en una zancada demasiado espaciada. Con un cultor reconocido internacionalmente: Hugo Correa, y coqueteos de autores de la talla de José Donoso y Roberto Bolaño, la presencia de la ciencia ficción, y el género fantástico en general, está en nuestra prosa más presente de lo que aparenta. En una lectura postmoderna, donde los géneros se cruzan y se mezclan; donde gracias a autores como Neal Stephenson, Chuck Palahniuk, Haruki Murakami y David Foster Wallace se empieza a hablar de ciencia no-ficción (Science No/Fiction), uno perfectamente podría apuntar obras como 2666, de Bolaño; Alsino, de Pedro Prado; e incluso Papelucho y el marciano como representantes de la fantasía nacional. E hilando más a fondo, el relato de Las hormigas asesinas, incluido al interior de uno de los cuentos de Por favor rebobinar, de Alberto Fuguet, es en absoluto emparentable con el vampírico apocalipsis de Theodore Sturgeon en Más que humano que inspirara la clásica película El Hombre Omega.

Y frente a este panorama, son muchas las preguntas que se aparecen. ¿Dónde caben los relatos de Miguel Serrano sobre presencias misteriosas en el frío antártico, delirios fantásticos emparentados con los horrores cósmicos de Lovecraft y sus Montañas de la Locura? ¿Acaso existe un héroe narrativo juvenil más importante que Mampato y sus viajes espacio temporales en nuestra tradición escrita? Con sus virtudes y defectos, ¿podemos hablar de cyberpunk al mencionar Flores para un Cyborg, de Diego Muñoz o 2010: Chile en Llamas, de Darío Oses? ¿Cómo es que de pronto nos poblamos de títulos como Ygdrasil, La Séptima M, Caja Negra y La Segunda Enciclopedia de Tlön, todos firmados (con la excepción de Caja Negra) por gente absolutamente ajena a la continuidad literaria oficialista. Hablando en términos del género, son la alianza rebelde enfrentada a un imperio narrativo acaso tan moribundo como el propio régimen de Darth Vader.

“En plena Colonia”, sostiene Marcelo Novoa, editor de Puerto de Escape, editorial especializada en lo fantástico que el año pasado publicó Años Luz, la primera antología del género en Chile y que acaba de presentar La Segunda Enciclopedia de Tlön, de Sergio Meier, “un bando del monarca español prohibió la circulación del libro francés El año 2440, por lo subersivo de su contenido. Tal vez la ignorancia en que ha caído el género en nuestro país se deba precisamente a eso, al miedo de lo que está por venir, lo que nos espera al final de un pasillo oscuro. Y en Chile vaya que le tememos al porvenir. En ese sentido no es descabellado pensar que la ciencia ficción chilena más que un golpe a la cátedra es una amenaza al orden, un despertar de nuestros temores y terrores”.

“La ciencia ficción es un género literario que se lee en estas tierras desde la Colonia”, continúa Novoa, “y posee autores desde el siglo XIX. En esta perspectiva esta clase de literatura se nos aparece muy nuestra y como tal merece no sólo una visita ocasional y en calidad de rareza. Personalmente sostengo que el “revés del tapiz” de nuestra identidad literaria pertenece claramente al género fantástico. Pues, obras y autores hoy considerados canónicos, como Juan Emar y Umbral, Vicente Huidobro y Cagliostro, María Luisa Bombal y toda su obra, Carlos Droguett y Patas de Perro, José Donoso y El Obsceno Pájaro de la Noche”, Roberto Bolaño y La Literatura Nazi en América, por nombrar a los principales, no existirían sin un contexto de magia, leyendas, misterios, fantasías, visiones y pesadillas unidas desde siempre a nuestra identidad aún por dilucidar, que están repartidas por estos autores hoy olvidados. Ciertamente, Baradit biodegrada a Jodorowsky y Sergio Meier, recarga el disco duro de Hugo Correa. Ellos abren un portal y por allí se cuelan las nuevas lecturas obligatorias chilenas del siglo XXI”.


PURO ESPACIO ES TU CIELO ESTRELLADO

Omar Vega, en La Luna, ensayo sobre la ciencia ficción en Chile (publicado en www.letrasdechile.cl), apunta el comienzo formal del género en 1927, cuando Julio Assman publica Tierra Firme, seguida un par de años después por Ovalle, 21 de Abril del año 2031, de David Perry. Esta suerte de hito fundacional es también subrayado por gente como Moisés Hasson y Luis Saavedra, a través de ensayos publicados en la revista Fobos y el sitio TauZero (www.tauzero.org). A partir de entonces y hasta La Segunda Enciclopedia de Tlön, el río ha seguido un curso más que irregular. Buscando estructurar un orden más o menos canónico de la historia del género en Chile, la Revista de Libros de El Mercurio, en el artículo Recuerdos del Futuro, publicado el viernes 3 de marzo del 2006, distinguió los siguientes hitos fundamentales en la literatura de ciencia ficción criolla. Citando literalmente aquel artículo.

• Papelucho y el marciano, Marcela Paz (1974): Desde una perspectiva paródica, este libro alcanza un nivel equiparable al notable Marciano vete a casa, de Fredric Brown. Marcela Paz se ríe de todo un género a partir de la inocente perspectiva infantil. El diario secreto de Papelucho y el marciano, su título completo, es más pillo de lo que aparenta. Marcela Paz escribió antes que muchos acerca de que los aliens podían estar dentro de nosotros. En su sencillez, nuestra obra maestra en el género.

Los Altísimos, Hugo Correa (1959): Para muchos, la obra cumbre de lo fantástico en Chile. Una alegoría acerca de los regímenes totalitarios, narrado en la forma de un encuentro entre humanos y habitantes de un planeta gobernado por despóticas entidades invisibles.

Pacha Pulai, Hugo Silva (1945): Intrigas, misterio, thriller, un secreto que no puede ser revelado, el uso de un mito chileno: la Ciudad de los Césares y un hecho que por años estuvo sin explicación: la desaparición del Teniente Bello. Silva estructuró su libro como si fuera un best seller conspirativo. Por mucho, nuestra mejor obra de ficción acerca del arquetipo de la civilización perdida.

Quien llama en los hielos, Miguel Serrano (1959): Los delirios antárticos de Serrano construyen visiones de mundos perdidos, paraísos congelados y entidades ancestrales que vigilan la evolución de la humanidad. Un panorama de horror cósmico que se mueve como una precisa continuación a Las Montañas de la Locura, de Lovecraft, o incluso a Las aventuras de Arthur Gordon Pym, de Poe.

La Próxima, Vicente Huidobro (1934): Una de las obras más curiosas del poeta vanguardista. El relato narra la historia de una utopía intelectual en la que un grupo de sabios fundan una colonia en Angola, especie de paraíso racional que termina provocando una guerra mundial que acaba con la forma de vida del mundo occidental.

El que merodea en la lluvia, Hugo Correa (1961): La segunda obra maestra de Correa. Como El color que cayó del cielo de Lovecraft, esta novela se enfoca en el dilema de una invasión extraterrestre en el mundo rural. En este caso un ser de otro mundo que aparece en un campo del sur chileno. Fantasía y horror cósmico en formato costumbrista. Géneros aparte, una tremenda novela.

La Literatura Nazi en América, Roberto Bolaño (1999): Sin eventos sobrenaturales, anticipaciones ni naves espaciales, esta colección de biografías imaginarias hace un tándem ideal con la nueva corriente de la ciencia no-ficción que Neal Stephenson ha desarrollado de un modo soberbio en su ya extenso ciclo del Cryptononicom. Bolaño no sólo inventa autores inexistentes, entre los cuales hay una camada de cultores de la ciencia ficción, sino que los sitúa en una continuidad latinoamericana paralela totalmente ucrónica.

Los Superhomos, Antonio Montero, firmado como Antoine Montagne (1963): Epopeya situada en un mundo post atómico en la que una nueva raza dotada de poderes extraordinarios impone su ley sobre los más débiles.

Alsino, Pedro Prado (1920): Criollismo sobrenatural, Prado se las arregla para darle realidad a un hecho sobrenatural. ¿Qué o quién es Alsino? ¿Un salto evolutivo, una abominación? Curioso, personaje, perfectamente podría ser nuestro miembro local de los X-Men de Marvel Comics. Es más, entre el héroe de Prado y el personaje Arcángel de los “X”, hay coincidencias -en su mayoría trágicas- que desconciertan.

Mañana hacia el ayer, José Bohr (1975): Un viaje temporal a la inversa. El protagonista es un hombre mayor que regresa a su infancia, momento en que un extraterrestre le hace una revelación que cambiará el estado de la Tierra en el cosmos para siempre.

Pasaje al fondo de la Tierra, Gustavo Frías (1978): El autor toma como excusa la novela Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne, para escribir un libro en dos partes: la primera, un prólogo a la historia del francé; y la segunda, una especie de continuación.

Thimor, Manuel Astica Fuentes (1932): Es la primera novela fantástica chilena que recoge el tema de las civilizaciones perdidas, anticipándose a Pacha Pulai y a La Ciudad de los Césares (1936), de Manuel Rojas. Astica Fuentes relata los últimos días de una civilización emplazada en una isla continente en el Pacífico, Lemuria.

Flores para un Cyborg, Diego Muñoz (1997): Una especie de Frankenstein tercermundista que se llevó el premio de Mejor Novela inédita en el Concurso del Consejo del Libro de 1996, la novela de Muñoz constituye uno de los mejores ejemplos de ciencia ficción dura. El rigor de sus datos científicos juega a favor en un relato con más de sátira política que narrativa.

Ygdrasil, Jorge Baradit (2005): El año cero del renacer del género en Chile. Una asesina a sueldo, un Invunche mitad cyborg, corporaciones convertidas en imperios, violencia extrema y estética cyberpunk reconstruida en códigos latinoamericanos. A estas alturas un moderno clásico.

La Lanza Rota, Alberto Rojas (1995, reeditada 2007): La primera obra de fantasía heroica nacional, suerte de refrito en clave chilena de los mitos de Tolkien con una historia de piratas y magia que se adelantó bastantes años al boom de Piratas del Caribe.

Caja Negra, Álvaro Bisama (2006): Ciencia No-Ficción en clave bolañesca pasada por los mundos paranoicos de Thomas Pynchon. Bisama escribe fantasía sin hacerlo. El relato de la inexistente industria del cine de terror local se lee como una fantasmagórica ucronía.

Años Luz: Mapa Estelar de la Ciencia Ficción en Chile, varios autores (2006): A la fecha la más completa selección de la historia narrativa de género en Chile, intenta trazar una línea cronológica con los autores y relatos que de una u otra forma han dado forma a esta narrativa en nuestro país. Un libro obligatorio.

La Séptima M. Francisca Solar (2006): Solar es sin querer la continuista de la obra de Elena Aldunate, madre de la literatura fantástica local. En La Séptima M, la autora usa como excusa un hecho policial ocurrido en Aysén para desenrollar una madeja de misterio con elementos sobrenaturales.

La Segunda Enciclopedia de Tlön, Sergio Meier (2007): La primera novela steampunk chilena, subgénero que ambienta a la ciencia ficción en lugares que en teoría aparecen anclados en una época social y moral de los siglos XVIII y XIX. Con esa excusa, Meier escribe acerca de la búsqueda del orden en el universo.

LA NUEVA GENERACION

“Creo que la ciencia ficción chilena pasa por EL MEJOR momento de su historia, sin ninguna duda”, sostiene Jorge Baradit (JB), autor de Ygdrasil y Trinidad. “Antes de 2005, sus éxitos eran escasos y se remitían a más de cuarenta años en el pasado a la publicación de Los Altísimos, de Hugo Correa. Pero a partir del 2005, en adelante, la historia en la que estamos metidos ha cambiado radicalmente. Los autores no sólo estamos en el mapa literario nacional, sino que estamos llamando la atención más allá de nuestras fronteras y eso es clave. Lo importante es que además la ciencia ficción criolla cuenta con comunidades abiertas de estrechos lazos y vasos comunicantes multidisciplinarios. Puerto de Escape es una de ellas, nacida en Valparaíso de la mano de Marcelo Novoa, es además una editorial de género. TauZero.org es la comunidad más grande de la ciencia ficción nacional y este año lanza su concurso de novela corta de ciencia ficción. En fin. Además este año será editado Alucinaciones.txt, una antologìa de la literatura fantástica chilena contemporánea, preparada por Luis Saavedra y donde se dan cita más de 20 autores chilenos conocidos y por conocer. El objetivo es lanzar un canon del fantástico nacional en la Feria del Libro de este año. El panorama es explosivo.

“Sin duda que el género pasa por su mejor momento”, agrega al respecto Francisca Solar (FS), autora de La Séptima M. “Nunca habíamos tenido best sellers chilenos del género. Es un tremendo salto. Supongo que de a poco vamos a ir integrando en la gente la necesidad de leer otras cosas, otros temas. Que la cruda realidad también se puede contar de maneras mágicas, fantasiosas, futuristas, incluso desquiciadas. Hay que aprovechar el momento sin chacrearlo, porque las mismas ganas se nos pueden venir encima. Si vamos a posicionar el género, que sea con la mayor calidad posible. Para eso se necesita interés y buenas plumas, pero también prudencia. No se puede negar que es un terreno peligroso, sobre todo en este país, tan encadenado a la literatura tradicional. Ya entramos por la puerta grande, pero el desafío real es quedarse. En eso estamos”.

Similar a sus colegas es la opinión de Sergio Meier (SM), La Segunda Enciclopedia de Tlön, quien agrega que “por primera vez existe en Chile una generación completa familiarizada con la tecnología, las computadoras e internet, conectada al mundo, a las últimas tendencias artísticas y científicas, fundamental para que la ciencia ficción (que podemos definir como “la mitología de la tecnología”) se popularice y desarrolle en una nación. Además que quienes ocupan en la actualidad posiciones de liderazgo, también en su mayoría fueron criados con el auge del cine de género, los videojuegos y cómics, lo que les otorga una visión más completa y desprejuiciada de la creatividad y las posibilidades de la imaginación. Todo lo anterior instala a la fantaciencia criolla en uno de los mejores escenarios que haya conocido nunca”.

“Sí, estoy de acuerdo”, enfatiza Alberto Rojas (AR), La Lanza Rota, “Lentamente se ha formado un “núcleo duro” de autores chilenos que han empezado -cada uno en su estilo- a hacerse un espacio en las librerías locales. Tenemos misterio, algo de ciencia ficción dura, fantasía épica, ciencia ficción metafísica y estupendas teorías conspirativas que no tienen nada que envidiar a algún capítulo de los X-Files. Apellidos como Baradit o Solar ya son conocidos por el público, sólo por mencionar a dos. Y pronto veremos la irrupción steampunk de Sergio Meier con La Segunda Enciclopedia de Tlön. Pero lo más importante es que este espacio ganado está generando dos efectos. El primero es darle la oportunidad al público chileno de acercarse a la ficción a través de códigos más locales, demostrando que Chile -tanto en el presente como en cualquier pasado o futuro hipotéticos- puede ser un escenario válido en términos de ficción. Sobre todo en un mundo digitalmente interconectado como el de hoy. Y de esta forma las editoriales están comprobando que existe interés (y mercado) para este tipo de literatura, lo que espero permita mantener la edición de nuevos títulos en el tiempo. El segundo aspecto es que la sola existencia de este grupo ha permitido rescatar valiosos autores y obras del pasado literario chileno, demostrando que antes hubo un esfuerzo importante en este género. Al mismo tiempo, creo que pronto nuevos autores (hombres y mujeres) van a empezar a sorprendernos con atractivas ideas y propuestas. Esto recién comienza”.

¿Qué distingue a la ciencia ficción que se está haciendo ahora en Chile, de la del resto del planeta. Podemos hablar de una ci-fi criolla?

JB: “Creo que después de los libros publicados y la labor de otros escritores inéditos, como Pablo Castro y Gabriel Mérida, podemos comenzar a hablar de una ci-fi chilena, sin problemas. La idea es ofrecerle al mundo una visión local, que por local es interesante, afianzada en nuestra experiencia territorial, en nuestros mitos y magias. En nuestra realidad de americanos viviendo con la cabeza en Europa y los pies sobre la pachamama. Escribir desde la verdad. Ni indigenismo, ni otra edad, sino algo muy vago que tiene que ver con los ingredientes que nos conforman. Segundo, asumir la multitextualidad, término a punto de sonar anticuado. No puedes seguir guiándote por definiciones de género. Ya no existen fronteras y el mundo es de los exploradores que derriban muros o que sencillamente los atraviesan, porque ya está claro que sólo eran espejismos. En este sentido, lo principal es que hay que experimentar, buscar tan adentro de uno mismo que lo que se extraiga va a ser necesariamente distinto, con la potencia del arquetipo. Como Warren Ellis, Palahniuk, Murakami, y por qué no, como nuestro Bisama. A la literatura chilena le faltan cojones y hambre de infinito, sueño con que los dementes le otorguen un nuevo significado a nuestras letras. Ya basta de escritores jugando a ser newyorkers, películas y libros sobre departamentos de soltero y pequeños dramas so cool and trendies. Parece que el minimalismo de los 90 se les quedó pegado en los corazones: todavía no ven que el futuro ya llegó y es del exceso”.

FS: “No me atrevería a hablar de ciencia ficción criolla, porque para ese rótulo se necesita más que maquinar argumentos con los mitos mapuches o los nazis en el sur, o lo que sea situado en Chile. Tiene que haber una marca muy visible que nos distinga, y no sé si hemos llegado a eso, aunque el interés está. Más allá del cliché todas las historias están contadas, creo que la tradición ci-fi y de fantasía mundial nos lleva mucha ventaja y ponernos a tono a estas alturas nos va a suponer unas cuantas horas extras. Tampoco sé si lo que buscamos es eso, ponernos a tono; quizá el anhelo es simplemente desordenar algunas cabezas y sentar otro camino literario posible, que no sea la bandera del realismo tradicional tan posicionado en nuestras editoriales y tan poco dispuesto a ceder. Tendremos que verlo en el camino. Porque andando se hace, dice la canción”.

AR: “Es un hecho indesmentible que mi generación recibió la poderosa influencia de la ciencia ficción y fantasía anglosajonas, ya fuese estadounidense o británica. Y no sólo a través de la literatura. También hay que considerar la televisión, el cine y los cómics. Todo eso se fue combinando con nuestra realidad sudamericana, hispano-indígena, chilena al fin, encajonada entre la cordillera, el desierto, el océano Pacífico y los hielos antárticos. Esas semillas empezaron hace tiempo a germinar. Y el resultado es un redescubrimiento de Chile como un inesperado escenario de ficción, asumiendo lo que somos. En ese sentido, obviamente es mucho más difícil para nosotros, como chilenos, aventurarnos en la ciencia ficción dura, tipo Arthur C. Clarke. No tenemos una flota de transbordadores espaciales ni hemos puesto un astronauta en órbita. Tampoco vamos a la cabeza del desarrollo de súperconductores ni inventamos robots de última generación ni sistemas operativos capaces de desbancar a Microsoft. Pero tenemos todo para crear ficción de primera calidad. Sí, podemos hablar de una ci-fi con sello chileno”.

A nivel mundial se ha dado una reivindicación de la literatura de género, ¿crees que la buena salud de lo fantástico en Chile representa la respuesta nacional a esta tendencia?

JB: “Honestamente, hasta la publicación de La Segunda Enciclopedia de Tlön, pensaba que Ygdrasil iba a ser un fenómeno aislado, pero entonces viene Meier a desmentirme y se despacha un bombazo notable muy en la línea de lo que creo hay que hacer: visión local para grandes mitos universales. América todavía está naciendo, es tiempo de mitos. Los americanos vivimos en la Edad de Oro, todavía habitando entre monstruos, pueblos exóticos y maravillas. Lo nuestro son los grandes mitos. Creo que la publicación de estas obras y otras responde a la potencia de propuestas originales en un subgénero carente de nuevas ideas, acostumbrada a los lugares comunes (la ci-fi es la literatura de los lugares comunes por excelencia). En ese sentido este género es un campo fértil para la experimentación. La oferta es muy mala y el subgénero aún espera a los autores que la renueven inyectándole mitos y visiones nuevas. Alucinaciones nuevas. Está todo por hacer. La pelota está picando”.

SM.: “Desde mi punto de vista, en este momento la única literatura posible es la de ciencia ficción, esto debido a que expresa la continuidad de la función mítica humana. A nivel mundial, la llamada postmodernidad ha roto con los límites de los géneros y la injerencia de la tecnología en todo nivel de nuestras vidas debe manifestarse obviamente en las artes, reflejando las nuevas preguntas a que mueven los nuevos paradigmas de la ciencia, la política y la religión. Obviamente, los creadores nacionales también tienen mucho que decir, y quizás por su largo aislamiento y emergente posición, ofrezcan una mirada más fresca y original”.

AR: “Sí, a nivel mundial la literatura de ficción y fantasía está viviendo un verdadero estallido editorial. El público está buscando y pidiendo cada vez más obras en ese sentido. Basta ver lo que ocurre con Harry Potter, que a pocos días de que el séptimo y último libro de la saga llegue a las librerías anglosajonas, ya se habla de Tunnels, las aventuras de un niño arqueólogo que descubre una civilización perdida bajo Londres, como su más digno sucesor. Todos los días en todos los países se están editando libros de ciencia ficción y fantasía. Y Chile no puede estar fuera de este fenómeno global. Y libros como Ygdrasil o La Lanza Rota, más que una respuesta entendida como una contraposición a estos éxitos editoriales mundiales, es un nosotros estamos aquí, nosotros también tenemos ficción y fantasía. Y es diferente, distinta, lejana de los grandes polos del desarrollo tecnológico, pero de calidad y tanto o más entretenida que la que se está publicando en inglés”.

La historia de la ciencia ficción nacional esta llena de pequeños hitos, entre los cuales destaca la figura de Hugo Correa. ¿Cuáles son los que ustedes, como autores, rescatan y destacarían?

JB: “No soy un conocedor, pero siempre he defendido Los Sea Harrier de Maqueira, como el mejor libro de ciencia ficción jamás escrito en Chile. Es pura potencia steampunk, mezclada en chianti y mescalina. Renacimiento y Machu Picchu, religión y tecnología de punta. Un canon en sí mismo. Demuestra que la ficción científica puede y debe ser bella, bien escrita, alucinada y extrema. Si hay un antecedente para la futura fantasía chilena, esa brújula es Los Sea Harrier”.

SM: “Indudablemente no deberían faltar nombres como el gran Juan Emar, Enrique Araya, Elena Aldunate, los autores de cómics: Máximo Carvajal, Mario Igor y Alejandro Jodorowsky. Otros escritores como Carlos Raúl Sepúlveda, Myriam Phillips, Raúl Zenén Martínez, Claudio Jaque, Diego Muñoz Valenzuela, Teobaldo Mercado Pomar, Jorge Baradit, Álvaro Bisama, Pablo Castro, Oscar Barrientos y Miguel Serrano (considerándolo sólo como autor fantástico). La mayoría de los autores antes citados, salvo algunas excepciones, han aparecido seleccionados en la completa antología de la Años Luz, de Marcelo Novoa”.

FS: “Sin desmerecer en absoluto el legado de Hugo Correa, creo que ese “canon” lo estamos haciendo recién ahora, más que nada por el rumor a masividad. El nombre de Jorge (Baradit) debería estar ahí, seguro. Es un movimiento que ha tenido poca escala y estrecha cabida, así que si habláramos de real formación, quizá es ahora cuando eso se está haciendo. No cantaría victoria tan rápido para ya hablar de “cánones” e hitos. Que las cosas tomen su curso con tranquilidad, aprovechando el buen momento”.

AR: “Personalmente pienso que quien no puede faltar es Hugo Silva, con Pacha Pulai. Su historia acerca del Teniente Bello, que aterriza en un valle perdido donde todavía existen españoles e indígenas como en tiempos de la Conquista, es simplemente alucinante. Tampoco debiera faltar Juan Emar, ciertamente. Mención aparte merece Alejandro Jodorowsky, que si bien es más conocido por su trabajo en cine y cómics, es un aporte universal a la ficción. Desde El Incal hasta la saga de La Casta de los Metabarones, sus guiones y sus ideas son verdaderos portales a realidades lejanas y fascinantes”.

CHILE 2040

¿Cómo será nuestro país en treinta años más?

JB: “Sin energía. En una primera etapa entregaríamos Arica a los bolivianos a cambio de suministro perpetuo de gas. Pero la inestabilidad social altiplánica llevaría a uno de sus dictadores finalmente a cerrar la llave por razones patrióticas. Entonces Chile le declara la guerra a Bolivia e invade los campos gasíferos apoyado por EE. UU., que ve con buenos ojos que sea Chile el que administre un recurso tan estratégico. La creciente demanda nos llena de proyectos bizarros para generar electricidad. A los presos se les obliga a pagar su deuda con la sociedad en kilovatios, en enormes galpones llenos de ruedas de hámster gigantes. El desierto de Atacama se vuelve el “nuevo medio oriente” de la energía solar. El sur de Chile se llena de comunidades extranjeras. La Patagonia se declara provincia autónoma con el apoyo de la ONU, que instala bases militares y un búnker presidencial, con objetivos desconocidos. Los glaciares y ríos torrentosos de la región de Aysén se vuelven de importancia estratégica geopolítica. Argentina desempolva viejos desacuerdos limítrofes. Pero nuestro país recibe el apoyo de Washington y se consolida como “el Israel de América Latina”. Se instalan puestos militares norteamericanos en todos los puntos relevantes para la producción de energía en el país. Se sientan las bases para el futuro proyecto “Red Integrada Vulcanológica” RIVu, para la explotación del que será eventualmente el principal ingreso del país: la energía geotérmica. Washington declara a Chile, país estratégico para sus intereses nacionales y establece un cordón de protección militar en torno a él. El país, descontento, lleva a un socialista al poder que intenta nacionalizar las plantas geotermales. Washington actúa sigilosamente y en tres días interviene el país y se instala en La Moneda con la figura de “asesor permanente”. Comienzan las actividades de insurgencia y, por supuesto, las de represión. Iraquización de Chile. Propuesta para convertirse en el estado 59 de la Unión (USA). Una facción oscura sale de la clandestinidad desde la Antártida, la declamación de sus objetivos se hace desde la base adelantada en el archipiélago de Chiloé. Llaman a la construcción de un nuevo Chile. Proponen llevar al país completo a través del tiempo hacia una nueva ubicación con tecnología nunca antes vista, al año 1938, para comenzar de nuevo como un polo mundial, con todas las ventajas… y con una sola condición”.

AR: “Chile en 2040 será un país muy distinto al de hoy. Posiblemente debido al cambio climático nuestra geografía habrá cambiado bastante. El deshielo polar subirá el nivel de los mares y comenzaremos a perder costas e islas. En términos urbanos ciudades como Santiago terminarán fusionadas con Valparaíso y Viña, creando megaciudades. Y con el aumento de las temperaturas también iremos poblando cada vez más la cordillera. Posiblemente Concepción también será un meganúcleo urbano en el sur del país. ¿Y cómo serán? Debido a la crisis energética continental Chile habrá desarrollado un exitoso programa nuclear para la generación de electricidad y calor. El combustible fósil no habrá desaparecido totalmente, pero irá en franca retirada. Nuestros vehículos personales y de transporte público no volarán todavía, pero funcionarán a base de hidrógeno, reduciendo la contaminación a niveles nunca vistos. En términos sociales los chilenos usarán un único dispositivo que servirá para comunicarse con cualquier punto del planeta con audio y video, permitirá conectarse con las principales bases de datos mundiales y controlar la casa a distancia. También se habrá consolidado gracias a las telecomunicaciones holográficas de alta resolución. El Servicio de Registro Civil habrá sido reemplazado por el Registro Nacional de ADN, cuya información será complementada con el uso masivo de la retina como elemento de identificación personal. La usaremos para comprar, viajar al extranjero, etc. Hablando de ADN, en esa fecha posiblemente Chile esté debatiendo algún proyecto de ley que permita -o no- el desarrollo de tecnología para diseño neonatal, que permitirá a los padres elegir las características genéticas y físicas de sus hijos. Y que obviamente ya estará disponible en otros países. Esto con los años podría ir creando un nuevo segmento social que tendrá en común ser la primera generación “diseñada a pedido” y no producto del azar genético. Por lógico, ellos irán perfeccionando su propio cuerpo con implantes, creando además hijos todavía más “perfectos” y cada vez más diferentes a sus abuelos. En paralelo, ser “pobre” será sinónimo de no tener acceso a esas nuevas tecnologías disponibles. Utilizarán “tecnología obsoleta” como pantallas planas, computadores con chips y combustible fósil. Para ese entonces Chile se habrá convertido en un país con gran población asiática, producto de las masivas migraciones desde China y el sudeste asiático. Será común que toda familia chilena tenga uno o más parientes asiáticos, todos con estudios de posgrados en áreas de desarrollo ligadas a la robótica y la genética. Eso será de gran ayuda para Chile, ya que nos pondrá en la carrera por desarrollar patentes farmacéuticas o nuevos productos y servicios de uso mundial. En términos sociales veremos la aparición de movimientos secesionistas pascuenses, que intentarán sumarse a nacientes confederaciones de islas y archipiélagos en el Pacífico, cansados de la indiferencia continental.

Álvaro Bisama, Caja Negra: “El 2040. Imposible saber si va a quedar algo en pie. Las imágenes son de una película de desastre: Valparaíso inundado, Chiloé borrado del mapa, Santiago como una versión de México DF sin historia, enredos de lenguas, nuestras versiones de porno virtual, teléfonos imposibles que sirven para inquietantes fines sexuales, toneladas de retórica populista de ida y de vuelta. Lo que veremos por televisión: programas de homenaje a Don Francisco que ha sido criogenizado, los mensajes políticos de Hugo Chávez con cuerpo de robot, películas de acción protagonizadas por el Papa, asesinos en moto que buscan el desierto de Atacama, avisos de guerras relámpago que duran un parpadeo del ojo. Y Pinochet. Se me olvidaba: Pinochet como el tema de un largo poema épico y laudatorio de un candidato al Premio Nacional. Un candidato de provincia con buenos contactos con el populismo/fascismo de moda por esos días que probablemente, por qué no -el pasado o el futuro siempre son algo borrosos desde el ahora- lo gane.

5 comentarios en “Ciencia ficción: El Futuro de Chile”

  1. Excelente artículo. No lo había leido entero cuando apareció en la Muy.

    Una duda. Donde dice “Theodore Sturgeon en Más que humano”, ¿no debería decir “Richard Matheson en Soy Leyenda”?

  2. Me extraña que no nombren al autor Teobaldo Mercado, creador prolífico y talentoso de la Ciencia Ficción Chilena. ¿ Porqué este olvido inaceptable, si estamos hablando entre gente seria del tema ?

  3. ¿Y qué hay de autores como Alfredo Juillet, Juan Antonio Bley, Miguel Lagos Infante, Nestor Flores, Miguel Vargas Román, Marcelo Fuentes o Claudio Romo? ¿También deberían levantar alzar su voz e increpar las razones de su exclusión? Por ejemplo, yo diría que Juillet es dueño de la obra de CF más longeva de este país, por paliza. Pero ¿quien lo ha leído? Yo ni siquiera sé donde encontrar sus textos, y en sus multitudes de webs, blogs y ezines bilingües naufrago miserablemente.. ¿es adecuado entonces, me pregunto, hablar de ese autor en un medio de alcance nacional, considerando que sería absolutamente imposible encontrar cualquiera de sus obras en librerías masivas?

    El punto es que en la confección de cualquier lista necesariamente hay que poner un límite y, para evitar extenderse hasta el infinito, se debe señalar lo más representativo, reseñado, consagrado, consumible, famoso, pop… whatever. Eso es prerrogativa del autor quien firma la nota.

    En esa lógica, no hay olvidos inaceptables, hay priorización. La lista que da Francisco, en mi opinión de cronista del fandom, da buena cuenta del state of the art de la CF actual.

    saludos

    R.

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