por Carlos Emilfork

La historia de Battlestar Galáctica es una serie de eventos con suficientes cosas para dar vida a un mínimamente polémico libro. Hace 25 años el productor de televisión Glen A. Larson, responsable de El Hombre de los Seis Millones de Dólares (El Hombre Nuclear), inspirado por el reciente fenómeno de Star Wars, decidió revisar un guión escrito años antes llamado Adam’s Ark y pone en marcha un ambicioso proyecto semejante en apariencia al de Lucas pero distinto en muchos otros aspectos. Combinando elementos religiosos con el ya probado estilo western espacial se aleja de la fuente de inspiración (por no decir de donde copió) de George Lucas para la Guerra de las Galaxia, Los Siete Samuráis/Siete Magníficos (versión americana) y crea un guión (base de una novela) inspirado en la huida del pueblo de Israel de Egipto; la historia de una especie de Moisés de otra galaxia, llamado Adama que debe salvar los restos de la civilización humana de las mecánicas manos de los Cylones, un imperio cuyos habitantes reemplazaron sus cuerpos biológicos por piezas de metal y que posteriormente crean a los ya míticos robots llamados Centuriones (romanos modernizados).

Comandando el último crucero de combate (una especie de portaviones espacial), Adama y un grupo de guerreros protege a los sobrevivientes del holocausto generado por los cylones, guiándolos en la búsqueda de una tierra prometida llamada Tierra. Desde un principio Galáctica estuvo marcada por los problemas, el primero de ellos fue el presupuesto de un millón de dólares por episodio, el más alto por aquel entonces para una serie de televisión. El segundo fue la misma condición de serie de televisión, ya que la idea de Larson era en realidad hacer varias películas, esto ahorraría costos y también daría más tiempo para mejorar los guiones y rodar nuevas batallas.

Cuenta la leyenda que aparte de estos problemas y pese al alto rating del primer episodio (los otros fueron mucho más bajos de lo esperado), un factor relevante fue la demanda presentada a los estudios Universal por parte de la Twenty Century Fox alegando plagio de su santo inmaculado producto Star Wars, obviamente la falsedad de esto lo decidieron los tribunales en agosto del 80, cuando fallaron a favor de Universal.

De cualquier forma pese a lo planeado, Galáctica fue cancelada a final de su primera temporada, las razones exactas no se conocen, exceptuando que Universal optó por producir Buck Rogers en el Siglo XXV. Al igual que ocurrió en su momento con Star Trek, esto dio inicio a una muy larga lucha por parte de legiones de fanáticos interesados en su resurrección, interrumpida sólo por la estruendosamente fracasada Galáctica 1980, un vano intento por reparar el daño hecho cuyo único gran mérito fue contar con Lorne Green de regreso, un desconocido Kent McCord (Farscape) y Dirk Benedict como invitado del último episodio.

La guerra por una nave
Por más de dos décadas Universal obtuvo cuantiosas ganancias por concepto de ventas de derechos para diversos artículos que se fueron lanzando al mercado desde juguetes hasta por no decirlo menos impresionantes colecciones de historietas, este último punto es particularmente relevante por dos razones esenciales: El impulsor de la nueva línea de historietas fue el controversial pero a la vez, si se puede llamar, estrella del cómic Rob Liefield, miembro fundador (y expulsado) de Image Comics, quien con su propia editorial Maximun Press resucitó la saga en papel tras 14 años de su última publicación. El segundo es que Liefield rediseñó las naves dándole una forma, aunque lo nieguen los productores, que fue retomada en algunos aspectos en la miniserie. Más allá de todo lo malo que pueda ser Liefield, en calidad de fan de la saga respetó la línea argumental adaptándola a los nuevos tiempos y de paso consiguió que el actor Richard Hatch, quien ya aportaba su grano escribiendo novelas y realizando su propia campaña, hiciera el guión de una miniserie. Del fin de Maximun Press saldría Chris Scalf con a la editorial Realm y un dibujo casi fotográfico, si bien no fue un éxito se trató de un buen esfuerzo.

Richard Hatch en los 90 retomó con fuerza su propia campaña para revivir Galactica filmando una sinopsis de lo que esperaba que algún día fuera una película. Si bien no tuvo los resultados que esperaba, hace unos años Larson consiguió presupuesto para iniciar el rodaje de Battlestar Galáctica The Second Coming, incluso abrió un sitio Web para informar a los fans del avance del proyecto, pero todo se quedó en el limbo cuando colisionó con las ideas de Hatch. Esto solo se resolvería hace un par de años cuando Bryan Singer y Ralph Winter, director y productor de X-Men comienzan la preproducción de un nuevo proyecto para por fin revivir la saga, pero en una movida que suena bastante tramposa, Fox los obliga a cancelar su trabajo y volver a la preparación de X-Men 2. El resultado de esto se daría a conocer unos meses mas tarde, pero el esfuerzo no fue en vano ya que Universal pospone la salida de la colección en DVD cuando el Scifi Channel decide por fin invertir en producir un nuevo proyecto con el nombre de Battlestar Galactica, esta vez de la mano de Ronald D.Moore quien ya se había hecho nombre en Star Trek y Roswell.

La cenizas de la gloria
Pese a que se había alcanzado la tierra prometida, y se había puesto manos a la obra los dificultades aun estaban por aparecer, una de ellas es la creciente incompetencia del Scifi Channel, dado que en su anterior intento por resucitar una saga, (Babylon 5) optaron por estrenar el piloto de una posible nueva serie en uno de los principales días del Superbowl lo que obviamente trajo consigo malos ratings y la suspensión de todo proyecto.

A esto hay que sumar la cancelación casi abrupta de uno de sus productos estrellas, la hermanastra buena de L: Farscape, dejando a la serie en una situación tan inconclusa como la mediocre Dark Angel (sólo que en este caso al parecer no fue de adrede dada la miniserie que se esta realizando).

Lo cierto es que el nuevo proyecto fue denominado como una reimaginación en vez de un remake debido a que el “rehacer” implicaba el gran riesgo de perder a los seguidores que llevaban años esperando, al mismo tiempo se establecía el compromiso de ser fieles a la historia original.

Considerando que el encanto de la antigua Galáctica, al igual que algunos clásicos de la televisión, nace en su indiscutible imperfección y a la vez se fortalece en un puñado de elementos distintivos (personajes y argumento básico) cuyo hábil manejo sienta las bases de su existencia; esto también implicaba la gran oportunidad de hacer algo de gran calidad.

El error cometido por el Scifi Channel en su famosa miniserie anterior, la injustamente sobrevalorada Children of Dune, fue su intento por perfeccionar la obra de Herbert en la que se basó la serie valiéndose al mismo tiempo, y en una jugada “sucia”, de esa misma complejidad para manipular conceptos sin que los espectadores lo noten. En otras palabras una miniserie mediocre se expone ante los medios como si fuera una obra maestra.

En el caso de Battlestar Galactica, aunque le duela a algunos seguidores, es imposible llevar a cabo el mismo enfoque que en Children of Dune ya que el argumento central, por mucho que se desarrolle, no puede alcanzar los varios años de estudio que realizó Frank Herbert para escribir sus novelas.

El mayor obstáculo, sin embargo (aparte de lo que pudo ser una mala producción), lo representan los fans que se niegan a aceptar los nuevos cambios. En este sentido Ronald D. Moore fue lo suficientemente inteligente para contratar a un grupo de actores encabezados por el gran Edward James Olmos que pudieran estar a la altura de sus predecesores. Si bien Richard Hatch y Dirk Benedick nunca han sido grandes estrellas de cine y TV hace veinticinco años supieron asumir sus roles en la serie dando vida a Apollo y Starbuck.

Esta vez los tiempos son completamente distintos, la locura por Star Wars desapareció aun cuando se intente revivir y el desarrollo científico y tecnológico, acompañado de una mejor educación, obligaba reestructurar el universo de Glenn Larson y buscar otra salida argumental que impactara más que las explosiones y los rayos lásers la clave: el 11 de septiembre, fecha fatídica para los norteamericanos.

La nueva historia se sitúa varias décadas después la gran guerra con los Cylones donde según se ve en algunas escenas, se usaron las naves y elementos vistos en la serie clásica, el longevo crucero Galáctica está pronto a transformarse en un museo y un solitario Adama va a reencontrarse con su hijo Apollo, un capitán resentido por la influencia que tuvo su padre en la muerte de su hermano menor Zack. Pero algo sale mal y en menos tiempo de lo imaginable las colonias son arrasadas por los cylones quienes más poderosos que nunca han decidido reiniciar la guerra para destruir a sus creadores, es ahí donde Adama se encuentra en medio de un conflicto de poder donde debe unir fuerzas con su hijo y la recientemente nombrada presidenta para decidir si enfrentar o escapar de un enemigo cuya cara no reconoce.

Como mencionaba anteriormente uno de los elementos esenciales de la serie original eran sus personajes, algo que Moore demuestra saber bien por cuanto no duda en aprovechar al máximo cada minuto para explorar las personalidades de los principales protagonistas de esta saga. Para eso se apoya principalmente en Edward James Olmos, el más conocido de todos los actores. Olmos es de esa cada vez más rara clase de interpretes latinos cuya fama originada en pequeños pero importantes papeles, les permite mantener un bajo perfil reapareciendo de vez en cuando para hacer un gran trabajo, gente como Esai Morales (Rapa Nui /NYPD Blue) o Elizabeth Peña que no tienen el gran éxito de una Jennifer Lopez o el buen aspecto de Cristian de la Fuente, pero que su trabajo en el estricto sentido de la palabra tiene mayor peso sobretodo cuando se trata de historias con fuerte contenido dramático.

En el caso de Olmos se trata de la no menos difícil tarea de estar a la altura del fallecido pero no menos legendario Lorne Green en el rol de Adama, el corazón mismo de Galáctica, un inteligente militar a medio camino de ser un predicador. Pero adaptándose a los nuevos tiempos, los guionistas dividieron a Adama en dos, el primero de ellos: el guerrero experimentado solitario y comprometido de su labor, y el segundo: el humanista preocupado ante todo por salvar la mayor cantidad de vidas posibles: en este caso la presidenta Lauren Rosslyn (Mary McDowell) quien a su vez significa la eliminación del incompetente presidente del consejo de los doce que causó algunos problemas en la serie clásica.

Ambos individuos si bien son distintos, quedan establecidos cada uno como un lado de la balanza y por tanto conforman un elemento esencial en la exploración del tema de la guerra. La nueva Galáctica ya no es un western espacial ni una recreación de un pasaje bíblico es una historia de guerra con una orientación pacifista pero realista al mismo tiempo. Tal como lo hizo hace unos años Chris Roberts con la fallida pero no menos notable Wing Commander (a quien la miniserie debe ciertos elementos visuales) el conflicto central es la guerra dentro de la guerra, es decir: todo el dolor, el trauma que hay en aquellos que deben pelear así como el precio que se paga por no poder cumplir cabalmente sus labores.

El nuevo Adama es un individuo profundamente solitario y atormentado al igual que su subalterno el Coronel Tight, ambos están atados a una vida que les pesa demasiado, donde la gloria que les pudo haber traído sus cargos no es suficiente para compensar todas sus perdidas. Mientras que Tight es presa de su alcoholismo derivado de su divorcio, Adama es presa de la perdida de su hijo menor y el notorio rencor de su hijo mayor Lee Apollo.

De toda esta fauna de seres adoloridos el único que aparenta estar casi ileso (sin considerar a Boomer) es Starbuck, una versión femenina del famoso personaje que interpretó Dirk Benedick, que nada tiene que envidiar a su antecesor. Sin tratarse de un ser alegre (pero que al menos lo intenta), su carácter heroico y casi desquiciado la mantiene mucho mas viva que los demás, aun cuando no es ajena al sufrimiento causado por el conflicto.

Uno de los personajes que más cambió es Gaius Baltar, el gran villano de la serie que ahora un brillante, egocéntrico y vividor científico que se transforma en la primera víctima (segunda para ser exacto) de la nueva clase de androides Cylones, una seductora Número Seis. Esta aporta su cuota de sensualidad pero a la vez permite explorar bajo un ángulo distinto al personaje dejando en evidencia una siniestra ambigüedad. En otras palabras lo que comenzó siendo una herramienta para Numero Seis es en realidad una bomba de tiempo, cuya explosión no se sabe exactamente a que lado puede causar más daño.

Por otro lado Número Seis es el prototipo del nuevo enemigo al que se enfrentan, una forma de vida completamente distinta, sumamente, inteligente y despiadada pero que pese a no poseer gran parte de las características propias de los humanos, los pocos elementos que tiene y de los que se vale para atacar son a su vez su punto débil, como sé ve en los otros modelos.

Tratándose de debilidades, la miniserie adolece de una buena banda sonora, la serie original contó en su momento con el ya legendario trabajo de Stu Phillips y la Orquesta Filarmónica de Los Angeles mientras que la nueva esta a cargo de un tan poco conocido como atinado Richard Gibbs cuyo trabajo peca de ser tan escaso como deficiente. No hay composiciones que tenga un estilo original la mayoría se remiten a estilos y tonos que poco o nada tienen que ver con el tema y no ayudan en lo mas mínimo a fortalecer las imágenes habiendo muchos minutos sin que se oiga ni una sola pieza musical (casi más de la mitad de la miniserie).

En lo que se refiere a la parte visual si bien la nueva Galáctica se nota demasiado digital en algunos momentos con un estilo carente de toda la belleza y el detalle de las antiguas maquetas, los cambios son adecuados para lo que se pretende mostrar, dejando en claro de que se trata de un crucero de batalla donde lo externo tiene un función especifica. En tanto que la escenografía del interior en algunos casos resulta impresionante especialmente los hangares. En esencia la mayoría de las naves se mantiene el aspecto básico de la serie original con las ya mencionadas modificaciones hechas para darle mayor realismo, esto si bien le quita esas maravillosas secuencias de acción de rayos lásers y constantes explosiones, repara los problemas de inconsistencias científicas.

Pese a esto el exceso de dramatismo y la inferior cantidad de escenas de acción en relación al piloto de la serie original, siembra la duda sobre cuan limitante fue el financiamiento del Scifi Channel, lo que, si bien no presenta los absurdos en que incurrió gran parte del final de Children of Dune, si le resta impacto visual a la secuencia de la invasión.

Más allá de eso la nueva Galáctica posee un inusitado realismo, fortalecido en gran parte por una notable labor actoral sumado a un guión que no se limita a dejar las obvias puertas abiertas a una continuación, sino también ofrece una perspectiva distinta para explorar diversos personajes y acontecimientos interesantes en los ya confirmados trece episodios que se estrenaran el 2005, un proyecto que no carece de méritos para tomar el lugar de una próximamente a retirarse Andrómeda y una tristemente fracasada Enterprise al borde del fin, una buena oportunidad para que el Scifi Channel se redima y demuestre que es un verdadero canal de ciencia ficción y no un retransmisor de clásicos y productor de mediocres historias.

© 2004, Carlos Emilfork.

Sobre el autor: Periodista nacido un día trece de 1977. Escribe desde los 7 años. Ha escrito un puñado de novelas, más de 100 poemas y algunos cuentos entre ellos Trilogía de los malditos cuya primera parte: De las Cenizas de Sigalión participó en el segundo concurso de narrativa de su universidad. Si bien se he mantenido en el género de anticipación centrándose en personajes de complejos problemas psicológicos, ocasionalmente he escrito algunos dramas, algo de horror y recientemente alguna que otra cosa romántica. Sus mayores influencias son Frank Herbert, J Michael Strazynsky y Bruce Springsteen.