por Sergio Alejandro Amira

El viernes 28 de abril de 2006 mientras iba caminando por Pedro de Valdivia rumbo a la Universidad donde gratamente ejerzo de profesor recibí una llamada a mi celular. Era Rodrigo Mundaca que entusiasmado me recomendaba adquirir cuanto antes El Mercurio ya que en su suplemento literario incluía una entrevista a Marcelo Novoa a propósito del lanzamiento de su antología Años luz. Mapa estelar de la Ciencia Ficción en Chile. Apenas mi camino se cruzó con un kiosko hice precisamente lo que rmundaca indicaba y complacido leí la entrevista a Marcelo, al que conozco no hace mucho pero a quien he llegado a apreciar considerablemente.

Entrevistado por María Teresa Cárdenas, el amigo Novoa (Poeta y padre de familia en primer lugar, profesor de Castellano y licenciado en Literatura en la UCV, presentador, prologuista, jurado, editor, crítico literario, guionista de cómics, “facilitador cultural”, confidente de escritores rechazados y escritor de ciencia ficción “para más adelante”) expresa que el deseo de realizar una antología de cf le rondaba desde que en 1988 leyera la de Rojas-Murphy ya que esta obra contaba con muy pocos autores, los temas eran “muy fomes”(sic) e incluso faltaba Hugo Correa. El amigo Novoa se preguntó: “¿es ésta toda la ciencia ficción que existe en Chile?” y comenzó a interrogar a sus amigos conocedores del género entre los cuales de seguro estaba Sergio Meier (con quien, tras el lanzamiento de Años luz en Santiago, tuve la oportunidad de compartir una fascinante charla sobre el maestro Lovecraft, el hereje Derleth, Yog-Sothoth, Nyarlatothep y los demás Primordiales).

El caso es que tal y como cuando un niño levanta una piedra o un tablón depositados sobre la tierra húmeda comenzaron a surgir ante el sorprendido amigo Novoa un sinnúmero de nombres y obras que al igual que los insectos y lombrices habrían regresado al fértil pero oscuro amparo de sus escondrijos de no mediar la determinación del poeta por cazarlos y exhibirlos.

De la misma forma en que el amigo Novoa al leer la Antología de cuentos chilenos de Ciencia Ficción y Fantasía de Rojas-Murphy se preguntó si acaso esa era toda la ciencia ficción chilena, algún lector despierto de Años luz podrá formularse la misma inquietud pese a lo exhaustivo y extenso que es este libro en comparación al citado anteriormente. Y es que como el mismo Marcelo mencionó durante los lanzamientos de Años luz (tanto en Valparaíso como en Santiago), muchos escritores quedaron fuera del libro y a ellos, a los escritores ignorados “injustamente” o a aquellos en ciernes, el amigo Novoa invitó a realizar su propia antología. Porque permítanme decirles que no hay nada de justicia en una antología o en una colección de cuentos que reúna la obra de diferentes autores, y no tiene por qué haberla tampoco.

Una antología es primeramente un gesto. Baste recordar la notable Antología del verdadero cuento en Chile (1938) donde Miguel Serrano, además de publicarse a sí mismo, incluye básicamente a sus amigos y camaradas. Cabe recordar también al respecto la antología poética de Eduardo Anguita y Volodia Teiteilboim que apenas adentrados en la veintena de edad no sólo se incluyen ellos mismos, sino que excluyen a poetas como la Mistral, por ejemplo (no hay nada más impresentable que antologarse a sí mismo dice Alvaro Bisama en su columna de la Revista de Libros).

Permítanme detenerme un momento en la antología de Serrano que el amigo Novoa reconoce como una de las tres obras que guiaron su camino. En la Antología del verdadero cuento en Chile Serrano pretende asentar un axioma que señalaría al género cuento como la forma precisa y exclusiva del ser chileno y otorga al cuento la jerarquía de una escritura sagrada. Tal y como señala Eduardo Anguita (y teniendo en cuenta toda la exageración del aserto) esta declaración encierra una voluntad metafísica por fundar una suerte de nacionalismo del espíritu, mítico y místico, inspirado en las revelaciones del “paisaje anímico” de nuestra tierra.

Como queda ejemplarmente demostrado en la antología de Miguel Serrano un proyecto de este tipo no sólo “puede”, sino “debe ser” antes que nada un gesto del recopilador y en la medida que se asuma como tal es impermeable a toda crítica debido a la presencia o la ausencia de fulano o zutano. De hecho y como anécdota puedo comentarles que yo no estaba considerado dentro de la selección que para “The Next Generation” realizó el amigo Novoa, pese a contar con un segundo y tercer lugar en dos certámenes chilenos de cuentos de cf, haber sido seleccionado para la antología Visiones en su versión 2005 por la Asociación Española de Ciencia Ficción Fantasía y Terror y poseer cuentos en varias publicaciones de Internet como Aurora Bitzine y NGC 3660 (y para qué hablar de TauZero). De hecho, si usted toma la revista Qué Pasa #1800 (8 de octubre, 2005) y va a la página 56 podrá leer en un recuadro sobre el “fándom local” (inserto en una nota dedicada a Jorge Baradit) lo siguiente: Aunque no está incluido en la antología, otro que ha logrado traspasar las fronteras es Sergio Amira (32). Licenciado en artes visuales, se declara admirador de la saga “Duna” de Frank Herbert y de Dan Simmons…

La antología a la que Yenny Cáceres alude en su artículo, por supuesto, no es otra sino Años Luz del amigo Novoa, mencionado también en la nota junto a Luis Saavedra, Pablo Castro y Gabriel “Ultrón Pospu” Mérida.

No puedo negar que la omisión la tomé como una afrenta (no soy un borg insensible como rmundaca), sobretodo al ver que prácticamente todos mis amigos y camaradas de generación estaba incluidos. ¿Por qué yo no estaba considerado?, simplemente porque cuando Marcelo arrojó su red en aquel mar que recién estaba conociendo yo nadaba a unas cuantas leguas de distancia. Pero mis buenos amigos Jorge Baradit, Pablo Castro y Luis Saavedra lo convencieron de incluirme y fue así como terminé figurando en Años luz aunque por poco y quedara fuera.

Este punto de quienes quedan dentro y quienes fuera es esencial en toda antología y hay muchas que son más célebres por sus omisiones que por sus inclusiones. Basta recordar al polémico El canon occidental de Harold Bloom (1930) que desde su cátedra de Yale asistió al derrumbe de la Nueva crítica (versión norteamericana del formalismo literario) y elaboró su propia interpretación del posestructuralismo (sacralizadora y neorromántica) para avocarse luego a los “estudios culturales”.

Bien hace Bisama al comparar las antologías con las bombas de racimo ya que …hasta la más académica de las compilaciones ha provocado una que otra herida en la piel de los autores nacionales. También concuerdo con él cuando asevera que …nuestras mejores antologías literarias son aquellas que hacen de sus imperfecciones un ejercicio de estilo capturando estados de ánimo, consignando errores o vanidades y valentías para la posteridad.

Por supuesto que este asunto de las inclusiones y exclusiones de obras y artistas no sólo se remiten al ámbito literario. Cabe recordar que yo soy pintor y no sólo desde esta disciplina es que planteo como escritor, sino que también es de allí donde se me vienen primero a la cabeza la mayoría de mis referentes. ¿Podrá alguien hoy en día comprender la ruptura, el desafío, la rebelión que significaron los pintores impresionistas durante la segunda mitad del siglo XIX, por ejemplo? Creo que no. A nuestros ojos contemporáneos el arte impresionista es “bonito” e incluso “decorativo” pero situémonos en el contexto en el cual esta tendencia germinó.

Durante el siglo XIX el principal medio por el cual los pintores conseguían aceptación era a través de los Salones o Exposiciones Nacionales y el no ser aceptado en un Salón suponía la marginación y el fracaso. La decisión de incluir o excluir las obras competía a los jurados formados por autoridades académicas cuyos criterios se basaban en las tradiciones más conservadoras por lo que rechazaban las obras que supusiesen una ruptura con el arte oficial. En 1863 se organizó una exposición con las obras que el jurado no había admitido. A esta exposición se la llamó Salón de los rechazados y entre los artistas allí expuestos se encontraba nada menos que Manet. Algunos años más tarde, en 1874, el Salón de los rechazados da origen a la primera exposición impresionista con Monet, Cézanne, Renoir y Pissarro, entre otros.

¿Quién es el Manet de Años Luz?, ¿Quiénes los visionarios que escaparon a la exhaustiva búsqueda del amigo Novoa?, ¿quiénes serán los grandes ausentes de las próximas antologías a ser publicadas?

Esas son las preguntas que ansioso espero ver respondidas para eventualmente armar mi propia antología que llevará por título (obviamente) El Salón de los Rechazados. Editoriales interesadas en este proyecto ya saben donde ubicarme.

©2006, Sergio Alejandro Amira