por Jorge Baradit

Jueves 25 de Mayo y salgo raudo de la pega. Voy al lanzamiento del libro AÑOS LUZ, de Marcelo Novoa, el primer acercamiento serio a la historia de la ciencia ficción chilena.

Ese día amenazaba lluvia y la enkeli, mi adoradísima esposa, se aferraba con más fuerza que otras veces a mi chaqueta de cuero, mientras cruzábamos Santiago en dirección a la Biblioteca. No era un arranque de súbito amor extra sino el riesgo real de sacarnos la cresta. Moto y suelo húmedo nunca han combinado bien.

Los adoquines mojados reflejan la luz de manera tal que obran el milagro de hacerte sentir volando a través de alguna calle parisina, transmutando nuestra sucia capital en un acuario lleno de reflejos transparentes y temperaturas templadas. Súmale los mp3 modulando la realidad dentro del casco, los 600 cm3 de la moto y tienes el espejismo que venden todas las películas: la felicidad no es más que una escena bien producida.

La lluvia, el enorme cajón neoclásico siútico y pretencioso, reflejo de un Chile de antaño ansioso y afrancesado, se ve imponente; rodeado de edificios acristalados sin gusto a nada, reflejo de un Chile que ahora quiere ser agringado. Las escalinatas, los enormes portones de pino queriendo parecer nogal, el bronce, el mármol, los corredores amplios y el olor a burocracia estatal. El simulacro de querer ser Europa en una colonia rasca a miles de kilómetros de distancia. El portero con rostro indígena. El mural de un pintor que pensaba que ser creativo significaba ser el primero en llegar a Chile con la última novedad, la escultura del artista que pensaba que nuestros próceres también se merecían algún oscuro tipo de penosa inmortalidad en ese mausoleo de la cultura que es nuestra pomposa Biblioteca Nacional.

Segundo piso, a la derecha. Sala Ercilla (Don Alonso, otro simulador descarado inventando un Chile que no existía). “Jorge, dónde estabas! Ya empezó todo”, me dice la Jovana Skármeta. Entro. Sala llena. “La raja”. Miro a la testera y veo a Marcelo, un poco tenso; a Sergio Meier, gentlemen decimonónico y perfectamente afeitado como ya pocos saben hacerlo; y a un diminuto señor de avanzada edad que se frotaba las manos con una mirada de cansado y de “por qué no estoy en mi camita viendo las noticias” tremenda. Por la cabeza se me cruza como un destello la posibilidad de que ese caballero sea…no… imposible… él se murió… al menos eso dicen todos… aunque… No, no puede ser.

La sala Ercilla es preciosa. Parece la locación perfecta para un cuento steampunk o para filmar una película que se supone transcurre en alguna biblioteca londinense. Siempre “se supone”. Las ventanas tampoco son ventanas. El simulacro de un país acostumbrado a creer que “pareciendo” la tarea está hecha.

Luis Saavedra nos hace una seña desde la primera fila y nos sentamos a pelusear con la enkeli junto al glorioso mártir, al que sólo le falta morirse para ser canonizado.

Marcelo Novoa abre tímidamente los fuegos, se le ve menos ganoso y más recatado que en Valparaíso, donde se hizo el primer lanzamiento; comenta algunos de sus pensamientos favoritos en torno al tema y le cede la palabra a Sergio Meier. Nuestro personaje steampunk saca un tono de voz acorde con su imagen decimonónica y se embarca en una historia personal que bien puede ser leída como la historia de cualquier fanático de la cf nacional, es decir, un náufrago golpeado y abandonado con un cajón de libros en una isla demasiado lejos de todo. Sergio está exultante, es la catarsis de años de encierro y la sonrisa sólo es frenada porque tiene orejas. Marcelo retoma el control de la mesa y le cede la palabra al viejito. Lo presenta como a una leyenda viviente, dice que publicó en una revista norteamericana, que Bradbury habría hecho un buen comentario sobre él, que es el padre de la Ciencia Ficción chilena profesional, dice que ese viejito es Hugo Correa. El aplauso es enorme y de pronto ocurre algo: el viejito mira al público con estupor, luego baja la vista y sonríe ante los vítores. Creo que siente que está recibiendo reconocimiento con 40 años de atraso. Su sonrisa es de enorme satisfacción. Hay una abuelita entre el público que lo mira como se mira al hijo en el día de su graduación. Es el secreto develado, la retribución de una injusticia. No sé. Un momento muy bonito.

Lo cierto es que el ancianito es un poco errático, nos habla desde los años cincuenta, nos revela recetas revenidas y hace un par de afirmaciones que hacen doler algunos estómagos. Pero la magia triunfa. Es Hugo Correa. Es chiquitito, tiene un problema articular en una rodilla que le dificulta trasladarse, es un personaje. Es Hugo Correa hablando desde el pasado. El ninguneo y la indiferencia criolla han obrado como una máquina del tiempo y sentimos lo mismo que debería sentir un estudiante de física al que se le aparece ante sus narices Einstein o Heisenberg, o lo que debe sentir un futbolista viendo entrar a Mané Garrincha con esas sonrisas que iluminan las habitaciones. Es nuestro héroe personal y no puedo evitar tomarme una foto con él al final de la velada.

Marcelo toma nuevamente la palabra y habla sobre nuestras deudas, lanza un puñado de nombres de los que sólo retengo un par… que luego también olvido. Bien, para eso elaboró este libro el bueno de Novoa, para que la memoria de nuestro género no dependa de lesos como yo.

Miro alrededor y veo algunas caras conocidas. Pancho Ortega en un rincón (se le ve cómodo en un rincón), Gabo, la naty y la sole (los “pendejos” del club) se ríen en la última fila exhibiendo su desprecio cool hacia tanta ñoñería. Marcelo López y Sergio Amira en la puerta, como directores de orquesta espiando la reacción del público. La pelada nevada de Omar Vega tan llena de fechas y nombres, símbolo de otra época donde no existían los Megabytes y la información debía ser clasificada y procesada al interior del encéfalo de unos pocos talentosos.

Marcelo nos invita a comenzar a escribir los cuentos que integrarán, quizá en cien años más, el nuevo mapa estelar de la ciencia ficción chilena y cierra un lanzamiento más emotivo que potente, pero indudablemente fundacional. Un milestone, como dicen los gringos. Nuestra propia carta de existencia.

Cuando salía del lugar no podía dejar de pensar en la sensación que me había recibido al entrar a la Biblioteca Nacional: simulacros, nada más que simulacros. Y una sonrisa se me dibujó de inmediato, porque entendí que en particular este subgénero tan vilipendiado, tan venido a menos, tan difícil de matar, es un vehículo privilegiado para dejar de intentar “parecer” otra cosa que no somos y comenzar a dibujar y previsualizar todo aquello que queremos ser de ahora en adelante.

Gracias Marcelo, sin memoria no hay futuro.

por Jorge Baradit