Ciudadanos

Desde 1957, los notarios públicos han sido proporcionados por el Estado. Llegan a sus despachos vestidos de gris, no sonríen y siempre portan una calculadora mecánica. Se juntan en un estacionamiento subterráneo todos los 8 de octubre. Cada uno con su aparato anacrónico. En el interior de las máquinas hay un organismo. En silencio extraen las carnes. Chorrean sangre y bilis. Un notario -el anciano del grupo- ensambla los tejidos. Se arma una anatomía enorme, teratológica. Se escuchan unos respiros ásperos. La figura se alza. Mide casi tres metros. Estira los brazos. Todo está listo. Medio siglo. Es el hijo número cincuenta. El anciano abre una puerta lateral. Los otros cuarenta y nueve aguardan a su hermano. Están hambrientos. Una brisa agradable cruza la noche santiaguina. Trae con ella el aroma de sus ciudadanos.

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