Hoy es sábado. Anoche me reuní con algunos amigos y al llegar de regreso a mi casa encendí la televisión. Luego de unos minutos, comenzó una nueva serie de animación para niños en el maravilloso horario de las 11:30 de la noche, horario imbécil para transmitir una producción infantil o la decisión genial de un Canal 13 que sabe algo que nosotros no. En fin, me encontré nuevamente frente a la maldita sensación de siempre: condescendencia. “Es buena…para ser chilena”. Esa sensación que se arrastra desde que tienes memoria. La maldición de un país nuevo y pequeño que tiene que ponerse al día con cada puto género y de las maneras más desastrosas e indignas posibles: nuestro primer misil, el RAYO, con carcasa de cholguán; nuestro primer (y único) piloto de fórmula uno, Eliseo Salazar, pasando vergüenzas cada domingo; nuestro primer satélite, el FASAT ALFA, chingado como cuete vieja; nuestra primera película de terror, ANGEL NEGRO (y la larga lista de primicias cinéfilas buscando desesperadamente agotar los géneros buscando generar alguna expectativa, hasta el puto día en que estemos estrenando “la primera película chilena de enanos pornogóticos en la Luna”); ni hablar de nuestro primer artista de Hollywood, Cristián de la Fuente. Desde siempre tengo esa sensación asquerosa saliendo desde lo más profundo de mi formación judeocristiana, que me dice “se compasivo, en Chile es difícil hacer cosas”, luchando sangrientamente contra mi Pepe Grillo sado-gore que me insulta y me cachetea diciéndome “Maldito blandengue, se objetivo… ¡la huevá ES MALA y punto!

¿Cómo solucionar este punto? ¿Piensa globalmente, pero reseña localmente?

Además de todo esto, debo decir que esta reseña está profundamente desviada y debo advertir que será más subjetiva aún de lo que cualquier otra lectura es de forma natural. Y la razón ya es inalcanzable para quienes no hayan sido uno de los cien y pico que estuvimos ese jueves de abril ahí, en la presentación oficial del cómic y frente a los autores, Fitomanga y Mario Markus.

Marcos Borcoski (Fitomanga), es un antiguo prócer del cómic chileno y quizá el primero en rescatar un género que hoy está tan enquistado en el inconsciente de los nuevos chilenos como el Playstation, Internet o los tracklist de cinco mil canciones: el manga. Desgraciadamente, al menos en términos técnicos, no parece haber otro dato trascendente que ese en su lista de virtudes. Su presentación fue titubeante, nerviosa e irrelevante para el análisis.

Distinto fue el caso de Mario Markus (ilustre visita, venida directamente desde el Instituto Max Planck, Alemania). Un verdadero tótem académico tan entusiasmado con su hijo editorial (todos encontramos bello a nuestro propio hijo) que fue incapaz de no contarnos toda la historia…si TODA, en detalle y sin contemplaciones. Aquí me detengo para explicar por qué soy incapaz de ser medianamente imparcial. Me resultó tan desagradable la actitud de Mario Markus durante su presentación, que todavía tengo un gustito raro guardado en algún lugar de mi memoria. El primer tercio fue muy didáctico y entretenido, era escuchar de primera fuente noticias acerca de la teleportación sin que el tipo estuviera vestido con traje de “la federación” y una fake “faser” colgando del cinto. Pero luego se hizo insufrible, vinieron las preguntas y afloró el “profesor” incapaz de ser amable con la audiencia que había venido a apoyarlo, incluso grosero al calificar de poco inteligente alguna pregunta y de sin importancia a otra. Lo peor vino cuando zanjó violentamente y sin posibilidad de respuesta, la incógnita más interesante de su tesis: “qué ocurre con el alma en una teleportación”. El sencillamente se negó a cualquier diálogo al respecto diciendo que de las muchas hipótesis posibles él había elegido una y punto, y que no tenía sentido discutir más porque el tema era indiscutible. Se acabó, uno de mis amigos se paró y se fue, yo me crucé de piernas y me puse a mirar las moscas. Un representante de la editorial J.C. Sáez, miraba para todos lados buscando el momento justo para darle un corte a esta larga “audiencia” que don Mario nos estaba regalando.

Pasado el mal rato regreso a mi hogar y me dispongo a leer el volumen en cuestión.

Acá quiero separar texto y dibujos en dos puntos de vista diferentes para enfrentar el análisis y esa es justamente la primera mala noticia. Es absolutamente separable el relato de las ilustraciones en si, esto en virtud de su casi absoluta disociación. Se nota demasiado que faltó un intermediario entre el cuentista y el dibujante, y el resultado final fue: dibujos con texto, mucho texto en vez de una integración entre el dibujo y lo que se quiere contar. El principio básico de cualquier traslación de la literatura a la imagen es que debes dejar de lado las frases, las voces en off y los párrafos para contar la historia básicamente con imágenes y diálogos. No es el caso de BILIS NEGRA, donde los flashbacks relatados, la voz del narrador y un fárrago de textos explicativos dan la sensación de estar leyendo un cuento ilustrado con imágenes de apoyo, retrocediendo décadas en el desarrollo de la relación entre imagen y texto.

Con respecto a la historia en sí, el primer problema es la extensión. Da la impresión que se está queriendo contar demasiado en un espacio reducido, eso también obliga al autor a agregar más textos explicativos que aclaran pero no comprometen con la historia. Aspectos que se repiten a lo largo de todo el relato; como la locura de uno de los protagonistas, por ejemplo; necesitan ser desarrollados, no sólo dichos. Eso redunda en un constante ejercicio de indolencia frente a momentos que deberían ser dramáticos y conmovedores. Es la sensación de un drama contado “por encima” y a la rápida. Nuevamente siento que no hubo mucha cabeza en el traslado de la historia a este formato en particular.

También hay problemas con los arcos argumentales. La historia alcanza su primer clímax en un momento que se percibe claramente inapropiado y culmina cuando la mano siente que restan aún hay bastantes hojas para llegar al final, creando la sensación de que debería ocurrir algo de importancia todavía, cuando sólo resta un largo epílogo que, si se piensa, son páginas que podrían haber sido utilizadas para desarrollar mejor el primer tercio, demasiado concentrado y abrupto. Hay una notoria falta de oficio para crear esa tensión que deriva en lo inevitable, ese momento en los relatos en que se comienza a acumular la tensión que desemboca en los clímax, como explosiones tan esperadas que se vuelven por ello más destructivas. En otras palabras, la historia está llena de eyaculaciones precoces antes siquiera de sacarse los pantalones.
El tema de la teleportación es interesante, pero notoriamente mal desarrollado. Su interés por la deforestación del Amazonas es enternecedor, su defensa de la medicina aborígen es rescatable; en cambio, sus cuestionamientos éticos frente al problema planteado por él mismo, son pobres, fríos e irrelevantes.

Ojalá hicieran una película, estoy seguro que andaría bien si la tomara un buen guionista y Mario Markus se hiciera a un lado para dejarle libre la pista a profesionales.

Acerca del cómic como expresión del dibujo, lo presentado es realmente penoso. Fitomanga es un pésimo dibujante. Lleva 10 años dibujando igual, sin ninguna evolución detectable. La figura humana presenta problemas serios, la perspectiva ni siquiera es un tema para él, el trabajo de plumilla es irregular y recurre al achurado cuando todo dibujante sabe que si no manejas bien ese recurso, debes abstenerte de utilizarlo. Fitomanga habla mucho acerca del Manga, pero la verdad es que su expresión gráfica está más cerca de esa modalidad neutra que utilizan los ilustradores chilenos que trabajan para la Zig-Zag, haciendo viñetas sobre la Guerra del Pacífico o folletos pedagógicos para el Estado. Una especie de estilo setentero francés recalentado. Lo único de manga es el eteeeeeerno diseño de personaje de su protagonista, un rostro que hemos visto mil veces en sus cómics y en series como Captain Tsubasa o Saint Seya, omnipresente como el rostro de Heidi. Es triste ver como, cuando se sale de ese personaje y se ve obligado a inventar otros, la irregularidad se hace presa de su pluma. Es así como tenemos 20 rostros diferentes para el segundo protagonista, Mathias, más gordo, más flaco, más redondito, o con más pómulos. Se nota que no hizo ningún modelsheet (láminas con el detalle de las proporciones y variedad de expresiones para cada personaje) porque la irregularidad es tremenda. Fito, ¡por dios, una regla de oro en el dibujo, y que el manga respeta, dice que hay un ojo de distancia entre los ojos! Aparte de todo, también decir que ningún cómic profesional del planeta es dibujado, entintado y coloreado por la misma persona. Es decir, mal dibujado, mal entintado y mal coloreado, en realidad.
Fitomanga habló mucho en la presentación acerca del aporte del manga al cómic, sin embargo casi nada de esos aportes aparece en su obra. El manga se caracteriza, entre otras cosas, por haber destruido el régimen de viñetas, haciendo del fondo de página un territorio liberado que se interpenetra con mucha soltura plástica. Imágenes del alto de una página completa conviven con viñetas apenas esbozadas, el cielo negro de una viñeta se transforma en el color de fondo donde se recorta otra viñeta blanca, etc. Nada de ello ocurre acá, donde las viñetas son bloques duros y consecutivos apenas tímidamente subvertidos, ocasionalmente, por algún pequeño desborde. Es como cine dirigido por Carlos Pinto, dónde hay dos cámaras y un eterno plano-contraplano de dos personas hablando. Le dicen “falta de recursos”.

Don Mario Markus, que es un viejito que sabrá mucho de física pero de cómic está claro que no sabe nada, de modo que hay que exculparlo de toda responsabilidad, no sabe tampoco que en Chile existe gente como Martín Cáceres o Juan Vásquez, que habrían hecho maravillas con su historia. Pero cuando se para delante de la audiencia y lanza un ingenuo “un amigo me contó que tenía otro amigo que podía dibujar mi historia”, te queda claro que no hubo ninguna búsqueda, ni concurso, ni casting, ni nada, para decidir quién iba a afrontar el desafío. Iba a ser “el amigo de un amigo”. Punto en contra para los amigos de JC Sáez Editor.

Cuando me lo entregaron para reseñarlo, lo recibí con esperanzas, pero cuando vi las primeras tres páginas me asaltó ese fantasma que tanto me persigue. “Está bien para ser chileno”, me decía el cura de pueblo que todo chileno acarrea en su interior, ese alcalde que premia los poemas de un escolar en la plaza y lo aplaude como si se tratara del nuevo Rimbaud. Desgraciadamente estamos tan cerca del resto del mundo que ese espíritu ya no es viable nunca más. El criterio es uno y punto: ¿eres tan bueno como Katsuya Terada, Fitomanga? ¿como Yoshiyuki Sadamoto? ¿como Masakazu Katsura?…¿al menos como la Vicky y la Pepi del gran grupo chileno ACUARELA?… la verdad es que ni cerca.

¿Que hay de bueno en BILIS NEGRA? La historia que contó Mario Markus ese día en el auditorio del Goethe y que ojalá algún día sea tomada por personas expertas que sepan sacarle el provecho que se merece.

¿Qué hay de bueno en este lanzamiento editorial? Sólo el hecho que se haya realizado. Sólo el enorme hecho que JC Sáez Editor se haya atrevido. Mejor ojo la próxima vez.

Jorge Baradit
©2006