por Jorge Baradit

Cuando terminó la película y aparecieron los créditos estaba absolutamente emocionado.

No sabía que Lucas me había quitado algo cuando eructó sus capítulos I y II. Ahora salí con mi infancia intacta, recuperado de sus pobres intentos por contar una historia cuando Star Wars siempre fue la reinterpretación de un mito. Y así salí: lleno de mito. Ahí estaban el malo, el bueno, el héroe imperfecto y su tragedia. La caída de Lucifer, la caída de faetón, la de Icaro.

El más bello tragado por la luz de su propio sol.

Star Wars siempre fue la historia de un héroe joven que crece y logra vencer a las fuerzas del mal. Un mito sencillo, una epopeya heroica bastante simple. Ahora Lucas le agrega una sola pieza al comienzo de la saga anterior y transmuta toda la historia, la metamorfosea en otra cosa como quien arroja una sola gota de tinta negra sobre un vaso de agua transparente, y la convierte en la tragedia de Darth vader. Su Ascenso (que en realidad es una caída), su reinado y su derrumbe, fruto del mismo amor que originó su tragedia. Lucas convierte a Star Wars en la historia ya no de un Apolo luminoso de nombre Luke sino en la de un Lucifer trágico que pierde toda su belleza en las llamas de su propio fuego interior, de nombre Anakin. Los que en el futuro vean la saga en orden no van a entender muy bien por qué a partir del capítulo IV se le dan tantos minutos en pantalla a ese pendejo rubio medio gil, cuando lo realmente interesante está detrás de esa máscara negra. Ahora Star Wars se trata de la ascensión de Anakin Skywalker y de cómo es derrotado por su propio hijo, que al matarlo lo redime.

Anakin mata a Padmé y Padmé lo mata a través del fruto de su vientre. La corrupción de la república es la corrupción de Anakin. La caída de la república es la caída de Anakin.

Salí lleno de mito. No se cómo, pero Lucas logró recuperar algo que parecía tan irremediablemente perdido como la infancia. Y de paso me la recuperó a mi también, que no pude dejar de sentirme otra vez un pendejo de 8 años, absolutamente reflejado en el hijo de Armando (Rosselot), tan parecido a mi cuando chico.

La historia es creíble, la metamorfosis de Anakin es creíble. Su miedo a perder a su amor es creíble, su confusión es creíble. El paso que da hacia el lado oscuro es absolutamente creíble. Esta historia requería muchísimo más desarrollo que la saga original y lo consigue. El nacimiento de un ser tan torcido como Darth Vader ameritaba una historia así de compleja y torcida.

Star Wars siempre fue un tanto infantil. Quizá el E V se salía de esa
tendencia. Pero con E III la saga definitivamente se pone los pantalones
largos y puede salir por sí misma a pelearle el puesto a cualquier película de cf o no cf que busque retratar la caída de un hombre en los infiernos de su propia oscuridad.

Sobre los detalles

…como la manera en que Lucas va preparando visualmente al espectador para la estética del E IV (la aparición de los fondos blancos, los fondos grises imperiales, la escasez de detalles, incluso las gráficas naive de computadores, teclas ¡¡¡y hasta palancas!!! de las consolas), o el modo como va cerrando lentamente (cual Soyuz acercándose al Apollo) las brechas narrativas entre esta saga y la anterior, etc.

Me gustó la manera cómo muestran la incapacidad de los jedi de administrar una energía como la que tenía Anakin. Su poca visión. Anakin tiene el mal del chino ríos: mucho talento y poco carácter. Es el cuerpo de un hombre, la capacidad de un semidios en la mente de un adolescente en el corazón de un niño asustado por la pérdida. Quizá si el único punto donde el guión “psicológico” falló es en situar la muerte de la madre de Anakin en su juventud. La madre debió morir en su infancia para generarle un sentimiento de abandono tan fuerte que produjera esa incapacidad de perder a Padmé, que es lo que finalmente desencadena la tragedia. Esos traumas en la infancia son los capaces de detener el desarrollo de un carácter. Súmale poder ilimitado y tienes un cóctel capaz de generar un monstruo. Que loco, Vader es un Jesús que no pudo resistir las tentaciones del desierto.

por Jorge Baradit