Lucía de Chile

Gabriel M., joven aspirante a escritor de ciencia ficción, sueña la siguiente pesadilla: en un Chile diferente al Chile real (o sea, en una ucronía) todos odian el nombre Lucía, porque les recuerda a la gran vieja culiá, la esposa siútica de Pinochet, objeto de odio y desprecio de absolutamente todos los sectores. La odia la izquierda por ser la esposa del dictador, la odia la derecha por ser una señora picante con ínfulas de gran dama. En el sueño, en las calles, Gabriel, que en el sueño es un periodista de ultraizquierda, avanza desquiciadamente preguntándole a la gente qué opinan del nombre Lucía, si les gusta, si lo encuentran bonito. “No” responden todos, “suena como a nombre de vieja culiá”.

Gabriel despierta y vuelve a su cotidianeidad en la línea temporal que le corresponde, recuerda tranquilo que la esposa del dictador se llama Michelle, y que para todo el mundo Lucía es un nombre bonito, musical, tenue. Esto es a fines del 2005, le jode un poco que Piñera haya ganado las elecciones presidenciales, pero comparado con la pesadilla todo mal le parece menor. Michelle Hirirart de Pinochet está en esos días peleando con la justicia, y Gabriel decide no pensar en la zozobra general del país (una zozobra brillante como el plástico de las tarjetas de crédito, un sonriente país de esclavos de los mall). Decide pensar sólo en quien la aguarda junto a su cama. La mira.

Allí, en su cuna, está Lucía, su hija, nombrada sentimentalmente así en honor a la Maga, el personaje de Cortázar, autor con quien Gabriel se ha peleado y reconciliado varias veces. Contemplando las mejillas sonrosadas del bebe durmiendo y los aritos de oro en las diminutas orejas, Gabriel M. piensa en otra ucronía, una ucronía novelística: en el futuro su hija se vuelve una hermosa joven de pelo castaño liso, viaja a París, y él tiene un nieto llamado (o apodado) Rocamadour, y el nieto está a punto de morir un día de conversaciones intelectuales de alto nivel, pero algo pasa, Oliveira se da cuenta de que la enfermedad, duda, y en ese momento las cosas se resuelven de forma contraria a la historia oficial: la Maga lleva a Rocamadour al hospital, Oliveira la acompaña y aprende una gran lección vital, se vuelve mejor persona. No mucho mejor, pero aguanta junto a Lucía, la hija de Gabriel M., aguanta contra viento y marea, contra el llamado y la caída.

En su línea de realidad, Gabriel M. se queda varios minutos mirando a Lucía, olvidado de la ucronía literaria futura, pensando que seguramente su hija no tendrá el pelo liso ni castaño, o quizás sí, pero que será otra cosa, cualquier cosa excepto lo que él quiera que sea, y que eso lo hará íntimamente feliz. Íntimamente: afuera Piñera vocea su campaña presidencial, otras personas sueñan desesperadamente ucronías donde Soledad Alvear ha ganado las elecciones y las cosas pueden seguir siendo relativamente decentes, pero a Gabriel M. no le importa nada: nunca ha sido bueno para las noticias ni para la historia. Sí para las palabras: piensa en la palabra ucronía y sabe que se aplica para la historia de un país entero, de grandes masas de gentes. Sabe que no es suficiente, que en ese momento hay miles de personas teniendo ucronías personales donde sus asuntos personales van peor (para sentirse contentas) o mejor (para tener esperanza).

Gabriel M. toma a Lucía, que llora un poquito como lloran todas las guaguas del mundo, y al mismo tiempo, de una manera totalmente única, y tras diez minutos más de sólo pensar en el cuerpito que tiene en sus brazos, logra pensar en otra cosa: en la pesadilla de la que despertó, su nombre era Gabriel M., pero la M. era de Mérida, un extraño apellido igual que el nombre de varios ciudades en España y Latinoamérica, y Gabriel no tenía a Lucía, tenía una carrera literaria realista y una neurosis que la alimentaba constantemente, tenía amigos que escribían una literatura de horrores y abismos, y tenía mucha tristeza. “Me llamo Gabriel Medrano” se repite, paladeando su nombre real para sentirse más concreto y más despierto. Y se pregunta, antes de despertar a su reciente esposa (y la cámara no la muestra) si su afición por Cortázar, un autor bueno pero menor del boom latinoamericano, sería igual de fuerte si no llevara el nombre de uno de sus personajes. Gabriel Medrano, el protagonista de “Los Premios”, la novela más importante de Julio Cortázar. Decide que sí, que cortázar le gustaría igual aunque se llamara Gabriel Mérida o cualquier otro nombre ridículo.

Gabriel Medrano dice un nombre de mujer, avanza con Lucía en brazos, la cámara gira hacia la cama pero se va rápidamente a blanco. En el vacío, antes de los créditos, suena un último pensamiento: “en mi ucronía las cosas no eran tan cursi, mi vida era más arriesgada y sórdida, pero prefiero lejos la realidad”.

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