Abuelito, dime tú

Tras su irrupción en el funeral de su abuelo, el capitán fue acompañado por la Policía Militar a una celda, donde entregó su uniforme gris, cambiando a la tenida verde quirófano usual. Una vez a solas, lloró por la inmensa deshonra recibida, él, ¡un capitán! detenido por decirles unas cuantas verdades a esos idiotas de la tele.

Claro, planeaba despedir al abuelo solamente, pero de repente se sintió invadido por la furia y empezó a despotricar contra los comunistas del gobierno, contra la vergüenza de que el presidente, si, el más grande presidente de este país no reciba honores como dios manda.

Lloró amargamente, no tanto por la muerte de su tata, que hace tiempo se veía venir, sino por la ingratitud de esos pobres tontos que hoy disfrutaban del metro, de las tarjetas de las tiendas, de los autos nuevos, de buenas casas, ¡por dios! ¿Cómo podían ser tan ciegos de no ver que estaban mejor, mucho mejor? Ya quisiera verlos bajo una dictadura marxista-leninista, lo que sea que eso signifique. Ya quisiera verlos a todos haciendo colas.

Por suerte la mayoría de los chilenos, los chilenos decentes, de buena familia, los chilenos normales pues, tienen los ojos bien abiertos, y ven la obra trascendente de su tata, ¡qué estadista que resultó ser! Un visionario, pues hombre. La historia lo dejará bien puesto en su sitial, al lado de Silva Renard, al lado de los grandes.

En un acceso de odio hacia los ingratos comunistas que a esa hora celebraban la muerte de su abuelito, probablemente con un asado y con vino de cuarto enjuague y con música Sol y Luna, una picantería, un asco, se mordió los puños, se golpeó contra las paredes, y en un instante de furia supina, azotó su cabeza contra la pared.

Su abuelo estaba ahí, nieto, le dijo, mijito, levántese, mire que indigno de un soldado, llorar como las mujeres. Si usted está viendo esto es porque estoy muerto, y usted será de gran ayuda para lo que quiero hacer hoy. ¿Se siente bien después del golpe? No se vaya a haber hecho daño, mijo.

Un clic claramente audible se produce en la celda y Augusto Pinochet III empieza a convulsionar en el suelo, salpicando la sangre del corte en la frente. Se le relajan los esfínteres y un sonoro pedo suena en la celda mientras se orina como recién nacido. Los ojos se le ponen en blanco mientras el microdot implantado en su cerebro al nacer elimina todos los rastros perceptibles de Augusto III, trazando los caminos neurales que pertenecían a su abuelo hace algunos años, cuando empezó el copiado, aprovechando las frecuentes visitas al Hospital Militar.

El alférez de guardia lo descubrió aún convulsionando en el suelo de la celda, con un corte cubierto de sangre coagulada. Rápidamente lo ladeó y tras comprobar que las convulsiones se iban espaciando, lo cubrió con las mantas del espartano jergón militar y corrió a dar la voz de alarma.


Al ser dado de baja, unos días después, el joven Augusto, con una sonrisa, dio una declaración a la prensa iniciando con una frase conocida por muchos: “Señores, señoras; agregados de la prensa nacional y extranjera; chilenos todos…”

2 thoughts on “Abuelito, dime tú”

  1. Creo que esto es lo tuyo, ACO, la política-ficción. Mezclas muy bien la realidad con la ucronía. Aún cuando lo fantástico y ficcionesco aparecer hacia el final en forma sutil, logra impregnar todo el texto con el tufillo ucrónico. redacción irónica y bien construida, insisto que esto es lo tuyo. Olvídate de los fanfics de SW y escribe sobre política. bai

  2. Me encantaría escuchar otra historia de Pinochet Molina después que fue de baja es interesante, ademas hay imaginación de sobre eso es cierto, creo que estuvo desempleado desde diciembre hasta setiembre de 2007.

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