Requiescat

A los 91 años fallece el ex-dictador de Chile, Augusto José Ramón Pinochet Ugarte, en el Hospital Militar. Sus pocos adherentes van a pagar sus últimos respetos, mientras que unos pocos fanáticos congregados en la puerta desde su ingreso lloran desconsoladamente. Puede verse entre ellos a un niño de dos años vestido de militar, con una chapita de los mejores años del anciano dictador.

Los prolongados esfuerzos por llevarlo a juicio por sus desfalcos durante su prolongado mandato fallaron miserablemente. Desde una micro, un joven ingeniero le dice a su padre, con una sonrisa: “Cuando llegue le van a decir Te estábamos esperando desde el ’86, pues hombre. Te tomaste tu tiempo.

Una anciana con una bolsa de pan se detiene en la intersección de dos calles de La Victoria y refunfuña: Qué juicio histórico ni nada; ese ya se hizo, reanundando su caminata; el pan se enfría. En Europa los exiliados copan las agencias de viajes queriendo regresar a Chile a asistir a los funerales (sólo para asegurarse, dice uno).

Tanto va el cántaro al agua que al final se rompe, le dice a su hijo una doctora en alusión a los repetidos escapes del dictador en cuanto había señales de posible juicio. En el Partido Comunista ni siquiera se destapan champañas.

Ancianos miembros de la UDI y Renovación Nacional lloran abrazados en los pasillos, mientras que unos más jóvenes e impetuosos analizan la contingencia, ya que no tendrán que esconder simpatías inexistentes ni cargar con lastres odiosos. Ahora sí, piensa uno, podremos hacer lo que queremos sin tener que defender lo indefendible.

Un visionario en un café, unos días después, se pregunta mientras lee los diarios ¿Qué sucederá ahora con la política? ¿Progresaremos? El futuro no está escrito.