por Gabriel Mérida

Las chicas bicentenarias

Escribo porque me lo exigió Tino Mundaca, el bienamado y venerable emperador de TauZero, en una discusión sobre el futuro de la ciencia ficción. Un futuro cada vez más dudoso, por más cruel que sea decir eso sobre una literatura que vive, precisamente, del futuro. El punto es que predecimos algo como el fin de los géneros, la disipación de las fronteras, espectadores multimediales que busquen ideas sorprendentes en un novelón criptográfico por la mañana, un cómic de superhéroes por la tarde y una serie de televisión en la noche.
Buscando ideas sorprendentes, aburrido de los relatos con aire pueblerino que buscan desesperadamente una variación nueva provocada por la tecnología (¿what if el planeta rota 2,5 veces más despacio, cómo sería tener días de cincuenta horas?), me encontré con Chobits, una serie de anime responsabilidad del Estudio CLAMP, las creadoras de Card Captor Sakura, X, Angelic Layer y Clover, entre otros éxitos del manga de exportación de Japón. A primera vista (y a todas, en verdad) un producto para adolescentes, que habla sobre el despertar sexual y las relaciones sentimentales de gente entre quince y veintiún años. Pero en medio, afortunadamente, hay un pequeño cambio. ¿Qué pasaría si la IBM dejara de manufacturar los computadores personales como cruza entre máquina de escribir y televisor, y decidiera fabricarlos con forma de supermodelos adolescentes?

La historia. Hideki, un adolescente tipo que va al preuniversitario y ha llegado hace poco del campo, encuentra casualmente una persocon, estos computadores con forma femenina, que sólo sabe pronunciar Chi. Se la lleva a casa, y se da cuenta de las ventajas de tener una hermosa y dulce muñeca inflable con Internet Explorer incorporado. Cualquiera de nosotros se habría follado a Chi hasta el cansancio preocupándose sólo de que no se le agotara la batería, pero Hideki es the nice guy. Y se hace todo el tiempo la pregunta sobre la humanidad de Chi, la que además de exquisita y bella es buena y toma como objetivo de vida el hacer feliz a Hideki.

Como ven, estamos de vuelta en el Hombre Bicentenario de Asimov, retomando el punto que olvidó el Neruda de la CF: ¿qué pasa si te enamoras de la tostadora? El problema personal de Hideki, que al principio es sólo una comedia de equívocos sobre un adolescente que no quiere acostarse con la chica de la película, pronto pasa a ser una reflexión generacional. En efecto, las y los persocons han pasado a ser parte imprescindible del entramado social, generando dependencia, obsesión y, finalmente, soledad.

Entre medio, los sentimientos de Chi, su propia preocupación ante el destino, y la pregunta sobre la conjunción entre almas. Digamos que ella está enamorada de Hideki, el que sólo es un tipo como cualquier otro, y su angustia por no ser correspondida es al mismo tiempo el rubor del primer amor de niña soñadora y la búsqueda del andrógino en una sociedad demasiado egoísta como para atreverse a no estar sola.

Las cosas no paran acá, porque el guión tiene refinamientos poco usuales en los relatos que leo habitualmente, en las antologías de la actual ciencia ficción hispanoamericana. Por ejemplo, el doble, utilizado como un recurso argumental antes que como un tema en sí. Chi, la Chi ignorante de su pasado y vestida de colores claros, presiente en sus deslizamientos por Tokio a una doble oscura de ella, que posee la clave para despertar sus recuerdos. También hay una historia alternativa donde el destino de los persocons y de los humanos son leídos y prefigurados en clave de un dibujo para niños de parvulario.

También hay una trama más grande que engloba las aventuras de Chi, nacida obviamente de su oscuro origen (recordemos que Hideki la halla casualmente), y del misterio que significa que Chi, a diferencia de todas las otras persocons, no tenga número de serie ni marca de fabricante. En torno a ese misterio se alinean las preguntas que hacen avanza la trama y que abren espacio para que Hideki y Chi dejen de ser un par de personajes casuales y sugieren rasgos mesiánicos…

¿Qué más? La presencia de historias secundarias, como la del niño genio poseedor de una amplia colección de persocons que lo cuidan, el enmudecido coro griego de los foros de internet donde los usuarios intercambian datos sobre persocons, la multitud de personajes incidentales donde se adivina la tristeza por la pérdida de una persocons o la pérdida de un ser querido en manos de una persocon. ¿No era eso lo que pasaba en Fahrenheit 451, el mundo feliz donde cada pocas páginas alguien se suicidaba?
Resumiendo, Chobits es ciencia ficción clásica. Una sociedad en un futuro imaginario cuyo único rasgo “profético” son estos computadores de forma humana, y todas las preguntas que surgen en torno a ellas. Retomando la pregunta fundadora del género, es decir la relación entre el creador y la creatura, podemos revisitar aspectos olvidados entre tanta pregunta hard que no parece llevar a ningún lado. ¿Será esto una consecuencia de la visión femenina aportada por las creadoras del estudio CLAMP? Puede ser, aunque por supuesto el machismo es una solución fácil para responder sobre el talento de estas artistas en crear escenas llenas de tensión, ternura y angustia.

¿Mencioné que no soy ni lejanamente entendido en manga ni anime? Sobre la calidad del dibujo, sólo puedo decir, brutalmente honesto, que son muy bonitos. Algunos entendidos coinciden conmigo. Y como elogio final, debo decir que tanto Chi como todas las otras persocons son extremedamente RICAS. ¿Tendremos en el futuro viviendo con nosotros a clones de María José Prieto con Messenger incluido? Semejante perspectiva me empuja a volver a creer en el progreso de la ciencia, sin duda.

por Gabriel Mérida